Capítulo 13
Sasuke, a quien casi le faltaba el aire, no podía hablar, sólo respirar, pero reconoció de inmediato aquella voz. Lo mismo le pasaba a Naruto, quien, al ver a Iramet, murmuró jadeante:
—Tú...
La rubia se tomó a mal el gesto ofuscado del highlander y, cuando se disponía a replicar, Sasuke, que ya había cogido aire, gruñó mirando a la mujer que estaba sentada sobre él:
—¿Podrías levantarte y rajar la tela completamente para que podamos salir?
Sonriendo, ella obedeció. Pero, cuando él fue a moverse para levantarse, Sakura apoyó un pie sobre su pecho y, sintiéndose poderosa, le recriminó:
—Perdón..., me ha faltado oír una palabra.
—Niña... —protestó Shizune.
Cabreado y agobiado, Sasuke miró a la joven, que vestía como un hombre. Su primer instinto fue coger su pie y quitárselo de malos modos de encima, pero, al ver cómo la sangre resbalaba por su brazo hasta caer al suelo, supo que se merecía lo que le exigía. Por ello, espetó furioso:
—Gracias.
De inmediato, Sakura quitó el pie de su pecho y Sasuke se sentó. Rápidamente, terminó de rasgar la tela junto a Naruto y luego ambos se levantaron.
Sus gestos huraños eran tremendos, mientras observaban sus caballos e intercambiaban miradas cómplices. Por suerte, parecían estar todos los animales y el campamento seguía en pie, excepto la tienda en la que estaban ellos.
—¿Sólo eran tres? —preguntó Sasuke al ver los cuerpos de los maleantes.
—Sí —afirmó Sakura retirándose el pelo de la cara.
Sintiéndose ignorada después de lo que, en su opinión, tan valerosamente había hecho, Iramet posó sus manos en las caderas y murmuró:
—Como diría mi padre, es de bien nacido ser agradecido.
Al oír eso, los hombres la miraron. No estaban de humor, y la joven añadió:
—No sé si os habéis dado cuenta, pero si no llegamos a aparecer nosotras, esos tipos os...
No continuó. La mirada cada vez más ceñuda de aquéllos la intimidaba.
Pero Sakura, a quien esas miradas de advertencia no la impresionaban lo más mínimo, señaló mofándose:
—Cuando contemos esto...
Naruto tosió y Sasuke se movió incómodo.
No iba a ser agradable soportar las burlas de todo el que se enterara de lo ocurrido. Por lo que Sasuke, mirando a la pelirosa de ojos maravillosos, indicó:
—¿Sería mucho pedir que esto quedara entre nosotros?
—¿Por qué? —preguntó Iramet, evitando sonreír al recordar la vanidad de sus propios hermanos.
—Porque no hay necesidad de contarlo —respondió Naruto con seriedad.
La rubia miró a Sakura y ambas sonrieron, cuando aquél insistió:
—No sé dónde le veis la gracia.
Las palabras de Naruto hicieron que las mujeres, olvidando ser comedidas, soltaran una carcajada, y Shizune, al ver cómo aquéllas reían, sin medir las consecuencias, murmuró acercándose a ellas:
—¡Niñas, parad!
Pero Sakura no podía. Estaba tan acostumbrada a salvar a sus hermanos o a sus vecinos de tantas situaciones distintas que, mirando a la mujer, indicó divertida:
—Pero ¿tú los estás oyendo...?
—¡Niña, calla! —insistió la mujer bajando la voz para no ser oída por aquéllos —. Recuerda dónde estamos. Aquí las cosas son diferentes.
—Muy diferentes —afirmó Iramet divertida al recordar lo que su abuela le contaba de las temibles guerreras vikingas.
Entendiendo las palabras de Shizune, las muchachas intentaron dejar de reír, cuando Sasuke, al ver cómo la sangre seguía corriendo por el brazo de la pelirosa, advirtió:
—Estás sangrando.
Pero eso a Sakura le daba igual. En el lugar de donde ella procedía, las mujeres que querían iban a la lucha como los hombres, y, con picardía, preguntó divertida:
—¿En serio os resulta tan vergonzoso que unas mujeres os salven?
—¿En serio he de contestar a semejante tontería? —gruñó Sasuke.
—Sería interesante oír la respuesta... —se mofó Iramet envalentonada.
Cada vez más ofuscados por sus expresiones de guasa, los hombres intercambiaron una mirada.
Definitivamente, aquellas dos eran unas desvergonzadas. Y, cuando Naruto iba a contestar, Haar, el caballo de Sasuke, se acercó hasta Sakura y, con el hocico, a modo de cariño, le dio en el hombro para llamar su atención.
