Día 27. Melancolía

Número de palabras: 1600

Notas: Contiene referencias a mis otras historias, de hecho es un capitulo que nunca había visto la luz del día, pero fácilmente se puede leer sin haber leído las anteriores.

Sinopsis: Los pensamientos que salen de la cabeza de Anthony J. Crowley en sus momentos de melancolía (O mejor dicho, el capitulo nunca visto de Memorias de un demonio)


Londres, 2019

Querido ángel:

Ángel, ángel. Mi ángel. No, no, en realidad no eres mío. No eres un objeto al que pueda poseer. Y a veces siento que no te merezco.

Pero aún así, si tú me lo permites, quiero llamarte mío, así como como yo quiero ser llamado tuyo.

Te vi por primera vez en el jardín del Edén y después de eso nunca más te quise perder de vista. Entonces no sabía que era amor, pero el sentimiento me era familiar. Algún vestigio de ser un ángel, pensé. Cuando caes, toma tus recuerdos pero deja los sentimientos. Esos sentimientos me llegan, de noche, solo en la oscuridad. Sentimientos de calidez, de pertenencia, de ser querido. Pero no tenía recuerdos con los cuales consolarme. Solo tenía pequeños trozos y pedazos, lo suficiente para hacer que lo desee. Es un castigo bastante impresionante, pero era algo que el cielo estaba acostumbrado a hacer.

Sé lo que era el cielo, pero lo aborrecía enormemente. Para mí, el verdadero cielo no ese lugar frío y vacío lleno de superficies reflectantes para que puedas ver cada pequeña cosa que está mal.

Para mí el cielo se encuentra reflejado en tus ojos, Azira.

Te quiero, Aziraphale.

Siempre estuve rodeado de oscuridad y aspereza, quería probar algo que no fuera sangre, quería oler algo además del azufre, quería tocar algo suave, algo cálido.

Fue entonces cuando todavía quería ser un buen demonio, así que tenté a Eva y sembré la desconfianza entre sus hijos, causando caos y destrucción, como estaba destinado que hiciera. Pero algo en eso no me satisfacía, lo había dejado de hacer desde conocí esos brillantes ojos azules como joyas y aquella sonrisa que era capaz de detener el tiempo.

Pronto, todo se trataba sobre ti. Me extrañaba el efecto que tenías sobre mí, la forma en que me atraías hacia ti con pétrea curiosidad, el cómo siempre parecíamos terminar en el mismo lugar y espacio, como si se tratara de un treta del destino.

Sólo se necesitaron un par de siglos para darme cuenta de la verdad. Me di cuenta de que te amaba, te amaba tanto como lo permitía mi retorcido corazón. Empezaba a dolerme cuando, aunque fuera de forma no intencional, hacía algo para lastimarte, cuando mis acciones hacían que tus labios temblaran en lugar de curvarse en una sonrisa para mí.

No me sentía digno de ti. No era lo suficientemente bueno para ser un ángel ni tampoco era lo suficientemente bueno para amar a uno. Y ciertamente no pude besar a uno.

¿Qué iba yo a hacer?

Me sentía tan vacío, como si fuera una piel de serpiente sobre huesos fríos. Estaba tan vacío por dentro, como lo había estado desde que caí.

Quería algo sólido, real. Podía engañarme a mí mismo, engañando a los sentidos y al corazón a base de alcohol. Pero cuando vuelvo a ti (siempre volveré a ti, siempre) sé tan pronto como de aburrida y fría es mi vida sin ti.

A veces me llenaba de valor, me sentía lo suficientemente valiente. Quería mirarte a los ojos y decirte cuanto te amaba. Pero no lo hacía porque mis miedos salían a flote en forma de pensamientos: "Los demonios no merecen amar." "Eres indigno de alguien como él." "¿Un demonio y un ángel? ¡Qué disparate!"

Pero eso fue hace muchos años. Han pasado tantas cosas.

Ahora… Ya lo sé.

Quiero correr hacia ti, Ángel.

Espero no ir demasiado rápido.

Oh, ángel. Déjame adorarte. Déjame quedarme aquí a tus pies siempre.

Soy la Serpiente del Edén. Procuré la caída de la humanidad con mi voz, pero cuando estoy contigo, nada suena lo suficientemente bueno.

Te amo.

¿Por qué no ser directo? Estoy cansado de esconder lo que siento.

¿Puedes oír mi corazón crecer tres tamaños después de decir finalmente eso en voz alta, Ángel? ¿Puedes ver lo que queda de mi alma destrozada en mis ojos? Es todo tuyo, Ángel. Todo de mí.

Dilo, ángel. Por favor di que me amas. Por el bien de quien sea. Por mi bien. Por favor.

Arde cuando me tocas, Ángel. Arde como caer, pero es bueno, muy bueno porque ahora estás ahí para atraparme. Caería de nuevo por ti. Caería cien veces para que tú no tuvieras que hacerlo.

