Éste capítulo va dedicado a Melody, un amor de persona, mi amor personal.


— Abuela, ¿no era que no se sabía si Oikawa e Iwaizumi habían tenido hijos?

— Hoy día no se sabe, Dimmi.

— Pero Oikawa estaba embarazado, ¿no?

Ese día en particular habían decidido salir al jardín de Bianca, en la parte posterior de su hogar; siempre le habían gustado las tareas de jardinería y se jactaba de la cantidad de flores y helechos bien cuidados que tenía en su poder. Una brisa cálida hizo bailar el cabello de ambas, sentadas a la sombra. Oros y Antharel se encontraban unos poco más allá, junto a un árbol. Habían estado jugando a competir quién lo trepaba más deprisa y con mayor ingenio. Antharel era pequeño, pero ya se sabía varios trucos de magia. Podía levitar algunos metros del suelo por varios segundos con algo de esfuerzo y Oros, por su parte, era completamente elástico y apenas debía realizar uno o dos saltos para estar en la rama más alta.

— En este momento de la historia, si. Hay diferentes versiones de lo que sucedió a continuación al ascenso de poder de Oikawa. Casi todas coinciden en el final, pero ninguna en lo que sucedió en aquellos años de reinado. Ésta versión.— dijo Bianca, acariciando la tapa del grueso libro que descansaba sobre la mesita del jardín, entre tazas y porciones de torta.— es la que a mí más me gusta. Parece la más fidedigna.

— ¿Y en esa tienen hijos?

Bianca esperó unos momentos más y arqueó las cejas como única respuesta. Dimminuial sonrió feliz, dando saltitos en su asiento.

— ¡Oigan!¡Dejen de comportarse como animalitos y vamos a escuchar a la abuela!

— Animalito serás tú, que no paras de comer.— farfulló Antharel, agitado y agotado por el esfuerzo. Oros, al contrario, parecía aún lleno de energía.— Nadie dijo que ésto de la magia era fácil.

— Ya creo que no lo es, para nada. Me recuerdas a un personaje que aparecerá luego.

— ¿En la historia hay magos, abuela? Iarthro no cuenta, es un Elfo.

— Así es, pero todavía falta para que aparezcan. Ahora, coman.

— Yo voy a esperar un poco más, abuela. Si no voy a vomitar.

Antharel suspiró y se recostó en uno de los asientos mientras Dimminuial y Oros comenzaban a comer el pastel de manzana que Bianca había preparado ese día; estuvieron en silencio varios minutos, sólo interrumpidos por el canto de las aves. Finalmente, Antharel recuperó energía y tomó una porción de pastel, recostándose otra vez.

— ¿Qué sucedió con Bokuto al final?¿Se salvó?

— El siguiente capítulo es sobre lo que sucedió luego en el bosque de Aoba.

— ¿Puedes leerlo, abuela?

Los tres niños ya habían dejado de comer para esos momentos y la observaban con expectativa. Bianca ya había tomado el libro y estaba buscando en esos momentos el capítulo que habían dejado días atrás.

El bosque de Aoba no era una sola extensión vasta e interminable, sino una conjunción de montes, valles, páramos y grutas. Cada año, cada estación calurosa que se sucedía, su territorio crecía un poco más allí donde los seres humanos, duendes o enanos no habían poblado aún y momento a momento, se volvía más poblado en su interior. Se había convertido así en límite fronterizo de reinos humanos y mágicos, pero el bosque en sí podía considerarse uno sólo en su totalidad, sin distinción de distritos o regiones que no le pertenecieran.

Así, fue quizás la región que más se vio afectada por la guerra de los humanos que ya no era tan humana. Un mes después del ascenso al poder de Oikawa, las cosas parecían estar volviendo a la normalidad, al menos en apariencia. Los humanos habían vuelto a la capital y a los poblados vecinos, habían comenzado a reconstruir la ciudad y las defensas, y todo comenzaba a girar otra vez. Los mercados, los caminos, la vida cotidiana. Había un manto de confusión en los habitantes, algo así como si estuviesen aún adormilados luego de un largo y profundo sueño. Desorientados, pero tranquilos.

Con las criaturas había pasado algo similar; durante el avance de las tropas del reino de Karasuno, se había notado mucho movimiento en el interior del bosque. Criaturas que se escondían, que se iban, que llegaban. Hubo conmoción durante algunos días pero, como con todo, al no inmiscuirse realmente en los conflictos humanos, estaban volviendo también a la normalidad.

