Capítulo XXVII.
Amanecer de invierno
I.
Izuku insiste en enseñarle un paso de baile específico del sur y Katsuki lo complace. Mina intenta burlarse, pero Katsuki le dedica su mejor gruñido y ella sigue bailando con Ochako, que se acomoda en su pecho. Tsuyu les dedica miradas cada poco, mientras platica con Momo y Jirou, recargadas al fondo de la habitación.
Y eso es a todo a lo que el Rey Bárbaro le dedica atención antes de volver a Izuku y a su velo, a sus mejillas pintadas en donde se ven sus pecas, a sus ojos verdes, al tocado de su cabello.
Izuku cierra los ojos un momento, concentrándose en la música —a la que el bardo del sur, Hisashi, ha insistido en unirse, por lo que tienen una combinación bastante curiosa—. Se abraza a Katsuki y sus pasos se detienen. Se recarga en su pecho.
—Te quiero, Kacchan —murmura.
Katsuki le pasa la mano por el cabello.
No dice nada. Pero sí lo piensa. Demasiado.
Como siempre, Denki Kaminari es incapaz de mantenerse en sus propios asuntos y arrastra a Eijiro hasta que chocan con Katsuki e Izuku. Finge estar sorprendido —maldito mago de mierda— y sonríe.
—¿Un baile, Katsuki? —Suelta a Eijiro, ofreciéndole su brazo a Katsuki, que bufa al tener que separarse de Izuku. Toma la mano de Denki. A cambio, Eijiro le ofrece la suya a Izuku y el príncipe la acepta. Lo ve marcharse sin acercarse más a Denki, sin poner la mano sobre su hombro.
Denki se ríe.
Eijiro tiene razón, su risa es luminosa. Enorme. No cabe en ese cuarto. Retumba contra sus paredes.
—Cada vez que lo miras, una parte de ti se va con él —le dice el mago—. Ten cuidado. Acuérdate del ojo del amante.
Katsuki bufa.
—Es una vieja historia.
Usada pasa asustar niños. Se contaba sobre todo en las zonas muy cercanas a las montañas. Tenía fama es esas aldeas porque la manera en que el viento en invierno golpeaba las rocas hacía parecer que un espíritu lastimero estaba llorando. Se decía que era un amante desesperado por encontrar a su prometida y a sus hijos, arrebatados por el sur. Decían que había ofrendado un ojo a los dioses Sin Cara, buscando ayuda y que lo llevaba en su mano, mientras clamaba, todas las noches, buscar al amor de su vida y a sus hijos. La gente decía que una parte de sí mismo se había ido con el amor.
Denki sonríe.
—Una parte de ti está sobre él siempre. Ha cambiado, ¿sabes? Su fuerza… —Denki mira a Izuku de reojo, bailando con Eijiro—. Siempre ha estado allí, pero ahora es diferente. Como si hubiera mutado y un poco de la tuya también se hubiera quedado con él. Eijiro y yo lo encontramos la primera noche que durmió aquí. Lo sabes, ¿no? Lloró su destino frente a nosotros y ahora le sonríe. —Denki hace que Katsuki dé una vuelta—. Ya te lo dijimos, Katsuki, pero… felicidades. —Y con esas palabras ambos pretenden que el tinte triste de su voz, al pensar en la imposibilidad de su propia boda no existe. Es un tinte que desaparece tan pronto como llega a materializarse y luego Denki vuelve a sonreír y parece que ningún sentimiento negativo lo embargó nunca—. Dirá que sí.
Al Rey Bárbaro sólo le queda aferrarse a esa idea y esperanza que crece en su pecho.
Izuku baila con todo el mundo. Arrastra a Lady Tsuyu hasta el centro de la habitación y acto seguido a Lady Ochako. Al último, lo hace con Mina. La sonrisa en sus labios parece genuina. Katsuki no baila con nadie más —excepto con Eijiro, Jirou y Mina—. Sólo lo mira desde la orilla.
Usualmente siempre huye muy temprano de todos esos eventos, pero se obliga a quedarse allí, para mirar a Izuku. Ve a la gente empezar a marcharse. El bardo, Hisashi Yamada, con Shouta Aizawa, de los primeros. El primero sonríe y el caballero errante sólo lo sigue poniendo los ojos en blanco constantemente. Después se marchan Jirou y Momo, que quieren intentar acercarse al mirador para ver la nieve cayendo. Al final, Katsuki se dirige a la puerta y sale, huyendo del ruido. Se queda viendo los tapices que cubren esas paredes. Historias de batallas y victorias. De honor, de guerras sin igual —aunque en el fondo todas se parecen—, de espadas y sangre. No todos son así, por supuesto.
