Capítulo 12
Contraataque
Esa misma mañana Twilight amaneció tranquila y pausadamente, disfrutando del momento, mientras que en su cabeza iba repasando mentalmente los últimos acontecimientos. Desde que empezaron a formar el ejército, sus soldados comenzaban a alcanzar la suma de más de cinco mil individuos y subiendo, volviéndose por momento el ejército más numeroso que Equus nunca vio. Estaban casi listos para moverse hacia el este, aunque antes debían reforzarse con mejor armamento y máquinas de guerra, puesto que los iban a necesitar para hacer frente a lo que estaba por venir.
Se levantó y acicaló, desayunando rápidamente y encaminándose a su despacho para empezar a trabajar; desde los ventanales se podía ver a una Ecuestria sombría y carente de belleza, todo lo que alguna vez fue se había ido en cuanto Sauron hizo acto de presencia en lo alto de la montaña, extendiendo las sombras allá donde su ojo lograba observar. Los únicos atisbos de luz que se podían ver en la distancia eran hacia el sur y al este. El sur no la preocupaba puesto que no suponía ninguna amenaza inmediata, al menos a corto plazo, urgiendo mucho más expandirse hacia el este por razones de peso. Pero antes, debían prepararse como era debido.
Nada más llegar a su despacho, antiguamente el de Celestia, vio una pila de papeles nuevos encima de la mesa que no recordaba haber visto la otra noche; frunciendo el ceño, los cogió con su magia y comenzó a ojearlos sin mucho interés, sin embargo lo que vio la cambió la cara en cuestión de segundos.
-No… no, no puede ser… ¿¡quién ha autorizado esto?! ¡Es demasiado pronto!-masculló entonces, atacada.
Aun a pesar de su pregunta, más retórica que otra cosa, supo al instante que eso fue cosa de Sauron, por lo que no lo dudó y, en un visto y no visto, se desapareció para reaparecer inmediatamente después frente al Gran Ojo, dirigiéndose directamente a él con gesto enfadado.
-¡Sauron!
-Ah, buenos días Twilight… ¿cuál es el estado de las tropas?-inquirió el maia, ignorando su evidente gesto molesto.
-¡Eso ahora mismo me da igual, lo que no me da igual es lo que acabo de ver! ¡¿Has autorizado una invasión al valle Entrerreinos sin ni siquiera consultármelo?!
-¿Y qué si lo he hecho? Después de todo era algo que eventualmente haríamos tarde o temprano, así que… ¿para qué retrasar lo inevitable?
-¡Si lo estaba haciendo era por una buena razón, maldita sea! ¡Ese valle es un enclave estratégico administrado por los minotauros y no me interesaba llamar su atención, al menos por el momento! ¡Ahora estarán completamente avisados, has echado a perder el factor sorpresa!-masculló Twilight, muy molesta.
-¿Y eso por qué? ¿Qué tienen de especial esos minotauros?-inquirió Sauron, pasivamente.
-¡Muchas cosas, precisamente, son una raza con una alta capacidad armamentística y un ejército muy preparado que no se achanta ante nada! ¡Molestaron mucho en el pasado durante las Guerras Vetustas, no nos interesaba entrar en conflicto con ellos, al menos de momento!
Hubo un breve pero intenso silencio entre los dos, la pupila de Sauron se contrajo mirando fijamente a una furiosa Twilight. En un momento dado, el maia murmuró.
-En tal caso, me pregunto por qué no se me ha sido debidamente informado mucho antes…
-¡Porque no quería exponernos demasiado pronto, por eso! ¡Sabía que si te los mencionaba querrías ir a por ellos tal y como estábamos, pero créeme, sería un grave error enfrentarnos a ellos así sin más, sin prepararnos debidamente!
-Bah, no será para tanto, parezca que olvidas con quien estás hablando…
-¡Y tú no sabes contra quien nos estamos enfrentando! ¡Fue necesaria una gran coalición para disuadirles a que depusieran las armas, si no se hubiera hecho probablemente hubieran seguido luchando hasta que no hubiera quedado nada en toda Equus!
-¿¡Olvidas acaso lo que tuve que hacer yo con tal de sobrevivir?! ¡Yo mismo mandé a su propia perdición a los Númenóreanos negros! ¡Y puedo hacer lo mismo tranquilamente con esos minotauros! ¡Nada se interpondrá entre nosotros!-exclamó Sauron, comenzando a irritarse.
-¡No, créeme, si no nos movemos ya serán una gran amenaza para nuestros planes de expansión! ¡Maldita sea, Sauron, lo has estropeado todo!-exclamó Twilight, realmente enfadada.
-¡No te consiento que te dirijas a mí con ese tono, señorita, recuerda quién y qué hizo posible que llegaras hasta aquí! ¡En todo caso sería culpa tuya al no informarme al respecto de lo que tenías planeado, si lo hubieras hecho yo hubiera actuado en consecuencia!-la reprendió el maia, con voz raspada.
La alicornio lavanda quiso replicar, sin embargo se quedó callada con una expresión furiosa grabada en su rostro; por mucho que la jodiera admitirlo tenía razón, gracias a él y el poder del anillo único había llegado muy lejos y, sin él, no hubiera sido posible nada de lo que habían conseguido hasta el momento. Sin embargo tampoco quería dar su casco a torcer así sin más, respondiendo acto seguido.
-¡Puede que haya actuado deficientemente en la comunicación, pero mis planes garantizaban una invasión rápida y eficaz a prueba de fallos! ¡Ahora con los minotauros conscientes de nuestra existencia no puedo garantizarte nada!
-¡En ese caso seguiremos trabajando para preparanos y combatirlos en cuanto llegue el momento y punto! ¡Olvida el palantir por el momento, no quiero excusas, no tengo por qué disculparme, después de todo yo soy quien tiene la última palabra aquí! ¡Si te digo haz esto, lo haces! ¿¡Entendido?!
La sonora y potente voz de Sauron resonó en su cabeza con tal fuerza que la dejó un tanto intimidada aun a pesar de su posición; Twilight no era tonta y sabía muy bien que dependía directamente de él, por lo que no tuvo más remedio que acatar sus órdenes.
-Sí, señor…
-¡En ese caso ponte ya a trabajar!
Sin decir nada más, Twilight dio la vuelta y regresó a su despacho, donde se dio el lujo de golpear algo para dejar escapar toda la frustración que sentía. Ahora tenían que trabajar el doble para prepararse de un muy posible contraataque por parte de los minotauros. Todo había cambiado en cuestión de minutos, y ella odiaba no tenerlo todo bajo control.
-Maldición… más nos vale que no se unan con el resto de razas o tendremos un grave problema-pensó en ese momento.
Fue en ese mismo instante cuando algo en su cabeza saltó, comprendiendo entonces el huidizo comportamiento de Luna y sus amigas a lo largo de todo ese tiempo. Hasta ahora no había vuelto a saber nada de ellas, y no le había dado la suficiente importancia. Siempre pensó que simplemente estaban huyendo, pero repasando su ruta desde que las volvieron a reubicar hasta que las volvieron a perder la pista, comprendió entonces que no estaban huyendo. Supo al instante dónde debían estar en esos momentos, mascullando de seguido.