Sin embargo, algunas cosas sí habían cambiado en la parte más profunda, allí donde la luz del sol casi no llegaba a bañar la superficie del bosque.

Las inmediaciones del territorio de los Elfos se había vuelto inexpugnable, casi como si una barrera invisible, sólida e indestructible se hubiese levantado en todos sus flancos. Cualquier criatura que intentara traspasarla sin saberlo no sólo era repelida, sino que enviada a otro sector diferente de la espesura, casi siempre perdiéndose. Desde hacía un mes, nadie había visto ni tenido contacto con los Elfos, quienes se habían guarecido dentro, protegidos por su magia. Aquello había traído algunas consecuencias; el bosque seguía custodiado, protegido por la magia ancestral de aquellas criaturas. Aún así, la magia blanca que solían expeler en sus cánticos ya no estaba allí y las criaturas inferiores, así como algunos sectores de vegetación, habían comenzado a enfermar. Los árboles se percibían más grandes y amenazantes que nunca, los lagos más fríos, el viento más intenso e impiadoso. El silencio, la soledad y la oscuridad se habían vuelto casi insoportables en las zonas más internas e inhóspitas de aquel lugar, y nada ni nadie sabía realmente qué era lo que había sucedido.

¿Oikawa había atacado también a los Elfos? Aquello no era posible. No había fuerza conocida que pudiera contra ellos, y tampoco creían que hubiese sido tan tonto como para intentarlo. ¿Habrían sufrido alguna baja aquella noche de la batalla? Improbable, no solían entrometerse en conflictos ajenos.

Entonces, ¿qué era lo que sucedía con ellos?

Sigo sin poder concebirlo.

Konoha...ha pasado un mes. No es posible que tu corazón guarde tanto rencor.

¡No es rencor, es indignación! Cómo es posible que aquella criatura estúpida se haya atrevido a venir hasta aquí con esas ínfulas prepotentes a decirme a mi que...que…

Lo que le has aceptado.

La voz de Akaashi sonó débil desde la cama, más por cansancio psíquico que físico. Al oírlo, Konoha desinfló su pecho, listo para seguir soltando improperios. Sentado a su lado, hacía rato que le hacía compañía. Por suerte, siempre había temas de conversación. Algún libro que leer, algún asunto que estudiar. Sin embargo, de un mes a esa parte, Akaashi había notado el carácter combativo de Konoha acrecentarse todavía un poco más, y todo culpa de aquella criatura que había tomado el reino de los humanos.

No tenía opción, Akaashi. No iba a iniciar una guerra con él aquí.

No te juzgo, hermano. Sólo que debes dejarlo estar.

No puedo, pero ya volveré a la carga luego. ¿Cómo te sientes el día de hoy, Akaashi?

Mi cuerpo se siente ligero, al igual que mi mente. No hay dolencia, sólo pesadez.

¿Y tu corazón? Es lo que más me preocupa.

Konoha tenía una edad aproximada a la suya. Siempre había sido un Elfo decidido y estudioso, incluso en sus años más tiernos. Rápidamente, su inclinación por la medicina y las artes sanadoras se había hecho notar y más temprano que tarde, era un referente en ésas áreas para los Elfos. No había enfermedad o dolencia que a Konoha se le escapase, que no pudiese curar, y cuando ésto era imposible, lo sabía de inmediato. Su carácter fuerte, decidido y sincero no le permitían mentir ni dibujar la verdad para hacerla más soportable y eso, en ocasiones, le había costado más de un malentendido o discusión.

Que Konoha aceptaba, porque también le gustaba enfrentar a todo ser que le quisiera llevar la contraria. Eso era algo que Akaashi aún no había sabido entender del todo, pero que le divertía porque le recordaba un poco a los seres humanos, peleadores y vengativos. Por supuesto, había tenido a bien guardarse aquellas opiniones para si mismo, vaya a ser que también se molestar con él también.

Por eso, cuando luego de horas de sufrimiento agónico en una incertidumbre eterna Konoha le había informado a Akaashi que Bokuto se recuperaría satisfatoriamente, había podido respirar con alivio por primera vez en demasiado tiempo. Confiaba plenamente en su conocimiento y sus poderes, y si Konoha le había dado aquella esperanza, Akaashi iba a aferrarse a ella porque literalmente, de eso dependía su vida.