La joven lo acarició entonces con mimo y Sasuke se molestó. Haar nunca lo había reclamado a él así, por ello, chasqueó los dedos con fuerza para llamar su atención. Pero el animal, como era de esperar, ni siquiera lo miró.
Sakura sonrió al ver con el rabillo del ojo el gesto molesto del highlander. Los hombres, fueran de donde fuesen, eran unos orgullosos. Y, acercando su frente a la de Haar, murmuró algo muy bajito, y, cuando se retiró, el animal se acercó obedientemente a Sasuke, que preguntó mirándola:
—¿Se puede saber qué le has dicho?
Encogiéndose de hombros, Sakura tembló inconscientemente al sentir su mirada.
—Sólo que fuera a tu lado.
—¡¿Sólo?!
—Sí. Sólo —afirmó ella sin más.
Acto seguido, se volvió hacia Shizune y Iramet. Y, al ver cómo la joven se mordía el labio inferior mientras miraba a Naruto con cierta tontería, gruñó:
—Vámonos.
—¿Ahora? —protestó la rubia descolocada.
—Sí. Ahora —matizó Sakura mientras sentía cómo su corazón latía desbocado ante la presencia del hombre que, con seguridad, continuaba mirándola—. Sigamos nuestro camino.
Al ver que se disponía a echar a andar, Shizune la detuvo.
—Antes, he de curarte.
Sakura miró su brazo y maldijo. La herida abierta ocasionada por la daga continuaba sangrando, e, intentando quitarle importancia, indicó:
—Luego.
—Ahora —insistió la mujer.
Sasuke, que como todos veía la fea herida, comprendió que la mujer llevaba razón, por lo que se colocó a su lado y le indicó:
—Acompáñame. Eso necesita sutura.
—Ah, no. ¡Ni hablar! —levantó la voz Sakura mientras observaba a Naruto y a Iramet comunicarse entre tonteos.
El poco miedo que le daban las armas, la lucha y muchas otras cosas se lo provocaban, en cambio, las agujas, y Shizune, que era consciente de aquello, afirmó:
—Por Dios, señor, habéis dicho una palabra prohibida.
Sasuke no la entendió. ¿Qué había dicho?
Pero Sakura sí, y, mirando a Shizune, insistió dando un paso atrás:
—Esto sanará solo.
—No, cariño.
—No hace falta hacer lo que propone —protestó la joven temblando.
—Hace falta —afirmó Shizune con paciencia.
Sakura dio otro paso atrás, cuando Iramet, acercándose, miró la herida e indicó:
—¡Oh, por Dios! Tu madre tiene razón. Esa herida está muy abierta y hay que cerrarla o empeorará. Además, ¡te puede quedar una marca horrorosa!
—¡He dicho que no! —gruñó.
Naruto y Sasuke sonrieron. Sin duda, aquella pelirosa que no paraba de meterse en líos tenía miedo de las agujas.
—A ver, niña —insistió Shizune—. Da igual cómo te pongas, eso hay que suturarlo.
—¡Que no! —gruñó aquélla buscando una vía de escape.
Todos la miraban. Todos la observaban. Todos pensaban lo mismo. Y, cuando ya estaba dispuesta a huir, Shizune indicó:
—Señor, sujetadla o saldrá corriendo.
Los brazos de Sasuke rodearon en décimas de segundo el pequeño cuerpo de Sakura. De allí no escapaba.
La joven lo intentó. Pataleó. Gritó. Insultó. Incluso trató de morder o de darle cabezazos. Pero, cuando vio que sus esfuerzos eran inútiles, siseó:
—O me sueltas ipso facto, o te juro que...
—¿Qué me juras, pelirosa salvaje? —preguntó él divertido.
Según oyó esas últimas palabras, Sakura se paralizó. Hacía tiempo que nadie la llamaba de ese modo, y no supo qué responder.
Consciente de su desconcierto, Sasuke aprovechó y la agarró con más fuerza. Ya no se le escapaba. Y, como si llevara una pluma, caminó con ella entre sus brazos hasta una enorme piedra. Al llegar allí, le indicó a Shizune dónde podía coger lo que necesitaba para suturar la herida, y, una vez se acomodó sobre la piedra, sentó a la joven sobre él y dijo sin soltarla:
—No seas tozuda.
—¡Suéltame!
—Tu madre tiene razón. Eso hay que curarlo.
—Lo sé —afirmó todavía desconcertada por lo que había sentido al oír eso de «pelirosa salvaje».
Verla tan dócil le gustó y, dispuesto a disfrutar de aquella sensación, preguntó:
—¿Por qué siempre que nos encontramos terminas herida?
