X.

Me pasé la noche sin poder dormir bien. Estuve tentada a llamar a Holly por si estuviera despierta, pero tampoco quería que se desvelara por mi culpa. Además, Hoyt aún no estaba de vacaciones y tenía que madrugar; no quería ser la responsable de su posible desvelo.

Me levanté y empecé a hacer lo que mejor se me daba en estos casos: limpiar. Como no tenía a la niña, no estuve pendiente de si tenía que darle la toma o no, por lo que en ese sentido me sentí un poco aliviada. Cogí un paño y comencé a limpiar el cuarto de baño; no sé por qué me puse con este cuarto, ya que estaba limpio de hace dos días, pero me apetecía volver a hacerlo. Como siempre me decía la abuela: Una habitación nunca estará lo suficientemente limpia.

La echaba de menos. No paraba de pensar en ella justo ahora. Me puse el batín y salí en dirección al cementerio. Rezaba por no encontrarme a ninguno de mis amigos vampiros —sobre todo al que era mi vecino—, pero era un riesgo que tenía que correr.

Hacía una noche estupenda, porque no hacía ni pizca de calor y pude disfrutar de mi paseo por el campo santo. Observé las lápidas de algunos difuntos y me preguntaba si los familiares de algunos de ellos se preocupaban por ellos, porque llevaban mucho sin ser visitados. Claro que, tal vez ya no tuvieran familiares. Lo que me puso un poco triste. No sé por qué tengo que pensar en estas cosas, ya que no es asunto mío.

Me sentí un poco mal al llegar a la tumba de mi abuela y comprobar que tenía un matojo seco y flores muertas de la última vez que la fui a visitar, aún estando embarazada, por el aniversario de su muerte. Retiré un poco los matorrales y aparté las flores a un lado, prometiéndome venir a limpiarlo por la mañana; lo haría ahora, pero no hay tanta luz como para hacerlo como a ella le gustaría tenerla, así que me dispuse tan solo a observarla. Me senté en el suelo, lo más cerca del mármol que pude, y comencé a hablar con ella:

—Hola, abuela. Siento que te esté visitando a estas horas, pero necesitaba hablar contigo. Recuerdo que te solías despertar muchas veces por las noches cuando me desvelaba, porque te despertaba con el ruido de las cacerolas que formaba yo sin querer al pretender calentarme un poco de leche cuando no podía dormir. Y en vez de enfadarte conmigo, te ofrecías para calentarla tú. También recuerdo lo reacia que siempre fuiste a usar el microondas. «Donde esté un buen fogón, que se quiten los electrodomésticos estos nuevos», me solías decir.

»Te echo tanto de menos. Echo de menos tus flores. Echo de menos tus comidas. Echo de menos tu perfume, tu olor natural. Echo de menos tu risa cuando pillabas mi sarcasmo. Echo de menos tu voz serena cuando me hablabas. Echo de menos tus abrazos, sobre todo cuando estaba de bajón. Echo de menos que, aunque te cayera mal alguien, siempre tenías buenas palabras con esa persona. Echo de menos tu bondad. Echo de menos que jamás juzgabas a nadie, menos sin conocerlo. Echo de menos hasta que aceptaras a Jason tal como es, a pesar de haber sido siempre un cabeza loca. Echo de menos tus consejos, más ahora que soy madre, que los necesito más que nunca. Y espero y deseo más que cualquier otra cosa que mi hija se parezca en algo a ti. Es muy tranquila y de sueño profundo, así que de momento algún rasgo tiene.

»No sé cómo voy a poder seguir adelante con tu ausencia y más ahora que no está Sam conmigo. Al menos con él no me sentía tan sola, pero ahora siento que estoy muy perdida y no sé dónde está mi camino. Tú siempre me guiaste para que no me torciera en ese camino y siento que fui demasiado dependiente de tus sabios consejos que tanto anhelo ahora.

»Y más con lo de Eric, que acaba de regresar y estoy hecha un buen lío. Sobre todo por algo que ha contado esta noche que me ha dejado helada. ¿Debería hablar con él y contarle todo o mejor lo dejo pasa? Sé que me dirías que haga lo que me dicte el corazón, pero yo ahora mismo tengo el corazón demasiado débil para poder escucharlo con claridad. Ojalá le hubieses podido conocer, como lo hiciste con Bill. Yo creo que te hubiese caído bien, porque Eric tiene ese lado canalla que puede hacer que desconfíes de él, pero luego tiene esa mirada desconcertante en donde te puedes perder en ese mar nórdico que tiene por ojos. Tiene un encanto de lo más peculiar que hace que no pase desapercibido para nadie.

»Ni siquiera sé por qué estoy hablando tanto de él, pero necesitaba sacarlo. Si te estás preguntando si se parece en algo a Bill… no. No se parecen en nada. Son como la noche y el día, el aceite y el agua. Bill es muy correcto, mucho más serio y bastante cuadriculado. Y a pesar de nuestras diferencias y saber que no estamos hechos el uno para el otro, no dejará de ser mi primer amor. Y me gusta tenerlo de amigo, aunque él no lo entienda.

»Estas cosas con Sam no me pasaban. No sé por qué, cuando empecé a salir con él, todo esto desapareció. Y le echo mucho de menos. Aún tengo la sensación de que en cualquier momento me voy a despertar de esta pesadilla y que me va a llamar por teléfono diciéndome que va a llegar un poco más tarde porque se ha quedado hasta las tantas trabajando.

Un segundo.

Sí, eso es.

—Lo siento, abuela, pero he de irme. Prometo volver para limpiar tu lápida esto días.

Me marché de allí tan rápido como alma que lleva el diablo. Entré en casa casi sin aliento, subiendo a mi dormitorio lo más deprisa que mis piernas pudieran resistir. Abrí el armario donde estaba la caja que me dieron en el hospital. ¿Dónde carajos estaba? Rebusqué y la encontré junto a una caja de zapatos llena de correspondencia de viejos amigos. Volqué la caja encima de la cama, pero no encontré lo que necesitaba.

Vamos, Sookie, ¿dónde puede estar? ¿Dónde carajos estará el móvil de Sam? A ver, haz memoria, ¿dónde crees que lo pudo poner antes de…?

Respiré hondo. Puse la mente en blanco para poder pensar un poco mejor. Eso me ayudaba hace tiempo, pero ahora no mucho. Abrí cajones y cajas. Puse la habitación patas arriba. Bajé a la cocina y rebusqué sin éxito. Nada. También por el salón. Negativo.

De repente se me vino a la mente una llamada que tuvo aquella tarde. La última que tuvo antes del accidente. Recuerdo que acabábamos de salir del restaurante y nos dirigíamos a la camioneta. Respondió rápido y le dijo que le llamaría más tarde. Entramos en el coche y… ¿y? ¡Vamos, Sookie! ¿Qué hizo con el móvil? A veces lo metía en mi bolso, pero otras lo metía en el bolsillo de su chaqueta o en la guantera del coche o la camioneta.

