N/A: LEAN LA NOTA DEBAJO DEL CAPÍTULO, HAY UN REGALO PARA TODOS USTEDES!
N/A: Es sabido que Draco es de habla inglesa y resulta un poco complicado mezclar culturas escribiendo en un solo idioma, por lo tanto de ahora en adelante todos los diálogos o palabras dichas "en español" dentro de la historia irán en cursiva.
Capítulo 13: Tres meses.
Cuando pasaron tres días, Magnolia los llamó «los primeros tres días con magia», rompió algunas otras cosas en la casa aparte de los vidrios, reventó una pared, hechizó la silla de Don Salazar, no asistió a sus reuniones, le dedicó casi nada de tiempo al negocio y recordó algún que otro par de momentos con Harry y Ron. Cuando pasaron siete días, los llamó «la primera semana con magia». Aprendió los hechizos básicos, prácticamente era capaz de realizar con éxito uno de los libros que tenía al completo, leyó las cartas a Theo y Pansy, se hizo mil preguntas y anotó todas sus dudas en el bloc de notas del teléfono celular. Por más que lo intentó, no recordó a ninguno de los dos y aquello la hizo sentir un poco frustrada. Cuando pasaron dos semanas, no pudo seguir engañándose y comenzó a llamarlas como «las dos semanas sin Malfoy».
Se pasaba los días pensando en el rubio y en qué estaría haciendo, lo conocía tan poco que realmente no tenía idea. A cada pequeño sonido que escuchaba lo relacionaba con una aparición y giraba 360 buscando al muchacho, pero él nunca se aparecía y ella empezaba a preocuparse sobre si lo volvería a ver. Lo peor eran las noches, con aquellos malditos sueños que no dejaban de repetirse. Todo iba bien mientras apareciera Faustino -con quien no había dejado de soñar-, pero siempre las cosas se desfiguraban y con quien estaba no era con otro más que Malfoy. No sabía si se trataba de recuerdos o sueños elaborados por su propia mente que no se apartaba de él durante el día. No podía dejar de pensar en lo que había sucedido y sobre todo en lo que había recordado. Por más que detestara que sus sueños se ensuciaran con su presencia cuando también estaba Faustino, cada noche antes de dormir abría el libro de Hogwarts y admiraba la orquídea reluciente o releía la carta de Pansy donde le hablaba de «Draco».
Debía admitirlo, estaba algo obsesionada con Malfoy.
Cuando pasaron cuatro semanas y su magia estaba mucho más equilibrada, volvió a los negocios como era costumbre. Las primeras semanas se había pasado esperando que tanto Malfoy como Harry cruzaran el umbral de su puerta, pero ninguno se hizo presente, por lo que había perdido la esperanza respecto al detective, y pensaba que era muy probable que no hubiera cumplido con su palabra de avisar a sus ex-mejores amigos de su paradero. Quizás eso fuera mejor.
No había localizado aún a la viuda de López y aquello había pasado de ser una urgencia a convertirse en una verdadera molestia. Por más que la mujer no la volvió a incordiar y pareciera que se había esfumado del mapa, a Magnolia no le gustaba perder. Así que la búsqueda no había cesado, incluso metió a un par más de hombres entre el cártel López para que averiguaran todo lo posible acerca de su destino.
Curiosamente, Don Salazar no había hecho preguntas acerca de la magia. Ella no se lo había ocultado y él tampoco comentó nada cuando la vió manipulando su varita en medio de la sala o cuando su silla de ruedas terminó enloquecida con él dando vueltas, incluso hasta lo había disfrutado. Aquello le llamaba mucho la atención, especialmente porque Malfoy había mencionado que hacer magia frente a los muggles que no sabían de su existencia enviaba una alarma inmediatamente al Ministerio de Magia, y en su caso no había sucedido absolutamente nada. ¿En Colombia no tenían autoridades mágicas? ¿O por alguna razón en la vida Don Salazar ya conocía de la existencia de la magia? Lastimosamente no podía preguntarle al anciano de qué se trataba porque era improbable que recordara cualquier cosa de su vida.
