Como parece que está dando problemas, publico por segunda vez el capítulo 10. A ver si con esta va la vencida.
Capítulo 10
Al final Miroku y Sango no se marcharon. Ambos estaban aterrorizados y deseosos de salir de aquella casa, pero decidieron quedarse a su lado. No sabía si por dinero, por compromiso o por moral; lo importante era que no estaría solo tras la gran discusión con Kagome. Llevaban una semana completa sin hablarse. Cada vez que intentaba acercarse a ella, lo repelía con una fría y distante mirada. Evitaba encontrarse con él por los pasillos, evadía sus preguntas. No la culpaba. Aquello era lo que él mismo se había labrado con toda aquella maraña de mentiras.
Su amor no era imposible, cada vez estaba más convencido de ello. Eso sí, era complicado. Entre ellos había una gran brecha desde el principio que aún no habían conseguido saltar para poder encontrarse realmente. Su negocio fraudulento era esa brecha y su mentira, la cual no desmintió cuando tuvo ocasión de confesar, la había agrandado. Luego, estaba el asunto del fantasma. Desde que descubrieron que el fantasma era real, tuvieron claro que ese trabajo no iba a ser coser y cantar. Ellos no eran especialistas en esa materia, solo estafadores. ¿Cómo iban a ahuyentar a un fantasma? No hacían más que buscar bibliografía al respecto, pero todo les parecía patrañas.
Si pudiera volver atrás en el tiempo, llevaría el asunto de una forma muy diferente. Para empezar, le habría confesado la verdad sobre su negocio y lo habría hecho casi al principio. Asimismo, se habría tomado mucho más en serio el asunto de la casa, en lugar de concentrarse en la idea de que un acosador se ocultaba allí. Tampoco habría tardado tanto en entrar en el sótano sin importar las quejas de Kaede. Ella quería limpiar la casa de fantasmas, ¿no? Pues esa era la forma.
No sabía con total seguridad si todo ese embrollo se habría resuelto mejor de haberlo hecho así, mas era lo único que se le ocurría. Como no tenía nada para avanzar, no hacía más que reflexionar sobre lo ya sucedido. No podía concentrarse en nada que no fuera Kagome, su relación y su precaria situación. Su vida estaba en peligro. Fuera lo que fuese aquella cosa, estaba claro que había confundido a Kagome con su antepasada, con Kikio Higurashi. Si las películas de terror se parecían remotamente a la realidad, no podrían convencerlo de lo contrario fácilmente. Solo malgastarían energía. Lo mejor era que directamente se deshicieran del espectro. Pero… ¿cómo?
Tenía tanas preguntas y tan pocas respuestas… Miroku y Sango habían puesto en marcha toda una serie de "conjuros" y llenaron la casa de "sellos", sin éxito alguno. La luz se seguía cortando cuando le venía en gana, se escuchaba el sonido del martillazo sin que nadie lo produjera, se abrían cajones y puertas, había fuertes vendavales, etc. Lo del goteo no había forma de saberlo. Kagome ya no subía a su dormitorio y ni siquiera le hablaba para contestarle a esa pregunta. Estaba tan preocupado por ella y por su seguridad que apenas lograba conciliar el sueño.
― Veo que te gusta bastante la biblioteca.
Apartó la vista del ventanal al escuchar a la anciana Kaede y se volvió. Ese día había estado más tiempo del habitual en la biblioteca. Al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer que comparecerse. Ni lograba que Kagome le hablara, ni sabía cómo deshacerse de una vez por todas de aquel molesto fantasma. Debía admitir que tenía la vana esperanza de que algún día Kagome regresara a la biblioteca. Ni siquiera sabía a qué hora iba por allí, pues nunca coincidían. Sí sabía que seguía acudiendo porque había controlado el marcapáginas de su libro actual. Ella continuaba leyendo en algún momento. ¿Y si lo hacía por la noche para no escuchar el goteo? La sola idea de imaginarla allí sola en la oscuridad lo enfermó.
― Tiene una biblioteca maravillosa, Kaede.
― El mérito no es mío. ― suspiró avanzando con la silla ― Todos los Higurashi han contribuido. Esta siempre fue una familia de eruditos.
Se levantó de su asiento y corrió a socorrer a la anciana. Esta se lo agradeció con una sonrisa y la llevó a su lugar habitual. El mayordomo trajo té para los dos. ¿Aquel era un encuentro intencionado?
