Salí del avión muy despierta a pesar de que eran las 5 de la mañana. Era la primera vez que visitaba la Nación del Fuego, mi pasaporte tenía sellos solamente del Reino Tierra y del puerto del Polo Sur.

El tiempo que esperamos la maleta en la banda del aeropuerto me costó mirarlo. Me avergonzaba de la forma en que me sujeté de su brazo durante el aterrizaje… en mi defensa, el despegue no me había causado ningún efecto.

Un automóvil ya nos estaba esperando a la salida del aeropuerto y este chofer también me ayudó a llevar la maleta a la cajuela. Apenas escuché lo que decía Zuko, entretenida mirando por la ventanilla la actividad de una ciudad que apenas empezaba a despertar.

Una vez que llegamos al hotel, bajó conmigo. No estaba segura de si los nervios en mi estómago se debían a que quería que subiera conmigo a la habitación, o a que temía que lo hiciera. Finalmente, encargó a un empleado que me acompañara, cargando mi maleta, y se despidió de mí fuera del elevador.

—Te veré a las dos aquí en Recepción —estrechó mi mano antes de que la puerta se cerrara.

Esta habitación era tan lujosa como la del Loto Blanco, pero más pequeña y sin jacuzzi; yo estaba menos adolorida por el viaje en avión de lo que estuve por el autobús a Omashu, aunque el vuelo duró unas buenas ocho horas. Por eso, aunque de inmediato me recosté, fue difícil dormir.

¿Qué estoy haciendo aquí?

La tercera vez que me giré en la cama con esa misma pregunta, me di por vencida y me levanté a prender la televisión, que hizo poco por distraerme.

Más importante que eso, ¿por qué me siento tan bien por estar aquí?

Tendría que estar postrada por la pena, lamentando la pelea con mi esposo, reflexionando en qué podía hacer por remediar mi matrimonio. En vez de eso, me encontraba en medio de una expedición solicitada por el mismo hombre que provocó mi pelea con Aang. Sin lamentar mi presencia aquí ni arrepintiéndome en lo más mínimo, podría añadir.

Dieron las ocho, y el buffet que Zuko había mencionado como incluido con la habitación me dio la oportunidad de distraerme. Las últimas semanas me había acostumbrado a desayunar sola. No, "acostumbrarme" no, más bien "desensibilizarme"; siempre había estado acompañada por Aang, Sokka o la abuela, o todos. Era especialmente extraño desayunar sola fuera de casa.

Sin mucho más que hacer, volví a subir a la habitación y esas horas de soledad me vinieron inesperadamente bien. Más que descansar, me permitieron pensar en cosas que no había querido ni contemplar en la casa, pese a la abundancia de horas a solas allá.

Debajo de la tristeza, del dolor por la huída de Aang… estaba muy enojada. Y aún más abajo de eso, herida. Cuando se llevó sus cosas, al menos pudo dejar una nota, pero nada. No tenía ni la más remota idea de dónde estaba, si estaba bien, si podría contactarlo en algún momento. Escapó sin ofrecer una disculpa, una explicación o siquiera un "necesito algo de tiempo". Sólo desapareció.

La familia en el Polo Sur era lo más importante, lo que históricamente nos permitió sobrevivir. Cuando me casé con Aang, lo acepté como mi familia. A la familia, le confiabas tu vida. Apoyo incondicional, respeto a las promesas, la certeza de que estaban allí para ti.

Él se fue. Llevarse sus cosas era tanto como renegar de la promesa de "familia" para conmigo. Pero, ¿era justo sujetarlo a estándares de una cultura que no era la suya?

Sí, porque él sabe lo que significaba.

Me sentí indefensa y sin saber qué hacer. Odié los días de inacción, de quedarme quieta a esperar. Por eso tal vez la necesidad de aceptar este viaje fue tan fuerte. La parte más infantil y mezquina dentro de mí deseaba un poco que Aang decidiera buscarme en estos días, para que no me encontrara en la casa, a ver si le gustaba sentir lo que yo.

¿Y si sí me estaba buscando, allá en casa? ¿Y si no?

