Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 27

Ichimaru tardaba demasiado en informar del éxito de la operación, el arresto de Ichigo. Mientras

conducía hacia su despacho, Halibel no cesaba de mirar, inquieta, el mudo teléfono que

descansaba sobre el asiento del copiloto. Ese inepto vejestorio no quiso hacerle caso cuando

solicitó reforzar la seguridad del centro aludiendo que más soldados por la zona alertarían al

personal de los almacenes colindantes. Le molestaba sobremanera que un insignificante

licántropo se creyera con autoridad suficiente para ignorar sus demandas.

Ella era Halibel, directamente relacionada por línea de sangre con Aizen. Tenían la misma madre.

Y aunque a ella le tocaba ser la ilegítima, igualmente era digna de respeto y consideración. Su

posición era mucho más elevada que la de cualquier soldado, por mucho rango que éste

poseyera. Aizen trabajaba directamente con ella. Sobre ella recaía la responsabilidad del centro

de experimentación y sólo por eso, debió creerla cuando le advirtió que alguien había estado

fisgando entre sus documentos. Desde luego, ella sí tomó medidas en cuanto a la seguridad de

su despacho. Lo que había sucedido no volvería a repetirse, aunque era imposible saber con

qué datos se había hecho el intruso. Y naturalmente también había informado convenientemente

a Aizen.

Estaba segura que su hermanastro pondría en su lugar a ese tipejo imbuido de presunción.

Aizen no era de los que dejaban las cosas a medias. No obstante, seguía sin comprender la

razón por la que no descartaba a colaboradores de esa calaña y emprendía la acción

directamente por sus propios medios. Como Dominante, su poder era inigualable. Ningún

licántropo en su sano juicio trataría de ir contra su voluntad. Así se lo había planteado en la

última ocasión en la que hablaron. Pero naturalmente, Fenrir tenía razón al apuntar que era un

prestigioso miembro del Consejo y no debía mancharse las manos de sangre. No podían

permitirse el lujo de que cayera sobre él ninguna clase de duda en cuanto a su integridad y

moral.

Juntos terminarían sus experimentos y mostrarían los magníficos resultados reproductivos.

Después de eso, el Consejo otorgaría a Aizen el lugar que merecía como presidente de la

insigne Sala y ese maldito sueco y su padre serían prescindibles.

Después de abandonar el coche, subió con rapidez las escaleras y entró en su despacho. Sólo

cuando cerró la puerta tras ella, sintió una presencia extraña. Intentó girar el pomo para salir

pero un golpe seco sobre la puerta, para inmovilizarla, le impidió abrirla. Levantó los ojos

encontrándose con dos pupilas verdes mirándola directamente mientras una hilera de blancos

dientes le sonreía.

—Bienvenida, Halibel. Te agradecemos que no nos hayas hecho esperar demasiado.

La voz de aquella Pura estúpida con la que discutía a menudo antes de que su hermanastro la

utilizara como conejillo de indias en la SIN la sobresaltó. La traidora que se había aliado con el

enemigo y que Ichimaru debía matar esa misma noche. Giró el rostro hacia su mesa y Rukia

encendió la pequeña lámpara para que pudieran verse.

—Ichimaru ha fracasado, pero cuando Aizen ponga las manos sobre ti... —dijo Halibel caminando

con una aplastante seguridad hacia su mesa.

—Aizen no va a poner las manos sobre nadie, por el momento.

—¡Levántate de mi sillón! —exclamó tomándola por el brazo con fuerza para tratar de expulsarla

de allí.

Rukia la agarró por el codo con la mano libre y la obligó a doblar la espina dorsal hasta que se

golpeó el rostro fuertemente contra la superficie de la mesa.

—Cuidado, bonita, puedes tropezar.

Ichigo no pudo reprimir una sonrisa mientras contemplaba la escena, recostado contra la puerta

cruzado de brazos.

Halibel pasó la lengua por sus labios y sintió el sabor de la sangre. Su sangre.

