Christian lleva varios minutos observándome. A pesar que dijo que íbamos a hablar. Aún el no ha comenzado a hacerme preguntas y solo me observa detenidamente. Me siento como un insecto en el laboratorio de biología a punto de ser diseccionado.
Vuelvo a tomar otro sorbo de vino. Christian se levanta y baja la comida del fuego.
—¿Quieres cenar primero? —me pregunta con un plato en la mano para comenzar a servir la comida.
—No. —le digo rápidamente.
—¿No tienes hambre?
—Sí. Pero con el tema de conversación sé que me va a caer mal la cena. —le digo honestamente mientras él sonríe.
Deja el plato y vuelve a sentarse junto a mí.
—Bien. Conversemos entonces. ¿Qué piensas del sexo casual?
—No me gusta. —Christian me mira enarcando una ceja.
—¿Por qué?
—No lo sé. Nunca lo he intentado.
—¿Nunca te has acostado con un extraño que conociste en un bar? —inquiere alzando una ceja.
—No. —le doy otro sorbo a la copa.
—O sea, nunca has tenido sexo con un extraño.
—No. Bueno sí. —le digo mirándolo fijamente. —Tu eres el primer extraño con el que me acuesto.
—¿Soy un extraño?
—Lo eres para mí. —aún recuerdo que lo dejé darme un masaje erótico y ni siquiera sé qué edad tiene.
—Puedes preguntarme lo que sea Ana.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintinueve. —me contesta sin titubear mientras me le quedo mirando estupefacta. —¿Cuánto pensabas que tenía? —Inquiere con una sonrisa en la comisura de los labios.
—Un poco más. —admito en voz baja.
Durante mi breve investigación no se me ocurrió buscar su edad. Además, que había supuesto que con el cuerpo que tiene, tuviese más años. Me imaginé que estuviese cerca de los 35.
—Solo quería ver tu reacción Ana, tengo 35 años. —me dice mientras me mira sonriendo y esta vez lo miro fijamente mientras entrecierro los ojos.
Sí, esa edad corresponde más con su físico. Le doy un sorbo al vino. Al final creo que acerté con lo que había pensado.
—¿Qué tipo de sexo has practicado? —escupo el vino de repente.
No puedo creer que el me este preguntando esto. Por suerte no escupí sobre él, no quiero ni imaginar lo que hubiese sucedido si lo hacía. Observo a Christian. Me está mirando con una sonrisa en el rostro y una ceja enarcada. Imagino que está esperando una respuesta.
—¿A qué te refieres? —le digo mientras dejo la copa en la encimera.
No tengo idea de cual será su próxima pregunta y puede que deje caer la copa al suelo por el rumbo que está tomando esta conversación.
—Me dijiste que conocías el bondage y por lo que puedo ver no te han impresionado mucho los juguetes eróticos que hemos utilizado.
—Conozco el bondage y los juguetes, pero solo porque he leído muchas novelas.
—O sea que solo has tenido sexo normal.
—Sí.
Se me queda mirando fijamente mientras le da un lento sorbo a su vino sin apartar su mirada de mí, antes de bajar la copa y hacer su siguiente pregunta.
—¿Has practicado sexo anal?
No sé porque no predije esta pregunta. Era lógico que preguntara. No tengo idea de hasta que punto llega su perversión. Ya me ha demostrado que tiene conocimientos de juguetes y de ataduras. ¿Por qué no imaginé por donde venía la conversación desde el comienzo?
—¿Me vas a responder o necesitas pensarlo?
—No. —le contesto poniendo los ojos en blanco.
—No qué.
—No lo he practicado y no lo pienso practicar. —puedo ver como Christian me mira fijamente. Ya intuyo la pregunta que le sigue.
—¿Por qué?
—Porque es demasiado doloroso.
—¿Cómo lo sabes si nunca lo has practicado?
—Lo sé y punto.
He escuchado las historias durante toda mi vida. En la universidad, las chicas nos reuníamos a conversar y siempre terminábamos hablando de chicos y al final terminábamos hablando de sexo. Y todas comenzaban a contar sus experiencias. El sexo anal era uno de los principales temas que siempre salía a discusión.
—De acuerdo. —es lo único que me contesta. Pero en el tono en que lo dice, no me convence mucho.
—Sé que a los hombres les gusta. —le digo haciendo una pausa mientras el me mira fijamente. —Pero te lo advierto, te dejo hacerme lo que desees excepto cogerme por detrás.
—Hum, esta conversación está poniéndose interesante. ¿Me dejas hacerte lo que desee? —me pregunta alzando una ceja sugerentemente mientras pone la copa en la encimera junto a la mía.
—Mientras me provoque un orgasmo, puedes hacer conmigo lo que quieras. —no sé porque le he dicho que puede hacer conmigo lo que quiera.
Mi lengua siempre se suelta con varias copas de vino o con unos tragos. Y no es que haya bebido mucho vino.
—¿De veras? Esto promete. Vamos a cenar, prometo provocarte un orgasmo que te deje sin sentido más tarde. —me dice mientras se levanta y comienza a servir la cena.
