Capítulo 27
Someday
There's a time for us,
Someday a time for us,
Time together with time spare,
Time to learn, time to care,
Someday!
—No…no, no —susurró completamente aturdida.
Quinn no dudó en acercarse a la entrada del local, guiándose básicamente por el murmullo de la gente que permanecía en su interior, y la potencia de la voz que casi inundaba aquella calle. Sus piernas temblaban, su pulso se aceleraba hasta cotas insospechadas, pero su mente no daba tregua, no había modo de calmarse mientras aquella voz se colaba en su interior.
Somewhere.
We'll find a new way of living,
We'll find a way of forgiving
Somewhere . . .
Podía entrar, podía intentar al menos preguntar quién era aquella chica que cantaba. Pero estaba tan segura de que era Rachel, que no podía dar un paso más, y decidió permanecer ahí, justo a un lado de la entrada, apoyándose sobre la pared, y tratando de organizar su mente mientras seguía escuchando la canción.
There's a place for us,
A time and place for us.
Hold my hand and we're halfway there.
Hold my hand and I'll take you there
Somehow,
Some day,
Somewhere!
Un aplauso que se dejó sentir en toda la manzana, y el murmullo del público, dando por finalizado el pequeño espectáculo que se había mostrado en aquel olvidado bar del centro de San Francisco.
—Bien…Enorme aplauso el que se ha llevado nuestra participante —espetó el dj, que no dudó en subir al pequeño escenario y saludar a la morena— ¿Cuál es tú nombre?
—Rachel.
Quiso morir.
Quinn a punto estuvo de perder el equilibrio tras escuchar la respuesta, e incluso creyó que había recuperado la vista, y que la morena se encontraba frente a ella, mirándola. No supo si fue la intuición, o simplemente la inercia por todo lo que había vivido en los últimos días. Ni siquiera supo como logró atinar a sacar el teléfono de su bolso, y pronunciar su nombre. No el de Rachel, por supuesto.
—Rebecca —susurró iniciando una llamada que se antojaba vital para salir de aquel desconcierto, o quizás para encontrarse con su Rachel particular.
Los tonos daban señal, pero nadie atendía a su llamada, y Quinn comenzó a maldecir. Empezaba a temer, empezaba a creer que todo tenía sentido para ella, y que todo el mundo a su alrededor se burlaba al negárselo.
—Rachel, tu teléfono está sonado —fue Robert quien se percató de la llamada cuando la regresaba a su lado tras la actuación.
La enorme sonrisa que dibujaba su rostro, desapareció radicalmente al descubrir su nombre en la pantalla.
—Salgo un momento fuera —se excusó al ver que la llamada se detenía. Y no dudó en abandonar por unos instantes el bar. Una de las premisas mas importantes que debía cumplir, era justamente aquella. El procurar recuperar el contacto con Quinn, y si era ella quien la estaba llamando, no podía dejar pasar la oportunidad de devolverle la llamada. Aunque solo fuera para escuchar su silencio.
Ni siquiera pudo pulsar la tecla que le devolvía la llamada. A Rachel le bastó poner un pie en la acera, huyendo del ruido en el interior del bar, para ser consciente de la situación, y de por qué Quinn acababa de llamarla a aquella hora. Estaba allí. A escasos metros de la puerta del bar, guardando el teléfono en el bolso, y emprendiendo una caminata directa hacia Market Street.
Una mirada a su alrededor para descubrir que estaba sola, que Dana no estaba con ella, y la idea de correr hacia el apartamento antes de que ella llegase se apoderó por completo de su mente.
—Robert, ¡me tengo que marchar! —espetó entrando rápidamente en el bar, y recuperando su bolso.
—¿Ocurre algo? ¿Qué pasa?
—Sí, si…Quiero decir, todo está bien. Es solo, es solo que…Bueno, es una larga historia, ya te llamo. ¿Ok?
—Ok…ok.
