"La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"

Y el escritor dijo: Hágase el computador.

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Estamos ubicados a tres capítulos del final, a veces me detengo a pensar en todo lo que planee desde el inicio y lo que resultó de esta historia. Soy muy afortunada de tener el tiempo para dedicarle a algo que deseaba escribir desde hace mucho y, sobre todo, que se acercó lo máximo posible a mis ideas sueltas en la cabeza. De igual manera, agradezco el apoyo recibido, es un gran incentivo para seguir.

Sin nada más que agregar, ¡Que venga el capítulo!

¿Hotel?

¡Zhivago!


Los cambios de su vida no dejaban de sorprenderla, desde la salida del hospital recibió asesoría legal a pesar de su condición, quería estar preparada para cuando llegara el momento de enfrentar las diferentes situaciones en las que se vería involucrada. Ya no era la mujer que pasaba su vida deseando ser parte del exterior, todo lo contrario, disfrutaba de su confinamiento gastando ese tiempo en salvar lo poco que podía hacerse en la empresa de su padre antes de venderla y finiquitar una etapa a la que no deseaba volver. No tenía que sufrir encerrada mirando las ventanas porque, en cuanto su condición mejorara, abandonaría finalmente el que fue su encierro durante la mayoría de su vida.

Su casa se llenó de visitas diarias sin que su padre pudiese prohibírselas. Un conocido diferente le hizo compañía algunas horas que no suponían impedirle descansar posteriormente. Por supuesto, hubo quien ignoro ese pensamiento y se quedó la totalidad del día. Gelda agradeció internamente que Estarossa desechara cada indicación que se le diera, le gustaba su forma descarada de ser y su compañía era confortante. Él no la trataba con delicadeza, temiendo decir algún comentario que pudiese herirla, todo lo contrario, su franqueza era áspera, pero divertida. Era lo opuesto a la forma de tratarla con respecto a sus heridas, había amabilidad en cada gesto simple como acomodarle la almohada o buscar el mismo las pastillas. No tenía por qué hacerlo, pero lo hacía.

La noche de su estadía compartió un charla tendida de diversos temas, los que surgieran del momento. Tuvo presente a cada momento la burbujeante sensación de la alegría que le produjo escuchar a Zeldris en el teléfono. Su forma de hablar no fue la de una persona llena de rencor hacia ella, le dio ilusiones esperanzadoras de que, en algún momento, podrían hablar y sanar las delicadas elecciones que afectaron su relación.

Con la luz de la luna bañando su perfil se despidió de Estarossa deseándole buenas noches antes de acomodarse suavemente dispuesta a dormir. Permaneció un par de minutos mirando el paisaje de calma nocturna en la ventana pequeña de su habitación.

-Buenas noches, Zeldris -susurró como si el pudiese escuchar su anhelo por volver a verlo.

Al amanecer no se levantó por su cuenta, sino por la alegre voz de su invitado, quien repitió constantemente "es hora de levantarse". No le sorprendió encontrarlo en su habitación, después de todo difícilmente alguna sirvienta podría controlarlo. Su altura era el factor principal y a eso le seguía su disposición a coquetearle con tal de dejarlo hacer lo que deseara.

-Debo despedirme, se me hace tarde -comentó él- tengo un "informe que rendir" -agregó después de unos segundos, su retorcida mente había pensado algo que no dijo, pero lo manifestó en esas palabras- volveré el fin de semana.

-Siempre será un placer recibirte -murmuró aún adormilada, no se había incorporado por sentirlo inapropiado- que tu viaje sea placentero y sin inconvenientes.

-Gracias -lo escuchó aprobar con una risilla su comentario, después de eso, sus pasos en dirección a la salida. Sin embargo, se detuvo al abrir la puerta- el día que regrese… estaré listo para la terapia.

Se produjo un silencio en el que Gelda terminó de despertarse, oyendo el latido apresurado de su corazón. Después de eso, solo el sonido de la puerta al cerrar interrumpió la habitación. Quizás no estaba listo para ofrecerle su vulnerabilidad, pero ella se sintió agradecida que diera el paso. Seguramente esa semana necesitaba pensar en lo que estaba dispuesto a decir. Ambos necesitaban tiempo para procesarlo, demasiadas heridas de por medio.