¡Eso es! ¡Mi bolso! Fui derecha al salón, donde lo solía dejar colgado en la percha. Volqué el bolso en el sofá y allí tenía de todo menos el móvil de Sam. No, espera, no era este el que llevaba. ¡Serás idiota, Sookie! Fuiste a un sitio un poco elegante, por lo que llevaste un vestido de gasa fresco y el bolso pequeño azul celeste, a juego con el vestido. Subí de nuevo a mi cuarto y fui en busca de mi diminuto bolso azul. Aún seguía con un poco de sangre seca. Lo abrí y solo había un poco de dinero en efectivo, mi pintalabios y un espejo. Pero ni rastro del móvil de Sam.

Me sentía frustrada. Solo había un sitio donde podría estar, pero puede que estuviera destrozado. O puede que no. Menos mal que sabía quién se llevó: Alcide. Miré el reloj y no me había dado cuenta de que era tan tarde. Me asomé a la ventana, pero no había luna llena, por lo que las posibilidades de que Alcide estuviera en su forma lupina se esfumaron al instante. Aun así, tampoco suele llevar el móvil encima, porque, para qué nos vamos a engañar, siendo un animal, no tiene dónde esconder nada. Podría mandarle un mensaje o dejarle uno en su buzón de voz, pero lo mejor sería llamarlo por la mañana, a una hora más decente. Seguramente le acabaría preocupando de más, y preferí que lo mejor sería irse a dormir.

Recogí todo el desperdicio que había formado en mi dormitorio y saqué la novela que había en mi mesita de noche. Hacía semanas que no la cogía; era La casa torcida, de Agatha Christie, que me regaló Amelia la última vez que nos vimos y me dijo que me iba a gustar. La empecé la noche antes del accidente, por lo que llevaba muy pocas páginas. Creo que solo pude leer un par de páginas antes de que se me cerraran los ojos sin poder remediarlo.


Me desperté con Holly aporreando mi puerta sin parar. Cuando conseguí abrir los ojos, me levanté de golpe y me asomé a la ventana, para que viera que seguía con vida.

Me preguntaba cuánto tiempo llevaba tocando mi puerta.

—Sookie, me tenías preocupada —dijo cuando bajé aún legañosa—. Llevo casi diez minutos llamándote al móvil, al teléfono de casa, a tu puerta… —Ahora ya sabía cuánto.

—Lo siento —respondí, bostezando—, es que he pasado muy mala noche y habré dormido… —Me encogí de hombros, ya que desconocía la hora que era.

—Son las ocho y cuarto.

Cinco horas. Nada más.

—¿Estás bien?

—No, no, tranquila, es que la reunión de anoche acabó mucho más tarde de lo que tenía previsto y me dejó un poco pensativa.

—¿Algo de lo que debería preocuparme? —me preguntó, mientras metía a la niña en casa.

—No, no —volví a negar, intentando disimular como pude—. No es nada del otro mundo. Es solo que las cosas están cambiando mucho y muy rápido y me tengo que hacer a la idea.

Estaba tan dormida que no sabía ni lo que le estaba diciendo, pero me sonaba bastante bien.

—Ya sabes que si me necesitas, para lo que sea, estoy a una llamada.

—Lo sé. Gracias, Holly.

Adele estaba dormida en el cochecito y no quise molestarla.

—¿Cómo se ha portado?

—Parece un angelito. Solo ha llorado para comer y para que le cambie el pañal.

—Sí, es muy buena. No me la merezco, de verdad.

—No digas eso. Míralo por el lado bueno. Al menos no estás sufriendo lo que una madre primeriza suele sufrir. Yo con Cody estuve semanas sin dormir más de dos horas y media. Y por aquel entonces aún estaba con su padre, no me quiero ni imaginar tener que hacerlo sola.

—Por suerte ahora ya no lo estás.

—Sí, he tenido mucha suerte con Hoyt. Y, hablando de él, la semana que viene nos vamos de viaje.

—¿Ah, sí?

—Sí. Te hice caso y nos vamos unos días a Orlando. Vamos a hacerle una visita a cierto ratón parlante que hay por allí.

—Dicho así, parece terrorífico —bromeé.

—Lo es cuando vas con dos niños con edades tan dispersas. Hoyt y yo nos iremos turnando para que Cody pueda disfrutar de todas las atracciones.

—Es el que más va a disfrutar, por lo que veo.

—Sí. Pero se lo merece. Hace mucho que no le puedo dar algo así.

—Entonces espero que os lo paséis todos fenomenal —dije con una sonrisa extraña debido al cansancio; cualquiera que me viera pensaría que iba drogada hasta el culo.

—Gracias, Sook. —Me miró preocupada y se dirigió a la puerta—. Será mejor que te deje descansar un rato. Cualquier cosa me dices.

La vi marcharse y meterse en su coche. Saqué a la niña con la intención de llevarla hasta su cuna, pero de repente escuché que otro coche se acercaba. Me asomé por la puerta, con la niña apoyada en mi hombro, y casi me da un síncope cuando lo vi. Pensé que me iba a dar algo al ver la camioneta de Sam acercarse hasta mi casa.

Tardé unos segundos en darme cuenta quién era el que la conducía. Aparcó cerca de la puerta y se bajó del coche cuan grande era.

No pude evitar fijarme en que llevaba una ajustadísima camiseta blanca que marchaba a la perfección sus bíceps y su perfecto torso. Sacó de la parte de atrás una caja y se dirigía hacia mí con ella entre las manos.

—No estaba segura de si ibas a estar en casa esta mañana —dijo con aquella voz tan varonil que tanto me gustaba; creo que la falta de sueño me está haciendo pensar en cosas que no debo.

—Te iba a llamar justo esta mañana —le dije con la voz tan ronca como la suya. Solo que la mía no sonaba nada sexy.

Dejó la caja en el columpio del porche, me dio un enorme abrazo y, con cuidado, cogió en brazos a Adele, que se había despertado; se estaba restregando los ojos con un puño y acababa de bostezar.

—Te he dejado la camioneta como nueva, casi mejor que como estaba antes. —Forcé una sonrisa, pero Alcide notó mi incomodidad—. Si quieres que me la lleve, no tienes más que decírmelo.

—Es que…

—No te preocupes. No hay más que hablar. —De la caja sacó unos papeles, que por lo visto tenía preparados por si se daba el caso—. Sabía que te querrías deshacer de ella, y más teniendo en cuenta lo que sucedió, pero tenía que asegurarme.

—¿No te importa?

Alcide bufó y puso los ojos en blanco.

—Son los papeles del cambio de dueño. Tan solo tienes que echarle una firma, decirme una cantidad y te puedes olvidar del asunto.

Asentí. Cogí la caja y los papeles, y le invité a entrar. Afuera estaba empezando a hacer el calor habitual de una mañana de agosto.

—Tengo que salir a comprar esta mañana, por lo que lo único que te puedo servir ahora mismo es un vaso de té helado.

—El té está bien.

Alcide se sentó en una silla, sentando a Adele delicadamente en su regazo.

—Definitivamente, va a ser una cambiante —comentó con una amplia sonrisa; a pesar de que los hombres lobo y los cambiantes no se llevaban del todo bien, Alcide siempre se diferenció por ser pacífico ante cualquier ser de dos naturalezas.

—Eso me han dicho —asentí.

—¿Te has informado de todo lo que le pueda ocurrir durante su crecimiento?

Fruncí el ceño. ¿Tenían que informarme sobre su crecimiento? Solo la pesaron, midieron y comprobaron que estaba todo bien. No me dijeron nada de esto.