Los primeros movimientos de los Alvarado comenzaron a sentirse cuando su cuerpo de seguridad le avisó que había un pequeño grupo de hombres escondidos entre las sierras alrededor de la hacienda. Por un momento tuvo la idea de acabar con todos y dejar vivo a uno solo para que fuera el mensajero que le llevara a Xoaquin la misiva, pero sabía que la violencia solo generaba más violencia y ella no estaba en condiciones de armar una pequeña guerra en ese momento, no porque no tuviera los recursos sino que porque no le interesaba, tenía muchas otras cosas más importantes en mente que meterse con los estúpidos gallegos.
A los dos meses, aunque seguía soñando con Malfoy, ya no intentaba buscarlo en cada esquina de su casa. Había vuelto al trabajo normalmente y lo único que lamentaba era no poder tener acceso a más libros de magia, aunque la lectura de «Secreto de las artes más oscuras» había resultado ser entretenida.
—¿Cuál es la agenda del día? —preguntó al Turco una mañana cuando ya se cumplían casi tres meses, todavía sentada en su cama hojeando uno de los libros que tenía en su bolso extensible.
—Una llamada con el secretario de defensa. También la fiscal Pallarés solicitó reunirse con usted, y tiene cita con la ginecóloga por la tarde.
—¿Qué? ¿Ya pasaron seis meses desde la última?
El Turco asintió y ella frunció el ceño. No le gustaba no darse cuenta del paso del tiempo, parecía haber sido ayer cuando estuvo por última vez en el consultorio de la doctora.
—Pásalo para la próxima semana.
—Muy bien.
—O no, déjalo. Mejor si me quito de encima eso de una vez.
El Turco volvió a asentir y no hizo más comentarios al respecto.
Un par de horas más tarde, ella y el Turco junto a otros escoltas se ponían en camino hacia el consultorio de la ginecóloga. Magnolia odiaba el camino, el lugar y todo lo que estaba relacionado con él. Se apretó entre las cejas mientras miraba por la ventana y deseaba que la mujer dijera finalmente que ya no era necesario que volviera.
—¿Está bien, señora? —preguntó el Turco a su lado al ver su nerviosismo.
Magnolia asintió, por más que realmente no se sintiera bien. Los recuerdos se le agolpaban en la mente y deseó más que nunca ser capaz de olvidar como con la mayor parte de su vida.
Cuando llegaron, la conocida imagen de una casona colonial llenó sus pupilas y ella se obligó a mirar solamente el piso y no a la imponente construcción que guardaba uno de los momentos más desesperantes que le había tocado vivir.
No era como los sanatorios o las clínicas comunes, el consultorio de la ginecóloga parecía de todo menos un consultorio médico. La casa era completamente corriente aunque elegante, nada que dijera que allí había consultas médicas. La fachada era antigua e intimidante, con sus altas paredes blancas manchadas de humedad y las estatuas de ángeles y demonios adornando las entradas y el jardín principal.
Llegó a la puerta y fue el Turco quien tocó, usando la pesada manija de bronce en forma de diablo. Ella le hizo un movimiento de cabeza cuando escuchó los pasos acercándose, indicándole a su escolta que desde allí podía seguir sola. El hombre asintió una sola vez pero tampoco se movió, acostumbraba a esperarla justo en la puerta tal como los perros en las salidas de los almacenes.
La sonrisa aparentemente amable de la ya conocida recepcionista la recibió. Ella no devolvió el gesto, sabía que solamente contenía hipocresía y que la mujer le sonreía para mantener su trabajo.
Sin necesidad de que la mujer se lo indicara, pasó al salón principal que hacía las veces de sala de espera. Se sentó en uno de los sillones de cuero que abundaban en el lugar y cruzó las piernas, mirando al jardín posterior desde el ventanal. La primera vez que había estado en ese lugar había sido siete años atrás, cuando estuvo embarazada de Harry.
El sitio era bastante especial, conocido entre los narcos y personas de las altas esferas que no querían ser vistas en hospitales privados o mujeres de alta clase social que necesitaban «solucionar» sus pequeños errores de una noche. Generalmente no solía cruzarse con nadie ya que las citas se daban con mucha precaución, cuidando que los clientes no se encimaran y que la doctora no tuviera una fila de mujeres esperando.
