DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN

Agradecimientos:

lectorfenix2019: gracias por tu review. Pues no, no será la única aparición de ese Po aquí. De hecho, el fic se llama Equilibrio porque él tiene mucha pata metida en este xD Jajajaja, pobre Gao, ¿tú crees? Pero por otro lado el personaje está pasando desapercibido en lo que quiero que sea, nadie sospecha nada de la volada de cabeza que estoy construyendo con cuenta gotas xD Nice. Y con respecto a los pesos pesados... Oh, Fénix, Fénix, ya verás que tener poder op no garantiza nada (?. Gracias por leer.

joseph albert: gracias por tu review. Tranqui, mani manito, no es obligatorio que comenten, aunque me inspira a seguir, y siempre se agradece saber que les , qué te digo, este es uno de mis fandoms favoritos y quiero que siga vivo, aunque pase ignorado; y siendo sincero, es más probable de que llegue KFP4 antes de Paws S3, la serie cayó en un limbo xD . Gracias por leer.

Gracias por leer.


10

Tortuga Negra

Bao intentó ponerse de pie en aquella opresiva oscuridad purpúrea. ¿Cuántas veces iban ya? Había perdido la cuenta, aunque se obligaba a levantarse. Tenía que hacerlo, sin importar que cayera mil veces. Dado el caso, se levantaría mil y un veces. Inspiró con fuerza y se puso de pie tambaleándose. «Este dolor no es real, sabes que no lo es —pensó—; no sé qué soy en este momento, pero sabes que este no es tu cuerpo real».

Relajó los músculos de... Un momento. «¿Las almas tienen músculos?». Una risa genuina brotó de sus labios, para después ponerse en posición de ataque. Concentró su Chi y de esa opresiva realidad, una espada apareció en su pata. Una buena espada de doble filo, junto con un escudo en su otra pata.

Alzó la mirada hacia la enorme bestia que se alzaba ante él, con tonos morados y negros suaves. Tortuga Negra, que arremetía contra aquella oscuridad por su propia cuenta. Cada golpe que la Constelación daba a las paredes de energía causaba un destello de luz que cegaba por instantes.

No le llevó mucho deducir que aquella oscuridad era su mente, quizá. Y Tortuga Negra quería salir, poseerlo. Cuadró la mandíbula y apretó la espada y escudo con fuerza. Habían muchas grietas, demasiadas, muchos agujeros y rupturas. «¿Cuánto falta para que ella salga? —pensó—. ¿Minutos, segundos?».

—Bah —suspiró Bao—, si voy a morir de todas formas, al menos puedo hacerlo a mi manera: siendo un rompe pelotas como los dioses mandan.

Gritó al cargar contra la inmensa Constelación, tan alta como el Palacio de Jade.


Po se irguió con el traje de Guerrero Dragón aleteando por un viento sin procedencia. La energía latía dentro suyo, Seiryu resonaba con su alma, con ansias de detener a esa loba para poder progresar. La conversación con Tigre Blanco le encauzó los pensamientos y comprendió, por fin, cómo aprovechar de verdad el poder de su Bestia Sagrada. Sólo tenía que encontrar el equilibrio entre ambos: Po quería proteger, Seiryu buscaba el progreso, el crecimiento. Pues, que así sea, él protegería el Valle para hacerlo crecer cuando hubiera tranquilidad.

Tigresa dio un paso adelante, transformando el suelo, creando un camino de pura obsidiana allí por donde pasaba. Caminó con gracia, hermosa como era ella, aunque con un aspecto de una diosa que venía a impartir muerte. Se concentró en su oreja izquierda, sí, no había nada de atractivo en una oreja izquierda, porque en ese momento a Po estaba yéndosele la mente pensando en lo sexy que se veía ella en lugar de la gravedad del asunto por el que pasaban.

«Un ataque enemigo —se centró—. Una saltadora completa. Bao siendo poseído. Prioridades, Po».

—¿Quién eres? —preguntó Tigresa, con un tono contenido.