—No. ¿Es importante?

—Un poco. Más que nada porque, como ya sabrás, un cambiante no es igual a un humano, y sufren varios cambios importantes a lo largo de su crecimiento.

—¿Cambios?

—Bueno, suelen crecer mucho más rápido y una vez o dos al año sufren de fiebre muy alta.

—¿Y eso es bueno?

—Sí. Eso es porque su cuerpo se está adaptando a las dos naturalezas. Aunque Adele, al ser mestiza, tal vez padezca más días de fiebre. Puede que tres veces al año.

—¿Hay algo más de los mestizos que deba saber? Tengo la sensación de que soy una madre horrible que no le hace estas preguntas al pediatra.

—No lo eres. Solo primeriza. Es normal. Prácticamente no hay mucha diferencia entre mestizos y puros, lo único que, bueno, puede que su desarrollo termine antes o después que un cambiante de sangre pura.

—¿A qué te refieres?

—A que tal vez a los diez años sufra su primera transformación o no lo haga hasta que cumpla la mayoría de edad.

Me quedé pensativa un segundo antes de seguir preguntando.

—¿Por qué Sam no me diría todo esto?

—Probablemente porque ni él mismo sabría mucho del asunto. Él es pura sangre y no mestizo, y es raro encontrarse con uno.

—¿Tanto?

—Bueno, un poco sí. Lo normal es que los nuestros procreen con alguien como nosotros. Cuando lo hacen con humanos, hay pocas posibilidades de que el embarazo salga adelante. Sobre todo si la parte humana es de la madre.

Tragué saliva. Me estaba empezando a encontrar fatal solo de pensar en lo peor que pudo pasarme.

—Tuviste mucha suerte en todo, Sookie. Pero tal vez fuese tu parte feérica la que te mantuvo con vida.

—Tal vez.

—Todo es posible,

Abrí la boca con la intención de preguntar más cosas, pero no quería parecer idiota por no haberme interesado en todo esto cuando estuve embarazada; en mi defensa, diré que Sam me dijo que había pocas probabilidades de que fuese cambiante, pero había un cincuenta por ciento de que eso fuese posible. Tampoco quise preocuparme por aquello, más por no estresarme y que todo siguiera adelante.

—Pregunta. —Odiaba que me conociera tan bien.

—¿Va a ser como Jason? Ya sabes…

Alcide se echó a reír.

—No, no se va a convertir en un híbrido medio humano medio animal que escoja ella. —Respiré aliviada; imaginarme a mi hija siendo como mi hermano me estaba espantando de repente—. Jason fue convertido mediante mordiscos. Ya era adulto, por lo que su cuerpo tuvo muy poco tiempo para adaptarse a su nueva naturaleza. Adele es cambiante de nacimiento, por lo que tendrá toda la vida para que esa naturaleza se vaya desarrollándose poco a poco. Y cada vez que cambie será un animal por completo.

—Me alegro de que estés aquí y soportes mis preguntas idiotas.

—No son idiotas, son normales.

—¿Y cómo es que sabes tanto de híbridos? Nunca me habías hablado de esto.

—Bueno, no sería un buen líder si no supiera estas cosas. Además, tengo un par de mestizas en mi manada.

—¿Pero habías dicho que…?

—Sí, sé lo que acabo de decir. Una de mis lobas, Joy, tuvo una relación con un humano. Nos lo mantuvo en secreto porque sabía que no lo aprobaríamos. Pero se quedó embarazada (de gemelas, además), y tuve que apoyarla para que el resto de la manada no la rechazara. Así que me informé todo lo que pude gracias al Dr. Chambers.

—El pediatra que me recomendaste —apunté. Era bastante bueno, no me puedo quejar.

—El mismo. Yo estaba como tú ahora y necesitaba calmar a Joy, porque estaba asustada y necesitaba ayuda.

—¿Pero qué edad tiene?

—Ahora diecinueve. Pero esto pasó hace dos años.

—¿Y el padre de las niñas?

—Tuve que aceptarlo en la manada. Ayuda en el bar, y así es cómo mantiene a sus hijas.

—¿No huyó ni nada?

Alcide sonrió sarcásticamente.

—¿Crees que un chico de diecisiete años podría ir muy lejos si hiciera eso a una de nuestras chicas?

Negué con la cabeza y me encogí de hombros. Me acordé de repente de que no le había servido el vaso de té helado y me dirigí a la nevera a sacar la jarra que preparé la noche anterior. Se lo bebió casi de un trago cuando le puse el vaso en la mesa.

—¿La hidratas lo suficiente? —me preguntó cuando me serví un vaso; fruncí el ceño sin entender nada.

—¿Hidratarla?

—Sí, a la niña.

Me sentí tan avergonzada que no sabía qué contestar.

—Solo le doy lo que me pide. No pensé que…

—Sookie, los seres de doble naturaleza tendemos a tener más temperatura de lo normal por algo. Por eso mismo tenemos que hidratarnos más que un simple humano. Y en verano más aún si cabe. Y encima ella ni siquiera llora, así que dale agua todo lo que puedas, aunque no lo pida.

Sin pensarlo dos veces, llené un biberón con un poco de agua y se lo pasé a Alcide. La pequeña empezó a beber como si llevara rato sin tomar una gota de agua.

Me eché a llorar.

—Soy la peor madre del mundo —sollocé, echándome las manos a la cabeza—. Cualquiera puede ser mejor madre que yo.

—No, Sook, es solo que estás sola y no puedes estar pendiente de todo. Se nota que no has descansado bien en varios días, probablemente desde que nació la niña, y es normal estos despistes. —Relajó un poco los hombros y dejó el biberón encima de la mesa cuando la pequeña terminó de beber—. No te sientas mal por ser una inexperta. Ya aprenderás con el tiempo.

Me sequé las lágrimas con una servilleta. Alcide cambió de posición a la niña, para acomodarla mejor entre sus brazos.

—Cambiando de tema, ¿cuánto te doy por la camioneta?

—¿Qué? Nada. No puedo cobrarte nada y menos después de cómo la has dejado.

—No, ni hablar —se negó—. O me dices un precio o saco mi billetera y te doy todo lo que tengo.

—Pero, Alcide, no…

No pude ni terminar de replicar cuando tenía un billete de cien dólares encima de la mesa.

—Voy a ignorar todo lo que me digas, así que ahí se van a quedar.

Recordé que los papeles estaban encima de la caja que me había traído. Lo cogí, busqué un bolígrafo y lo firmé. Quería quitarme esa vieja camioneta lo antes posible. Tan solo pensar en que se quede cerca de mí me pone los pelos de punta. Le entregué los papeles a Alcide, que me miró pensativo.

—¿Quieres que me quede un rato más? Tengo la mañana libre.

—No, no es necesario. Ya me has traído lo que necesitaba —comenté, mirando de reojo la caja, sabiendo que dentro estaba el móvil de Sam—, así que eres libre de marcharte si lo deseas.

—Pues en verdad no. Mi nueva novia parece que está encantada de tenerme entre mis brazos —bromeó, poniendo un gesto terriblemente sensual y se echó a reír.

