CAPITULO XXVII
- Con su declaración debería quedar zanjado el asunto de la muerte de Theresa Straub, en lo que concierne a usted; sólo falta que su esposa testifique y lo hará bajo nuestra asesoría. La policía sigue contactando a sus empleados para deslindar responsabilidades y las investigaciones deberían seguir su curso normal, sin que ustedes se hallen involucrados. Usted no tendrá nada que temer, señor Grandchester. Nosotros nos encargaremos de las gestiones jurídicas correspondientes. Ahora, cada que ese detective quiera hablar con usted, deberá hacerlo siempre en mi presencia. El hospital ha sido notificado de esto por lo que vigilarán a cualquier persona ajena al personal médico, que intente entrar en la habitación de su hija.
El hombre de corbata y traje negros siguió llenando unos papeles sobre el escritorio, mientras Albert y Terry se observaban mutuamente. Estaban en las oficinas generales del despacho jurídico que el magnate americano había contactado para ayudar al actor a salir de aquel tétrico embrollo en el que se había involucrado.
Un mes más había transcurrido desde que el millonario líder de los Andrey había llegado a Inglaterra. Las hojas del calendario ya señalaban mediados de noviembre y el invierno no tardaría en aparecer y con ello, la crudeza de lo sucedido en la familia de su amada hija adoptiva.
Entre la enfermedad de Nicole, la situación legal de su familia y todos los sucesos que había escuchado de aquellas tristes gargantas, supo que no podría moverse del país hasta que no se arreglara todo.
El esposo de su hija adoptiva había sido citado horas antes en la comisaría, para conocer el parte de las investigaciones sobre los cadáveres encontrados. Por el momento, ambas propiedades permanecían clausuradas hasta que se desahogaran las pruebas correspondientes.
Ahora correspondía a sus abogados arreglar el resto.
- ¿Y qué hay del cadáver de la niña? ¿Y de Theresa? He dado el diario hallado por mi sobrina.
- Al parecer, la niña estaba muerta desde hace mucho tiempo por lo que eso también le deslinda a usted de cualquier responsabilidad por lo que le haya pasado a esa criatura. En cuanto a lo otro, tampoco se le puede inculpar de algo que usted ni su familia, ocasionaron. La hija de la señora Straub ya había comentado que su madre tenía épocas difíciles en las que solía desaparecer por cierto tiempo, así que no hay nada que le incrimine directamente. Le repito que las investigaciones seguirán su curso normal y usted no tiene por qué preocuparse con respecto a eso.
- ¿Tienen ya la identidad del cuerpo? – volvió a insistir, aunque en el fondo de su corazón, Terry sabía que estaba hablando de la hija de Susana.
- Todavía no, señor Grandchester. Es muy pronto para aventurar una hipótesis. Le recomiendo ampliamente que deje de lado este asunto. No debería ser molestado por esta situación.
Al menos éste no tendría que toparse otra vez con Jack Walter, quien llevaba días buscándole insistentemente y a lo cual él se había negado a recibir aludiendo compromisos inventados.
Por fortuna, Albert ya les había conseguido un nuevo hogar en un apartamento exclusivo ubicado cerca del centro de Londres, en el cual ya se encontraban cómodamente instalados Candy, Nicholas y Anisha.
Nicole seguía en el hospital, sujeta a exhaustivas pruebas médicas que seguían sin arrojar anomalías internas ni físicas, a pesar de que los sucesos seguían repitiéndose con mayor frecuencia.
La situación era desgastante para todos.
Sus representantes legales habían dejado en claro que cualquier intento de reunión con el actor sería realizado en la comisaría y en presencia de ellos. Tampoco podría acercarse a su hija, de quien había resaltado la gravedad de su enfermedad, puesto que Terry había sido notificado del intento estéril del policía para hablar con ella.
Eso le tenía enfadado en ese minuto. Albert trataba de tranquilizarlo:
- Tenemos que confiar en ellos, Terry. Entiendo que te altera sobremanera la situación pero enojándote no arreglarás nada y sí que podrías complicar aún más las cosas.
- Trataré pero no te lo garantizo. Me da rabia sólo de pensar que ese sujeto está cerca de mi familia, husmeando donde no debería. ¡Diantres! ¡Esto me está sacando de quicio! ¡Esa maldita ni muerta nos deja de molestar! – masculló para sí, esto último. Albert y el abogado solo se miraron entre sí.
- Solo enfóquese a su familia, señor. El policía que tanto le busca lo pensará dos veces antes de volver a contactarle. Su superior está al tanto de todo esto.
El histrión le sonrió débilmente.
Después de que salieron del edificio, Albert creyó pertinente pasear un poco, con el fin de aligerar la pesada carga que caía sobre ellos. Él mismo se sentía presionado en esos escasos días que llevaba sobre tierras inglesas y apenas alcanzaba a imaginar lo difícil que había sido para Terry sobrellevar la delicada situación familiar durante todo ese tiempo.
El aire frío tan propio de la época, refrescó un poco las ideas del actor. Caminaba cabizbajo, con semblante pensativo, mirando hacia algún punto en las baldosas que pisaba:
- ¿Cómo siguen todos por allá? – habló como autómata.
- Muy bien. Archie sigue apoyándome desde las oficinas generales. Hasta ahora, todos saben que estamos bien aquí y que grandes compromisos me impiden regresar. Heather sigue al mando en casa, en compañía de la tía abuela y mis adoradas hijas. ¡No sabes cuánto las echo de menos!
- Igual que yo a mi auténtica Nicky - la respuesta dejó callado a Albert. ¿Qué podría decirle en una situación como aquella? Ni las palabras más positivas lograrían arrancar una sonrisa de su demacrado rostro-. ¡Extraño tanto esos días en que vivíamos en Chicago! Hasta entonces, mi familia estaba bien, sobre todo sana. Podíamos salir juntos sin tener que estar peleando o preocupándonos por uno de nuestros hijos – el actor se recargó en una de las bancas del parque por el que pasaban en ese momento, como preludio de una inminente crisis nerviosa -. ¡Me siento destrozado, Albert! ¡No ceso de culparme por mi obsesión de venir a Londres para regresar a la actuación! ¡Si tan sólo...! – rompió a llorar en un emotivo momento de debilidad. El rubio le ayudó a sentarse.
