Disclaimer: ©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. Yo tan solo realizo este FanFic por diversión, sin ánimos de lucro.

Advertencia: Omegaverse| Uso descarado delOoC| ErenxLevi | Ereri| Omega Levi | Eren alfa |De desconocidos a enemigos a amantes| Basado en Orgullo&Prejuicio de Jane Austen.

A las preciosas valeskithalejandra, GatitadeLuna, ChibiGoreItaly, Kai Ackerman, Roco Ackerman Pillco, y Ale; inmensas gracias por seguir mi historia y comentarla. Todas sus palabras mantienen mi aliento en este viaje. Espero les guste este capítulo, a ustedes y a todas las que me leen.

Bebé Nejiko Ka espero te encuentres con bien. Te mando un abrazo fuertísimo.

Nos leemos abajito. Y no olviden dejar su comentario sobre que les ha parecido el capítulo.

Por favor lean las notas finales.


De orgullo, prejuicio y amor

.XII.


Levi encontró a Su Señoría sentada en el saloncito, con un aire más antipático que de costumbre, y el entrecejo fruncido severamente. No había hablado con nadie hasta que él entró. La señora Ackerman frente a ella estaba silenciosa, pero se quedó pasmadísima cuando su hijo pronunció el nombre de la omega mayor.

—Lady Alma —le saludó Levi —. ¿Está usted aquí para traerme carta de la señora Berner? —preguntó él, pues esperaba que este fuera el motivo y no que estuviese relacionado con su sobrino, pero cuando el ceño de Su Señoría se pronunció más, supo que era lo segundo.

—No —respondió Lady Alma —. Es otro motivo lo que me trae a su hogar, joven Ackerman. Y me gustaría tratarlo a solas con usted, si vuestra madre lo permite así —exclamó ella, viendo de reojo a la señora Ackerman, que sintiéndose muy ufana de recibir en su casa a una persona de tanto rango, no notó el tono la dama, por lo que con la mayor cortesía cabeceó y se dispuso a salir a la vez que exclamó:

—Iré a que les preparen té y galletas.

—No se moleste, madame —rehusó Lady Alma el obsequio con gran firmeza y sin excesiva educación —. Me parece que mientras venía en el coche vi a un lado de la pradera, un sitio precioso, donde me gustaría dar una vuelta, y que sería el perfecto lugar para nuestra conversación, joven, si me concede el honor.

—Por supuesto que irá —se adelantó a responder la señora Ackerman —. Levi, querido, ve y muéstrale tus senderos a Su Señoría.

Levi dudó un momento, pero los insistentes ojos de su madre lo obligaron a moverse, y con gesto cortes invitó a Lady Alma a seguirlo por la casa.

—Tienen ustedes una finca muy pequeña —dijo Su Señoría mientras pasaba del vestibulo a las puertas del comedor y del salón. Después de una corta inspección declaró que era piezas decentes aunque no destacables.

—No es nada en comparación con Rosings, señora; hay que reconocerlo; pero le aseguro que es mucho mejor que la de sir Zoe —repuso Levi, pues las palabras insolentes y desagradables de Lady Alma le estaban poniendo un nudo de enojo en la garganta.

¿Cómo pude pensar alguna vez que se parecía a su sobrino?, se dijo a si mismo al mirarla de reojo y ver como ella arrugaba la cara ante cualquier detalle de su hogar.

Reuniendo toda sensibilidad de cortesía, tragó el nudo y guio el camino por el jardín hacia el sendero de la pradera.

Caminaron en silencio hasta llegar a un breñal, donde Su Señoría detuvo sus pasos repentinamente, y sin esperar a que Levi hiciera lo mismo, exclamó:

—Seguramente sabrá usted, joven Ackerman, la razón de mi visita aquí. Su propio corazón y su conciencia tienen que decirle el motivo de mi visita.

—Lo conozco, sí. Pero no lo entiendo —le respondió él, deteniendo sus pasos como ella lo había hecho.