-Maldita sea… ¡maldita sea! Luna, como consigas lo imposible yo misma decidiré lo que hacer contigo cuando llegue el momento…
Y, con eso en mente, comenzó a trabajar a destajo para preparar al ejército lo antes posible. Algo la decía que lo iban a necesitar.
Luna se despertó notando sus oídos pitando intensamente. Aunque había conseguido dormir no había descansado todo lo que a ella le hubiera gustado, quizás por todo el asunto que tenían entre manos, o quizás porque esas camas adaptadas para minotauros eran inusitadamente enormes, además de duras como una roca. Aun así había cosas que atender, por lo que no perdió más tiempo, se levantó y se dirigió a desayunar.
El comedor del palacio se encontraba en la tercera planta, nada más entrar vio tanto a las chicas como a Spike y Galadriel desayunando allí, saludándola en cuanto la vieron entrar.
-Buenos días, princesa-la saludó Rarity.
-Buenos días… ¿hay alguna novedad sobre Creto?-inquirió la alicornio, aún medio dormida.
-Todavía nada-murmuró Applejack.
-¡Está todavía con el Consejo, supongo que saldrá enseguida!-exclamó Pinkie.
Ante eso Luna asintió, pensando en posibilidades; aunque evidentemente no la iban a dejar estar presente, se hacía cierta idea de cómo podían estar desarrollándose los acontecimientos.
La sala de juntas en el piso más alto del palacio era un hervidero. El Consejo del rey Creto se encontraba reunido hablando entre sí y con su majestad sentado anodinamente presidiendo el centro de la mesa, tratando de hacerles entrar en razón.
-No se trata de una cuestión política, majestad, después de todo todos sabemos aquí quiénes son los más fuertes de toda Equus. La cuestión es ¿por qué iba a fiarse de la palabra de un grupito dispar de ponis?
-Comprendo su postura, Lord Ravenar, pero comprenda que, aunque las circunstancias nos favorecen en cuanto a un conflicto militar armado se refiere, no puedo ignorar así sin más las pretensiones de un grupito dispar de ponis. Creo que eso es algo en lo que todos podemos estar de acuerdo…
Las palabras de Creto fueron recibidas por un unánime murmullo de asentimiento, sin embargo otro miembro del Consejo se apresuró a comentar.
-Sin embargo, majestad, y aunque no signifique que me importe lo más mínimo la opinión de esos ponis, hay algo que me escama de todo esto ¿qué le dijeron exactamente para traerle hasta aquí? Porque si le soy sincero, y que conste que todo el mundo aquí mira por la integridad y el bienestar de éste nuestro pueblo, me cuesta creer que no les costara mucho convencerle.
Ante eso Creto frunció el ceño, ligeramente molesto ante esa afirmación, aunque en ese momento otro miembro comentó al respecto.
-¡Es verdad! ¡Todo el mundo sabe aquí, majestad, que usted es inflexible y recto en sus formas! ¿Por qué iba a escuchar a unos ponis? ¿Qué han hecho ellos por nosotros en los últimos mil años? ¿Queremos realmente que nos vuelvan a manipular de esa forma? ¡Yo digo que no!
Una vez más, se formó otro barullo entre los miembros del Consejo, al tiempo que Creto seguía con la mirada fija en el horizonte y su ceño cada vez más y más fruncido. Sin embargo no podía olvidar lo que esa criatura bípeda como él le había mostrado. Ver a su pueblo sometido por una fuerza mayor era lo último que quería. Por lo que decidió poner orden enseguida.
-¡Silencio, yo soy el rey aquí y mi autoridad no será cuestionada! ¡Sé perfectamente lo que esos sucios ponis nos obligaron a hacer, pero no es momento de ponernos a divagar al respecto! ¡He visto lo que nuestro pueblo puede llegar a padecer si no nos preparamos para una muy posible guerra!
Esas palabras hicieron que muchos de los miembros del Consejo se pusieran nerviosos, a lo que muchos comentaron al respecto.
-¡Esa es una declaración muy seria!
-¡Desde luego, además! ¿Cómo sabe eso? ¿¡Acaso se lo ha dicho esos sucios ponis?! ¡Si es así, razón de más para no fiarnos de ellos!
-¡El armisticio dejó bien claro que no habrían más conflictos armados! ¿¡Y ahora nos vienen con esto?!
-¡Es un escándalo, un ultraje!
Los distintos miembros del Consejo se siguieron cruzando palabras airadamente, al tiempo que Creto les dejaba hacer sin prestarles demasiada atención. Tras todo ese tiempo de continua paz los ánimos se habian calmado bastante, y la simple mención de un nuevo conflicto armado reabrió viejas heridas no del todo cicatrizadas. Esto era algo que Creto se esperaba hasta cierto punto, pero ni siquiera él estaba del todo seguro de las implicaciones ni del alcance real que supondría algo así para su reino.
En ese momento la puerta se abrió y un mensajero entró en la sala apresuradamente y con gesto alterado.
-¡Majestad, traigo noticias urgentes del valle Entrerreinos!
-¿Qué sucede?-inquirió Creto, agradecido por el abrupto cambio de tema.
-¡Ha sido invadido por fuerzas hostiles, señor, extraños ponis oscuros de cristal lo han tomado por completo!
El anuncio tomó por sorpresa a todos los presentes, Creto incluído, pero al oírlo los miembros de la Corte estallaron en contra de su propio rey.
-¿¡Qué significa esto?! ¿¡Acaso la alicornio tiene algo que ver?!
-¡Exigimos que la ponga en prisión preventiva inmediatamente!
-¿¡Cómo ha podido permitir que algo semejante sucediera?!
-¡Exigimos una respuesta inmediata!
Sin embargo, el rey minotauro apenas escuchaba lo que sus súbitos le decían, percibiendo que lo que llegó a ver por mediación de ese extraño ser comenzaba a tomar forma. Sin embargo, que su propio Consejo se pusiera en su contra no le convenía en absoluto, por lo que trató de poner orden en el incipiente caos.
-¡Ya basta! ¡Independientemente de que sean ponis o cualquier otra raza es imperativo que respondamos a no más tardar! ¡No podemos perder un enclave tan importante como el valle Entrerreinos!
-¡Hable por usted, majestad!-le espetó Lord Ravenar en ese momento.
-¡La última vez que confiamos en otra raza nos la dieron con queso y eso nos obligó a claudicar como simples siervos ante los ponis! ¿¡Y ahora tenemos que hacer lo mismo!? ¡Es simplemente ridículo!-masculló otro minotauro del Consejo.
-¡No nos rebajaremos de nuevo ante nadie, y usted tampoco debería, majestad!
Las acusatorias palabras del Consejo hicieron mella en Creto, el cual se quedó callado con un gesto en su rostro difícil de discernir; en esa situación, el miembro más anciano de todo el Consejo se dirigió a su rey de manera tranquila pero tajante.