― Siéntate, por favor.
¡Dios, sí que lo era! Tomó asiento en el sofá de cuero en el que se sentó el primer día y tragó hondo. ¿Qué querría Kaede? Si los echaba de su casa en ese momento, no podrían protegerlas. ¡Kagome estaba en peligro!
― Kaede…
Se calló cuando la anciana le hizo un gesto para que se mantuviera en silencio. Myoga aún servía el té, y podía escucharles. Asintió para hacerle saber que había entendido el mensaje y esperó pacientemente. El mayordomo le sonrió con su blanca dentadura como un hombre triunfante que sabía que estaban a punto de echar a los estafadores de la casa. Si no fuera tan anciano, le habría atizado. En su lugar, decidió contener su mal humor y tomó su taza de té. La puerta se cerró tras Myoga mientras daba el primer trago.
Kaede también tomaba su té y no parecía tener ninguna prisa por hablar. Pensó en continuar, pero le dio la impresión de que nada de lo que pudiera decir la convencería de que aún los necesitaban. Debió adivinar que aquel día llegaría. ¿Llamaría a la policía? ¿Los metería en la cárcel? ¿Qué pensaría Kagome sobre eso? ¿Sería idea suya? ¿Lo sabía? No podía creer que Kagome lo metiera entre rejas por despecho…
― He notado que ya no duermes con mi nieta…
El té se le atragantó al escucharla. ¿Kaede lo sabía?
― Kaede…
― Soy anciana, pero no tonta. ― se rio ―Noté desde el principio que había química entre vosotros. Tendría que estar ciega para no verlo. La verdad es que no sabía si llegaría a suceder nada… Kagome es tan orgullosa y estaba tan convencida de que erais unos estafadores…
Esa palabra lo golpeó en el pecho con fuerza.
― Me disteis toda una sorpresa. Decidí dejar que lo ocultarais porque aún sois jóvenes y más tímidos de lo que yo creía. ― le explicó ― Sin embargo, hace una semana que Kagome viene a mi dormitorio por la noche en vez de ir al tuyo.
Así que Kagome estaba durmiendo con su abuela. Eso lo tranquilizaba en parte. El fantasma no parecía interesado en la anciana.
― ¿Qué os ha pasado? ¿Puedo ayudar en algo?
― Me temo que no, Kaede.
La anciana agachó la cabeza en una clara señal de agotamiento y bebió otro sorbo de su té. No podía contárselo a Kaede. ¿Y si le daba un infarto? No había verdad que pudiera contarle sin que se viera demasiado afectada. Kagome no le perdonaría si por su confesión su abuela fallecía.
― Veo que tus amigos están más activos que nunca. ¿Habéis descubierto algo?
¿Qué podía decirle que no sonara demasiado fuerte? Nada en realidad. Lo que estaba sucediendo en esa casa era demasiado fuerte. Mejor esquivar los hechos y detenerse en los remedios.
― Después de estas semanas, observando la situación, hemos decidido poner en marcha algunos métodos para espantar al espíritu.
La anciana asintió con la cabeza, satisfecha con su respuesta.
― No creo que resulte muy complicado…
¡Mentira! Todo mentira. ¿Acaso no había nada de cierto en su maldita existencia? Ya no podía mentir como lo hacía antes. Aquella era la única situación laboral verdaderamente complicada que se le había presentado en toda su vida, y no era capaz de admitirlo frente a la anciana para no matarla de un ataque al corazón. ¿Qué estaba haciendo con su vida? Por primera vez en mucho tiempo, deseó volver a tener a su madre junto a él. Su consejo y su ánimo valían oro.
Apartó la vista hacia el ventanal y palideció ante lo que vio. Kagome estaba en el jardín. Acababa de salir del laberinto tras la casa con absoluta normalidad, cargando una regadera. ¿Desde cuándo Kagome recorría el laberinto? ¿Y por qué iba sola? ¿Acaso se había vuelto loca? Un espectro peligroso que estaba deseando ponerle las manos encima la perseguía mientras que ella se servía en bandeja de plata. ¡Iba a matarla! Y él que pensaba que era una chica inteligente. Pues se acabó lo que se daba… ¡Iba a escucharlo!
