CAPITULO 11
Patty les dijo una hora después que había dejado a Candy descansando. Que le había dado una infusión de hierbas para asentar su estómago y que lo demás no era grave. Solo un enfriamiento debido a su viaje bajo la lluvia. Les contó lo que Candy le había dicho. Que hizo el tramo final de su trayecto hasta allí con la ropa mojada y sin una capa adecuada, ya que la suya se la había dado a Annie para que estuviese bien abrigada.
Albert maldijo en silencio ante tal negligencia con su propia salud.
Patty también les informó de que Candy apenas tenía fiebre, pero que necesitaba más descanso. Había salido demasiado pronto de la cama y eso había dificultado su pronta recuperación. Terminó prometiendo que pasaría a verla más tarde.
Patty dejó para sí el hecho de que aquella mujer la había sorprendido gratamente. Aun habiendo conversado brevemente con ella fue suficiente para entrever parte de la personalidad de Candice MacLeod, una mujer fuerte y sumamente amable.
Cuando Patty se retiró prometiendo volver aquella misma noche, Archie se volvió hacia Albert, que parecía estar controlando su mal humor.
—No voy a pedirte que me cuentes nada porque me ha quedado más que claro que lo que sea que te haya sucedido con Candice MacLeod es importante y te afecta, pero no me mientas y me digas que no hay nada entre vosotros. En todos estos años siempre has sido letal amigo. Racional, frío, disciplinado y un verdadero cabrón dominando tus sentimientos, hay incluso quien piensa que careces de ellos. Yo no…, por supuesto —dijo Archie cuando vio el entrecejo fruncido de Albert—, y, sin embargo —continuó MacLaren mirando fijamente a su amigo— jamás te he visto ni siquiera pestañear, aunque algo te estuviese matando por dentro. Y para mi total asombro, en dos días he visto como todo eso se iba a la mierda. ¿Y sabes qué? En todas esas situaciones estabas con ella o estaban relacionadas con ella.
Albert se apoyó en el borde de la mesa que había junto a la ventana. Habían ido a una de las habitaciones de la planta baja que Archie utilizaba para los documentos y la llevanza de las cuentas. Era normal que se tuviese una persona instruida para tal trabajo, pero en el caso de Archie, lo hacía él mismo.
—No es algo de lo que me apetezca hablar, Archie. Pasó hace tiempo.
MacLaren, que tenía los brazos cruzados sobre su pecho, se deshizo de esa postura para tocar con dos dedos el puente de su nariz antes de hablar.
—A lo mejor el problema es ese. Que no hablas del tema y en su lugar maldices en bajo y cometes descuidos.
Albert miró a Archie, que a su vez esperaba una explicación suya. Una que jamás había dado con anterioridad. Sí, quizá desde que vio a Candy había estado más distraído, pero jamás hasta el extremo de cometer descuidos y menos cuando parte de su misión era ayudar a Archie y velar porque dicha reunión se desarrollara con seguridad.
—Estábamos comprometidos en secreto cuando tuve que ir por primera vez a la corte y cuando volví, me encontré que en mi ausencia había aceptado desposarse con otra persona. Solo me dejó unas líneas diciendo que era lo mejor para su clan. Ni una despedida, ni una explicación. Al parecer teníamos diferentes opiniones sobre lo fuerte que era nuestra promesa y lo que significábamos el uno para el otro.
Archie se quedó sin palabras en ese instante. Jamás había visto a Albert con esa expresión de dolor en los ojos y ese duro tono de voz.
—Pero eso ya ha quedado atrás. Ten por seguro que no cometo descuidos. Lo sabes —sentenció Albert, dando por terminada la explicación, haciendo saber a Archie que no pensaba abrir más esa caja de Pandora.
MacLaren se fijó en la expresión de su amigo. Él no estaba tan seguro de que hubiese dejado esa historia en el pasado, ni Albert ni Candice MacLeod. No después de las miradas que ambos se habían profesado. Había furia, preocupación, rabia, deseo… Todo eso no podía calificarse de nada.
