Shaman King no me pertenece
Capítulo XI
El invierno aún no llegaba y ya empezaba a sentirse. ¿Cómo cambiarían las cosas a partir de que el juez determinara la custodia de Men? Quería buscar alguna similitud que le permitiera comparar las situaciones y así entender un poco mejor a Ren y a Jeanne, pero su divorcio había sido tan diferente que ni siquiera valía la pena ponerlo en paralelo. Tampoco entendía el silencio en el auto porque si bien los cambios de humor de Hana la confundían cada vez más, no era habitual en él que estuviera tan pensativo y molesto. Quiso encender la radio, pero optó por una platica mucho más casual que no requiriera ningún esfuerzo para ambos.
—Lyserg me ha escrito, dice que llegará para navidad así que aún estás a tiempo para pedirle lo que necesites. No abuses.
Ese intento de conversación era un total fracaso. Hana no respondió, ni reclamó la insinuación, lo único que hizo fue subir el vidrio de su ventana.
—Madre, ¿el niño se irá de nuestra casa? —Ahora entendía la razón de su actitud. Suspiró y volvió a concentrarse en la carretera: no quería asegurar nada delante de Hana pero que Men los dejara era la opción más probable. Jeanne se iría a Francia y Ren compraría otro lugar solo para ellos dos. Además, tampoco quería delatarse y decir que lo extrañaría porque sí, era un malcriado de cuatro años que preguntaba, molestaba y se quejaba por todo, pero, a su manera, se hacía querer. No tenía el carácter del padre (aspecto que agradecía) y tampoco era idéntico a Jeanne, por lo que cada día con él era una nueva aventura—. ¿Con quién se irá?
Ese era un asunto distinto.
—El juez lo determina. Hay un juicio y habrá testigos, aunque al final las personas que saben de estos casos son los que deciden. Esperemos que hagan lo correcto. —Hana bostezó y luego miró por la ventana: tenía que ser una situación bastante grave como para que su mamá decidiera llevarlo con él y faltar a la escuela—. ¿Quieres que se vaya?
Anna se sorprendió al ver cómo Hana dudaba con la respuesta. ¿Quién iba a creer que en tan solo unos cuántos días le iba a coger cariño? Sonrió. Su amistad con Ren también había empezado con algunos contratiempos.
—Estos son mis hijos: Jun es la mayor, y este es Ren, al parecer tiene la misma edad que Anna. —Ya ni recordaba cuántos años tenían la primera vez que se vieron—. Espero que sean grandes amigos.
La madre de Anna era una vieja conocida de la madre de Ren, por lo que bastó un café y una charla para volver a unirlas. Justo en ese primer encuentro estaban celebrando el cumpleaños de Jun.
—No te ofendas, En, pero dudo que eso sea posible. Mi Anna tiene bastante carácter para su corta edad y Ren es bastante malhumorado para solo ser un niño: juntarlos es una bomba de tiempo.
Su padre fue un hombre sabio, pero en esa ocasión se había equivocado. Sí, los dos primeros encuentros fueron bastante secos y distantes, pero bastó solo uno más para juntarlos por siempre.
—Quiero que esté bien. Yo no sufrí con tu separación y espero que él tampoco lo haga. —¿Quién era ese niño y qué había hecho con su Hana?— Aunque eso implique no recuperar mi cuarto.
Estaba decidido, pasara lo que pasara buscaría una casa más grande para todos. Incluido Horo Horo.
—Tienes que quedarte afuera del juzgado mientras ocurre todo el proceso. ¿Trajiste algo para distraerte? —Hana abrió la cajuela del auto y le enseñó los audífonos a su madre: eso debería bastar—. Bien, no hables con extraños y no hagas mucho ruido.
Hana volvió a bostezar. Prometerle esas cosas a su mamá sería pan comido: ya se veía durmiendo en cualquier rincón que encontrase. Volvieron a quedarse en silencio unas cuantas calles más, si sus cálculos no fallaban, estarían en unos quince minutos en aquel lugar. Revisó la hora y se relajó un poco al notar que iban a muy bien tiempo.
—Mamá, ¿por qué mis audífonos y los de Yoh son similares? ¿O es solo casualidad? —¿Cuánto tiempo le tomaría esa explicación? Ya era hora de darle respuestas porque esa era la única forma de acercarse a la verdad, así fuera de gradualmente. Desvió su camino hasta encontrar un lugar que le permitiera estacionar. Hana tenía sus dudas, no sabía si los siguientes minutos se convertirían en una confesión dolorosa o una que les permitiría retomar su antigua relación—. ¿A dónde vamos? El GPS dice que nos estamos desviando.
Detuvo el vehículo en cuanto tuvo la oportunidad. Tomó aire y se preparó para toda la descarga de recuerdos que iban a salir de su boca. Aparte de la obvio… ¿qué tanto más debía omitir? ¿O lo mejor era desahogarse por completo? Porque, aunque le doliera aceptarlo, no había nada que necesitara más que soltar en voz alta todas las frustraciones que la venían aquejando durante los últimos once años.
—Yo se los regalé porque hay una parte de la historia de que no sabes. —Hana se mostró entre interesado y hastiado. ¿Qué otros secretos rodeaban el pasado de su madre?— Yoh y yo estuvimos juntos muchos años, no fuimos solo amigos.
Ya sus dudas sobre el conocimiento que Yoh tenía sobre ella se aclaraban en su mente, aunque eso implicara que más interrogantes llegaran a él. ¿Cómo debía preguntar? ¿Por qué entender a los adultos era tan difícil? No, a los adultos no, a su madre en específico.
—¿Cuánto tiempo son muchos años? —No era la mejor pregunta, pero la respuesta le serviría para dimensionar la importancia de ese vínculo.
—Un poco más de cinco. —Anna había optado por dosificar la información por dos simples motivos: el primero era no abrumar a su hijo con tantos datos y, el segundo, era porque no quería que en un momento de euforia ese detalle saliera a la luz—. Cuando me fui a Inglaterra aún seguíamos juntos y nunca pudimos darle un cierre definitivo a esa relación. Hice todo mal.
No hubo ruido por algunos segundos. Anna no quería presionar y Hana solo debía procesar la información. ¿Eso sería todo? Miró los audífonos e intentó buscar una unión más profunda entre los objetos. ¿Acaso él se había convertido en un recuerdo de Yoh? Y si era así… ¿por qué? Los pasó por su cabeza y dejó que se acomodaran sobre sus hombros. Suspiró y sin tener ningún motivo en específico le sonrió a su madre.
—Por eso nunca miraste a Wat de la manera en la que lo miras a él. No pudiste olvidarlo. —¿Y esa madurez y conclusiones de dónde las estaba sacando?—. Él también te ve de una forma muy intensa.
¿Qué tanto sabía Hana sobre cómo se veían los adultos entre ellos y por qué hablaba con tanta tranquilidad sobre el tema?
—Amé a Wat y me hizo muy feliz. No imagines que me casé con él por otros motivos. Tampoco me separé de él porque lo haya dejado de querer porque no es así. Y lo extraño. Muchísimo. —Reconocerlo en voz alta le dolía, tanto así que había comenzado a llorar. Odiaba mostrarse tan frágil ante Hana, pero ya estaba cansada de fingir que toda la situación la tenía bajo control. Al separarse de Wat no solo había perdido a un esposo sino a un amigo que por más que lo intentara jamás recuperaría—. Eso no implica que quiera regresar con él.
Tenía que hacer la aclaración antes de que Hana pensara en reconciliaciones imposibles.
—Pero no es Yoh y tú aún lo quieres. ¿No es así? ¿A qué vinimos a Tokio, madre? ¿Por qué no me lo dices? —Anna se desabrochó el cinturón y se estiró para abrazar a Hana. No quería ocultarle más la identidad de su padre, pero ese no era el momento, no cuando en contados minutos debía pararse ante un montón de abogados y defender a su mejor amigo para que quedara con la custodia de un niño que estaría marcado para siempre con la separación de sus padres—. ¿Necesitas más tiempo para decidirte? Yoh me dijo que tuviera paciencia y me hizo sentir que todo estaría bien. Creo que también te quiere.
No había un hombre que la amara más en la tierra.
Se separó de su hijo y le acarició la mejilla: no estaba lista para perderlo. Nadie le había dicho que al volver a su país natal todos esos sentimientos que creyó olvidados estarían más presentes que nunca para recordarle que, por más feliz que estuviera en Inglaterra, ella pertenecía ahí.
—Es más difícil de lo que parece. Me divorcié hace pocos meses y Yoh aún está en ese proceso. ¿No crees que esté mal que estemos juntos en tan poco tiempo?
Esta vez fue el turno de él de acariciar la mejilla de su madre.
—¿Desde cuándo te importa lo que las demás personas opinen de ti? —Anna le dio un beso en la frente y le sonrió de vuelta—. Él me agrada, así que como hijo tienes mi aprobación, pero primero tendremos una charla de hombre a hombre. Esa me faltó tenerla con Wat.
—Cuando acepte el nuevo puesto que me ofreció Ren tendré una vida bastante movida. ¿Estás seguro de que quieres que tu madre esté con alguien más? —Se separó por completo y buscó algún pañuelo en su bolso. No solo tenía que luchar contra el tiempo, sino que ahora tendría que retocar su maquillaje en cuestión de segundos—. Nada será como antes.
—Tú asegúrate que en ese papel estén mis condiciones. No trabajarás dos fines de semana al mes y seguirás llevándome a la escuela. Además, tendrás tus vacaciones. ¡Son las fiestas de fin de año! No las pasarás en una oficina. Horo Horo dijo que me llevaría a recorrer la ciudad para ver las decoraciones. Le diré que llevemos a Men.
Una simple charla con Yoh y su hijo era una persona totalmente diferente. Ese era el efecto que él causaba en todos.
—Me aseguraré de que todo esté como lo pides.
Anna hizo lo que pudo con su cara y encendió el auto. Ni miraría el reloj: sabía que llegarían sobre la hora.
Cruzaron la puerta del edificio y el primer rostro conocido fue el de Ren; lastimosamente, a su lado, estaba el Asakura. ¿Dónde estaba Horo Horo y por qué el Tao parecía tan molesto con Yoh?
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—No es que esté enfadado, pero como jefe de personal de la firma Tao en Asia creo que es de tu conocimiento que una de nuestras tantas empresas está dedicada a la finca raíz así que tenemos muchos lugares vacíos para vivir. ¿No te gusta ninguna de nuestras casas libres, Yoh? —Quiso reír, aunque sabía que esas palabras de Ren no debían producir ese efecto—. Debes estar incómodo viviendo en el antiguo lugar de Horo Horo. Yo no podría.
El apartamento del Usui solo tenía una habitación. Un baño completo, un pequeño cuarto de ropas; la sala y el comedor compartían el mismo espacio; además la cocina tenía lo básico como para no morir de hambre. Para un hombre soltero y que solo utilizaba la casa para dormir era perfecto.