Se quedaron frente a frente, guardando silencio por unos breves segundos.

—Joven Ackerman —repuso Su Señoría con tono de enfado —, debe saber usted que no me gustan las bromas; por muy poco sincero que usted quiera ser, yo no soy así. Mi carácter ha sido siempre celebrado por su lealtad y franqueza y en un asunto de tanta importancia como el que aquí me trae no me apartaré mucho de ello, mucho menos mi modo de ser. Vea usted pues, llegó hace no más de tres días a mis oídos los rumores que al principio no creí, semejantes injurias, espantosas falsedades sobre mi sobrino, me dije. Pero ayer recibí carta de una fuente fidedigna de tal noticia, de que usted se ha unido a mi sobrino Jeager, ¡y no solo eso! Sino que además de eso, que carga usted en su vientre al heredero de los Jeager y los Magnolia. Fue tal mi asombro e inquietud, que fui a Londres a confrontar a Jeager para que negará semejante atropello a la familia. Sin embargo, su silencio no hizo más que respaldar lo que yo no creí jamás posible. Es por eso que decidí venir aquí en el acto para obtener de usted, ya que de él ni una palabra pude obtener, una resolución a este funesto evento.

A Levi se le crispó el cuerpo al escuchar las palabras de la mujer. ¿Habrá ella obligado al señor Jeager a confesar toda la situación? Se preguntó él, con los puños apretados a sus costados, pero manteniendo el temple.

—¿Y cómo cree usted que podría yo resolverlo?

Lady Alma elevó el mentón y cuadró los hombros con petulancia.

—Puedo olerlo, joven Ackerman. El aroma de mi sobrino no está en usted, ni de emparejamiento ni por preñez. Así que, no habiendo lazos que lo impidan, le exigió se separé de él de inmediato —y al decir esto último, Su Señoría golpeó la hierba con la punta de su bastón, dándole un aire de finalidad a sus palabras.

—¿Por qué habría de darle tal solución si incluso el señor Jeager se la ha negado?

—Porque han sido sus artes y seducciones los que han hecho olvidar el uso de la razón a mi sobrino. ¡Le ha cegado! Pues de ninguna otra manera Jeager hubiese tomado como compañero a un muchacho de cuna inferior, sin ninguna categoría, fortuna y completamente ajeno a la familia.

—Si es esa la opinión que tiene Su Señoría sobre mí, y es compartida con la familia del señor Jeager; debe insistir usted en él, no en mí.

—¡Mocoso tozudo y malcriado! ¿No tiene usted acaso ninguna consideración a la honra y a la reputación de mi sobrino? ¿No repara que si empareja con usted, él quedará desacreditado a los ojos de todo el mundo? ¡Lo convertirá en el hazmerreír de la sociedad y en la vergüenza de la familia!

—No es mi deseo causarle ningún daño al señor Jeager, Su Señoría.

—¿Me promete entonces usted que se separara de mi sobrino?

—No, no haré ninguna promesa de esa clase. No interprete mis palabras a su conveniencia.

—¡Joven Ackerman! ¡Estoy horrorizada y sorprendida! Esperaba que fuese usted más sensato. Pero no se haga usted ilusiones: no pienso ceder. No me iré hasta que haya dado la respuesta que le exijo.

—Pues le recomiendo que se siente usted allí en la hierba a esperarlo, pues yo no se la daré jamás. No crea que voy a intimidarme por usted.

—¿Cómo me ha dicho? ¿Sabe usted quién soy? No estoy acostumbrada a ese lenguaje —exclamó Su Señoría roja de la furia, con la mano apretada en un puño doloroso al rededor del mango de su bastón, feromonas de enojo brotando de ella, y que ponían el instinto de Levi cada vez más a la defensiva—. Soy casi el familiar más cercano que tiene mi sobrino en el mundo, y tengo motivos para saber cuáles son sus más caros intereses. El cual es unirse a mi hija, con la que ha estado comprometido desde la tierna infancia. Formados el uno para el otro. Tal cual era el mayor deseo de la madre él y de la de ella, ya que ambos descienden de la misma noble e ilustre rama por la línea materna, y por la paterna, de familias respetables, honorables y antiguas, aunque sin título. Además, la fortuna de ambos es esplendida. Es la destinados uno para el otro por el voto de todos los miembros de sus casas respectivas. Es tradición(1), y ¿pretende separarlos? Usted con sus intempestivas pretensiones. Si vela por su propio bien, verá la razón en mis palabras y cederá.