-Majestad, sabe que nosotros siempre seremos leales a la corona. Pero como bien comprenderá, no estamos dispuestos a sufrir otra humillación como la de antaño. Después de todo, tenemos una posición que mantener. Y si nos atacan, tenemos que responder con contundencia.
Los argumentos del anciano minotauro hicieron dudar por un momento a Creto, el cual se lo pensó muy bien antes de decir nada. En cuanto tuvo una buena respuesta, se apresuró a darla.
-Si Laberintia entra en guerra con quien sea que haya atacado el valle Entrerreinos el resto de reinos nos deberán seguir. El tratado de coalición debe ser respetado.
-¿¡Y qué hay de los ponis?! ¿¡En serio cree que ellos no tienen nada que ver con todo esto?!-masculló Lord Ravenar, furioso.
-Si tuvieran algo que ver, ya nos hubieran atacado en esta misma sala. Cualquier raza que se precie, ponis incluidos, no sería tan tonta como para meterse en la boca del lobo antes de atacarlo. Creo que eso lo sabemos todos muy bien, y saben que hablo por experiencia.
Las secas y cortantes palabras de Creto callaron al instante a los miembros del Consejo, los cuales no dijeron nada más al respecto; el rey aprovechó entonces para comenzar a planear el contraataque.
-Lord Ravenar, avise a las tropas de infantería y caballería, que se preparen para un viaje hacia el valle Entrerreinos. Tendremos que llevarnos todas las máquinas que podamos, el valle es muy amplio para que unas pocas tropas lo recuperen ellas solas. Y que avisen al sultán de Saddle Arabia, sus arqueros serán de gran ayuda para cubrir la retaguardia.
-Sí, majestad-asintió Ravenar con renuencia.
Tras eso la reunión del Consejo se disolvió y todo el mundo volvió a sus quehaceres, al tiempo que Creto salía y se dirigía a una de las criadas.
-¿Dónde están los ponis?
-En el comedor, su majestad.
-Bien.
Se dirigió allí a no más tardar y entró con paso lento pero contundente; al verle, tanto Luna como Galadriel le lanzaron sendas miradas inquisitivas, en cuanto llegó junto a la mesa indicó con contundencia.
-Todo el mundo fuera excepto la princesa y la mona lampiña.
-¿Perdón?-inquirió Rainbow, molesta.
-Dash, cállate y camina-masculló Applejack, moviéndola.
Las demás se marcharon y, una vez solos, Creto se dirigió a Luna con gesto neutro.
-Han atacado el valle Entrerreinos. Me han dicho que han sido unos ponis oscuros de cristal.
-Le dije que se movería en cuanto tuviera la oportunidad-murmuró Luna, sin mayores pretensiones.
-Sabrá entonces que esto sólo es el principio-murmuró Galadriel, sin alterarse.
-Sí, pero el problema es que mi Consejo cree que ustedes tienen algo que ver.
-Eso es estúpido, nadie en su sano juicio haría algo así, y menos a usted y su reino-murmuró la alicornio, frunciendo el ceño.
Ante eso Creto esbozó una sucinta sonrisa, continuando su charla.
-He conseguido ponerles en vereda ordenando un contraataque, pero no sé hasta qué punto acatarán las órdenes así sin más. Estamos aún muy condicionados por lo que ocurrió en el pasado, y… mentiría diciendo que yo no lo estoy. Me cuesta mucho confiar en usted así sin más, pero mi pueblo es lo primero, como podrá comprender.
-Lo entiendo, majestad, aun así no podemos quedarnos quietos así sin más…
-Si quieren venir y participar en el contraatque, estupendo, pero les voy a pedir que no interfieran demasiado en los asuntos del palacio. El Consejo puede que aproveche cualquier momento para endosarles la culpa.
-Descuide. Aunque, majestad…
-¿Sí?
-¿Hay algo que pueda hacer para ayudarle? Sé que en el pasado cometimos muchos errores, en ambos bandos, y si está en mi casco me gustaría poder ayudarle de alguna forma…
El minotauro la miró por un momento con un gesto difícil de discernir, esbozando un extraño aspaviento casi indescifrable y murmurando de seguido.
-Ya no hay nada que hacer, princesa. Lo que está hecho no se puede deshacer, y hay cosas que no se olvidan. Usted debería saberlo mejor que nadie.
Y, tras esas palabras, se marchó de allí dejándolas solas aún con el desayuno a medio tomar; Galadriel le observó con gesto escrutador, al tiempo que la alicornio oscura se sumía en sus propios pensamientos.
-Parece atribulado por algo en concreto-comentó la elfa en ese momento.
-Sí… y creo saber bien qué es-asintió Luna.
-Ya veo… ¿crees poder interferir si se diera la oportunidad?
-Interferir no es la palabra adecuada, más bien… mediar. Sí, eso es lo que estoy pensando.
Ante eso Galadriel esbozó una somera sonrisa, murmurando de seguido.
-En ese caso bien podría valer la pena intentarlo.
Luna esbozó una confidente sonrisa, sabiendo que no perdía nada por hacerlo. Después de todo, aún quedaba tiempo antes de que las tropas marcharan hacia el valle Entrerreinos.
Durante el resto del día, los minotauros parecieron claudicar un poco ante la presencia de los ponis por mediación de Creto, y pudieron salir del palacio y caminar por las calles de la ciudadela sin que nadie les espetara nada. Estuvieron observando como las tropas de infantería y caballería, que además montaban unas extrañas criaturas cuadrúpedas muy parecidas a unos lobos, pero mucho más grandes y corpulentos, se preparaban para la inminente partida. La noticia de lo sucedido se había extendido como la pólvora y las herrerías habían aumentado su actividad gratamente, comenzando a forjar nuevas armas y espadas para la batalla. Durante su visita al segundo nivel estuvieron observando atentamente cómo los herreros trabajaban el metal haciendo armas de todo tipo, desde espadas ligeras, espadas largas que se empuñaban a dos garras, hachas de guerra y hasta enormes y abultados martillos de combate. La que más parecía interesada era Galadriel, la cual comentó al respecto.
-Los elfos en mi mundo también son grandes herreros que trabajan con soltura y mucha dedicación el metal. Personalmente no poseo muchos conocimientos al respecto, pero sí sé realizar runas y grabados. ¿Puedo intentar una cosa con tu espada, Luna?
-Ah, sí, claro…
La alicornio oscura la entregó su espada mágica y Galadriel la sostuvo entre sus alargadas manos, levantando el filo y observándola atentemente; el minotauro herrero más cercano, al verla, comentó.
-No está mal forjada, pero no llega a nuestro nivel, eso desde luego. Además, es mágica, nosotros no trabajamos con juguetes, sino con armas de verdad.
Luna quiso decir algo, molesta al respecto, sin embargo Galadriel se adelantó comentando.
-¿Me permite usar su yunque y un punzón?
-Ah, pues… sí, supongo… pero no se tome mucho tiempo, tengo varios pedidos pendientes.
-Descuide, tan solo será un momento.