Sakura lo miró y replicó con acritud:
—No lo sé. Dímelo tú.
Sus ojos, el modo en que lo miraba y su gesto de enfado lo hicieron sonreír. Y, observando el chichón de su frente, insistió:
—¿Duele?
Sakura, consciente de a qué se refería, negó con la cabeza.
—El dolor no existe...
Sorprendido por su contundente respuesta, él musitó:
—Nunca he conocido a una mujer a la que le gusten tanto los problemas.
La joven sacudió la cabeza, miró hacia el cielo y no respondió. ¿Para qué?
Permaneció en silencio unos instantes. La luz de la luna iluminaba el rostro de la joven, y Sasuke, al ver una pronunciada marca en su mejilla, musitó:
—Veo que ya te han suturado antes.
Ella no lo miró. Aquella marca en su rostro, que le había causado Sasori, era dolorosa de recordar.
—Entre cuatro la tuvimos que sujetar, señor, ¡entre cuatro! —indicó Shizune.
Sakura resopló y Sasuke, divertido, y con el afán de distraerla, preguntó:
—¿Y puedo saber en qué lío te metiste para hacerte esa herida?
Según dijo eso, los ojos verdes y fríos de la joven impactaron en él. De nuevo, su color cambió y el highlander supo que la pregunta le resultaba incómoda. Muy incómoda. Por ello, y viendo a Naruto reír como un tonto con la joven de pelo rubio, indicó para cambiar de tema:
—Algo me dice que Naruto y tu amiga están encantados de haberse reencontrado.
La muchacha siguió la dirección de su mirada en el mismo momento en que Shizune clavaba la aguja en su piel. Sakura hincó entonces los dedos en el brazo de Sasuke con tensión, y él, con una ternura extrema, murmuró:
—Pasará rápido. Pasará...
Ella no respondió, y él, consciente de lo que podía doler aquello y necesitado de hacerle olvidar el dolor, indicó mientras la mujer trabajaba sobre el brazo de la muchacha:
—Aunque mojada y embarrada, tienes mucho mejor aspecto.
—Ir con mugre no es agradable.
—¿Puedo saber cómo te llamas?
Temblando, no sólo por el frío, la joven recostó inconscientemente la cabeza sobre el hombro del highlander. Estaba agotada, dolorida. Y, levantando la cabeza para mirarlo directamente a los ojos, respondió:
—Sakura.
El verde volvía a ser tranquilo, sosegado. Y él musitó:
—Bonito nombre.
—Gracias.
Maravillado por la sensación que le provocaba tener a aquella muchacha cobijada en sus brazos, Sasuke asintió. Tenerla tan cerca, alumbrada por la luz de la luna y con el rostro limpio, le hizo ver no sólo la preciosidad de sus ojos, sino también las ojeras que lucía. Por su expresión, estaba agotada, e intuyó que necesitaba ayuda.
Sin hablar, mientras ella cerraba los ojos, aplacada por el calor que el cuerpo de aquél desprendía, el escocés masculló sin que le hubieran preguntado:
—Mi nombre es Sasuke. Sasuke Uchiha.
La joven asintió al oírlo, y él, sorprendido porque no lo relacionara con su hermano como hacía todo el mundo cuando conocía su nombre, iba a decir algo cuando aquélla musitó:
—Encantada. —Pero, al sentir cómo el hilo corría por su carne magullada, farfulló abriendo los ojos y cambiando el tono—: Oh..., Dios..., cómo lo odio... Mamá, ¿queda mucho?
—No, cariño..., ya termino.
Sasuke sonrió al ver cómo la joven apretaba la mandíbula, y, asiéndole la barbilla con la mano para que lo mirara, preguntó:
—¿A qué se debe ese acento tan extraño que tienes al hablar?
—No sé de qué hablas —replicó apartando la mirada.
Su gesto y la tensión instantánea de su cuerpo le hicieron saber al highlander que sabía muy bien a qué se refería, e insistió:
—¿Nunca te han dicho que tienes una particular manera de arrastrar y acortar las palabras?
Negando enérgicamente con la cabeza, respondió mientras se encogía de hombros:
—No..., nunca.
—Nunca, señor, nunca —apostilló Shizune acelerando su tarea.
Sasuke asintió con cautela. ¿Qué ocultaban aquéllas?
Entonces, mirando el cabello mal cortado que llevaba la joven, preguntó sonriendo:
—¿Por qué llevas el pelo así?
Sakura pensó con rapidez y declaró mirando al frente:
—Me lo enganché con unas ramas y...
—¿Te lo enganchaste con unas ramas?