—No quería darte más problemas. No te lo tomes personal, Ren. —No tenía caso seguir discutiendo el tema, aunque muy en su interior sabía que más adelante lo sacaría a relucir—. Usaré una de tus casas cuando Horo Horo me eche.
Eso bastaba.
—¿Y Tamao? ¿Has hablado con ella? Jeanne no me dio muchos detalles, mencionó que quería ir Francia, pero no lo confirmó. —Era la opción más positiva para ella. Cambiar de sitio y buscar un mejor lugar para vivir era una buena idea—. ¿Vas a buscarla?
Iba a responder que sí, que pese a todos ellos habían quedado en buenos términos y se deseaban lo mejor, pero la presencia de Anna en la entrada le quitó cualquier tipo de intención de buscar a su ex esposa.
—Lo pensaré. Anna por fin está aquí, ¿haremos que firme el contrato justo ahora? Luego podemos hacer un anuncio oficial para que el personal no se sienta descolocado con el nombramiento.
Le gustaba esa idea.
—Mamá, Ren te está llamando. —Ella lo sabía, pero no quería acercarse a él, no mientras él estuviera ahí—. ¿Vamos? ¿O prefieres que espere sentado? ¿O estás evitando a Yoh?
Le agradaba que Hana estuviera de mejor humor pero que actuara como su consciencia parlante no era su estado favorito.
No tuvo ni tiempo de responder. Ren se acercó hasta ellos, saludó a Hana, tomó a Anna del brazo y la llevó lejos de la multitud. No es que fuera un procedimiento ilegal, pero entro menos miradas curiosas se posaran sobre ellos todo estaría mejor. Yoh ni siquiera saludó. Solo los siguió: ya tendría su tiempo para intervenir.
—No es que desconfíe de ustedes ¿pero podría al menos leer mi contrato laboral para saber que no estoy regalándole mi alma a los Tao en caso que muera por tanto trabajar?
No era el día apropiado para lidiar con Yoh y Anna.
—Tienes como dos minutos. Aprovéchalos. —Casi le rompe el papel en la cara—. ¿Cómo le hiciste para que Hana no hiciera escándalo?
No iba a tener esa conversación con Yoh presente. No podía decir que el hecho de que Hana aceptara ese nombramiento se debía a que su padre lo había tranquilizado, aclarado las ideas y que, muy a su manera, Yoh era la persona que más iba a velar por el bienestar de ellos dos sin importar lo que pasara.
—No tienes por qué saber eso.
Leyó las hojas lo más rápido que pudo: solo le interesaba saber si las condiciones de su hijo estaban presentes, el resto de términos podían esperar, discutirse o cancelarse. Buscó su pluma en el bolso, pero Yoh había estirado su brazo para prestarle una.
—Es la de la suerte, Anna. —Ni siquiera le iba a dar las gracias, tomó el objeto, buscó la línea, firmó y le devolvió las hojas a Ren—. Bienvenida, jefe.
Ojalá pudiera echarlo en ese mismo momento.
—Bien. —Ren firmó en su espacio y Yoh fue el siguiente en hacerlo—. Oficialmente eres la vicepresidente de todo lo que lo tienen los Tao en Asia. Espero que trabajemos muy bien, Anna. Ya llegará el momento de presentarte al resto de personal y ojalá sea antes de que mi padre nos quite todo lo que tenemos. No siendo más creo que debo dejarlos solos.
Y no dijo más, solo los dejó a mitad del pasillo. Anna quiso seguirle el paso así que le dio la espalda a Yoh, avanzó un par de metros y, cuando había cantado victoria, sintió que alguien la tomaba de la mano y la llevaba varios metros más al fondo del edificio. Ni cómo hacer el intento de evitar el arrastre, Yoh era mucho más fuerte que ella y el simple contacto la tenía bastante alterada. No podía ignorarlo mucho tiempo más. Cuando estuvieron lo suficientemente escondidos la soltó, pero la alegría no duró mucho porque el Asakura se encargó de tenerla contra la pared. Ni siquiera había presión entre los cuerpos porque la sola presencia de él era suficiente para mantenerla en su sitio.
—¿Vas a ignorarme todo el día? No me hablas desde lo del cuarto. —Se sonrojó. Esa que cedió ante sus deseos más carnales no había sido ella—. Anna, por favor, necesito saber qué será de nosotros.
No era fácil verlo tan suplicante.
—Dame tiempo. Tengo que pensar las cosas.
No sabía si era su imaginación, pero a cada palabra que decía, sentía la boca de Yoh mucho más cerca de ella.
—¿No te bastaron más de diez años? —Ni tiempo le dio de responder porque la hipótesis estaba más que confirmada. Yoh no se contuvo al besarla y ella no estaba en condiciones de negarse al ritmo posesivo que él le estaba exigiendo. Se separó mientras que con su pulgar le acarició los labios. Anna besó su dedo—. ¿Qué dices?
Hana tenía razón. ¿Desde cuándo le importaba la opinión de los demás? Si quería estar con Yoh y él estaba haciendo todo lo posible para demostrarle que quería estar con ella, entonces ¿por qué negarse a una oportunidad? Sí, en su plan de regreso el punto de estar con él no estaba incluido, pero a ese punto ni ella misma estaba cumpliendo con sus propias reglas.
—Lo hablaremos después del juicio. Ren nos necesita concentrados.
—Solo dime qué somos.
La respuesta de Anna fue simple: se acercó a la boca de Yoh y tiró del labio inferior de él con sus dientes.
—¿Vamos? Ren nos espera.
Yoh iría con ella hasta el fin del mundo si era necesario.
—Iré al baño. Llegaré en un momento.
Yoh la dejó atrás mientras que ella se recostó en la pared. ¿Qué estaba haciendo? ¡Era el padre de Hana! ¿En qué cabeza una relación entre ellos era viable? Estaba haciendo las cosas tan mal que hasta sentía vergüenza.
Recuperó el aire y caminó hasta la sala solicitada con tan mala suerte que Tamao estaba ahí. ¿Hace cuánto tiempo no se veían y por qué, de repente, la culpa le estaba taladrando el pecho? Además, por la forma en la que ella la veía solo podía significar un odio profundo. No merecía menos. Avanzó hasta fundirse con la multitud que ya comenzaba a ingresar a la sala. Al menos cinco de esas personas eran abogados de Ren. Dio con su hijo y se agachó hasta quedar a su altura; Men estaba en la silla de al lado.
—Ya sabes lo que tienes qué hacer.
Hana encendió los audífonos y le sonrió a su madre.
—Quedarme quieto mientras todo termina. No hablar con desconocidos, no aceptar nada de extraños y no causar problemas. —Su madre lo miraba de una forma muy rara—. Y cuidar de Men.
—Ese es mi niño. —Besó a Hana en la cabeza y casi, como si buscara bienestar, dejó que las manos de él la rodearan. Se separaron y cruzó miradas con el menor de los Tao—. Todo saldrá bien, no tienes por qué preocuparte. Los que entraremos en esa sala queremos que sin importar las decisiones que se tomen tú tengas lo mejor.
Men asintió.
Se despidió de los niños y caminó hasta la entrada del juzgado. Había llegado el momento. Buscó asiento detrás de Ren: con tantos abogados a su lado no había forma de acercarse más. Tamao estaba hacia el otro extremo, no era de extrañarse que estuviera del lado de Jeanne. El psicólogo de Men también estaba hacia ese lugar, eso marcaba su postura. Siguió recorriendo el sitio y vio a Yoh hacia el fondo al lado de otra persona que ella no conocía. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? Ni forma de reclamarle porque Horo Horo acababa de cruzar la puerta: justo a sobre la hora. Caminó hasta ella y se desplomó sobre la silla.
—Te fuiste temprano de mi casa porque supuestamente estarías con Ren. ¿Dónde estuviste?
Horo se puso nervioso.
—En el trabajo. Necesitaban de mí y tuve que ir de urgencia.
—¿No habías renunciado? ¿No pueden arreglárselas sin ti?
El Usui no respondió ese cuestionamiento.
—Tienes el labial corrido. —Anna maldijo todo lo que pudo. Ya entendía la razón de la mirada de Tamao. ¿Cómo había sido tan descuidada? ¿Cómo es que Yoh no le había advertido ese detalle? Ni quería mirarlo, por culpa de él estaba metida en esa situación tan incómoda—. No es que me quiera meter en tu vida, pero si vas a volver con él haz las cosas bien. Es todo lo que te pido.
Anna quiso responder, pero el sonido de la puerta cerrándose solo indicaba que había llegado el momento de decidir el futuro de Men Tao. Los guardias rodearon la sala mientras un hombre bastante viejo y con una risa burlona hacía acto de presencia. Saludó a los que tenía más cerca, recibió unas carpetas y tomó su lugar correspondiente en el punto más alto del sitio. Leyó los documentos (o al menos hizo el intento) y tras toda se rutina bastante innecesaria por fin miró hacia el frente.
—Cuánto tiempo sin verlos, señor y futura ex señora Tao. Tengo que admitir que no me agrada tenerlos aquí: han sido un matrimonio difícil y no veía la hora de que cancelaran el proceso, pero ahora mírense, a punto de firmar una hoja que los aleje y que muy seguramente dañe la autoestima de un niño para siempre. —Jeanne y Ren estaban felices porque sabían que esa era la última vez que ese hombre se metería en sus vidas—. Entonces, una mujer francesa y un hombre chino quieren divorciarse según las leyes de otro país. Ustedes son un caso curioso. ¿Algo por decir antes de iniciar la sesión?
Seguramente ellos no dirían nada, pero Anna estaba que le tiraba su zapato de tacón en la cabeza. ¿Cómo es que habían dado con la persona más despreciable de todo Japón?
—¿También quieres golpear a ese tipo? —Horo Horo susurraba a su lado—. ¿Cuánto tiempo más tendremos que soportarlo?
Sabía por qué se lo preguntaba.
—No lo sé. Mi divorcio no tuvo tantos contratiempos y tampoco tenía un niño de por medio. Hicimos un documento, llegamos a acuerdos financieros, firmamos y cada uno siguió su camino. No se asemeja a esto.
El golpe de la madera los hizo callar. Había llegado el momento.
—Los acuerdos de las propiedades y el dinero están establecidos así que pasaremos al punto de la custodia del menor. En primer lugar, leeremos los reportes del psicólogo, posteriormente también se dará a conocer el deseo del sujeto implicado en la separación y, de ser necesario, algunos testigos de los padres pasarán a declarar y a convencerme cuál de estos dos irresponsables merece criar a ese niño.
Al menos más de una hora les llevaría el juicio.