—¿Vas a matarme? —preguntó al sentir que cerraban unas gruesas esposas alrededor de sus

muñecas.

—Vas a acompañarnos —respondió la Pura.

—Aizen no parará hasta dar conmigo.

—¡Oh! No te preocupes —dijo Ichigo encogiéndose de hombros y acercándose con una

inyección sedante entre los dedos—. Nos ocuparemos de indicarle el lugar donde podrá

encontrarte.

Rukia acompañaba a Chad, mientras éste examinaba a la Halibel que, encadenada a la pared

del taller, aún no se había recuperado de la droga administrada.

—¿Nos pasamos con la dosis? —preguntó al indio aunque su rostro no mostró preocupación

alguna.

—No. No creo que tarde en despertar.

—Vale —dijo antes de girar sobre sus talones y caminar hacia la moto que Ichigo había

terminado de arreglar para ella.

El sueco había hecho un buen trabajo en la máquina. Giró la llave y el motor se puso en

funcionamiento al instante emitiendo un sonido ronco y vibrante. ¡Magnífico! Apretó el freno

trasero y le dio algo de gas comprobando la aceleración. Sonrió. Era perfecta. Ichigo le había

proporcionado un medio de transporte de primera. Y, por alguna razón, al pensar en su partida,

sintió un peso extraño en el pecho. Volvió a silenciar el motor y dejó reposar su peso sobre los

brazos durante un momento, tratando de dejar la mente en blanco. Debió de pasar más tiempo

del que imaginó, pues al volver a las dependencias de la estación, Chad ya se había

marchado y Halibel despertaba de su inconsciencia. La licántropo miró a su alrededor e incluso

tiró de las cadenas para comprobar si eran tan seguras como parecían. Sólo cuando asimiló que

no había escapatoria posible, miró a Rukia.

—¿Qué lugar es éste?

—Uno como otro cualquiera. No te preocupes, para ti será de paso.

—¿Me vais a trasladar?

—No. Te entregaremos a Aizen. Esta noche.

—¿Y pensáis tenerme así hasta entonces?

—No. Puedo soltarte y echar unas manos de cartas, mientras charlamos sobre la crisis mundial.

O mejor, sobre cómo vamos a terminar con el imperio de terror que tu hermanastro ha montado

a espaldas de la raza.

—Aizen es un gran licántropo que persigue la gran esperanza para la raza —aseguró muy

enfadada—. Sólo los necios como tú no pueden verlo.

Rukia, con las manos cruzadas a su espalda, caminó hacia ella despacio. Se plantó justo

delante y la miró durante un par de minutos, en silencio.

—Si te digo la verdad, Halibel, al principio, antes de descubrir el alcance de lo que había

aceptado al consentir someterme a aquella intervención y trabajar de espía infiltrado, sólo me

caías mal. Como sabes, me cabreaba sobremanera que trataras de imponerte sobre cualquier

soldado, incluidos los de rango superior; que alardearas de conocer todos los aspectos de las

operaciones; o que, simplemente, miraras por encima del hombro incluso a aquellos que te

superaban en muchos aspectos y que habían ganado su posición gracias a su esfuerzo.

Después, cuando supe la envergadura de la mentira que mantenéis, cuando fui consciente de

cómo me habíais utilizado para que protegiera con mi vida el atroz tormento al que teníais

sometido a Isshin, la gran mentira que habíais urdido para cubrir el asesinato de su esposa y

su secuestro, sentí desprecio. Desprecio y cólera. Y, desde luego, un deseo terrible de

arrancaros el corazón con mis propias manos. Así que no me hables de esperanzas, no me

hables de lo que puedo o no puedo ver y desde luego no te atrevas a llamarme necia, pues lo

único que tengo delante ahora es a una repugnante alimaña que no merece ni el maldito aire

que respira.

—Los grandes logros requieren grandes sacrificios, no importa lo atroces que sean.

—Sólo una mente enferma puede pensar de ese modo.

