AMOR SALVAJE


9| Te crecera la Nariz


Naruto dirigió a Kiba una mirada fulminante.

—¿Has ido detrás de Hinata, Kiba? ¿La has invitado a tu casa?

—No —respondió Kiba —. Debe de ser que mis encantos la han impresionado después de todo, Naruto —sonrió cuando vio cómo se acentuaba el ceño de su amigo—. Así que es como me suponía. Estás más que ligeramente interesado por nuestra princesita.

—No es nuestra princesita —le espetó Naruto —. Me pertenece a mí. ¿Entendido?

Kiba asintió.

—Solo estaba bromeando —dijo con un suspiro, y añadió gritando a su sirviente—: Que entre.

Naruto no cambió de posición. Hinata entró apresuradamente en la biblioteca en cuanto le abrieron la puerta. Vio inmediatamente a Naruto y se detuvo en seco.

—¡Oh! No quería interrumpir su reunión. Ya volveré más tarde, Kiba.

Hinata miró a Naruto con el ceño fruncido, se volvió y se dirigió de nuevo a la puerta. Naruto suspiró. Fue un suspiro largo y controlado. Con cuidado, dejó el vaso encima de la mesa y luego se puso en pie. Hinata lo vio por el rabillo del ojo.

No hizo caso de los ruegos de Kiba para que se quedara y continuó caminando hacia la puerta.

Naruto la atrapó justo cuando ponía la mano en la manija. Colocó las manos en la puerta, a ambos lados de la cara de Hinata. La espalda de ella le rozaba el pecho. Naruto sonrió al notar la súbita rigidez de sus hombros.

—Tengo que insistir en que te quedes —le susurró al oído.

Una oleada de calor inundó a Hinata. Lentamente, se dio la vuelta hasta quedar frente a Naruto.

—Y yo tengo que insistir en que debo marcharme —musitó.

Apoyó una mano en su pecho y empujó, con la esperanza de desplazarlo. Él no se movió; le dedicó una sonrisa de pillo y luego se inclinó y la besó.

La disimulada risa de Kiba interrumpió sus deseos de continuar.

Hinata se sonrojó inmediatamente ante aquella muestra de intimidad. ¿Es que aquel hombre no se daba cuenta de que no debía mostrar su afecto delante de otros? Suponía que no. Naruto le hizo un guiño antes de cogerla de la mano y llevarla de nuevo al interior de la biblioteca.

Hinata llevaba un traje azul claro. Naruto comprobó deliberadamente si se había acordado de ponerse zapatos. No se sintió decepcionado al ver que sí. Kiba se apresuró a volver a su silla y ocultar el brazo vendado, poniéndolo encima de las rodillas.

Hinata se negó a sentarse. Se quedó de pie, junto a Naruto, esforzándose por no prestarle ninguna atención. Él volvió a apoyar los pies en el borde del escritorio de Kiba y cogió el vaso. Ella le regaló una mirada contrariada. Si aquel hombre se relajara un poco más, se quedaría dormido.

Pronto la situación se volvió incómoda. Kiba la miraba, expectante. Hinata agarraba con fuerza un recipiente de color azul que llevaba en la mano izquierda, mientras trataba de liberar su mano derecha de la de Naruto, que se había olvidado de soltarla.

—¿Había algo en particular, de lo que quisiera hablarme? —sugirió Kiba amablemente. Trataba de hacer que Hinata se sintiera cómoda. La pobre parecía muy preocupada.

—Esperaba encontrarle solo —anunció Hinata. Dirigió a Naruto una mirada significativa —. ¿Estabas a punto de despedirte, Naruto?

—No.

La escueta respuesta fue pronunciada con una voz tan alegre que Hinata sonrió.

—Me gustaría hablar con Kiba en privado, si no te importa.

—Ay, cariño, es que sí que me importa —dijo Naruto arrastrando las palabras. Aumentó la presión que ejercía sobre su muñeca y, de repente, tiró de ella haciéndole perder el equilibrio.