Alza la vista al techo.
«Desearía que estuvieras aquí, mamá».
Lo piensa y oye la voz de Mitsuki Bakugo en su mente.
«¡¿Cómo se te ocurre casarte sin mí, idiota?!». Casi siempre el zape en su nuca, también. Es el honor de las madres —a veces también de los padres— bendecir las uniones y el amor de sus hijos. De pararse a un lado de ellos frente al fuego sagrado, antes de hacer oficial la unión. Ellas los trajeron al mundo. Ellas mismas los entregan al amor. Quizá ahora entiende todo eso un poco mejor.
Cuando se peleaba con Mitsuki, a veces le gritaba que no la invitaría a su boda. Eso la ponía furiosa instantáneamente. Durante sus años adolescentes a Katsuki le gustaba provocarla, hacerla estallar de rabia. Eran demasiado parecidos, eso incitaba los gritos y la desesperación de Katsuki. La paciencia de Mitsuki nunca fue mucha en tiempos de guerra. Mantener una familia viva fue el trabajo al que se abocó y al que le entregó su vida. Katsuki entiende que la sola idea de no asistir a su boda se le antojaba horrible, una aberración. Y ahora si ni siquiera puede buscar su consejo.
«Mamá», piensa. Y se corta allí. Aprieta los ojos furiosamente.
Mitsuki merecía ver ese futuro.
Esa paz. Ese amor.
—¿Kacchan? —La voz de Izuku lo interrumpe y es una bendición, porque Katsuki no quiere hacerse pedazos allí mismo.
—No pasa nada —dice. Demasiado rápido, demasiado veloz. Así que Izuku adivina que si ocurre algo—. ¿Quieres volver a…? —Señala la puerta, pero Izuku niega con la cabeza antes de que Katsuki termine la pregunta.
—Creo que ya bailé lo suficiente, Kacchan —dice—. Todavía no estoy cansado. Pero…, creo que fue suficiente.
Katsuki extiende su mano hacia él. Como aquella primera vez, cuando lo llevó a ver las estrellas del cielo nocturno.
—Acompáñame. —Y, por honrar los viejos tiempos, agrega—: No es una orden.
Izuku sonríe.
—Lo sé. Quiero hacerlo.
Toma su mano y la aprieta y así Katsuki sabe que lo acompañaría al fin del mundo.
No se dirigen al ala oeste, donde están los aposentos de Izuku. Ni a los de Katsuki. Ni siquiera al ala norte, ya limpia y reconstruida, pero aún vacía. No, Katsuki lo conduce a uno de los pisos superiores, ala este, por donde está un salón enorme que funciona como un nido para Eijiro —está lleno de porquería, según Katsuki, pero al dragón le gusta así y Denki soporta dormir entre todas las cosas que colecciona Eijiro—. Hay varias salas como esas, de gran tamaño, en todo el castillo, pero Eijiro eligió aquel lugar porque en uno de los pasillos cercanos hay un tapiz de Crimson Riot, el gran dragón rojo y, en otro, hay uno de la doncella guerrera con el Dragón de su historia.
Allí se dirigen.
Es también uno de los tapices favoritos de Katsuki. El detalle en las escamas negras del dragón es impresionante. Está parado, con las alas extendidas, detrás de la doncella guerrera, quien, arrodillada ante la tierra, clava su espada en la tierra, dejando atrás las batallas para darle paso al amor.
—No sé si ya lo habías visto —comenta Katsuki, deteniéndose frente a él. Izuku deja de caminar también y se voltea hasta el tapiz, quedando justo enfrente de Katsuki—. Probablemente sí. Has paseado por este castillo todo lo que has querido. Así que no pretendo ser quien te señale este tapiz pretendiendo mostrarte lo desconocido o revelarte algo nuevo pero… —carraspea—. Habibi. La doncella guerrera. Tiempos de gloria. Los bárbaros vivíamos más al norte. —Katsuki hace un gesto con la mano—. Ya conoces la historia.
—Podrías volver a contarla —murmura Izuku, con los ojos clavados en el tapiz.
Katsuki se lo toma como una orden y lo hace. Hablaba de Habibi y la espada que dejó atrás y de su amor y su dragón y sus deseos y todo el color del que pintó sus sueños.