—Cada vez te las buscas más jóvenes, ¿eh? —dije alzando una ceja—. ¿Qué tal Kandace?

—Bien —contestó asintiendo—. Embarazada de nuevo.

—Eso es genial. Oh, espera, ¿es…?

—¿Mío? Sí. Lo es.

—Pero, entonces no será…

—No. Solo los primogénitos lo son.

—Bueno, un bebé siempre es bienvenido.

—No pienso rechazarlo solo porque no herede mi licantropía.

—Me alegra escuchar eso.

—No lo hice con Marilyn y Audrey, ¿por qué lo haría con un hijo mío?

—¿Marilyn y Audrey?

—Sí, las gemelas de Joy. —Se encogió de hombros—. Son como si fueran mis nietas, así que escogí sus nombres.

—Son unos nombres preciosos.

Abrió la boca para continuar con la conversación, pero miró hacia la puerta con el ceño fruncido.

—Viene alguien —murmuró, poniéndose en pie casi de un salto y dándome a la niña—. Voy a ver quién es…

Salió un momento por la puerta, pero entró a los pocos segundos.

—Es tu hermano —anunció con alivio, cogiendo a la niña de nuevo—. Parece preocupado por algo. O enfadado.

Esperé a que mi hermano llegara. Alcide tenía razón, parecía pensativo y no quise meterme en su mente.

«...ya veremos lo que hago», le escuché decir cuando entró por la puerta de la cocina.

—Jason, ¿qué haces aquí? No te esperaba tan temprano.

Portaba una bolsa de papel en una mano. Sacó su contenido y me lo entregó.

—Es el vestido de bautizo de Michele… —contestó apáticamente, casi sin mirar el trajecito; «o eso dice ella, porque a saber», pensó; me estaba empezando a preocupar de verdad—. Mira a ver si le queda bien.

Lo cogí y se lo puse encima a Adele.

—Vaya, es precioso. Y parece que le queda bien.

—Yo quería que llevaras el tuyo, porque sé que la abuela lo guardó para esta ocasión, pero ella se empeñó en que nuestra ahijada debe tener el suyo. —«Porque siempre hay que hacer lo que ella quiera».

—Jason, ¿va todo bien con Michele? —pregunté, con Alcide mirándonos sin decir nada, pero diciéndolo todo con la mirada—. Te noto extraño.

Detestaba estar tan agotada físicamente en ese momento como para no poder bloquear los pensamientos de mi propio hermano.

—Sí, solo es que hemos tenido una regañina esta mañana, eso es todo. —«Porque es una maldita mentirosa».

—Si quieres hablar de ello, ya sabes.

Miró a Alcide de reojo y se rascó la nuca con nerviosismo. Normalmente no se llevaban mal, pero a veces Jason tenía un carácter extraño que hacía que tuvieran algunas diferencias. Del bolsillo de su pantalón sacó un paquete de tabaco, se metió un cigarro en la boca y lo encendió, dándole una enorme calada.

—Ni se te ocurra echar el humo delante de mi hija —le regañé, abriendo la ventana de la cocina en su totalidad—. ¿Desde cuándo has vuelto con ese vicio asqueroso?

Jason bufó.

—Desde hace un par de días. Últimamente esto muy estresado, así que no me des tú también la murga.

Negué con la cabeza. Yo pensaba que mi hermano había madurado lo suficiente en todo este tiempo, pero me equivocaba. Me dieron ganas de darle un manotazo en la cabeza, porque se lo merecía, pero me contuve. Alcide lo miró del mismo modo que yo, pero se fue al cuarto del bebé, a dejarla en su cuna.

—¿Tan estresado como para hacerlo delante de un bebé? —Se salió, poniéndose cerca de la ventana.

—¿Mejor? —dijo con esa chulería que tanto detestaba y que no echaba de menos.

—No. No hasta que no me digas qué te pasa de verdad.

—Cosas de pareja. Yo no me meto en tu vida privada y tú no te metes en la mía. Ese era el trato.

—No sé de qué trato me hablas. Pero si mi hermano tiene problemas con su esposa, quiero saberlo para poder ayudarle. Y ahora dime —dije, cruzándome de brazos—, ¿por qué es una mentirosa?

Mi hermano se me quedó mirando asombrado, como si le hubiera escupido en la cara.

—¿Me has leído la mente?

—No me has dejado otra alternativa.

—Sí, la de no hacerlo.

—Me tienes preocupada, no me cuentas nada y sé que pasa algo, porque te lo noto en tu comportamiento.

En ese momento regresó Alcide. Jason nos miró ceñudo, le dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo sin terminarlo y lo pisó para apagarlo.

—Déjame en paz. —Se dio media vuelta y se marchó.

—¡Jason! —grité desde la ventana—. ¡Jason, maldita sea, no seas infantil!

Alcide me frenó cuando quise salir detrás de él. Me pone de los nervios su carácter tan pueril.

—Ya me encargo yo —gruñó, saliendo por la puerta a pasos agigantados y poniéndose a la altura de mi hermano.

Vi cómo le agarró de la nuca con una mano y lo obligó a meterse en la camioneta que antes era de Sam. Jason me estaba dando hasta pena de la que le esperaba, pero se lo había estado buscando todo el rato.

Suspiré. Estaba agotada y no eran ni las diez de la mañana. ¿Estaría mal si subo a echarme un rato? Total, lo único que tenía que hacer era pasarme por el supermercado a comprar unas pocas cosas, y eso podía hacerlo por la tarde. Tenía algunas sobras en el frigorífico, por lo que no tenía ni que cocinar.

Fui hasta la caja que me trajo Alcide con las cosas de Sam. ¡Porras! Se había dejado los papeles de la camioneta. Bueno, ya le llamaré para que venga a por ellos. Abrí la caja y encontré lo que necesitaba. Evidentemente, estaba con la batería completamente descargada, por lo que tendría que ponerlo a cargar. Menos mal que se compró el mismo móvil que yo hace unos meses —porque Sam era experto en perderlos y casi siempre usaba el mío—, por lo que no tenía que buscar dónde puso su cargador. Cerré la caja con la tapa y subí hasta mi habitación, donde la dejé en el armario junto al resto de cajas con cosas que dudo mucho que algún día utilice, pero que las tengo ahí «por si acaso». Ni siquiera me fijé mucho en lo demás, pero casi todo eran papeles y facturas del bar. Ya lo miraría con más detenimiento en otro momento, porque ahora mismo estaba demasiado cansada como para pensar.

Pasé un momento por el cuarto de Adele. Me fijé en que no le había puesto el nombre en la puerta, como Sam y yo planeamos hacer cuando naciera, así que lo anoté mentalmente para más adelante. Tal vez por la tarde, cuando me fuese al supermercado, me pase por alguna tienda a comprarle las letras. Esta tarde la tendré bien ocupada.

Regresé a mi cuarto, cogí el móvil de Sam, lo puse a cargar y me metí en la cama a dormir un poco. Comprobé que el intercomunicador funcionaba correctamente antes de quedarme dormida.