Aterrizó justo donde él quería, encima de sus rodillas. De inmediato, Hinata empezó a forcejear para levantarse. Naruto le rodeó la cintura con un brazo, sujetándola contra él.

Kiba estaba estupefacto. Nunca había visto a Naruto actuar de una manera tan espontánea. Mostrarse tan abiertamente posesivo no era normal en su carácter.

—Princesa Hinata, puede hablar libremente delante de Naruto —dijo Kiba, tranquilizándola.

—¿De verdad? —preguntó Hinata —. Entonces, ¿él lo sabe?

Cuando Hinata se detuvo, vacilando, Kiba afirmó:—Naruto conoce todos mis secretos, querida. Veamos, ¿qué quería decirme?

—Bueno, quería saber cómo se encuentra.

Kiba parpadeó varias veces.

—Pues me encuentro muy bien —respondió torpemente —. ¿Es eso lo único que quería de mí?

En opinión de Naruto, los dos estaban dando rodeos sin llegar al meollo de la cuestión.

—Kiba, Hinata quiere saber cómo está tu herida. ¿No es así, Hinata?

—Ah, entonces, ¿estás enterado? —preguntó Hinata, volviéndose para mirar a Naruto.

—¿Usted lo sabe? —dijo Kiba con voz quebrada.

—Ella lo sabe —confirmó Naruto, riéndose al ver la cara atónita de su amigo.

—Vaya, por todos los demonios, ¿hay alguien que no lo sepa?

—Suenas penoso —dijo Naruto.

—Fueron sus ojos, Kiba —explicó Hinata, prestándole de nuevo toda su atención—. Tienen un cierto aire salvaje y un tono oscuro muy poco corriente a demás de sus pupilas a veces se ponen verticales como un animal. —Hizo una pausa y lo miró, compasiva —. Y además, miró directamente hacia mí. Quiero decir que yo no quería reconocerlo. Es algo que sucedió —acabó con un delicado encogimiento de hombros.

—¿Vamos a poner todas nuestras cartas sobre la mesa? —preguntó Kiba, inclinándose para contemplar a Hinata con una mirada penetrante.

—No le entiendo —dijo Hinata—. Yo no tengo ninguna carta.

—Hinata se lo toma todo en sentido literal, Kiba. Es una característica garantizada para volverte loco. Créeme, lo sé.

—Lo que acabas de decir es muy poco caritativo, Naruto —afirmó Hinata, fulminándolo con la mirada—. No sé qué quieres decir cuando afirmas que soy literal. ¿Es quizá otro insulto y tendría que ofenderme?

—Kiba te está preguntando si puede hablar con total libertad —le explicó Naruto a Hinata —. Por todos los diablos, me siento como si fuera un intérprete.

—Pues claro que puede hablar con libertad —respondió Hinata —. Nadie le ha puesto un cuchillo en la garganta, Kiba. Le he traído una medicina. Me gustaría curarle la herida. Probablemente, no la ha cuidado adecuadamente.

—No podía ir a ver a mi médico como si tal cosa, ¿verdad?

—No, claro, lo hubieran descubierto —dijo Hinata.

Escapó de las rodillas de Naruto y fue al lado de Kiba. Este no protestó cuando ella empezó a quitarle aquel vendaje tan mal puesto. Los dos hombres la observaron mientras abría un pequeño tarro lleno de un bálsamo maloliente.

—Dios santo, ¿qué hay ahí? ¿Hojas muertas?

—Sí —respondió Hinata —. Entre otras cosas.

—Bromeaba —dijo Kiba.

—Yo no.

—Ese olor me mantendrá oculto —masculló Kiba —. ¿Qué más hay? —preguntó, oliendo de nuevo el asqueroso medicamento.

—No le gustaría saberlo —respondió Hinata.

—Es mejor no hacerle preguntas a Hinata, Kiba. Sus respuestas solo conseguirán confundirte más aún.

Kiba siguió el consejo de Naruto. Observó cómo Hinata ponía una gran cantidad de un ungüento de color pardo encima del corte y luego volvía a vendarle el brazo.