- ¡Calma, Terry! Ven, busquemos alguna cafetería – paseó su vista por los alrededores y vio una justamente al final del lugar. Le tomó de un brazo y le guió hacia el mismo con paso lento -. No debes adoptar esa actitud derrotista, al contrario, ahora más que nunca debes tener certeza de que todo se arreglará. Los mejores médicos están asistiendo a tu hija y también deberías apreciar que el resto de tu familia está a tu lado, apoyándote. Tienes una mujer maravillosa que también pasa por un mal momento, pero que intenta reponerse como siempre lo ha hecho desde que ambos la conocemos. ¡Por favor! ¡Arriba ese ánimo que todo tiene una solución!
- ¿Cómo reaccionarías si te dijera que la posible solución al mismo problema de mi hija, costó la vida de Susana?
- No todos los casos tienen que ser iguales. Debes de tener fe, si es que retomo el consejo del reverendo. Confianza en que Dios traerá a tus manos lo que tanto deseas: la salud de tu pequeña. Nos tienes también a nosotros. No debes desesperarte y sentir que estás en un callejón sin salida, porque no es el caso. ¿Tú crees que otras personas no han pasado por lo mismo que tú en este instante? Inclusive, sin los vastos recursos que tú posees y aún así, salen adelante con la fe puesta en lo más alto. No te dejes abatir por esta situación. Como tu amigo que soy, trato de ayudarte a hallar un poco de paz para que puedas pensar en cómo ayudar a Nicky. Todos pondremos de nuestra parte, pero por lo que más quieras, no cedas a la derrota antes de iniciar la batalla. Daremos todos unidos una gran guerra a eso que aqueja a tu hija y confío en que todo saldrá bien.
El rubio le dio un fraternal abrazo y dejó que el actor se desahogara, llorando desconsoladamente. Sabía lo duro que era un para un padre ver a su hijo en un problema de aquel tamaño, pero también creía firmemente en que había una solución a eso.
Era su trabajo proveer de positivismo a una acongojada familia cuya primogénita seguía aún bajo constante vigilancia médica.
- Entremos a tomar un café. Creo que me estoy congelando – hipó Terry, mientras buscaba un pañuelo para limpiar su rostro.
Se introdujeron en el pequeño local y se sentaron en una de las mesas más lejanas, a petición expresa del famoso artista. No quería causar curiosidad entre los concurrentes.
- Me cuesta creer en toda esa parafernalia sobrenatural, sin embargo, algo siniestro pasa con mi Nicky – expresó después de contarle todo a su rubio confidente. Había bebido un par de tazas de café y su semblante era mucho más tranquilo y sereno.
- Para serte sincero, a mí también se me hace algo difícil de creer, sin embargo y después de haber visto cosas últimamente, te pediría que no agotes las posibilidades, Terry. Si eso pudiera contribuir a la salud de mi hija, no dudaría en acudir a cualquier tipo de ayuda – ocultó su sobresalto por algunos acontecimientos que había podido presenciar durante las visitas a su amada sobrina.
- Desde que esa maldita palabra se metió en mi cabeza, no he dado más que vueltas al tema; hasta he buscado información en libros relacionados – le explicó el castaño, haciendo alusión al ritual de exorcismo.
- Con la fe se mueven montañas y si eso ayuda a Nicky, no dudes. Hay que buscar las mejores soluciones posibles.
- El reverendo Folsom ayudó a Susana a morir después de realizarle el mismo ritual. ¿Te daría confianza el saber que tu hija podría correr con la misma suerte? De sólo pensarlo, siento que me vuelvo loco. Ni siquiera he tenido ánimo de ir a buscarlo después de que me puso al tanto de todo lo que sabía.
- Asesorémonos por otro lado. No es el único cura en Londres.
- No quiero andar por ahí contando el problema de mi hija. Si él ya estuvo involucrado en el mismo problema, tendré que confiar en que con su ayuda, la solución pueda llegar al mismo tiempo. Mi hija está sana y es muy joven. No merece tener un final tan trágico como el suyo.
Crispó los puños en señal de coraje, al recordar a Susana.
- Vamos a calmarnos e ir por partes. Hay que pensar en el siguiente paso. Candy debe declarar y después, serán los abogados los que se encargarán del resto. Ese detective tendrá que pasar por su jefe antes de intentar acercarse a ti. También tendremos que hablar con ese padre muy pronto, para conocer su postura y la posible solución. Si así lo deseas, puedo mover mis contactos para llegar hasta el Arzobispado de la ciudad, pero primero, agotemos las posibilidades. Tiene que confirmarse que Nicole amerita un exorcismo. Podríamos pedir al reverendo que lo haga o si quieres, nos vamos con otra persona de más jerarquía.
El aristócrata se había quedado serio y pensativo, sopesando una a una, las palabras de Albert. Tenía tantos pendientes por aclarar y su máxima preocupación era ayudar a su hija.
Eso era el punto primordial.
- Pediré a Charles que me releve por completo de la obra, por tiempo indeterminado. Primero está mi pequeña.
En todo ese tiempo, el famoso histrión aparecía de forma esporádica en la obra.
- No están solos, Terry.
- Gracias de corazón, Albert. En cuanto los médicos confirmen que mi hija puede regresar a casa, buscaré ayuda en la Iglesia.
Pagaron la cuenta y se dirigieron en busca de Candy.
Observó con seriedad, el rostro de la mujer que yacía sobre la cama arropada hasta el cuello, mientras le asistía una enfermera durante aquella gélida tarde. Le parecía que había transcurrido un siglo desde que se habían reunido en casa Terrence y Candice Grandchester, para llevar a cabo una sesión espiritista.