La loba, vieja hasta decir basta, con grietas en la comisura de los labios y la punta de los ojos como el papiro, los observó con interés y molestia. Verdadero desdén; le recordó a Po como Tai-Lung le miró cuando atacó el Palacio hace tanto. Vestía sedas delicadas y para su sorpresa, una piel de tigre sobre los hombros que caía hasta la cintura por detrás, a modo de chaleco o capa. «Quizá por eso la ira de Ti», pensó.

—Ustedes saben quién soy —dijo, con una voz que difería de su edad, pues sonaba aterciopelada—. O mejor dicho, de dónde vengo.

Tigresa estiró un brazo a un lado y la tierra se licuó, ondulándose como el agua y fue hasta su pata, formando una lanza de diamante, desde la base a la punta. Tai-Lung soltó una risa y creó una kusarigama de Chi, roja como la sangre, que tenía llamas vivas en su interior, mientras que Po invocó su bastón de jade con el filo divino. Era frío al tacto.

No hubo palabras o gestos; sólo ataques.

La loba ni siquiera movió un músculo para que un enorme portal, del tamaño del mismo Valle, apareciera en el cielo. Oscureció el sol por un momento, en el que centenas de rocas encendidas descendieron como una lluvia de granizo sobre el pueblo. Tigresa alzó la vista al cielo, y brillo con fuerza, tanta que Po tuvo que apartar la mirada porque se le aguaron los ojos.

Ella golpeó el suelo con la base de la lanza que replicaba su brillo y un sonido armónico le hizo vibrar los huesos. Arriba, todas las piedras explotaron en trozos más pequeños y a su vez, esas en trozos más pequeños, así sucesivamente que cuando los alcanzaron, apenas percibió los diminutos granos contra su pelaje. Inofensivos.

Tai-Lung saltó hacia la loba, kusarigama en pata y atacó en una brutal secuencia de combos, que la animal se limitaba a evadir abriendo y cerrando portales por los cuales escapar. A leguas se notaba que no estaba peleando en serio.

Po, en cambio, salió corriendo hacia donde estaba Bao, rugiendo y revolviéndose en el suelo, como convulsionando, mientras su cuerpo emitía Chi a intervalos, como una luciérnaga. No se acercó mucho, pero envió gran cantidad de energía al suelo haciendo crecer raíces y gruesos nudos de madera, para inmovilizarlos. Se envolvieron en los brazos y piernas de Bao, aunque los rompió con rapidez.

Fijó sus dos pozos morados que tenía por ojos en Po. Éste concentró una buena masa de Chi, manifestando parte del avatar de dragón que realizó hacía tiempo contra Kai en el Reino Espiritual, apareciendo las zarpas sobre sus brazos y el tórax sobre su pecho.

«Pues bien —pensó—, a hacer tiempo para Ti y Tai».


Tigresa atacó junto con Tai-Lung en una dupla veloz. Ella daba estocadas con la lanza mientras él usaba la hoz de la kusarigsma y la cadena para intentar atrapar a la loba, pero era demasiado difícil acorralarla. Los altos maestros saltadores completos, es decir, que podían acercarse demasiado al poder total de la Inmortal Dimensión, resultaban los más molestos para capturar.

Cuando un corte parecía iba a conectar, ella abría un portal pequeño más ancho que alto, justo para que la hoja de la hoz de Tai-Lung pasase por allí, cortando algo en otro sitio, aunque no a la loba. Con Tigresa era más fácil, pues en el sitio donde iba a parar la estocada aparecía un portal que absorbía la lanza. Era obvio que la intención de la loba era desarmarlos, no obstante, ambos reaccionaban rápido y evitaban que sus armas fuesen engullidas.

Y además era ágil como un felino. La loba giró sobre sí misma para evitar una estocada en lugar de usar un portal, aunque detrás de ella, a pocos pasos, se abrió uno que se mantenía suspendido en el aire; como succionando la luz. La loba frenó los giros al lado del pequeño portal, metió la pata y sacó de allí una cimitarra de un metal morado-plateado; percibía a leguas el acero, ¿pero qué era lo otro?.

—Tai —murmuró Tigresa—, ojo avizor con esa espada. No percibo ese metal. No puedo controlarlo.

