Capítulo 26:
Amar
No podía decir el momento exacto en el que había empezado a dormir todos los días en casa de Harry. Al principio lo había hecho por estrés, porque pasaba el día trabajando para luego llegar a casa y ponerse a estudiar. Sentía que no avanzaba, aún habiendo planeado con extrema minuciosidad sus horas libres para poder abarcar todos los temas y eso le llevaba a no poder conciliar el sueño por la ansiedad.
La primera vez, Harry se había preocupado al ver llegar a Draco en medio de la noche, pero luego se había acostumbrado y a veces ya ni si quiera abría los ojos cuando Draco se metía en su cama y se acostaba a su lado.
Se había dado cuenta, poco después, que también resultaba muy práctico dormir en casa de Harry, ya que su novio se despertaba siempre antes que él, le preparaba un buen café y la chimenea de su despacho estaba conectada directamente con el Ministerio, lo que significaba que ya no tenía que dar sus paseos por las calles muggles hasta llegar al Caldero Chorreante para utilizar su chimenea. Y eso le daba unos minutos más para dormir, lo que era siempre de agradecer.
Esa mañana fue diferente. Draco se despertó con un sofocante calor a su alrededor. Había sudor en sus sienes y por toda su espalda. Tenía las sábanas enredadas en sus piernas y el brazo de Harry cubriendo su estómago. Se removió, encontrándose agobiado, respirando por un poco de aire fresco.
—Harry —llamó.
No recibió respuesta, así que se dio la vuelta, desenredándose de su novio y destapándose en el proceso. El aire enfrió su sudor, lo que hizo que el vello de su piel se erizase. Frunció el ceño al ver que Harry seguía dormido. Tenía el cabello de la frente pegado a la piel, completamente mojado. Su respiración era agitada, sus ojos revoloteaban errantes debajo de sus párpados y tenía las mejillas enrojecidas. Lo primero que pensó fue que estaba teniendo una pesadilla, pero cuando puso la mano encima de su brazo para despertarle, se dio cuenta de lo caliente que estaba.
—Harry —volvió a llamar, esta vez zarandeándole levemente.
El quejido que recibió como respuesta hizo que la angustia le invadiese de golpe. Era evidente que estaba enfermo y Draco intentó recordar si había visto algo que le indicase que Harry se encontraba mal el día anterior, pero nada acudió a su memoria. Había estado bien ayer, así que si estaba tan mal esa mañana debía ser porque era grave.
—¡Harry!
Había una nota de pánico en su voz y quizás la había elevado demasiado pero a Draco no le importó porque su novio por fin abrió los ojos, emitiendo un quejido más doloroso.
—¿Qué...?
—Hay que llevarte a St. Mungo. Estás ardiendo de fiebre.
Harry tardó en asimilar sus palabras. Cuando lo hizo, negó con la cabeza.
—Estoy bien, solo...
—¿Podrás levantarte para atravesar el portal? —preguntó, sin hacerle caso.
—No quiero ir a un hospital.
—Harry...
—Por favor —su voz era agrietada y sus ojos estaban llorosos. Algo en el corazón de Draco se rompió cuando le vio hacerse un ovillo—. No quiero ir a un hospital. Por favor, Draco.
Harry se quedó dormido antes de que pudiera discutir.
—Mierda.
Su mente se quedó en blanco durante un instante, sin saber por dónde empezar. Nunca había estado a cargo de nadie enfermo, los únicos hechizos de sanación que sabía era para curar cortes y eso no le servía de nada en ese momento. Pensó en abrir un portal a St. Mungo y levitar a Harry hacia el hospital, contrario a sus deseos, aunque eso le conllevase una discusión con su novio más tarde. Después imaginó lo traicionado y enfadado que se sentiría, y descartó la idea al instante.
Ni si quiera se había dado cuenta de que estaba de pie, caminando de un lado a otro por la habitación, hasta que se detuvo en seco, recordando que tenía un libro sobre medimagia en su casa.
Bien, se dijo a sí mismo, buscando su varita, puedo empezar por ahí.
Se apareció en su apartamento aún con el pijama puesto y el pecho apretado por la angustia. Miró todo el desorden de su salón y maldijo interiormente no haberse puesto a ordenar antes. Rebuscó frenéticamente por todos los libros que tenía esparcidos por el sofá y la mesa, cuando percibió que tenía una varita en la mano y podía hacer magia.
—Accio Manual del medimago —exclamó.