Yoh intentaba acomodarse en su asiento, pero le resultaba imposible: si lo llamaban a declarar ¿a favor de quién estaría? Ren y Jeanne eran sus amigos y él no veía prudente que Men estuviera separado de alguno de los dos. Además ¿cómo podía concentrarse si Tamao, en cada oportunidad que tenía, volteaba su cabeza para verlo mientras que Anna solo fingía que nada pasaba entre ellos dos? ¿Qué carajos significaba ese último beso que se dieron?
—Demos la bienvenida al psicólogo del niño, el cual tendrá solo algunos minutos para contarnos su experiencia con él.
Era el tipo más malhumorado que habían visto en su vida y eso que compartían sus días con Ren. Caminó lento, se acomodó como con asco sobre el asiento contiguo al juez, movió el micrófono y de la forma más lenta posible dio su declaración.
—El niño no estará bien con ninguno. Si de mí dependiera no le daría la custodia a nadie. —El asombro fue el factor común de la sala—. Pero como yo no decido eso, creo que la opción menos peor es que el niño quede a cargo de la madre. El señor Tao está más dedicado en su empresa que en la formación de ese infante y hasta el momento ha tenido un rol ausente, no creo que se sienta la diferencia si lo separan de él.
Ren casi salta del asiento. ¿Él? ¿Ausente? Imposible.
—Señor Tao, le aconsejo que controle sus emociones porque le recuerdo que estamos en un juzgado y que cada pequeña acción puede separarlo de su hijo para siempre. Y si me lo permiten, me quiero ausentar de esta sala: todas estas personas me generan repugnancia, menos usted, honorable juez. Solo espero que tome la decisión correcta.
Le dieron la salida y todo estuvo en silencio varios segundos.
—¿Por qué las caras largas? Es solo un testimonio de los muchos que nos faltan. ¿No lo ven así? —Todos querían cortarle la lengua—. Procederé a leer las peticiones del niño y luego los testigos de cada uno de ustedes pasará a mi lado para ser cuestionados. Curioso que todos se conozcan. Sus amigos deben estar en grandes aprietos.
La razón por la que no había más personas de las estrictamente necesarias era obvia: En Tao no podía enterarse de ese encuentro por lo que la reducción del público era más que obligatoria. El juez abrió el sobre y sacó una simple hoja que no debía tener más de dos líneas.
"No quiero quedarme con ninguno, quiero estar con Anna, Hana y Horo Horo. No volveré con mis padres".
La risa de la máxima autoridad de la sala solo incrementó el odio en cada uno de los presentes. Anna quería que la tierra se la tragara. ¿Cómo había pasado eso? En Inglaterra su vida era mucho más simple.
—Ren te va a despedir y ni siquiera llevas una hora en tu cargo.
—Deja de decir tonterías.
Todos vieron cómo la hoja volvía a su sitio.
—Los testigos pueden seguir.
Los abogados de Ren presentaron a Horo Horo y a Anna. Yoh se había mantenido al margen de la situación. La primera en presentarse fue la rubia. Hizo juramento y se sentó en el estrado.
—Mi nombre es Anna Kyoyama. Conozco a Ren desde que éramos niños y en estos momentos Men está bajo mi responsabilidad.
El juez leyó el expediente y sonrió. Ese tipo era lo peor que les pasaría en la vida.
—¡Qué curioso! El señor Tao escogió como testigo a una madre soltera. No sé cómo sea este asunto en Europa, pero he de saber, señorita Kyoyama, que en Japón está mal visto ese comportamiento. ¿Acaso el padre de su hijo está muerto? —Miró a Jeanne y, al ver cómo ella evitaba el contacto visual, pudo hacerse a la idea de que por ese momento cualquier método para ganar la custodia de Men sería válido. ¿Lo peor? Ni siquiera podía molestarse o reprocharle ese acto—. ¿O lo abandonó?
—La forma en la que llevo mi vida privada no tiene por qué ser ventilada. No veo en qué puede interferir mi maternidad en la defensa del señor Tao. ¿Qué si soy madre soltera? Mi hijo ha crecido sin ningún problema y he sabido educarlo para que defienda su posición y no haga preguntas estúpidas bajo ninguna circunstancia.
Ren suspiró y miró a Horo. ¿Preocuparse por Anna? Ella sola podía defenderse.
—¿Qué tipo de relación tiene usted con el señor Tao? —El abogado de Jeanne había comenzado el interrogatorio —¿Hay intenciones personales por las cuales quiere que la custodia del menor quede a nombre del padre? Usted es madre, ¿no cree que los hijos están mejor con una mujer que con un hombre?
De nuevo el tono de insinuación que poco le agradaba.
—Ren es mi mejor amigo. Hemos estado juntos desde que tengo memoria. Dentro de la compañía es mi jefe y lo trato según lo indica ese cargo. —Menos mal el abogado de Jeanne ni el juez conocían la vida dentro de la oficina porque de lo contrario se hubieran reído en la cara de Anna—. Y no importa con cuál de los dos esté el niño, un hijo necesita amor, tiempo y respeto: con Ren nunca le faltará nada de eso.
—Es un niño que requiere atención constante. ¿Cómo uno de los hombres más poderosos de Asia tendrá la dedicación suficiente para no desamparar a su hijo? Mi clienta asegura que el padre ha sido una figura ausente en la crianza del sujeto involucrado. ¿Cómo está tan segura de que eso podrá cambiar? ¿Usted será un apoyo para ellos? Es de conocimiento público que el infante está viviendo en su casa. ¿Es eso una señal de que el señor Tao y usted tienen otro tipo de relación? —Anna quería lanzarle el vaso de agua en la cabeza. ¿Acaso no estaba escuchando?— Le recuerdo que no puede mentir y que si se demora en responder puede considerarse como una ofensa ante el juzgado o como una respuesta afirmativa a mi última pregunta.
Jeanne había escogido el peor abogado. O el mejor, según de cómo se viera.
—Creo que he entendido este juego. Usted considera que como soy madre soltera estoy buscando a un hombre que me ayude a criar a mi hijo porque cree que no soy capaz de hacerlo sola.
—Son conclusiones a las que usted ha llegado de manera errónea y precipitada. Si me permite explicar sus palabras considero prudente que...
Anna golpeó la mesa del estrado: ella no necesitaba que alguien explicara lo que ella estaba diciendo.
—Conozco a Ren y sé que es el mejor padre para ese niño. ¿Quiere saber si tengo una relación romántica con él? No, y nunca he pensado tenerla. ¿Cree que le estoy buscando papá a mi hijo porque no puedo criarlo sola? Se nota que no me conoce. ¿Si seré un apoyo para ellos? Puede estar seguro de que así será porque no importa quién se quede con la custodia, yo estaré al lado de ese niño mientras él lo permita. ¿Tiene alguna otra pregunta, señor abogado?
—Solicito la presencia del siguiente testigo del señor Tao. Muchas gracias, señorita Kyoyama, vuelva a su sitio.
Esa había sido una forma bastante cordial de sacarla de esa silla.
Anna se alejó del estrado e intercambió lugares con el Usui. Estaba furiosa. ¿Cómo es que un simple desconocido podía lanzar semejantes acusaciones y conclusiones tan estúpidas? Maldecía su lealtad con Ren porque de no ser por ella se hubiera marchado de ahí en ese preciso momento. Sacó el celular de su bolsillo para revisar la hora y se encontró con dos mensajes. Uno de Jeanne alabando su defensa y otro de Yoh que solo que tenía dos simples palabras: "Estuviste fantástica". Levantó su rostro para verlo, pero él estaba mirando hacia el frente: era el turno de Horo Horo.
—Mi nombre es Horokeu Usui. Conozco a Ren y Anna desde hace muchísimos años, incluso más de la mitad de mi vida. Son como mis hermanos, además soy el padrino de Men y también estoy a su cargo.
—Señor Usui, ¿puede decirme su edad?
—35 años.
—¿Cómo es posible que una persona de 35 años, y que asumo es profesional, no tiene un lugar propio para vivir? —¿Por qué estaban tan obsesionados con las preguntas personales? ¿Qué tenía que ver eso con lo que estaba pasando?— ¿No está casado, señor Usui? ¿Ni siquiera comprometido? Ya está en edad.
Jeanne estaba usando toda su artillería para ganar.
—Creo que el motivo de mi presencia se debe a que debo hablar del señor Tao, no de mi vida privada. ¿Mis acciones qué tienen que ver con qué tan buen padre es Ren?
—El circulo social del señor Tao es determinante para la crianza de Men, ¿no lo considera así?
—También soy amigo de Jeanne. ¿No cree que eso puede jugarle en contra a su clienta, señor abogado?
Jeanne se echó de para atrás en su asiento: no había pensado en esa posibilidad.
—La señorita se irá a Francia con el niño si obtiene la custodia, por lo que probablemente no tendría ningún contacto con usted si así es deseado. Por el contrario, si el señor Tao gana al niño, es obvio que usted y él sí tendrán contacto. ¿Señor juez, no cree que un hombre como Horokeu Usui pueda ser una pésima influencia para ese niño? ¿Qué hombre a los 35 años no es independiente? ¿Qué tiene usted para ofrecerle a ese pequeño que no sea la imagen de un hombre vago, sin estabilidad de ningún tipo y que probablemente solo es un mantenido más de este país?
Horo se levantó de la silla con toda la intención de golpear al abogado de Jeanne, pero fue interrumpido por el juez.
—Es suficiente. Muchas gracias por la intervención de ambos. Nos tomaremos un descanso de cinco minutos y procederemos al único testigo de la futura señora ex Tao. —La fuerza de Horo se había desvanecido en ese corte—. Señor Usui, ¿tengo que llamar a los guardias para que lo retire de la sala o por sus propios medios se levantará de aquí y volverá a su lugar inicial?
Ni siquiera era capaz de hablar. Se levantó de la silla y al levantar el rostro, Ren y Anna estaban esperándolo de pie. Sintió los brazos de la rubia sobre su cuerpo y seguido de eso, un grito del Tao en toda la sala.
—¿¡Esto es lo que quieres, Jeanne!? ¿Vas a humillarnos a todos? ¡Dijiste que esto sería un juicio justo! Solo veo un intento bajo de tener la custodia de Men.
Los guardias presentes rodearon a la mujer. Era más que obvio que ese arranque de ira le iba a jugar en contra en el veredicto.
—Esta es mi justicia, Ren. Mi fin es Men, los medios poco me importan y si sigues gritando harás que todo sea mucho más fácil de lo que ya es.
Ren iba a replicar, pero Yoh por fin se manifestaba en ese espectáculo.
—Complicarás las cosas. Si no te calmas, tu hijo no será lo único que perderás este día.
—Hazle caso a Yoh, Ren. —Tamao también había entrado a la discusión—. Somos amigos, vuelve atrás.