La elfa cogió un pequeño punzón cercano y lo calentó en el fuego antes de usarlo en el filo de la espada, comenzando a dibujar en el mismo una serie de glifos y runas mientras entonaba por lo bajo una serie de cánticos en su idioma. Éstos brillaron por un momento en la hoja, grabándose de esta forma hasta que finalmente el brillo cesó y desaprecieron como si nunca hubieran existido.
-Listo-anunció Galadriel, entregándosela de nuevo.
-¿Qué has hecho exactamente?
-La he reforzado contra artes oscuras, por así decirlo. Si se encuentra con una superficie impregnada de magia negra, podrá destrozarla con poco que incidas. Y también he potenciado un poco sus propiedades mágicas. Muchas de éstas técnicas me las enseñó el propio Celebrimbor, así que estarás bien protegida ahora.
-Vaya, muchas gracias…
-¡Oh, sublime, querida! ¿Podrías hacer lo mismo con la mía?-inquirió Rarity en ese momento.
-Claro, dámela un momento.
Repitió el mismo procedimiento con la espada de Rarity y, una vez terminado, se apartó para dejar trabajar al minotauro. Tras eso se retiraron un poco y, en petit comité, las demás se dirigieron a Luna.
-Princesa, una pregunta ¿vamos a ir junto con los minotauros a recuperar el Valle Entrerreinos?
-Iréis vosotros, yo tengo antes una cosa que hacer-anunció la alicornio para su sorpresa.
-¿Nos deja?-inquirió Applejack, extrañada.
-¿Quiere que vaya con usted?-se ofreció Rainbow rápidamente.
-Sabía que me dirías eso, Dash, pero esto es algo que debo hacer sola. No sé cuánto tiempo me llevará, pero si para mañana por la mañana no he vuelto, iros sin mí.
-¿Estará bien? Por cómo lo pone parece ser algo peligroso…-murmuró Fluttershy, preocupada.
-No os voy a mentir, va a ser un tanto peligroso, pero tengo mis razones para hacerlo. Por ahora prefiero no llamar demasiado la atención, pero lo dicho, si para entonces no he vuelto, marchaos sin mí. Espero poder unirme a vosotros antes de la batalla, si no, esperadme a la luz del tercer día. Al alba, mirad al este.
Las palabras de la alicornio extrañaron y preocuparon tanto a los ponis como a Spike a partes iguales, sin embargo Galadriel la miró con un gesto de determinación grabado en su cara, comentando de seguido.
-Parte sin miedo, yo estaré con ellos y ayudaré en la batalla.
-Gracias, Galadriel, por todo, sin ti hubiera sido mucho más complicado llegar hasta aquí.
-No ha sido nada, después de todo no puedo permitir que Sauron corrompa un mundo que no es suyo ni le pertenece.
Tras eso Luna esbozó un gesto lleno de determinación, llegando a ver no muy lejos de donde se encontraban una gárgola que hablaba con un minotauro comerciante. El ceño de la alicornio se frunció, sin quitarle la vista de encima. Tenía que intentarlo. Su ayuda tal vez sería determinante para ganar la guerra.
Esa misma noche, y al amparo de una luna muy menguante y casi nueva, Luna partió de Cnosia sin que nadie la viera y ataviada en una capa de viaje que la cubría toda su grupa y su cabeza gracias a una holgada capucha, aunque no pudo ocultar del todo su cuerno, por lo que optó por volar para no ser vista. Remontó la alta montaña que albergaba la capital hasta alcanzar su cúspide, donde vio una antigua atalaya de piedra que por suerte no era usada, y echó a volar hacia el este.
Más allá de Laberintia se extendía uno de los reinos más antiguos de todo Equus que, en su día, también fue sacudido por las Guerras Vetustas, y debido a ello perdió muchas áreas cultivables, obligando a sus habitantes a retirarse a una pequeña zona aislada del mismo que escapó de la destrucción de la guerra. Por el camino pudo ver todos esos campos y terrenos dilapidados, presentando un aspecto pobre y ceniciento muy parecido, aunque no igual, al de las tierras vetustas. En la cabeza de Luna se agolparon entonces los recuerdos, rememorando las historias que su padre las contaba poco antes de que muriera. La pena y la tristeza la abordaron por un instante, sin embargo la alicornio se mantuvo fuerte y apartó esos pensamientos de su mente. Tenía que mantenerse serena. Lo necesitaba para lo que iba a hacer.
El vuelo continuó durante al menos un par de horas, atravesando más campos yermos e incluso extensos cenagales donde aún se conservaban antiguos restos y vestigios de aquellas contiendas, viendo antiguas máquinas de guerra, viejas armas y armaduras oxidadas junto con lo que quedaba de sus ocupantes, dándole al lugar un aspecto desolado y aterrador. Tuvo que parar un momento para descansar un poco las alas, pero se arrepintió al poco rato, puesto que empezó a ver cosas que nunca creyó que llegaría a ver en toda su vida.
Y es que no solo había restos en la tierra, sino que también vio multitud de cuerpos sumergidos en las aguas de ese enorme cenagal; y eso no fue todo, puesto que llegó a presenciar fuegos fatuos bailoteando en la distancia y entre la niebla imperante, animándola a seguirlos con su hipnótica danza. Luna cerró los ojos con fuerza para evitar seguirlos, pero entonces oyó unos susurros en la distancia que hicieron que se la erizara todo el pelaje.
-Luna… Luna… estamos aquí, Luna…
La alicornio negó la cabeza con fuerza, tratando de que el miedo no se apoderara de ella; sabía que no debía escuchar lo que esas voces decían, pero que supieran su nombre la asustó mucho más de lo que ella misma se esperó. Echó a andar bordeando los cenagales y esquivando restos de todo tipo, al tiempo que iba iluminando el camino con su cuerno. Vio un par de fuegos fatuos no muy lejos de allí que revoloteaban sobre el agua, pero los ignoró. Una voz susurrante en la distancia volvió a hablar.
-Luna… cariño… soy yo… estoy aquí…
Ésta vez la alicornio se detuvo, abriendo los ojos de par en par, incrédula. Sin poder evitarlo siquiera, musitó entre dientes.
-¿¡Papá?!
-Luna… ven conmigo, Luna…
No recordaba mucho de su padre, pero recordaba lo suficiente como para distinguir su voz. Por un instante quiso ir tras ella, pero se contuvo lo indecible para no salir corriendo. Sabía lo que la podría pasar si caía en la más que obvia trampa que eran esos cenagales. Sin embargo, algo en su interior la conminó a avanzar, al tiempo que las voces susurrantes se intensificaban.
-No me dejes… Luna… por favor… mi Luna…
No se dio cuenta al principio, medio cegada por la voz y sus propios pensamientos, pero en cuanto recuperó un poco el sentido se vio justo enfrente de otra gran y profunda charca llena de cuerpos de todo tipo. El gesto de la alicornio se torció al ver que muchos de esos cuerpos eran de antiguos alicornios con las alas deformadas y sus cuerpos medio mutilados, todos sorprendentemente bien conservados gracias al agua y sus bajas temperaturas. Pero en el centro de toda esa vorágine de muerte y putrefacción vio entonces el cuerpo de un poni de tierra que le era horriblemente familiar. El rostro de Luna se desencajó, presa del más absoluto horror.