—Tiene usted un olor muy agradable, Kiba. Claro que el bálsamo no tardará en eliminarlo.

—¿Tengo un olor agradable? —Kiba tenía la misma expresión que si le acabaran de otorgar la corona de Inglaterra. Se le ocurrió devolverle el cumplido —. Usted huele como las flores —le dijo y enseguida se echó a reír por haber dicho tal cosa.

Era la verdad, pero, ciertamente, no era caballeroso por su parte comentar sobre ello—. Usted es quien tiene unos ojos inusuales, Hinata. Son como perlas, del tono gris más maravilloso que he visto.

—Ya basta —interrumpió Naruto —. Hinata, date prisa y acaba tu tarea.

—¿Por qué? —preguntó Hinata.

—No quiere que esté tan cerca de mí —explicó Kiba.

—No sigas, Kiba. —La voz de Naruto tenía un tono acerado —. No vas a cortejar a Hinata, así que puedes guardarte tus encantos para alguna otra.

—A lady Tamaki le gustarían mucho sus encantos, Kiba —intervino Hinata y sonrió ante la reacción que su comentario había causado en los dos hombres.

Kiba parecía perplejo. Naruto parecía horrorizado —. Y, Naruto, no soy propiedad tuya. Por lo tanto, no es razonable que des órdenes a otros caballeros. Si yo quisiera las atenciones de Kiba, se lo haría saber.

—¿Por qué dice que a la hermana de Naruto le gustarían mis atenciones? —preguntó Kiba. Sentía mucha curiosidad por aquel extraño comentario.

Hinata volvió a guardar el tarro dentro de su funda antes de responder.

—Hay veces que ustedes, los ingleses, son muy cerrados en su forma de pensar. Es evidente que a lady Tamaki le gusta usted, Kiba. Solo hay que mirarla para ver la adoración en sus ojos. Y si contamos la manera en que usted se cuida de ella, bueno, comprendería que están hechos el uno para el otro.

—Por todos los santos —gruñó Naruto.

Tanto Hinata como Kiba lo ignoraron.

—¿Cómo puede estar tan segura? —preguntó Kiba—. Solo se han visto una vez y no debió de pasar más de quince minutos con ella. No, me parece que ese encaprichamiento es cosa de su imaginación. Tamaki es solo una niña, Hinata.

—Crea lo que le parezca —respondió Hinata—. Lo que tenga que suceder, sucederá.

—¿Cómo dice?

Kiba volvía a estar confuso. Naruto cabeceó. Era bueno saber que no era el único tonto en lo que se refería a Hinata.

—El destino, Kiba —aclaró Naruto.

—Tengo que marcharme. Tía Kaguya cree que estoy descansando en mi habitación —confesó Hinata —. Ahora usted también comparte mi confidencia, Kiba. ¿O tendría que llamarlo Colmillo?

—No.

—Solo estaba bromeando. No ponga ese aire tan compungido —dijo Hinata.

Kiba suspiró. Alargó el brazo, con intención de coger la mano de Hinata, pensando en mantenerla a su lado mientras le daba las gracias adecuadamente por haber cuidado su herida.

Hinata se movió con tanta rapidez que Kiba se quedó tratando de coger el aire. Antes de que pudiera parpadear, ella estaba de nuevo de pie al lado de la silla de Naruto.

Naruto se sorprendió tanto como él. Se sentía arrogantemente satisfecho, además, porque, aunque Hinata probablemente no era consciente de lo que había hecho, lo cierto es que instintivamente había vuelto a su lado. Aquella elección representaba una especie de pequeña victoria, ¿o no?

—Hinata, si me reconoció, ¿por qué no se lo dijo a Haruno y los otros?

Ella se ofendió ante aquella pregunta.

—Tendrán que averiguarlo por sí mismos —dijo —. Yo nunca traicionaría la confidencia de alguien, Kiba.

—Pero yo no le pedí que me guardara esa confidencia —masculló Kiba, tartamudeando.