― Discúlpeme Kaede, tengo algo que hacer.
― ¿Vas a buscar a Kagome? ― ella también la había visto ― No te preocupes por ella. Conoce ese laberinto como la palma de su mano. Desde que era un bebé su padre la llevó al centro. Allí, se encuentra su jardín secreto. ― le contó ― Lo plantaron entre su padre y ella. Me llevaron una vez… era una maravilla…. — evocó — Lamentablemente, yo sola no sé llegar. Kagome es la única que conoce el camino sin necesidad de usar un mapa.
Lo que le indicaba que nunca entraba acompañada. Se disculpó con la anciana Kaede y salió de la biblioteca. Interceptaría a Kagome en el vestíbulo y le diría unas cuantas cosas sobre su irresponsable actitud. Ya iba siendo hora de que se sentaran a hablar sobre sus problemas como dos personas adultas. Para su desgracia, Miroku y Sango estaban allí, arrodillados frente a la escalera, esparciendo lo que a él le parecieron sales de baño.
― ¿Se puede saber qué hacéis?
Necesitaba meterles prisa, no quería que Kagome los viera enfrascados en esa tarea tan absurda.
― Dicen que la sal espanta a los espíritus.
― ¿Eso no era para las brujas? ― los contradijo.
― En internet pone que también sirve para los espíritus. ― dijo Sango muy orgullosa de su investigación ― Estamos esparciéndola por toda la casa. La hemos escogido de baño porque huele bien y así nadie se quejará.
Decidió callarse su opinión en ese respecto.
― Además, se me ha ocurrido otra gran idea leyendo sobre espiritismo.
― Sorpréndeme.
Cuanto más buscaba sobre el tema, más lo asustaba Sango.
― Todos tenemos claro que el fantasma cree que Kagome es Kikio, ¿no? ― asintieron con la cabeza en respuesta ― Y el fantasma busca a Kikio por alguna razón, ¿no? ― algo lógico ― ¿Por qué no usamos una ouija para contactar con Kikio? ― propuso.
Eso le dio muy mala espina. Ahora que sabía que los fantasmas existían, no estaba del todo seguro de que las leyendas urbanas sobre la ouija fueran en realidad leyendas. ¿Y si lo hacían y se volvía contra ellos?
― Quizás Kikio nos pueda ayudar. ― continuó ― Ella sabrá quién es y por qué está tan enfadado con ella.
No necesitaba que Kikio se lo dijera. Él ya sabía muy bien de quien se trataba. Lo tuvo muy claro desde que Kagome leyó aquel reportaje de las páginas de sociedad. Se trataba de Naraku Tatewaki, su pareja asesina, quien se suicidó junto a ella. Había vuelto en busca de su amante, y se había equivocado de mujer.
Kagome escogió ese momento para entrar en la mansión. Al verlos, abandonó inmediatamente su actitud tranquila y despreocupada. Su mirada adquirió ese cariz desafiante que tanto la caracterizada cuando se conocieron. Frunció el ceño, apretó tanto los dientes que hasta pudo escuchar la fricción entre ellos y sus manos se convirtieron en dos puños, listos para golpearlo si daba un paso en falso. Lo que Kagome no sabía era que ese día él no estaba de humor para soportar más desaires. Ya iba siendo hora de que se comportaran como adultos y volvieran a unirse para afrontar el problema. Su vida sentimental podían dejarla aparcada unos días mientras se les bajaban los humos a los dos.
― Kagome, tenemos que hablar.
No le escuchó o, tal vez, le escuchó demasiado bien. Apartó la mirada y, con la cabeza bien alta, se dispuso a subir las escaleras. Ese día, sin embargo, no dejaría que pasara frente a él tan fácilmente, regodeándose como un pavo real. Para demostrárselo, asió su muñeca y tiró de ella para acercarla a él.
― Tenemos que hablar. ― repitió.
― Todos los días la misma canción. ― lo encaró.
Al menos le hablaba. Eso era un buen primer paso.
― ¿Qué hacías en ese laberinto tú sola? ¿Acaso no tienes un poco de cabeza? ― la sermoneó ― ¿Y si te atacan ahí adentro y no se entera nadie hasta que alguien te eche en falta? O, peor aún, ¿y si oímos tus gritos y somos incapaces de encontrar el camino para llegar hasta ti?