-No… papá…-musitó, con los ojos anegados.
Y fue en ese mismo instante cuando el cuerpo de su padre abrió los ojos. Luna dejó escapar un agudo grito y, sin darse cuenta siquiera, se inclinó demasiado sobre la superficie y cayó al agua. Un frío inescriptible se echó sobre la alicornio, al tiempo que trataba de salir de ahí, pero una extraña fuerza parecía sostenerla bajo el agua. Abrió los ojos y entonces los vio. Vívidos y luminosos espectros de ponis, alicornios, minotauros y hasta centauros la rodearon con grotescos y desfigurados rostros, alzando sus patas hacia ella como queriendo alcanzarla y apresarla para que se uniera a ellos. Luna gritó presa del pánico y no pudo evitar tragar agua, sintiendo como las fuerzas la comenzaban a flaquear. Las fantasmagóricas pezuñas de los muertos estaban cada vez más y más cerca de ella, y no volvió a ver a su padre entre la mortal multitud que la rodeaba. La alicornio cerró los ojos, esperando su inminente final. Y entonces, algo se aferró a su capa y tiró de ella.
Una bocanada de aire fresco la devolvió a la vida, al tiempo que empezaba a toser, expulsando el agua de sus pulmones. Una voz se dirigió a ella, con tono tranquilizador.
-¿Se encuentra bien, señorita? Éste no es lugar para que nadie esté por aquí…
La aludida se dio la vuelta, aún con el miedo en el cuerpo, y al alzar la vista vio una figura que le era de cierta manera familiar; poseía unas alas en su espalda, así como un pelaje frondoso castaño que le cubría la cabeza y parte del pecho. Al verla mejor, la figura masculló anonadada.
-Un momento… ¿¡princesa Luna?! ¿¡Qué está haciendo aquí?!
-Espera, tú… ¿Scorpan?-masculló la aludida, atónita.
Y es que la gárgola que ella y su hermana conocieron muchísimos años atrás estaba allí frente a ella, y la acababa de salvar de una muerte muy segura; apenas había cambiado, aunque ahora se veía mucho más mayor y maduro. En cuanto logró incorporarse, se dirigió a él atropelladamente.
-Tú… me has salvado… ¿de dónde has salido?
-Suelo venir aquí de vez en cuando para patrullar, las ciénagas malditas no son seguras, sobre todo de noche cerrada. Estaba por aquí cerca cuando oí su grito y me acerqué a ver… ¿qué hace aquí, princesa?
-Yo… había venido para hablar con tu padre… para proponerle una tregua…
Esas palabras cogieron por sorpresa a Scorpan, el cual comentó al respecto.
-¿Una tregua? ¿Está segura de eso, princesa? No creo que quiera aceptar, además… lo que pasó…
-Sé lo que pasó, Scorpan, lo sé muy bien, pero por eso quiero hablarlo. Hay mucho en juego actualmente, y si no lo hacemos tal vez puede que se vuelva a repetir lo mismo que pasó aquí, en Ecuestria y en todo Equus.
Ante eso la gárgola se quedó callada, sin saber muy bien qué decir a continuación; sin embargo, y tras ver la mirada de disposición de la alicornio, finalmente murmuró.
-Está bien, te llevaré con él… pero no puedo prometerte nada, me temo.
-Me basta con poder hablar con él, eso es todo.
Tras eso, y descansar un poco más, los dos retomaron el vuelo dejando atrás los pantanos y continuando hacia el este. Durante todo el camino estuvieron conversando y poniéndose al día, siendo Scorpan el primero en hablar.
-Ha tenido suerte, princesa, si no hubiera estado por aquí no la hubiera encontrado… ¿qué hacía en las ciénagas malditas?
-Paré a descansar un momento, pero lo que vi y oí allí…
Antes de que la alicornio pudiera continuar, la gárgola la excusó rápidamente comentando.
-No hace falta que me diga nada, esas ciénagas son famosas por la cantidad de sucesos que en ellas acaecen, sobre todo de noche. Yo también he visto cosas de vez en cuando. Tanta muerte y sufrimiento es lo que tienen.
Luna no dijo nada más al respecto, asintiendo con la cabeza, aunque enseguida cambió de tema inquiriéndole directamente.
-¿Qué tal está tu padre, el rey Vorak?
-Mi padre está muy anciano ya, y puede que no le quede mucho tiempo de vida. Hasta ahora mi madre, que se encuentra mucho mejor, ha estado llevando los asuntos del reino ella sola y yo la he estado ayudando lo mejor que he podido. El asunto de la salud de mi padre es un tema delicado, y aunque soy su hijo en términos técnicos, no todo el mundo ve con buenos ojos que una gárgola como yo sea el único heredero al trono. Aquí entra en conflicto lo que pasó hace tiempo atrás, ya sabe…
-Entiendo, pero como bien ya sabréis, se aceptó la sentencia de forma tajante…
-Sí, sí, aunque debido al tema de la sucesión no todo el mundo está de acuerdo ahora con ella. Hay gente que pide su extraditación para que cumple su condena aquí y, al mismo tiempo, llegue al trono en cuanto ésta termine…
-¿Después de todo lo que hizo? ¿No debería ser suficiente eso como para apartarle de sus funciones de manera técnica? Nuestros estatutos contemplan una expulsión de la familia real a todo miembro que se salte la ley…
-Puede que con vuestras leyes sea así, pero ya sabe que aquí lo que dice el rey va a misa.
-Ya, me lo imagino…
No estaba muy puesta en legislación centáurica, pero visto lo visto debía de diferir mucho de la ecuestriana. Aun así había venido sabiendo que iba a ser complicado, por lo que no le dio mayor importancia de la que ya tenía. Después de todo el destino de Equus pendía de un hilo, por lo que no perdía nada por intentarlo.
Finalmente, y tras varios minutos más de vuelo ininterrumpido, llegaron al castillo de Medianoche, lo poco que quedaba del reino de los centauros tras el fin de las Guerras Vetustas. Éste se encontraba localizado junto a los mares lánguidos, en lo alto de un gran risco y elevándose varios metros sobre el nivel del mar. Se trataba de una gran fortaleza que hacía las veces de ciudad y donde vivían la gran mayoría de centauros y gárgolas que quedaron vivos tras las guerras.
-Hemos llegado-anunció Scorpan.
-Sí… hacía tiempo que no me pasaba por aquí-admitió Luna, admirando el castillo desde la distancia.
-Las cosas no han cambiado demasiado desde la última vez que estuviste aquí. No sé cómo te recibirán, pero al menos vienes conmigo.
-Bueno, a ver…
Por guardar las formas aterrizaron junto a la puerta principal, donde dos soldados gárgolas les vieron llegar; al ver a Scorpan se relajaron, pero no quitaron ojo de encima a Luna, mirándola con una mezcla de incredulidad y escepticismo a partes iguales.
