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Safe and sound (Primera parte)
"I remember you said: 'don't leave me here alone'.
But all that's dead and gone and passed tonight"
Tal vez una de las mayores fortunas en la vida es la de trabajar en lo que más amas. Dedicarte a todo lo que soñaste de niño, que tu vida se convierte en lo que siempre deseaste, y que además de eso, no tengas que hacer nada más que disfrutar tu trabajo para sobrevivir. El verdadero éxito, la verdadera felicidad, probablemente se encuentre en eso: trabajar en lo que amas.
Hacerlo depende no sólo de tu deseo; en la mayoría de las ocasiones, depende además de tu habilidad. Ya sea física o mental, cualquier actividad requiere de un mínimo de talento; por fortuna, éste puede llegar a adquirirse con práctica y esmero. No obstante, y eso era algo que Sachiko comprendía muy bien, todo el esfuerzo realizado durante muchos años, durante toda una vida, podría dejar de valer en un minuto.
Muchos eran los desafortunados que perdían todo en un momento. Al menos, que perdían lo que ellos consideraban su todo.
De una forma similar, Miyuki sabía que existían cientos de lesiones que podrían hacer eso con él. En el hombro, en el codo, en las rodillas; cada parte de su cuerpo podía terminar por hundirlo. Una tarde en la que olvidase calentar o que estirara mal los brazos podría terminar todo.
Por esa razón, jamás permitió un solo error en su rutina que pusiese en riesgo su salud. Su mejor amigo, Mei, solía cuidarse de la misma forma; por lo cual, era muy común que ambos se quedasen un tanto rezagados en los entrenamientos. Sin embargo, se aprovechaban de su lugar en el equipo; sabían que el entrenador no los castigaría severamente: los necesitaba de forma activa.
—Kuramochi dice que Hongo está preparado para la revancha. ¿Te preocupa? —cuestionó Kazuya, varias semanas después de su encuentro con Umemoto.
Mei estiró su brazo por detrás de su cabeza, haciendo un gesto de molestia.
—¿Por qué habría de preocuparme? Lo he derrotado una y otra vez desde hace varios años. ¿Qué puede hacer ahora que antes no? Además, el equipo está más fuerte que nunca, llegaremos a play offs con los ojos cerrados.
Miyuki sonrió. Probablemente lo que más le gustaba de ese pitcher era la seguridad que emanaba. Esa confianza, no sólo en sí mismo, sino en su equipo, era lo que más aterraba y más contagiaba. Desde jóvenes, ésa era su mejor arma. Tenerlo como contrincante fue todo un dolor de cabeza; tenerlo como aliado fue un alivio, en la mayoría de los casos.
—Bueno, en su equipo se encuentra el ganador de la triple corona del año pasado. —Molestarlo, empero, seguía siendo una de sus actividades favoritas.
—¡Y yo lo ponché dos veces en un mismo partido! ¡Eso no es nada!
Kazuya rio. Sí, en definitiva, seguía siendo divertido.
—¡Eh, Miyuki! —Le gritó uno de sus compañeros, desde jardines— Después del partido iremos por unas copas, ¿por qué no vienes e invitas a tu amiga Umemoto? Dijiste que la invitarías en otra ocasión.
—Tal vez debí decirte también que perdí su número. —Rio con una mano en la nuca. Mei lo miró con desconfianza.
—¡Eres un idiota, Miyuki Kazuya!
—¿De verdad perdiste su número o no quieres compartir a tu amiguita con nadie más? —cuestionó Narumiya interrumpiendo su última sesión de calentamiento. Kazuya separó las piernas para concluir su sesión con un sencillo estiramiento de espalda.
—¿Compartirla? Ella no es un objeto, Mei. Lo perdí, en serio. Eso ocurre a menudo cuando viajo en moto.
—¡Debes dejarme conducir esa moto, Kazuya! —exclamó, cambiando de tema repentinamente. Para nadie era una sorpresa que ese chico estaba obsesionado con el nuevo vehículo que el receptor adquirió al comienzo del año.
Kazuya rio. Ahí había terminado el tema de Sachiko. Aunque lamentaba el haber perdido su única forma de contacto con Umemoto, sabía que podía verla al terminar su turno; con suerte, podría encontrarla sin compromisos para la tarde. Aunque, claro, no tendría por qué decírselo a su mejor amigo; no quería provocarle un paro respiratorio… No obstante todavía podía divertirse otro poco…
—Si derrotas a Hongo Masamune otra vez, podrás irte a casa con mi moto —dijo previo a levantarse y dirigirse a los jardines. Escuchó a sus espaldas el grito de Mei, que le reclamaba el haberlo dejado ahí.
En definitiva, amaba jugar con él.
.