—No trates de comprenderla, Kiba. Será tu perdición —le aconsejó Naruto con una sonrisa.

—Entonces, por favor, contésteme a esto. ¿Vio a quien lanzó el cuchillo contra mí?

—No, Kiba. La verdad es que estaba tan asustada que no miré hacia atrás. Si Naruto no hubiera estado allí para protegerme, creo que me hubiera desmayado.

Naruto le dio unas palmaditas en la mano.

—La pistola no estaba cargada —protestó Kiba —. ¿De verdad creyó que le haría daño a alguien?

Naruto rogó al cielo que le diera paciencia.

—No puedo creer que fueras a robar a Haruno con una pistola descargada.

—¿Para qué querría usar una pistola descargada? —preguntó Hinata.

—Quería asustarlos, no matarlos —musitó Kiba —. ¿Quieren dejar de mirarme así, ustedes dos? El plan funcionó, si me permiten recordarles.

—Acaba de recordárnoslo —anunció Hinata.

—Naruto, ¿podrás averiguar quién me hirió?

—Con el tiempo.

Hinata frunció el ceño. Naruto sonaba demasiado seguro.

—¿Qué importancia tiene? —preguntó.

—A Naruto le gustan los enigmas —afirmó Kiba —. Si recuerdo bien, la galería de Haruno está a sus buenos cinco metros de la terraza inferior. Quienquiera que fuera tuvo que...

—Son más de seis metros, Kiba —interrumpió Naruto —. Y no es posible escalar a la galería. El enrejado es demasiado débil.

—Entonces quienquiera que fuera debía de estar oculto detrás de ti... en algún sitio. Bueno, gracias a Dios tenía muy mala puntería.

—¿Por qué dice eso? —preguntó Hinata.

—Porque no me mató.

—Me parece que hizo blanco donde quería —afirmó ella—. Si hubiera querido matarle, creo que lo habría hecho. Quizá solo quería que dejara caer el arma. —De repente, Hinata se dio cuenta que sonaba demasiado segura de sí misma. Naruto la miraba fijamente, con una expresión extraña, penetrante —. Claro que no es más que una posibilidad —añadió rápidamente —. Podría equivocarme, por supuesto. Puede que tuviera mala puntería.

—¿Por qué has venido a cuidar de la herida de Kiba? —preguntó Naruto.

—Sí, ¿por qué lo ha hecho? —preguntó también Kiba.

—Ahora me siento insultada —declaró Hinata —. Estaba herido y mi única intención era ayudarle.

—¿Ese fue tu único motivo? —preguntó Naruto.

—Bueno, también había otra razón —admitió Hinata. Fue hasta la puerta antes de explicarse —. ¿No me había dicho que era el único amigo de Naruto?

—Puede que hiciera ese comentario, sí —admitió Kiba.

—Lo hizo —dijo Hinata —. Yo nunca olvido nada —alardeó —. Y me parecía que Naruto era un hombre necesitado de amigos. Continuaré guardándole el secreto, Kiba, y usted tiene que prometerme no contarle a nadie que he venido a verle. La condesa se sentiría muy contrariada.

—¿Él tampoco es adecuado? —preguntó Naruto, y sonaba enormemente divertido.

—¿Que yo no soy adecuado? —preguntó Kiba —. ¿Adecuado para qué?

Hinata no hizo caso de la pregunta y empezó a salir de la habitación.

—Hinata.

La suave voz de Naruto hizo que se detuviera. —¿Sí, Naruto?

—Yo no lo he prometido.

—¿Ah, no?

—No.

—Oh, pero tú nunca... ni siquiera te gusta la condesa. No te molestarías en decirle...

—Voy a acompañarte a casa, amor.

—Yo no soy tu amor.

—Sí que lo eres.

—De verdad, prefiero caminar.

—Kiba, ¿qué crees que dirá la condesa cuando la informe de que su sobrina se pasea por la ciudad, visitando a...?

—No peleas con la más mínima dignidad, Naruto. Es un rasgo lamentable.