Tamamura le sonrió a Yoh y el Asakura devolvió el gesto. Anna no pasó desapercibido ese gesto de complicidad entre esos dos.
—Al parecer nadie quiere el descanso. ¿Proseguimos? —No importaba de qué bando estuvieran, si algo tenían todos en común es que querían que ese juez desapareciera de para siempre—. ¿Quiénes son sus testigos, señora Jeanne?
Volvieron a sus asientos mientras que Tamao tomó lugar en el asiento del terror. ¿Cuál de los cinco abogados de Ren haría las preguntas? Todos se veían exactamente iguales y casi que derrotados: los actos del Tao habían decidido el resultado.
—Señora Asakura. —Empezó el abogado—. ¿Puede indicarme qué tipo de relación tiene con los implicados?
—Tamamura. —Corrigió— Me divorcié hace unos días, puede referirse a mí con mi apellido de soltera o directamente por mi nombre.
La mirada de todos se fijó en Yoh, mientras que él solo bajaba la cabeza.
—Fantástico, señorita Tamamura, repito mi pregunta. ¿Qué relación tiene usted con los implicados y con el menor?
—Mi ex esposo y yo fuimos testigos del matrimonio, como mejor amiga de Jeanne soy muy cercana a su familia y el niño me considera como su tía.
—De ser ese el caso, ¿por qué Men escogió vivir con el padrino, el que por información previa sabemos que es el mejor amigo del padre, y no con usted, que según dice es la mejor amiga de la madre? —Si todos querían ser sinceros, llegar a la respuesta de esa pregunta era imposible. ¿Quién podía interpretar de manera correcta los pensamientos de un niño de cuatro años?— Al menos podría arrojar alguna hipótesis.
—Mi hogar no era un ambiente seguro: mi ex esposo y yo no estábamos todo el día en casa y cuando coincidíamos no era una escena agradable de ver. Horo Horo, por su parte, había renunciado a su trabajo: es el que tiene más tiempo libre de todos nosotros. —Había sido una respuesta muy acertada—. Yo también dejé mi puesto como profesora y me iré del país cuando terminen las fiestas de fin de año; si Jeanne se queda con la custodia contará con mi apoyo con la educación de Men. Caso contrario a Ren, que tiene una compañía gigante que requiere toda su atención. Así ha sido siempre.
—Le recuerdo que está bajo juramento y si dice alguna mentira debe pagar una multa o ir a la cárcel. ¿Sostiene su palabra de que mi cliente ha sido una figura ausente en la formación de Men Tao?
—Sí. —A Tamao no le tembló la voz para contestar—. Lo ha sido y seguirá siendo así. Jeanne es la que ha tenido que sacrificar su trabajo para estar a cargo de la casa, de su matrimonio y de Men. Ren recibe todos los premios por ser uno de los hombres más importantes de Asia, pero en realidad es un hombre inestable que no puede lograr nada por sí mismo; él no merece a ese niño.
Tantos estudios en derecho no eran suficientes para contrarrestar la determinación de una mujer.
—Puede bajar del estrado, señorita Tamamura, gracias por su intervención.
Anna estaba sorprendida. ¿Esa era Tamao? ¿De dónde había tenido tanta fuerza? Y la otra pregunta tenía que ver con el divorcio… ¿En serio ya estaba la firma sobre el papel? Siguió el recorrido de ella por la sala y su malestar aumentó al ver cómo Yoh le sonreía. ¿Minutos atrás se habían besado y ahora coqueteaba con su ex esposa delante de ella? ¿Cómo era tan cínico?
—Si no hay más testigos procederemos con las intervenciones de los padres. ¿Quién quiere ser el primero en pasar? —Ren no alzó la mano: simplemente se levantó del asiento y caminó hasta la silla. Estaba preparado para cualquier ataque—. La tendrá muy difícil para que me ponga de su lado, señor Tao.
—No necesito que esté de mi lado, solo necesito que entienda que mi hijo estará mejor conmigo.
El abogado de Jeanne revisó sus carpetas, bebió el agua restante del vaso y se preparó para la función. Lo había hecho bien al acorralar a Horo Horo y Anna, pero nada de eso serviría si no lograba poner a Ren Tao en las cuerdas.
—En los cuatro últimos años ha aparecido en varias revistas. Ha dado conferencias, clases y exposiciones; sin contar que lo han invitado a múltiples eventos para que explique cómo se ha convertido en uno de los hombres más influyentes de ese país, y del continente en general. Las acciones de sus empresas crecen sin límite y cada persona que entra al mundo empresarial lo tiene como referencia. Un recorrido importante y casi que para la historia. ¿No, señor Tao? —No iba a responder. Ya sabía cuál era el juego de provocación y no caería en él—. Un hombre de pocas palabras.
Las manos sudorosas del abogado eran el primer punto en la victoria de Ren.
—No sabía que esto era una entrevista de trabajo porque creo que es evidente que no necesito uno. —Eso era una doble anotación—. ¿Cuándo comenzará con las preguntas? No quiero que mi hijo se quede afuera por mucho más tiempo.
Jeanne no le quitaba los ojos de encima. Odiaba esa situación y la odiaría aún más cuando fuera su turno.
—Señor Tao, es de conocimiento público que gran parte de su día está en la oficina y que la mayor carga de la crianza del niño ha recaído en mi clienta. ¿Cómo será su vida si el menor queda a su cargo? ¿De dónde sacará tiempo para encargarse de él? ¿O piensa dejar su empresa y dedicarse a la paternidad en tiempo completo?
—Organizaré mi horario. Trabajaré más temprano, me acostaré más tarde de ser necesario, pero mientras mi hijo no esté en su escuela mi tiempo será suyo por completo. No habrá distracciones, trabajo, empresa. Seremos él y yo. —Eso sonaba desgastante y eso que, hasta el momento, era una simple suposición. Men estaba en el jardín y tomaba clases particulares en las tardes, lo que significaba que el tiempo en casa era más bien escaso, ¿pero realmente podía desentenderse de las compañías? Porque según recordaba, desde que había tomado la sucesión de todas las propiedades de su familia, solo se había convertido en una máquina que vivía en función de aumentar el patrimonio Tao—. Además, he pensado que las empresas a mi cargo necesitan un espacio de recreación tanto para los empleados como para sus hijos: estoy seguro que hay más de uno viviendo lo mismo que nosotros.
¿Eso era en serio? ¿Ren Tao estaba proponiendo una especie de guardería en sus empresas? Y si era una estrategia o no, al menos había servido para que el abogado tuviera que tomar agua para analizar y pensar su siguiente movimiento.
Jeanne era la más sorprendida. Una parte de ella quería creer que las ideas de Ren eran sensatas y que en verdad quería abrir ese espacio que facilitara la vida de tantas personas que estaban bajo su mando, pero la otra, la hacía pensar que esto era un movimiento desesperado, así como los que ella había hecho momentos atrás para poner a Anna y a Horo Horo en el paredón y sin oportunidad de defenderse.
—Y dígame, señor Tao, esta iniciativa en qué momento comenzará a darse, porque le recuerdo que el fallo del juez sale hoy mismo. ¿Eso no toma tiempo?
—Mi jefe de personal, el señor Yoh Asakura está presente. En sus manos tiene un portafolio en el que se especifica que esto es una idea que surgió desde hace algunos meses y que se había quedado estancado porque no había una motivación real que nos impulsara a sacarla adelante, pero por fin tenemos una. —Ren miró a Anna. No había que hacer más interpretaciones—. Me place saber que mi familia también puede beneficiarse de esto y me agrada la idea de que cientos de madres y padres que no quieren dejar solos a sus hijos en casa puedan encontrar en la compañía Tao un respaldo. ¿Necesita ver los documentos?
No era una estrategia ni un truco sucio.
—Las tradiciones japonesas hacen que los padres se encarguen de sus hijos y que los críen como personas independientes desde temprana edad. ¿Quiere ir en contra de décadas de creencias y costumbres?
—Le recuerdo que soy chino y Jeanne es francesa. Hay muchos tipos y formas de familia ahí afuera. ¿Por qué si tengo tanto poder no puedo ayudar a que algo cambie? Todas las personas que trabajan conmigo se merecen todas las comodidades que me sean permitido darles. Soy jefe, soy un hombre, pero gracias a que soy padre es que puedo entender la necesidad de proteger, amar y darle bienestar a las personas más importantes de mi vida. Eso quiero enseñarle a Men y trabajaré cada día de mi vida para demostrárselo. ¿Alguna otra pregunta?
El abogado miró a Jeanne en busca de ayuda, pero lo único que encontró fue a una mujer llorando.
—No señor, eso es todo.
Ren bajó del estrado bajo la atenta mirada del juez: quería que todo acabara para que ese ser horrible no volviera a aparecerse.
—La última declaración de la sesión, puede pasar al estrado la señora Tao. O futura señora ex Tao. ¿Cómo quiere que la llame?
—Jeanne. —Ren había vuelto a su silla inicial—. Su nombre es Jeanne.
Uno de los abogados de Ren se levantó de su sitio y pasó al frente mientras que la francesa buscaba la forma de limpiarse el rostro: tenía que mostrarse fuerte, decidida y segura de que todo lo que estaba ocurriendo era lo correcto. Pasó al estrado y toda la confianza con la que había comenzado el día ya no estaba: ver a Ren tan dolido y triste no estaba en sus planes. ¿Con qué cara iba a contarle a su hijo lo que había ocurrido? Ese no era el trato justo que habían acordado desde la primera vez que el tema se puso sobre la mesa.
—Señorita Jeanne —Un abogado distinto era el del mando en esa oportunidad—. ¿Por qué cree que el menor estaría mejor a su cargo y no con mi cliente?
También estaba harta de esos términos: ellos eran personas, no mercancía intercambiable y Men mucho menos un trofeo.
—Es un error asegurar que él estará mejor conmigo. Tampoco sabemos si lo estará con su padre, pero si de algo estoy segura es que los dos daremos lo mejor de nosotros para su bienestar. —Su abogado hizo señales extrañas: era obvio que esas declaraciones limpiaban la imagen de Ren y que el poco terreno que habían ganado gracias a los ataques de ira que el Tao había mostrado momentos atrás podía perderse con cada palabra que pronunciara—. Nuestro hijo es lo más importante y no es necesario un veredicto o los interrogatorios de los demás para determinar quién lo merece. Soy su madre, lo llevé en mi vientre varios meses, le di de mi pecho y sufrí todas las consecuencias que acarrea un embarazo. Esas acciones cuando son hechas con el corazón son el acto de amor más puro y sincero que se puede experimentar. Tener la custodia no significa que uno de los dos vaya a desaparecer de la vida del niño porque ambos seguiremos a su lado: las decisiones personales que tomamos como adultos no van a interferir en demostrarle que por encima de él no hay nadie más. Sí, soy consciente de que tengo ventajas, pero Ren ha sido al mejor padre para Men y estoy feliz de que lo sea. Esas serán todas mis declaraciones.