Él gruñó un asentimiento, descartó la kusarigama y manifestó una espada de Chi, el doble de grande que la de Fan Tong, y casi del mismo largo que el leopardo de las nieves: se la afincó al hombro. Tigresa se recubrió de una fina capa de arenisca que se mantendría a unos centímetros de su piel, alertándola de un posible golpe de Tai-Lung por la inercia del ataque, y así ella podría evitarlo.

Atacaron. La loba esta vez fue mucho más agresiva que antes, evitando usar portales lo más posible y atacando con fiereza. Esquivó un mandoble de Tai-Lung agachándose, y dio un tajo por las piernas hacia ambos, que esquivaron saltando. Tigresa giró el cuerpo para dar un mandoble con la lanza, pero la loba lo paró interponiendo la espada, al tiempo en que le daba una patada a las costillas a Tai-Lung, tan fuerte que lo envió a rodar.

Tigresa cayó de pie al suelo. Rodó por el suelo para esquivar un tajo a su garganta y arrojó la lanza a modo de jabalina contra la loba. Ella lo esquivó, ladeándose y el arma se fue a estrellar en el suelo; Tai-Lung se recuperó y se impulsó hacia la loba, blandiendo la espada con ambas patas, generando una onda de fuego por el mandoble.

Tigresa quiso ayudarle: estiró la pata a un lado para formar otra lanza, sin embargo, algo tiró de ella hacia el suelo. Se golpeó la cabeza con las piedras del suelo y observó con sorpresa un brazo de leopardo, musculado, que salía de la sombra producida de una pared semiderrumbada. Un simple brazo sin cuerpo.

Le pateó varias veces y cuando se soltó, se puso en guardia, formando una vara triple de mármol con una cadena de bronce, para más flexibilidad. Con cautela, miró cómo un leopardo de las nieves, joven, como de la misma edad de Qiang, salía de las sombras; llevaba unos pantalones rasgados negros y el pecho descubierdo, dejando ver la gran cicatriz que le iba hasta el rostro. El ojo que no era blanco lechoso, la enfocó.

Su sonrisa era desquiciada.

—Hola, Vinculadora. —El animal atacó apenas terminó la frase.

Sus golpes eran rápidos y fuertes, demasiado rápidos, en realidad. Tigresa apenas se podía defender de los puñetazos con la vara triple, gracias a sus años de entrenamiento y reflejos de lucha naturales y aprendidos. No obstante, la fugaz pelea se decantó a favor de leopardo de las nieves cuando éste se recubrió la pata de un Chi negro brea y con un golpe, fracturó la vara triple, degradando la piedra y desmenuzándola. Ella lo sintió: de alguna forma ese animal tenía habilidades similares a las de Qiang.

Eso, y el estilo de pelea callejero del animal.

Una patada a la mandíbula la tomó por sorpresa, aturdiéndola, y una giratoria al pecho la envió para atrás; consiguió no caer por mera suerte. El leopardo se recubrió de ese Chi negro ambas patas y atacó.

«Voy a morir», pensó, sin sorprenderse, más bien resentida consigo misma por no hacer más.

Una figura se destacó frente a ella, una mancha oscura que se apoyaba en otra. Ambas temblando, ambas sangrando. Tigresa veía de hito en hito a su hijo sosteniendo con cada pata las dos del leopardo, siendo ayudado a estar en pie por el lobo negro al que le había perdonado la vida. Shin casi parecía que iba a desplomarse por el peso de Qiang, que sostenía por la cintura a su hijo, pese a tener un enorme tajo en la espalda.

—Hola —jadeó Qiang, emanando Chi negro; la sombra de Tigresa bajo ella, de donde habían salido Qiang y Shin, se expandió más, envolviéndolos a los cuatro—, pedazo de mierda.

El leopardo sonrió.

—Muerte silenciosa, ¿eh?

—Muerte violenta, ¿eh? —dijo Qiang. Shin murmuró algo que Tigresa no entendió—. Retame, mal nacido. Toca a mamá y mataré como maté a muchos de los tuyos.