Por un momento, tuvo la sensación de que Kagome se ablandaba por sus palabras, reflexionando sobre la verdad que había en ellas. Fue una falsa ilusión… En seguida volvió a la carga.
― ¡Haré lo que me dé la gana! ― gritó ― Llevo yendo a ese laberinto toda la vida y nunca me ha sucedido nada. No pienso cambiar mis costumbres porque…
― ¿Prefieres morirte con la cabeza bien alta a los veinte años que hacerlo a los ochenta con toda una vida a tus espaldas?
Las palabras empezaron a sobrar a partir de ese instante. Aquello se convirtió en una lucha de miradas. Kagome seguía igual de obstinada, pero ya no parecía tan orgullosa, ni tan desafiante como unos segundos antes. Él estaba enfadado y no se esforzaba por ocultarlo, pero también estaba muy preocupado por ella, por su vida. Los sentimientos de ambos, su pelea, estaban entre los dos en esos instantes como una gran muralla que se alzaba a varios metros de altura. ¿Cómo derrumbarla?
― Kagome, vamos a utilizar la ouija esta noche para averiguar quién es ese fantasma. Se lo preguntaremos a Kikio. ¿Te apuntas?
Sango consiguió derrumbar esa muralla con una bomba nuclear. ¡Maldición! Estuvo tan cerca... Kagome acababa de recuperar su coraza con esas palabras.
― No intentéis embaucarme más. ― les advirtió sin apartar la mirada de él ― Ya no creo nada de lo que digáis.
El puñal se le clavó en el pecho, justo sobre el corazón. Jamás recuperaría la confianza de Kagome. No importaba cuanto hiciera, cuanto luchara por ella o cuanto se esforzara por disculparse. Había perdido algo muy valioso. Ese descubrimiento le afectó lo suficiente como para que no opusiera resistencia cuando Kagome se desasió de su agarre. La joven heredera le lanzó una última mirada cargada de odio y subió las escaleras.
― Por cierto, ― dijo a mitad de camino sobre ellos ― no necesitas ninguna ouija. El fantasma es Naraku Tatewaki.
Entonces, los dos habían llegado a la misma conclusión.
Estaba furiosa con Inuyasha. La había engañado, había permitido que creyera que era honrado desde el principio. ¡La traicionó! Ella le pidió disculpas, muy avergonzada por haberlo tratado mal cuando se conocieron, y él se calló la verdad. Si en ese momento le hubiera confesado lo de su fraudulento negocio, nada de eso habría pasado. Habrían hablado como dos personas civilizadas y lo habrían solucionado todo. No había nada que valorara más que una persona sincera que afrontaba sus problemas. Inuyasha, en su lugar, huyó de ellos como un cobarde. Permitió que ella se disculpara sabiendo que estaba equivocada al hacerlo. ¡Le abrió su corazón y recibió una puñalada a cambio!
Se había sentido tan feliz cuando él admitió que también la amaba. Pensó que aquello no era más que el principio de toda una vida juntos. Por un momento, incluso imaginó el sonido de las campanas de boda, el llanto de un bebé. ¡Qué equivocada estaba! Inuyasha no la amaba. Si en verdad la amara, no habría mentido. Solo fueron palabras vacías las que él pronunció. Nada que tuviera un verdadero significado…
En la última semana, desde que escuchó esa conversación que se suponía que no debía escuchar, los había estado observando de cerca. Le sorprendió que no se marcharan. Al fin y al cabo, ese era su plan. No sabía si por orgullo o por un mínimo de decencia, pero Inuyasha se plantó en el sitio y dejó bien claro que no se marcharía. No sin deshacerse del fantasma al menos. Sus amigos se terminaron quedando con él. Desde ese día, hacían cosas muy raras por toda la casa. Ya no tenía fuerzas para intentar descubrirlos ante su abuela. Lo único que quería era que terminaran cuanto antes y se marcharan para no tener que volver a ver a Inuyasha. Temía que, si seguía insistiéndole, terminara cediendo.