-Tranquilos, viene conmigo-murmuró Scorpan.
-Lo que usted diga, alteza-asintieron los soldados.
Tras eso les dejaron pasar y entraron en el nivel inferior de la enorme ciudadela que albergaba el gran castillo; desde los tiempos de antes de las Guerras Vetustas, las gárgolas siempre habían sido afines a los centauros en una suerte de relación de vasallaje dentro de una sociedad eminentemente estamental, siendo los centauros los que estaban por encima de las gárgolas. Éstas podían formar familias entre ellas pero no con los centauros, a excepción de la reina consorte, puesto que su presencia en ese papel desde hacía siglos había garantizado su presencia en el reino centauro desde entonces. Debido a esto, las gárgolas no pasaban de ser simples pajes para los caballeros centauros, o bien sirvientes para los estamentos más altos cercanos a la corona. No era una sociedad con la que los ponis o cualquier otra raza congeniaran especialmente, aunque los estragos de las guerras y los resultados de las mismas acabaron por debilitar las relaciones del resto del mundo con los centauros, al tiempo que éstos también se apartaron en su día del resto de razas que poblaban Equus, ignorándose mutuamente.
El paseo por la ciudadela levantó más de una cabeza tanto por parte de las gárgolas como de los centauros, siendo éstos los más chocados de ver a una alicornio paseando por allí; algunos tan solo se limitaron a mirarla con una mezcla de interés y extrañeza, mientras que otros mostraron una mayor animadversión, especialmente los centauros. Pero dado que iba acompañada por el príncipe Scorpan, nadie se atrevió a decirla nada.
Tras atravesar los distintos niveles que componían la ciudadela, de manera muy parecida a Cnosia, llegaron finalmente al palacio real, en lo más alto del castillo; una vez allí, se dirigieron directamente al salón del trono, donde vieron al rey Vorak. Estaba mucho más anciano y desgastado a como Luna lo recordaba, antaño se caracterizaba por ser un líder nato con mucha garra, pero ahora tan solo parecía ser una sombra de lo que antes fue. Su pelo largo y canoso casaba con una larga y alborotada barba blanca, junto con un gesto muy cansado en su senil rostro y unos apagados ojillos amarillos. Vestía pulcramente, con una tosca armadura plateada y dorada que le cubría todo su torso rematada con una capa roja con los bordes blancos. Al contrario que la mayoría de los centauros, sus cuernos eran como los de un venado, resaltando su estatus real, rematándolo con una vistosa corona dorada con diamantes plateados incrustados en ella.
A su lado se encontraba la reina Haydon, que se conservaba mucho mejor que su marido; era una fina gárgola de pelaje amarronado, como Scorpan, ojos amarillos y gesto más dulce y maternal. Iba ataviada con un fino y sedoso vestido blanco con engalanes plateados que la cubrían todo su cuerpo, rematado con una tiara plateada en su cabeza que la identificaba como reina. Sus ojos amarillos, como los de su marido, parecían mirarlo todo, abriéndose ampliamente en cuanto vio a Scorpan entrar acompañado por la propia Luna.
-¿Princesa Luna?-inquirió ella, anonadada.
-Buenas noches, reina Haydon, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos-saludó ella cortésmente.
Al oír su voz, Vorak se reincorporó débilmente, al tiempo que mascullaba.
-Haydon… ¿quién está ahí?
-Es… Scorpan, ha venido acompañado de alguien más…-murmuró ella, insegura.
-¿Y quién es? Me ha parecido oír un nombre…
La reina se mordió un labio, con evidente gesto preocupado, cosa que Scorpan se apresuró a comentar.
-Tranquilo, padre, soy yo…
-Sí, sí, eso ya lo sé, he preguntado que quién viene contigo…-insistió el rey, con voz cascada.
Viendo el apuro por lo que estaban pasando madre e hijo, Luna optó por cortar por lo sano, siendo ella misma quien se presentara.
-Saludos, rey Vorak. Soy la princesa Luna de Ecuestria, y he venido a parlamentar con usted.
El rey centauro se quedó callado por un momento, como si no hubiera oído del todo bien, sin embargo se reincorporó un poco más, echándose hacia delante, al tiempo que un gesto de rabia iba dibujándose en su anciano rostro, mascullando entre medias.
-¿La princesa Luna? ¿Un alicornio aquí, en el reino de Medianoche?
-Entiendo que mi presencia no le sea grata, majestad, sin embargo las circunstancias me han obligado a venir a parlamentar con usted. Una grave amenaza se cierne sobre todos nosotros.
Ese comentario detuvo por un momento a Vorak, el cual se quedó callado por un momento con gesto pensativo; en un momento dado, volvió a hablar.
-Puede que sea viejo, apenas vea u oiga, pero creo que sigo en pleno control de mis facultades mentales. Si mi memoria no me falla, tras el armisticio se acordó un alto el fuego y un tratado de no agresión. Y entre medias, pasó lo que pasó. ¿Acaso no es suficiente?
-No se trata de eso, majestad, antes debe escuchar lo que le tengo que decir…
-¿Y por qué la iba a escuchar? Después de todo, nuestro pueblo ya pagó los errores del pasado con sangre y muerte. Dicen que todo se hereda… pero la deuda ya quedó saldada. No le debemos nada a nadie, ni siquiera a usted.
Ante eso Luna guardó silencio, dejando escapar un leve suspiro al tiempo que Vorak señalaba hacia una de las vidrieras del salón; en ella se podía ver un abultado y amenazante centauro de piel rojiza y azulada sosteniendo entre sus garras una bolsa de tela oscura. Miraba hacia delante con gesto intimidante y feroz.
-Mi bisabuelo, Tirac, puede que no fuera perfecto y amenazara a Ponyland y sus tierras adyacentes, pero ni mi padre ni un servidor quisimos seguir su senda. Aun así, se nos fue denegada cualquier posibilidad de defendernos. Y al final, pagamos el precio.
Luna quiso decir una cosa o dos sobre eso, pero supo que sería contraproducente dadas las circunstancias, por lo que se quedó callada.
Aunque los primeros conflictos que desencadenaron las Guerras Vetustas fueron promovidos en gran medida por agentes de la oscuridad relacionados directa o indirectamente con los centauros, Tirac fue el primero en comenzar secuestrando ponis y usándolos en experimentos con magia oscura. Aun a pesar de que pudo ser detenido, su influencia permaneció y muchos otros villanos sedientos de poder le fueron sucediendo uno tras otro, escalando las tensiones y provocando distintos conflictos que se fueron alargando en el tiempo. Luna no conocía todos los detalles, pero sabía lo suficiente acerca de cómo los centauros prevalecieron en todo momento durante todas esas contiendas, levantando siempre las sospechas en ese sentido.
Sin embargo sabía que no podía quedarse callada, comentando acto seguido.