Había decidido apoyarla con los medios a su alcance, a pesar de no profesar sus mismas creencias.
Por el instante, su marido se encontraba trabajando y él había decidido visitarla. Sabía que debía rechazar todo contacto con los practicantes de esas creencias paganas sin embargo, la inquietante problemática de los Grandchester ya se había convertido en una larga pesadilla para él y los medios para ayudar a restablecer el equilibrio familiar se le estaban haciendo complicados y difíciles.
El tiempo corría y no podía darse el lujo de perderlo; seguramente el mal seguía profundizándose dentro de aquella casa y también dentro del cuerpo de la gemela.
Después de haber sido testigo del macabro descubrimiento en esa casa al término de dicha sesión, y cuya identidad seguía siendo un misterio en tanto la policía no confirmase nada, no cesaba de pensar en el sombrío y complicado camino que le esperaba, más aún, cuando el actor se había acercado a él con la molestia en su semblante, en un intento por conocer su parte en esa siniestra trama que se había ido entretejiendo, uniendo sus destinos de manera inexplicable, desde aquella noche en Nueva York, en la cual había vislumbrado la espectral aparición de Susana, dejando estupefacto al histrión.
- No me atreví a hablar de aquello que tanto me temía, Terrence. Sentí que me tomarías por un loco si yo hubiese comentado cualquier detalle relacionado con Susana, en aquel instante. Probablemente te hubieras ofendido y no era tampoco mi intención molestar o insultarte. Lo vital es ayudar lo más pronto posible a tu hija y el riesgo a correr es muy peligroso, sobre todo, pudiendo anticipar la negativa de la Iglesia para tratar este caso como una situación que merite el antiguo ritual.
Terry le miraba presa de la desolación y derrota. Su semblante, de angustia y desesperación amenazaba con romper la serenidad y fortaleza que le había ayudado a mantenerse a flote después de todos los recientes problemas.
Él no pasó por alto la actitud de aquella celebridad acostumbrada a interpretar con admirable talento cualquier personaje que se cruzase en su camino y quien en esos momentos de horror, corría el riesgo de derrumbarse de un momento a otro.
- ¡Ayúdenos, por favor!
Por eso decidió que ya debía intervenir, aún sin contar con la aprobación católica.
La vida de una inocente criatura estaba en juego y esta vez, pensaba prepararse en serio. La ayuda de Jaya le sería imprescindible para poder lograrlo.
- ¡Padre!
La mujer se dirigió a él con sumo esfuerzo, evidenciando el inmenso dolor que le suponía hablar.
No era para menos.
Después de presidir la sesión espiritista, se había desvanecido por completo, permaneciendo en shock durante varios días. El doctor les había alertado de lo débil que se hallaba su cuerpo y por tal motivo, habían tenido que internarla en el hospital, en donde aún permanecía convaleciente.
Justo en el mismo en el que se hallaba Nicole Grandchester.
Su célebre padre les había ofrecido el pago de su recuperación en el caro hospital. No era para menos, puesto que ella había ayudado a dar con el cadáver de una pequeña desconocida, que a todas luces indicaba haber sido la hija de Susana Marlowe.
A pesar de haber sido auxiliados por el actor, el reverendo Folsom no había juntado todavía el valor suficiente como para ir a verle y tampoco había tenido la posibilidad de topar a los angustiados padres.
Por algunas conversaciones sueltas del personal médico que rondaba el lugar donde se hallaba, se había enterado de que su salud iba menguando, aunque cierta respuesta que había alcanzado a escuchar de labios de uno de los médicos residentes que caminaba junto a una enfermera en dirección hacia el ala psiquiátrica infantil, le brindó la esperanza de que su plan se llevase a cabo muy pronto:
- Al parecer los doctores tendrán que recomendar muy pronto a la familia que la envíen a un asilo de enfermos mentales... pero dudo mucho que su padre lo permita. Pobre niña, no tiene mejoría. Quizá debieran permitirle pasar un tiempo en casa, antes de que la internen.
El padre Folsom había experimentado una enorme ansiedad al escuchar aquello. Sabía que tenía que poner manos a la obra para actuar rápido y sobre todo, convencer a los Grandchester de que debían volver a esa casa, para realizar la peligrosa ceremonia.
- Padre.. ¿podré salir pronto de aquí? – la voz le rescató de sus pensamientos. Jaya le observaba, con el semblante confundido.
- Es sólo cuestión de tiempo y cuidados apropiados para que puedas lograrlo.
- ¡Tenemos que ayudar a Nicole! Ella no puede salirse con la suya – un ligero quejido acalló las frases. El religioso le asistió hasta que el dolor hubo pasado.
- De eso quería hablarle, Jaya, pero por el momento tendremos que esperar hasta que usted se restablezca. La necesito fuerte y sana para que pueda ayudarme.
La mirada femenina se clavó en él, sorprendida.
- ¿Es en serio? ¿Aceptaría que le ayude en este problema, padre, a pesar de mi... condición?
- Ahora no es momento de sermones ni reproches. Una vida depende de nosotros y tenemos que hacer todo lo posible por salvarla. Me gustaría pedirle su apoyo para ejecutar el... ritual en esa casa – la cara de la mujer se ensombreció, por un instante.
- Me lo imaginé. – respondió casi en un murmullo, sin embargo, la actitud tan decidida y firme sorprendió al hombre – Haré todo lo posible por recuperarme pronto. Se lo prometo.
- Gracias, hija.
Permanecieron en silencio durante un largo rato sin verse, cada uno perdido en sus pensamientos, hasta que decidió despedirse de ella, en un intento por salir a respirar un poco de aire puro mientras se dirigía caminando hacia la iglesia, con el propósito de realizar los preparativos.