Pensaba que iba a poder cenar en paz habiendo conversado antes. Me equivoqué. La promesa de otro orgasmo hace que todo mi cuerpo se estremezca en anticipación. Hago un esfuerzo y ceno, a duras penas. Pues sé que lo necesitaré más tarde.
—Deja los platos donde están, ven conmigo. —me dice tomando mi mano cuando hemos terminado de cenar.
Nos detenemos en medio de la sala. Me suelta.
—No te muevas. —y se dirige hacia su habitación.
Regresa unos segundos más tarde con una bolsita y una de sus vendas en la mano. Solo de ver la venda hace que mi respiración se acelere. Me toma nuevamente de la mano y me conduce hacia mi habitación. Nos detenemos al pie de la cama.
—Imagino que nunca te han vendado los ojos.
Niego con la cabeza.
—Cierra los ojos. —me pide en tono sensual y hago lo que me pide.
Primero siento como tira de la camiseta hacia arriba y me la saca. Después pasa la venda por mis ojos varias veces asegurándose que no pueda ver nada. La ata detrás de mi cabeza.
—Pon las manos hacia atrás. —me susurra en el oído mientras muerde el lóbulo de mi oreja.
En cuanto lo hago siento como con el resto de la venda ata mis manos a la espalda. ¡Mierda! Esto no me lo esperaba.
—Ya estás casi lista. —me dice mientras comienza a besar mi cuello.
Siento un dedo recorrer toda mi columna vertebral desde el cuello y hasta la base haciéndome estremecer. Lo siento deslizándose hacia mis caderas y después pasar por mi vientre. Siento su aliento cálido en mi cuello.
—Mmmm, ese olor a coco. —me dice en voz baja mientras separa sus labios de mi cuello.
Vuelvo a sentir ahora sus dedos alrededor de mis senos, deslizándose lentamente por su contorno, haciendo que yo comience a gemir de placer. Solo me está tocando. ¡Por dios! Nunca en mi vida he estado tan caliente como ahora. Siento su aliento cálido soplar sobre mis senos. Sus manos regresan a mi cintura.
—¿Cuántas bragas de encaje tienes?
—Muchas. —le respondo extasiada.
—¿Te molesta si te las rompo?
—Me gusta que me las rompas. —no puedo creer que le haya dicho eso.
—En ese caso. —siento el sonido de la tela rasgándose y rápidamente mis bragas quedan deshechas.
Estoy desnuda, ciega, maniatada y caliente a más no poder. Siento sus manos deslizarse por mis piernas y subir lentamente hasta mi sexo.
—Tan mojada. —siento su voz ronca mientras desliza levemente un dedo entre mis piernas.
Y así de rápido lo aparta y lo desliza por todo mi cuerpo. Vuelvo a sentir su aliento en mi cuello. Pone sus manos en mis hombros.
—Camina hasta que topes con la cama. —me pide mientras me guía.
Cuando mis rodillas topan con la cama me detengo.
—Inclínate hacia adelante.
Christian me ayuda. Y en unos segundos me veo con la parte superior de mi cuerpo apoyada en la cama. Giro la cabeza de lado. Siento sus manos en mis nalgas apretándolas, masajeándolas. Baja las manos nuevamente por mis piernas y esta vez las separa.
Ya tengo dificultad para respirar. Esto es demasiado. Desliza nuevamente el dedo entre mis piernas y esta vez lo mete en mi interior arrancándome un gemido de delicioso y agonizante placer.
—¿Estás excitada Ana? —¿como el puede preguntar eso en este instante.
Presiona el dedo contra la parte frontal de mi vagina y casi convulsiono.
—Necesito una respuesta.
—¡Si! —le grito sobreexcitada.
Retira el dedo lentamente. Ya no siento sus manos, no siento sus pasos, ni siquiera siento su caliente respiración en mi cuello. Agudizo mis sentidos y me parece sentir una ropa caer al suelo. Vuelvo a sentir sus manos sobre mi cuerpo y la punta de su miembro jugueteando en mi entrada. Trazando círculos, pero sin entrar. Torturándome.
—¿Esto es lo que deseas Ana? —me dice mientras entra ligeramente la punta y se vuelve a retirar.
—¡Si! —gimo audiblemente.
—¿Qué tanto lo deseas?
—¡Demasiado!
—¿Qué estás dispuesta a hacer por sentirme dentro de ti?
—¡Cualquier cosa!
Y en ese preciso instante lo siento invadiéndome completamente hasta el fondo. Grito mientras siento ahora sus manos aferrándome por la espalda y presionándome contra el colchón. Mientras lo hace, comienza a moverse lentamente en mi interior.
—¡Rápido! —le suplico.
—¿Te gusta rápido?
—¡Rápido! ¡Duro! —exclamo deseosa porque me posea completamente.
—No nena, en estos momentos no, primero quiero tenerte bien mojada.
¡Mas! ¡Por dios!
A cada movimiento suyo mis paredes lo aprisionan, y puedo sentir como todo mi interior se va humedeciendo cada vez más con sus lentos y precisos movimiento. No son movimientos para hacerme llegar al orgasmo, son mas bien para mantenerme al borde. Bien mojada y deseando que termine conmigo de una vez por todas. He estado tantas veces al borde de un orgasmo, deseándolo, anhelándolo, pero jamás tan mojada como lo estoy en estos momentos.
