La reina de mis caprichos

Decidí contenerme. Por más que me fastidiara, tía Elroy tenía razón. No podía ir por ahí haciendo el cabrito. Tentando a la suerte más de lo que ya lo había hecho hasta aquel momento. Había sido capaz de convivir con Candy sin que nada pasara. Debía ser capaz de contenerme unos meses más. Tras resolver todo el papeleo legal y, con suerte, haber concluido mi investigación sobre Stear, podría volver a estar con ella...

Entramos en el coche- Va a ser un fastidio -pensé en voz alta, "¡Estúpido!".

- Sí, bueno. A mí también me parece un incordio, si te soy sincera -Sonrió, sentándose de acompañante.

- ¿Cómo? -No entendí... "¿Acaso lo he dicho algo más en voz alta? ¿Siente también ella esta impaciencia?".

- Aún no entiendo por qué me han invitado. Me temo lo peor... Seguro que han pensado alguna forma de intentar ridiculizarme -Se encogió de hombros-. Tal parece que no tengan nada mejor que hacer en su vida... ¡A saber!

"¡Ah! ¡Los Leagan!", respiré tranquilo. No, la verdad era que a mí tampoco me apetecía pero había tenido un mal presentimiento sobre aquella invitación. Candy tenía razón. Era muy extraño que la incluyeran... Aunque habiéndome invitado, ellos sabían que no me lo hubiera tomado demasiado bien, incluso si hubiera decidido no ir. En la reunión antes de la inauguración les dejé bien claro que no iba a tolerar ninguna nueva falta de respeto hacia ella... pero no dejaba de ser extraño que hubieran tardado tan poco en invitarla.

- Ya sabes que no voy a permitir que eso vuelva a pasar -le aseguré. Durante el camino me olvidé completamente de mi sueño. Tener a Candy, a solas, a mi lado, me hizo recordar otros buenos momentos del pasado. Las últimas salidas en coche antes de volver con los Andrew y la promesa que le pedí sentados en aquel árbol. Fue también un impulso y por tiempo su respuesta me tuvo dudando. No estaba seguro de hasta qué punto ella lo había interpretado como yo había deseado... Tampoco de si realmente quería que lo hiciera en su estado. Entonces era evidente que no tenía lo de Terry superado pero parecía estar tan a gusto a mi lado... Luego, cuando pasamos caminando por el mismo lugar del parque donde ella me había encontrado cuando me expulsaron del hospital... Recordé lo que me dijo de ser como su hermano. En ese momento, me pareció bien. Realmente era como si no la conociera de nada, pero encontraba natural apreciar a amigos hasta ese extremo. Pero sabiendo que no erámos familia, de sangre, poco a poco me fui sintiendo atraído de una forma menos fraternal. Lo que empezó como agradecimiento, siguió con cariño y después a desear algo más.

Creía que ahora había recuperado casi todos mis recuerdos, pero en aquella época tan solo recordaba imágenes inconnexas y sin demasiado significado para mí. De ella también había recuperado momentos aislados y por eso confiaba más ciegamente en lo que me había explicado. En una de ellas parecíamos estar en Londres de noche. Tenía cara de sorpresa y, de pronto, me sonreía y corría hacia mí. En la otra imagen que a veces me asaltaba por aquellos tiempos, se abría una carcomida puerta y aparecía ella sonriendo, gritando mi nombre, con una tortuga entre sus manos. Realmente, entonces no le encontraba ningún sentido, pero ella estaba muy hermosa, aunque aún me resultaba demasiado aniñada. Tenía la sensación de que entre nosotros había un vínculo especial pero no sabía cuál.

Después, con la convivencia, resultaba casi imposible encontrarnos en situaciones que no hicieran que me fijara más. Seguro que estaba amnésico pero no ciego. En el apartamento tan solo teníamos un dormitorio para los dos. Pusimos literas, pero era inevitable que alguna vez uno de nosotros encontrara al otro a medio vestir. Ella no le daba importancia cuando se trataba de mí. Al fin y al cabo debía haberme visto completamente desnudo cuando estuve en el hospital, mientras estuve inconsciente.

Si ella se había encargado de mí, también debía haberse ocupado de limpiarme... Aquello, recién prometidos, me incomodaba. Saber que tu prometida te ha limpiado tus partes antes de tener sexo, al menos que ella recuerde, no es algo que le dé a uno mucha seguridad en el propio atractivo... En ese aspecto, recuperar la memoria, me ayudó menos aún. Recordé cuando realicé mis primeras prácticas de estudiante y, después, atendiendo como médico en Kenia y nunca me sentí atraído por ninguna paciente. Eran personas en su peor momento, heridas, infectadas, desnutridas, febriles o con unos comportamientos bastante anómalos. No podía evitar pensar que Candy me viera de igual modo. Yo había estado en cinco de esos seis estados mientras ella me cuidaba. Todo un afrodisíaco para cualquiera...

Por ello, no dejaba de fascinarme el recuerdo de aquella noche en Florida... hasta que dijo su nombre. Era tan evidente que me había confundido con Terry... Después, cuando la encontré llorando pasado el portal de Anthony y nos besamos... Ella reaccionó tímida pero me correspondió, igual que lo había hecho hacía un rato en mi despacho... Pero una cosa era corresponder y otra la necesidad que yo sentía constantemente hacia ella. Dudaba mucho que ella sintiera eso por mí...

- Estás muy callado, Albert -interrumpió mis pensamientos cuando ya quedaba poco para llegar a destino-. Cuando dijiste que iríamos los dos en este auto, yo... -no dijo más y giré la cabeza para mirarla.

- ¿Qué? -Ella, a su vez, me evitó, mirando el paisaje-. Quería estar más tiempo a solas contigo -confesé, "¿No era evidente?".

- Ya, pero yo pensé... pensé... no sé... -Se miró las manos-. Cuando me pediste que fuera tu prometida yo... creí que ahora sería... diferente -Volvió a mirar la recta arboleda de los Leagan-. Pero pareces incluso más callado y distante que antes -"¡Qué!", bueno, ella tampoco había hablado hasta ahora... Y respecto a lo de distante... No tenía ni idea de lo que me estaba reclamando. Si ella supiera lo que pensaba cuando la tenía cerca, estaba seguro de que huiría por patas.

- Lo siento. No quería darte esa sensación. Es solo que hay varios temas que me rondan la cabeza -"Dar media vuelta. Perdernos por el bosque y follarte como si no hubiera un mañana, por ejemplo", ¡Maldita sea! Si tan solo por hablar con ella volvía a tener aquellos impulsos ¿Cómo se suponía que iba a aguantar el tiempo de cortejo? ¡Jodidas convenciones sociales! Por fin llegamos y me sentí aliviado porque estar con aquella familia de víboras era justo lo que necesitaba para controlar mi líbido.

Continuará...