Capítulo 11
En cuanto Hashirama llegó a casa montaron una cena improvisada. En realidad, a Sakura le sentaba bien estar distraída. Zod permaneció sentado entre Madara y ella y observaba a los comensales. Los perros policía como aquel inmenso pastor alemán estaban entrenados para no aceptar la comida ofrecida por extraños, pero eso no significaba que no hubiera quien se la ofreciera.
—Me sorprende que consigas pasarte tantas horas sin trabajar, Madara. —Temari estaba trasladando la comida de un lado a otro del plato. Era evidente que no tenía ganas de comer—. Creo que no habíamos pasado juntos más de una hora seguida desde que empezó la campaña electoral.
Madara desvió un momento la mirada hacia Sakura antes de posarla en el perro.
—Podría tomarme unos días libres.
Tōka puso las manos sobre el regazo.
—¿Los gobernadores tienen vacaciones?
—Aún no soy gobernador. —Madara sonrió a Tōka y se dispuso a arrojar un poco más de comida debajo de la mesa para Zod. El perro la miró, pero hizo caso omiso y apoyó la cabeza sobre las patas.
Sakura cogió la mano de Madara y la puso con firmeza sobre la mesa. Él esbozó una sonrisa ladeada con aire travieso.
—Pero cuando lo seas, ¿tendrás tiempo para ti?
—Eso ya lo descubriré en su momento —dijo. Dejó de intentar darle comida al perro y depositó el bocado destinado para Zod sobre la servilleta antes de disponerse a beber.
—Incluso los miembros del gobierno federal tienen vacaciones —explicó Sakura a Tōka—. Y hablando de vacaciones, ¿dónde está Shibi? —Sakura dirigió la pregunta a Hashirama.
—Ha ido a recoger a Hotaru y su cuidadora. Hoy vuelven del campamento de verano.
Sakura sacudió la cabeza. Se había olvidado por completo de que Hotaru había pasado una semana fuera. La hermana de Temari tenía una mentalidad muy infantil y no confiaba en mucha gente. Como Shibi era el guardaespaldas de Hashirama y Temari, había asumido también la protección de Hotaru. Al principio del matrimonio de Temari con Hashirama, a Sakura la incomodaba mucho la idea de que tuvieran un guardaespaldas, pero ahora lo consideraba uno más de la familia. Aunque no hablaba mucho, su corpulencia y su mirada asesina bastaban para disuadir a cualquier agresor potencial.
—¿Qué tal le ha ido este año?
Temari sonrió.
—Creo que bien. Últimamente le está costando menos adaptarse a los cambios. Me parece que la alegra tener a Tim cerca.
—Tim alegra a todo el mundo. Sobre todo cuando se despierta a las tres de la madrugada —comentó Hashirama entre risas.
—No hay para tanto. —Temari le dio un suave manotazo en el brazo.
—Así, ¿Shibi llegará mañana? —preguntó Tōka.
Sakura notó que Tōka erguía un poco la cabeza al retomar la conversación sobre Shibi.
—Antes del mediodía.
—Entonces a lo mejor puede ayudarme con el traslado.
—¿El traslado? —preguntó Temari.
—A casa de Sakura. No se te habrá olvidado, ¿verdad? —Tōka paseó la mirada por la mesa.
—Oh, Tōka... No lo sé. Ahora mismo las cosas están muy liadas. —Sakura ya le había explicado a Tōka unas cuantas cosas acerca de su pasado y sus motivos de preocupación actuales. La primera reacción de la chica fue de sorpresa y compasión, pero era evidente que su seguridad no la inquietaba hasta el punto de amedrentarla.
Tōka agitó una mano en el aire.
—Tonterías. No me asustan tus viejos perseguidores. Además, en todo caso lo lógico es que te rodees de gente, no que te aísles.
Un movimiento a la altura de sus pies captó la atención de Sakura, y vio que Zod se incorporaba y se lamía la barbilla. La cara de culpabilidad de Madara le confirmó la sospecha de que seguía intentando dar de comer al perro.
—Yo no dispongo de las medidas de protección de Hashirama y Temari, Tōka. No estarías segura.
—¿Y tú sí que estás segura? Si no te apetece mi compañía, podrías...
—Yo no he dicho eso —la interrumpió Sakura.
—Entonces, trato hecho. Shibi me ayudará a trasladarme mañana. Seguro que contaremos con su colaboración si hay que adoptar alguna medida de protección. ¿No estás de acuerdo, Hashirama?
Hashirama miró a los comensales antes de hablar.
—En vista de las circunstancias, y con tu consentimiento, Sakura, me gustaría equipar la casa de Tarzana con ciertas medidas de seguridad.
Sakura se dispuso a protestar, pero Tōka la atajó.
—Es una idea genial.
—Eso te costará mucho dinero —comentó Sakura por fin.
—Pero es necesario. —Madara se cruzó de brazos.
—No sé si quiero cámaras que invadan mi privacidad.
—Es un precio muy bajo a cambio de protección.
Sakura señaló con la cabeza al perro, que estaba sentado mirando a Madara.