Izuku escucha hasta que la voz de Katsuki muere entre las sombras que causan las antorchas que alumbran todas las paredes.
—Es uno de… Me gusta el tapiz —dice Kacchan—. No me gustó hasta que mis padres murieron. Antes me parecía muy… no sé. Demasiado romántico, demasiado empalagoso. Pero después… Cuando ellos… Todo empezó a tener sentido. —Se encoge de hombros—. A veces vengo a verlo. Me gusta especialmente cuando lo alumbran las antorchas. —Una de sus manos señala hasta el tapiz—. Ve lo que hacen las sombras. Esos… Esos detalles. Nada que no hayas visto ya… pero. Las escamas del dragón. Casi puedes ver como brillan. Y el rostro de ella. Tan… concentrado. No sé. Tiene algo.
Izuku lo mira. Sus ojos verdes clavados en el tapiz. En la doncella, en el dragón y en la espada.
—Me regalaste uno. Cuando llegué —dice.
Katsuki ni siquiera recuerda qué era. ¿Una batalla? ¿Un campo? ¿Un momento de paz? En ese momento había sido sólo una manera educada de recibir a un invitado y le había encargado a alguien más —probablemente Denki o Mina— que hicieran eso con él.
—Puedo contarte su historia después —le responde.
—Recuerdo haber dicho que era hermoso —murmura Izuku—. Un dragón negro contra un dragón dorado.
—Oh.
Se sabe esa historia. Muchas eras atrás, cuando los bárbaros consiguieron a algunos dragones caídos en desgracia entre los suyos como aliados, creyeron que tenían el mundo a sus pies. Había también un rey cruel en el trono, pero eso no importaba, porque con dragones de su lado, ganarían. Y lo habían hecho. El Rey Cruel —como muchos otros— había caído en desgracia gracias a dos hermanos que se las habían arreglado para combatir sobre los dragones. Tenían un lema. «Todos para uno», decía uno; «¡uno para todos!», gritaba el otro. Parecían inseparables.
—Te la contaré —le asegura a Izuku—. Todas las veces que quieras.
El mayor, más experimentado y ducho con la espada, montaba el dragón negro. El menor, más tímido, pero también valiente y arrojado, montaba sobre el dorado. Juntos derrotaron al Rey Cruel y borraron su nombre de todos los registros. Otros reyes desastrosos del nombre tienen nombre, pero este no; su única marca en la historia es ser llamado «cruel» para toda la eternidad.
El mundo bárbaro se rindió a los pies de sus héroes y, por un tiempo, creyeron que todo estaría bien.
Hasta que el hermano mayor empezó a caer en los excesos y se rindió al poder. Se enfrentaron en una batalla épica al final. Dragón negro sobre dragón dorado. Ganó el hermano menor. Las historias cuentan que se sentó ante la pira dispuesta para su hermano durante un día y una noche y lloró. La leyenda dice que sus lágrimas empararon tanto la manera que, cuando quisieron prenderle fuego, fue casi imposible. Tuvo que hacerlo el dragón dorado. Y dicen que, cuando el fuego se prendió, se escuchó un grito en el aire. «¡Todos para uno!». Y el hermano menor gritó: «¡Uno para todos!».
—Me encantaría —dice Izuku—. Lo he visto muchas veces desde entonces. Quizá deberíamos colocarlo en algo pared. Donde le guste también a Ochako y a Tsuyu. —Sonríe para sí—. Nunca antes me habías contado historias sobre los tapices, Kacchan.
Katsuki gruñe, casi.
—Siempre hay una primera vez para todo, príncipe idiota. —Se aclara la garganta—. También hay una primera vez para lo que voy a hacer ahora.
Entonces Izuku se da la vuelta para encararlo en vez de mirar al tapiz.
La imagen que ve Katsuki es poética.
Los ojos verdes de Izuku enmarcados en kohl verde, su cabello en rizos, con el tocado con tres llamas, dorado, con la tela verde como velo que le cae por los hombros. Las telas que le puso Mina en los hombros. El atuendo entero, los hilos de los bordados. El porte de Izuku iluminado por detrás con dos antorchas y la figura del dragón y la doncella guerrera, Habibi, uno de cada lado de su cabeza.
Se le olvidan todas las palabras y sus significados. Vuelve a ese estado de la niñez en la que no puede conjurar el lenguaje y apenas distingue el mundo. Vuelve al asombro más puro y la maravilla más absoluta al tener a Izuku así, con la vista clavada en él.