—¡Tú eres una Pura! ¡Deberías aplaudir lo que perseguimos! ¡Deberías estar orgullosa y

agradecida por lo que estamos haciendo! ¡El estudio de la reproducción entre diferentes niveles

de nuestra raza ayudará a las Puras como tú a no tener que escoger entre el amor y la

necesidad de procrear!

—¿Eso es lo que pretendéis? ¿Romper las reglas de nuestra maldición? ¿A cambio de qué,

Halibel? ¿Cuántos humanos y licántropos han muerto durante ese proceso? ¿Compensan esas

muertes inocentes la elección de pareja entre las Puras? ¿Habéis pensado qué ocurriría con el

equilibrio de la raza? ¿Y nuestro secreto? ¿Crees que se podría mantener de igual forma

cuando el número de nacidos Puros fuera más alto? ¡Por no hablar de los Dominantes! ¿Qué

pasaría con los licántropos de rango inferior? ¿Crees que no serían sometidos? ¡La naturaleza

de nuestra maldición estableció esa norma de concepción por una razón!

—¡No se puede ser Dios sin pagar un alto precio! ¡Esas muertes eran necesarias!

Si el pulso de Rukia había aumentado su ritmo considerablemente, escuchar aquellas

afirmaciones provocó en ella el conocido escozor en las pupilas.

—¿Y engañar a toda la raza también? Ocultáis que tras la imagen del Consejo, algo que debería

ser un modelo a seguir por todos los licántropos, ¡una institución en la que creen!, se esconde

la depravación más absoluta. ¡Estás tan engañada como todos ellos! ¡Aizen únicamente

persigue el poder supremo para sí mismo! ¡Le importa una mierda el bienestar de todos los

demás!

—Kia —la llamó Ichigo desde la puerta.

—¡Hijo del demonio! —exclamó Halibel retorciéndose para tratar de llegar hasta él—. ¡Aizen te

matará!

Rukia se giró para mirarlo y pudo ver el rojo incandescente en sus ojos, gracias a Dios había

llegado a tiempo. La observó mientras caminaba hasta él con paso ligero.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Eso no importa, tus gritos pueden oírse a kilómetros de distancia —observó cómo sus ojos

volvían al violeta natural y un ligero rubor teñía sus mejillas—. Acompáñame.

Ichigo mantuvo la puerta abierta hasta que Rukia la traspasó.

—Supongo que me dejé llevar —dijo siguiendo al sueco hacia el sofá.

—No es necesario que te disculpes.

—No lo estaba haciendo. Si me hubieras dejado... —murmuró apretando la mandíbula.

—La hubieras matado, no me cabe duda. Por eso he decidido intervenir.

—¿Ahora te preocupa una muerte más o menos? —La pose con los brazos en jarras acentuó el

tono sarcástico que utilizó.

—¿Y a ti? ¿Te preocupan ahora menos que antes? —respondió del mismo modo—. Sé que

después te hubieras arrepentido. Supongo que has notado que no tiene ni idea de lo que en

realidad ocurre.

—Eso no la convierte en inocente. Es consciente de la terrible situación de Isshin y lo

aprueba. Es sencillamente repugnante, no puedo imaginar la cantidad de torturas que ha debido

padecer.

—Prefiero no pensar en ello.

—Supongo que para ti debe de ser doloroso.

—Más de lo que imaginas. Tú, al igual que ella, tampoco conoces el verdadero propósito de

esos experimentos reproductivos.

—¿Qué quieres decir?

Ichigo se llevó una mano hacia el cabello para retirárselo del rostro, mientras se daba tiempo en

pensar cómo explicarselo.

—Ya sabes que Aizen desea el poder que yo poseo. Desea ser lo que represento, ingiriendo mi

corazón mediante el ritual, para convertirse en lo que los nativos como Chad conocen como

Wendigo.

—Por eso te necesita vivo. Pero no comprendo qué relación tiene eso con los supuestos

estudios de reproducción de los que ha hablado Halibel.