Cuando pasó por el ala sur del hospital que guiaba a uno de los jardines del lugar, sintió una fuerte carga invisible sobre los hombros, como si alguien intentase hundirle en el suelo. Tuvo que detenerse para recuperar el control de su cuerpo.
Entonces, su mirada se dirigió hasta una de las ventanas del tercer piso, ocasionándole un profundo escalofrío que cimbró su ser.
Una espectral figura difusa le observaba desde el interior de su habitación.
El hombre sintió que el miedo le ataba al piso, al sentir las fuertes y frías ráfagas de viento golpear su rostro. Desvió la mirada.
Al regresar la vista hacia la parte superior del nosocomio, se percató de que no había nadie ahí.
La grisácea tarde estaba terminando y Candy permanecía aún sentada sobre el mullido sofá repleto de cojines ubicado frente al enorme ventanal, con la mirada perdida en las calles de la ciudad. Había estado rezando gran parte de la mañana, en un intento por encontrar cobijo a su angustia dentro de sus creencias. Su fiel crucifijo que le acompañaba desde su más tierna infancia le había ayudado a sentirse más tranquila.
La habitual niebla tan propia del clima londinense, se estaba volviendo más densa, cubriendo con su blanco manto cada espacio del exterior. Había sido uno de los días más tristes de su existencia. Esperaba a que su marido volviese de la policía, a donde había acudido para testificar por los horribles hallazgos que involucraban las muertes de Theresa Straub y de aquella misteriosa niña. Se le antojaba todo aquello tan inverosímil como increíble. Sentía tanto la muerte de la madura mujer sin embargo, sabía que también había sido víctima de las circunstancias. Varias noches las pasó llorando y rezando por el eterno descanso de ambas almas.
La rubia estaba casi segura de que el infantil cadáver pertenecía a la hija de Susana, Carrie. Se lo gritaba su intuición de madre y todo lo que había escuchado de labios de Terry, en aquel momento cuando habían leído el diario de la pequeña, sin embargo, todavía debían esperar los informes policiales.
Tantas desgracias habían hecho catarsis en su cuerpo ocasionándole un agotamiento profundo lo que le tuvo en cama durante varios días, poco antes de mudarse al nuevo apartamento. La esposa Charles Burlington, Mariah, le había asistido durante todo ese tiempo.
Su fortaleza interna se estaba resquebrajando dando paso a una inmensa desolación y desesperanza.
Sólo su hijo y su sobrina parecían proveerle de una efímera y a la vez amarga felicidad, ya que Nicole seguía aún en el hospital, a pesar de las falsas promesas médicas de que saldría muy pronto. Las crisis de histeria se habían tornado cada vez más frecuentes y agresivas, aunadas a los intrigantes sucesos paranormales que le rodeaban. El personal médico que la vigilaba era cambiado constantemente, ante las reiteradas negativas de los trabajadores de acercarse a ella.
Su personalidad se había ido transformando durante esas semanas, volviéndola prácticamente intratable. Desde aquella única vez en que se había aferrado desesperadamente a su regazo, narrándole todo lo que había vivido después de que Sue se cruzara en su camino, no había vuelto a cruzar palabra alguna con ella y mucho menos a tener un contacto estrecho.
Tenía que hacer un gran esfuerzo durante cada visita realizada, dada la frialdad con la que le trataba. Apenas y podía arrancarle monosílabos cuando le hacía preguntas sobre su estado o cuando le preguntaba si necesitaba algo en especial.
Una conversación era tarea imposible, no así para su esposo, a quien le suplicaba la sacaran de ahí.
Le partía el corazón al ver que sólo en los brazos de Terry reaccionaba, mientras se quejaba del hospital. Seguía sin comprender el por qué de su ya recurrente rechazo hacia ella, aunque con todo lo vivido recientemente, podría atreverse a dar un nombre a la culpable de aquella estresante situación. Alejó el molesto rostro de su mente y sin querer, un par de amorosos ojos azules ocupó sus pensamientos, haciéndole sentirse protegida.
Dentro de todo lo malo que les había sucedido, la llegada de Albert a Londres había sido un oasis de paz en tan angustiantes momentos. Se sentía tranquila al saber que el problema de su hija se hallaba oculto al resto de la familia. No soportaría un alud de preguntas que le harían volcarse en un montón de respuestas y explicaciones de las que ni siquiera ella misma se sentía convencida.
- ¿Qué te han hecho, Nicky?
Una lágrima resbaló por su demacrado rostro al recordar los incesantes eventos inusuales que se suscitaban alrededor de la gemela. Los confundidos médicos, por más que se deshacían en explicaciones basadas en sus fundamentos científicos, no terminaban de convencerle. El caso de su hija les tenía absolutamente desconcertados, a pesar de sus respuestas.
La niña se había vuelto más agresiva. A la par de sus cambios internos, los sucesos a su alrededor seguían inquietando a los doctores, quienes no podían dar un sustento contundente y seguro.
Ahora, con los recientes descubrimientos macabros, sentía que estaba llegando a un callejón sin salida. Había sido demasiado para su atribulado espíritu.
Cuando Albert pudo conseguirles el apartamento en el que actualmente vivían, no pudo menos que alegrarse un poco al saber que se encontraría lejos de aquel maldito lugar, origen de todas sus penas, sin embargo, su sexto sentido le indicaba que algo peor estaba por ocurrir.
Ni siquiera el padre Folsom podía ayudarle.
Su marido le había contado todo lo que el hombre sabía, dejándola estupefacta.
¿Cómo era posible que el rastro de Susana les hubiese seguido hasta Londres, poniéndole en su camino a uno de los personajes que le había conocido en un momento tan perturbador como el de su enfermedad mental?
Parecía como si el cruel destino le hubiese lanzado a una realidad previamente acordada y maquinada por una mujer llena de rabia y venganza. Nuevamente, ese maldito rostro regresó a su mente, ocasionando que sus manos apretujaran con fuerza uno de los cojines.