Aunque iba a salir en un dineral, seguí las instrucciones del teléfono para llamar a Yue, quien no tenía noticia alguna de Aang. Luego, a Suki, y a la abuela.

—Surgió una oportunidad en Caldera. Por el trabajo —le dije con buen ánimo.

—Me alegro, mi pequeña. ¿Fue Aang contigo?

—No, él se quedó en Ciudad Chin —eso creía, al menos. Tanto por la esperanza de que, al no encontrarme en casa, me buscara con mi familia.

Y aunque estar sola era extraño, también era curiosamente liberador.

Aún tenía una preocupación residual por la petición de Zuko, pero si algo podía decirse de él, es que de su parte no había recibido nunca una acción menos que cortés, sin importar mi propio tono al hablar con él. Siempre me había dado opciones.

Quedaba una pregunta más; ¿qué sentía por Zuko?

Me ruboricé al pensar de nuevo en la noche del yate. Atracción era uno de los ingredientes y estaba segura de que no era el único, aunque no tenía idea de cuáles eran los demás.

Me temía que tal vez la atracción combinada con la novedad fuera lo que lo hacía tan atractivo a mis ojos. No podía ser nada más, ¿o sí? Me mordí el labio. Eso era algo que no me sentía preparada para enfrentar. Sólo el tiempo lo diría.

Bajé quince minutos antes de la hora para esperar a que llegara. Fingí distraerme con una de las revistas disponibles, pero mi vista se centraba constantemente en la entrada, en espera de la ya familiar apariencia de Zuko.

Una vez que lo localicé, dejé la revista sobre la mesa y caminé hacia él.

—¿Lista? —me preguntó. Pareció dudar un instante antes de ofrecerme su brazo, como la noche del casino.

Asentí y acepté el apoyo, demasiado consciente de las partes de mi piel que tocaban la tela de su saco. Me guió al automóvil que nos recogió del aeropuerto y abrió la puerta para mí antes de darle instrucciones al chofer. Evitó deliberadamente decir el nombre del restaurante.

—¿Va a ser otro Dragón Jazmín? —me burlé, medio en serio. Me sentiría incómoda en un restaurante lujoso a pesar de mi vestido más o menos nuevo de algodón verde.

—No, de hecho aquí conozco otro restaurante al que quiero llevarte —contraatacó con una sonrisa—. No puedes venir a Caldera sin probar la comida típica.

Contra lo que temía, llegamos a un restaurante pequeño, de paredes de madera pintada de rojo y modestas mesas de tablas. El menú consistía casi enteramente en fideos, en muchas preparaciones distintas.

Nos instalamos en una de las mesas a esperar nuestra orden.

—La primera vez que vine, me trajo mi tío —sonrió, como viendo un buen recuerdo—. Siempre tiene recomendaciones en lo que tenga que ver con comida y bebida, sobre todo si se trata de té.

—Pareces muy cercano a tu tío —lamenté la pregunta de inmediato al ver que su sonrisa flaqueaba por un instante.

—Cuando pasó… —señaló su ojo izquierdo y desvió la vista—, él fue quien se encargó de cuidarme en el hospital y luego me llevó con él. Quiso llevarse también a mi hermana, pero mi padre no lo permitió. El argumento fue que no tenía mucho dinero y que sufría de sus facultades mentales...

Así que era esto lo que vi en sus ojos la noche del yate. Era horrible, y ni siquiera había mencionado la desaparición de su madre, aunque me sorprendió que tuviera una hermana. Con el corazón pesado de compasión y empatía, alcancé su mano y se sobresaltó.

—Al menos lo tuviste a él —estrechó mi mano de vuelta, como disculpándose.

—Perdón. No quiero cargarte toda la deprimente historia de mi familia. En fin, desde que tengo 13 he vivido con mi tío y es lo mejor que me pudo pasar—trató de sonreír.

—Debe ser una gran persona —él asintió con entusiasmo. Me pareció prudente cambiar el tema, no quería que él se sintiera incómodo ni que pensara que invadía su privacidad—. Dime más acerca de lo que estaremos haciendo esta tarde.