Cae de rodillas.
—¿Kacchan?
Katsuki carraspea, baja la mirada, ve los pies de Izuku y hasta eso le parece demasiado brillante.
—No soy un rey que se arrodilla ante cualquiera, recuérdalo —dice.
—Nunca podría olvidarlo.
Bien. Katsuki alza la vista e Izuku lo ve desde lo alto.
¿Hay palabras correctas para ese momento? Busca, por su acaso, si algo en todas las lenguas que conoce significa lo que hace que su corazón desee salirse de su pecho a cada momento. Busca y camina por los recovecos de su lengua hasta comprender que no ha existido nunca una palabra tan grande como para albergar todos los momentos que quiere guardar en ella, no hay una palabra tan larga como para explicar el cariño, el amor y todo lo que siente. No hay ninguna que explique la calma del estar y la añoranza de la ausencia. Ninguna le permite explicarle a Izuku que cuando no está, Katsuki lo ve en todas partes y todo el aire huele a él y que cuando está a su lado el Rey Bárbaro es capaz de intoxicarse con su presencia. Ninguna conjuga en unas cuantas letras —sean cuantas sean siempre son demasiado pocas— la dualidad del amor. La tranquilidad de mirar el mundo y la desesperación de querer comérselo. Todo lo que diga será sólo y por siempre una aproximación a lo que alberga todo su ser. Pero confía en que Izuku comprenda.
Alza una mano. Izuku la busca y Katsuki la aprieta.
—Hay una tradición —empieza y, al soltar las primeras palabras, comprende que no hay vuelta atrás; va a despeñarse en esa montaña si es necesario— que dice que, en momentos como este, debería hacerte un regalo significativo. Un regalo con el cual atisbes a ver lo que hay en mis entrañas. Pero creo, y eso es muy sincero, que no hay un regalo que pueda lograr eso. Así que te ofrezco todo el suelo de este palacio y sus tapices. No puedo ofrecerte mi reino entero porque los bárbaros no le pertenecen a nadie. Pero te ofrezco todos los libros de esta fortaleza, sus recovecos, sus jardines, sus paredes y los tapices colgados en ellas. Te lo ofrezco todo, Izuku.
Para ese momento, sospecha que el príncipe ha comprendido. Tiene lágrimas en los ojos. Katsuki aprieta su mano.
Izuku abre la boca para decir algo, pero el Rey Bárbaro es más rápido.
—No, espera, no hables todavía. Déjame terminar primero. —Si no, después no podrá. Hacer grandes discursos no es un talento que tenga. Prefiere ir al punto—. Izuku. —Omite su apellido, porque el peso que carga es demasiado. Izuku es suficiente y a la vez demasiado y demasiado poco—. Quiero casarme contigo. —No deja de mirarlo a los ojos aunque tenga la tentación. Es valiente, puede soportarlo—. Sin embargo, eso no significa nada todavía. Hasta este momento sólo puedo albergar esperanzas de que tú también quieras casarte conmigo.
—Kacchan… —interrumpe Izuku.
—Izuku, necesito saber si mis esperanzas están en buen puerto.
El mundo se detiene e incluso la luna espera una respuesta.
II.
Izuku cierra los ojos. Lo hace para poder anclarse al mundo y mantenerse en él. De otro modo, quizá la gravedad pierda su efecto en sus piernas.
Katsuki, el Rey Bárbaro, está de rodillas frente a él.
«No me pongo de rodillas ante cualquiera».
Las palabras se clavan en su piel, en cada resquicio de su cuerpo y también de su alma. Por su mente pasa Katsuki inclinado ante él lavándole los pies y Katsuki también enseñándolo a pelear con la espada, que ahora maneja también. Katsuki ofreciéndole la espada de su padre. Todos y cada uno de los gestos.
Abre los ojos y se enfrenta a los ojos rojos de Katsuki, enmarcados en kohl naranja. Sonríe.
Y es hasta ese momento hasta el que puede mantener su compostura.
Todas las lágrimas que había intentado mantener en sus ojos salen y de su boca sólo sale un sonido chillón e insoportable. Cae de rodillas frente a Katsuki, para verlo frente a frente, como el igual que es. Su cara está ahora contorsionada en una mueca patética, supone. Pero no le importa.
—Kacchan… —Acorta la distancia entre los dos y lo rodea con los brazos—. Sí. Kacchan. Sí. Sí quiero.