Un libro voló desde su habitación hasta de mano, un poco demasiado fuerte por lo errático que había sido Draco en la floritura de su varita al hacer el hechizo.
Volvió a aparecerse en la casa de Harry, sin saber si debía respirar tranquilo o no al encontrar al moreno en la misma posición en la que lo había dejado. Se sentó en el borde de la cama, pasando rápidamente las páginas del libro hasta encontrar los hechizos de diagnóstico. Leyó atentamente, recitando las palabras en su mente y agitando su varita para aprender el movimiento del encantamiento. Cuando estuvo seguro de que debía hacerlo, apuntó a Harry.
—Medicinae effectus.
Una luz blanca salió de su varita, impactando en Harry. Mordió su labio inferior con inquietud al ver que no ocurría nada. Miró a su novio, atento de ver si había algún cambio en él, pero parecía estar completamente igual. Se preguntó si tal vez había realizado mal el hechizo, cuando unas letras emergieron desde Harry hacia el aire.
Gripe común.
¿Y ya está? ¿No iba a decirle nada más?
Gruñó cabreado, repasando el índice de su libro. Suspiró con alivio cuando vio que había un apartado para la gripe.
"Los síntomas de la gripe aparecen de repente y pueden incluir:
Fiebre o sensación de fiebre y escalofríos.
Tos.
Dolor de garganta.
Goteo o congestión nasal.
Dolores musculares.
Dolor de cabeza.
Fatiga (cansancio).
En caso de que el paciente tenga fiebre, es prioritario proporcionarle una poción para bajarle la temperatura. También puede hacer uso de hechizos de enfriamiento sobre personas (vea la página 23. Apartado: Hechizos temporales), aunque no es recomendable prolongarlos durante demasiado tiempo ya que el cambio brusco de temperatura corporal podría desencadenar parálisis facial, dolores articulares y contracciones musculares.
El tratamiento básico a efectuar es: poción pimentónica, solución para dolor muscular, poción para la tos y poción para la fiebre. También tiene que procurar que el paciente beba muchos líquidos, no ingerir alimentos pesados y habilitar un lugar para que pueda descansar adecuadamente."
Escuchó a Harry gemir, sacándolo de su lectura. Observó atentamente cómo se revolvía, enrollándose todavía más bajo las sábanas. Sudaba aún más que antes, haciendo que su cabello oscuro estuviese prácticamente empapado y su respiración se había convertido en jadeos. Volvió la atención a su libro, leyendo el apartado que explicaba cómo realizar un hechizo de enfriamiento.
Se puso en pie, cerrando su libro y agarrando su varita con fuerza. El hechizo para secar el sudor fue fácil, porque no era muy diferente a uno de secar líquidos comunes. Vio cómo la piel perlada de su novio se secaba y como su cabello volvía a su forma habitual. Tragó grueso, dudando un poco antes de recitar el hechizo para bajarle la fiebre hasta que consiguiese una poción. Si lo hacía mal y se pasaba con la temperatura, Harry podía caer en hipotermia, pero si no le bajaba la fiebre sus órganos podrían dejar de funcionar y... Draco no quería pensar en eso.
—Temperatus gutta —murmuró.
Harry jadeó sonoramente, estremeciéndose de pies a cabeza. Se acercó a él, posando una mano en su frente. Estaba frío, pero luego la piel empezó a calentarse, volviéndose templada. Dejó caer un suspiro fatigado. Parecía que había funcionado.
—Tengo frío.
Parpadeó hacia el moreno, que había entreabierto los ojos. Sus iris normalmente verdes estaban solapados y brillantes, oscureciéndolos. Su rostro seguía enrojecido, y sabía que no tardaría en volverle a subir la fiebre.
—Voy a ir a comprar algunas pociones —tenía ganas de decirle que no se moviese, aunque era obvio que eso no iba a suceder. También quiso decirle que no se atreviese a morir, pero su estómago se anudó solo de pensarlo—. No tardaré mucho —fue lo que dijo.
Harry asintió, antes de volver a la inconsciencia.
Dejó el libro sobre el sillón de la habitación y se apareció otra vez en su apartamento. Se cambio de ropa en tiempo récord, cogió una bolsa llena de galeones y utilizó la chimenea de Harry para llegar directamente al Callejón Diagon. Caminó por la calle lo más rápido que pudo sin llegar a correr, ganándose miradas extrañadas de la gente con la que se cruzaba. No le extrañó, dado que debía tener el pánico escrito en la cara. Estaba seguro de que mañana volvería a ser portada en El Profeta.