Y los días habían pasado en un letargo profundo, casi agotador. Akaashi se descubrió pasando por varios estadíos, aún postrado en la cama sin poder incorporarse; su cuerpo pesaba, sus extremidades se habían vuelto obsoletas por momentos, sobre todo sus piernas. El dolor de su pecho había cesado a los pocos días pero la sensación opresiva aún seguía allí, como si una roca enorme se hubiese instalado sobre su torso, inamovible. Su mente había tardado un poco más en alcanzar una calma transitoria, un tanto ilusoria. La angustia había cedido pero el miedo seguía allí; no había podido deshacerse del pensamiento reiterativo e intenso que estaba perdiendo a Bokuto, que lo había perdido. Ningún ser humano sería capaz de resistir semejante dolor, semejante herida y pese a que Akaashi había aceptado finalmente la muerte tiempo atrás, no estaba listo para afrontar una tan prematura en Bokuto, tan violenta y abrupta...él debía vivir, existir todo el tiempo que Akaashi pudiese prolongarle, no así, aquello era su culpa, nunca debió permitir que saliera del bosque, pero ¿iba a obligarlo a quedarse a su lado, infeliz? Si se lo hubiese rogado, quizás Bokuto habría terminado accediendo, pero ¿a qué costo? Ni siquiera él mismo podría perdonarse de privarle su libertad tan injustamente, menos cuando otros seres humanos parecían depender de él.

Pero por suerte, el destino había actuado sin que él tuviera participación. Bokuto no había estado sólo en el peor momento de su existencia, había recibido ayuda, apoyo. Sus amigos le habían salvado literalmente la vida y lo habían llevado a su territorio, a su hogar. Era todo tan irreal, tan sorprendente y maravilloso, que Akaashi estaría eternamente agradecido con ellos.

Aún así, sus heridas eran graves, muy graves. Bokuto debería haber muerto, ayuda o no de por medio. Konoha le había relatado sin escatimar en detalles lo que había encontrado en el cuerpo de Bokuto, la lesión mortal en su pecho, lo que había tenido que emplear para sellar y sanarlo. Konoha tampoco le encontraba explicación a la resistencia que un simple ser humano parecía tener, y había atribuido aquel milagro a su "fuerza de voluntad". Bokuto quería vivir, se aferraba a la vida. La idea conmovió a Akaashi al punto de sentirse pequeño, miserable, más culpable aún. Bokuto era tan frágil, pero tan fuerte al mismo tiempo...y él allí, lamentándose…

Mi corazón descansa gracias a tus palabras.

Las heridas del humano han sanado bien, su cuerpo es resistente. Sin embargo, creo que el mayor daño está en su mente. No voy a mentirte, Akaashi. Creo que el trauma de la conexión que tiene contigo fue más potente que la herida en si. Como tú, él sintió tu dolor.

Se recuperará, ¿verdad?

Claro que sí. Pero como su cuerpo, su mente es débil, él…

No es débil, Konoha. ¿Te parece poco lo que ha tenido que soportar?

Alto ahí. No es tu hijo, es tu amante.

Incluso aquello había sido demasiado hasta para Konoha. Akaashi jadeó, aún sentado en la cama; oyó a Konoha soltar un sonido estrangulado y farfullar lo que le pareció, fue un insulto. Luego de un momento de silencio un tanto incómodo, carraspeó, levantando la mirada.

Lamento si te he ofendido. No puedo acostumbrarme a esto.

No vuelvas a referirte a él en esos términos y estaremos en paz.Konoha frunció el ceño y estaba a punto de iniciar una pelea, Akaashi lo veía en sus ojos.

Realmente...quiero saber qué fue lo que le viste. Voy a esforzarme, lo prometo, aunque tengo pocas expectativas.

Con intentarlo me es más que suficiente, gracias por…

Akaashi inspiró aire bruscamente, tocándose el pecho, aquel lugar donde sentía una leve punzada, no tan fuerte como la herida inicial pero sí bastante intensa; Konoha se incorporó rápidamente, acercándose. Tomó por los hombros a Akaashi, luego por el rostro al percatarse que no lo oía ni veía.

Akaashi, ¿te sientes bien, qué sucede?