Llegaron nuestras bebidas y tomé un sorbo. Era celestial y cerré los ojos un instante. No había tantas frutas tropicales en Ciudad Chin. Él pareció aliviado.

—Claro… En el presupuesto anual, la compañía designó una cantidad para "responsabilidad social" en los lugares que tenemos edificios. A principios de año se abrió una convocatoria y básicamente, esta tarde y mañana por la mañana vendrán muchos candidatos a presentar sus propuestas —sus manos recorrían el contorno de su propio vaso, pero hablaba sin vacilaciones—. Estaremos nosotros dos, mi asistente Ty Lee y otros dos miembros de la junta directiva. Nuestro trabajo será escuchar y hacer preguntas. Mañana por la tarde, se discute y decidimos cómo se van a aplicar los recursos.

La comida llegó y el dueño del restaurante en persona se acercó. Al parecer era muy amigo del señor Iroh, me enteré por fin del nombre del tío de Zuko, y apreciaba la visita del sobrino con "tan encantadora dama". Dicho sobrino se puso del rojo de la pared. Debía ser mayor que yo, pero seguía sonrojándose como un adolescente y era… curiosamente tierno.

Terminada la comida, tomamos el automóvil y en todo el trayecto hacia el edificio de la Fire Corp., no pude quedarme quieta. Esto era exactamente la clase de cosas que quería aprender en la universidad. Me moría por hacer un buen papel, a pesar de que lo único que realmente tenía era buena voluntad.

El edificio de la Fire Corp. se alzaba hasta tocar las nubes más bajas, todo cubierto de resplandecientes ventanas de vidrio oscuro. Tan pronto entramos, me quedaron claras un par de cosas: una, Zuko no era muy bueno para la gente, y dos, todos sus empleados parecían adorarlo a pesar de eso. Nos tomó un tiempo alcanzar el elevador a causa de todas las personas que se detenían a saludarlo y por extensión, saludarme a mí.

Finalmente, llegamos a una recepción de un piso alto, donde nos recibió una mujer joven vestida con un entallado traje sastre en color rosa y tacones de aguja.

—Katara, ella es Ty Lee, mi amiga y asistente sin quien todo este edificio se derrumbaría —había sincero afecto y orgullo en su mirada. Sofoqué como pude la súbita e inexplicable punzada de celos.

—¡Hola! —la trenza de Ty Lee se balanceó de un lado a otro con alegría—. Estoy tan contenta de que pudieras venir, de todos nosotros Zuzu es el único que ha estado en el Polo Sur y fueron como dos horas, en las que se las arregló para meterse en una pelea.

—¿Por qué no me sorprende, Zuzu ? —volteé a verlo enfatizando cierto sarcasmo en su apodo. Mi gesto se alisó a uno de cortesía ligeramente tensa para responderle a Ty Lee—. Yo también me alegro de estar aquí.

—Por favor, pasen. Ya casi es hora de que comiencen los primeros —Ty Lee miró de reojo a un cercano grupo de tres muchachos que estrujaban nerviosamente un conjunto de rollos y nos miraban con ojos muy abiertos.

Seguí a mis anfitriones a través de otra puerta, donde nos esperaba un hombre mayor sentado.

—Señor Shyu, gracias por su puntualidad. ¿El señor Kaja llegará pronto? —cuestionó Zuko al entrar.

—Recibí la mala noticia de que no podrá acompañarnos por asuntos de salud, nada grave —el hombre se puso en pie con cierta dificultad—. No creo que sea un problema, sobre todo si tenemos más retroalimentación.

Sonrió con benevolencia en mi dirección y me adelanté.

—Mucho gusto, mi nombre es Katara Hannak —extendí mi mano y él la estrechó—. Espero poder ser de ayuda.

—Estoy seguro de que así será —de la mesa, tomó un montón de hojas de las que se acumulaban frente a él—. Me tomé la libertad de preparar esta rúbrica para evaluar los proyectos, hay un espacio para notas. Después de la presentación, podremos preguntar a los expositores cualquier duda.