Las jornadas en el hospital siempre eran largas. Ya fuera porque se tuviese una larga lista de pacientes esperando o porque no hubiera uno en un lapso de dos horas, Sachiko terminaba deseando que el trayecto a su cosas fuese todavía más corto que de costumbre. No se arrepentía de su profesión, sin embargo, puesto que era algo que disfrutaba hacer y le apasionaba ver la evolución de sus pacientes.
Su actividad favorita era la de conversar con los pacientes sobre su avance o lo confortable que se sentían con los tratamientos que ella preparaba con su equipo. Aunque era difícil atender pacientes tan inocentes como lo eran los niños, podía tolerarlo en tanto supiese manejar el procedimiento adecuado.
El trabajo de Sachiko consistía, más que nada, en elaborar un plan para cada paciente; el cual incluía la asistencia de fisioterapeutas, de reumatólogos, ortopedistas, neurólogos e incluso, psicólogos y psiquiatras. Así, ella no estaba presencialmente en todo momento, mas sí supervisaba todo lo que sucedía alrededor del paciente. Y eso, en ocasiones, era tan agotador que sólo le provocaba fuertes deseos por huir de ahí.
Esa tarde en específico, en la cual se enfrentaron los dos grandes pitchers de Tokio, Sachiko tomó una guardia que en realidad le correspondía a Tatsuo, su compañero. Un favor por otro, le había dicho. Según le comentó, tenía una reunión de ex alumnos y quería estar presente. Gustaba de presumir sus logros laborales y, vaya que no eran pocos; así que nadie podría tacharlo de charlatán.
De ese modo, su ya de por sí larga jornada, se extendió todavía más. A la hora en la cual ella solía cenar en su apartamento, se encontraba conversando con una paciente extranjera, Lucy Shallow, quien tenía un problema reumático severo. Y, pese a todas las negativas de su enfermedad, la mujer de cuarenta y ocho años seguía siendo tan sonriente como en su juventud.
—Cuando tenía tu edad, quería cortarme el cabello tal y como lo tienes tú. —Le dijo en inglés la paciente— Pero a mi esposo siempre le gustó mi cabello largo; a la fecha, no me ha permitido un cambio de imagen tan drástico.
Sachiko sostenía su mano derecha y presionaba sus falanges mientras la escuchaba.
—No debería pedirle permiso, usted se vería muy hermosa con el cabello corto —contestó en el mismo idioma—. Podría decirle a mi estilista que la viniera a ver en secreto, nadie tiene por qué enterarse. —Le guiñó un ojo y la mujer dejó escapar una risa traviesa.
—Eso dices porque no te has casado, pero el día que lo hagas y notes lo enamorado que se ve de ti cuando luces el peinado que a él le gusta, me entenderás.
Sachiko sonrió, casi por compromiso. El tema del matrimonio y de las reglas socialmente impuestas no era de su mayor agrado. En tanto no tuviese una relación seria con nadie, podía hacer y deshacer con su cuerpo lo que ella deseara sin que alguien le reprochara algún cambio.
—¿Y qué tal un cambio de color? ¿No le gustaría? —insistió Umemoto, sin querer tocar el otro tema.
—Oh, eso sí. ¿Cómo crees que me quede el pelirrojo? Hace rato pasaron en la tele un partido de béisbol donde salió un pelirrojo bastante atractivo y se me ocurrió pintármelo así. —Le comentó entre risas.
La médico abrió la boca para decirle que el tono de su piel era adecuado para ese color, cuando su teléfono sonó. Por el tono, supo que se trataba del celular que usaba sólo para el trabajo.
Por supuesto, se extrañó. Era una llamada, cuando solían buscarla por un mensaje de texto. Eso sólo podía indicar que se trataba de una emergencia.
—Permítame un momento, por favor. —Le dijo en japonés, sin darse cuenta de que cambió el idioma de la conversación.
Dejó de revisar su mano y atendió a la llamada. Era de su jefe.
—Las enfermeras me dijeron que tú te quedaste en la guardia en lugar de Otake, ¿cierto?
—Sí, creí que él le avisaría, doctor. ¿Ocurre algo?
—Sí, acaba de ingresar a urgencias uno de nuestros asegurados. Es del equipo de béisbol que atendieron a principios de año.
Sachiko sintió un grueso nudo en su garganta, que apenas pudo deshacer al tragar saliva. Desde aquella noche en su apartamento, no volvió a saber de Miyuki y, aunque en un principio lo tomó como una grosería de su parte, al pasar las semanas olvidó todo eso. Lo importante era que ya no había tensión entre ellos y, con suerte, volverían a verse en su siguiente revisión.
—¿Los Gigantes? —cuestionó.
—Sí. Necesito que estés al pendiente de su caso; si sobrevive, es probable que necesite de un tratamiento. Tendrás que hacerlo de inmediato, de ser necesario —dijo con total seriedad.
—C-comprendo. —El mal presentimiento en su cabeza apenas la dejaba pensar con claridad— ¿Qué fue lo que pasó?
—Por lo que sé, fue un accidente de moto. Apresúrate, su familia viene en camino.