Bokuto...es...creo que ha despertado. Yo…

Konoha maldijo de nuevo y Akaashi intuyó por qué. Sin poder contenerse, las lágrimas volvían a brotar de sus ojos otra vez, incontrolables. Sentía felicidad, miedo, angustia. ¿Por qué la angustia volvía, si ya todo debería haber pasado? Debería sentirse sólo dichoso de saber que su compañero finalmente había abierto los ojos, que había vuelto a él, como Akaashi había vaticinado, esperanzado…

No voy a poder con esto. Me largo a ver si realmente despertó. Le transmitiré tus saludos, si es así.

Por favor.

Apenas oyó las palabras de Akaashi; Konoha salió disparado escaleras abajo, sus túnicas ondeando rápidamente detrás suyo. Varios Elfos intentaron frenarlo en el camino para consultarle tal o cual cosa y recibían simplemente un "luego, voy con prisa". ¿En qué momento se había vuelto tan maleducado?¿Por un humano?

No, por Akaashi. Realmente le dolía en el alma verlo así, tan frágil, tan indispuesto. Sabía perfectamente que aquel humano llamado Bokuto no tenía la culpa, él tampoco debía conocer la profundidad del lazo ni entender demasiado bien las implicancias que tenían, después de todo, ¿cómo podía echarles la culpa a ambos por enamorarse, por mucho que le costara aceptarlo?

Sus pasos fueron veloces, su mente aún más. Repasó punto por punto aquello en lo que tenía que fijarse atentamente al revisarlo, porque no dudaba de la palabra ni de la conexión de Akaashi, el humano había despertado, estaba seguro.

Bokuto.

¿Akaashi?

Ya estaban en esa.

Konoha ingresó al recinto que estaba exclusivamente destinado a sus actividades. Por lo que apenas había divisado apenas había entrado, Bokuto no sólo había despertado, sino que también había intentado incorporarse. Con poco éxito. El resultado había sido un tanto escandaloso; el humano había quedado con la mitad del cuerpo en el suelo, parte en la cama, sábanas desparramadas.

Respiró profundo mientras daba pasos suaves pero amplios dentro de aquella sala. Incluso se lo estaba confundiendo con Akaashi, cómo se atrevía...lo ayudó a incorporarse; para él resultaba un peso liviano, fácil de cargar, pero supuso que por el porte que tenía aquel sujeto debía de considerarse pesado. Lo re acomodó en la cama sin pronunciar palabra alguna, y el humano se dejó hacer.

Sin embargo, llegó un momento que ni el mismo Konoha aguantaba la tensión que había allí dentro. Aquel humano era realmente fastidioso, sus emociones filtrándose por todos lados, contaminándolo todo.

Si toco aquí, ¿eso te duele?

No.

¿Y aquí?

Tampoco...ahí si, un poco.

Bien. La herida fue profunda, humano. Es normal que aún moleste un poco.

Y otra vez el silencio. Bokuto lo observaba sentado en la cama, sus cabellos un tanto revueltos y caídos hacia los costados. Sus ojos ambarinos inspeccionaban el rostro y el cuerpo de Konoha al completo, sentado también en la cama, enfrentándolo. Sus manos estaban ocupadas dibujando hechizos frente al torso del otro, pero sus ojos podían ver el escrutinio desvergonzado al que lo estaba sometiendo. ¿Los humanos no tenían decoro alguno, acaso?

¿Qué sucede?

Eres como Akaashi. Quiero decir.el humano intentó explicarse atropelladamente, probablemente al ver la expresión para nada amistosa de su rostro.Tienes rasgos parecidos a los suyos. Y hablas raro mi idioma, como él.

Me parezco porque somos de la misma raza, humano. Mi nombre es...Konoha.

Me llamo Bokuto, no humano. ¿Akaashi se encuentra bien?

Bien, he terminado. Estás mucho mejor de lo que hubiese esperado, pronto podrás incorporarte por tus propios medios, Bokuto.

¿Podrías responderme, por favor?

Konoha iba a utilizar el título con el que lo conocían las otras especies, pero lo creyó innecesario a último momento. Aquel sujeto estaba conectado a uno de los suyos, incluso ya estaba viviendo allí. ¿Qué caso tenía? Además, le había prometido a Akaashi que haría el esfuerzo, ¿verdad? Y ni siquiera lo había oído. No le importaba su propia salud y recuperación, lo único que sus oídos querían escuchar era sobre Akaashi.

Suspiró, bajando las manos, un tanto derrotado.

Se encuentra bien, dentro de lo que cabe. Se está recuperando, como tú.