-No he venido aquí a abrir viejas heridas del pasado, sino a tender puentes. Sé perfectamente que nuestras razas no han estado nunca en los mejores términos, pero no puede ignorar así sin más lo que está por venir. Una fuerza oscura que no es de éste mundo ha tomado mi tierra y ahora amenaza no sólo a los reinos adyacentes sino a todo Equus. Los minotauros han accedido a combatirlos en el Valle Entrerreinos pero temo que tal vez no sean suficientes como para sostener una guerra ellos solos. Debemos unirnos, majestad. Sólo así tendremos una oportunidad para detener a este gran mal.
Tras las palabras de Luna hubo un breve pero intenso silencio en el cual el rey Vorak se quedó callado con gesto pensativo y circunstancial; por su parte la reina Haydon parecía estar más preocupada en comparación, rumiando las palabras de la alicornio, y Scorpan miraba a su padre con gesto mustio. Finalmente, y tras el intercambio de silencios incómodos, el rey centauro habló.
-Me hace mucha gracia que ahora, después de todo este tiempo, sean los ponis los que me piden ayuda a mí. A mí, tras años y años de adusta indiferencia. ¿Se supone que tengo que responder formalmente? No me haga reír…
-Por favor, majestad, esto no se trata de antiguas rencillas del pasado, sino de asegurar el futuro de todas las razas, está en juego nuestra libertad…-insistió Luna.
-Libertad… ah, sí, como la que no tiene mi hijo, por ejemplo…
Ese comentario hizo callar a Luna, que no quiso seguir por ahí, pero Vorak masculló de seguido.
-En su día acepté las condiciones porque lo consideré justo, pero creo que ha pasado el suficiente tiempo como para que al menos termine de cumplir su condena aquí.
-Con todos mis respetos, majestad, su hijo hizo lo que hizo y por ello se le consideró un criminal de guerra, por lo que debe de pasar el resto de su condena en el Tártaro. Eso es innegociable-murmuró Luna contundentemente.
-En ése caso esto también lo es-respondió Vorak, fríamente.
Ante eso la reina Haydon se apresuró a mediar en esa situación, dirigiéndose directamente a su marido.
-Vorak, por favor, ya hemos hablado de esto, deberíamos considerarlo, la princesa Luna no está aquí para antagonizarnos, piensa que estoy haciendo todo lo posible por que acepten a Scorpan como heredero legítimo, tal vez, si hacemos esto, seremos mejor considerados…
-¿¡Y a qué precio, Haydon?! ¿¡Dónde queda nuestra dignidad en todo esto?! ¿¡Es que acaso quieren quitarnos aún más de lo que ya nos arrebataron tras la guerra?! ¡Me niego a dejar éste mundo consciente de que mi raza está abocada al más absoluto ostracismo!
No pudo continuar puesto que le sobrevino un acceso de tos que le interrumpió en seco, preocupando tanto a Haydon como a Scorpan, el cual se acercó a él mientras le hablaba.
-¡Padre, por favor, no te fuerces, tu corazón!
El rey centauro pareció serenarse por un momento, a lo que Luna aprovechó para comentar.
-No he venido aquí para discutir con usted, majestad, y mi deseo no es otro que defender la tierra que nos pertenece a todos por igual. El pasado pasado es, y ya no hay nada que ni yo ni usted podamos cambiar. Ojalá pudiéramos volver atrás y deshacer todos los agravios, ahorrándonos años y años de muerte y sufrimiento. Pero ahora es tiempo de volver a ser uno solo, unirnos en torno a un objetivo en común. Si nos unimos a los minotauros y les ayudamos a repeler el ataque enemigo, aún hay una posibilidad de defender el este. Y tal vez rodearlos desde el oeste para así atraparlos y contenerlos desde fuera, para evitar que el mal se extienda. Piénselo, majestad. Si hacemos esto y funciona, puede que incluso su raza sea vista con mejores ojos.
Vorak se quedó callado, pensando atentamente las palabras de la alicornio; tanto Haydon como Scorpan esperaron a que su rey se pronunciara al respecto. Finalmente, y tras cerrar los ojos con gesto cansado, el rey centauro murmuró.
-Lo hace parecer tan fácil… pero como usted bien dice, los agravios ya fueron realizados hace mucho tiempo. Los minotauros nos ignoraron con el tiempo ¿Qué nos garantiza que nos harán caso una vez que todo pase? ¿Y qué hay de mi hijo?
Luna guardó silencio, mordiéndose el labio inferior; con los minotauros veía posibilidades si todos se sentaban en una mesa a hablar, pero con el tema de su hijo todo era mucho más complicado. En un momento como ése echó en falta a su hermana, puesto que ella era mucho más diestra en ese tipo de negociaciones. Aun así optó por intentarlo, murmurando de seguido.
-Si logramos repeler el ataque enemigo y les obligamos a retirarse, puedo conseguirle una reunión con los minotauros para hablar de condiciones y tratos comerciales conmigo como mediadora. En cuanto a lo de su hijo… veremos qué podemos hacer al respecto.
El ceño de Vorak se contrajo al oír esto, aunque se mostró algo más interesado con la reunión con los minotauros; por un momento se recompuso en su trono, anunciando al poco rato.
-Debo… pensármelo.
-Apenas tenemos tiempo, majestad, las tropas minotauras saldrán mañana pero tienen al menos tres días por delante para llegar al Valle Entrerreinos…
-Tiempo suficiente entonces ¿no cree? Cuando te haces viejo lo valoras mucho más. Y créame, yo he tenido mucho para pensar largo y tendido durante mi longeva vida. Consideraré su oferta, pero tendrá que esperar. Hasta entonces, puede quedarse aquí el tiempo que necesite-anunció Vorak, cortante.
Ante eso Luna no tuvo más remedio que aceptar; era mejor que nada después de todo, y tal vez podría aprovechar su estancia allí para aprender un poco más de la historia del reino de Medianoche y así acercarse mejor a Vorak.
-Muchas gracias por escucharme, majestad.
-Sí, sí… puede retirarse.
Luna inclinó su cabeza y se marchó de allí junto a Scorpan, dejando solos tanto a Vorak como a Haydon, la cual se dirigió a su marido con gesto peocupado.
-Oh, Vorak, no deberías cerrarte así, piensa que esto es una oportunidad para recuperar el respeto perdido…
-¿Y a costa de qué? Ya pagamos el precio de la guerra con sangre, fuego e indiferencia ¿acaso nos van a pedir más? ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Lo poco que queda del reino? Y encima nos pide que ayudemos a los minotauros… ¡a los minotauros! Mal rayo les parta…
Ante eso Haydon no dijo nada, comprendiendo en parte las quejas de su rey, aunque en ese momento el aludido murmuró.
-Lo que más temo es dejar este mundo sin un futuro para nuestro reino, Haydon… ¿qué puedo hacer? ¿Y qué hay de mi hijo? Aun y con todo sigue siendo el legítimo heredero…
-¿Y qué hay de Scorpan? Él también es tu hijo, Vorak…-le recordó ella, un tanto molesta al respecto.
El rey centauro dejó escapar un seco suspiro, murmurando de seguido.
-Lo sé, Haydon, no pienses lo contrario… pero sabes cuál es el problema.