—Es muy simple. Aizen ha intentado por todos los medios conseguir que Isshin fertilizara a

otra hembra, para obtener a otro Hati, ya que no puede capturarme.

—¿Qué? —Rukia no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Por eso lo ha sometido a miles de pruebas. Lo ha intentado con todos los niveles de pureza

entre las licántropos hembras. Incluso con humanas. ¿Recuerdas el suministro que obtenían

por medio de Kveld, verdad?

—Sí.

—Ése es en realidad el objetivo de Aizen.

—Gracias a los dioses hemos podido frenarlo a tiempo.

—No estoy tan seguro —dijo pasando las palmas de las manos por su rostro para despejarlo.

Rukia se puso en pie de un salto.

—¿Tienes un... hermano? ¿Hermanastro? —se corrigió—. ¡Kon! ¡Ése es el familiar del que

hablamos! —recordó.

—Así es. Aunque te pido que guardes ese secreto pues ni él mismo lo sabe y así debe ser por el

momento.

—Pero debes decírselo, si Aizen...

—No sabe si tuvo éxito. Obtuvo un nacimiento pero a todas luces era un Híbrido normal y

corriente así que lo desechó. Con muy pocos años de vida lo abandonaron a su suerte en un

bosque. Me encargué de que fuera atendido por Uryu, dejándolo en un lugar donde sabía que

lo encontraría. Ahora está vigilado y cuidado por Hisagi.

—Deberías decirle que es tu hermano.

—¿Decírselo? ¿Al pimpollo? Le daría un pasmo. No me soporta —admitió con humor.

—Eso no es una novedad —dijo Rukia alzando una cómica ceja.

Ichigo permaneció en silencio por espacio de varios minutos. Rukia prefirió respetarlo y no

añadió nada más.

—Mi padre tampoco sabe que tiene otro hijo.

—Estará orgulloso de ti cuando sepa que lo has protegido.

XXX

Cuando le informaron de que todas sus órdenes se habían llevado a cabo sin incidentes, se

levantó del sillón en el que reposaba meditando acerca de lo ocurrido la noche anterior. Antes

de salir, se cubrió convenientemente la cabeza, como siempre hacía, mientras echaba un

vistazo al elaborado reloj de péndulo. Quedaban diez minutos para las once y media, si se daba

prisa, no tendría que rodear las salas de exposición pública para llegar a su destino.

Eligió el camino más recto, atravesando las puertas decoradas con motivos dorados y las salas

repletas con miles de hermosas obras de arte, dirigiéndose al otro extremo del palacio.

Una sombra negra deslizándose a través de siglos y siglos de cultura y belleza. Cuando llegó a

la habitación, en la planta superior, la más alejada de la entrada principal, respiró

profundamente. Para Aizen, saber que Isshin había vuelto a cruzar aquel umbral, tenerlo tan

cerca, en su propia casa, no era en absoluto agradable aunque tampoco era que su persona le

produjera sentimiento alguno. Era un simple Puro, alguien por debajo de su rango. No obstante,

la incomodidad venía originada por cierto sentimiento de derrota.

Aizen consiguió arrebatarle todo cuando le había pertenecido alguna vez. Lo había obligado a

ver una realidad que desconocía arrebatándole las bondades y beneficios intrínsecos del cargo

que ostentaba. Un cargo que no le correspondía. Isshin podía ser el más antiguo anciano,

Aizen era el superior.

Únicamente él, como Dominante, poseía la fuerza y el poder necesarios para situar a su raza por

encima de la humana. Los licántropos, bajo su mando, serían los dueños y señores del mundo.

Muchos, entre los miembros del Consejo, habían entendido la grandeza de su visión.

Comprendieron que el don que les había sido otorgado no podía ser usado únicamente para

subsistir bajo un manto de secretismo impuesto por un atajo de eminentes viejos decrépitos.

Después, por un golpe fortuito del destino, supo de la existencia de ese... Ichigo. El hijo nacido

entre dos Puros. Alguien que podía terminar con su grandioso plan.