No pudo evitar plasmar su alegría a lo largo de su día. Saber que intentarían sanar plantó un buen humor en ella.

Ese día pudo incorporarse por más tiempo, disfrutando del almuerzo en el comedor. Fue en ese lugar que la encontró Meliodas, el joven rubio a pesar de no ser tan intrépido con los medios como Estarossa también parecía ignorar los protocolos de entrada. En cuanto el servicio le solicitó esperar afuera se escabulló. Gelda rió al ver la preocupación en el rostro de su sirvienta y le indicó que no sería necesaria la formalidad.

-Me alegra verte más saludable.

-Gracias- les respondió con una sonrisa extendiendo su mano para solicitarle que tomara asiento- ¿A qué debo tu visita?

Su acompañante detuvo su caminata antes de rascar nerviosamente su cabeza- ¿debo tener un motivo?

Ella rió ante la elección de sus palabras negando inmediatamente- siempre es bienvenida la buena compañía.

- ¡Qué bien que pienses de esa forma! -al decirlo, Meliodas aligeró su postura tensa tomando asiento cerca de Gelda- Elizabeth no demora en llegar, me adelanté para ver si no te importunaríamos, ya sabes, siempre es más difícil echar a dos que a uno -rió divertido de su ocurrencia.

-Nunca sería de esa forma -aseguró ella- además, no hay mucho que pueda hacer bajo las presentes circunstancias.

La rubia cabellera de él se movió cuando asintió ante sus palabras. Sin embargo, al mirarla, Gelda notó que había perdido parte del rostro alegre que tenía. Su sonrisa se había apagado logrando preocuparla.

-No debo tomarme atribuciones -Meliodas se tomó unos segundos para soltarlo- pero, me gustaría que no intentaras volver a arriesgarte de esa forma.

Su corazón se ablandó antes sus palabras. No había más que preocupación honesta en lo que dijo, después de todo ella sabía notar cuando alguien trataba de mentir, la hipocresía fue su larga compañera durante la mayoría de sus años. Gelda le extendió una ligera sonrisa antes de asentir, no tendría caso decirle que ella estaba dispuesta a sacrificarse de ser necesario nuevamente.

-Dicho lo difícil -dijo él tratando de aligerar el ambiente- espero que pronto puedas pasarte a la taberna, no dejaban de llover los clientes cuando estabas.

-En cuanto me sea posible iré a generarte ingresos -bromeó riendo en cuanto se dibujó en los ojos de Meliodas el dinero que obtendría.

Una de las sirvientas interrumpió su animada conversación, respetuosamente se inclinó antes de anunciar que tenía otra visita. Elizabeth, a diferencia de su pareja si fue capaz de esperar fuera del recinto a pesar del clima. En cuanto se notificó que sería recibida se quitó el abrigo a petición de la servidumbre dejándose conducir por el pasillo hasta llegar al comedor.

-¡Gelda! -la llamó animadamente, apresuró su paso hasta llegar al asiento que ocupaba. Sus brazos aún fríos por permanecer fuera la rodearon en un abrazo reconfortante.

-Es un placer volver a verte -respondió con cortesía y el cariño que dejaba verse en la respuesta- por favor, toma asiento ¿gustan comer algo?

-¡Claro! -aseguró Meliodas casi de inmediato. Siempre sería recibida la comida que no viniese de su propia mano. A su lado, su prometida asintió cortésmente, menos efusiva ante la propuesta. No porque no lo deseara, sino, porque entre ella y él siempre era la más calmada de ambos.

-¿Cómo va la recuperación? -consultó Elizabeth.

-De acuerdo a lo planeado, me alegra saber que mi condición de atleta me es favorable -manifestó después de tomar un bocado de sus alimentos- en 5 días podré realizar actividades regularmente si estas no requieren sobreesfuerzo.

Sus acompañantes no hicieron esperar sus felicitaciones. El almuerzo se compartió entre buenos deseos y comentarios triviales. Fueron horas agradables para la anfitriona, rodeada de personas que empezaba a considerar amistades. A su lado el tiempo se fue a prisa, el sol cedió ante la tarde tiñendo de naranja todo cuanto tocaba dentro de su residencia.