—Nunca he jugado limpio.

Suspiró derrotada y su suspiro resonó en toda la biblioteca.

—Te esperaré en el vestíbulo, hombre despreciable —dijo Hinata dando un portazo para poner de relieve su irritación.

—No es en absoluto lo que parece ser —comentó Kiba —. Nos ha llamado ingleses, Naruto, como si fuéramos extranjeros. No tiene sentido, ¿verdad?

—Nada de lo que hace Hinata tiene sentido, a menos que recuerdes que no se crió aquí —dijo Naruto. Se puso en pie, se irguió en toda su estatura y fue hacia la puerta —. Disfruta del brandy, Kiba, mientras yo vuelvo al campo de batalla.

—¿Batalla? ¿De qué estás hablando?

—No de qué, Kiba. De quién. De Hinata, para ser exacto.

Las carcajadas de Kiba lo siguieron hasta el vestíbulo. Hinata estaba de pie al lado de la puerta de la calle. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho. No trataba de ocultar su irritación.

—¿Lista, Hinata?

—No. Odio los carruajes, Naruto. Por favor, déjame que vaya andando a casa. Solo está a unas pocas calles de aquí.

—Claro, odias los carruajes —dijo Naruto, con una voz llena de humor —. Vaya, ¿cómo no me habré dado cuenta antes? —preguntó, al tiempo que la cogía por el codo, medio acompañándola, medio arrastrándola a su vehículo. Una vez que estuvieron sentados, frente a frente, preguntó —: ¿Es que, por casualidad, los carruajes son una molestia igual que las sillas de montar?

—Oh, no —respondió Hinata —. Es que no me gusta estar encerrada así. Es asfixiante. No ibas a decirle a la condesa que me había ido sin su permiso, ¿verdad, Naruto?

—No —reconoció él—. ¿Tienes miedo de la condesa, Hinata?

—No le tengo miedo. Es que ella ahora es mi familia y no me gusta contrariarla.

—Naciste en Francia, ¿no es así, Hinata? —preguntó Naruto, inclinándose para cogerle las manos.

Su voz la camelaba, su sonrisa la sosegaba. Hinata no se dejó engañar ni por un momento. Sabía que él pensaba cogerla con la guardia baja.

—Cuando decides averiguar algo, nunca abandonas, ¿verdad, Naruto?

—Exactamente, cariño.

—¡No tienes vergüenza! Deja de sonreír. Te he insultado, ¿no es así?

—¿Naciste en Francia?

—Sí —mintió ella —. Bien, ¿estás satisfecho? ¿Dejarás de acosarme con tus preguntas, por favor?

—¿Por qué te molesta que te pregunten por tu pasado? —preguntó Naruto.

—Solo trato de proteger mi intimidad.

—¿Vivías con tu madre?

Hinata decidió que era como un perro detrás de un suculento hueso. Y no iba a soltarlo. Era hora de acallar su curiosidad.

—Me crió una pareja muy afectuosa, los Summerton. Eran ingleses, pero les gustaba viajar. He viajado por todo el mundo, Naruto. Mister Summerton prefería hablar francés y yo me siento más cómoda en esa lengua.

La tensión fue abandonando lentamente sus hombros. Sabía, por la expresión comprensiva de Naruto, que la había creído.

—La condesa puede ser difícil, como tú bien sabes. Tuvo una disputa con los Summerton y se niega a dejarme hablar de ellos. Supongo que quiere que todo el mundo piense que me crió ella. Me resulta muy difícil mentir —añadió sin mover una pestaña—. Como tía Kaguya no quiere que diga la verdad y yo no sirvo para decir mentiras, he decidido que sería mejor no decir nada de mi pasado. Ya está, ¿estás satisfecho?

Naruto se recostó en el asiento. Asintió, evidentemente satisfecho con su confesión.

—¿Cómo conociste a esos Summerton?