¿Qué le había hecho ella para que le odiase tanto como para querer desquitarse con un ser inocente, ajeno a añejos conflictos?
- ¡No dejaré que me quites a mi bebé! ¿Me oyes? ¡No permitiré que nos sigas haciendo daño! ¡La defenderé así se me vaya la vida en ellos! ¿Te queda claro? – gritó histérica, desahogándose lo más que pudo.
No contó con la brutal respuesta que tendría a cambio:
Uno de los jarrones medianos de cristal cortado que se hallaba sobre la mesita ubicada al lado de uno de los sillones salió volando intempestivamente al mismo tiempo en que Candy alcanzaba a esquivarle, rozando ligeramente con uno de los filosos bordes, su frente. Durante el trayecto sintió como le arañaba levemente ocasionando que un poco de sangre asomara a la pequeña herida.
Corrió hacia el baño en busca de un botiquín y se limpió con una gasa para detener el líquido carmesí.
Justo en ese instante, entraba Terry junto a Albert. Ambos hombres se acercaron alarmados al ver la casi imperceptible herida en su cabeza:
- ¡Candy! ¿Qué sucedió? – su marido se acercó a ella y la examinó delicadamente.
- Nada de cuidado.
Albert tomó los restos del jarrón esparcidos por el piso.
- ¿Quién fue? Es imposible que te lo hayas hecho tú misma, a menos que estés perdiendo la razón – le indicó con semblante serio.
- Yo... lo siento mucho – rompió a llorar ante los dos hombres.
- Cálmate, mi amor. Cuéntanos lo qué pasó.
Después de oír su narración, el actor se levantó con los puños crispados, preso de rabia.
- Nos está siguiendo. ¡Esa maldita hija de puta nos está siguiendo! – perdió los estribos propinando un fuerte puntapié a la pared más cercana.
- ¡Tranquilízate, Terry! ¡No le demos oportunidad para seguirnos atacando! ¡El coraje, la rabia, el miedo, todos esos sentimientos negativos siguen alimentando a ese ser! ¡No permitas que todo eso te sobrepase!
- Por favor, amor. Estoy bien.
La rubia trató de incorporarse pero un leve mareo se lo impidió.
- Debes descansar, pecosa.
Terry la condujo entre sus brazos hasta su recámara. Permanecieron ahí, encerrados, platicando y desahogando sus penas.
El americano había decidido mantenerse al margen, permaneciendo en la sala, mientras limpiaba el piso. Estaba preocupado por todos ellos.
Después, se dirigió hacia la cocina en busca de un vaso con agua. Su mente trabajaba a mil por hora, tratando de procesar las últimas semanas vividas. Había tenido que hacer un descomunal sobreesfuerzo cuando mintió a Heather sobre el estado de los Grandchester.
Se sentía mal de ocultarle la verdad, sin embargo, dada la gravedad del asunto, se convenció a sí mismo de que sería lo mejor por el momento. El hermetismo sobre la manera en que manejaba la situación de Nicole era tal, que ni siquiera George, su gran confidente y amigo, estaba al tanto.
"Tantas cosas por arreglar y a veces pienso también que estamos solos en esto", se dijo silenciosamente, mientras colocaba el cristal sobre la mesa. Tal parecía que su férrea fortaleza también empezaba a menguar ante los difíciles acontecimientos. Alejó la sensación de desesperanza de su mente y se concentró en buscar una salida a todo aquello.
Oyó pasos detrás de él y al voltearse vio a la pareja que le hacía una seña de dirigirse a la sala de estar y sentarse en los cómodos sillones.
- ¿Es seguro que ese detective no nos molestará? – la mujer se llevó las manos a la cabeza, para cerciorarse de que no seguía sangrando. Su marido acarició levemente una de sus rodillas en una señal de apoyo.
- Irás a declarar junto al abogado, Candy. Él te preparará antes de hacerlo y sólo serás puntual en lo que digas. Nada de nervios ni de opiniones. Lo menos que digas dará como resultado que ese tipo nos deje de molestar.
El fuerte ruido del teléfono les distrajo de la conversación.
Terry respondió.
Albert y Candy no perdieron detalle de las expresiones del empresario, quien se había puesto serio conforme escuchaba.
El corazón de la mujer latió apresuradamente al pensar en su hija. "Ojala no sea algo relacionado con ella. ¡Por favor, Dios mío! ¡No permitas que le esté pasando algo malo!", apretó involuntariamente la mano de su padre adoptivo. Éste le tranquilizó con un gesto.
- ...entonces tiene que ser una reunión lo más pronto posible. ¿Sería pertinente estar ahí mañana temprano? - el actor siguió respondiendo con monosílabos. Al final se despidió rápidamente y colgó.
- ¿Quién era? – la rubia sintió que su garganta se secaba, vaticinando la fatal respuesta.
- El consejo de médicos desea vernos. Estarán presentes todos los doctores que han estado asistiendo a Nicky.
- ¿Por qué? – instintivamente, ella se llevó una mano al pecho.
- ¿Cómo está mi sobrina? – la pregunta de Albert sumió a todos en un incómodo silencio.
La mirada rasada de lágrimas del desolado padre le indicó que las cosas, tal como se preveían, no estaban bien. El rubio decidió no cuestionar más.
Abrazó a Candy, mientras escuchaba a Terry.
- La situación sigue empeorando. Se niega a seguir cooperando y lo peor es que los eventos en su habitación siguen ocasionando destrozos. Habían dispuesto una enfermera permanente con ella desde ayer, sin embargo, se ha desistido dado el último episodio del que no me dieron más detalles, por lo que deberemos esperar hasta mañana.
- ¡No aguanto más! ¿Ahora qué sigue? ¿Acaso debemos esperar a que se muera? ¡Maldita sea, tantos doctores y ninguno puede ayudarle! ¡Esa mujer se saldrá con la suya! ¡No lo soporto más! - los gritos de Candy fueron en aumento.