—Lo siento. Si hay algo que yo pueda hacer, solo tienes que decirlo. Mientras tanto —continuó Archie cambiando de tema— creo que estaría bien ese entrenamiento que te comenté. La lucha siempre ha sido una buena forma de despejar problemas y así podré machacar a McDonall Ese hombre es peor que un dolor de muelas.
Albert sonrió antes de asentir y seguir a Archie al exterior. Quizá lo que necesitase fuese exactamente eso.
…
Casi todos los guerreros, en total unos diez, incluidos Archie y Albert, estuvieron más que ansiosos por participar en ese entrenamiento.
Albert temió que aquella idea de Archie, que en principio le había parecido una forma de aliviar las tensiones entre los distintos clanes de forma segura, acabara siendo un baño de sangre, sobre todo cuando McDonall intentó arrancarle la cabeza a Campbell con la espada en un movimiento agresivo, inesperado y desproporcionado, que Terrence logró esquivar bloqueando el ataque con su espada y contraatacando lo suficiente como para partirle la ceja a McDonall que, con un gruñido salido del infierno, volvió a la carga.
Al final de la tarde, McDonall tenía además de la ceja herida, dos dedos hinchados y la nariz sangrando. La nariz y los dedos fueron un regalo de Archie que, en su enfrentamiento con él, dejó claro que no iba a permitir más trasgresiones dentro de sus tierras. Campbell acabó con varios cortes leves, y un ojo morado. Daroch, que tuvo la fortuna de probar la espada con Albert, acabó con el costado lleno de moratones y el labio partido y McPherson, que había llegado esa misma mañana y al que Albert se alegró de volver a ver, terminó con un buen corte en el brazo cuando intentó mediar entre McDonall y Campbell por un movimiento sucio del primero. Ese fue el detonante que hizo que Archie desafiara a McDonall y lo rematara, dejándole para el arrastre.
Tras terminar, si bien era cierto que los recelos y los enfrentamientos seguían siendo los mismos, las ganas de pelea habían mermado y el trabajo para Patty aumentado.
Albert dio un largo paseo y se dio un baño en las gélidas aguas del río que cruzaba las tierras MacLaren y que estaba más alejado que el lago al que había acudido desde que estaba allí. Necesitaba despejarse y enfriar partes de su cuerpo que habían estado más que activas desde que vio a Candy el primer día. Su anatomía parecía ser ajena a todo lo que había sucedido entre ellos y seguía reaccionando a su mirada, a su cuerpo y a sus ojos y a ese hermoso cabello rubio que lo encendía como el fuego.
Hacía demasiado tiempo que había tocado su piel, la había besado y adorado con cada centímetro de su cuerpo y sin embargo, en su memoria, era ayer cuando saboreaba el dulce aroma a flores de su cuello y el sabor dulce de sus labios. Hacía solo un instante, cuando se había olvidado de todo enterrándose en su carne, amándola con todo su ser y dándole hasta la última gota de su alma.
Tan seguros de su amor y de sus promesas habían estado que se habían entregado el uno al otro solo a falta de proclamar públicamente el compromiso. Ambos sabían que el enlace no iba a ser fácil. Ambos clanes no eran aliados, pero tampoco enemigos acérrimos. Tenían distintos intereses y distintas lealtades hacia otros clanes. Eso era lo que los separaba y creaba una cierta enemistad entre ellos, pero Albert había confiado en convencer al padre de Candy, y más con el apoyo de su propio padre. Y así habría sido si él no hubiese tenido que ir a la corte y a su regreso se hubiese encontrado con las manos vacías. ¡Qué idiota había sido!