No dio tiempo a mucho más. Rachel abandonó el bar a toda prisa, y comenzó una incesante carrera a través de la calle, dispuesta a superar a Quinn en aquel trayecto. y llegar al apartamento antes que ella. Algo que no le fue complicado. Al menos superarla en velocidad. De hecho, pudo incluso detenerse frente a ella, al otro lado de la acera, y observar cómo cruzaba perfectamente el paso de peatones sin que nada se interpusiera en su camino.
No fue hasta llegar al cruce, a unos 50 o 60 metros del Four Seasons, y, por ende, de su apartamento, cuando alguien detuvo la caminata de Quinn.
Fue Michael, que no dudó en detener el taxi en el que se trasladaba, para acompañarla durante aquellos metros, y la obligaba a dejar de mirar, y regresar al apartamento antes de que pudieran descubrirla. Y, además, debía hacerlo a toda prisa.
Ni siquiera esperó a que el ascensor, que justo en ese instante aparecía ocupado, bajase a por ella. Ver como Quinn ya enfilaba la avenida hacia la entrada al edificio con Michael del brazo, la llevó a tomar la decisión de subir las cuatro plantas por las escaleras.
75 escalones concretamente, que a punto estuvieron de hacerla desfallecer en su intento por subirlos lo más rápido posible.
Fue entrar en la casa y colarse directamente en la habitación, desvistiéndose mientras trataba de recuperar el aliento, y colocándose la camiseta del pijama para segundos después, meterse en la cama, cubriéndose hasta casi el cuello con las sábanas.
El corazón a punto de escapar por su boca, y la respiración dificultándole el intento de fingir que dormía, cuando ni siquiera sabía si la rubia iba a tratar de averiguarlo, la mantuvieron por algunos minutos prácticamente en shock. Pero era lo único que podía hacer para evitar hablar directamente con ella, y que no se percatase de su estado completamente alterado.
No estaba equivocada, apenas un minuto después, escuchaba el sonido de la puerta y los pasos de ambos en el interior del apartamento.
—¿Está Rebecca? —preguntó aún con los nervios de la situación vivida.
—Pues no lo sé, ¿por?
—Mira en su habitación.
—¿Qué?
—Que mires en su habitación Michael —espetó incitando al chico a que acudiese hasta el cuarto.
—¿Qué dices? Quinn son las 11de la noche, debe estar dormida.
—Compruébalo.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué te pasa, Quinn? ¿Por qué estás tan nerviosa?
—Michael —alzó la voz—, comprueba que Rebecca está en su habitación… ¡ya!
—Quinn, no puedo entrar en su habitación, así como así, ¿lo entiendes?
—Ok, lo haré yo, y si está dormida, la despierto…—se adelantó hacia la habitación.
—Hey…Quinn, tenemos unas normas, ¿recuerdas?
—Me importa una mierda, quiero saber si está ahí o no. O lo compruebas tú o la despierto yo —amenazó.
—Ok…ok, espera —la detuvo—. Yo me asomo, pero en silencio, y si está dormida…se acabó. ¿Ok?
—Ok —respondía satisfecha.
Michael se adelantó y tomó el pomo de la puerta, con Quinn pegada a su espalda.
—Ok…te juro que como me denuncie por allanamiento de habitación, tú caes conmigo —susurró al tiempo que abría lentamente la puerta y lanzaba una mirada hacia el interior—. Está dormida.
—¿Qué? No, no es posible. Michael no me mientas —le replicó completamente confusa.
—Quinn, está ahí. Escucha, puedes oír la respiración —dijo, y Rachel aprovechó aquella excusa para marcar con más vehemencia la respiración, y hacerse notar para Quinn dejando escapar un leve suspiro que los alertó.
—Oh dios —se lamentó tras escuchar el sonido—. Maldita sea.
—¿Satisfecha? —cuestionó cerrando la puerta.
—No…no estoy satisfecha. Esto es una locura.
—¿Qué ocurre Quinn? ¿Qué te pasa con ella?