¿Él también está herido? ¿Cómo fue eso posible, si estaba aquí? Maldita sea, mis amigos, ellos me trajeron hasta aquí, ¿verdad? ¿Dónde está Kuroo? ¿Iwaizumi?

Detente. Sólo puedo responder con certeza las primeras dos. No, Akaashi no está herido, sólo sufrió las consecuencias del lazo que mantiene contigo. Y sí, fueron tus amigos quienes te trajeron aquí. Qué fue de ellos...esa respuesta ya no está a mi alcance.

¿Lazo? ¿Qué lazo?

Konoha lo observó unos segundos, estudiando la expresión confundida de su rostro. El miedo y la ansiedad se entremezclaban, su sincera preocupación a la vista. No mentía, el humano no estaba preguntando aquello en broma.

¿Akaashi nunca te explicó sobre la conexión que se genera cuando...te pones en pareja con un Elfo?.Konoha ya estaba en su límite. Para colmo que tenía que lidiar con su falta de comprensión, debía escoger las palabras correctas para que le entendiera.

No. Sabía que había algo especial, pero no pensé que yo pudiera herirlo.

Todos mis ancestros, vengan a mí y denme la paciencia que necesito en estos momentos. Akaashi no está herido, estúpido. Y no fuiste tú, fue la conexión. Pero eso yo no voy a explicártelo, que lo haga él.

¿Puedo ir a verlo? Konoha, por favor. Déjame ver a Akaashi, te lo ruego.

Desvió la mirada ante la intensidad de sus ojos, incluso tuvo que moverse sobre la cama para que las manos de Bokuto no lo alcanzaran. Por un momento, Konoha se vio abrumado por la desesperación que el humano había expresado en aquel pedido, porque no eran sólo palabras. Konoha no poseía ningún lazo con nadie y creía poder magnificar la potencia del mismo, pero no necesitaba conocerlo para poder percibir la energía emocional que emitían sus pares, las demás criaturas. La energía que emitía Bokuto era inmensa, débil y todo. Y toda la estaba volcando en Akaashi, no en sí mismo.

Ese maldito tonto estaba perdidamente enamorado del Elfo. Benditos fueran ambos por semejante dicha, pobre por él que debía soportarla aplastándolo.

Te he dicho que pronto podrás incorporarte, no que pudieras hacerlo ahora.

Puedo hacerlo.

Te he dicho que...sabes qué, haz lo que quieras.

¡Es lo que estoy haciendo!

Konoha se incorporó de la cama bufando y maldiciendo; por supuesto que Bokuto no iba a oírlo, su necesidad de ver a Akaashi era probablemente mayor que cualquier dolencia en esos momentos. Sin ayudarlo, fue testigo de como aquel humano se incorporaba de la cama con dificultad, pero lo hacía. La concentración en su rostro, sus movimientos pausados y la fuerza que implementaba para mantenerse en pie le demostraron a Konoha que iba en serio. Luego de largos minutos de sufrimiento, el Elfo se apiadó de él, permitiéndole que se apoyara en su hombro. Satisfecho con el esfuerzo que Bokuto evidenciaba, pasó una mano por su cintura, ayudándolo a desplazarse.

No te preocupes, estoy bien. Debo pesar demasiado para ti.

Para tu información, eres liviano como una pluma para mi, humano.

Está bien, Elfo forzudo.

¿Cómo me has llamado?

¿Eres amigo de Akaashi? Creo que fuiste tú quien me curó, ¿verdad? No sé cómo agradecértelo.

Más rápido de lo que Konoha había creído, lograron salir de aquel recinto y llegar escaleras arriba hacia donde residía Akaashi. El humano había gastado parte de su energía en el camino y Konoha se preguntó en ese momento, al terminar la última maldita escalera, si había sido buena idea permitir aquello. ¿Ya se había contagiado de la impulsividad de los humanos?

Sí, fui yo. Agradécemelo cuidando de Akaashi, ¿quieres? Es un buen chico.

Es el mejor.

Al fin coincidimos en algo.

Bokuto le sonrió ampliamente, la primera vez que Konoha veía la alegría en su rostro. Sorpresivamente, su semblante le produjo paz. Le devolvió el gesto de manera un poco más sosegada, comenzando a entender por qué Akaashi se había emocionado tanto cuando se habían reencontrado en el bosque, ya hacía varios años.

¿Bokuto?