No se sentía segura en la casa. Tal vez hubiera una forma de dejar de ver a Inuyasha y salvaguardar su vida del fantasma. Podía marcharse lejos... En las cuentas de la familia había dinero de sobra para que vivieran otras veinte generaciones con toda clase de lujos. Compraría una casa en algún lugar lejos de allí y se olvidaría de todo. Desgraciadamente, su plan tenía tres fallos. El primero era su abuela. No podía marcharse y dejarla allí. Transportarla podría ser peligroso y sospechaba que no querría marcharse de la casa. El segundo era el fantasma. ¿Y si la seguía? ¿Quién no le decía que volvería a aparecerse una y otra vez allí donde ella fuera? El tercero era Inuyasha. Tenía toda la pinta de ser capaz de seguirla. No sabía por qué se empeñaba tanto en perturbarla cuando la había decepcionado tan profundamente.
Giró el pomo de la puerta de su dormitorio y lanzó una mirada cautelosa a su interior. Todo parecía estar en orden. Odiaba estar sola en su dormitorio desde que se empezó a escuchar aquel infernal goteo que le robaba el sueño. Inuyasha había sido su salvavidas por las noches. Ahora lo era su abuela. No le dio explicaciones de por qué quería dormir con ella y ella tampoco se las pidió, afortunadamente.
Cerró la puerta a su lado y se dirigió hacia la cama. Allí había dejado ropa de recambio tras haber regado su jardín secreto. Se quitó el peto vaquero que solía utilizar para cuidar las plantas y, luego, se sacó la camiseta por la cabeza. Cogió la falda de tubo y se quejó cuando notó que le costaba un poco subírsela. Había engordado. Normal. Desde que se llevó aquel chasco con Inuyasha, había comido helado y chocolate sin control. Tendría que ponerse a dieta unas semanas para bajar esa inesperada subida de peso. Subió la cremallera y se la ajustó. Después, cogió un top de doble capa azul marino que iba a estrenar. Entonces, se sintió observada.
Un escalofrío recorrió su cuerpo desde la punta de los pies hasta la cabeza. De repente, el ambiente de la habitación se volvió frío, casi helado y salió vapor de entre sus labios. Había algo o alguien a su espalda, estaba completamente segura. Algo que no le quitaba el ojo de encima, que le hizo sentirse como en aquella ocasión en la gala. Se sintió exactamente igual cuando aquella sombra se le echó encima e intentó tomarla por la fuerza. ¿Era el fantasma? ¿Podía materializarse? ¿Podía tocarla? Sintió pánico ante la sola idea de que aquello fuera posible.
Tembló y, aferrándose con fuerza al top que tenía entre sus manos, se volvió. Unos ojos violetas que ya conocía la contemplaban desde el interior del vestidor. Solo se veían los ojos, el resto estaba inmerso en la más absoluta oscuridad. Su primer impulso fue el de gritar y correr, más la voz se le quedó atascada en mitad de la garganta y sus piernas no respondieron a la orden de su cerebro. Solo consiguió dar un precario paso hacia atrás. Aquellos ojos no se apartaban de ella, ni siquiera pestañeaban. Desearía no haber estado sola en ese momento. ¿Por qué era tan testaruda? A lo mejor no estaría allí si se hubiera dignado a escuchar a Inuyasha.
― Kikio…
― Y‐Yo no soy Ki‐Kikio… ― balbuceó en respuesta.
― Kikio… ― repitió la voz fantasmal.
Nada, no había forma de convencerlo de que ella no era Kikio. Nunca le había molestado tanto como en ese momento que la confundieran con Kikio. ¡No se parecían tanto! Solo tenían rasgos familiares similares, nada más.
― Déjame por favor… ― suplicó.
Aquellos ojos penetrantes no mostraron ni el menor ápice de compasión por ella. Estaban decididos. ¿Aquel era el fin? O quizás lo habría sido si la puerta de su dormitorio no se hubiera abierto. Inuyasha entró como un toro encabritado.
― Kagome, escúchame. ― empezó Inuyasha ― No creas que estamos… ― se calló abruptamente ― ¡Qué frío hace aquí!
Aún sorprendida por su interrupción volvió la cabeza de nuevo hacia su vestidor. Ya no estaban aquellos malvados ojos observándola. Solo veía su ropa colgada a través de la apertura. Caminó hacia el vestidor ignorando a Inuyasha y abrió las puertas correderas de par en par. Todo estaba tal y como ella lo dejó, no había nadie, pero estaba segura de lo que había visto. Inuyasha acababa de salvarla sin darse cuenta.