Alabó al cielo cuando vio que la primera botica que encontró estaba completamente vacía.
Una campanilla sonó cuando abrió la puerta. El lugar era pequeño, alargado y olía a valeriana y a raíz de mandrágora quemada. Había una hombre bajito con el cabello canoso detrás de un mostrador.
—¿Puedo ayudarle?
—Necesito poción pimentónica, solución para el dolor muscular, poción para la tos y poción para la fiebre —recitó de memoria.
El hombre le miró sobre sus gafas redondas y sucias, observándole con ojos calculadores. Draco arqueó una ceja inquisitiva e impaciente. Al final, se dio la vuelta, buscó entre unos estantes detrás de él durante mucho tiempo porque, al contrario de Draco, no parecía tener ninguna prisa, y dejó sobre el mostrador las pociones que había pedido.
—No me queda poción para la fiebre.
—¿Cómo?
—Es época de resfriados —fue la única explicación que le dio.
Draco respiró muy, muy hondo y se dijo a sí mismo que montar un escándalo en esa tienda solo le llevaría a problemas.
—¿Sabe dónde puedo conseguirla? —preguntó entre dientes.
—Hay otra botica a lado de Gringotts.
Eso estaba en la otra punta del callejón.
—Bien.
Pagó por las pociones, las encogió con un movimiento de varita y las puso en uno de los bolsillos de su túnica.
Para su desgracia, en la siguiente botica obtuvo la misma respuesta.
—Pero tengo los ingredientes para hacer la poción, si quieres —ofreció el tendero.
Miró al hombre rechoncho tras el mostrador con unas tremendas ganas de borrarle la sonrisa del rostro. La poción para la fiebre tardaba tres horas en hacerse y él no tenía tanto tiempo.
—Gracias —murmuró con cansancio. Empezaba a dolerle la cabeza.
Al final, encontró la bendita poción en una tienda de dudosa reputación en el Callejón Knockturn. Había realizado un par de hechizos para comprobar que realmente era una poción para la fiebre, sin ningún ingrediente extraño ni nada fuera de lugar. El dependiente le había lanzado una mirada desdeñosa pero a Draco le dio muy igual y, aunque le había cobrado mucho más de la cuenta, pudo abandonar la tienda con la poción en el bolsillo.
Subió hacia la habitación de Harry en cuando puso un pie en la casa. Sacó las pociones del bolsillo, volviéndolas a su tamaño original. Se desprendió de su túnica, encontrándose demasiado agobiado para utilizarla, quedándose con su ropa de dormir y bajó hasta la cocina a por un vaso de agua tibia.
—Harry, despierta —dijo, colocando las pociones sobre la mesita de noche.
El moreno lloriqueó para después entrar en un ataque de tos que le hizo ponerse todavía más colorado. Draco se sentó en la cama, ayudándole a incorporarse para quedarse sentado. Volvía a estar sudado y, si antes le costaba respirar, la tos solo lo hizo todavía peor.
—Estoy bien —aseguró.
Le vio intentar sonreír, aunque se convirtió en una mueca cuando volvió a toser.
—Cállate y tómate esto.
Le tendió el vaso de agua y luego cogió la poción para la tos y la abrió. Harry hizo una mueca, frunciendo el ceño y sorbiéndose la nariz de vez en cuando, pero terminó ingiriendo todas las pociones que había comprado.
—Está sonando la red flú.
Draco suspiró con irritación mientras se levantaba y se dirigió al despacho, no sin darle una última mirada intranquila a su novio. Cuando llegó a abajo, se encontró con la cabeza de Granger asomando por la chimenea.
—¿Dónde está Harry? —preguntó ella directamente— Tenía una reunión con él y no está en su oficina.
Se arrodilló en la alfombra, parpadeando con algo de alarma. Había estado tan nervioso, que ni si quiera se había planteado avisar en el trabajo.
—Está enfermo. Lo siento, se me ha olvidado avisar.
—¿Está bien?
—Tiene fiebre, pero ya le he dado una poción. Debería estar mejor dentro de unas horas.
Hermione asintió con una expresión preocupada.
—Espera un momento —Draco se quedó solo unos segundos, sobresaltándose al ver que un trozo pergamino salía de repente de la chimenea. Había una dirección apuntada—. Esa es mi dirección de red flú, puedes avisarme si pasa algo.
—De acuerdo.
—Bien, tengo que irme. Gracias, Draco.
Se levantó, poniendo el trozo de papel sobre él escritorio para evitar perderlo y volvió a la habitación.