El leopardo rió con sendas carcajadas. Dio un salto atrás y se dejó caer de espaldas ante un portal que se abrió justo en la caída. Momentos más tarde, Qiang y Shin cayeron desmayados en el suelo. Tigresa exclamó nerviosa mientras revisaba a su hijo, buscando el pendiente limitante; al hallarlo, se lo colocó. Tenía tres, los dos que ella le hizo y el que le dio Lei-Lei. Al tocar ese último, una sensación de tranquilidad la embargó momentáneamente.

—Debo hallar a Jing —murmuró, irguiéndose, preocupada por su hijo y el lobo. Tai-Lung peleaba contra la loba, ambos entrechocando espadas, mientras Po hacía lo imposible para contener a Bao, quien ya le había herido.

Un sonido de ruptura capturó su atención por encima suyo. El cielo explotó en un portal, como su fuera vidrio, del que salió el leopardo de las nieves, cabeza abajo, con una extraña ballesta en pata.

Ella hizo amague de atacarlo antes de que tocara suelo.

El animal disparó.


Po hincó una rodilla en el suelo, agotado, su traje de Chi empezaba a titilar, amenazando con irse. Su poder estaba en caída, había gastado demasiado Chi y su cuerpo no podía soportarlo tanto. Bao, ya con un caparazón sólido en la espalda, los ojos y el rostro cuadrado, el cuello alargado y las zarpas pequeñas de panda convertidas en las largas de las tortugas, lo tacleó. El golpe tenía tanto Chi concentrado que lo envió lejos y Po en un intento de frenar el impacto, se recubrió de raíces y madera.

Chocó con Tai-Lung, quien perdió el equilibrio y fue apaleado por la loba saltadora. Ambos animales rodaron por el suelo. Po perdió el traje y Tai-Lung quedó inconsciente porque su cabeza rebotó contra el suelo.

Po intentó ponerse de pie, pero su cuerpo temblaba dolorido.

—Ahora no, por favor —susurró—. Agótate después, no ahora. —Volvió a caer al suelo. Sus piernas no respondían.

Tigresa salió rodando poco después, gimiendo con una flecha morada clavada en el hombro. Su cuerpo tampoco la obedecía, aunque eso no debía suceder, Ti podía soportar los efectos del uso excesivo del Chi, su tolerancia al dolor era el triple que la de todos.

Hacia ella, con paso relajado, un leopardo de las nieves se acercaba. Se detuvo al lado de la loba.

—Hey —dijo—, las flechas son una maravilla. No pensé que servirían contra la Vinculadora.

—Por supuesto que servirían —cortó la loba—, Khang y yo las ideamos, Yuo.

—No me hables como si fueras mi madre, Fuzu —escupió él, tendiendo la pata esperando algo—. Si la maté a ella, puedo matarte a ti también.

La loba no se dignó en responderle, aunque abrió un portal pequeñito y sacó una flecha de jade, larga y con la punta en forma de cincel. Las reconocía como las de los mongoles del norte, hechas para atravesar por completo y no para que se quedaran en la carne. Se la entregó al leopardo y éste la cargó en la pequeña ballesta que llevaba.

«No, no es una ballesta —se asustó, con el cuerpo quemándole por una vieja herida—. Se parece a los cañones de Shen, pero en miniatura». Tenía la forma de cañón, aunque se le cargaban flechas que se tensaban con un miniarco y se accionaba con una especie de gatillo.

Apuntó con ella a Tigresa, quien a duras penas se logró levantar.

—Primero la más molesta —dijo el leopardo.

Disparó.


Bao no podía levantarse.

Tortuga Negra había ganado.

Sentía cómo poco a poco su alma se disolvía.

Sonrió. ¿No se suponía que debía luchar para no morir, que debía aferrarse a la vida? Lo cierto era que aquella tranquilidad era... embriagadora. Podría descansar por fin.

Su cuerpo latió con fuerza, sacudiéndolos, y en las negras paredes de aquella espesura se destacó una imagen.

Gritó cuando una energía casi le desgarró el alma. Dorada, entrando a raudales por las fracturas de su mente. Le quemó como si hubiera metido el cuerpo en una hoguera y bramó.