—Nada —se quejó—, con ella no me pasa nada. Será mejor que me vaya a la cama.
—¿Quinn? ¿Estás bien?
—Sí Michael, estoy bien. Necesito descansar —se excusó tratando de mostrarse relajada, aunque su rostro demostraba todo lo contrario.
—Ok. No voy a insistir porque yo también me marcho a dormir. Estoy destrozado, y esta noche tengo guardia a partir de las 6, pero esto no se va a quedar así, ¿me oyes? No sé qué diablos te traes con Rebecca, pero si te va a hacer actuar así, te aseguro que no…
—Basta Michael, ya te he dicho que no pasa nada con ella. Solo quería comprobar que estaba aquí, nada más. Y ahora, como bien dices, será mejor que te marches a dormir.
—Quinn, te pido por favor que ni se te ocurra hacer algo como lo que me acabas de obligar a…
—Michael, me voy a dormir —le interrumpió caminando hacia su habitación, y sin darle mas opción a réplica. Porque lo conocía, sabía de su condición, y como anteponía el deber y la justicia por encima incluso de su propia voluntad. Y de haber continuado allí, esquivando sus preguntas, probablemente habría terminado confesándole la terrible confusión que seguía martirizándola.
Se estaba volviendo loca, o eso quiso creer. Rachel había pasado de estar presa en su memoria, a aparecer en todos lados. Incluso en la habitación de al lado, donde Rebecca dormía, y nadie parecía ser capaz de destruir su confusión.
Rachel era la única que en aquel instante podría ayudarla, y no fue consciente hasta ese mismo instante.
El calor de la carrera que había realizado estaba asfixiándola bajo las sábanas, y no dudó en salir de la cama cuando escuchó el sonido de ambas puertas cerrándose en el exterior, y el silencio que la acompañó tras varios minutos a la espera.
Curioso.
Entre sus manos aún se encontraba el móvil y recordó que su teléfono, el verdadero, se encontraba guardado en el tocador que presidía la habitación. Pura fortuna, o quizás el destino volvía a prepararle el camino de la mejor forma posible.
Fue abrir el cajón y descubrir como el móvil, completamente en silencio, se iluminaba y el nombre de Quinn aparecía en la pantalla.
Lo estaba haciendo. La rubia estaba volviéndola a llamar, y ella debía hacer algo para aceptar aquella llamada, pero no estaba en el lugar acertado.
De nuevo el riesgo, de nuevo aventurarse a salir del apartamento a escondidas, con Michael recién encerrado en su habitación, y Quinn en la suya, dispuesta a averiguar si aquella chica que supuestamente había escuchado cantar, era Rachel.
Ni siquiera pensó en las llaves que aún conservaba del 4B. Rachel abandonó el piso, y se introdujo en el ascensor que la llevó hasta la última planta, justo la que daba a la azotea, aun sabiendo que probablemente Quinn iba a ser capaz de percibir el sonido del mismo. Allí, con la oscuridad que le otorgaba la noche, y las luces que procedían del Four Seasons, encontró el lugar perfecto.
Había sido una auténtica locura. Hacia escasos 15 minutos estaba desahogándose por completo en el karaoke, y ahora estaba allí, después de haber recorrido unos 200 metros a plena carrera. Después de haber subido más de 70 escalones, cuatro plantas enteras, sin detenerse. Después de fingir que dormía en su habitación aun cuando sus pulmones exigían todo el oxígeno que pudiesen abarcar. Después de todo aquello, por fin podía dejarse caer sobre sobre el suelo de la azotea, y respirar.
Solo la pequeña y casi extinta luz de la pantalla de su móvil iluminada, le era suficiente para ver a su alrededor.
La llamada se había detenido hacía ya varios minutos, pero Rachel no dudó en devolverla, al igual que había hecho la noche anterior. Solo que es vez, todo iba a ser distinto.
Rachel
La voz automatizada de su móvil, rompía el silencio en el que se veía envuelta Quinn, anunciando el emisor de una llamada que la sobresaltó. Y el temblor no tardó en adueñarse de su cuerpo.