Jeanne volvió a su lugar sin que el abogado pudiera reclamar o preguntar más.
—Tomaremos un descanso de dos minutos para que se limpien las caras y dejen de llorar. El veredicto llegará en un momento: no es muy difícil saber quién es la persona correcta que debe encargarse de esa criatura.
Ren y Jeanne no quitaron sus ojos del frente mientras que los abogados no paraban de hablar. Era difícil interpretar el silencio de ellos, pero si algo aún tenían en común, es que todo ese drama se había podido evitar. Horo Horo miraba hacia la pared intentando encontrar algo de vida en ella: él sentía que su humanidad y tranquilidad habían sido arrebatadas. Tamao no le quitaba los ojos a Jeanne, al parecer solo estaba esperando algún rastro de debilidad en ella que indicara que necesitaba algo de afecto y fuerza que, sin querer admitir, sabía que no recuperaría. Anna veía la espalda de Ren porque, aunque no fuera intensa, si podía sentir la mirada de Yoh tras ella. ¿Para qué quería que volteara? ¿Y con qué cara lo enfrentaría? Todo estaba tan roto dentro de ella y no iba a dejar que él la reparara. El Asakura, si bien observaba a la rubia desde atrás, no dejaba de pensar en esa sesión. ¿Realmente había sido necesaria? Porque en el aire solo había espacio para la incertidumbre, los rencores y las lamentaciones.
—Qué gran problema —El tipo que estaba sentado a su lado por fin había abierto la boca—. Esta gente se arrepentirá de este día toda su vida.
Yoh estaba confundido. Sin contar que él reconocía esa voz, pero por el sombrero y los lentes oscuros no se atrevía a asegurar nada.
—Todo saldrá bien. Somos amigos y nos recuperaremos. —El hombre sonrió. ¿Cómo podía interpretar ese gesto?—. ¿Quién es usted? Se me hace familiar.
El sujeto no alcanzó a responder porque el juez había comenzado una batalla para acomodar el micrófono: era el momento.
—Cuando las personas tienen los medios para lastimar siempre lo hacen, ya sea voluntariamente o no: este caso no es la excepción. Si el señor Tao quería tener su guardería en la empresa podía haberlo comunicado a la señora Jeanne, hubieran firmado un acuerdo a partes iguales y en estos momentos tendrían la custodia compartida de un niño que cargará con la irresponsabilidad de ustedes. No sé cómo sea en otros países, o qué mentalidad tenga cada uno de ustedes, pero mientras yo esté el mando, haré respetar las leyes, la vida y la familia. Por lo tanto, otorgo el divorcio a las partes con las condiciones preestablecidas, mientras que la custodia total del menor queda a manos de la madre. Ese es mi veredicto. Buenas tardes a todos y, por favor, los quiero bien lejos de aquí. Rápido.
Los abogados de Ren comenzaron a hacer sus respectivas llamadas. ¿Perder un caso? ¿Ellos? Jamás. ¿Pensar en que un hombre acaba de perder a su hijo? Eso no les importaba. Jeanne, por su lado, no podía contener su llanto de júbilo. ¡Había ganado! Ni los cientos de millones, ni la influencia, ni el poder de su ex marido le arrebatarían lo único propio que tenía. Horo Horo y Anna se habían acercado al Tao quien hacía hasta lo imposible para evitar su llanto: no lloraría delante de toda esa gente.
—Suerte en tu intento de recuperar todo este desastre, Yoh. —El hombre a su lado se había levantado del asiento—. Dudo que puedas hacerlo.
El Asakura no había tenido tiempo para responderle. ¿Cómo es que sabía su nombre? ¿De dónde lo había visto antes?
—Pasaré por las cosas de mi hijo ahora mismo. —Ni cinco minutos habían pasado desde el fallo del juez y Jeanne ya estaba recuperada de toda la sesión. ¿Cómo lo hacía? Sí, ella era la ganadora, pero Ren no demostraba ningún tipo de emoción ¿cómo es que podía decir esas cosas sin pensar en los sentimientos de él?— Me adelantaré mientras tú llegas, Anna. No quiero que este cambio dure demasiado.
—Quédate con él. —Le exigió Anna al Usui. Le siguió los pasos a Jeanne pues, en su mente, aún podía pedirle que llegaran a otro tipo de acuerdo con Ren: no la conocía mucho, pero esas declaraciones que había dado momentos atrás solo daban a entender que aún lo amaba y que muy en el fondo no quería que ninguno de los dos se separara de Men.
La francesa salió y cuando a ella solo le faltaban un par de pesos para alcanzarla en el pasillo, la mano de alguien le cortó el camino de una forma bastante abrupta.
—Detente. —Yoh era la persona con la que menos quería lidiar, ¿por qué mejor no seguía sonriéndole a Tamao? Anna se soltó con la misma brusquedad del corte y ni siquiera lo miró: a ella nadie le decía qué hacer—. ¿Pasa algo?
Por supuesto tampoco hubo respuesta. Dejó la sala y por la cantidad de gente no pudo visualizar a Jeanne. ¿Ya habría dado con los niños? Revisó los asientos, pero estos estaban ocupados por otro par de personas que no había visto nunca. ¿Por qué Hana le daba tantos problemas en los momentos menos oportunos? Aunque si analizaba la situación tenía sentido de que no estuviera en ese lugar: el ruido y la cantidad de voces que se escuchaban al tiempo solo significaba estrés para su hijo. ¿Cuál era el lugar más tranquilo del edificio?
—Hana necesita un celular, al menos un localizador. No puede ser que se escape de la escuela y tú no sepas su paradero.
—No le daré un aparato de esos a un niño ocho años. Sí, se fugó, pero volvió a casa. No voy a empezar a controlarlo. No lo necesita.
¿Por qué tenía que recordar a Wat cada vez que su hijo hacía algo fuera de lo común?
Repasó mentalmente y dudaba que Hana supiera volver a casa, así que el único lugar que podía brindarle un silencio total que le permitiera escuchar música y estar pendiente de Men solo podía ser uno solo: el auto. Revisó sus bolsillos y efectivamente las llaves no estaban. El abrazo había sido una trampa. Salió del edificio, buscó los aparcamientos y, tal cual como sus predicciones le indicaban, la cabeza rubia de su hijo se veía a través del cristal. Se acercó al auto, tocó el vidrio y ahí, justo cuando Hana oprimía el botón para que la ventana se abriera, se encontró con una escena que jamás pensó ver en su vida: Men dormía sobre las piernas de su hijo y eso no era todo, el pequeño Tao tenía puestos los audífonos.
—No tuve tiempo de avisar, pero hacía mucho ruido y él estaba llorando. No estás molesta, ¿verdad?
Anna le acarició la cabeza y contuvo algunas lágrimas.
—Todo está bien. Solo déjame llamar a Jeanne para decirle que nos vemos en casa.
Hana asintió y minutos después ya estaban volviendo. No eran prudentes las preguntas, porque por el rostro de su madre solo podía concluir una cosa: el pequeño engendro que descansaba a su lado se iría de la casa. Tampoco tenía que ser un adivino para saber quiénes eran los conductores de los coches que intentaban rebasarlos.
La autopista era una carrera de velocidad. La rubia tenía la ventaja porque se había marchado antes del edificio, pero por su espejo retrovisor veía los autos de Ren y Jeanne: era estúpido porque el que llegara de primero no tendría ninguna ventaja sobre Men. ¿De qué les serviría correr si ya el veredicto estaba dado? El pequeño Tao se iría con Jeanne y el dinero de Ren era inútil en esa situación. Quitó los ojos de los autos y el reflejo del espejo le mostró la cara de preocupación de Hana. ¿Eso era lo que le esperaba cuando decidiera confesarle la paternidad a Yoh? ¿Y si también hacia una carta confesando que no quería estar con ninguno y preferiría estar con Horo? ¿O en el peor de los casos con Wat?
—Madre, está bien que esto sea una vía rápida, ¿pero puedes bajar la velocidad? Por favor.
Recuerdos aleatorios llegaron a la mente de Anna: su hijo tenía razón, no solo era ella al volante. Frenó y poco a poco bajó un par de cambios. Se llevó unos insultos por ese descenso tan brusco y momentos después los carros de sus amigos la rebasaron. No podía identificar quién estaba en cada auto, pero si la lógica no le fallaba, Horo iría con Ren y Tamao con Jeanne. ¿Y Yoh? ¿Con quién estaría Yoh? Una bocina la sacó de sus pensamientos y estuvo a punto de insultar al atrevido hasta que la cara del Asakura se asomó por la ventana: ahí estaba el idiota.
—¿Estás bien? ¿Ocurre algo?
¿Tanto le costaba entender que ella no quería tenerlo cerca? Aceleró y volvió a la velocidad inicial: tenía que llegar a casa antes que los demás.
Sin embargo, el tráfico de Tokio hizo que todos llegaran con muy poca diferencia al hogar de la rubia. Detuvieron los autos y antes de que Anna pudiera descender del suyo, ya empezaban a escucharse los gritos.
—¡No te lo llevarás! Toda su vida ha estado en esta ciudad. ¡¿Por qué quieres perjudicarlo de esa forma?!
—Te recuerdo que tengo un papel que me autoriza. ¡No hagas esto más difícil, Ren!
Ahora más que nunca agradecía que Men tuviera los audífonos.
—Quédense acá. Hana, por favor…
—Cuidaré de él, no te preocupes, madre. —Anna no podía estar más orgullosa. Se quitó el cinturón y se bajó del auto: Horo Horo, Tamao y Yoh hicieron lo mismo—. ¡No quiero escándalos afuera de mi casa! No sean una molestia.
A ese punto ninguno sabía cuál bando era el correcto.
—Ren es el del escándalo. Gané la custodia de forma limpia, todos son testigos. ¡Men me pertenece!
—Hablas de él como si fuera solo tu hijo. ¡Voy a apelar la decisión! Moriré antes de que te lo lleves a Francia. ¿A qué se irá? ¡Acá lo tendrá todo!
—¡No tendrá a su madre! Me iré, Ren. Te guste o no volveré a Francia y me llevaré a nuestro hijo. ¡Es una orden de un juez y por primera vez en años esto es algo que tu dinero no podrá solucionar!
Nadie quería intervenir porque no les correspondía. Jeanne no mentía, el juicio había sido honesto y desde el primer grito de Ren, todo había indicado una derrota para él.
—Entremos. No quiero que los vecinos se enteren de nuestros problemas. —Horo Horo tenía un punto: ya algunas cabezas se asomaban por las ventanas, incluso, otros más descarados, abrían las puertas de sus respectivas casas—. ¿Anna, abres tú o lo hago yo? —Eso había sonado como una orden y la rubia estaba tan aturdida que ni ganas tenía de replicar.