Los brazos de Katsuki lo rodean. Son como una casa.
Detrás de ellos, el tapiz de la doncella guerrera y el dragón les da su bendición.
Hacen el camino de vuelta hasta los aposentos de Katsuki, pero en el camino se topan con el sonido de una risa que ilumina todo a su camino. Denki camina del brazo de Eijiro, después de demasiados vasos de alcohol y demasiados bailes.
—Y entonces Mina me dijo que… —Se corta súbitamente—. ¿Qué me dijo Mina? ¿Sabes que me dijo Mina?
—Corazón, estabas diciéndomelo tú…
Entonces alza la cabeza y se detiene en seco al darse cuenta que están allí Katsuki e Izuku. Se pone rojo. Denki no se da cuenta de nada, porque está mirando sus pies —lo que alcanza a ver de ellos en la penumbra— de manera muy atenta. Izuku sonríe, nunca ha escuchado a Eijiro llamar «corazón» a Denki y, por el rubor en el rostro del dragón, sospecha que es algo secreto y privado, como Kacchan lo es para él. Sólo llama a Katsuki así cuando nadie más puede escucharlo o cuando está demasiado desesperado.
—¡Oh, no los había visto! —dice Eijiro y eso hace que Denki alce la mirada. Sonríe al distinguirlos a ambos.
—Oh… Katsuki… —Alarga la última «i». Sonríe enseñando todos los dientes—. ¿Ya le dijiste? ¿Ibas a decirle…?
—¡Ey, Denki! —se queja Eijiro—. ¡No puedes preguntar esas…!
—Sólo quiero saber… —Las palabras se arrastran en la lengua de Denki—. Sólo… ¿Izuku…? ¿Dijo que…?
Katsuki bufa.
—Idiota entrometido —espeta—. Eso es información suya. Y es su problema si quiere compartirla contigo, mago idiota. —Y tras soltar aquellas frases rápidas y duras voltea a ver a Izuku. De repente toda a atención está sobre él.
Sonríe, nervioso.
Podría guardárselo. Decir que primero quiere enterar a Tsuyu y a Ochako o mandarle una carta a su madre. Pero no es un secreto.
—Dije que sí —murmura.
—¡Felicidades! —Las sílabas de Denki se confunden y salen arremolinadas unas con otras—. ¡Habrá una boda, Eiji…! ¡¿Nosotros cuándo…?! —Y se calla. Se queda viendo al suelo, con los ojos bizcos, sabiendo que ha dicho algo mal, pero sin comprender. Izuku tampoco comprende, al principio.
Eijiro sonríe y algo en la manera en que se curvean sus labios está roto. Duele en el alma, aunque la expresión sea una feliz.
—Felicidades —dice, aunque sin la misma efusividad que Denki—. Que el amor dure para siempre —murmura después.
Denki no deja de mirarse los pies. Algo turba a Izuku en toda esa escena, aunque no sabe decir exactamente qué.
—Gracias —responde Izuku, como cortesía. Queda claro que allí ya no hay más que decir.
—Vamos —dice Katsuki, ofreciéndole el brazo, que el príncipe toma. El Rey Bárbaro le dedica un asentimiento a Denki y a Eijiro. El dragón lo responde, pero el mago apenas si le presta atención.
Katsuki e Izuku apenas dan unos cuantos pasos cuando la voz de Denki vuelve a interrumpir el silencio de la noche.
—Lo siento, lo siento… —Sus palabras se arrastran y se pegan unas con otras. A veces se confunden algunas letras—. Sé que no debo preguntar nunca… Lo siento. Eiji… Por favor…
Un suspiro cansado. Izuku no se da la vuelta para averiguar que está pasando. Katsuki lo jala para caminar un poco más rápido y el príncipe no se opone porque están presenciando una escena demasiado privada y dolorosa.
—No importa, corazón —es ya lo último que oyen, desde la voz de Eijiro—. No importa.
Parece que Katsuki no respira hasta que están más lejos. La mano en el brazo de Izuku se relaja un poco.
—Denki quiere casarse —dice, como única explicación—. Sus sueños… Eijiro lo eligió a él como el amor de toda su vida. Y…
Izuku comprende entonces el problema. Ya lo habían discutido antes. Ese «cuándo» lastimero y borracho tiene contexto ahora.
—Eijiro sólo amará a alguna persona en toda su vida —termina—. Por eso no…
Katsuki asiente.