—Hola —susurró aceptando la llamada, con apenas un hilo de voz.
—¿Quinn? Hola… ¿Me…me has llamado? —trató de mostrarse serena.
—Eh…sí, sí.
—Oh. Ok, siento no haber aceptado la llamada antes, estaba en un lugar con mucho ruido, y no me enteré —se excusó—. Acabo de ver el teléfono.
—No…no te preocupes —respondía completamente aturdida—. No quise molestarte, supongo que estarás ocupada.
—No, ya no…Estaba en un bar.
—¿En un bar? —cuestionó con apenas un susurro.
—Sí, en un bar…Estoy cenando con unos amigos.
—Ah…perfecto.
—Sí…perfecto.
Una pausa, un breve silencio se creaba entre ambas sin saber por qué, o quizás sí. Quinn temía hablar porque no iba a poder contener lo que su corazón gritaba, y Rachel trataba de mantener la serenidad tras los últimos acontecimientos.
—¿No me vas a preguntar por qué te he llamado? —Quinn reaccionó al fin.
—No, prefiero que me lo digas tú. Yo me conformo con saber que estás ahí —le dijo provocando un pequeño suspiro en la rubia
—Me han dicho que estás en San Francisco —replicó tratando de sonar convincente. Rachel supo que mentía, por supuesto—. ¿Es cierto?
—Eh…sí, si estoy en San Francisco —respondía un tanto preocupada—. Pero quiero que sepas que he venido porque me ha surgido una pequeña entrevista para un grupo de teatro —mintió—. No pienses que vine a molestarte, Quinn.
—No pienso eso —interrumpió
—¿Ah no?
—No, solo me ha sorprendido saber que estabas aquí y…Bueno quise asegurarme que eras tú.
—Ya, pues sí, si soy yo.
—Y, ¿hasta cuando vas a estar? —volvía a cuestionar
Rachel realmente se mostraba sorprendida. Quinn estaba hablándole un tanto seria, casi cortante, pero a la vez mostraba un ineludible interés por mantener aquella conversación, y supo que quizás la charla que habían mantenido por la mañana en el parque, dónde Rebecca le había incitado a que hablase con ella, estaba surtiendo efecto. Algo que no le gustó, y que volvía a hacerla sentir mal.
—Unos días, no sé aún. Depende.
—Ok. Espero, espero que te vaya bien.
—Gracias Quinn, gracias.
—Bueno…Será mejor que te deje, es tarde y…
—No Quinn, espera —interrumpió.
—Di…dime —balbuceó lamentándose.
—¿Sólo me has llamado para eso?
—Eh…sí, sí solo para eso.
—Ok, ok…Está bien, te lo agradezco de todas formas. Ayer, ayer me dejaste con una sensación extraña y pensé que…
—¿Pensaste? ¿Qué pensaste?
—No sé, pensé que quizás sí te apetecía hablar conmigo, no sé…
—Ayer no me encontraba en mi mejor momento —se excusó.
—¿Te arrepientes de haberme llamado?
—Eh…no, no es eso, solo que no estaba bien —suspiró—. Rachel, realmente me alegra saber que estás bien y todo eso, pero no, no tengo mucho más que decirte o contarte.
—Pues déjame que te cuente yo.
—¿Qué?
—Si, Quinn puedo hablar de lo que sea, puedo contarte por ejemplo lo que está haciendo Kurt. ¿Recuerdas aquel chico, James, el que estaba obsesionado por la moda? Bien, pues ahora están juntos. Quiero decir, Kurt ha aceptado salir con él y es un horror, se ha vuelto adicto a la moda, y ya sabes que Kurt ya era adicto a la moda. De hecho, se pasan las horas y los días enteros hablando de diseñadores, de accesorios, que se yo, es insoportable. Pero es que, además, suele quedar con Blaine, y salen los tres juntos. Y lo peor de todo es que cada vez que me ven, se dedican a criticar mi vestimenta. Ya sabes que yo nunca he sido una gurú de la moda, pero tampoco es para que me traten así, ¿no crees? Quiero decir yo…
—Ra…Rachel —interrumpía completamente aturdida por la velocidad en la que la morena hablaba tras el auricular.