Empujó las hojas de la puerta lo suficiente para pasar entre ellas, antes de volver a cerrarlas a

su espalda. Allí estaba él; Isshin, tumbado en el suelo sobre una elegante alfombra del siglo

XVI. Aunque su rostro ya no mostraba la entereza y prepotencia que había lucido antaño. Las

pruebas a las que estuvo sometido se habían encargado de mermar considerable y visiblemente

el poderoso cuerpo curtido por antiguas batallas.

—Sigue sedado según sus órdenes, mi señor —le informó el guardián.

—Excelente. ¿Y el otro?

—No sabemos si logrará reponerse al derrame cerebral. Por el momento continúa en estado

vegetativo y el nagual duda seriamente que lo supere.

—Está bien. Puede retirarse.

El licántropo lo saludó con un asentimiento de cabeza antes de dejarlo a solas con Isshin.

—Kurosaki —lo llamó—. ¿Puedes oírme?

Isshin ni siquiera hizo ademán de mirarlo, sus ojos carecían de la vitalidad de un ser

animado.

—Quizá es mejor así —se dijo.

Apartó la vista de aquel desecho en vida y abrió una ventana cercana para respirar un poco del

aire fresco de la mañana, mientras consideraba qué hacer con los cuerpos de ambos

licántropos. Tener allí a Isshin suponía sujetar por la hoja una espada de doble filo. Ése había

sido uno de los motivos, además del puramente estratégico, por el que jamás lo ocultó entre las

paredes del palacio. Se exponía a que su secreto más peligroso fuera descubierto. El crimen

cometido tantos años atrás. No obstante, no podía obviar que era el reclamo perfecto para

atraer a Ichigo. Isshin era el cebo exclusivo para cazar al sueco, siempre que jugara bien sus

cartas.

XXX

Rukia, sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en la pared, rascaba

inconscientemente la cabeza de Trece con más fuerza de la necesaria, mientras oía los gritos e

insultos de Halibel, aun con la puerta cerrada. La pequeña mascota lanzaba malhumoradas

miradas a su dueña y trató de escabullirse de su abrazo, sin conseguirlo.

—Conseguirás dejarlo calvo en esa zona —advirtió Chad sin apartar los ojos de la talla que

realizaba con un trozo de madera.

—¡Oh! —Rukia dejó de mover los dedos sobre Trece y se disculpó con unos cariñosos

golpecitos en el lomo—. ¿No podemos hacerla callar de algún modo? Estoy a punto de ir hasta

allí para desencajarle la mandíbula.

—Aún quedan suficientes horas como para que la hembra pueda recuperarse de una nueva

dosis de tranquilizante —sugirió el indio.

—Hazlo. No lo soporto más.

—Está bien. Pero tú se lo harás saber a Ichigo.

—Me parece justo.

Cuando por fin los gritos cesaron, Rukia respiró profundamente mientras cerraba los ojos

para dar la bienvenida a ese temporal descanso. Dejó a Trece, que parecía muy cómodo en

compañía de Chad y se encaminó hacia la sala donde Ichigo trabajaba. Golpeó la puerta con

los nudillos y ante la ausencia de respuesta optó por entrar. Encontró al sueco con la marca de

su pureza visible en la frente y totalmente concentrado en algún punto lejano. Dedicó unos

minutos a examinarla. Era muy similar a la suya pero con significativos cambios.

La marca de un Puro de nivel superior mostraba la circunferencia de una luna llena atravesada

por tres zarpazos. Los Dominantes ostentaban el mismo diseño aunque con la diferencia de un

cuarto rasguño. La marca de Ichigo se distinguía del resto por poseer cinco, además de algo

semejante a unas llamas en la parte inferior de la circunferencia.

Cuando hubo satisfecho su curiosidad esperó a que el sueco volviera a la realidad pero le fue

imposible despegar la mirada de su rostro y de su torso. El maldito licántropo tenía la

costumbre de pasearse a medio vestir y, conociendo su naturaleza retorcida, se preguntó si no

lo hacía precisamente porque sabía cuánto la trastornaba la visión de su cuerpo desnudo.