Tembló con la camiseta aún abrazada contra su pecho y casi brincó al escuchar aquel familiar goteo. Inuyasha fue directamente al cuarto de baño, tal y como hacía siempre. Aún no aceptaba que no encontraría el origen.
― ¿Estás bien, Kagome? ― le preguntó desde el cuarto de baño.
No, no lo estaba. De hecho, estaba tan mal que decidió cometer una locura empujada por la desesperación. Se puso el top y, mientras se lo estaba colocando, entró en el cuarto de baño, donde Inuyasha comprobaba la ducha.
― Quiero participar en la ouija.
Inuyasha, por supuesto, se opuso. Dijo que no harían tal cosa, que él no estaba en absoluto de acuerdo con la idea de Sango. A ella le dio igual. Dijo que lo haría y nadie la convencería de lo contrario. Estaba harta de vivir con miedo en su propia casa. Si las historias sobre la ouija eran ciertas, podían obtener algo de información privilegiada para espantar al fantasma. No perdían nada por intentarlo. Eso sí, su abuela no debía enterarse de lo que estaban haciendo. No quería que sufriera un ataque al corazón.
Prepararon el escenario para la noche. Sango se mostró muy contenta de que ella apoyara su idea y se dedicó a hacerles burla a Inuyasha y a Miroku por haberla rechazado. Como ninguno de los dos quería hacerlo, les amenazaron. O se callaban y empezaban a ayudar o se largaban y lo hacían las dos solas. Los dos se negaron a dejarlas solas con la ouija, así que se callaron. Consiguieron un tablero precioso en una tienda de antigüedades, por el cual no pudo menos que preguntarse cómo algo tan bonito podía servir a semejante propósito.
Esperaron a que Kaede se hubiera acostado para empezar. Atrancaron las puertas de la biblioteca y cubrieron los ventanales con las largas cortinas aterciopeladas. Utilizaron varias velas como única iluminación. Sango dejó un cuaderno de notas y un bolígrafo sobre la mesa para ir tomando nota. Cada uno se puso en un lado del tablero cuadrado y colocaron el dedo índice sobre el marcador. Sango, al percatarse de que no podría tomar nota con la izquierda, cambió su índice derecho por el izquierdo en el último segundo antes de empezar la llamada.
― Espero que a nadie se le ocurra hacerse el gracioso. ― advirtió antes de empezar.
Tal vez unos estafadores se lo tomaran a broma, pero ella no. Se jugaba demasiado con esa ouija. Fue Sango quien invocó al espíritu con unas palabras que encontraron en internet. Fue lo que más convincente les pareció. En vista de que no sucedía nada, añadió que entre los presentes se encontraba su propia sangre. Entonces, una fuerte corriente de aire los rodeó y se apagaron la mayor parte de las velas. Solo quedó iluminación suficiente para verse entre ellos. De repente, empezó a hacer frío.
― ¿Eres Kikio Higurashi? ― preguntó Sango.
Dieron un brinco cuando el marcador de madera maravillosamente tallado se arrastró hacia la palabra "sí".
― Kikio, en esta casa hay otro espíritu, ¿sabes quién es? ― el marcador volvió de nuevo hacia la afirmación ― ¿Quién?
― Na… ra… ― fueron leyendo cada sílaba al unísono ― ku… ta…te… wa… ki…
― Naraku Tatewaki… ― dijo al fin Sango ― ¡Vaya, teníais razón!
Parecía lo más obvio. Decidió que era su turno de hacer preguntas.
― Kikio, soy Kagome Higurashi, descendiente de tu hermano.
En el tablero volvió a moverse el marcador sobre las letras. El resultado final fue "lo sé".
― Naraku está aquí, cree que tú y yo somos la misma persona. Me persigue. ― le explicó ― ¿Qué quiere de mí?
El espíritu de Kikio tardó en contestar. Pensaron que se había marchado o que no contestaría cuando el marcador volvió a moverse. Casi gritó al ver el resultado de la unión de aquellas letras: "Quiere venganza por el pasado. No se detendrá hasta que seas suya y, entonces, te matará".
Por debajo de la mesa, sintió la mano de Inuyasha sobre su regazo, dándole apoyo. Él no permitiría que la mataran, ¿verdad?
― ¿Por qué quiere matarme? ― no hubo respuesta ― ¿Kikio? ― decidió cambiar de pregunta ― ¿Mataste a tu padre?
