Maldición

—No sé de qué está hablando. ¿Podría ser más clara? ¿O es que uno de los requisitos para ser un dios es ser críptico e incomprensible?

—No seas insolente, Jackson —grita Atenea—. Agradece mi consejo, el cual no debería haberte dado, pero por deferencia a mi hija, ya sé que ya no están juntos, pero ella te estima, por deferencia a ella, lo estoy haciendo.

—No puedo tomar un consejo si no sé a qué se refiere.

—Lo sabes bien, planeas algo, y sólo vengo a decirte que no funcionará.

Percy está por responderle cuando se escucha a Leo susurrar.

—Viene un guardia.

Percy se gira a buscarlo con la vista, cuando regresa su mirada la diosa no está. Sus «consejos» le resuenan. Lo intrigan. Y a la vez, son casi una confirmación de que estaba en lo correcto. El enemigo es él.

Tiene demasiadas dudas. Por qué querría él acabar con los dioses. No todos le caen bien, de hecho la mayoría se le hacen terriblemente insoportables, pero de eso a querer matarlos. Pero si hay una profecía. ¿No significa que entonces, haga lo que haga, el destino está echado? ¿Eso significa que lo matarán?

Ser un semi dios es una maldición. Cada vez lo confirmaba con mayor certeza. Eran piezas en el ajedrez gigante del destino. Y aunque todos los mortales compartían eso, al ser hijo de dioses, su destino era más complicado y sangriento.

Pero la profecía no tiene fecha, así que supone que no tiene por qué ser pronto. Aunque no deja de intrigarle el motivo que lo llevaría a atacar así. No vale la pena reflexionar, decide, menos cuando el guardia se acerca y Leo y Nico lo instan a que se muevan de ahí. Deben encontrar el libro que busca.