Albert intentó alejar esos recuerdos. Estaban vívidos y no le servían de nada. Solo para alimentar un sentimiento que era de todo menos efectivo. La furia nublaba su capacidad para permanecer impasible, su poder de observación, su templanza y su frialdad. Cualidades necesarias para poder actuar acertadamente, tanto en la vida cotidiana como en cada una de las misiones que el Rey le había encomendado últimamente.
Vio el castillo a lo lejos y, más relajado, observó la escasa luz que se escapaba por el horizonte y marcaba la hora de la cena. Cuando entró, se acercó a ver a Archie e interesarse por si Patty había vuelto a ver a Candy para saber cómo se encontraba. Sintió que podía estrangularla cuando Archie le dijo que Patty la había visto mucho más recuperada y que le había aconsejado seguir en cama hasta el día siguiente, cosa que Candy no pensaba hacer, según sus propias palabras, puesto que decía haber desatendido su deber como acompañante de Annie.
—Como si la chiquilla fuese tímida o le hiciese falta ayuda para defenderse —dijo Archie, molesto, refiriéndose a Annie.
A Albert no le pasó desapercibida la mueca que hizo MacLaren al hablar de ella. No le había dicho nada a su amigo, pero sabía que la prima de Candy no le era indiferente y que parte del enojo de Archie era debido a que le gustaba demasiado la joven MacLeod.
—Tu preocúpate por no caer de rodillas ante ella. Soy tu amigo y confío en tu palabra, pero yo no lo tendría tan claro —dijo Albert refiriéndose a la frase que Annie le dirigió a Archie cuando discutieron y que MacLaren le había relatado con posterioridad, divertido por la osadía de la joven.
Archie cambió de color cuando con esas palabras Albert insinuó que al final su amigo caería preso de un sentimiento distinto a los que tan profusamente expresaba en cuanto a Annie. Uno que haría que se arrastrase por conseguir su afecto.
—Está claro que el baño que te has dado no te ha sentado nada bien. Te ha afectado la inteligencia y te ha dejado idiota.
La sonrisa de Albert y su mirada, esa que decía «yo sé algo que tú no y también puedo ver cómo va a terminar esto», y que Archie le había visto utilizar demasiadas veces como para dudar de su fiabilidad y acierto, le hizo tragar saliva.
—Déjate de sandeces, Albert. No sabes una mierda.
—Si tú lo dices… —respondió McAndrew mientras salía de la habitación con la idea de cerciorarse de que cierta dama no saliera de la cama hasta que Patty lo dijera.
—No tiene gracia, Albert. Retíralo. Vamos, Albert... sabes que no tienes razón. ¿Albert?
Archie maldijo cuando Albert desapareció sin contestarle y con una sonrisa aún más amplia en los labios.
…
Candy no esperó obtener resistencia tan pronto. Acababa de salir de la habitación cuando su prima se acercó por el pasillo en dirección a ella.
—¿Qué estás haciendo levantada y fuera de la cama? ¿Es que no oíste lo que dijo Patty? Debes descansar hasta mañana.
Candy la escuchó pacientemente mientras Annie fruncía el entrecejo y movía las manos al compás de su diatriba.
—Estoy bien. Lo juro —contestó Candy con una sonrisa.
Annie hizo una mueca de frustración.
—No tiene gracia. Podías empeorar nuevamente y entonces ¿qué?
—Pues que podrías estrenar tu vestido verde para mi funeral —dijo Candy sabiendo que se había pasado cuando su prima se llevó una mano al pecho y sus labios formaron una o perfecta.
—De acuerdo, lo siento, pero es que no es para tanto. No tengo fiebre, no siento nauseas. No estoy mareada y, por Dios, que como pase más tiempo en esa cama me voy a volver loca. Y además, tú estás sola.
Annie soltó un gruñido antes de hablar. Estaba muy graciosa con la cara de profunda indignación. Sus mejillas se habían coloreado hasta tal punto que parecía que iba explotar.