- ¡No hables así! ¡Encontraremos una solución! ¡Por favor, mi amor, cálmate! – él la tomó entre sus brazos y esperó a que se tranquilizara.
Quizá tenía razón al comportarse así. Había estado sometida a tantas presiones desde que habían llegado a Londres y hubiese sido injusto callarla en ese minuto. Si quería gritar, debía hacerlo. Desahogarse hasta desfallecer.
Los dos hombres le acompañaron en su sufrimiento, en silencio.
El doctor Pavlov estaba sentado frente al psicólogo de Nicole, aquella fría mañana, en espera de la reunión que se llevaría en un par de horas con los Grandchester. Su mirada gris denotaba una gran inquietud reflejada en el constante tamborileo de los largos y delgados dedos sobre el vidrio de su escritorio, mientras el doctor Jeffrey le observaba con cierta ansiedad.
No era para menos, sobre todo, después de haber atestiguado otro evento más severo la noche anterior. Por un instante, sus ojos cafés se arrugaron en una señal de confusión e incredulidad. "¿Qué es lo que no va bien?," se preguntaba sin cesar, a la par que leía los resultados de los últimos estudios médicos efectuados.
La situación les tenía consternados.
Dos enfermeras la habían encontrado inconsciente sobre su cama, mientras su cuarto lucía desordenado. Tal parecía que un descomunal viento había arreciado por toda la habitación, arrastrando todo a su paso.
Las mujeres no dudaron en contactarle. Quiso que estuviera presente por igual el psicólogo para que atestiguara lo qué estaba ocurriendo, con sus propios ojos. No erraron sobre la desagradable sorpresa que les esperaba.
La asistente de turno estaba tirada sobre el suelo, inconsciente, con la marca rojiza de una mano en el rostro. Dada la brutal fuerza con la que le habían pegado, algunos dientes habían salido volando de su boca. Su cabello estaba revuelto y la cofia había desaparecido. Su uniforme estaba completamente lleno de polvo. Era como si la hubiesen arrastrado por todo el piso.
Al recobrar la consciencia, tuvieron que hacer un gran esfuerzo para tranquilizarla. Sus ojos expresaban un horror inexplicable, pareciendo querer salírseles de sus órbitas. Cuando pudo hablar, sólo atinó a pronunciar palabras ininteligibles. La tuvieron que alejar de la niña, al notar en su rostro un inmenso terror al verla cera de ella.
Cuando fue el turno de asistir a la hija de los Grandchester, el proceso resultó toda una odisea.
Tardaron varios minutos para hacerla reaccionar, mientras observaban los innumerables rasguños sanguinolentos que surcaban toda su espalda. Lo que fuera que le hubiese atacado, lo había hecho con saña. Era imposible que la propia Nicole se hubiese lastimado ella misma.
Después de abrir los ojos y verse rodeada de médicos, no pudo más que gritar histéricamente mientras narraba entre sollozos, el ataque brutal al que supuestamente le había sometido, ante la mirada contrariada del personal presente.
Todos le observaron inquietos y confundidos.
Con suma paciencia, y tratando de usar palabras neutras, los doctores pudieron por fin bajar los alterados ánimos de la pequeña:
- Vamos de nuevo, ¿cómo era esa mujer que supuestamente te atacó?
- ¡De qué sirve que les diga si al final de cuentas no me creen! – se lamentó, con rabia y entre lágrimas. El alcohol sobre sus heridas le hizo gritar de dolor.
- Una persona ha tenido un severo accidente en tu cuarto y honestamente, para que haya sido una sola mujer la culpable de todo esto, lo veo muy difícil – espetó un escéptico doctor Jaffrey.
- ¡No me creen! ¿Acaso piensan que fui yo? ¡No sean estúpidos! – masculló esto último entre dientes y después se cruzó de brazos, permaneciendo otra vez en silencio, con la mirada perdida en algún punto de la sucia cama.
- ¿Qué pasó? ¡Es necesario que nos aclares lo que está ocurriendo si es que quieres salir pronto de este hospital! – el doctor Pavlov le habló enérgicamente, haciendo sobresaltar a todos los presentes, incluida la propia Nicole.
Ésta le lanzó una mirada de rabia y habló muy enojada.
- Está bien. Esto fue lo que sucedió: terminé mi comida y ella puso la bandeja sobre aquella mesa – dijo secamente, dirigiendo su dedo hacia donde sólo quedaban destrozos de la misma -. Cuando terminó, me dijo que debía descansar un poco y yo cerré los ojos. Estaba tan cansada que me quedé dormida casi al instante y seguramente, entre sueños, me levanté para pegarle...
- ¡Nicky, por favor! – el psicólogo trató de tranquilizarle pero fue ignorado. La niña continuó hablando.
- ...entonces, mi cuerpo creció tanto y se hizo tan fuerte que pude golpearla hasta que ya no pudo levantarse. Después, di órdenes a todos los objetos del cuarto para que salieran volando...
- ¡Para ya, por favor! ¡Esto no es un juego! – el psiquiatra alzó de nueva cuenta la voz, siendo ignorado por igual. La hija del actor optó por gritar sus últimas frases.
- ¡Creo que a final de cuenta, estoy desarrollando algunos superpoderes! ¡Tal vez quieran hacerme un traje especial! – se hincó sobre la cama y gritó más furiosa que nunca con las lágrimas resbalando por su mejilla -. ¡Yo no hice todo eso! ¡Fue ella! ¡Esa mujer rubia! ¿Por qué no me creen? ¡Ella quiere matarme! ¡Quiere hacerme daño!
Alguien la tomó por los hombros, obligándole a permanecer sentada y la paciente no hizo el intento de soltarse. La derrota asomó a su rostro al seguir soportando las preguntas.
- ¿Estás segura de que te dormiste en cuanto terminaste de comer?