El marcado se dirigió hacia la palabra "no". Después, se deslizó de nuevo hacia las letras y formó una frase: "Jamás lo habría hecho. Yo le quería muchísimo". Entonces, Kikio no tomó parte en la masacre. No se despertó una mañana, perdió la cabeza, y persiguió a su padre y a sus empleados con un cuchillo. Sintió cierto alivio al saberlo al fin. No estaba loca, no había una enfermedad mental en la familia, por lo que ella tampoco tendría por qué perder el juicio.
― ¿Eras la amante de Naraku Tatewaki? ― preguntó Inuyasha.
El espíritu de la difunta Kikio se enfadó ante esa pregunta. Movió violentamente el marcador hacia la negación y los castigó con un fuerte vendaval que solo los dejó con dos velas encendidas. Miroku sacó un mechero con su mano libre y encendió las velas de alrededor para poder ver en condiciones el tablero.
― ¿Tú escribiste aquel cruel artículo titulado El conde idiota? ― preguntó Kagome al saber que no eran amante.
El marcador volvió hacia la negación.
― ¿Sabes quién fue?
Una vez más, el marcador volvió hacia la negación. Estaban de nuevo igual que al principio. No sabían por dónde buscar. Suspiró con fastidio y pensó un poco en ello. Kikio acababa de cambiar por completo la historia que a ella le transmitieron, tendría que mirarla desde otro punto de vista.
― ¿Era verdad lo que decía el artículo? ― preguntó entonces Inuyasha.
El marcado se volvió hacia la afirmación.
― Aparte de Naraku y de ti, ¿alguien más sabía lo que sucedía entre vosotros?
Muy buena pregunta. A ella no se le habría ocurrido en el estado de bloqueo mental en el que se encontraba. El marcador los llevó hasta el número dos. Inuyasha le pidió después los nombres y se fue moviendo sobre el tablero hasta escribir: "Tsubaki Novoe y Freda Kitana". La familia Kitana había desaparecido, pero los Novoe seguían muy vivos en su palacete, no muy lejos de allí. Ya no tenían el poder de antaño, pero su linaje perduraba. De hecho, tenían una nieta también llamada Tsubaki que era de su edad. Nunca se llevaron bien. Casualmente, eran justamente las personas que se le ocurrió que podrían tener una copia de aquel periódico.
― Tengo una última pregunta para ti, Kikio. ― respiró hondo antes de pronunciarla ― ¿Te suicidaste?
El marcador no marcó ni una respuesta negativa, ni una afirmativa. Se movió sobre el tablero, dándole una respuesta más larga: "No me dio otra opción. Morir rápido o permitir que me violara…". No le consoló en absoluto saber que Naraku tenía una violación pendiente, aunque entendió a la perfección lo que hizo Kikio. Ella también habría preferido quitarse la vida a permitir que ese monstruo asesino la violara.
Estaban preparándose para cerrar la conexión cuando el marcador volvió a moverse. Siguieron el movimiento atentamente hasta que pudieron entender el mensaje: "Se han contado muchas mentiras sobre mí. Solo mi hermano creyó en mi inocencia cuando regresó. Por favor, haz justicia en el nombre de los Higurashi".
― Te lo juro, Kikio.
Tras cerrar la conexión, los cuatro quedaron en silencio, meditando sobre el suceso paranormal que acababan de vivir. Necesitaron unos minutos de silencio y quietud antes de ser capaces de volver a levantarse. Miroku fue el primero en levantarse para encender las luces de la biblioteca. Inuyasha dio vueltas como un león enjaulado mientras pensaba. Sango se dedicó a repasar todas las preguntas y las respuestas que había anotado. Ella se dirigió hacia su diván y tomó asiento. Podía escucharlos discutir a su espalda sobre lo que debían hacer, pero ninguno comprendía el verdadero significado de las palabras de Kikio. Ella, de repente, lo veía clarísimo. No tenían que exterminar a un fantasma con un repelente; tenían que demostrarle que estaba equivocado respecto a Kikio. Tenían que probar su inocencia.
― ¿Por dónde empezamos? ― preguntó Miroku.
― Yo sé por dónde empezar. ― se levantó del diván y los encaró ― El palacete de los Novoe sigue estando habitado por la misma familia.
Continuará…