—¿Qué?
—Para, por favor —suplicó—. ¿Por qué me estas contando eso?
—Porque no quiero que cuelgues —respondía con apenas un susurro—. No quiero que vuelvas a cortar la llamada y me dejes pensando cuando vas a volver a llamarme, o si algún día lo volverás a hacer.
—Rachel…Esto no está bien, yo…
—Lo sé, no quieres que me cree ilusiones, que piense que vas a perdonarme ni nada de eso. Lo sé, Quinn, sé que no quieres que piense eso. Pero te prometo que no lo haré, solo quiero hacer un paréntesis, solo quiero sentirme bien, aunque sea por cinco minutos, hablando contigo, y olvidarme de la realidad durante esa llamada. Solo quiero eso, Quinn.
—Las cosas no funcionan así, Rachel —respondía con la voz temblorosa. Luchando contra la congoja que siempre le provocaba saber que Rachel estaba allí, tras el auricular—. Esto nos va a hacer mal a las dos.
—He hecho pruebas para varias compañías de teatro —volvía a tratar de cambiar la conversación en un intento desesperado por evitar lo que intuía que estaba a punto de suceder—, y parece que en todas he dejado buena impresión. ¿Sabes lo que eso significa?
Quinn no lo soportaba más.
Escuchaba como Rachel trataba por todos los medios mantener una conversación que se antojaba complicada por su parte. Sin embargo, por primera vez en todos esos años, sentía que no podía cortar aquella llamada sin al menos despedirse, que no era capaz de zanjar la conversación como lo había hecho decenas de veces.
—Significa que…
—Significa que vas a lograr tus sueños —interrumpía—, como todos sabíamos que ibas a lograr. Que esas compañías se pelearán por ti, y cuando elijas una de ellas, tendrás la oportunidad de debutar en Broadway. Eso significa Rachel —respondía completamente apenada.
—Sí…Eso significa —susurró con apenas un hilo de voz.
—Y yo me alegraré, estaré feliz por ver que lo consigues, que apareces en las revistas y tienes tu propia marquesina sobre el teatro. Créeme Rachel, me sentiré feliz cuando todo eso suceda.
—¿Lo harás?
—Sí, sin duda —respondió tragándose el orgullo—. Pero eso no significa que ahora mismo no tenga que cortar esta llamada, y quiero hacerlo de la mejor forma, recibiendo un adiós por tu parte y no un lamento. ¿Ok?
Rachel tragó saliva.
Las lágrimas, como siempre, volvían a hacer acto de presencia en sus ojos, pero esta vez de un modo completamente distinto.
Escuchar aquella confesión le hizo sentir completamente vulnerable. Que Quinn le dijese aquello podía tener varias lecturas, pero ese adiós que exigía, sonaba a despedida.
—Es un gran paso, Rachel —volvía a hablar tras escuchar como la morena contenía el llanto—. No me estoy despidiendo de ti para siempre, solo quiero acabar bien esta llamada, y volver a tener la necesidad de llamarte. No sé cuándo, pero al menos tener esa necesidad de querer hacerlo, y poder hacerlo.
—¿Quieres… quieres volver a hablar conmigo? —murmuró confusa.
—Quiero darme la oportunidad de poder hablar contigo, Rachel. Pero tienes que darme tiempo. No…no es sencillo para mi dar este paso.
—Ok…ok, claro, tienes todo el tiempo del mundo. Yo sé que lo que te dije el otro día no estuvo bien.
—Estuvo perfecto —volvía a interrumpir—. Ya me has pedido suficiente perdón, y no soy nadie para seguir exigiéndote eso.