- ¿No escuchaste lo que dije? ¡Cerré los malditos ojos y me dormí rápidamente! ¡Por si no te has dado cuenta, llevo varias semanas encerrada en este maldito hospital tragando puros medicamentos! ¿Podrías descansar tan tranquilamente con todo eso? – el tono infantil fue subiendo de tono nuevamente. Le estaba tuteando por primera vez.
- ¡Lo que queremos saber es qué te sucede! ¡Si tanto quieres salir de aquí deberías cooperar un poco con nosotros y responder estas sencillas preguntas! ¿Es mucho pedir? ¡Es imposible que una mujer haya atacado a ambas sin que nadie más se diese cuenta!
La niña le escupió en la cara y comenzó a insultarles, mientras dos enfermeros trataban de contenerla, ocasionando que algunas de sus heridas volvieran a abrirse. Tuvieron que aplicarle una dosis de tranquilizante más alta de lo habitual.
Mientras éste le iba haciendo efecto, Nicole les había lanzado una mirada de profundo odio:
- ¡Estúpidos! ¡Ustedes serán los culpables de que ella acabe conmigo!
Después del penoso evento y al terminar de verificar que la niña había sido transferida a otra habitación, ambos profesionales intercambiaban opiniones sobre lo acontecido:
- Amigos imaginarios, pérdida temporal de memoria, irritabilidad, heridas auto infligidas, imaginación desbordada, psicoquinesia, histeria y lo peor, sin daños internos en órganos tan importantes como el cerebro que pudieran dar un sustento a todo este cúmulo de síntomas... no sé qué opinar – el psicólogo se dejó caer de espaldas sobre el sillón, sin quitar la mirada de su contraparte.
- A eso debemos añadir los olores insoportables provenientes de la nada, el cambio en el comportamiento, así como los eventos característicos de un poltergeist – la palabra telepatía murió en sus labios al recordar el momento en que la niña se refería a la muerte de su sobrina –. También me tiene muy inquieto. Estamos agotando todas las pruebas posibles y sus resultados siguen siendo... normales. Ni siquiera hay evidencias de antecedentes de enfermedades mentales en la familia. Estoy tan contrariado como usted.
- El director del área ha decidido tomar medidas drásticas. Quizá opte por el confinamiento temporal. Me lo ha confiado durante la última reunión que tuve a solas con él.
- ¿A pesar de todas las pruebas médicas? ¡Por todos los cielos! ¡Es una niña! ¡Eso sólo podría empeorar la situación! – el doctor Pavlov no estaba convencido en absoluto de esa solución -. Hay una posible solución que sigue dando vueltas en mi mente desde hace varias semanas. Ni siquiera sé cómo expresarla, sin que me tome como un loco.
- Le escucho, doctor. Lo que sea, es nuestro deber salvar a una pequeña. Debemos impedir que la encierren en un manicomio. Quizá podríamos intentar alguna terapia más agresiva.
El psiquiatra se levantó de su escritorio y caminó hacia la ventana, de espaldas a él. Tenía las manos cruzadas por detrás de su cintura y su semblante era de verdadero desconcierto.
- No creo que deba ser necesario eso. Estaba pensando en una alternativa más allá de la medicina convencional.
- No entiendo.
El hombre dio un profundo suspiro antes de proseguir.
- Tengo un muy mal presentimiento en todo esto. Estoy completamente asombrado por todos los resultados de sus pruebas. En toda mi vida como médico, nunca había pasado por un caso tan particular como éste. Tal pareciera que algo ajeno al mundo físico estuviese involucrado en el padecimiento de esa niña.
- ¿A qué se refiere exactamente?
El psiquiatra le miró con una seriedad tan inusual y extraña que el otro hombre no pudo menos que revolverse inquietamente en su silla. Presentía que no le gustaría lo que escucharía a continuación.
- ¿Qué opinión tiene usted de los temas sobrenaturales?
- No hay fundamento científico alguno que sustente siquiera la existencia de fantasmas o espíritus aún a pesar del auge espiritista que se dio hasta hace algunos años. No es algo ni siquiera digno de ser tomado en cuenta. En lo personal, soy un escéptico declarado.
- No debiera estar tan seguro, doctor Jaffrey – el tono del profesional médico le desconcertó.
- ¿Qué insinúa? ¿Lo dice por el caso que nos concierne en este instante? – el psicólogo sintió que la ansiedad se iba apoderando de su ser al presentir la respuesta. Un amargo sabor inundó su boca.
- Lo que quiero decir, es que tal vez no debería cerrarse a otras explicaciones, digamos, diferentes. Desde mis años de estudiante, he leído tratados de psiquiatría donde se han estudiado casos realmente perturbadores, a pesar de que la ciencia médica ha tratado por todos los medios, de explicarlos lo más cercanamente posible a los lineamientos del método científico. Muchas de las reacciones que hemos atestiguado ya han sido documentadas e inclusive tratadas, aunque en algunas ocasiones, los resultados no han sido los más alentadores. Como sea, cuando los hechos se vuelven incontrolables y frecuentes, se aconseja dejar de lado la cura convencional para irla a buscar en una alternativa, digamos, mística.
- ¿Acaso piensa referir a Nicole Grandchester a un centro espiritista? – repuso con voz grave.
- Podría ser algo de ese tipo – explicó, ignorando su actitud.
La voz de la secretaria que irrumpía en ese instante les hizo permanecer en silencio, aunque por sus miradas, los dos comprendieron en silencio hacia dónde se dirigía el rumbo de la conversación.
- La reunión ya está lista y los señores Grandchester se encuentran presentes en la sala de juntas. Les están esperando.
Los médicos tomaron sus batas y salieron de inmediato hacia el lugar.
Una sombría y encorvada figura de cabellera desaliñada se hallaba postrada sobre el piso, de frente al frío y oscuro muro de piedra del sótano de aquella casa en ruinas.
Fuera, el gélido viento invernal movía sin cesar las ramas del árbol más próximo rasguñando el sucio vidrio de la pequeña ventana ubicada en lo alto de una de las paredes.