Ante eso la gárgola dejó escapar un ligero aspaviento y, tras eso, se retiró sin decir nada más con gesto enfadado, dejando ahí a su rey pensativo.
Por otro lado, y ya lejos del salón del trono y los guardias, tanto Luna como Scorpan se dirigieron hacia las habitaciones mientras iban hablando de todo el asunto en cuestión.
-¿Tan grave es, princesa?
-Me temo que sí, Scorpan, aunque no lo parezca estamos en guerra desde el momento en que la estudiante de mi hermana tomó Ecuestria para sí. Es por eso por lo que una unión de todas las razas de Equus es necesaria si lo que queremos es detenerla-asintió la alicornio, con gesto preocupado.
-Lo entiendo perfectamente, pero entiéndanos a nosotros también, llevamos años arrastrando una recesión tremenda debido a las Guerras Vetustas, no estamos para involucrarnos en otro conflicto armado. Ya ha visto cómo está mi padre, no se encuentra en condiciones de dirigir ni coordinar nada-explicó la gárgola.
-Sí, y lo entiendo, Scorpan, no creas lo contrario. Por lo que he visto, le preocupa el tema de la sucesión, pero como comprenderás no podemos soltar a tu hermano así sin más…
-Él hizo lo que hizo, intenté advertirle pero no quiso escucharme. A veces no puedo evitar culparme por lo que sucedió, no fui lo suficientemente persuasivo y al final todo el reino pagó las consecuencias…
Luna observó a Scorpan por un momento, llegando a esbozar una leve sonrisita y comentando de seguido.
-Tienes aptitudes más que de sobra para sacar tu reino adelante. No entiendo por qué tu padre no abdica en ti...
-Es muy complicado, los nobles centauros no están dispuestos a ver una gárgola reinando en Medianoche. Desde siempre hemos sido sus siervos, pero esto cambió ligeramente cuando mi madre se casó con Vorak y se redactaron una serie de leyes que suavizaron en cierta medida las relaciones sociales. Aun y con todo, seguimos igual que hace cincuenta años. No levantamos cabeza, las guerras nos hicieron muchísimo daño.
Ante eso Luna esbozó una mirada decidida, poniendo orden en sus pensamientos; aunque sabía que llegar y besar el santo iba a ser prácticamente imposible, al menos ahora tenía algo con lo que empezar a trabajar. Los siguientes tres días iban a ser de lo más intensos.
Esa misma noche. Ecuestria seguía envuelta en una densa oscuridad sólo opacada por los súbitos y azarosos rayos que coronaban las nubes que taponaban los cielos, dándole un aspecto tétrico y amenazador. Desde que Twilight se alzó en el poder, un gobierno de miedo y opresión dirigía el reino, y en las principales ciudades y asentamientos la vida se había convertido en un auténtico infierno para los ponis. Había guardias oscuros patrullando las calles las venticuatro horas al día, habian sustituido a todos los cuerpos de seguridad del estado y en todo momento se aseguraban de que nadie se quejara y obedeciera las reglas. Después de todo la vida seguía y el reino tenía que salir adelante, ya que una guerra consumía muchos recursos y todo el mundo seguía trabajando como si nada pasara, pero con la diferencia de que ahora lo hacían para la emperatriz Twilight, como insistía que la llamaran.
En ciudades grandes como Manehattan, Fillydelphia, Baltimare o Vanhoover los ciudadanos se habían adaptado un poco mejor, ya que al ser tan grandes no se podían controlar todos los aspectos de la vida en ellas, por lo que vivían un poco más desahogados en comparación con los pueblos y aldeas más pequeñas, donde el control era total. En Ponyville la vigilancia era constante, la alcaldesa era supervisada en todo momento por un guardia oscuro y, para evitar reuniones clandestinas que pudieran conspirar en contra del nuevo orden, se instauró un toque de queda nocturno en el que los ponis no podían salir de sus casas bajo ningún concepto, y los guardias oscuros, si veían o notaban cualquier indicio de actividad sospechosa, tenían plena potestad de intervenir de la forma que creyeran más conveniente.
Debido a esto el ir y venir de los mismos era constante, y su numerosidad aumentaba día tras día, contándose por centenas entrando y saliendo del bosque Everfree. Por orden expresa de la propia Twilight, y tras la toma del Valle Entrerreinos, el número de guardias nuevos aumentó de forma exponencial para prepararse para la gran ofensiva que se avecinaba, cosa que notaron en el propio bosque el reducto de ponis que resistían como podían al invasor.
-Cada vez son más, Zécora, en algún momento nos acabarán descubriendo-masculló Trixie, preocupada.
-Entiendo tu temor, más si nos fundimos con el ambiente no tenemos por qué doblegarnos ante su clamor. Ahora debemos descubrir el por qué de tanto trajín.
Las dos se acercaron ocultas en todo momento al acceso al estanque espejo, de donde provenían todos esos guardias; el flujo de los mismos no cesaba, y había estado así unos cuantos días seguidos. El que llevaba las cuentas y controlaba el registro estaba siempre en su sitio muy quieto y era más grande que el típico guardia promedio, mostrando incluso cierta capacidad de raciocinio y autonomía bastante notables.
En ese momento salió un numeroso grupo de guardias oscuros pegasos de la cueva del estanque, de por lo menos cincuenta individuos, dirigiéndose directamente al guardia que controlaba todo el asunto.
-¿Destino, señor?
-Puerto de Manehattan, os necesitan en el este para defenderlo, se prevee un ataque inminente.
Los pegasos oscuros asintieron y echaron a volar, marchándose de allí rápidamente; Zécora frunció el ceño, pensando en posiblidades, aunque en ese momento Trixie murmuró.
-Ése estanque es la causa de que hayan tantos, tenemos que hacer algo con él…
-Así es, pero nosotros solos no podremos con todos estos enemigos, necesitamos apoyo de nuestros más inmediatos amigos.
-¿Hablas de tu pueblo?
-Y puede que algo más. Debemos alertar a los demás. Vamos.
Sin apenas hacer ruido, las dos se marcharon de allí de vuelta al antiguo castillo para trazar un plan. La guerra estaba en marcha. Y debían estar preparados.
¡Por fin, lo que me ha costado sacar éste capítulo! Y no ha sido por falta de inspiración ni nada por el estilo, ya tengo bastante bien medido lo que quiero contar y cómo va a terminar la historia, ha sido más por falta de tiempo que otra cosa, pero bueno, aquí está por fin. Hablemos un poco de él.
He seguido ampliando un poco más el lore de mi headcanon basándome sobre todo en generaciones pasadas y también usando un poco el material de algunos cómics, así como empezar a dibujar los primeros retazos de la actual e incipiente guerra como tal. Decir tiene que la primera batalla la veremos en el siguiente capítulos, y quiero que sea lo más espectacular visualmente hablando posible, así que volveré a ponerme a otra cosa para luego retomarlo con ganas. Seguiré con Pokémon, que tengo ganas de continuar con la quinta generación.
Y nada más de momento, comentad, dejad reviews y todo eso. ¡Nos leemos!