Aun así, me lleno de miedos, siento que un día te despertarás y te darás cuenta de que no todo esto no ha valido la pena ¿Quién podría amar a algo como yo? Tan roto e irregular, todo bordes afilados y palabras toscas. Siento que haré algo mal como siempre lo hago, intentaré arreglarlo, volver a como estaba, pero no funcionará. Me veré pidiendo limosna en el suelo y te burlarás de disgusto. Después de todo, ¿Quién soy yo para profanar a un ángel? Me amarás y luego me dejarás. Eso es lo que puedo esperar. Un poco de felicidad antes de arruinarlo.

Un poco de felicidad.

Aunque todo se trate de miedos infundados, quiero ese poquito de felicidad. Lo quiero tan jodidamente.

De hecho, quiero todo esto.

No te merecía. Pero no me merecía todo lo que me hayas dado en el pasado. No me merecía tu sonrisa cuando te salve de la Bastilla. No merecía mirarte mientras comías, con todos esos pensamientos impuros en mi cabeza. No te merecía cuando decías mi nombre como si te hiciera feliz.

Pero ahora, libre de estos pensamientos que salen en mis momentos de melancolía, puedo decirte que te merezco.

Te mereceré cuando te despierte con un suave beso en la frente o te tome de la mano. Te mereceré cuando te toque con manos ligeramente temblorosas, te toque como si fueras algo que pudiera romper. Yo te he escogido a ti y tú me has elegido a mí. Tú me has elegido para darme tu amor, tu gracia, tu misericordia. Y lo tomaré todo, lo tomaré como el demonio egoísta y codicioso que soy. Todo con la única condición de que yo haré lo mismo contigo. Siempre una sonrisa más, una risa más, un día más.

Porque nos merecemos el uno al otro, ángel.

Siempre ha sido así y siempre lo será.

Eternamente tuyo,

Anthony J. Crowley

(O mejor dicho, el futuro Anthony J. Fell)

.

.

.

.

.

El pelirrojo suelta la pluma y la deja a un lado de la carta. Se lleva una mano a su cabello y la pasó sobre sus hebras rojas, sonriendo ante la obra de arte que es la epístola que acaba de escribir.

Toma la carta y la alza, mirándola a contraluz, como si pudiera encontrar algún defecto en ella. Lo único que ve es su pulcra letra impresa en cada una de las líneas de la hoja de papel. Vuelve a sonreír orgulloso mientas piensa, asombrado, en como después de seis mil años, aún es capaz de escribir aquellas cartas con la misma intensidad con la que lo hacia desde el primer momento.

Tras aquel momento de melancolía, pone la carta en un sobre y la pone en su lugar. Se levanta de su asiento y empieza a pasear como un león enjaulado por toda la habitación, lo único que podía hacer en aquel momento para sobrellevar el nerviosismo.

Pasan unos minutos hasta que oye el tocar de la puerta y él se apresura a abrirla, para sólo encontrar a una chica de cabellos castaños al otro lado. Él parece de repente decepcionado.

— Oh…

— Ouch, bueno, lamento no ser quien esperabas, Crowley. —dice Anathema sonriendo, fingiendo estar ofendida.

— Pensé que eras Aziraphale. —dice simplemente. La bruja sólo niega con la cabeza.

— Sabes que aún no puedes verlo. —le regaña suevamente, como si ella fuera la madre y él el hijo.

— ¡Bruja, me estoy volviendo loco aquí encerrado! —exclama Crowley. —Además, ¿Qué tiene de malo que lo vea? Nos hemos visto por más de 6000 años, no creo que verlo unos minutos haga la diferencia.

— ¡Pero es de mala suerte! —rebatió la castaña. —Los novios no pueden verse antes de la boda. —añade solemnemente. Crowley sólo bufa. —Mejor dime, ¿Qué se siente estar a punto de convertirte en el señor de…? Ah ¿Cuál es el apellido de Aziraphale?

Crowley no responde, tan sólo mira con una sonrisa de bobo el anillo de compromiso que brilla en su mano. La sensación de orgullo y alegría lo invade y se esfuerza para ocultar las lágrimas que amenazan con escapar de sus ojos. — Después de más de 6000 años, ¿Cómo crees que me voy a sentir? —se limita a responder ambiguamente.

Anathema le da pequeños golpecitos en el hombro en señal de despedida y está a punto de irse antes de que el pelirrojo la llame nuevamente. — ¡Eh, bruja!

La nombrada se da la vuelta y lo mira fijamente. — ¿Qué pasa, adorado mentor mío? —pregunta con ironía.

— ¡No seas irónica conmigo, niña! —la regaña. —Yo te enseñe a serlo.

Anathema suelta una risita.

— Espera aquí. —le ordena Crowley y se apresura a su habitación y toma el sobre donde está la carta. Regresa y le tiende el sobre a la bruja. — ¿Se lo podrías dar a Aziraphale? —le pide con toda la civilidad que puede reunir.

La castaña alza una ceja. — Espero que no sea un plan de escape para fugarse a Las Vegas.

— ¡No seas ridícula! —refunfuña el demonio.

Anathema toma la carta. — Muy bien, se la haré llegar. —le promete y conociéndola muy bien, él sabe que lo hará.

— Gracias. —dice simplemente Crowley.

— Ahora, mejor vaya a relajarse, futuro casado. —le dice Anathema antes de irse.

Y él, con una sonrisa, se da cuenta que ya no hay nada que temer.