—No te atrevas a utilizarme de excusa. Y si te aburres, te aguantas. Y no estoy sola. Este castillo está lleno de gente. Algún indeseable, pero llena, y Karen Cameron está siendo muy considerada y amable. Me ha presentado a las damas que me faltaban por conocer y hay algunas que parecen adorables.
—Adorables son los gatitos, Annie.
Candy vio la cara de sorpresa de su prima.
—Lo estás haciendo adrede, ¿verdad? Porque esta conversación no tiene ni pies ni cabeza. Y no intentes liarme.
Candy ya veía que podría convencer a su prima cuando vio a Albert acercarse hasta ellas, y su expresión era de todo menos bondadosa.
—¡Maldita sea! ¿Qué haces fuera de la cama?
Albert la miraba con furia contenida y Candy apretó los dientes para no soltar aquello que se le vino a la cabeza en primer lugar, y que tenía que ver con mandarlo a un sitio que se supone que una dama no debe nunca nombrar.
—Eh, no hable así a mi prima —dijo Annie dándose la vuelta, enfrentándose a un Albert que evidentemente no estaba contento con la actitud de Candy.
Albert la ignoró sin proponérselo. Tanto Candy como él mismo solo parecían verse el uno al otro, dejando de lado todo lo demás.
—Estoy mucho mejor, lo suficiente como para bajar a cenar. Además, esto no es de tu incumbencia, Albert.
Annie se volvió hacia su prima levantando una ceja.
—Eh, Candy, que McAndrew te ayudó antes, cuando estabas mareada, y solo se preocupa por tu bienestar, ¿verdad? —preguntó esto último mirando nuevamente a Albert.
Seguían ignorando a Annie, que resopló de forma poco femenina ante tal afrenta, cuando Albert respondió a Candy sin ni siquiera mirarla a ella.
—Quizá no sea de mi incumbencia, pero no voy a permitir que vuelvas a poner en peligro tu salud. No sería bueno para esta reunión que Archie tuviese que explicar por qué enfermaste gravemente bajo su responsabilidad. Así que o te metes en la cama ya o te meto yo. Tú decides.
Annie miró de nuevo con el cejo fruncido a Albert antes de hablar. Esto era el colmo.
—Eh, que no le hable así a mi prima ¿o es que está sordo? —exclamó más fuerte.
Candy miró a Albert perdiendo la paciencia antes de hablarle.
—Conmigo no funcionan las amenazas, ni siquiera las que dicen esgrimirse por mi propio bien. Así que deja de ser un bruto cabezota y déjame pasar.
Annie estaba a punto de tirarse de los pelos, cuando se volvió de nuevo hacia su prima al escuchar sus últimas palabras.
—Vamos a ver Candy, que será un bruto y un… un cabezota, pero tiene razón. Debes irte a la cama. ¡Y dejad de ignorarme los dos, que estoy aquí! —exclamó Annie claramente enfadada y con un grito lo suficientemente alto como para que la escucharan desde Inglaterra.
Ambos la miraron a la vez para después volver a mirarse entre ellos retándose mutuamente para ver quién se salía con la suya.
Annie estaba mordiéndose la lengua para no estallar nuevamente cuando supo que así no conseguirían nada con Candy. Solo había una forma. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?
—Hazlo por mí, por favor —le pidió Annie mirándola preocupada y con el labio temblando.
Cuando vio un pequeño titubeo en su mirada, supo que lo había conseguido. El labio y la mirada de pena nunca fallaban.
—Está bien. Lo haré por ti —dijo Candy dirigiéndose a Annie mientras miraba a Albert, antes de darse la vuelta y volver a la habitación. Annie la siguió, no sin antes mirar a McAndrew. Lo que observó en su mirada solo un instante antes de que esta adquiriera la frialdad de un bloque de hielo, la dejó sin palabras. Había, bajo toda esa furia, una agónica preocupación. Albert todavía sentía algo por Candy.
...
Como si en el corazon se pudiese mandar y solo decirle: no la querrás! no sientas nada! No se puede, simplemente no se puede.