—Si les parece, haré que pasen los primeros —se ofreció Ty Lee y Zuko asintió. Mientras tanto, me guió a una de las sillas, junto a él. A su otro lado, se encontraba el señor Shyu.

El nervioso grupo que estaba afuera entró, precedido por Ty Lee que se sentó a mi lado, y uno de ellos los presentó mientras otro extendía sus carteles.

—Titulamos a nuestro proyecto "Paraíso en la nieve" —el que presentaba era el único de los tres que no parecía nervioso—. Nuestra visión es crear un complejo turístico en un terreno cercano a las playas que disponga de todo lo que los huéspedes requieran para hacer un amplio rango de actividades. Para lograrlo, el plan se divide en tres fases. En la primera, se construirá el edificio del hotel con un restaurante y treinta habitaciones, un muelle para ocho botes y el spa.

Fue señalando en sus carteles los planos y diferentes ilustraciones.

—Para la fase dos, una vez que comience a estabilizarse el flujo de capital, se harán las construcciones de otro edificio, el segundo restaurante y el bar. A mediano-largo plazo, ya que se haya recuperado al menos el 50% de la inversión inicial, se trabajará en infraestructura para esquí profesional, ya que la nieve del Polo Sur es de excelente calidad para los deportes de invierno. Tristemente, es poco aprovechada debido a la falta de infraestructura para recibir turistas.

Pasaron el siguiente rato explicando la información que estaba en los panfletos, las tres fases de construcción completas con presupuestos y la promesa de creación de al menos 150 empleos permanentes en los primeros dos años.

Anoté furiosamente en la rúbrica hecha por el señor Shyu, aunque no tuve preguntas. Mis observaciones eran más bien acerca de cómo encajaría todo entre la gente del Polo Sur. En cambio, los otros sí cuestionaron al equipo acerca de presupuestos y fechas.

—¿Qué opinas? —una vez que el equipo se despidió, Zuko se inclinó hacia mis notas y su brazo rozó con el mío—. No preguntaste nada.

—La parte económica es su asunto —no separé la vista de mis hojas, era más sencillo—. Después de ver las otras propuestas, tendré más idea de qué aconsejar.

—Mai prefiere el clima frío. Si elegimos este proyecto, cuando esté terminado tengo que llevarla —Ty Lee, a mi otro lado, anotó algo en su hoja con gran alegría.

—Mai es su novia —me susurró Zuko.

—Oh —le dirigí una sonrisa de disculpa que ella no pudo ver. No me explicaba esos celos de un rato antes.

—¿El segundo? —preguntó Ty Lee. Zuko asintió y ella dejó pasar a otro grupo, éste de cuatro personas.

Tras presentarse, nos dieron un juego de hojas con el título "Santuario de las Luces del Sur". Estilo campamento, también se enfocaba en turismo.

—El público al que está dirigida la propuesta es a turistas de aventura. Acondicionar una parte del bosque para acampar, crear senderos y tener instalaciones de atención médica y de investigación de la fauna local. Ya existe una sección preparada para campamentos, con cabañas limitadas. Estamos en contacto con ellos.

Observé con atención sus carteles. Parecía que su apuesta se centraba en promocionar el Festival de los Glaciares que se hacía cada año para atraer a más turistas, así como las auroras australes que fuimos a buscar una vez cuando niños y otra cuando Sokka cumplió 18.

—Con las construcciones terminadas en un año o menos, el proyecto se hace autosustentable en cinco años —eso representaba una mejora enorme respecto al proyecto anterior y lo anoté.

Hubo algunas preguntas, pero de hecho yo conocía el campamento con quien ellos trabajaban; comenzaba a sentir preferencia por su proyecto. Después de que salieron, hice algunos estiramientos en mi silla, de alguna manera ya habían pasado tres horas.

—El último de hoy —Ty Lee reprimió un bostezo, único signo de cansancio en su semblante, antes de ir a la puerta y dejar pasar al grupo de expositores.