—Sepa entonces disculparme de que haya venido usted a nada, señora. Pues la verdad es que no cederé ante usted jamás. Si el señor Jeager me ha elegido a mí ¿por qué debo separarme de él y dejar mi felicidad volar por su frívola e irreflexiva exigencia? Se ha equivocado usted conmigo enormemente, si se figura que puede dejarme convencer por semejantes razones. Por consiguiente, le suplico que no me importune más sobre esta cuestión.

—¿Está usted, pues, decidido a retenerlo? Se niega a complacerme. Muy bien, entonces déjeme decirle que no he terminado todavía. A todas las objeciones que he expuesto, tengo que añadir otra más. No ignoro los detalles del infame rapto de su hermana menor. Lo sé todo. Sé que el muchacho se casó con ella gracias a un arreglo hecho entre su padre y su tío. ¿Y esa tiene que ser la hermana de mi sobrino? Y su marido, el hijo del antiguo administrador de su padre ¿será el hermano de Jeager? ¡Por todos los cielos! ¿Qué se cree usted? ¿Han de profanarse así los antepasados de Pemberley?

—Si su sobrino no ha dicho nada de ellos, y eso no le ha sido de impedimento para desposarme, menos tiene usted que decir —repuso Levi, con los ojos aguados y el corazón martillándole en los tímpanos.

—¡Criatura insensible y egoísta! ¿Rehúsa a obedecer al imperio del deber y del honor? ¿Es esa su actitud, su última resolución? ¿Esta es la gratitud que recibo después de darle mi estima en Rosings? ¿Cómo pude yo siquiera evocar el nombre de mi hermana al compararlo con usted? Usted que no es más que un desvergonzado oportunista que está determinado a rebajar a su hijo delante de todos sus amigos, a que sea censurado y despreciado por la familia.

—Ni el deber, ni el honor, ni la gratitud—repuso Levi —, pueden exigirme nada en las presentes circunstancias. Ninguno de sus principios está siendo violado por mi casamiento con Jeager. Pues es el cariño sincero lo que nos une, y no ridículos intereses. Estoy seguro que la señora Jeager aprobaría lo que a usted tanto le ofende si supiera que es la felicidad de su hijo. Y en cuanto al resentimiento del resto de su familia o la indignación del mundo, si los primeros se enfurecen por mi unión con su sobrino, no me importa en lo más mínimo; y el mundo tendría el suficiente buen sentido de sumarse a mí desprecio. Y en cuanto a usted, Su Señoría, me ha insultado de todas las formas posibles, por lo que le pido se marche en este mismo instante de mi casa.

—¿Cómo se atreve usted, un don nadie a tratarme así? Jamás en toda mi vida me han humillado tanto. No se figure que su ambición, joven Ackerman, se verá mantenida. Tenga usted por seguro que me saldré con la mía.

Todo eso se quedó diciendo Lady Alma mientras Levi regresaba tras sus pasos, en silencio y sin dedicarle una última mirada a la dama. Cuando subía la escalera, oyó que el coche partía. Su madre, impaciente, le salió al encuentro a la puerta del vestidor para preguntarle cómo no había vuelto Lady Alma con él, que los estaba esperando con el té en el saloncito.

—¿Qué le hiciste a Su Señoría, Levi? —preguntó agitada la señora Ackerman, sosteniendo del antebrazo a Levi.

Dedicándole una mirada dura y con los sentimientos rebasándolo, Levi exclamó casi en un grito:

—¡Nada! ¡Y por favor entiende ya, deja de meterte en mis asuntos!