Al final solo dormí una hora. Adele se puso a llorar, pidiendo su comida, y me desperté de golpe. Tampoco me sentó tan mal, porque parecía como si hubiese estado durmiendo ocho horas. Tras la toma de Adele, me calenté un poco del estofado que me hice el día anterior y que guardé en la nevera. Me aseé un poco, me cambié de ropa y me maquillé un poco. Le cambié el pañal a Adele —solo era pipí— y le puse uno de los vestiditos que me dio Holly de Heaven. Era azul celeste con estampado de mariquitas, sin mangas y cuello blanco. Estaba tremendamente adorable con ese vestido. No es porque sea mi hija, pero le quedaba mejor que a la pequeña Fortenberry. Lo siento, Heaven, pero no puedes competir contra Adele.

Hacía un día estupendo para ir al centro comercial. Además, hacía tiempo que no iba, así que me di el gusto de ir, además, con mi hija. Pensarlo estaba bien, pero poder decirlo en voz alta me pareció precioso. Era la primera vez que Adele iba a un centro comercial, por lo que tenía intención de llenarla de caprichos. Más que nada porque tiene un montón de cosas que me han dado mis amigos y conocidos, pero mío no tiene casi nada, más allá de unos patucos que le compré cuando me quedé embarazada —y tampoco estuve muy segura de si lo llegaría a usar por las circunstancias—, así que ahora que la tenía allí presente iba a comprarle de todo lo que me apeteciera.

Sé que normalmente no derrocharía tanto dinero, pero llevo unas semanas de mierda y no pienso sentirme culpable por ello. Necesito permitirme algún que otro capricho de vez en cuando para desestresarme.

Me compré tres vestidos, unas siete camisetas —estaban todas en oferta y tenía que aprovechar—, cuatro shorts, tres sandalias, un par de chanclas, dos bikinis, tres sujetadores para lactantes —los necesitaba, porque el único que tengo me lo regaló Portia Bellefleur en la fiesta del bebé y estoy deseando meterlo a lavar— y tres pijamas; a Adele le compré otros tres vestidos, dos conjuntos, tres bodis —uno de ellos pone «I love mom»—, tres pares de calcetines y dos de patucos para cuando termine el verano; no tengo intención de ponerle nada en los pies con este calor.

Hice una pausa en mis compras para merendar algo. Se me antojó un gofre y me pedí uno con chocolate y nata. Recuerdo que la abuela me los hacía de chocolate con un poco de gofre. Hacía lo mismo con las tortitas y los crepes. Los echo de menos. Aunque no tanto como a mi abuela.

Adele me miraba con ojos golositos mientras devoraba mi gofre. Lo siento, Adele, eres muy pequeña para deleitarte con tan delicioso manjar. Aunque no creo que lo pudiese ver, pero probablemente lo estuviera oliendo. Tuve la sensación de que se iba a poner a llorar en seguida, por lo que saqué el biberón que le preparé antes de salir de casa.

Bingo. Di en el clavo.

Tuve que terminarme el gofre con ella entre mis brazos. Lo estaba devorando y me dio por pensar que se lo estaba tomando con el aroma al chocolate.

La gente que pasaba no paraba de mirarla. Llamaba la atención por su maraña de pelo rojizo. Muchas eran chicas veinteañeras que se paraban para hacerle carantoñas sin mucho éxito, porque ella cuando come se concentra en su comida e ignora al mundo; eso era un rasgo muy característico de Sam. Poco a poco me daba cuenta de estos minúsculos detalles.

Una de las chicas me insinuó de ponerle pendientes en las orejas, pero me negué a hacerlo. No entiendo ese afán de querer perforar las orejas a las niñas cuando nacen, ya que eso debe ser algo que ellas deberían hacer cuando sean mayores, si es lo que quieren.

Cuando me terminé el gofre decidí que ya iba siendo de regresar a casa. Había pasado dos horas estupendas con Adele, sin ningún tipo de preocupaciones y me lo pasé realmente bien. Ni siquiera me había dado cuenta de que me dejé el móvil en la guantera —costumbre que me pegó Sam— y ni me acordé de él hasta que quise ver la hora. Cuando lo cogí, tenía varias llamadas perdidas, una de Alcide, que me dejó un mensaje en el buzón de voz. Pulsé el botón para escucharlo mientras salía del aparcamiento del centro comercial.

Sookie… —Su voz sonaba serena pero seria, como si quisiera contarme algo importante—. Acabo de dejar a Jason en casa. He estado hasta ahora con él, hablando largo y tendido sobre lo que le pasa y creo que está enfadado con el mundo, pero sobre todo consigo mismo. —Hizo una pausa de varios segundos que me parecieron minutos—. Le he dado unos cuantos consejos que espero que los pueda seguir, pero sobre todo le he aconsejado que hable contigo. Porque debes saberlo. No sé, no le veo bien. Se me ha echado a llorar, Sookie. Jamás le había visto así. Aunque le he quitado las ganas de volver a coger un cigarrillo. Si algo me enseñó mi padre era a quitarle las ganas de fumar a cualquiera. Por lo que no te preocupes, que el Señor Chimenea no va a regresar. En fin, espero que todo esté bien y ya sabes, si me necesitas, ya sabes dónde estoy. —Otra pausa—. Me ha gustado mucho verte. —Había cambiado el tono de voz a uno mucho más suave y… ¿tierno?—. Dale un beso a Adele de mi parte, que no pude hacerlo cuando me marché.

Maldita seas, Alcide. ¿A qué ha venido ahora ese «me ha gustado mucho verte»? Más te vale que no sea lo que estoy pensado.

Más te vale.


Camino a casa pasé por una farmacia a comprar talco y pomada para bebés. Luego me pasé por el supermercado a comprar algunas cosas. La verdad es que me alegro de haber cambiado de coche un par de meses antes de tener a Adele, porque mi anterior coche era bastante más pequeño y no podría haber hecho nada de esto en un solo viaje. Además, Adele estaba siempre encantada siendo mi mejor pasajera. Parecía que estaba paseando a Miss Daisy.

Se me hizo mucho más tarde de lo que tenía planeado. A había anochecido cuando aparqué el coche frente a casa. Bajé del coche y saqué primero a Adele, sillita incluida, y comencé a subir las escaleras. Dejé a Adele un momento en el suelo y saqué las llaves del bolso.

—Sookie… —Me dio tal susto que tiré las llaves al suelo.

—Cómo odio que hagáis eso los vampiros —dije irritada entre dientes, mientras me agachaba a recoger las llaves y abrir la puerta.

—Lo siento, no era mi intención.

—Está bien —respondí sin pensar, recogiendo a la niña del suelo y metiéndola dentro—. ¿Necesitas algo, Eric? —inquirí sin mirarle a la cara; la verdad es que, tras lo que descubrí la noche anterior, no sé si algún día me atrevería.

—¿Podemos hablar?

—Tengo que meter la compra en su sitio, pero…

Antes de que pudiera terminar la frase estaba yendo de un lado a otro con todas las bolsas de la compra y colocando todo en su sitio. Me resultaba curioso cómo era capaz de recordar dónde iba cada cosa después de tanto tiempo.

—He visto que has comprado dos cajas enteras de True Blood.

—Sí. Lo bueno de la sangre sintética es que dura mucho más que la natural, así que puede estar ahí todo el tiempo que haga falta. Y a veces os las tomáis muy rápido, por lo que me quedo sin ellas en seguida.

—Gracias —comentó con una leve sonrisa.