Ese proyecto se trataba de iniciar un comercio más efectivo de la pesca que se hacía en el Polo Sur.

—Con una mezcla de métodos industriales y tradicionales, pensamos incrementar la producción de pesca y productos como ciruelas de mar, algas y explotación sustentable de focas tigre para carne y pieles, cuya calidad es conocida a nivel mundial —explicó la presentadora, dejando sobre nuestra mesa un muestrario de pieles curtidas de diferentes maneras—. Los mismos barcos servirán para llevar los productos a los puertos del Reino Tierra para su distribución.

El presupuesto era tan alto como los del primer proyecto. Los barcos eran caros.

—Un beneficio adicional es que, al estar presentes en las aguas, podemos contribuir a vigilar y disminuir los problemas de contrabando de mercancías ilegales y de especies nativas, que son de los más graves en el Polo Sur —terminó en tono triunfal.

—Es una artesanía excelente —felicité a la chica al devolverle su muestrario de pieles—. ¿Dónde tienen los talleres?

—Cerca del Naufragio —me contestó, sonriente—. Mis abuelos comenzaron con su taller. Parte del presupuesto es para contratar más empleados y poder empezar a exportar mocasines, abrigos y otras prendas.

Un par de intervenciones después, se despidieron también. En cambio, entró una persona cargada de sándwiches que al parecer serían nuestra cena y a lo que los otros tres parecían ya acostumbrados.

—Sé que la verdadera discusión es mañana, todavía nos falta un proyecto. De estos tres, ¿qué piensan? —preguntó Zuko, antes de darle un mordisco a su comida.

—Ninguno compite con el otro, los de turismo son para públicos distintos —el señor Shyu fue el primero en hablar—. El de pesca está bien planteado en su modelo de negocio, pero excede nuestro presupuesto por un margen visible.

—El de pesca y el "Santuario" involucran a la comunidad. Me parecen mejores —me recargué en la mesa. Me negaba a dejar que el cansancio me interrumpiera, y la comida estaba ayudando a despabilarme un poco.

—El público para "Paraíso" deja mucho dinero —apuntó Ty Lee—. Sobre todo porque los precios serían más bajos que en los resorts de invierno del Reino Tierra.

—A esto me refiero con que los tres proyectos no compiten el uno con el otro —el señor Shyu puso una mano sobre su barba gris, donde ahora había algunas moronas de pan—. Dividir el presupuesto que tenemos daría un buen inicio para el "Santuario" pero limitaría mucho a cualquiera de los otros dos a los que diéramos la otra parte del dinero.

Ése era un excelente punto. Pero incluso la menor cantidad de dinero serviría para iniciar la pesca con uno o dos barcos, mientras que el hotel de lujo tendría aún más dificultades para iniciar con menos dinero.

El debate siguió sin que sintiera el tiempo que había pasado, hasta que el señor Shyu se retiró cerca de las nueve de la noche. Aún así, seguí discutiendo con Ty Lee los méritos relativos de cada modelo de hospedaje en el Polo Sur.

Hasta que una hora después ella también bostezó profundamente y aconsejó que siguiéramos la discusión al día siguiente. Y me quedé sola con Zuko en una oficina dentro de un rascacielos casi vacío.

Mi mano voló al dije de mi collar y froté el familiar dibujo con los dedos. No sabía a dónde mirar, demasiado consciente de qué hicimos juntos la última vez que estuve a solas con él por la noche. ¿Cómo te comportabas con alguien en esta situación?

—¿Cuál es tu proyecto favorito? —juntó las servilletas sobrantes de la cena y usó una para quitar las moronas.

—Falta uno todavía —Ty Lee me había hecho dudar de mis argumentos y me sentía muy indecisa respecto a cuál recomendaría al día siguiente.

—Solamente tu favorito, no necesariamente el que crees que debe ganar —con la jarra de agua en la mano, me ofreció llenar de nuevo mi vaso y acepté con un asentimiento.

Tomé un sorbo antes de responder.