—Yo solo quería…
—Está todo bien, volverás a tener noticias mías, pero dame tiempo.
—Quinn…Ok, yo…yo te voy a dar todo el tiempo del mundo, ya te lo he dicho, pero también quiero decirte algo…Ya, ya que estoy aquí en San Francisco, piénsatelo ¿vale? No necesito que me des una respuesta ahora, pero…si te apetece que nos veamos, si quieres, solo si tú quieres, solo tienes que hacérmelo saber, ¿ok?
—Rachel no…
—Escúchame Quinn, yo sé que no vas a aceptar, pero créeme, estoy haciendo lo imposible por no remover cielo y tierra para ir a buscarte yo misma. Y diciéndote esto me quedo más tranquila. Ya sé que lo sabes, y que estoy cerca…Es mucho más fácil para mi hacerlo así, ¿Ok? No…no quiero equivocarme de nuevo.
—No Rachel, no quiero verte.
—Quinn…
—Yo hago mi vida, tú tienes que hacer la tuya. Las cosas son así, y así deben seguir.
—Ok, ok… —respondía con las lágrimas cayendo por sus mejillas.
—No me necesitas en tu vida. No soy necesaria, así que no llores. Tú. Tú solo tienes que ser feliz.
—Lo intentaré, pero no puedo prometerlo —susurró tras un sollozo que terminó por contagiar a la rubia.
—Adiós, Rachel —se despidió antes de que el llanto inundase por completo su voz, y le hiciera imposible continuar con la conversación. Algo que Rachel no pudo evitar.
—Adiós… —susurró tras escuchar el pitido que daba por finalizada la llamada, y su cuerpo terminó cediendo, dejándose caer por completo sobre el suelo de la azotea.
Jamás imaginó recibir una llamada como aquella por parte de la rubia, sobre todo, sabiendo la terrible confusión que la mantenía completamente aturdida por culpa de Rebecca. Pero era cierto lo que le dijo horas antes. No pensaba volver a hablar con ella, y a pesar de la llamada, se lo había dejado claro.
Estaba todo acabado. Quinn se mostraba impasible a pesar de sus buenas intenciones por no terminar discutiendo, y su corazón acababa de romperse por completo. El destino se había encargado de prepararle el camino a la perfección para aquella aventura, pero sin duda, el karma le estaba devolviendo todo lo malo que provocaba con aquellas mentiras. Con la falta de honestidad que envolvía aquella aventura. Lo único que importaba, el perdón de Quinn, no iba a llegar nunca.
Y como si el cielo fuese testigo de su malestar, unas pequeñas gotas comenzaron a caer de repente sobre ella.
—Buenas noches, Quinn —susurró entre sollozos.
En la habitación de la rubia no había vestigio alguno de movimiento o sonido en el interior de aquella habitación, que tras la ventana solo mostraba una incesante oscuridad.
La misma oscuridad que envolvía el mundo de Quinn en aquel instante.
La rubia permanecía sobre su cama, con una carta entre sus manos, la misma que había recibido el viernes anterior, y que aún permanecía cerrada, esperando la llegada de Santana para poder leer los versos que contenía en su interior.
No lo sabía a ciencia cierta, pero estaba completamente convencida que la emisora de aquellas cartas era Rachel. Solo ella podía escribir algo así, solo ella podía hacerla sentir especial con unas cuantas palabras. Solo ella podía acompañarla de esa forma, estando a 3 años de distancia de su mundo.
Rachel había estado, seguía estando y seguirá estando en su vida, daba igual si lo estaba en persona, en forma de palabras o a través de un teléfono.
Ahora, en ese mismo instante estaba en la misma ciudad que ella, y la sentía tan cerca que casi podía oírla, que casi podía oler su perfume y ver su sonrisa. Tan cerca, que, en ese mismo instante, la tenia sobre su techo, cerquita de las estrellas. Justo donde siempre alzaba la vista, cuando pensaba en ella.
—Buenas noches, Berry —susurró.