Despidió a la pareja en la puerta de su residencia, le agradaba caminar lo poco que podía hacerlo, de esa forma no se sentía tan cansada de estar en reposo. Antes de partir Meliodas le indicó a Elizabeth que podía adelantarse en el auto, ella entendió rápidamente el motivo, el tema de sus hermanos no siempre era algo que él pudiese comentar abiertamente. Era delicado y respetaba eso, le sonrió con paciencia rozando su mejilla suavemente con su mano en un gesto de apoyo.

En cuanto Elizabeth se adentró al auto, Meliodas torció la boca con algo de aprensión. Le tomó algunos segundos, pero juntó la valentía necesaria para preguntarle.

-¿Cómo siguen las cosas con respecto a Zeldris?

A Gelda no la tomó por sorpresa, esperaba su pregunta desde el momento que lo vio. Le ofreció una sonrisa tranquilizadora que aligerara el ambiente, creía que él dudaba pensando que su pregunta podría ofenderla.

-No lo he visto -expresó honesta- no es una situación sencilla…

-Lo sé -comentó él meditabundo, su rostro daba la apariencia de alguien más maduro- al igual que estoy seguro de que vendrá. Solo necesita tiempo.

Gelda asintió levemente- seguiré esperando.

Todo el tiempo que fuese necesario.

Cuando terminó de hablar con Meliodas ocupó el resto de su tiempo en las noticias y el informe de cuenta que habían redactado para la empresa de su padre. Se anunciaba en los medios televisivos el cambio de presidente de la empresa del sr. Demonio, el apuesto rostro joven de Zeldris se dejó ver en un video corto que lograron captar para acentuar su noticia mientras hablaban al respecto.

Rió sin ganas. El video solo avivó su deseo de verlo, extrañaba el sonido tranquilo de su voz, su tacto lleno de recato. Lo amaba, no había duda de ello, y ese amor la estaba quemando, su anhelo le producía lágrimas que no dudaron en inundar sus párpados. A pesar de ser paciente, no quería mentir respecto a sus sentimientos. Era libre de expresarlos y quería hacerlo.

Solo hasta que se calmó tomó el teléfono ubicando a Estarossa entre sus contactos, tenía mensajes de él como esperaba. Algunos empezaban con frases que le arrancaron sonrisas honestas "¡Sean bienvenidos al circos!", "Mi nuevo jefecito me dio tiempo libre para escribirte, aunque eso último no lo sabe"

-Jamás había viso tanta ansiedad en un recipiente tan pequeño -leyó riendo- revisa las noticias constantemente esperando ver tu rostro para no tener que preguntarme. ¡Oh, Dios, golpéalo con tu gracia a ver si mejora!

En cuanto estaba por escribirle una respuesta se detuvo, el sonido de la llamada cambió su pantalla de mensajes para reflejarle la foto de Estarossa. Seguramente había esperado a que leyera el contenido para hablar.

-¡Gelda, que alegría escucharte! -ella se sorprendió del tono elevado que usó para hablarle, casi sonaba gritado- lo siento, mis paredes rebotan el sonido con facilidad con la puerta abierta -agregó susurrando. Lo comprendió inmediatamente, Zeldris debía estar cerca.

-No sea tan duro con él -suavizó su tono, la alegría de una mujer enamorada a través de sus palabras- ¿Cómo estás?

-Todo bien, pero no te llamé para hablar de mí, quiero saber de ti ¿Cómo está mi hermana favorita?

-Mejorando tanto como sea posible -respondió entre una risilla encantadora, le agradaba escucharlo, le hacía sentir más ligera.

-No sabes cuánto lamento que te sientas mal. Me gustaría ir, pero el trabajo apremia… -Estarossa actuó lo que deseaba hacer, sonaba preocupado y desesperado. Como si ella estuviese empeorando. Gelda entendía que todo lo estaba haciendo para agilizar las decisiones de Zeldris y, a pesar de que se sentía mal, no podía evitar agradecérselo.

-Gracias -susurró ella repetidas veces.

Después de un momento, en la otra línea se escuchó una risa baja- bueno, me alegra que mejores, debo irme, tengo trabajo por hacer -resopló- te escribo.