Tortuga Negra, al fondo, gimió.

Gimió como un cachorro al que regañan por una travesura.

Con una fuerza desconocida, ladeó el rostro y observó las paredes dibujándose como un retrato. El maestro Po, la maestra Tigresa y el maestro Tai-Lung estaban heridos, apenas podían mantenerse de pie. Su maestra se tambaleaba erguida, los hombros caídos y con una extraña flecha de un metal morado clavada en el pecho, bajo la clavícula. Estaba en pose de pelea, aunque no emanaba Chi; un soplo podría derribarla.

Su alma latió con tanto Chi que se le escapaba por los dedos cuando los alzó. Se estaban volviendo dorados.

Entonces una presión en su cabeza le hizo gritar.

Cumple tu deber, Tortuga Negra, dijo una voz. Enojada, preocupada.

La Constelación soltó su control, reacia. Bao lo sintió, anonadado.

Protege a Tigresa, Bao, dijo la voz, con paciencia. No puedes permitir que muera. Incluso a expensas de ti mismo.

El lugar donde estaba se desdibujó como una pintura cuando se le arroja agua; chorreándose de su conciencia. Cayó de rodillas en un suelo empedrado, el suelo del Valle, y con la mente embotada, sintió que Tortuga Negra movía su cuerpo.

Escuchó, y peor aún, sintió, sus huesos romperse como astillas por la velocidad que tenía.

Se interpuso entre la maestra Tigresa y un leopardo de las nieves cuando éste disparaba una ballesta.


Tigresa no sabía qué demonios le hizo esa flecha morada. No podía emanar Chi, el dolor se triplicaba y sentía algo sondeándola, interponiéndose entre su canalización de Chi. Alzó las patas, aunque apenas tuviera fuerza para seguir en pie.

—No te daré el gusto —susurró para sí—. Si me vas a matar, moriré de pie.

A pocos metros de ella, el leopardo disparó. La flecha vino con un suspiro, atravesando el aire. Y por segunda vez Tigresa fue protegida por alguien preciado para ella.

Bao a medio transformar se interpuso en la trayectoria de la flecha, con los brazos estirados a cada lado. La flecha le atravesó limpiamente el pecho y salió por su espalda, justo por donde estaba el corazón, y repicó en el suelo, desprovista de fuerza.

Ella gritó el nombre de su alumno, quien con un fogonazo de Chi, perdió aquella forma rara. Su rostro se volvió redondo, el caparazón desapareció, los brazos y garras se acortaron. Volvía a ser un panda. Sólo que... su pelaje era gris; sus ojos, pelaje, piel, todo era gris. El cuerpo cayó al suelo, junto a la flecha de jade, que brillaba con una especie de latido encerrado. Corrió hacia él, pero ella se fue al suelo, sin remedio; la flecha se le clavó más en el pecho por el impacto.

—¡Bao!


No hubo dolor por la muerte. La flecha le atravesó y sintió arrancarle algo, algo importante, aunque su alma parecía estar intacta.

Cayó de rodillas al suelo, en un suelo de cristales de obsidiana, con un sol blanco, cielo negro y nubes que discurrían hacia la estrella. La mente la tenía embotada.

Entonces frente a él, formándose a través de niebla dorada que descendía del cielo, surgía del suelo, aparecía en el aire, apareció Po. Parpadeó, confundido. Un Po con un rostro amable, bonachón, aunque atemporal; con un traje similar al de maestro del Chi, aunque en lugar de blanco y negro era dorado, con mangas anchas que caían hasta el suelo. Y en esas mangas se veían dos escenas distintas: en la derecha había calma, orden, mientras en la manga izquierda caos.

—Es hora de descansar, Bao —dijo Po.

Bao parpadeó. Quiso decir algo, mas su boca no le respondió. Por alguna razón estaba imaginando a Po como un dios.

Bao suspiró, con un enorme sosiego por todo su ser y se disolvió, su alma dirigiéndose hacia un punto en la eternidad, muy lejos y a la vez cerca de ese cielo negro. Un punto con un cielo color ópalo.


