Nota: entended este capítulo como pinceladas de distintas noches. Necesito que el tiempo avance…
11. Sueño
Padecían distintos tipos de alteraciones del sueño. Él se despertaba de forma precoz, ella tardaba mucho en dormirse.
Así que a veces, terminaba ocupando su mente en tareas absurdas, con la esperanza de hacer más llevadero el problema.
Esta vez, después de un rato de escuchar ruidos, se había sorprendido a sí misma intentando averiguar qué sucedía en la habitación contigua. No qué hacían sus ocupantes, porque los gemidos dejaban pocas dudas al respecto, sino… cómo.
Su mente estaba agitada tras dos horas de insomnio, y sin pretenderlo, se había centrado en descubrir qué hacía ella para que él sonase tan necesitado.
Giró su cabeza para escuchar mejor, y se encontró con una mirada que ardía en curiosidad. Su oficial al mando la observa con diversión.
- ¿Estás haciendo lo que creo?
Sintió el rubor subir hacia su rostro.
- Lo siento, señor – se disculpó avergonzada.
Se giró hacia la pared y cerró los ojos. Sin embargo, los sonidos no habían cesado y dormir no se había vuelto más fácil.
- Aún puedo escuchar los engranajes de tu cerebro moverse, Carter.
- No es cierto, señor – contradijo tratando de controlar la indignación.
- No, claro…
Pero lo era. Y lo peor es que él iba a recordárselo durante mucho tiempo.
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Sintió un peso cálido y confortable sobre su cuerpo.
Amanecer con Carter al lado no era nuevo, pero sí la manera en que ella se acomodaba junto a él. La sensación era tan agradable que…
No importaba.
También era inapropiado.
Carraspeo en un intento poco entusiasta de despertarla. El toque en el hombro no lo fue más.
El insomnio les estaba matando. Y ella dormía tan plácidamente, que se convenció a sí mismo de que era una crueldad interrumpir su descanso. Sí, no es que estuviera disfrutando de la proximidad de Carter.
*/*/*
Por primera vez en días, ella abrió los ojos primero.
El calor de Jack O'Neill se extendía por su espalda, al tiempo que unos brazos se cerraban sobre su… ¿cintura? No, definitivamente eso no era su cintura. Una de sus manos estaba demasiado al sur para creerse semejante mentira.
Empezó a preguntarse si era eso lo que la tenía nerviosa, o si se debía al modo en que la respiración de él golpeaba en su nuca.
Trató de calmarse. Al menos hasta que la otra mano rozó el borde de su pecho.
Oh, Dios.
- ¿Señor? – probó.
Él se revolvió de manera perezosa, pero su agarre se hizo más firme. Ella se mordió el labio.
- ¿Señor? – intentó de nuevo.
La segunda vez funcionó. De manera automática la liberó de su abrazo, sin ser muy consciente de lo sucedido.
Mejor así, pensó.
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Habían tardado unos alarmantes dos minutos en recordar quiénes eran. Ese intervalo de tiempo podría no parecer gran cosa, pero les había dejado en una situación comprometida.
Por alguna razón que se le escapaba, al abrir los ojos, le había resultado natural deslizar sus manos bajo la ropa de Carter y dejar que las caricias la despertasen. Ella, guiada por un instinto similar, había respondido besando su cuello y hundiendo el resto de su cuerpo contra él.
La reacción física fue inmediata.
Rodó sobre ella y se acomodó entre sus piernas. Y la forma en que empezaron a tocarse, consiguió que sus voces sonasen complacidas muy deprisa.
Hasta que de repente las piezas encajaron en su sitio.
Había detalles relevantes, como el rango o las reglas, que habían olvidado momentáneamente. Lo peor era que ni siquiera habían reparado en los vacíos hasta después de haberlos cubierto. Y era extraño porque, aunque no supiese exactamente quién era la rubia que estaba a su lado, su presencia le había transportado a la inconfundible calidez de un hogar. Aquel sentimiento, sin los obstáculos habituales, era peligroso.
Tuvo que permanecer inmóvil durante un rato.
Estaba mal desearla, pero no podía apagarlo todo en un segundo, sólo porque ella fuera su segunda al mando. No era tan fácil, nunca lo había sido.
Así que mientras se esforzaban en conseguirlo, ambos se escudaron en la confusión mientras se preguntaban mutuamente si estaban bien.
No sabían qué había sucedido, pero no podía ser nada bueno.