—Para eso lo tengo a él.
—¿Y si no estáis en casa? ¿No te gustaría saber si has recibido visitas durante vuestra ausencia?
Madara la tenía acorralada.
—No puedo permitírmelo.
Al menos dos de los presentes resoplaron. El hecho de que los amigos de Sakura estuvieran forrados no significaba que ella también lo estuviera. Alliance le había servido para ganar un poco de dinero y disponer de ciertos ahorros, pero no nadaba en la abundancia precisamente.
—En realidad, la casa de Tarzana es mía —empezó Temari—. No pienso pedirte que pagues tú las cámaras que instalen.
Sakura echó una miradita a su amiga.
—Te adoro, Sakura, y no quiero que te pase nada.
Parte del resentimiento que empezaba a acumularse en su interior se disipó ante las palabras de Temari.
—No estáis jugando limpio.
Tema guiñó el ojo a su marido.
—Jugamos con las mejores cartas.
—Eres una consentida.
—Me alegro de que ya nos hayamos puesto de acuerdo en ese punto. —Madara se apartó de la mesa de un empujón y miró la pila de restos de comida situada a pocos centímetros del hocico de Zod—. ¿Qué le pasa a este perro?
Sakura soltó una risita.
—Hablo en serio. ¿Qué clase de perro dejaría intactos unos bocados deliciosos que le ponen en las narices?
—Los perros policía toman comida especial y solo la aceptan de manos de una persona. Si pudieras camelártelos con un bistec, a los criminales les bastaría con llevar encima una chuleta.
Sakura recogió la comida y la dejó en el plato. Luego dio unas palmaditas en la cabeza a Zod y elogió su conducta.
—Estás de broma.
—Para nada.
Madara se rascó la cabeza con una evidente expresión desconcertada.
—O sea que nunca podré conseguir que mi perro cace una pelota al vuelo.
—Dudo que Zod sepa cazar pelotas.
De hecho, si Sakura no recordaba mal, los perros policía ni siquiera jugaban con otros animales, lo cual, pensándolo bien, era bastante triste. Zod vivía para trabajar. Ojalá no lo necesitara mucho tiempo.
Sakura observó a Madara revisar los mensajes de texto, los avisos del correo electrónico y el buzón de voz. Iban pasando las horas y él se debatía entre ceder a la modorra y esforzarse por controlar el sueño. Cuando lo asaltaban los recuerdos de los momentos íntimos con Sakura, no se permitía abandonarse a ellos. Seguro que Sakura notaba la inquietud en sus palabras, en su tono, pero no le dijo nada que no pudiera considerarse estrictamente amable.
Después de cenar permanecieron un rato en la sala de estar de Temari y Hashirama, y en cuanto Madara dejó de luchar para mantener los ojos abiertos se durmió. Zod no se movió de sus pies, con el hocico enterrado entre las patas.
—Pobrecito —susurró Tōka, señalando con la cabeza a Madara.
El pecho de Madara subía y bajaba con suaves movimientos. Sakura notó que un cálido sentimiento latía en su corazón.
—Lleva demasiado ajetreo.
Tema dio una palmadita en la rodilla de Hashirama al pasar.
—Le prepararé una habitación para que se quede a pasar la noche.
Hashirama sacudió la cabeza y miró a Sakura.
—No creo que quiera.
—¿Por qué?
—Me ha dicho que pensaba acompañar a Sakura a su casa.
Temari volvió a sentarse.
—Me parece buena idea.
—Puedo volver sola.
—Eso ya lo sabemos. Pero Madara está preocupado. Todos lo estamos.
Sakura se disponía a iniciar una discusión cuando a Madara se le cayó la mano que tenía recostada en el respaldo del sofá y se despertó. Pestañeó unas cuantas veces y vio que todos lo miraban.
—Me he dormido, ¿verdad?
La vergüenza le tiñó las mejillas.
—Estábamos haciendo apuestas sobre el momento en que se te empezaría a caer la baba —lo provocó Hashirama.
Madara se pasó la mano por la cabeza y se despeinó en la medida justa. A Sakura no le costaba imaginarlo de niño, con ojos de sueño y un pijama grueso. Estaba segura de que debía de resultar igual de irresistible que ahora.
—Deberías pasar la noche aquí —sugirió Sakura.
—Los dos deberíais quedaros —opinó Temari.
—Gracias por la invitación, pero a primera hora de la mañana tengo la reunión con el señor Jiraiya.
—¿El agente inmobiliario jubilado?
—Sí. Ha amenazado a sus hijos y a sus nietos con legarle todas las propiedades a su próxima novia si no empiezan a portarse bien con él. —Cuando Sakura empezó a trabajar junto a Temari pensó que las personas que buscaban una relación serían en su mayoría jóvenes o de mediana edad. Jiraiya había cumplido los setenta y seis años durante el invierno y pensaba casarse en primavera. Los gorrones malcriados de sus descendientes se quejaban de todo y Jiraiya necesitaba una mujer fuerte que les inculcara un poco de sentido común.