Tigresa se arrastraba con los brazos por el suelo hacia el cuerpo de Bao. Los ojos humedecidos por lágrimas de ira y de dolor. «No otra vez, no otra vez. ¿Cuántos animales voy a perder? Shifu, Grulla, Víbora, Mono, Mantis, Bao. ¿Cuántos más?». Se arrancó la flecha morada del pecho de un tirón, gruñendo del dolor, volviendo a sentir las piernas por completo, logrando ponerse en cuatro patas.

Su Chi empezó a volver, su cuerpo a temblar de la energía. Aunque el control era escueto, pues apenas generaba Chi, éste se perdía en el suelo. Tigresa apretó las patas en puños, quería tener poder, más fuerza, y se obligó a extraer todo el Chi posible. Su cuerpo le dolía hasta la tortura, pero no era suficiente. Más. Más. Un tirón de dolor en el pecho que se le extendió por todo el cuerpo la hizo gemir; percibía algo más en el fondo de su alma. Un poder basto y potencialmente infinito. Eso era lo que quería. Escuchó un ritmo que la sacudió entera, un pulso que… ¿venía del Chi?

Se forzó más en ello, estaba cada vez más cerca.

Entonces la voz llegó.

No, Ti, dijo en su cabeza; armónica, suave y con cariño. Este poder no es para ti.

Y de un segundo al otro, todo el Chi la abandonó, dejándola en el suelo tendida como un odre de agua vacío. Respirar era difícil y su visión se volvía borrosa.

—Bueno —dijo el leopardo, tomando una flecha de la loba y cargándola en la pequeña ballesta—, uno menos.

Ajustó la cuerda y le apuntó a Tai-Lung, que empezaba a salir de la inconsciencia, a pocos metros de ellos. La loba se acercó a Tigresa y alzó la cimitarra con unos ojos helados.

—No es personal, Vinculadora, debes...

Un trueno sacudió el Valle. Un destello de energía morada tan grande que el cielo se tiñó de ese color por un segundo, y la loba como el leopardo de las nieves gruñeron llevándose una pata a la cabeza.

Acto seguido, un trueno de menor potencia resonó, azul como el océano, descendió y golpeó tierra justo frente a Tigresa. Al mismo tiempo, un portal se abría entre Po y Tai-Lung y el leopardo enemigo, del que emergieron Xiao y Fan Tong, ambos con heridas y visiblemente agotados.

Del trueno que cayó frente a Tigresa un hacha giratoria salió despedida hacia la loba, que la rechazó con la espada, mientras poco después un rayo de Chi le impactó en todo el pecho y la envió a rodar. Cuando la luminiscencia del rayo pasó, Tigresa distinguió a tres osas listas para luchar.

Jiziang apretaba el hacha que le quedaba con fiereza, Jing manifestaba un avatar de Tigre Blanco, con sólo sendas zarpas sobre sus brazos, y Nu Hai, apenas recuperada, la rodeaba una carga eléctrica a causa de su Chi. Arcos voltaicos emanaban de su pelaje. Lo que le sorprendió, sin embargo, fue que sus garras eran largas y el pelaje hasta el antebrazo en lugar de negro era azul cobalto.

Con el leopardo de las nieves, Fan Tong blandió la espada con una estocada, apuñalando al animal en el hombro, haciéndole soltar la ballesta e incendiándole el pelaje. El panda, como Nu Hai, tenía el pelaje de los brazos hasta los codos de un rojo fuego, en las zonas donde se marcaban los huesos, pequeñas, apretadas y finas plumas habían nacido. De igual forma, Jing estaba cambiada, pues su pelaje negro empezaba a blanquearse.

Estaban a nada de ser poseídos.

«Pero... pero no lo parece —se sorprendió—; es como si hubieran hallado un equilibrio».

—¡Largo —rabió Nu Hai—, o los mataremos muy despacio para que sufran como se debe!

El leopardo de las nieves miró inquisitivo a la loba y ésta soltó una risilla, mientras abría un portal detrás de ella.