—Cuando mi hermano cumplió 18, fuimos con papá a un campamento, el mismo que mencionan las personas del "Santuario" —Aang no fue con nosotros, porque reprobó una materia y se quedó a estudiar bajo la tutela de GranGran—. A buscar las auroras australes que vimos una vez todos juntos cuando éramos niños. No tenemos muchos momentos como familia, esas dos visitas son de mis mejores recuerdos.

Él asintió con solemnidad.

—Para mí, es una playa de Isla Ember —susurró muy quedo. Él entendía . Era una grata sorpresa y sonreí con calidez.

—También recuerdo que mi mamá me consiguió una parka para invierno cuando cumplí cinco años —acomodé las hojas sobrantes. Dejé los montones frente al lugar de sus respectivos dueños, para ayudarlo a poner la mesa en orden—. Era la única cosa que me ponía, todo el día, todos los días. Al principio me quedaba enorme porque la compró para que me durara al menos dos años. Cuando crecí demasiado me compró otra pero recuperó los bordados y adornos de la anterior y los cosió en la nueva… después ella falleció y yo no he vuelto a encontrar una parka como ésa, solamente abrigos de telas sintéticas. Así que aunque no ganen ellos, iré a buscar su taller para mandarme hacer una.

—Por eso preguntaste —un brillo de comprensión alcanzó sus ojos—. ¿Conoces el lugar, el del taller?

Y esa muestra de interés de su parte fue todo lo que necesité para seguir hablando. Me embarqué en una narración de mis búsquedas infructuosas de parkas, de la comida que no encontraba en Ciudad Chin y los platillos que extrañaba y que sólo comía en los viajes a casa de la abuela. Sentía que habían pasado años desde que pude hablar de todo eso con alguien.

Lo único que me detuvo fue un bostezo que me impidió terminar la frase. Zuko rió.

—Te llevo. Mañana será otro día largo —me dejó pasar en la puerta y apagó las luces al salir. En el camino hacia abajo puso una mano en mi espalda, y ese contacto hizo más por despertarme que un café expresso.

El vigilante en la planta baja lo saludó con la familiaridad de alguien que lo veía con frecuencia, y le entregó unas llaves de auto.

Cuando llegamos al auto, pareció indeciso de qué puerta abrir para mí.

—Copiloto está bien —obtuve una sonrisa en respuesta y él subió al asiento del conductor—. Pensé que no podías vivir sin un chofer.

—Para el día, es práctico no tener que buscar dónde estacionarse —dio vuelta a la llave e inició el motor—. En la noche… no haría esperar a un chofer si se me ocurre salir de aquí a las 3 de la mañana.

A diferencia de la hora previa, él fue quien comenzó a hablarme de su vida. Curiosamente, como yo y Sokka, aprendió de navegación en el mar antes de aprender a conducir.

—El primer vehículo que manejé fue la camioneta para surtir al Dragón Jazmín. Mi tío tardó varios años en poder levantar el negocio —comentó con la misma sonrisa suave del restaurante.

—¿Tu tío fundó el Dragón Jazmín? —volteé a mirarlo anonadada.

—¿No lo dije antes? —frunció el ceño sin separar la vista del camino.

No, estoy segura de que lo pasaste por alto —le di un golpe de broma en el brazo.

—¡Oye! —se quejó con una sonrisa—. Lo siento. Un par de años vivimos en el Dragón del Oeste, hasta que mi tío encontró a alguien que lo rentara y con ese dinero consiguió el local para la tienda de té. El negocio pudo empezar a rendir antes, pero mi tío pagó por mi universidad…

Siguió hablando. Muchos años sirvió como mesero en la tienda de té y luego en trabajos de administración en diferentes empresas pequeñas. Ninguno de esos empleos eran como imaginaba al hijo de Ozai, dueño de la mitad de la Nación del Fuego. Y de las primeras cosas que hizo cuando consiguió trabajo fue empezar a remodelar el yate, para dejarlo como cuando yo estuve allí.

—¿Qué lugares visitaron en el yate? —viajar en el mar era lo que mi padre hacía—. No me hubiera molestado conocer el mundo a bordo de un barco en mi adolescencia.