Luego colgó.

-/-/

Al depositar el teléfono en la madera del escritorio, Estarossa torció sus labios en una sonrisa perversa. A pesar de reconocer que estaba arrojándole más presión a su hermano, no podía dejar de pensar que era mejor de esa forma. Seguramente su decisión de hacerle la broma no tenía nada que ver con lo divertido que resultaba molestarlo. Tampoco con el hecho de terminar exasperado con su actitud taciturna, perdido en la lejanía que no suponía otra cosa que pensar en Gelda. No es que él fue un experto desmantelando los misterios que ocultaban los ojos de Zeldris, es que resultaba tan obvio que le estresaba y, realmente muy pocas cosas conseguían que tuviese ese sentimiento.

¡Nada como una buena dosis de dramatismo en el amor!

Dejó de pensar en la situación de su hermano, el papeleo no se haría solo y tenía suficiente para quedarse despierto si no empezaba. Tomó la primera página revisando con rostro aburrido el contenido. Después de unas cuarenta se consideraba desdichado, era más tedioso de lo que estaba acostumbrado, tal vez porque antes su padre no lo tomaba en consideración por creerlo un alcohólico inútil que solo podía transportar papeles y seducir mujeres.

Ese pensamiento le hizo recordar las acciones de Zeldris, lo había puesto como su segundo de confianza y había deslindado algunas responsabilidades depositándola en sus manos sin temor en sus ojos ante su posible fracaso.

Cuando tomó el siguiente papel lo hizo concentrado en su contenido.

Hasta pasadas la una consiguió terminar, sorprendido de su rendimiento. No notó el paso del tiempo y el contenido a revisar lo entretuvo lo suficiente para hacerlo llevadero. Complacido con su eficiente desempeño bajo a beber agua para aplacar la sed que empezaba a trepar en su garganta.

No se le hizo sorpresa encontrar a Zeldris vagando en la refrigeradora, su nuevo puesto lo ocupaba un poco más que antes, pero a pesar de ello lucía más descansado. Sin su padre se asemejaba al joven que en realidad era, no el verdugo sin emociones que tuvo que aparentar.

-Terminaste – Su hermano no le preguntó, fue más bien como una conjetura sacada al verlo tan alegre. Se apartó de la refrigeradora para darle espacio mientras terminaba de beber el jugo de naranja que tenía en el vaso.

-Eso hice -tarareó- ¿Aún te falta?

Zeldris emitió un sonido afirmativo llevando el vaso vacío hasta el fregadero. Mientras lo transportaba, Estarossa esperaba con una sonrisa que intentara buscar respuestas del incidente anterior, cuando habló lo suficientemente alto como para que lo escuchara referirse a Gelda y, posteriormente verlo pasar unos segundos después tratando de fingir que venía de su habitación.

Pero la pregunta no llegó, su hermano abandonó la cocina sin emitir comentario, tan silencioso como de costumbre.

Rodó los ojos fastidiado con su actitud.

No le costó conciliar el sueño el resto de las horas que tenía para descansar, en cuanto se dejó caer en su cama encontró la posición que lo llevó a la inconciencia. Sus sueños se llenaron de memorias de viajes y cortos momentos tranquilos de su infancia, tiburones en aguas frías, cataratas y saltos en paracaídas. La adrenalina del momento, el sentirse vivo.

Cuando regresó del mundo de los sueños, despierto gracias al sonido de la alarma, se levantó con el mejor animo posible. Plenamente descansado echó a andar a la cocina, donde su hermano estaba preparando su desayuno.

Seguramente le sorprendió verlo despierto tan temprano, el movimiento brusco de su sartén lo delató.

-Buenos días, Zel~

Obtuvo un leve asentimiento como indicativo de que lo había escuchado. Ocupado como estaba, Estarossa alcanzó a verlo mover diferentes cosas que se calentaban. No es que cocinara como un profesional, de hecho la comida de Zeldris apenas podía considerarse comestible, pero era mucho mejor que la de Meliodas y eso era un gran avance al respecto. Cuando terminó, su hermano agrupó la comida dividiéndola en dos platos de iguales porciones y le tendió uno de ellos antes de sentarse. El gesto lo tomó por sorpresa, pero suponía que lo que menos deseaba era escucharlo quejarse de tener hambre.