—Nos vamos porque nos llaman, Constelación —dijo la loba, dando un paso atrás, metiendo la pierna por el portal—. Si no, los mataríamos y yo vestiría con sus pieles. —Nu Hai alzó una pata señalándola con un dedo, en éste, los rayos empezaban a condensarse como una esfera—. Nuestra general nos requiere, pero tengan algo seguro, aldeanos. —Respiró varias veces como recuperando el aire—. Nadie escapa de Khang. Y cuando ella llegue, nosotros nos cobraremos esta deuda.

Saltó atrás y fue engullida por el portal, mientras que el leopardo de las nieves, como si nada, luego de una amenaza a Fan Tong y Xiao, se sumergió en su propia sombra.

Poco después, Tigresa, por fin, cayó inconsciente.


Nu Hai respiró con fuerza para sobreponerse al dolor mientras veía al leopardo de las nieves y la loba atravesar el portal y desaparecer. Temblaba por dentro del enojo, la adrenalina y el dolor combinados. Suspiró, despacio, sin acostumbrarse del todo a la presión en la cabeza de la consciencia de Dragón Azul forzando la posesión, pero… había hecho un trato. Uno que le dejaba diez años de vida, le gustase o no.

Bajó la pata y apretó los puños, dejando que la consciencia de Dragón Azul, apenas un poco, la dominase. Dejó de ver a sus amigos, maestro y amada como eso, para ella ahora sólo eran números, rangos.

—Fan Tong y Jiziang —dijo, con la voz hueca, vacía—, ayuden al maestro Po y al maestro Tai-Lung, Xiao llévalos con un portal al Palacio. Jing, ayuda al maestro Qiang y al lobo negro. Yo… —Sus ojos se posaron en un cuerpo de un panda en el suelo, desprovisto de color.

El control en su mente flaqueó.

Dragón Azul se retiró y la dejó en aquel océano de… insensibilidad. Se supo caminando hacia el cuerpo de su hermano en el suelo y cuando llegó con él, miraba sin ver. Por su mente pasaban las peleas sin sentido que tuvo, peleas de hermanos, que siempre terminaba con uno de los dos llevándole comida al otro. Las veces que le aconsejó sobre sus romances. Las veces que…

Se arrodilló en el suelo, moviéndose mecánicamente con los ojos secos. No podía llorar. No iba a llorar. Aunque sí temblaba, quizá no tenía lágrimas tangibles, pero sentía como si alguien la abría en canal y con ganchos oxidados le arrancaba de la carne el dolor que debía sentir por la muerte de su hermano.

Le cruzó los brazos en el pecho, ocultando el agujero que los había matado. Por alguna razón, no sangraba, pese a tener el corazón perforado. Claro, eso y que era gris.

«¿Por qué perdió el color? ¿Qué le hicieron? ¿Qué pasó con el poder de…?».

Su pregunta quedó en el aire cuando percibió un pequeño resplandor debajo del cuerpo de Bao. Ladeó a su hermano un poco y tomó una flecha de jade con la punta como un aquellos taladros circulares, como un cincel. Flecha de las tribus del norte, hechas para perforar, no quedarse en la piel.

Inspiró con fuerza para centrar sus pensamientos y buscó la mente de Dragón Azul, pero éste le rehuyó y Nu Hai sólo pudo sentir un potente miedo y aberración.

Con curiosidad, trató de insuflar Chi en la flecha que brillaba de un tono opaco. Un morado tirando a gris. Y ahogó una exclamación.

«¿Este es el Chi de Tortuga Negra? —pensó. No podía sentir como tal el tirón de la consciencia de la Constelación, pero sí que lo reconocía—. Dioses, con razón Dragón Azul está asustado».

Se puso de pie y le hizo el saludo de los maestros a su hermano caído. Acto seguido, dio media vuelta hacia sus amigos ayudando a los maestros, quienes estaban en el suelo, casi como un mensaje.

«Nadie escapa de Khang», había dicho la leona.

«Pero ahora tengo una ventaja», pensó, apretando con fuerza la flecha de jade. Quizá podría usarla como beneficio.