—Si le encontramos una compañera y le ocurre algo, esos chicos pondrán el grito en el cielo y nos tendrán años enteros enredadas en pleitos.
—A mí también me lo parece —dijo Sakura a Temari—. Necesito encontrar una sala de bingo llena de mujeronas alemanas viudas que tengan más o menos su edad.
—Pero él quiere una esposa joven.
—Lo que quiere es una compañera —insistió Sakura—. Alguien con quien compartir las horas. Los chicos no están dispuestos a gastar su precioso tiempo con él, a menos que afloje la mosca. Qué triste.
Sakura se puso en pie y los demás hicieron lo propio.
—¿Me llamarás mañana? —preguntó Tema.
—¿Piensas estar pendiente de mí?
—Ya lo creo.
Sakura habría hecho lo mismo si Temari se encontrara en su situación, así que se lo tomó como la preocupación propia de una amiga y no como un gesto de protección extrema.
—Mañana por la mañana empezaremos a programar la instalación del sistema de seguridad. ¿Te llevarás a Zod contigo cuando salgas? —Al oír su nombre, el perro se levantó y empezó a mover la cola.
—En los restaurantes no dejan entrar con animales.
Madara masculló algo ininteligible, pero Sakura no le hizo caso.
—Estaré de vuelta al mediodía.
—Perfecto —dijo Tōka—. Así tendré tiempo de preparar mis cosas. —Se inclinó para darle un abrazo.
Sakura agradeció la cena a Temari mientras Madara y Hashirama se dirigían a la puerta.
Después de despedirse, Madara y Sakura salieron de la casa.
—No lograré disuadirte de que me acompañes a casa, ¿verdad?
Madara sacudió la cabeza y le dedicó una sonrisa de gallito con aire cansado.
—Muy bien. —No soportaría mucho tiempo el doble papel de aspirante a congresista y guardaespaldas personal. Se volvió hacia el coche con Zod a su lado.
—¿Cómo? ¿No protestas?
—Estoy demasiado cansada —dijo, volviéndose a mirarlo.
Madara soltó una risita y se dispuso a seguirla hasta su casa.
Para Sakura la comida con Jiraiya fue el mejor momento del día. A pesar de que el anciano no paraba de repetir que el mundo se estaba yendo a pique y que la juventud actual no sabía apreciar la suerte que tenía, no resultaba la mitad de cargante que el follón que tenía liado en su vida privada.
Zod fue a recibirla a la puerta. Sakura lo dejó salir para que hiciera sus necesidades, pero antes de que el perro terminara, sonó el teléfono. Con el auricular pegado a la oreja y la puerta abierta para que el perro pudiera volver a entrar, Sakura prestó atención mientras Shibi le detallaba la larga lista de operarios que se personarían en su casa en menos de una hora.
—La empresa de seguridad Parkview enviará a cuatro técnicos dentro de una hora como máximo. —Shibi era conciso e iba al grano—. Llevan el uniforme gris con su nombre y el logo en letras negras.
Sakura soltó una risita.
—¿Qué más da eso?
—Debería parecerte prioritario saber a quién dejas entrar en casa. Pensaba que lo habías entendido.
La sonrisa de Sakura se esfumó. Shibi no parecía muy contento con ella ni con su situación.
—Muy bien, jefe. ¿Qué más?
Zod terminó lo que estaba haciendo y volvió a entrar en casa. Sakura cerró la puerta y siguió prestando atención a la monótona voz de Shibi.
—Dos de los técnicos trabajarán dentro de la casa y dos fuera. Colocarán micrófonos ocultos en todas las puertas y ventanas y pondrán cámaras en las salas y los espacios comunes.
—No quiero cámaras en mi dormitorio.
—No pondrán ninguna en los dormitorios ni en los baños.
Sakura sintió cierto alivio.
—Al cabo de unas horas acudirá el quinto operario para poner el sistema en funcionamiento. Se llama Kenny Sands y es el dueño de Parkview. Mide un metro noventa y pesa unos ochenta kilos. Tendrá que enseñaros a Tōka y a ti cómo funciona el sistema y explicaros la forma de acceder a él cuando estéis fuera de casa.
—¿Tōka ya está de camino? —Sakura miró el reloj. Acababan de dar las doce del mediodía.
Shibi vaciló.
—Llegará sobre las dos.
—¿Y quién revisará las imágenes de las cámaras, Shibi?
—Contarás con un servicio de vigilancia las veinticuatro horas, el mismo que tienen contratado Temari y Hashirama.
Dicho de otro modo, guardaespaldas virtuales cuidadosamente seleccionados que trabajaban con Shibi.
—¿Alguna pregunta?
—Solo una.
Shibi guardó silencio en el otro extremo de la línea.
—¿Por qué no me explica todo eso Temari?
—No era normal que la llamara Shibi.
—Le he dicho que me encargaría yo.
—¿Tiene miedo de que le quite la idea de la cabeza?
—Más o menos.
—Y contigo no hay discusión posible.
—Son pocos quienes lo han intentado.
Sakura se echó a reír.
—Me lo creo.