-Eficiente, responsable y ordenado, ¿No hay nada que hagas mal? -bromeó con descaro consiguiendo un gesto irritado en el rosto de Zeldris.

-No empieces -lo escuchó gruñir.

-Cierto, sincerarte sí que se te da mal -Estarossa mordió el emparedado después de soltar esas palabras. No estaba mal, pero tampoco bien- ¿Cuánto más quieres esperar?, ¿Hasta qué olvide lo que sea que vio en ti?

Su hermano dejó escapar el aire sonoramente, estaba molesto- eso no es de tu incumbencia.

-Si no me lo dices no lo noto -emitió una carcajada descarada que pronto dejó de rebotar entre las paredes. A él vino el rostro lleno de esperanza de Gelda, su burla se convirtió en un silencio mortífero, sus labios en una línea recta de seriedad- No sabes lo afortunado que eres…

Ambos se miraron después de esas palabras. Estarossa creyó ver el atisbo del niño inseguro que alguna vez fue Zeldris. No dudaba del amor que le profesaba su hermano a Gelda, pero le resultaba asombroso verlo en su casa y no en Edimburgo, ¿Cómo era capaz de soportarlo? Si era él, quien le tenía el aprecio de familia y no dudó en hacer el viaje para permanecer con ella durante el resto del día.

-Lo sé -le dijo después de mucho, comiendo su desayuno con rapidez. Parecía reacio a permanecer más tiempo a su lado, vulnerable en su condición podría hablar de más y seguramente no soportaría verlo sin sentir vergüenza.

Estarossa sonrió aunque Zeldris no pudiese verlo. Eran pocas las ocasiones que decía lo que pensaba.

Dejó de presionarlo para igualarlo, tomando más bocados de la comida. Por supuesto, su hermano se retiró primero casi a paso que asemejaba una competencia deportiva. No lo vio después de eso, pero se entretuvo respondiendo llamadas de amistades y, por supuesto siguiendo su conversación con Gelda.

El resto del día no fue tan entretenido como deseaba, las horas laborales se fueron entre reuniones de consejo y entregas de documentos, propuestas de asociación y más papeleo; para cuando su día terminó no tuvo ánimo de hacer nada más que cenar la comida que compró, guardar dentro el horno lo que le correspondía a Zeldris y arrojarse a dormir.

Volvió en sí cuando escuchó el movimiento en la casa producto de dejar su puerta abierta, era una nueva mañana que prometía ser igual de ajetreada que el día anterior. Algo desorientado se incorporó para encontrar al que, suponía, era el causante del ruido. Su hermano movía papeles a una velocidad envidiable, distribuyéndolos dentro de los portafolios que preparó. Le causaba gracia verlo tan concentrado, incapaz de notar que tenía visita en su habitación.

Estarossa ojeó el resto de la habitación, dibujando una sonrisa burlona cuando alcanzó a ver una maleta con ropa ordenada sobre la cama.

Finalmente había tomado una decisión.

Le dio su espacio regresando a su habitación en silencio, a pesar de que moría por burlarse podría conseguir un efecto negativo de retroceso en Zeldris. Pospuso la cantidad de comentarios que le lanzaría hasta después de su reconciliación con Gelda.

Le deseó suerte sin emitir comentario.

-/-/

-Estaremos en contacto -comentó el joven de saco pulcro extendiendo su mano a Gelda. Lo había acompañado hasta la salida después de la conversación que sostuvieron con respecto a la situación legal de su padre.

-Se lo agradezco, que tenga un viaje placentero.

Demoró más tiempo del que deseaba de pie en el umbral de la casa, pensando en lo extraño que resultaba el mundo, los motivos que llevaban a alguien a ambicionar hasta corromperse. Izraf lo poseía todo, pero nunca fue suficiente, terminó sacrificando todo lo que obtuvo y el precio a pagar lo sepultó en el agujero que lo mantendría alejado de su existencia. No habría pruebas irrefutables, el informe médico dejaba constancia de cada herida producto del arma blanca y teniendo el cuchillo las huellas dactilares lo vincularían con la comisión del delito, aunque no hubiese dudas al ser apresado en el lugar de los hechos.