—Ya es como si estuvieran casados, de todos modos. —Se encoge de hombros—. Y Denki sabe lo que una boda haría con el corazón de Eijiro. —Katsuki mira atentamente a Izuku un momento, en la penumbra de las antorchas, intentando descifrar su expresión. El príncipe no esconde ni la felicidad absoluta ni la tristeza lastimera—. No te preocupes. De verdad están felices por ti. Por nosotros. Sólo…
—Lo sé.
—Me alegra que hayas dicho que sí, Izuku.
Las manos de Katsuki sobre su cuerpo a veces lo ponen nervioso.
A veces no. A veces se siente libre y completo sabiendo que él elige a quién ama y a quién lo ama.
Él escoge las manos que lo tocan, las que lo desvisten, las que se entierran en su piel. Elige el cuello donde esconde su rostro, el cabello en el que entierra sus manos, la espalda a la que se aferra.
Pero otras veces no puede alejar todas las dudas, el nerviosismo, las inseguridades que corren rápido y se esconden profundo. A veces es simple sorpresa de haber acabado entre sus sábanas, con sus manos deshaciéndole el cinturón y jalándole la chaqueta y luego la camisa y después los pantalones, hasta que Izuku tiene que refugiarse debajo de una cobija para no morir de frío. A veces sus manos tiemblan al alcanzar la capa de Katsuki y jalarla para quitársela y poder refugiarse en ella. El Rey Bárbaro nunca lo deja quitarle las botas. Las avienta con los pies, con prisa de poner sus manos sobre Izuku y recorrerlo entero.
Las manos de Katsuki en sus mejillas, posándose sobre cada peca. Las manos de Katsuki en su cuello, buscando sus cosquillas. Las manos de Katsuki en su pecho, dejando tenues marcas de sus uñas. Las manos de Katsuki en sus brazos, recorriendo con suma delicadeza las cicatrices que tiene allí. Las manos de Katsuki en sus muslos, sus piernas, sus pies. Hasta que todo arde y su misma piel lo quema.
También sus labios.
Los labios de Katsuki en los suyos, besándolo como si todos los besos fueran el primero y el último de toda la vida; a Izuku nunca deja de sorprenderlo que el Rey Bárbaro parezca saber a dulce. Los labios de Katsuki en cada una de sus pecas, como si las estuviera contando y comparándolas con el cielo y las constelaciones pintadas en él. En la curva de su cuello, donde su rostro encaja tan bien y a veces quedan las marcas de sus dientes. En sus cicatrices, una por una besándolas con cuidado. Su pecho. Sus muslos. Hasta que Izuku no puede más y le suplica que nunca jamás deje de tocarlo. Que estén siempre sus manos, sus labios y su piel sobre él.
—Por favor, Kacchan…
Y entonces Katsuki alza la cabeza y busca sus ojos.
—Como desees, Alteza. —Esos son los momentos en los que Katsuki usa el honorífico que en el sur le corresponde a Izuku. Cuando lo tiene a su merced, derritiéndose por él. Cuando se le pegan las cobijas a la piel y el calor es demasiado. Cuando Izuku sólo es capaz de pensar en el Rey Bárbaro frente a él.
Cuando realmente ni siquiera son sus títulos sino simplemente Katsuki e Izuku.
Izuku entierra las uñas en la espalda de Katsuki.
Y después no entiende mucho más, todo se nubla. Pero las manos de Katsuki nunca dejan su piel e Izuku está agradecido por ello.
Despierta con las primeras luces del amanecer del invierno, enredado entre en el cuerpo de Katsuki, con las cobijas y la capa roja encima. De esa manera pueden mantener el calor. Se pega un poco más al cuerpo de Katsuki y, en el movimiento, lo despierta. Los ojos rojos se abren y lo miran.
—Te quiero, Kacchan.
Katsuki gruñe y lo rodea con los brazos, atrayéndolo hacia sí.
Entonces, por primera vez con claridad, desde la euforia y las emociones de la noche pasada, el príncipe del sur piensa por primera vez: «vamos a casarnos y seré el consorte del Rey Bárbaro». Qué irónico, por una parte. Ese papel del que deseó huir en un principio.
—Kacchan —murmura, acercando sus manos al rostro del Rey Bárbaro—. Voy a ser tu consorte. —Sonríe con dulzura y acaricia la piel de Katsuki. Junta su frente con la suya y el otro lo aprieta contra sí—. Me hace feliz, Katsuki.