—¿Por qué?

—Por acordarte de nosotros.

—Solo me gusta ser una buena anfitriona, eso es todo. Y no es bueno tener a vampiros hambrientos por mi zona, ¿no crees?

Eric se echó a reír.

—En eso tienes razón.

—Sírvete una botella y siéntate. Cuéntame lo que tengas que contarme mientras me hago algo de cenar.

Cogí a Adele, que aún seguía en su sillita, y la puse en la encimera de la cocina, en una esquina donde no molestaba. Eric observaba cada movimiento que yo hacía antes de volver a hablar.

—Llevo un par de días queriendo comentarte algo, pero por una cosa u otra no he podido hacerlo. Y no puedo esperar más tiempo, porque es importante, al menos para mí.

—Pues en ese caso, cuéntame.

Cogí un par de filetes de pollo de la nevera y calenté la sartén. Los troceé un poco y los eché a la sartén, que empezó a chisporrotear. Miré a Eric de reojo y lo noté algo pensativo, como si llevara mucho rato pensando en qué decirme. Tomó un buen sorbo de su botella y me miró nervioso. Era extraño, porque jamás le había visto tan tenso como ahora. Parecía como si me fuese a decir que me había vendido a un proxeneta a cambio de cuatro vacas y veinte cabras.

—Voy a construir una posada —dijo al fin, casi sin pensar.

—Pues eso suena genial —le animé con una sonrisa enorme.

—¿En serio te gusta la idea?

—¿Y por qué no me iba a gustar? Suena fenomenal.

—Lo sé. Llevo mucho tiempo queriendo llevar algo así. —Se le notaba mucho más relajado que hacía solo un momento—. Incluso de antes de lo del Fangtasia. Lo único que por la época donde lo abrí era mucho más arriesgado que ahora y creo que es precisamente ahora el mejor momento para hacerlo.

—Mi abuela siempre decía que lo mejor era seguir los dictados de tu corazón y cumplir tus sueños, cueste lo que cueste. —Me sentía extraña diciéndole algo así a un ser que no le latía el corazón, pero se podía entender el mensaje con claridad.

—Tu abuela era una mujer muy sabia —comentó con una agradable sonrisa antes de beber de su botella—. Ahora siento el deseo de haberla podido conocer.

—Era la mejor. Te hubiese caído bien, como a todo el mundo. Ella era única y especial. —Negué con la cabeza, intentando no cambiar el tema de Eric—. ¿Y dónde lo quieres hacer?

—Aquí, en Bon Temps.

Le miré de reojo mientras apartaba mis trozos de pollo en un plato y lo sazoné con un poco de salsa picante; estuve todo el embarazo sin poder comer nada de esto y ahora no pensaba quedarme con las ganas. Me serví un vaso con hielo, cogí una coca light de la nevera y me senté frente a él antes de continuar:

—¿En Bon Temps? Vaya… Es un poco arriesgado, ¿no crees?

—Un poco, pero es que me he dado cuenta de que apenas hay lugares para alojarse en el pueblo y me pareció buena idea.

—Sí, la verdad que sí. Solo hay un hotel de mala muerte y aún me pregunto cómo es que se mantiene en pie.

—Lo sé, yo tampoco. Necesita tantos arreglos que lo tiraría y lo volvería a construir.

Fruncí el ceño.

—¿No estarás pensando en llevar justo ese? —Eric negó con la cabeza.

—No, no, el mío estará en otra zona.

—Pues ahora siento curiosidad —dije, llevándome un trozo de pollo a la boca—. ¿Dónde lo vas a poner?

—Justo detrás del Merlotte's. —Casi me atraganto con el trozo de pollo que llevaba en la boca ante la noticia.

—¿Qué?

—He hablado con el ayuntamiento y me han dado luz verde. Cuando quiera puedo empezar con las obras.

Me había quedado sin palabras. De todos los lugares donde podría hacerlo, no sé por qué había escogido justo el de mi local.

—O sea, que ya lo tienes decidido.

—No del todo. Es por eso que te lo quería comentar. No quiero hacer nada sin tu aprobación.

Bebí un buen trago de mi coca light.

—Háblame del proyecto —quise saber. Necesitaba más información antes de tomar una decisión.

—Constará de diez habitaciones, todas construidas con un material especial ignífugo para evitar posibles atentados. —Me resultaba irónico escuchar esto tras lo que nos contó la noche anterior—. También tendrán ventanas con cristal opaco para los huéspedes vampiros, con ataúdes especiales para los que lo deseen hechos de carbono, que se programarán para que se abran automáticamente en cuanto se ponga el sol, sin poder hacerlo previamente para evitar, también, que nadie entre y ataque a alguno de los nuestros.

Me quedé sin saber qué decirle.

—Lo tienes todo muy bien pensado.

—Llevo años planeándolo. Así que sí, lo tengo muy bien pensado.

Me miró del mismo modo que cuando regresó a Bon Temps. Con aquella mirada de niño pidiéndole permiso a su madre para ir a jugar al parque. Tomé aire, bebiendo otro trago de mi refresco, antes de continuar:

—¿Y qué hay del aparcamiento?

—Será compartido con el del bar. Además —continuó diciendo—, habrá un servicio especial donde los huéspedes puedan desayunar, comer y cenar en el Merlotte's.

—Pero todo eso ocupará mucho espacio. Habrá que talar muchos árboles y no sé si me gusta la idea…

—Sabía que dirías algo así —comentó con media sonrisa en su rostro; se le veía divertido ante la idea de haberse adelantado a mis movimientos—. No los talaremos, tan solo los cambiaremos de lugar.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Cogeremos los árboles, los sacaremos de su lugar y los pondremos en otra parte del bosque. Ya estuve buscando hace unos días y hay una zona perfecta donde poder colocarlos.

Me quedé en silencio terminando mi pollo con salsa picante. Debía meditarlo un poco.

—¿Y el tema de la construcción? Ahora mismo estará cerrado, pero cuando terminen las obras no vendrá mucha gente si hay obras a cada rato detrás del bar.

—Lo sé. Pero he pensado en contratar personal… vampírico.

—¿Hay de eso?

—Tenemos de todo. Si lo hacemos así, en cuestión de unos tres meses habremos terminado. La parte gorda se puede hacer durante el cierre temporal del bar, así que cuando se reabra ya tendrá puesto los cimientos. Mi gente puede trabajar toda la noche y, como no necesitan descanso, en pocas semanas podremos inaugurarlo.

—¿Y el ruido? Por la noche se va escuchar bastante.

—No te creas. Está bastante apartado como para que sea molesto.

—¿Lo has comprobado también?

—Mi gente puede ser muy silenciosa cuando quiere. Procuraré que sea así. —Alzó una ceja, recapacitando—. O todo lo posible.

Volvió a fijar su mirada en la mía. Esperaba paciente mi respuesta, pero yo seguía sin saber qué responderle. Sacó un papel del bolsillo trasero de su pantalón y me lo entregó. Lo desdoblé y vi que se trataba de una especie de plano en miniatura de lo que iba a ser la posada. Me di cuenta de un detalle que no había pensado antes.

—Aquí está la casa de Sam —señalé con el dedo, con el papel encima de la mesa.

—Lo sé, pero esa caseta prefabricada no la usas y solo está llena de trastos.