Regresó finalmente al interior dejando que su mente se llenara de las otras actividades del itinerario. Dejando de lado el tema de la demanda y la sentencia de su padre, ese día, con el visto bueno de su médico, realizaría una videoconferencia con el resto de los asociados de la empresa en el invernadero. La única posesión que su madre había dejado como constancia de su existencia.

-¿Está todo listo? -preguntó a la sirvienta que entraba por el lateral, a ella le había dado la indicación de acomodar un sillón en reemplazo de las sillas que no podía utilizar.

-Por supuesto, señorita Gelda, ¿hago bajar su computadora?

-Si, gracias -respondió con una sonrisa, que su condición le permitiese abandonar su habitación también era obra de ellos, quienes cuidaron su horario de medicamentos y adaptaron las comidas a su nuevo régimen alimenticio. Aunque fuese parte de su trabajo, consideraba una ofensa no reconocerles su desempeño.

Una de ellas había salvado su vida al llamar la ambulancia y a la policía ese fatídico día.

La vista externa del invernadero la recibió al salir de la casa, numerosas flores de aspecto exquisito rodeaban el lugar dando un espacio acogedor para los muebles del centro que había reemplazado con una mesa plegable y el sillón. Rodeada de ese ambiente tranquilo no dejó de pensar en lo mucho que le gustaría ampliarlo, pero no en esa casa, tener la suya propia con un invernadero más grande.

Cuando la sirvienta le entregó la computadora inmediatamente se conectó, dándole la bienvenida a los participantes. Se le hacían personas desagradables, igual de hipócritas que su padre, después de todo ya los conocía; sin embargo, no se mostraría descortés, su educación prevaleció a todo momento, incluso cuando el descontento se hizo esperar por algunas de las decisiones que propuso tomar, pero al final el resultado fue el esperado, terminaron aceptando sus indicaciones.

Su día se le hizo ajetreado, apenas con tiempo para tomar cortos descansos. Después de cerrar la videoconferencia no se hicieron esperar las conversaciones privadas que le ocuparon hasta la tarde. Ofertas de compra llovieron al igual que comentarios sin escrúpulos bajo falsa preocupación de su condición, resaltando lo poco apta que la consideraban para tomarse atribuciones que no creían, debía siquiera pensar. Gelda no se dejó amedrentar, respondió con grácil elocuencia dejando tácitamente comprendido que la única opinión relevante para ella era la propia.

Al llegar la cena su situación se convirtió en algo más calmado. Con los últimos rayos solares el clima se enfrió, pero no desagradablemente, le gustaba esa sensación de esperar a acobijarse bajo las grandes sábanas de su cama. Ese día comió con un poco más de prisa aguardando el momento de retirarse finalmente a descansar. A ese punto volvía a ser consciente de su condición médica, que a pesar de estar mejorando, reclamaba la atención merecida a la hora de reposo.

Escuchó el sonido de la puerta del comedor abrirse mientras forcejeaba con el adormecimiento.

-Disculpe la interrupción señorita Gelda, pero tiene una visita -anunció la sirvienta después de inclinarse levemente.

Consiguió despertar sus sentidos de alerta. Asintió indicándole que podía dejarla pasar, preguntándose internamente de quien se trataba. ¿Acaso vendrían a reclamarle personalmente por los hechos suscitados durante la videoconferencia laboral?

Pero no se trataba de eso. Fue Zeldris quien la tomó por sorpresa, su mera presencia logró cortarle la respiración, incapacitándola para dirigir su mirada a cualquier otro punto que no fuese él. Tenía tantas emociones encontradas que no le tomó por sorpresa los sollozos que involuntariamente escaparon de su boca, lágrimas incontenibles no se hicieron esperar empapando sus mejillas.

Quería decirle tantas cosas, pero su voz no fue capaz de encontrar el rumbo. Atinó entonces a tapar su boca tratando de contenerse, sin embargo, tampoco fue muy efectivo. Había pensado tanto en ese momento y planeado miles de formas de sobrellevarlo, asegurado que lo abordaría con calma.

Por supuesto que no resultó, se dijo mentalmente.