Tanto como licántropo como por su carrera en la milicia, Rukia siempre había pensado que

estaba más que acostumbrada a tener ante sí la desnudez de otros. Incluso la propia la llevaba

con total naturalidad. Sin embargo, todo cambiaba cuando se trataba del condenado sueco del

demonio. Tanto su fisonomía como el poder que flotaba a su alrededor parecían estar pensados

para volverla loca, para minar su determinación de no caer bajo su influjo. Pero la batalla contra

la naturaleza de su raza estaba más que perdida.

Y para colmo de males comenzaba a entenderlo, a comprender sus decisiones. Ichigo era el

Hati, el Alfa de Alfas. Estaba en su propia carne la necesidad de posicionarse en el lugar que le

correspondía por nacimiento.

Podía discutir con él, podía no estar de acuerdo con sus actos pero también reconocía que

jamás había sido cruel, que, tal como había indicado en una ocasión, todos habían sacado algún

beneficio en el proceso. Así la sorprendió Ichigo y Rukia reaccionó con un significativo salto

hacia atrás.

—Al menos yo no oculto mi interés por tu físico —dijo al volver en sí.

—Quizá deberías hacerlo para no incomodar al personal —respondió Rukia irguiéndose y

retirándose de él varios pasos.

—Me importa un comino el personal, es a ti a quien prefiero incomodar.

Rukia notó en el ambiente el aroma del sueco. Sin duda su cercanía y la expresión de su rostro

al observarle, casi rayando la adoración, lo habían excitado.

—¿Qué estabas haciendo? —acertó a preguntar para desviar su atención hacia otros temas.

—Intento entrar en la mente de Isshin.

—¿Lo has conseguido?

—Creo que sí pero no he sacado nada en claro. No he podido comunicarme con él. Supongo

que sigue drogado y eso lo imposibilita.

—Lo siento.

—No importa. Al menos ya está donde lo quería. Hasta ahora, Aizen lo ha mantenido lejos de él,

creando dos puntos de ataque. Sabiendo que rescatar a mi padre sería mi prioridad frente a la

opción de acabar con él. Con esta jugada, he conseguido desbaratar su estrategia. Lo he

obligado a tenerlo cerca para proteger el secreto de su crimen. Con la muerte de Ichimaru y el

secuestro de Hallibe le será imposible delegar esa responsabilidad en otros.

—¿Vas a canjear a Halibel por tu padre? ¿Así es como piensas conseguir que salga de su

guarida?

—No. Aizen ahora no se separará de Isshin por nada del mundo. Ni siquiera por su

hermanastra. Halibel nos servirá como medio para mermar la seguridad de Skokloster. Le

informaremos del lugar donde podrá recuperarla y enviará buena parte de los soldados que le

son fieles. No puede saber dónde atacaré y después de lo sucedido en el centro de

investigación, no se arriesgará a enviar sólo un puñado. Tendrá que cubrir ambos frentes y se

asegurará de que sean los suficientes para capturarnos. Eso provocará una considerable

reducción de personal en Skokloster y, por lo tanto, una pelea más justa para nosotros.

—Divide y vencerás.

—Exacto. Le daremos a probar el mismo plato que él ha estado sirviendo desde hace tanto

tiempo. Crearemos dos puntos de ataque.

Rukia caminó hasta el panel de fotografías sin verlas.

—Esta noche recuperarás a tu padre y terminarás con Aizen. Será el fin de tu odisea.

—Y tú te marcharás —dijo muy cerca de ella, justo a su espalda.

Rukia sintió el calor de las manos de Ichigo sobre sus hombros.

—Ichigo... —Una queja intentó escapar de entre sus labios. Una queja que quedó silenciada en

el aire, envuelta entre el potente aroma del sueco.

—¿Kia? —contestó el sueco con tono travieso.

—Sí —dijo al fin—. Vayamos a por esa hembra.