Y el caos. Todo sucedió tan rápido que Konoha no pudo reaccionar a tiempo. Akaashi probablemente los había oído en todo el trayecto hacia allí, ya sabiendo que se hallaban fuera de su cuarto. Su voz, trémula y ansiosa se dejó oír a través de la puerta entreabierta y, en esa ocasión, Bokuto la reconoció al instante sin dudar. La expresión de su rostro se transformó en ansiedad pura, sus ojos abiertos a más no poder.

Y se soltó de Konoha intentando correr hacia el interior de la habitación, cayendo de bruces al suelo.

¡Pero si ves que eres una bestia! ¡Pobre de ti que te hayas abierto la herida otra vez, no tengo paciencia para estar curándote otro mes más!

¿Qué? ¿Qué has dicho?

Que no voy a curarte otra vez.

No, lo otro. ¿Cuánto estuviste curándome?

Un mes.

El silencio se hizo entre ellos; Konoha aprovechó el momento de confusión y pasó ágilmente sobre el cuerpo de Bokuto.

Quédate ahí, ya te levanto. Dame un momento.

E ingresó en la habitación de Akaashi. Éste se hallaba casi en la misma situación en la que había encontrado a Bokuto, sólo que estaba sentado en el suelo. Le vio sonreír en un gesto de disculpa, aún enredado en las sábanas.

Aquello era realmente contagioso, iba a tener que tomar precauciones.

¿Y Bokuto?

En el corredor. Akaashi, óyeme bien. Pensé que le habías explicado las implicancias del lazo.

Iba a hacerlo, cuando se quedara finalmente aquí.

Pues bien, ahora vas a tener que explicárselo porque yo no tengo paciencia para tratar con niños. Y déjale en claro que no van a resistir un segundo embate como éste. Quedas advertido.

Lo haré, hermano. Te agradezco infinitamente todo lo que haces por mi. Por nosotros.

No sé ni por qué lo…

¡¿Un mes?!

Al oír el grito, ambos desviaron la mirada hacia la puerta. Konoha ayudó a Akaashi a incorporarse, sentándolo en la cama. Su semblante había mejorado mucho incluso en aquellos minutos en los que se había marchado. Aquella conexión era fascinante, pero también aterradora.

Iba a estudiarla en profundidad, a ver qué más podía descubrir gracias a aquellos dos.

No te ofendas, Akaashi, pero…¿son todos así?

Así, ¿cómo?

Konoha abrió ampliamente los ojos al oír el tono amenazante en la voz de Akaashi. Era la primera vez desde que lo conocía, hacía demasiadas primaveras ya, que le escuchaba emplear un tono agresivo, desafiante. No pudo evitar reírse, realmente divertido por el cambio.

Bokuto despierta en ti los sentimientos más intensos, eh.

Los buenos y los malos.

No lo consientas demasiado, Akaashi. Aún está recuperándose. ¡Y tú también, maldita sea!

¡Konoha, déjame entrar! ¡Ayúdame, quieres!

¡Ya voy, mocoso! No te muevas o te mato yo mismo.

Me complace ampliamente comprobar que su relación ha comenzado de la mejor manera.

Konoha desvió bruscamente la mirada hacia Akaashi mientras éste se reía sutilmente, en la cama. Se acercó a la puerta y ayudó al otro a incorporarse; el ambiente ahora era otro, más distendido y tranquilo, los tres riendo. ¿Aquello también era cosa del lazo o ya comenzaba a delirar?

No...no te resistas, maldito…

Suéltame, déjame ir con Akaashi…

Aquí estoy, Bokuto. No me iré a ninguna parte, tranquilo.

Pero…

La escena era por demás irrisoria; Konoha había entrado de nuevo con Bokuto y éste, al ver a Akaashi sentado en la cama había querido lanzarse otra vez, pero ahora a sus brazos. Como Konoha quería evitar una segunda caída lo había retenido, pero Akaashi no estaba haciendole las cosas fáciles. Como tampoco podía incorporarse sin ayuda, el maldito había extendido los brazos hacia Bokuto, desesperándolo aún más.

Le recordaba a los padres cuando solían estimular a sus hijos a dar sus primeros pasos. La comparación, como mínimo, le causó náuseas.

Está bien, ve.

Y lo soltó. Por supuesto, volvió a caer, pero el tiempo que le tardó hacerlo fue suficiente para llegar y darse de bruces sobre las piernas de Akaashi, las cuales abrazó como si se trataran de la salvación absoluta. Akaashi se limitó a abrazar su amplia espalda, ambos hechos un ovillo grande y afectuoso.