—Abordamos aquí, en el puerto de Caldera. Los primeros meses yo era una pesadilla… todo el primer año, no sé cómo mi tío me aguantó. No me acuerdo muy bien de los lugares que visitamos en esa temporada.

Entramos al estacionamiento del hotel y se estacionó. Puso el freno de mano y nos quedamos unos segundos en silencio. No hice el menor ademán de bajar o siquiera de moverme. En la media luz del estacionamiento, sus ojos parecían casi plateados y dirigieron una mirada fugaz a mis labios.

Mi corazón comenzó a palpitar como un tambor, casi temí que él lo oyera. Pero en vez de besarme, se apartó a toda prisa y trató de bajarse del auto sin quitarse el cinturón de seguridad. Yo aún reía cuando abrió mi puerta para ayudarme a bajar.

—Termina de contarme los lugares que visitaron —le pedí, tomada de su brazo mientras entrábamos al lobby del hotel y oprimí el botón del elevador. Sentí su indecisión, pero me negué a retirar mi mano de su brazo y entró conmigo.

—Er… Muchos puertos del Reino Tierra, los impuestos de la Nación del Fuego por atracar en sus aguas eran demasiado altos para nosotros. Fuimos al norte y dimos la vuelta…

Salimos del elevador y su voz sonaba estrangulada en algunas sílabas. Llegamos a la puerta de mi cuarto cuando él enlistaba Kyoshi y el Polo Sur y yo casi lo veía temblar. Dejó de pretender contarme nada.

Nos miramos en silencio por unos segundos. Me sentía ligera, en paz, auténticamente yo. Y halagada por el efecto que mi presencia tenía en él.

—Gracias —lo abracé, y sentí sus brazos tensarse para luego cerrarse alrededor de mi cintura. Me permití un egoísta instante de relajación en la calidez que recordaba de la noche en el Dragón del Oeste antes de separarme de él—. Buenas noches.

Cerré la puerta sin que respondiera, pero su mirada maravillada decía muchas cosas sin palabras.

Era casi medianoche y el día anterior había dormido en un avión. Sin embargo, no me sentía cansada. Al contrario, estaba llena de una emoción que tenía tiempo sin sentir, y si bien una parte se debía a mi deseo de escuchar la última propuesta de proyectos y decidir la que más ayudara al Polo Sur, otra parte tenía razones bien distintas .

Me preparé para dormir, con la gastada pijama de verano que resultaba perfecta para el otoño de Caldera. En una esquina de mi mente, aún se balanceaban los pros y contras de los proyectos de hoy, pero una parte más grande estaba ocupada con los detalles insospechados de la vida de Zuko y de estas últimas horas juntos. Suspiré, sonrojada al recordar el abrazo, y enterré mi rostro en la almohada.

¿Por qué anhelaba con tanta intensidad que Zuko entrara por esa puerta?


El sonido del elevador que se abría me sacó del trance y evitó que me quedara allí clavado toda la noche con la vista fija en su puerta.

No me crucé con otros huéspedes en el camino de vuelta al automóvil y devolví distraídamente la despedida del personal del hotel al salir.

Fue tan difícil no besarla en el auto. No quería asustarla actuando demasiado pronto. Pero ella tal vez correspondía mi interés. Porque era obvio que yo estaba interesado, ¿verdad?

Era peligrosamente fácil contarle cosas, incluso los detalles deprimentes de mi vida (que hubiera preferido evitar). No quería hacerla salir corriendo antes de tiempo; retrasaría lo más posible que se enterara de todas mis fallos.

Y tal vez… sólo tal vez, ella me daría una oportunidad.


N/A: Éste fue otro capítulo accidental. Los capítulos 12 y 13 eran, al principio, el mismo. Creció hasta hacerse monstruoso y como sí encontré dónde cortarlo, he aquí la primera parte xD También cambió bastante en los últimos minutos antes de publicarse, gracias a un frenesí de azúcar causado por helado de fresa y chocolates (un poco culpa de que se me hiciera tarde, lo siento).

¡Gracias por leer esta historia!