—¡Pequeño ingrato! — gritó la señora Ackerman, pero Levi ya no respondió. Subió a toda prisa a su cuarto en el que se encerró.

Mikasa lo encontró tumbado con el rostro enterrado en la almohada. Ya estaba más calmado cuando su hermana regresó de casa de su tía y entró al cuarto para sentarse en la cama. Ella le preguntó qué había pasado, pero él se negó a contarle.

Levi estuvo muchas horas sin pensar en otra cosa, que ni siquiera pudo conciliar el sueño esa noche, y en la madrugada escapó de su cama y salió al jardín, donde se sentó bajo un viejo roble. Con la bruma fría mordisqueándole la piel, imaginó que Jeager aparecía de entre ella, lo abrazaba, su calor lo arrullaba y le decía que todo estaría bien, igual que había hecho en Hunsford.

Cuando la mañana lo alcanzó y la bruma se disipó, Levi solo pudo esconder el rostro entre sus piernas, dejando que su ilusión se desvaneciera con los rayos del amanecer. En los días, semanas, y los meses posteriores este anhelo llenó de melancolía el corazón de Levi, cayendo y acumulándose como las hojas de los árboles en el otoño que pintó todo de ocre y colores mortecinos.

Para el cenit de la estación la señora Ackerman había vueltas a sus manías de fastidio contra Levi, y su rutina actual era preguntarle cada tarde si había recibido carta de Jeager. Levi jamás respondía y la evitaba, pero eso no dejaba de quitar el trasfondo de su pregunta y el tormento que implicaba para él.

Sería meses largos, se dijo, pensando en todos lo que faltaba, y en si llegado el momento la oportunidad se presentaría y tendría frutos, o si solo le quedaría la amargura del arrepentimiento.

Aunque nunca pensó que la oportunidad llegaría mucho antes de lo pensado.

La señora Kuchel llegó muy apurada una mañana de octubre, su canastita de compras a medio llenar y con cara de no aguantar a contar lo que traía atorado. Los señores de Longbourn estaban en el saloncito, Mikasa y Levi acomodando listones, y a señora Ackerman en medio de conciliar una siesta.

—Qué bueno que los encuentro a ustedes juntos —jadeó la señora Kuchel. Su cuñada se espabiló al oír su voz y por lo que dijo después —. Tengo que contarles lo que he sabido esta hace menos de una. Querida hermana, esto es una gran noticia.

—¿Y cuál es su noticia? —preguntó la señora Ackerman.

—Que me he encontrado con la ama de llaves de Netherfield en el mercado, estaba de compras. Carne para dos días y tres patos frescos —soltó entusiasmada la señora Kuchel. Levi que no había estado prestando atención al principio levantó los ojos hacia su tía, a la que encontró dándole a Mikasa una mirada significativa, aunque Levi no sabía si su hermana lo estaba notando pues con la cabeza baja permanecía en silencio.

—¿Esa es la gran noticia? —dijo con un aspaviento la señora Ackerman, restándole importancia a las palabras de su cuñada.

—¡No! —chilló su cuñada —. Las compras son para su amo ¡El señor Kirschtein está de regreso! Por la temporada de caza, según me dijo ella, pero yo lo veo como otra cosa. Como una gran oportunidad para nosotras, hermana.

—¿Oportunidad de qué? —dijo con reproche la señora Ackerman —. Si él quiere venir a Netherfield que venga. No nos importa. Tú sabes que nada tenemos que ver con él. Además hace tiempo que acordamos no hablar del asunto.

La señora Kuchel pareció desconcertada un momento pero luego resopló de molestia al ver su intención (de chismorreo más que nada) echada como nada. Aunque poco le duro la molestia, pues después de unos breves segundos de silencio, la señora Ackerman como quien no quiere la cosa, preguntó:

—¿Pero estás segura que viene?

A la señora Kuchel se le dibujó una sonrisa al responder.