—Hazlo tú.
Anna se devolvió a su auto: ella entraría en algunos minutos. Bajó los vidrios y por la mirada de Men podía saber que ni todo el volumen de los audífonos le habían impedido escuchar la discusión. ¡Solo tenía cuatro años! ¿Por qué lo estaban sometiendo a esas cosas?
—¿Quieren entrar? El ambiente está muy pesado ahí dentro. Puedo volver en diez minutos para decirles cómo va todo.
Hana ni siquiera tenía potestad para opinar y no entendía cómo su madre había quedado en medio de una disputa que no le incumbía; aunque el más perjudicado era el niño a su derecha: ¿alguien le había preguntado su opinión sobre todo esto? Y si no era así, al menos él sí sería el primero.
—Anna —Men se adelantó en el diálogo— ¿Puedes llevar mis deseos a la casa? No quiero estar ahí, prefiero quedarme en el auto un momento más.
No iba a reconocer que estaba feliz de que el pequeño les diera problemas a sus padres. No eran solo ellos dos, y Men, a pesar de su edad, tenía sus propias exigencias. Se recostó sobre el marco del vidrio y dejó que su cabeza y parte de su cuerpo entrara al auto.
—¿Qué quieres que les diga?
Men le devolvió los audífonos a Hana, limpió su rostro, y la miró directo a los ojos.
—Me quedaré acá. —Sabían que se refería a la casa de la rubia— No me importa lo que un sujeto extraño ordene. Quiero estar aquí.
Anna asintió, tomó aire, recobró su postura y empezó a caminar hasta la puerta de la casa: mientras los niños estuvieran juntos dentro del vehículo era un problema menos para ella. Entró y se sorprendió al verlos a todos en la sala. Todo parecía indicar que la estaban esperando.
—Men se quiere quedar en mi casa y, si somos honestos y lo pensamos bien, todos sabemos que eso es lo mejor. —La rubia no sabía si tenía o no el derecho de decir qué era lo más sano para ese niño, pero al menos, mientras estuviera dentro de su casa y su bienestar dependiera de ella, haría todo lo humanamente posible para protegerlo—. Sé que tienes una orden que te autoriza a llevártelo, pero como madre te doy un consejo: no lo obligues a seguirte. Dale tiempo, Jeanne. Tiene cuatro años.
La francesa se sentó en el sofá. Anna tenía razón, por más poder que tuviera sobre su hijo, él era el que tenía la última palabra.
—¿Y qué propones? —Ren se había apoyado en alguna pared. Necesitaba que el frío sobre la espalda le calmara las emociones porque hasta el momento eran las que más en contra le estaban jugando—. ¿Secuestrarlo?
No tenía idea y todo lo que saliera de su boca en ese preciso momento solo sería una improvisación que podía salir muy mal, lo que llevaría a que no solo Men recibiera más daño, sino que todas las personas presentes la odiaran.
—Iré a revisar a Men. —Tamao había interrumpido la conversación—. Esto solo les concierne a ustedes y no debo intervenir, puedo ser más útil ahí afuera hasta que ustedes llegan a un acuerdo.
Jeanne y Ren agradecieron el gesto mientras que Anna le costaba admitir que Tamamura tenía razón.
—¿Quieres que te acompañe? —Esa era la voz de Yoh. ¿Cómo era tan osado de irse con Tamao y no quedarse ahí, con ella, dándole fuerza para enfrentar la situación?— Podemos llevarlos a comer por los alrededores mientras ustedes arreglan esto.
¿Querían jugar a la familia feliz con niños que no eran sus hijos?
—Ni se les ocurra. No se llevarán a Hana a ninguna parte. —Al parecer el tema central se estaba dejando de lado—. Vengo de hablar con ellos y los dos quieren estar ahí. Si desean cuidar a unos niños pues tengan unos, pero a mi hijo no lo tocan.
Por Tamao estaba bien porque sus verdaderas intenciones eran salir de ese lugar. No se sentía cómoda en la casa de Anna y estaba más que segura que ella tampoco disfrutaba tenerla ahí. Le avisó a Jeanne que esperaría en el auto y salió de allí con Yoh a sus espaldas. ¿Por qué no se quedaba con la rubia? ¿No se habían besado horas atrás? O al menos el labial corrido y la respiración de Anna así lo habían demostrado.
Mientras tanto, los adultos restantes aún esperaban la super idea que permitiría que todos, incluido Men, salieran bien librados de esa situación. Horo Horo era el que menos se había involucrado hasta el momento y todo se debía a que las palabras del abogado aún hacían eco en su mente. ¿Justo tenían que recordarle sus fracasos cuando por fin se había reconciliado con parte de su pasado?
—Anna, no tenemos todo el día.
Odiaba que le dieran órdenes, pero a ese punto era la única forma de llevar su cabeza al punto central.
—Mi casa no será un hotel, lo que quiere decir que tendrán horarios para venir a ver al niño, no como antes que lo hacían cuando querían. También se hará a disposición de Men: si él no quiere verlos no podrán la cruzar la puerta. Y lo más importante, se turnarán para que ninguno coincida con las visitas. Respecto a los horarios de la escuela puedo encargarme de llevarlo, saldrán a vacaciones como en dos semanas, no me costará nada. ¿Están de acuerdo?
Así no lo estuvieran no había más ideas ni alternativas. ¿Qué más les quedaba? Al menos Anna tenía una opción hasta que todo ese caos pasara y lo mejor es que se estaba comprometiendo con la situación, lo que no solo agradecían, sino que admiraban. Ella ya tenía un hijo y sin pedir nada a cambio se quería encargar de un niño más pequeño y aunque estuviera mal que lo dijeran en voz alta, mucho más mimado y problemático.
—Yo lo estoy. —Jeanne se levantó del sofá y empezó a buscar las cosas que había dejado tiradas en su ataque de nervios—. Y como gané exijo ser la primera en venir a verlo. ¿Empezaremos mañana?
Las dos mujeres voltearon a ver a Ren que solo se limitó a asentir. La discusión estaba resuelta, o al menos una parte de ella.
—Iré por los niños para que entren.
Ren y Jeanne salieron de la casa sin verse. No querían hablarse, no en esas condiciones; ya quedarían más días de encuentros y papeleos por resolver.
Hana vio cómo los adultos salían de la casa y que Yoh lo hubiera hecho con Tamao no fue de su agrado. Odiaba a esa mujer y no quería que el posible futuro novio de su madre tuviera alguna relación con ella. Luego los padres del engendro salieron de ahí. Al parecer su madre había reparado el problema. Abrió la puerta del vehículo y se bajó del auto mientras Men lo imitaba. Ya en la tierra se puso delante de él en un vano intento por protegerlo: hasta que no hablara con su madre no dejaría que nadie se le acercara.
Caminó hasta la entrada y se alegró al ver que Horo Horo los esperaba en la puerta. Nadie iba a cortarles el paso. Men entró sin mirar atrás mientras que él y Usui se quedaron viendo la escena. Jeanne casi en llanto, le dio las llaves a Tamao para que manejara. Un minuto después ya se estaban perdiendo por la carretera.
—Dile a Anna que salga. Tengo algo que decirle. —Ese había sido Yoh y si realmente esperaba a que ella saliera era un completo estúpido—. ¿Hana, puedes hacerme ese favor?
Fue ignorado por el niño y el Usui no dudó en cerrar la puerta.
—¿Te fuiste detrás de tu exesposa y pretendes que Anna te reciba como si nada? Te necesitaba adentro. ¿A qué saliste? —El tono de voz de Ren no le agradaba en lo absoluto—. Ni se te ocurra buscarla, Yoh, porque si en serio tenías intenciones de volver con ella es mejor que las olvides.
—¡Hana estaba solo aquí! Alguien tenía que cuidarlo y estar pendiente de él. Lo hice por eso, no por Tamao. Sé que no soy su padre, pero si mi propósito es volver con Anna debo entender que ese hijo está incluido.
Ni cómo juzgarlo. Si bien la idea había sido noble, la ejecución fue la que terminó por enterrar cualquier ilusión.
—Vete, Yoh. Nadie te abrirá. Anna trabajará hoy desde acá y a nosotros nos espera un proyecto por delante. Entra a tu auto y vámonos.
Ren estaba en lo cierto: todos los avances que había dado volvían al punto inicial.
…
Era el día de visita de Jeanne. Ya había pasado una semana desde el juicio y, aunque su familia la esperara en Francia, veía imposible que su hijo decidiera viajar con ella para pasar las fiestas en Europa. Verlo un par de minutos al día no le era suficiente ¿cómo haría para convencerlo? Se detuvo en el semáforo para intentar pensar un mejor plan de ataque, pero un suspiro a su costado la hizo concentrarse en otro problema.
—Horo Horo me dijo que Anna llegará tarde esta noche. No tienes de qué preocuparte. —A Tamao poco o nada le preocupaba que Anna estuviera en casa. Ya sus problemas personales no tenían relación con ella—. Aunque si quieres puedo dejarte en tu casa.
—Quiero ver a Men, Anna podrá negarme la entrada si así lo desea, pero el derecho de visitar a mi sobrino no me lo puede quitar. —Su miedo era con Hana porque si bien lo había visto el día del divorcio, aún no había tenido el valor suficiente para hablarle y disculparse—. Todo saldrá bien.
Jeanne no quería mencionar el hecho de que ese tipo de actitudes eran más cercanas a Yoh que a ella. Arrancó el auto e intentó que sus pensamientos volvieran al tema principal pero fracasó, así que solo le quedaba acudir a una plática sencilla con su compañera de viaje.
—¿Firmaste? —Tamao asintió—. ¿Cómo te sientes?
Tamamura sonrió.
—Libre.
No hubo más intercambio de palabras.
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Unos cuantos minutos después ya estaban al frente de la puerta de la rubia. Jeanne le escribió a Horo Horo para confirmar detalles y una vez aclarado el panorama, cruzaron la puerta. El pequeño de los Tao fue el primero en recibirlas: corrió hacia los brazos de su madre y saludó efusivamente a Tamao. El Usui se acercó para recibir sus bolsos y abrigos mientras que Hana se quedó mirando toda la escena. No tenía problemas con Jeanne, pero ¿qué hacía esa mujer ahí? ¿Su madre estaría al tanto?
—Cada año es más frío que el anterior. —Esa era la voz horrible de esa fea mujer.
—En las montañas es mucho peor. —Y esperaba que no lo fuera, porque el Usui había prometido llevarlo de vacaciones en una época menos fría.
—Tokio es horrible y muy ruidosa. —En eso le daba la razón al engendro, por eso agradecía que su madre hubiera optado por una zona bastante tranquila de la ciudad y esperaba que la próxima casa que había prometido alquilar estuviera ubicada en un lugar igual o mejor.