No piensa en la sombra de la magia que lo persigue ni en Shigaraki ni en los problemas que aún tienen. Sigue aplazando los momentos que sabe que le darán preocupaciones para concentrarse en la felicidad que tiene en ese momento.
—Idiota —murmura Katsuki, pero revuelve el cabello de Izuku y el cariño de su voz se nota.
Tardan todavía en levantarse.
Katsuki es el primero que lo hace, buscando los pantalones y el chaleco para poder cubrirse y protegerse del frío. Se pone la capa y se protege con pieles. Después recupera, una a una, todas las prendas de Izuku regadas por el suelo y espera pacientemente hasta que Izuku sale de su letargo en las cobijas. Lo ayuda a vestirse, poco a poco e Izuku consciente aquellas atenciones que no son cosa de todos los días. Usualmente, puede vestirse solo siempre y cuando alguien le ayude a ajustarse el cinturón —y Katsuki sabe cómo hacerlo, a fuerza de observar—, pero todavía tiene el letargo que producen las emociones en exceso.
Al fin, se pone en pie cuando Katsuki, ya con una mueca impaciente, le ofrece una mano. El Rey Bárbaro le pone pieles en el cuello y los hombros, para protegerlo del frío.
—Es el primer amanecer del invierno —le dice cuando lo conduce al balcón.
Se acercan las semanas más frías del año, por lo que Izuku tiene entendido. Días en los que amanece casi al medio día y oscurece en los primeros momentos de la tarde. Días en los que el sol se asoma apenas un momento. En el sur el día del invierno dura más, pero en el invierno es corto y tan helado como la noche, porque el sol no puede derretir toda la nieve que cae.
Al asomarse al balcón, cae nieve sobre sus cabellos. Pequeños copos que aterrizan en las pieles de los hombros de Izuku y en sus manos. También aterrizan en la capa de Katsuki y en su cabello.
Todo es blanco y, a la vez, de colores.
Nunca había visto tantos tonos de blancos. Blancos fríos y blancos cálidos. Blancos que se acercan al gris sin llegar a serlo. Blancos sombríos y blancos puros. Miles y miles de blancos en la nieve que lo cubre todo.
—Es hermoso —murmura, contemplando el paisaje. Voltea a ver a Katsuki y se da cuenta de que el Rey Bárbaro no le ha quitado los ojos de encima.
—Lo es —confirma Katsuki.
Ojos verdes sobre ojos rojos.
Es verdad, comprende Izuku, es en verdad hermoso.
—Cuéntame cómo acaba la historia de Orokku y el hada —pide Katsuki—. Ha pasado demasiado desde que me la contaste por última vez. Quiero saber cómo acaba.
Izuku suspira.
—Ahora no. —Es cierto, ha pasado tiempo. Pero no es una historia para momentos de felicidad tan tranquila y apacible—. Quédate con que deseaban que su amor fuera el amor más grande un poco más. Es una historia que necesita el calor del fuego y no el frío de la nieve. —Vuelve a sonreír y repite el motivo de su alegría de nuevo, para convencerse a sí mismo—: Voy a ser tu consorte, Kacchan.
No puede borrar la sonrisa de la cara.
Piensa en todo lo que significa ser el consorte de alguien. Porque así como Izuku Midoriya, él, se convertirá en el consorte del Rey Bárbaro, Katsuki Bakugo será su consorte. Unidos por la eternidad y los dioses Sin Cara y la Madre. Bendecidos por un amor sincero y apasionado, que ha arrastrado con todo a su paso.
Izuku cierra los ojos un momento y deja que su rostro se empape con el viento del invierno.
Piensa en que decir que sí a aquella boda es el símbolo de su libertad, porque no lo está haciendo con un atizados quemándole el pecho. Quiere hacerlo.
Hisashi Midoriya está muerto y él es libre como no lo ha sido nunca. Carga sobre sus hombros la paz que él mismo eligió, pero no carga nada que le haya sido impuesto. Y piensa, que en toda su libertad, puede hacer lo que le plazca por amor.
Las historias dicen que entre los amantes uno toma el nombre del otro no como símbolo de entrega y sumisión sino como símbolo de amor y unión. Lo recalcan muchas veces. No es entrega inútil, no es sumisión de ningún tipo. Es el deseo de ser uno con el otro y mirarlo a los ojos y reconocerse en otro. Luego lo cambiaron y lo retorcieron.
—Katsuki, en el norte, los amantes toman el nombre de uno, ¿cierto? —pregunta.