—Es algo más que una caseta prefabricada, Eric.

—¿Me vas a decir que no aceptas mi proyecto por una casucha que se cae a cachos?

No me estaba gustando nada el tono con el que me estaba hablando.

—Para ti será una casucha, pero para mí es un lugar especial donde viví muy buenos momentos con mi marido. No puedo deshacerme de ella así como si nada solo porque tú tengas por capricho poner una posada.

—Está bien, puedo ponerla en otra parte si es lo que deseas.

—Pero es que no quiero moverla. Me gusta tenerla donde está.

Eric me miró como si le estuviera diciendo que la lluvia en verdad es pis de gato.

—O sea, que te niegas —sentenció.

—Solo me niego a que quites algo que me pertenece. Podrías construir la posada un poco más alejada. No creo que pase nada.

—Tampoco pasa nada por que te deshagas de esa casa.

Me crucé de brazos con la sensación de que no íbamos a llegar a ninguna parte.

—Si vine a comentarte todo esto —comenzó a decir tan serio que empezó a darme miedo— es porque quería tener tu visto bueno, pero en verdad puedo hacerlo sin tu consentimiento. Incluso puedo pedir un permiso para quitar esa casa.

No me podía creer lo que estaba escuchando.

—Esa casa es de mi propiedad. Si haces algo…

—Sookie… —empezó a decir, intentando calmarse masajeándose las sienes—. Yo no quiero peleas con nadie. Y esto es una tontería. ¿No puedes al menos pensarlo?

Asentí, aunque más por ganar algo de tiempo para que se me ocurriera algo para poder negarme.

—Está bien. Pero no te prometo nada.

—¿Podrías decirme algo mañana? Tengo que dar una respuesta ya para poder empezar cuanto antes.

—Está bien. Pero, ¿qué pasa si me niego? ¿De verdad vas a hacerlo sin mi consentimiento?

—No —dijo tajante—. Prefiero llegar a un acuerdo. No quiero discutir contigo. —Y otra vez esa cara de niño inocente; me tenía totalmente confundida—. Sabes que no quiero hacerlo. Ya sabes por qué.

Entrecerré los ojos. No sabía muy bien a qué se refería, pero no estaba segura de si estaba pensando en lo mismo que yo o no. A la mente regresó su relato de cómo se deshizo de su esposa y volvió a ponerme los pelos de punta. ¿Se había dado cuenta de que yo sabía que algunas cosas que comentó no eran ciertas o solo estaba poniéndome a prueba? Tampoco estaba muy segura de si esto era cierto, pero todo apuntaba a que sí.

Iba a decir algo cuando alguien llamó a la puerta. Era Bill. Fruncí el ceño; no era un buen momento precisamente.

—Hola, Sookie —saludó cuando le dejé pasar—. ¿Te pillo ocupada? —Miró a Eric de reojo, pero ignoró su presencia.

—Más o menos, aunque Eric y yo prácticamente hemos terminado, ¿no? —Eric asintió y bebió un poco más de su botella, que estaba casi llena—. ¿Querías algo?

—Nada en particular. Solo saber si estás bien. Anoche parecías no estarlo y bueno…

—Sí, Bill, estoy bien —contesté sin ninguna emoción—. Gracias por preguntar.

—Me alegro. —Paseó la mirada de mí a Eric un par de veces antes de preguntar—: ¿Va todo bien por aquí? Me ha parecido escuchar que hablabais de Sam…

—¿Te ha parecido o llevas ahí todo el tiempo escuchando? —inquirió Eric, notablemente molesto por la presencia de Bill.

—No soy yo el que oculta cosas, Eric —le espetó Bill.

—Ya conté todo lo que queríais saber. Y no eres precisamente el más indicado para reprocharme eso.

Bill bufó. Me froté las sienes. Me estaba empezando a cansar esta pelea absurda de gallos entre estos dos.

—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —inquirí, pasando la mirada de Eric a la de Bill, que no se quitaban los ojos de encima.

—Eso, Bill —respondió Eric jocosamente—, dile a nuestra querida Sookie de qué estamos hablando.

Esperé a que Bill respondiera, pero parecía que estaba buscando las palabras adecuadas. No era la primera vez que Eric le obligaba a contarme algo que él no quería.

—Vamos, Bill —insistió Eric—. ¿Por qué no respondes?

Bill extendió los colmillos y Eric hizo lo mismo.

—Sookie… —empezó a decir Bill—, no es lo que parece.

—¿El qué no es lo que parece, señor Compton? Porque me ha dicho un pajarito que tú ya sabías lo de que Sam estaba en la ruina desde hacía tiempo.

—¿Qué? —dije mirando atónita a Bill—. ¿Cómo es eso de que lo sabías?

—Sookie, no es lo que parece —repitió—. De verdad que no.

—Y tal vez —continuó Eric— hasta sepa de lo de J&M Asociados. Porque, ¿no es demasiada casualidad que se te fastidie el ordenador justo cuando estabas comprobando algo de lo que estás harto de hacerlo casi a diario?

—Eso son conjeturas.

—Las mismas que las tuyas contra mí.

—Sookie, hablo en serio, no tengo ni idea de lo que estaba metido Sam ni de esa empresa tan misteriosa.

—¿No? —Eric estaba empeñado en que Bill confesara lo que sabía—. ¿Y por qué no le cuentas a Sookie cómo te enteraste de la muerte de Sam?

Eric se estaba divirtiendo con todo esto y yo ya me estaba hartando.

—¡Basta! —vociferé; Adele comenzó a llorar, me imaginé que del susto; me acerqué y la cogí en brazos, intentando calmarla—. Mira lo que habéis conseguido. Me tenéis hasta el gorro con vuestras peleas de idiotas. Cuando seáis capaces de mantener una conversación decente, entonces hablaremos. Por el momento, y hasta que no solucione mis asuntos personales, prefiero que ambos os mantengáis al margen de todo esto. Independientemente de si estáis implicados o no. Ya averiguaré lo de esa empresa por mi cuenta, así que no necesito que sigáis ayudándome. Necesito paz y no me la estáis dando. Así que, desde ahora y hasta nuevo aviso, que da revocada vuestra invitación en esta casa.

Bill me miró sorprendido. Hacía años que no lo hacía, no al menos para él. Vi cómo se abría la puerta y él salía sin poder evitarlo.

—Sookie —le escuché protestar, pero le ignoré. No pensaba cambiar de opinión. Necesitaba tranquilidad en estos momentos—. Sookie, por favor, déjame que te explique.

Me dirigí a las escaleras, con Adele en brazos, algo más tranquila, y me dispuse a subirlas cuando me fijé en que Eric aún seguía allí, de pie, sin moverse.

—Eric, ¿es que no me has oído? Revoco tu invitación también.

—Te he escuchado —contestó sarcástico.

—Eric Northman, te expulso de esta casa ahora mismo.

Se miró los pies y las manos. Luego a mí. Estaba tan estupefacto como divertido por la situación.

—¿Por qué no te marchas? —pregunté sin entender—. ¿No se supone que deberías irte sin más?

—Y eso debería ser, pero no sé por qué no funciona.

Fruncí el ceño.

—No lo entiendo. ¿Eso es posible?