Harry aún estaba sentado, sonándose la nariz en un papel que no sabía de dónde había sacado. Había cansancio en toda su expresión y se notaba a simple vista que le costaba hasta mantenerse erguido.
—¿Quién era?
—Hermione.
El moreno cerró los ojos, chasqueando la lengua.
—Tenía una reunión con ella hoy —se lamentó— ¿Estaba enfadada?
—Parecía preocupada, más bien —respondió—. Deberías descansar un poco más.
—Estoy cansado de dormir. Creo que me sentiría mejor si me duchase.
Draco lo dudó y estuvo a punto de replicar, pero rápidamente llegó a la conclusión de que sería mejor una ducha que estar lanzándole hechizos de secado constantemente.
—¿Quieres que te ayude?
Harry negó con la cabeza, desenredándose de las sábanas y dirigiéndose a paso lento hasta el baño. Draco exhaló con fastidio. Debería haber supuesto que su novio sería una de esas personas a las que no les gusta enfermar y que por ende no se dejan ayudar en nada.
Rodando los ojos y sintiéndose bastante mejor al ver que Harry al menos ya podía estar consciente más de cinco minutos, se dispuso a limpiar mágicamente las sábanas y conjurarlas para que se mantuviesen secas y a una temperatura agradable. Una vez hecho eso, se dirigió hasta el vestidor, escogió un pijama limpio y se lo entregó a Harry cuando salió de la ducha.
—Mira el lado bueno —comentó el moreno, volviendo a tumbarse en la cama—. Si no te escogen para ser Inefable, puedes pedir plaza en esa residencia para la tercera edad que han abierto en Bath.
—Tu humor es encantador —contestó secamente.
Harry sonrió, alzando una mano para entrelazar los dedos con los suyos.
—Solo quiero que dejes de estar preocupado —respondió con suavidad—. ¿Por qué no te recuestas un rato?
Negó con la cabeza, alzando su varita para conjurar un rápido tempus. Era casi la hora de comer, y él ni si quiera había desayunado. Aunque siendo sinceros, su estómago todavía se sentía demasiado cerrado como para pensar en comida.
—Debería ir a comprar algo que puedas comer. Y luego tendría que ponerme a estudiar.
—No tengo hambre, y puedes estudiar después —replicó Harry, tirando de su mano—. Ven aquí.
Draco cedió, primero porque se sentía como si hubiera estado corriendo durante horas y segundo porque existían pocas cosas que pudiera negarle a Harry en ese momento. Dejó escapar el aire profundamente cuando su espalda tocó el colchón y permitió que sus músculos se relajasen desde que se había despertado.
—¿Estás mejor?
El moreno bostezó mientras asentía con la cabeza. Había leído que la poción pimentónica tenía algún efecto analgésico, así que no le extrañaría que Harry se quedase dormido dentro de nada.
—Nunca había tenido a nadie que me cuidase —dijo en voz baja, sonriendo débilmente—. Hermione, Ron y los Weasley se preocupan por mi, siempre lo han hecho, pero hasta que no los conocí, no tuve a nadie que me velase.
—¿Y tú familia?
—Crecí en una familia muggle. Con la hermana de mi madre, su marido y su hijo —Harry se detuvo, parpadeando en silencio hasta que sus ojos se cerraron del todo—. Viví en una alacena bajo las escaleras hasta que cumplí once años ya que mis tíos me consideraban un fenómeno porque podía hacer magia, aunque yo ni si quiera sabía eso.
Draco había leído sobre eso en su biografía. Le había parecido tan cruel e inverosímil que ni si quiera se lo había creído y se había saltado todos los capítulos hasta que Harry empezaba su primer año an Hogwarts. Sabía que había crecido como un muggle después de que sus padres muriesen, pero nunca pensó que fuese en esas condiciones.
—Una vez me puse enfermo —continuó, ajeno a la manera en la que Draco lo estaba observando con la garganta apretada—. Estuve durante días con fiebre y me pasé más de una semana tosiendo a todas horas. Mi tío no paraba de gritarme por hacer ruido y lo único que me ofreció mi tía fueron un par de aspirinas. Apenas me dejaban salir de la alacena para ir al baño porque lo querían que les contagiase.
Una imagen de un Harry de once años delgado, con ropa enorme para su edad y ojos demasiado grandes, invadió su mente. Su pecho se apretó dolorosamente y el nudo que había sentido en su garganta creció hasta que se le hizo difícil respirar. Cuando era joven, siempre había visto a Harry rodeado de amigos, saliéndose con la suya en todas ocasiones, lleno de fama y prestigio.