Se sintió repentinamente sobrando allí.

Akaashi, te lo encargo. A partir de ahora, corre por tu cuenta. Cuídense. En todos los aspectos.

Konoha, hermano, cómo…

Si, ahora vete.soltó Bokuto con voz amortiguada, aún con el rostro enterrado entre las ropas de Akaashi.

Konoha no le dio tiempo a Akaashi para obligarlo a rectificar sus palabras tan osadas; el Elfo salió rápidamente, azotando la puerta en el proceso. Suspiró, volviendo a apoyar su torso en la espalda de Bokuto. De repente, sintió que el abrazo perdía fuerza; se alejó un poco, deseando preguntar si sucedía algo, pero Bokuto fue más rápido. Tomó su rostro entre sus manos y lo besó impetuosamente. Akaashi no estaba para nada acostumbrado a esas muestras de efusividad, pero no se quejó; por el contrario, profundizó el beso, abrazándolo.

Lo siento, lo siento tanto, Akaashi. Esto es mi culpa, has sufrido por mi.

No pienses eso. Tú la has pasado peor.Akaashi tocó las vendas que aún cubrían el pecho de Bokuto, conmovido.Casi...casi te pierdo. Iba a irme contigo, lo haría sin siquiera pensarlo, mer mela.

¡No! No lo hagas, ¿me oíste, Akaashi? No vayas a suicidarte porque esto no funciona así.

¿Suicidarme?

Quitarte la vida...o eso entendí. Creo.

Akaashi y Bokuto se miraron, algo confundidos.

No voy a quitarme la vida por mi propia cuenta si es a eso a lo que te refieres. Si tu mueres, yo lo haré también. Es...literal, Bokuto.

Este pareció intentar asimilarlo. Akaashi veía en su ceño fruncido la fuerza, mental y física, que estaba haciendo para comprender lo que acababa de decirle. No iba a negarlo, lo ponía un poco nervioso porque Konoha tenía razón; debería habérselo explicado, Bokuto no tenía idea alguna acerca del lazo emocional que generaban los Elfos con un ser amado elegido, quizás si lo hubiese hecho, habría podido retenerlo...ahora que ya conocía el miedo, el pavor a perderlo, no quería experimentar aquello otra vez nunca más.

Esto tiene que ver con el lazo del que me habló Konoha, ¿verdad?

No sé qué hablaste con Konoha, pero sí, es por eso.

Rómpelo.

¿Qué?

Que rompas el lazo. No quiero que por mi culpa, por mis impulsividades, tú mueras. De ninguna manera, Akaashi.

Akaashi inspiró lento, profundo. Acarició los cabellos desordenados de Bokuto, cerrando los ojos e intentando hallar la calma que necesitaba. Bokuto no le estaba pidiendo que rompieran su relación, sino el lazo. ¿Qué iba a saber él que eso era ya absolutamente imposible? Debía de haber sabido que aquel sería el primer pedido que haría cuando conociera la magnitud de su unión. Aún así, intensa y mortal, Akaashi abrazaba su conexión con Bokuto como la fortuna más grande y valiosa que había conocido en su existencia.

Aunque hubiese existido manera de acabar con ella, tampoco lo habría hecho. Ya había hecho su elección, sólo quedaba que Bokuto la aceptara y la internalizara.

La conexión que ahora nos une no puede romperse, Bokuto. Es como dejar de respirar. Ya es parte de nosotros, de ti, de mi.

Pero...Akaashi, ¿tú no eres eterno?

El Elfo vio la angustia, la comprensión en el semblante del humano que aún lo observaba desde abajo, sus brazos y barbilla descansando sobre su regazo. Finalmente, Bokuto había hecho la conexión de ideas. Había entendido que cuando su vida culminara, la de Akaashi también se marchitaría. El Elfo se limitó a repasar su cabello con sus dedos largos, relajándose en la acción.

Ya no, Bokuto.los ojos ambarinos brillaron, las lágrimas acumulándose. Akaashi acarició su rostro, sonriéndole.Es mi elección, y sólo mía. Estoy en paz, más que nunca en toda mi existencia. Es la decisión más segura que he tomado en mi vida, Bokuto.

Esto no era así, yo...yo debía hacerte feliz, no hacerte morir.