Eric se encogió de hombros.

—Jamás me había pasado. Ni a nadie que conozca, que yo sepa. —Tensó un poco los hombros—. Me siento extraño.

—¿Ahora ya no eres vampiro? —Se tomó el último trago de su sangre sintética y se relamió los labios.

—Aún sigo siéndolo. O al menos eso espero. —Hizo una breve pausa sopesando las posibilidades—. La única manera que hay de dejar de ser un vampiro es… bueno, con una estaca de por medio. Ya sabes. Llevamos milenios sabiendo esto, así que debe haber alguna explicación. Una muy buena, esperemos.

—De igual modo, necesito que te marches. Al menos hasta que se aclare todo este asunto.

Regresó la mirada de niño que tanto me estaba llevando loca. Lo odiaba. Odiaba que me mirase así, porque sentía cómo me debilitaba por dentro. Aparté la mirada para evitar tentaciones.

—Sabes que yo jamás te haría daño, Sookie.

Le eché un último vistazo y asentí. Sí, sabía que él no me haría nada. Lo sabía porque lo había visto, más allá de sus palabras. Se marchó, cerrando la puerta tras de sí, antes de que pudiera parpadear dos veces.


Tuve que darme una ducha para poder relajarme un poco. La verdad es que me sentó bastante bien. Había dejado a Adele en su cuna después de darle la toma —probablemente ese era el motivo por el que lloraba, pero a saber— y me metí en la cama más tranquila.

Me estaba echando crema en las piernas —me había depilado un poco— cuando se me pasó por la cabeza llamar a Amelia. Busqué el móvil y me percaté de que tenía el móvil de Sam cargando en la mesita. Me había olvidado por completo. Me froté el cuello, intentando no estresarme, y pensé que lo mejor era guardarlo en el cajón de la mesita de noche y revisarlo mañana.

Marqué el número de Amelia. No eran ni las diez, por lo que tal vez la pillase despierta. Crucé los dedos para que así fuese.

¡Hola! —contestó la alegre voz de Amelia al sexto tono—. En este momento no puedo contestar. Bob, Phoenix y yo nos hemos ido unos días de vacaciones fuera de la ciudad y estaremos incomunicados. Si es importante, déjame un mensaje después del pitido y ya te llamaré. ¡Besitos mágicos!

Esperé a escuchar la señal antes de poder hablar:

—Amelia, soy Sookie. Espero que os lo estéis pasando en grande en vuestras vacaciones, y más te vale que me cuentes todo y me pases fotos del lugar, que seguro que es precioso. ¿Te ha llegado las fotos de Adele que te mandé al correo? Bueno, ya me dirás. En verdad te llamaba porque necesito de tu ayuda. Llevo un día de locos y con muchas dudas. ¿Crees que es posible tener algún tipo de vínculo con un vampiro por el que has cortado dicho vínculo mediante magia? No sé por qué, pero me da que aquel hechizo no funcionó. O no del todo. Siento que aún sigo conectada con Eric y… —Me quedé callada un segundo, porque conocía a Amelia de sobra y querría que especificara, por lo que mejor le contaría cuando me devolviera la llamada—. Es… complicado de explicar y mejor lo hago cuando hablemos. Que espero que sea pronto. Besitos para todos.

Colgué pensando en si le tenía que haber contado más. Pero no, mejor dejarlo así. Me metí bajo la sábana y comprobé que el intercomunicador funcionaba correctamente. Me acomodé en la cama cuando escuché un ruido que provenía del armario. Fruncí el ceño, extrañada. Me levanté para ver qué era. Sí, soy así de tonta, porque seguramente sería algún zapato mal colocado que se ha caído. O un bolso. Abrí la puerta y comprobé que había sido la caja que Alcide me había traído esta mañana. Se había volcado y todos los papeles estaban esparcidos por el suelo del armario. Me agaché para recogerlo y dejarlo como estaba. Lo metí en su sitio. Me fijé que eran sobre todo facturas. Hubo un sobre que me llamó especialmente la atención porque no llevaba más que el nombre de Sam escrito con bolígrafo azul y a mano. Lo abrí. Había una hoja, escrita con el mismo bolígrafo.

Sam,

Llevo todo el día intentando localizarte, pero no consigo dar contigo. Ha habido un problema con tu banco, por lo que me he tenido que desplazar hasta aquí. Te dejo el dinero que me pediste hace unos días. Espero que todo vaya bien. La camarera que me atendió me pareció un encanto. Tal vez me pase más adelante, cuando tenga un hueco.

Nos vemos pronto,

B

No le habría dado tanta importancia si no fuera por la marca de agua que llevaba la hoja. Apenas se notaba, pero al trasluz se podía leer con total claridad: J&M Asociados.

El corazón me dio un vuelco. Tenía algo. Al fin tenía una pista.

Y, sin saber por qué, me estaba dando miedo seguir.


NDA: Ufff, no sé por qué, pero me ha costado poder terminar este capítulo. Le he dado taaantas vueltas que me había bloqueado un poco. ¿Me creeríais si digo que quería hacer algo corto? Jajaja Bueno, como bien me dice mi gran amiga Nea Poulain «nosotras no somos de cosas breves». XDD Y cuánta razón tiene. Pero es que… hay algo que debo confesar: jamás había escrito algo tan largo y estoy entusiasmada. Creo que hasta ahora la historia más larga que había escrito tenía 15k palabras y ya era un logro para mí. Con este capítulo habré llegado a las 50k (lo más seguro) por lo que me llena de orgullo haberlo conseguido. Y aún me queda mucho, que conste. No tenía planeado llegar a tanto, pero espero no bloquearme hasta terminarlo. XD

Del capítulo comentar que ando tan estresada e irritada últimamente como Sookie y creo que por eso la he puesto un poco así. XD Y lo de Adele tomándose el biberón con el olor al chocolate… es que es lo que hace mi perra cuando comemos o cocinamos delante de ella: se come su pienso yo creo que imaginando que es lo que no puede comerse. XDDD No me di cuenta hasta que lo había escrito y me dio la risa pensar en cómo me había inspirado. XD

De momento está tomando muy buena forma y estamos llegando casi al final. No sé cuántos capítulos serán al final, porque no lo tengo planeado, pero no creo que sean muchos más.

Como viene siendo habitual, quiero agradecer sus comentarios estupendos a Perfecta999(thank you very much), ciasteczko(i'm glad you liked it :3) y Cari1973a quien le quiero dedicar este capítulo porque me hizo gracia lo de sus sospechas hacia Bill (todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario) y, aunque no tenía planeado meterlo en este capítulo (por descansar de él, más que otra cosa), me vino bien meterlo porque así pude incluir algunas cosas que no sabía cómo. Así que, gracias. Todos vuestros comentarios me animan mucho, y ya veis que también me inspiráis. (L)

Quiero adelantar que en el siguiente capítulo se verá algo de lo que le pasó a Sam, pero solo será una parte. Y habrá otras revelaciones importantes **chan, chan, chaaan** (música de suspense) xD

Bueno, espero que lo hayáis disfrutado. (Esperemos que FF no me dé problemas de nuevo n.n")

Un saludo y nos vemos en el siguiente capítulo. :3

~Miss Lefroy~


28/01/2021