—Segurísima, ella me lo dijo. Que vendrían el jueves a más tardar, o puede que venga el miércoles. Y sin sus hermanas, solo con unos amigos.

Levi vio cómo su hermana apretaba las manos entorno a las cintas, recogiéndose sobre sí misma. Hacía meses que entre ella y Levi no se hablaban del señor Kirschtein, pero ahora en cuanto estuvieron a solas le dijo:

—He notado, Levi, que cuando tía comentaba la noticia del día, me estabas mirando. Ya sé que pareció que me dio apuro, pero no te figures que era por alguna tontería. Me quedé confusa un momento porque sé que me estarías viendo. Te aseguró que la noticia no me causa nada. Ya he superado eso. De una cosa me alegro, y es que viene solo, porque así lo veremos menos. No es que tenga miedo por mí, pero temo los comentarios de la gente.

Levi no supo que decir y prefirió callar, ya que a pesar de escuchar lo que su hermana se decía y creía de buena fe, él pudo notar como la expectativa de la llegada del caballero le afectaba. Estaba distinta y más turbada que de costumbre. Fue como ver una vela apagarse. Y la melancolía que había estado recubriendo a Levi, ahora era replicada por su hermana.

Entre tanto, la señora Ackerman que había dicho a su cuñada que el asunto no le importaba, en cuanto la última se fue, salió corriendo a la biblioteca, donde su marido se encontraba. El tema del que habían discutido acaloradamente un año atrás, se repetía de nuevo.

—Querido mío, supongo que en cuanto llegue el señor Kirschtein irás a visitarle.

—Pues supones mal, porque no lo haré. Me obligaste a hacerlo el año pasado, prometiéndome que se iba a casar con uno de mis hijos. Pero todo acabó en nada, y no quiero volver a hacer semejante espectáculo como bufón.

Su mujer abrió grande los ojos, molesta a más no poder por la respuesta dada, y le observó lo absolutamente necesaria que sería aquella atención por parte de todos los señores de la vecindad en cuanto Kirschtein llegase a Netherfield.

—Es una etiqueta que me revienta —repuso el señor Ackerman —. Si quiere nuestra compañía que la busque, ya sabe dónde vivimos. No puedo perder el tiempo corriendo detrás de los vecinos cada vez que se van y vuelven. Además me he prometido no volver a caer en ninguna de tus ideítas, que no han hecho más que traer dolor a mi corazón. Así que no insistas en más.

La señora Ackerman despotricó contra esta decisión durante varias horas, pero luego se le ocurrió que invitaría al señor Kirschtein a comer y con eso consoló la molestia a sus planes. Quedó tan satisfecha de ello que dejó en paz a su marido.

Solo que no hubo necesidad ni de lo dicho por el marido, y menos de los planes de la esposa, ya que el miércoles el señor Kirschtein estuvo apostado frente a la puerta de Longbourn, todo sonriente y ojos brillantes bajó de su caballo; a su lado, el señor Jeager hizo lo mismo.

Por la ventana del vestidor los omegas de la casa los vieron aparecer. Reacciones diferentes por cada uno. La señora Ackerman llena de gozo, sonrisa de gato que se ha comido su canario en los labios, Mikasa pálida como papel, y Levi dentro de un deja vú, pues sintió como si regresara a aquel primer instante en el baile de Meryton.

Convertido en un pequeño satélite que era arrastrado sin remedio por el sol que era el señor Jeager.


...

Notas finales:

(1) Entre la familia materna de Eren, los Magnolia, es tradición casarse entre primos para mantener las fortunas y la pureza de sangre. Esto es cosa mía, para darle un fondo a lo que sigue en la historia. En la novela esto no existe.

Se vienen sorpresas, mis bebés. La primera de ellas, es que el FanFic tendrá más capítulos de los esperados. No sé si esto sea bueno o malo para ustedes. Por favor haganme saber su opinión en los comentarios.

Nos leemos en el próximo capítulo: De alegrías y desilusiones