—Eran unos amigos muy queridos de mi madre —dijo Hinata, dedicándole otra sonrisa —. Cuando tenía dos años, mi madre se puso enferma y me dio a los Summerton, porque confiaba en ellos, ¿sabes? Mi madre no quería que su hermana, la condesa, se convirtiera en mi tutora. Y los Summerton no podían tener hijos.

—Tu madre era una mujer muy sagaz —comentó Naruto —. La vieja lechuza te habría echado a perder, Hinata.

—Dios santo, ¿es que Elbert llamó a mi tía vieja lechuza delante de ti? Tengo que volver a hablar muy en serio con él. Parece haberle cogido una enorme aversión.

—Cariño, a nadie le gusta tu tía.

—¿Has acabado con tus preguntas? —dijo Hinata.

—¿Dónde oíste rugir a los leones, Hinata y dónde viste búfalos?

Aquel hombre tenía la memoria de un niño al que le han prometido un caramelo. No se le olvidaba nada.

—Pasé mucho tiempo en Francia, debido al trabajo de mister Summerton, pero quería mucho a su mujer, y a mí, porque me consideraba como una hija. Así que nos llevaba con él siempre que iba de viaje. Naruto, de verdad, no quiero contestar más preguntas.

—Solo una más, Hinata. ¿Me dejarás que te acompañe al baile de los Akimichi el sábado? Será todo muy respetable. Tamaki estará con nosotros.

—Sabes que mi tía no lo permitirá —protestó Hinata.

El carruaje se detuvo frente a la casa de Hinata. Naruto abrió la puerta, desmontó y se volvió para bajar a Hinata hasta el suelo. La retuvo un poco más de lo necesario, pero ella no se ofendió.

—No tienes más que decirle a tu tía que está todo dispuesto. Vendré a buscarte a las nueve.

—Supongo que no habrá problema. Tía Kaguya no tiene por qué enterarse. Se va al campo a visitar a una amiga enferma. Si yo no hablo del baile, no tendré que mentir. No es lo mismo si la condesa cree que tengo intención de quedarme en casa, ¿verdad? ¿O seguirá siendo una mentira por guardar silencio deliberadamente?

Naruto sonrió.

—Realmente, te cuesta decir mentiras, ¿verdad, cariño? Es un noble rasgo —añadió.

Que los cielos la ayudaran, pero no podía echarse a reír. Naruto entraría inmediatamente en sospechas.

—Sí, me resulta difícil mentir —confesó.

—No sabes lo mucho que me gusta encontrar una mujer con unos principios tan elevados, Hinata.

—Gracias, Naruto. ¿Puedo hacerte yo una pregunta?

Elbert abrió la puerta justo en ese momento. Hinata se puso nerviosa. Sonrió al mayordomo y luego le indicó con un gesto que volviera a entrar.

—Ya cerraré yo la puerta, Elbert. Gracias.

Naruto esperó pacientemente que Hinata volviera a prestarle atención.

—¿Tu pregunta? —sugirió amablemente.

—Ah, sí —dijo Hinata —. Antes que nada, me gustaría preguntarte si asistirás a la fiesta de sir Kazekage el jueves por la noche.

—¿Tú vas a ir?

—Sí.

—Entonces, allí estaré.

—Todavía tengo otra pregunta, por favor.

—¿Sí? —preguntó Naruto, sonriendo. De repente, Hinata se había vuelto muy tímida. Un ligero rubor le cubría las mejillas y no conseguía mirarlo directamente a los ojos.

—¿Querrás casarte conmigo, Naruto? ¿Solo durante un tiempo?

—¿Qué?

En realidad, no había tenido intención de gritar , pero es que aquella mujer decía las cosas más inaudita no podía haberla oído bien. ¿Casarse? ¿Solo por un tiempo? No, la había entendido mal.

—¿Cómo has dicho? —le preguntó de nuevo, calmando la voz.

—¿Te casarás conmigo? Piénsalo, Naruto, y házmelo saber. Buenos días.

La puerta se cerró antes de que el marqués de Konohagakure consiguiera reaccionar.

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Continuará...