Bokuto, mírame.tomó su rostro entre sus manos, obligándolo.Soy feliz. Mi existencia tiene sentido desde que tú estás en ella. No vale la pena caminar durante siglos si no se tiene un propósito, y tú llegaste en el momento ideal. Tú me has enseñado que una estancia corta en este mundo, vivida intensamente, es mucho más gratificante que milenios de soledad e indiferencia.

Está bien, voy a creerte, pero...no llores al decirme eso, Akaashi.

Estoy llorando porque tú lo estás haciendo. Además, estoy emocionado. Deja que alguna vez me exprese como tú lo haces.

Te amo, realmente lo hago, Akaashi. No sé si el lazo funciona al revés, pero puedo asegurarte que si te pasara algo...yo no podría seguir viviendo, simplemente no podría hacerlo.

Sí podrías, y lo harías por mí. Si algo llegara a sucederme, tienes que vivir para recordar el tiempo que estuvimos juntos. No deberías sufrir porque terminó, sino que debes ser feliz porque sucedió, Bokuto.

No va a sucederte nada, no lo permitiré. Y yo tampoco voy a volver a actuar así, te hice daño sin saberlo. Ahora ya lo sé.

Quizás un poco agotado por las emociones, Bokuto finalmente cedió y terminó recargando del todo su peso sobre sus piernas. Akaashi se limitó a acariciar su espalda durante largos minutos, hasta que una melodía llegó a su mente de repente; la tarareó en un principio para luego cantarla en voz alta.

Esa canción es la que cantabas cuando te oí la primera vez, en aquel lago.

¿En serio? Habla de los Elendir.

¿Quiénes son?

Seres humanos virtuosos capaces de burlar el destino durante un lapso determinado de tiempo. No son eternos, como tú lo llamas, pero poseen vidas prolongadas.

¿Puedo ser uno? Para ti, para que podamos vivir un poco más.la voz de Bokuto era tranquila, aletargada. Akaashi tardó en contestar, perdido en sus pensamientos.

Son una raza, deberías haber nacido así. Aún así, no te desanimes. Haré todo lo que esté en mi alcance para alargar tu existencia tanto como pueda.

No dudo de ti un sólo segundo, Akaashi.

Con una condición, claro.

Bokuto captó el cambio en su voz y con esfuerzo cambió de posición; sólo volteó la cabeza para observarlo a los ojos. La caricia se detuvo y el semblante de Akaashi se volvió serio, concentrado.

Cualquier cosa, con tal de estar contigo.

No volverás a la ciudad, ni al mundo de los humanos. Te quedarás con nosotros.

Akaashi vio la expresión un tanto sorprendida en el rostro de Bokuto. Expectante, aguardaba una respuesta negativa, porque en sí, Bokuto era un alma libre. Lo amaba por eso y no había intención alguna en su condición de privarle de su libertad. Sólo quería que adquiriera control de sus decisiones, de sus impulsos. Necesitaba que aprendiera a manejar su ansiedad, a pensar un poco más con la cabeza fría. Y para eso, no había mejor lugar que el mundo de los Elfos.

Ya luego, una vez que pudiera lograrlo y Akaashi supiera que podía confiar en decisiones premeditadas, podría volar a cualquier parte que él deseara.

Pensé que iba a ser algo más difícil de decidir, Akaashi. Claro, lo que digas.

No quiero que lo tomes como una imposición, yo…

No, no lo hago. Quiero estar aquí, contigo. Ya aprendí la lección, Akaashi.

Y recostó la cabeza otra vez, dejando a Akaashi sorprendido, un tanto desprevenido. El Elfo sonrió y volvió a tararear la melodía, acariciando su espalda. Bokuto, después de todo, nunca dejaba de sorprenderlo.

Ah, Akaashi.

Dime.

¿Cuándo podremos casarnos?.la pregunta descolocó a Akaashi. ¿Acaso el lazo no era suficiente?

Cuando quieras, Bokuto. Sólo que debes pedirle permiso a Konoha. Él es el oficial de esas ceremonias.

¡No es verdad, dime que no! ¡Va a expulsarme de aquí antes de dejarme hacerlo!

Akaashi rió ante la ocurrencia. En realidad, aquella había sido una pequeña mentira. Cualquier Elfo podría servir de testigo para una ceremonia terrenal, por lo que no era necesario incluir a Konoha en la cuestión. Aunque tampoco creía que el Elfo se negara, llegados al caso.

Tendrás que hacer buena letra para que acepte, entonces.