No había luz pero no le hacía falta. Su mirada se había acostumbrado a vivir rodeada de penumbras y sombras desde que podía recordar todo lo malo que había acontecido en su vida.
Sus manos, llenas de sangre, barro y suciedad, recorrían de manera distraída la rugosa y áspera superficie, mientras intentaba despejar los desolados recuerdos que se agolpaban en su aturdida mente. La falta de uñas en los dedos dejaba al descubierto la carne viva de su interior.
La raída bata apenas y cubría la parte superior de su raquítico y escuálido cuerpo, dejando al descubierto las extremidades inferiores, de las cuales, una se hallaba incompleta, llegando solamente hasta la parte superior de la rodilla. La piel de apariencia sanguinolenta colgaba en jirones y se movía al compás del incipiente temblor que recorría su ser.
Había perdido la cuenta del tiempo transcurrido desde entonces.
Los tristes ojos azules no cesaban de observar lo que su desvariada mente creía escribir sobre la pared. Conforme iba trazando las palabras, sus labios partidos parecían entonar un cántico de estrofas perversas y malignas.
Su venganza debía realizarse contra ellos.
Aquellos que le habían sumido durante tantos años en la más profunda de las soledades y desesperanza.
Los que le habían arrebatado el sol de la alegría y felicidad que sólo un amor correspondido le podía haber brindado en su momento.
Un par de nombres que seguían clavando la profunda daga del vacío y el desamor en su pecho, después de haberle hecho a un lado, cuando en otros tiempos, ella contaba con un futuro prometedor, rodeada de fama y fortuna, siempre acostumbrada todo el tiempo a los halagos y mejores tratos.
Ella, quien había sido la primera en reconocer el inigualable talento oculto en aquel apuesto muchacho que un día había llegado a pedir una oportunidad a la compañía teatral donde laboraba, para brillar sobre los escenarios, con actitud humilde y sencilla, ganándose su corazón al instante.
Ella, que no dudó ni por un segundo en apoyarle para que lograra sus más caros sueños, impulsándole siempre a seguir adelante, a pesar de su sombría actitud, creyendo que el tiempo lo pondría de su lado.
La que, en su ciego amor hacia ese personaje que había aparecido de súbito en su vida, nunca había querido aceptar que otra mujer ocupaba ya su corazón, aún antes de conocerle, porque siempre creyó que un día, él terminaría olvidándose de aquel triste recuerdo para entregarle su corazón.
Ella, quien nunca imaginó que la vida misma lo dejaría a su lado, de la forma más trágica.
Un accidente que le había condenado a la más amarga de las realidades, procurándole infelicidad y malestar durante mucho tiempo, que le alejaría para siempre de su pasión artística y le tendría mutilada por el resto de su vida, siempre dependiente de una prótesis.
La lástima y la condescendencia eran los únicos sentimientos que podía provocar en él.
Lejos estaban los días en que sus planes de formar una familia feliz a su lado poblaban sus más febriles sueños, sabiendo que por fin, aquella mujer había decidido hacerse a un lado, por cuenta propia.
Se lo había prometido esa triste noche en el hospital, cuando había intentado suicidarse.
Aún recordaba la forma en que esa muchacha había llegado a salvarla de caer al vacío, para después ser rescatada por su príncipe azul.
Le odiaba con toda su alma.
Jamás pudo arrancar su recuerdo del corazón de su prometido y éste nunca hizo el esfuerzo de amarle. Al contrario, su malestar había ido en aumento, al saberse atado a su lado.
Eso le había herido en su orgullo propio.
Ella, quien hubiera dado inclusive su propia vida por él.
La largamente ansiada y pospuesta boda no se había llevado a cabo cuando al final, le había abandonado con mentiras de por medio para irse a encontrar al lado de esa enfermera.
Noches de desvelos y lágrimas llorando por su ausencia, mientras su madre trataba de animarle.
¿Qué había hecho él por ella, sino infligirle profundas heridas y abandonándola a su suerte? ¿Acaso se había preocupado por un solo instante por sus sentimientos? ¿Por procurarle un poco de felicidad? ¿Había dedicado aunque fuese un minuto a recordarle con gratitud y cariño?
La respuesta le había sepultado en un interminable abismo de dolor y sufrimiento.
El mismo que le había atrapado en sus entrañas cuando se había topado en su camino con esa despiadada mujer que le había conducido hasta aquel sádico hombre que la había dejado embarazada de una hija débil y tullida... igual que ella.
Se sentía tan sola en el mundo y cuando quiso voltear a ver a su madre, ésta ya había desaparecido. El desdichado destino de su progenitora le había sido confirmado de viva voz de su amante durante una de las tantas peleas que sostenían.
Muerta.
Huérfana y peor aún, con una bebé enferma que cuidar, mientras huían de la policía que ya les buscaba por varios crímenes perpetuados en esos ritos paganos le sumió en el más profundo de los infiernos.
Una vorágine de rabia, soledad y desesperanza le envolvió, desquitándose contra el ser más indefenso que tenía al alcance: Carrie.
Ni siquiera tuvo el valor de luchar por ella y alejarse de la influencia de ese maligno hombre, callando ante la cantidad de vejaciones y maltratos que su hija sufría a manos de su padre.
Su espíritu sólo clamaba por venganza, misma que había iniciado hacía poco tiempo, cuando pudo contactar a la hija de aquel odiado matrimonio. Torció los labios en una mueca de burla al creer que llevaba la mitad del terreno ganado. Debía dar el siguiente paso aprovechando siempre su actual condición.
Sus dedos se movieron con furia, sobre la pared, dejando una estela de líneas sangrientas a su paso.
De repente paró, mientras se arrastraba hacia atrás con el siniestro movimiento parecido al de una araña, alejándose de la superficie lo suficientemente posible para leer lo que acababa de escribir.
Su rostro se torció en una tétrica sonrisa de satisfacción.
La frase resumía el futuro de dos inocentes:
¡Morirán!