—Francia es mucho más tranquila. —Hana conocía París y sabía que eso era burda mentira.
Se levantó de la mesa y antes de que pudieran dar un paso más, se puso en frente del grupo para cortarles la entrada.
—¿Qué hace ella aquí? No creo que mi mamá está al tanto de esto. —Odiaba que todos se vieran tan cómodos con esa tipa—. ¡No quiero que esté en mi casa!
Nadie respondió, incluso Men había optado por ignorarlo. Pasaron por encima de él y se acomodaron en los muebles. ¿Qué era lo único que podía hacer mientras esperaba a que Anna llegara y sacara a esa mujer de ahí? Encerrarse en el cuarto. Sin demorarse un minuto más, cogió sus cosas de la mesa y cerró la puerta con todas sus fuerzas. No le importaba si lo tomaban por inmaduro o caprichoso, ella no tenía por qué estar ahí.
¿Cómo iba a comunicarse con su madre para informarle lo que estaba sucediendo? Ni siquiera tenía un reloj que le ayudara a calcular cuánto tardaría ella en volver. No era justo, ¿por qué esa mujer era amiga de todos si era una mala persona? ¿Nadie pensaba en sus sentimientos y en cómo lo había tratado en ese viaje a Izumo? Porque sí, él mismo se había encargado de contarle a todos lo que Tamao pensaba de su madre. ¿Entonces por qué? ¿Por qué actuaban como si eso no fuera un problema grave?
—Hana, ábreme la puerta. —Horo Horo era muy ingenuo si creía que el rubio accedería tan fácil—. Tengo que salir un momento y quiero decirte algo antes.
¿Salir? ¿Acaso el Usui pensaba dejarlo solo con esas personas desagradables? Porque sí, en contra de Jeanne no tenía nada, pero ya el solo hecho de estar cerca de Tamao la convertía en una mujer no grata para él.
—¿Vas a tardar? —Habló desde la habitación. En serio estaba decidido a morir encerrado de ser necesario—. Mamá se va a molestar si cuando regrese no estás.
Él era muy consciente de esa posibilidad. Además, que no podía permitirse un interrogatorio por parte de ella, ya suficientes sospechas despertaba con sus fugas.
—Estaré justo a tiempo. También llegará tarde esta noche y Jeanne se quedará contigo hasta que yo vuelva. No te quedarás solo. —El silencio de Hana significaba que estaba de acuerdo—. Sé un niño juicioso y pórtate bien.
Lo haría, ni siquiera pretendía salir del cuarto. Escuchó murmullos en la sala y supuso que era el Usui despidiéndose. ¿Cuánto tiempo podría aguantar? Ni siquiera tenía sus audífonos y estudiar no estaba en sus planes. Tomó uno de los abrigos de su madre y se acostó en la cama. Si dormía nada tenía por qué salir mal y así la tarde pasaría mucho más rápido de lo habitual. Cerró los ojos y esperaba que, al despertar, ya esa mujer no estuviera nunca más en su casa.
No funcionó porque solo había pasado cerca de una hora cuando el hambre lo hizo salir del cuarto, eso y pensar en que Horo Horo había salido con bastante prisa. No lo iba a delatar, prefería chantajearlo más adelante. Pasó por la sala y vio a esa mujer sentada en uno de los muebles: al parecer el engendro estaba en el cuarto con Jeanne. ¿Cuánto más se quedarían? Entró a la cocina y revisó si en las sobras de alguna olla hubiese algo que se le permitiera comer: nada. Abrió la nevera y maldijo: él ya estaba harto de comer las mismas frutas de siempre así que solo tenía dos opciones: cocinar o morir de hambre hasta que llegara su madre y le hiciera de cenar.
—Puedo hacerte algo de comer, si estás de acuerdo. —Tamao hablaba desde la entrada de la cocina—. Si quieres algo en especial y no están los ingredientes puedo ir a comprarlos. A Men le agradan mis galletas, ¿no te gustaría probarlas?
¿Esa mujer era la misma que semanas atrás lo había intimidado y hecho llorar? ¿Por qué parecía que eran dos personas completamente diferentes? Esta hablaba con una voz más dulce y suave, además ya no la veía tan grande y atemorizante. Sus facciones eran mucho más amables y lo más confuso de todo: le sonreía.
—¿No vas a envenenarlas? —¿Por qué algo dentro sí quería confiar? Minutos atrás la odiaba con todo su ser, pero en ese preciso momento, ansiaba que esa mala impresión se borrara por completo de su mente—. ¿Tampoco las cocinarás con tierra?
Tamao sonrió, entró a la cocina y caminó hasta quedar frente al rubio. Era idéntico a Yoh. ¿Cómo es que había querido hacerle daño al hijo de su más grande amor? ¿A un niño que no tenía ni la más mínima responsabilidad de toda esa historia que parecía no tener fin y mucho menos final feliz? Hana era el único inocente y el que se llevaría la peor parte cuando Anna por fin confesara ese secreto a gritos.
—Las haremos juntos para que puedas estar más tranquilo. ¿Te parece? —El menor asintió y dejó que Tamao comenzara a buscar todo lo necesario para la receta—. No hay chocolate ¿quieres que lo compremos? Haremos pocas y así tardaremos menos tiempo. Yo tampoco quiero que Anna me encuentre aquí, sería bastante problemático.
—No puedo comerlo. En la puerta de la nevera hay una lista de alimentos que tengo prohibidos. —Tamao no estaba al tanto de ese detalle y eso que creía que Yoh le había dicho todo lo que sabía acerca del menor—. Mamá no me ha explicado muy bien qué tengo, pero fuimos a muchos doctores para que me revisaran.
Tamao no quería ser alarmista ni curiosa.
—¿Quieres ayudarme? —Hana no se movió de su sitio—. Lo digo para que puedas ver de cerca lo que estoy haciendo.
No fue un argumento convincente para él.
—¿Tienes una gemela? —Paró de batir la mezcla para voltear a verlo—. No eres la misma mujer de aquella vez.
Ni se sentía igual. No tener a Yoh cerca le trajo una paz que jamás experimentó con anterioridad. No sabía si era porque ya no tenía ningún compromiso auto impuesto o si la carga de mantener una relación de dos ya no recaía más en su espalda, pero ese divorcio, hasta el momento, se estaba convirtiendo en la mejor decisión de su matrimonio.
—Sé que dije cosas muy malas y que te lastimé; a tu mamá también. —Tamao dejó el batidor dentro del tazón, lavó sus manos, las secó y caminó lo suficiente para estar cerca de él, pero sin invadir por completo su espacio. Luego estiró su brazo y le ofreció su mano—. Me disculpo por eso.
Fue paciente. Si ese niño tenía la personalidad de Anna se tomaría su tiempo para procesar su respuesta, aunque, gracias a que también tenía los genes de Yoh, es que podía sentir en su mano cómo los dedos del rubio aceptaban sus disculpas.
—¿No odias a mamá? No quiero que nadie lo haga.
Si la odiaba estaba en todo su derecho de hacerlo, sin embargo, algo dentro de ella jamás podría porque, si bien le costaba aceptarlo, Anna no le había hecho ningún daño intencional, incluso en todos los años que pudieron vivir y conocerse, la rubia había procurado nunca lastimarla.
—No lo hago. La admiro, Hana, y tú debes estar orgulloso de tener una madre como ella. Tienes mucha suerte.
De nuevo le sonrió y Hana, por primera vez, sentía que podía perdonar.
—¿Y por qué dijiste esas cosas malas de ella? ¿O es a mí a quien odias?
No estaba segura si con diez años Hana era consciente de la fuerza de ese sentimiento, pero por lo que poco que veía y conocía, podía darse una idea de que la vida de esos dos en Inglaterra no había sido tan fácil como lo hacían ver.
—Estaba triste. ¿No has dicho cosas hirientes cuando estás triste o cuando tienes rabia? Me desquité contigo y es algo de lo que me arrepentí al instante, pero cuando quise disculparme fue muy tarde. ¿Por qué no hacemos un trato? Si mis galletas te gustan considerarás perdonarme, si no es así, podrás seguir viéndome con miedo hasta que sientas que no debes hacerlo. ¿Te parece bien?
Si era un trato justo o no, poco le importaba, él moría de hambre así que probablemente cualquier cosa que le hiciera estaría bien para él.
—Soy muy exigente con lo que como. Horo Horo me tiene malacostumbrado.
—Entonces tendré que esforzarme el doble.
Rio con honestidad y ahí entendió que así ella cocinara horrible, ya no había nada que perdonar.
…
El cambio entre su trabajo actual y el que empezaría a ejercer en los próximos días la tenía agotada. No sólo tenía que dejar sus balances e informes intactos para que su sucesor pudiera acoplarse sin dificultad, sino que también era su deber ponerse al día con la firma Tao: eran muchísimas empresas y miles de personas trabajando en ellas. Miró su reloj y no había duda de que esa noche también llegaría tarde a casa; últimamente solo tenía el tiempo suficiente para ducharse, comer y dormir. Sin contar que en su casa también tenía ciertos asuntos pendientes con Horo Horo: no era común que saliera muy temprano en las mañanas y que volviera justo cuando los niños regresaban de la escuela. ¿Por qué tenía que ser tan misterioso y ocultarlo todo? Si estaba buscando trabajo podía decirlo sin inconveniente y ella entendería la situación, pero a cada día que pasaba, la actitud del Usui la preocupaba.
—Señorita, el señor Asakura ya está aquí para la reunión. —Su secretaria se comunicaba por la línea interna. No respondió. Abrió rápidamente su agenda para confirmar ese encuentro y como era de esperarse no había nada programado— No la tengo registrada. ¿Es algo extemporáneo? ¿Necesito algún documento o registro?
Yoh era un idiota.
—Hazlo pasar y no necesito nada. Ya puedes irte a descansar.
Diez segundos después Yoh estaba del otro lado del escritorio. No saludó, tampoco le preguntó cómo estaba y ni siquiera se había sentado. No era de extrañarse porque desde el día del juicio no cruzaban palabra. Incluso sus asuntos en común solo los trataban por el correo privado de la empresa y a través de sus secretarias. ¿Cuántos días habían transcurrido? ¿Cinco, seis, una semana? ¿Eso era un tiempo prudente para calmar sus ideas y tratar de explicarle, sin contar detalles, por qué esa segunda oportunidad para ellos estaba mal desde cualquier punto de vista? ¿O ese sería otro encuentro en el que se entregaría a sus deseos para posteriormente rechazarlo? Además, en su cabeza aún tenía muy presente las sonrisas y miradas cómplices con Tamao el día del juzgado.
—Firmó. Oficialmente soy un hombre divorciado. —Quiso interpretar el tono de su voz para así entender sus emociones, pero hablaba de una forma tan neutral y casual que en serio le costaba encontrar algo que le permitiera responderle—. ¿Cuál es el paso a seguir?