Al oír eso, Shizune levantó la cabeza y aseguró con convencimiento, finalizando la sutura con rapidez:
—Oh, sí, señor. ¡Fue terrible! Y ahora tenemos que marcharnos.
Aquellas mujeres mentían. Estaba más que claro.
Sasuke vio entonces las marcas que Shizune también tenía en las muñecas, e insistió:
—¿Dónde os apresaron los maleantes que os querían vender?
Ellas se miraron y Sakura respondió encogiendo los hombros:
—En Portree.
—Aberdeen —afirmó Shizune al mismo tiempo.
Una nueva mentira. Y Sasuke, sin poder contenerse, preguntó:
—¿Vais a decir alguna verdad en algún momento?
De inmediato, Sakura se levantó de las piernas de aquél y gruñó:
—¿Por qué crees que mentimos?
Sasuke meneó la cabeza, y, evitando mencionar que el color de sus ojos se volvía grisáceo cuando mentía, replicó:
—¿Quizá porque lo hacéis muy mal?
Sakura maldijo. Aquél tenía razón.
En ese instante se oyó ruido de pisadas que se acercaban a toda prisa.
Rápidamente, Sasuke y Sakura empuñaron sus espadas, mientras Naruto situaba a Iramet a su espalda. No veían quiénes venían, sólo oían los pasos acelerados, cuando de pronto, Sasuke, al reconocer a uno de aquellos hombres, bajó su espada y oyó:
—¡Señor! ¿Estáis bien?
Ante ellos estaba Kiba, seguido por Deidara y varios de sus guerreros. En la taberna, habían oído a un hombre relatar lo que había visto en el bosque y, sin dudarlo, supieron que tenían que acudir en su ayuda.
—Por suerte, sí —afirmó Sasuke, callándose lo que las mujeres con seguridad pensaban.
Continuaron llegando más hombres acelerados y a medio vestir. Las noticias volaban rápido.
Todos, a excepción de Deidara y Inabi, se preguntaban quiénes eran aquellas mujeres, pero nadie lo preguntó, y Naruto, al ver cómo Otto observaba con detenimiento a la joven rubia, que tras él continuaba, inquirió con gesto hosco:
—¿Se puede saber qué miras con esa cara de bobo?
Iramet, al oír eso, sonrió encantada. Sakura, en cambio, puso los ojos en blanco, para después darle a Sasuke un codazo que lo movió del sitio.
—¡Será posible lo que dice éste! —soltó—. Ni que su cara al mirar a Iramet no fuera la de un tonto también.
Al oír como aquella vagabunda de pantalones hablaba y empujaba a su jefe sin ningún respeto, los hombres lo miraron sorprendidos.
¿Desde cuándo una mujer tenía permiso para hablarle así?
Y Sasuke, consciente de lo que pensaban, la miró y protestó marcando las distancias:
—Contén tus impulsos, mujer. Y, cuando te dirijas a mí, sería de agradecer que me llamaras señor.
—¿Que te llame señor cuando te acabo de...?
—¡Mujer! —la cortó él con decisión—. Creo haberme explicado bien.
La joven resopló con incredulidad.
¿Cómo que «señor», si segundos antes se estaban tuteando?
Aquellos escoceses eran raros. Muy raros. Y, después de ver cómo Shizune sufría por lo que podía pasar, dispuesta a que la mujer se tranquilizara, dio un paso atrás y gruñó:
—Señor, disculpad mis modales y la lengua larga que tengo en ocasiones.
Sasuke la miró. Por su expresión sabía que lo decía sin sentirlo, pero no replicó. Era lo mejor.
Una vez los hombres, conformes con lo ocurrido, se alejaron, Naruto prosiguió hablando con Iramet. Al verlo, Sasuke sonrió y, volviendo su mirada hacia la descarada pelirosa, dijo bajando el tono:
—Estoy esperando que me cuentes algo que sea verdad.
Ofendida, Sakura dio un respingo.
Pero ¿aquel maldito escocés se había propuesto volverla loca?
Y, deseosa de alejarse de él, declaró con gesto altivo:
—Señor..., tenemos que marcharnos —y, volviéndose hacia su amiga, que continuaba tonteando con aquél, gritó—: Iramet. ¡Nos vamos!
Al oírla, Sasuke se guardó la espada. Pero ¿adónde pensaban marcharse? Y, agarrando con cuidado a la joven pelirosa del brazo sano, indicó:
—Creo que deberías descansar. Tu rostro dice que...
—Mi rostro..., señor —gruñó zafándose de su mano—, dice que, como no me suelte, va a tener un buen problema. Porque le aseguro que mis modales y mi larga lengua pueden empeorar, estén sus hombres delante o no.