—Algo así. A veces. No siempre. Mi madre escogió el de mi padre. Bakugo le resultaba sonoro, agradable. Algo, supongo. —Lo mira con curiosidad, Izuku supone que intentando adivinar qué es lo que está pasando por su cabeza—. El padre de Kyoka escogió el nombre de su madre. No es obligatorio, de todos modos. A veces no lo hacen. Es un símbolo, nada más. Sé que en el sur lo hacen también.
—Sí, pero… —E Izuku se muerde el labio—. Es diferente. Creo que nadie puede elegir. Al menos entre quienes comparten riquezas. Entre el vulgo supongo que no importa o que ellos si han podido retener los símbolos. Pero entre los más poderosos… Que otro tome tu nombre es pertenencia. Significa que eres el más poderoso. Por eso ocurre. Por eso mi madre perdió su nombre de soltera ante mi padre.
Katsuki bufa. Mira al horizonte un momento y luego sus ojos vuelven a Izuku.
—¿En qué demonios estás pensando?
—En los símbolos del amor y el romance y todas esas cosas. En las historias. En mirar a otro y reconocerlo tal y como es. —Alza una mano y acaricia levemente la mejilla de Katsuki—. Pensé también en abrazar la tradición del norte. Al fin y al cabo, mi nombre no es mi legado; siempre será parte de mí, pero puedo cambiarlo, también. —Su mano se fija en la barbilla de Katsuki, para que no desvíe la mirada y sus ojos rojos no dejen de verlo en ningún momento—. Puedo cambiarlo —repite, con la voz un poco más fuerte—, como símbolo eterno de que te amo. Como muestra de que la unión entre el norte y el sur es posible. Adoptar tus tradiciones, de la manera en la que has adoptado las mías, Katsuki.
»Después de todo, creo que Izuku Bakugo suena bien, ¿no?
El Rey Bárbaro se queda sin palabras.
No responde e Izuku no espera que lo haga.
—Piénsalo.
Más tarde, con las primeras luces de que empieza a caer el sol, Izuku arrastra a Katsuki hasta el templo de La Madre y se quita las botas en la entrada. El Rey Bárbarlo lo imita. De una esquina, toma un par de bengalas que prende con ayuda de una vela y le da una a Katsuki.
—Bengalas —dice—, en su honor, porque Nana Shimura nació en invierno. Es momento de agradecer, además. Por los milagros concedidos, por los buenos tiempos y por superar los malos.
Katsuki lo mira con curiosidad y sin decir nada.
Izuku espera hasta que la bengala se consume y después se pone de rodillas ante las velas y ante la figura de Nana.
Nota que Katsuki lo imita.
—¿Se pueden dejar ofrendas? —pregunta el Rey Bárbaro.
—Siempre —responde Izuku—. Es señal de respeto. Algo así. No es necesario para celebrar el solsticio de invierno, sin embargo.
Cierra los ojos.
«Madre de todos nosotros, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras».
La imagen de Nana Shimura, con su sonrisa y su vestido y su capa le devuelven la mirada.
«Alégrate en nuestras horas más claras», repite. «Katsuki quiere casarse conmigo y yo quiero casarme con él».
Escucha a Katsuki dejar un brazalete frente a Nana Shimura.
Luego el Rey Bárbaro voltea a verlo y con una mirada que Izuku no puede descifrar, le dice:
—Me gusta cómo suena Izuku Bakugo.
Notas de este capítulo:
1) No es un capítulo súper largo, pero es un capítulo largo en emociones. Vemos de los dos lados los deseos de la relación que tienen y me parecía importante plasmar eso.
2) La historia de Denki y Eijiro es trágica, pero no por eso triste. Son muy felices y están muy enamorados. Y quien sabe, pasarán a las leyendas como un mago enamorado para siempre de un dragón. Me gustan los dragones. Me gusta conjurarlos.
3) Usualmente con las bodas no hago que nadie se cambie el apellido, pero aquí me parecía plausible narrativamente para justificar que, la verdad, me gusta cómo suena Izuku Bakugo. Así que por eso existe. También recalco que no es símbolo de sumisión como lo ven en el sur, sino que también implica mucho amor. En ambos casos es «igualitario» entre los sexos. En el norte es indistinto si lo hacen hombres y mujeres y además no tiene que ver la superioridad de nadie. En el sur si tiene que ver la clase y el poder, pero el sur es azí, una lástima. Complejo y terrible como sociedad de clases que es.
Andrea Poulain