Ese vínculo entre ellos no era un cronograma. Había muchas más cosas en el medio que ella no quería dejar pasar y que sin querer reconocerlo del todo, aún le dolían. ¿De qué le serviría que Yoh y Tamao no estuvieran juntos si aún había cierta atmosfera de complicidad entre ellos? Y no los culpaba, si Wat estuviera ahí estaba más que segura que tendrían una similar. Esos días lejos del Asakura le sirvieron para reconocer que esa sensación no eran celos, sino la mayor de las culpas. Años atrás procuró no lastimar a Tamao porque sabía de los sentimientos que ella tenía hacia Yoh, por eso, más de una década después, no podía creer cómo había sido capaz de perjudicarla tanto. Por más que ese matrimonio estuviera roto, ella debió seguir el plan inicial y negarse a revivir esos sentimientos que ya debían estar más que olvidados.
Quería estar con Yoh. Besarlo sin culpa y vivir todo lo que no pudieron por miedo a enfrentar a sus errores, pero ahora, cuando era consciente de que no solo había terminado un matrimonio, sino que tampoco se sentía con el valor suficiente para confesarle que él era el padre de su hijo, es que entendía que si alguien merecía el odio de su hijo no era Tamao sino ella y que, por ahora, solo debía prepararse para cuando el golpe final llegara a su vida y no pudiera defenderse.
—Vivir tu vida de soltero. Tal vez eso fue lo que me faltó a mí cuando volví a este país. —Y sí, desde que había regresado no se había tomado un solo descanso—. Con los días vas a ver todo más despejado.
A Yoh poco o nada le agradaba que Anna se hiciera la desentendida con las preguntas.
—¿Y nosotros? ¿Qué seremos nosotros?
De las dos opciones que tenía para escoger no sabía cuál los lastimaría más.
—Amigos. Podemos ser amigos. —Intentó imitar el tono neutro de él, aunque los cortes de su voz la delataran—. Volví para darle un fin a lo nuestro y por fin lo estoy haciendo.
Y si algo le agradaba menos es que Anna mintiera.
Sacó la carpeta, puso los documentos sobre la mesa y su tono neutral que intentó mantener hasta el momento decidió guardarlo para otras ocasiones. ¿Por qué Anna insistía en alejarse? Ya la firma de Tamao y de él estaba sobre las hojas. ¿Qué más debía pasar para intentarlo?
—¿Y si no quiero ser tu amigo?
No quería estar acorralada ni mucho menos en una posición que no le favoreciera. Se levantó de la silla y fue al otro lado de la oficina. Jamás pensó sentirla tan pequeña.
—Trabajaremos juntos, Yoh. Al menos una relación cordial debemos mantener. ¿Por qué haces que todo sea tan difícil? Ya son once años, dejemos de vivir de recuerdos, no somos los mismos y tú no lo quieres ver. Sigues creyendo que tenemos 20 años. ¡Recuerda que tengo un hijo! —Yoh no iba a comprarle ninguna excusa. Se acercó hasta su cuerpo y sin avisar, ni pedirle autorización, la besó; que Anna correspondiera el contacto solo servía para demostrar su teoría—. Déjame ir.
Se había separado para pronunciar esas dos palabras, pero Yoh no podía permitirse ese error, no de nuevo, no cuando ese sencillo acto hizo que estuvieran separados durante tantos años. Volvió a besarla y si bien Anna seguía correspondiendo, había un ambiente tan triste entre ambos que lo único que iba a quedar entre ambos era la sensación del abandono.
—Quiero que te quedes conmigo. Quédate conmigo. Déjame recuperar el tiempo. —No sonaba como una petición, sino como un ruego desesperado al reconocer la inminente separación—. No te vayas.
Pero Anna ya tenía muy clara su postura y mientras siguiera mintiéndole a Yoh no podía permitirse ser feliz, no lo merecía. Se alejó de él, cerró su computador, tomó su abrigo y apagó las luces de la oficina. Era hora de volver a su tono neutral: si iba a llorar no lo haría con él presente.
—Ponle seguro a la puerta cuando salgas.
Cerró, caminó con la cabeza hacia abajo, no respondió ningún mensaje de buenas noches ni de despedidas, apagó su celular, llegó a su auto, tiró las cosas hacia la parte de los asientos, se sentó en su lugar y lloró como no lo había hecho durante esos once años. Intentó recomponerse con el paso de los minutos, pero le fue imposible: lo único que podía calmarla era la presencia de Hana a su lado. Condujo sin cuidado, incluso sentía los insultos de los demás a sus espaldas. Subió los vidrios y el volumen de la música: no dejaría que nada la distrajera de su objetivo. Llegó en mucho menos tiempo del programado y el poco bienestar que había sentido tras su llanto se empezaba a disipar.
Entró a su casa y, como si de una pesadilla se tratase, Hana le sonreía a Tamao.
—Largo de mi casa. —De nada le valieron las explicaciones de Jeanne que venían de la cocina—. Todos fuera. ¡Váyanse!
Tamao intentó hablar, quería explicar lo que pasaba y disminuir la ira de Anna, pero a cada sílaba que salía de su cuerpo la exasperación de la rubia aumentaba. ¿Por qué estaba ahí? En ese estado no escucharía a nadie y la mirada de miedo de Hana no la tranquilizaba en absoluto.
—Tamao tenemos que irnos. —Jeanne había tomado a Men en sus brazos mientras con el pie tenía la puerta para que no se cerrara—. ¡Rápido!
¿En serio la única opción era salir corriendo? ¿Por qué las cosas con Anna tenían que ser así? Miró al rubio por última vez y evitó, a toda costa, los ojos de ella. Siguió a Jeanne hasta la entrada de la casa y salieron juntas de ese lugar.
—¡Horo Horo dijo que Anna llegaría tarde! —Quería volver. Le preocupaba Hana y, aunque le costara admitirlo, también ella. ¡Eso era su culpa! Desde el comienzo había sido una pésima idea entrar a esa casa. Volvió en sus pasos pero el Usui asomándose por la esquina a toda velocidad y con los ojos llorosos solo podía indicar que las malas noticias comenzarían a azotarles una vez más.
—¡¿Qué hacen acá?! ¿Ocurre algo? —Estaba agitado y aún había rastros de lágrimas en sus mejillas—. Debo tomar aire, Anna llegará mas tarde y necesito estar tranquilo para contarle lo que acaba de pasar.
Jeanne y Tamao voltearon a verse. ¿Qué tan prudente era que el Usui comunicara esas noticias en ese momento?
—Anna ya llegó. Está adentro con Hana.
A veces olvidaban que subestimar a Men era una de las peores ideas del mundo. Horo Horo no tuvo que pensar mucho más para entender la situación y por qué ellos tres estaban afuera de la casa. Yoh al otro lado de la línea no se había escuchado bien y, si Anna había llegado, solo podía significar que esos dos tuvieron un encuentro antes de que la noticia llegara a los oídos del Asakura.
Se llevó las manos a la cabeza, tomó airé, recargó valentía y entró. Era mejor un solo golpe.
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Anna, mientras tanto, había empezado a empacar toda su ropa. Ni siquiera sabía si había vuelos a Inglaterra o si sus documentos estaban en su billetera. Tampoco le importaba todo lo que tenía: entre más rápido se fuera, más segura se sentiría.
—Empaca tus maletas. —Hana no obedeció. ¿Por qué su mamá no se dejaba hablar? Él ya había explicado que Tamao no era esa mujer que se mostró ante él en Izumo. Esta era una mujer diferente que le inspiraba confianza y comodidad—. Solo lo necesario. Luego le diremos a Horo Horo que envíe el resto.
—No quiero irme. Me gusta esta casa y esta ciudad; incluso ya pude hacer amigos en el colegio. ¿Por qué exageras tanto?
¿Exagerar? Era verdad que Hana no conocía las razones por las cuales lo quería mantener lejos de Tamao, pero no iba permitir que le faltara al respeto.
—Es la última vez que te lo digo ¿O quieres que lo haga yo y deje por fuera muchas de tus cosas? No voy a repetirlo. —Anna no escuchaba a nadie y la paciencia no era una virtud del rubio—. ¡¿Necesitas que te hable en inglés para que entiendas?!
Suficiente. Hana se había acercado a la cama de su madre para botarle las maletas al suelo. El castigo por su osadía sería el peor de su vida.
—¡No nos iremos! ¡Si quieres irte hazlo sola! ¡Quiero estar aquí! —Anna no pudo reaccionar—. ¡No me llevarás contigo!
Pero no le importaban las pataletas de su hijo: ella era la autoridad y tenía que obedecerle. ¿Por qué no notaba que quería protegerlo?
—¿¡Y con quién planeas quedarte!? Horo Horo no tiene un lugar estable para recibirte.
—Así tenga que vivir con Yoh. Estoy seguro que él será muy feliz si me quedo con él algunos días. —Ni de broma—. O también con Ren, puedo decirle que mientras viva con él no tendrá que buscar a mi padre. O quizá si lo encuentra antes puedo irme con él. ¡Ya viví diez años contigo! ¡Puedo vivir diez más lejos de ti!
Perdió el control. Levantó su mano y estuvo a punto de golpearlo, pero el Usui había entrado al cuarto sin tocar. Anna no sabía si agradecerle o sacarlo a patadas.
—Lamento la interrupción. —Hana aprovechó la conmoción para salir corriendo. Era obvio que no la quería cerca—. ¿Pasó algo?
La ropa y el desorden por toda la habitación no eran un buen signo de paz.
—¿Qué quieres? Si no es algo importante más te vale que te vayas y me dejes sola.
Las manos de Horo Horo temblaban. Anna no estaba en las mejores condiciones y no sabía cómo iba a reaccionar ante la noticia.
—Acabo de hablar con Yoh. —Anna ni siquiera lo dejó terminar: poco le importaba lo que él estuviera por decir. En ese momento arreglar las cosas con Hana era su prioridad. Quiso salir de la habitación, pero el Usui lo impidió—. Aún no termino.
—¿Qué es eso tan grave que te dijo? Porque te juro que nada de lo que él tenga para decirme me importa ahora. ¡Lo quiero lejos, Horo Horo!
—Es Kino. —La rubia se tensó más de lo que estaba—. Falleció. Kino está muerta.
Continuará
¡Ufff! Casi 15.000 palabras después acá nos encontramos. Quise cortarlo en algún punto pero no encontré ninguno xD así que simplemente salió esto. No tengo palabras para expresarles mi agradecimiento, cada interacción que tienen con esta historia me hace inmensamente feliz, ¡qué bueno saber que les gusta! Para no extenderme más, espero que hayan pasado unas bonitas fiestas y que este 2021 sea mejor para todos. Ya casi llega abril (L)
¡Que los ilumine la eterna luz!