Se miraron con intensidad... Se retaron con ferocidad...
Él no era una persona fácil, ella tampoco. Y Sasuke, atraído por aquélla como nunca antes en su vida, preguntó:
—¿Acaso tú no tienes miedo a nada?
Sakura negó con la cabeza y respondió con una sonrisa ácida:
—Prefiero que el miedo me tema a mí.
De nuevo, su ferocidad y su seguridad al decirlo encandilaron a Sasuke. Y Shizune, que conocía el temperamento de la joven, se acercó hasta ellos y,
agarrándola del brazo, afirmó tirando de ella:
—Creo que ha llegado el momento de irnos.
Sakura asintió con gesto hosco. Iramet, que estaba junto a Naruto, preguntó acercándose a ellas:
—¿Nos vamos?
—Sí.
—¿Por qué?
—¡¿Cómo que por qué?! —gruñó Sakura.
Iramet parpadeó y se quejó:
—Por el amor de Dios, estoy interesándome por ese hombre. ¡Es tan guapo! ¡Tan alto! ¡Tan caballeroso! Y...
—¡Pues muy mal!
—Sakura, ¡estoy viviendo el presente, como tú me has aconsejado!
La aludida maldijo, Iramet entendía las cosas a su manera. Pero, cuando iba a protestar, aquélla cuchicheó bajando la voz:
—Ay..., es tan gallardo ese Naruto, tan interesante, que ¡muero de amor!
—¡Quédate con él! —cortó la pelirosa.
Desconcertada, la joven de cabello rubio no supo qué decir, cuando el aludido, acercándose, musitó esperanzado:
—Podemos hacer parte del camino juntos. Iramet me ha contado que vais hacia Inverness y...
—¡No!
—¡Sakura!
—He dicho que no.
—Pero, Sakura —insistió Iramet compungida—, ¿por qué no lo piensas?
—Vaya..., ¡una verdad! Te llamas Sakura —afirmó Sasuke, inmiscuyéndose en la conversación.
Enfadada y malhumorada por el carácter cambiante de aquél, estuvieran sus hombres o no presentes, volvió a mirarlo a los ojos. Ese enorme y atractivo escocés, con su manera de observarla y de comportarse, la confundía. Y, sin querer continuar cerca de él, musitó:
—Nuestra deuda queda saldada. ¡Adiós!
—Pero Sakura... —insistió Iramet.
Sin dejarla terminar, aquélla cogió a la joven del brazo con fuerza, tiró de ella para alejarla de allí y siseó:
—Tú decides. O te quedas con ellos o vienes con nosotras.
Iramet miró a Shizune.
La mujer no se movió. Después hizo un mohín y Sakura gruñó antes de darse media vuelta para alejarse a grandes zancadas.
—Y no me llores, que ya nos conocemos.
Ese comentario hizo sonreír a Iramet.
No sabía por qué, pero le gustaba aquella rara y salvaje joven a la que ya consideraba su hermana. Era como su abuela. Por ello, y a pesar de la tristeza que le ocasionaba la separación de aquel alto y guapo highlander que le hacía brincar el corazón, lo miró e indicó:
—Ha sido un placer volver a verte, Naruto Uzumaki.
Una vez dicho eso, dio media vuelta y siguió a las otras dos. Estaba claro con quién quería continuar su camino.
Los dos highlanders, desconcertados como dos tontos, observaban a las tres mujeres alejarse, cuando Sasuke, atraído por aquélla, musitó:
—El carácter de esa fiera le traerá muchos problemas.
Naruto asintió, y, molesto por la marcha de la joven Iramet, no dijo nada, cuando su amigo, al ver su gesto, preguntó:
—¿Qué te ocurre?
El rubio escocés, cruzando sus manos ante su pecho, musitó:
—Me preocupan esas mujeres.
—¿Esas mujeres o concretamente la que te hace poner cara de tonto?
Naruto sonrió. No podía ignorar que aquella muchacha llamaba su atención. Y entonces Sasuke, mirando a dos de sus hombres, indicó:
—Ivo, síguelas con discreción.
—Puedo hacerlo yo, mi señor —se ofreció Deidara.
Sasuke lo miró. Que aquél se ofreciera para esa tarea era, como poco, inaudito. Deidara era serio, reservado, y, consciente de que Ivo era mejor en aquello, insistió:
—Deidara, a ti te prefiero con los caballos. Ivo, ve.
Una vez éste desapareció y Deidara se hubo alejado con gesto ceñudo, Sasuke indicó mientras observaba la sonrisa de Naruto:
—Ahora, recojamos. Debemos continuar nuestro camino.