No podía creer que Harry hubiera pasado por todo eso siendo solo un niño.
—Ahora me tienes a mi. Siempre voy a estar aquí para ti —contestó con voz temblorosa, envolviendo sus brazos alrededor de Harry. Cerró los ojos, hundiendo la nariz en el cabello de su novio e inhaló profundamente—. Te amo.
Se sorprendió por lo fácil que le había resultado decir esas dos palabras una vez que ya había asimilado lo muy enamorado que estaba de él. Esperó por una respuesta que nunca llegó, porque Harry se había acurrucado contra él y su respiración se había vuelto profunda y acompasada, indicando que se había quedado dormido.
A Draco no le importó la falta de respuesta. Apretó más a Harry en sus brazos, prometiéndose a sí mismo que iba a cuidar a ese hombre cada día de su vida.
—0—
Despertó con una mano en su brazo, acariciando su piel de arriba a bajo de manera amable. Se removió cuando escuchó su nombre, gruñendo y quejándose mientras acomodaba la almohada bajo su rostro. Estaba tan cómodo en ese momento.
—Te he traído el desayuno —escuchó que decía Harry. Había una diversión clara en su voz.
Parpadeó somnoliento, entrecerrando los ojos por la luz que entraba por la ventana. Harry estaba sentado en la cama, luciendo despierto y bien descansando. Una bandeja flotaba a su lado, llevando un plato de tostadas y lo que parecía y olía como un café.
—¿Ya estás bien? —preguntó, sentándose y frotándose la cara, observando al otro con ojos críticos.
Ya no había sudor en su rostro y su tez había vuelto a su color habitual. Había ojeras debajo de sus párpados, pero supuso que eso se eliminaría con un par de noches de descanso.
—Totalmente recuperado gracias a ti.
Harry sonrió, agarrando la taza para ofrecérsela. El café supo delicioso en su paladar.
—Menos mal —suspiró—, no creo que pueda aguantar otro día con tanto estrés.
—Pues... ha llegado una carta del Ministerio para ti.
Draco gimió cerrando los ojos y dejando el café sobre la bandeja para coger la carta. Llevaba el sello del Departamento de Misterios en ella y eso solo podía significar una cosa: su fecha para el examen.
"Nos complace anunciarle que su examen tendrá lugar el viernes a las ocho en punto de la mañana. Debe aparecerse en la Oficina de Recursos Humanos, en la primera planta del Ministerio.
Recordarle que se le harán pruebas antes de realizar dicho examen para corroborar su identidad."
—Joder —se quejó, resoplando—. Tengo que ponerme a estudiar.
Se levantó de un salto de la cama, dirigiéndose rápidamente en busca de su varita para ir a su apartamento.
—Deberías desayunar primero.
—No tengo tiempo —gruñó. Luego se detuvo en sus huellas, sonriendo a Harry de manera angelical—. A menos que mi jefe quiera darme el día libre. Entonces sí tendría tiempo.
Harry se carcajeó desde la cama, negando con la cabeza.
—Eres un interesado —contestó, aunque no había represalias en su voz—. Bien, tienes el día libre.
Draco suspiró con alegría, abrazando a su novio, haciendo que cayera hacia atrás sobre el colchón.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un hombre maravilloso? —murmuró, besándole con ganas.
—¿Te he dicho alguna vez que yo también te amo? —replicó en respuesta. Draco se congeló durante un segundo entero, observando con pánico el rostro de Harry, quien sin embargo sonreía suave y afectuoso—. Te escuché.
—¿De verdad? —susurró.
—Sí —contestó, en voz tan baja y sería como la suya—. Te amo, Draco.
Hooooooooola holita
¡He llegado pronto hoy!
Este capítulo fue tan emocionante escribirlo. Por una vez, quería que Draco fuese quien cuidase de Harry y se me ocurrió de repente escribir esta parte, donde Harry se vería vulnerable y Draco estaría ahí para él.
En un principio no iba a poder la declaración amorosa aquí, pero pensé que quedaría bien y realmente encajaría.
No debería estar tan emocionada por mi propio capítulo, pero lo estoy jajaja
Creo que debería empezar a avisar que he reestructurado la historia y, después de este capítulo, solo quedarán 8 más para terminar.
Espero poder escribir los últimos capítulos rápidos para poder actualizar más seguido.
Hasta entonces, ¡nos vemos el viernes!