Hasta donde ella sabía, habían unos tres o cuatro médicos trabajando en la clínica. Se llama Clínica Renacer, y aquello era bastante irónico para Magnolia, puesto que contrastaba completamente con su experiencia.
Había llegado hasta ese sitio porque fue el que Faustino consiguió cuando estaban esperando a Harry. Él no quería que ella asistiera a ningún hospital en Medellín.
"Solo lo mejor para mi reina" le gustaba decir, y aquel lugar había resultado ser el mejor y el más discreto.
Oyó pasos a un costado, mullidos y lentos. Supo al instante que no se trataba de la doctora y se puso en guardia, llevando la mano a la cadera en busca del mango del arma. Se quedó muy quiera cuando en su visual apareció un hombre de unos sesenta años, vestido con un traje estilo inglés largo y pesado, más propio de climas fríos.
Cuando sus ojos hicieron contacto, detuvo su andar y se la quedó mirando fijamente. La mano del hombre se colocó sutilmente a la altura del bolsillo derecho de su pantalón y ella le sacó el seguro al arma con disimulo, aunque no pudo evitar que el leve crack resonara en todo el salón.
El anciano no dijo nada. Simplemente se quedó observándola como si ella fuera una aparición. Magnolia tampoco saludó ni abrió la boca, ni siquiera parpadeó. Había aprendido que en aquel negocio todo y todos eran una amenaza, ella no podía darse el lujo de vivir con la guardia baja. No tenía ninguna intención de morir aún por eso llevaba la Glock a todos lados.
Le tenía el rostro conocido y en un ejercicio mental que últimamente se le había hecho común, intentó hacer memoria para saber de dónde lo conocía. Su mente estaba de su lado en este caso, porque recordó haberlo visto en la casa de la viuda de López un par de años atrás cuando había comenzado a hacer negocios con ella. Ella lo había presentado como un socio. ¿Cuál era su nombre? ¿Elliot? ¿Scott?
En aquel entonces se había sentido extraña en su presencia aunque no lo había relacionado con él. Ahora podía sentir perfectamente cómo se le erizaban los pelos de la nuca ante el inminente peligro que parecía ser. Algo parecía burbujear en el aire y ella no podía entender de qué se trataba.
El sonido de unos tacones conocidos retumbaron esta vez en el silencio pero ella no se inmutó, siguió con los ojos clavados en el anciano que a su vez hacía lo mismo, como si supiera que ella también era tan peligrosa para él.
Se oyó un leve jadeo antes de que los pasos se detuvieran, seguido por un carraspeo que incomodó aún más el ambiente.
—Buenas tardes —saludó la doctora.
Magnolia desvió la vista hacia ella y el usual retorcijón de estómago que le daba cada vez que la veía ahora parecía más fuerte.
—Buenas tardes… doctora —contestó el hombre con voz grave.
La bruja se retorció mentalmente y algo en el fondo de su mente pareció haber hecho clic, aunque sin ningún resultado. ¿Ella lo había escuchado hablar en casa de López?
—Señora Salazar —saludó la doctora mirándola fijamente, casi midiendo su siguiente movimiento—, le presento a mi… suegro, el señor Tadeo Scott.
Magnolia frunció el ceño y miró al hombre que entrecerraba los ojos observándola a ella. ¿Tadeo Scott? ¿Ese era el nombre con el cual lo había presentado la viuda de López?
—No sabía que en su familia hubieran narcotraficantes —soltó la bruja sin ninguna anestesia.
La boca de la doctora se abrió levemente y luego sonrió con algo de dificultad.
—No nos gusta referirnos de esa forma al negocio familiar pero...
—Magnolia Salazar —interrumpió el hombre dirigiéndose a ella—, creo que ya nos habíamos visto en alguna ocasión.
—Tal vez —contestó la castaña—. ¿Me va a atender? —preguntó a la doctora ignorando al hombre.
La mujer asintió y le indicó que la siguiera a su consultorio. Magnolia no volvió a mirar hacia donde se encontraba el anciano aunque no le puso el seguro al arma de nuevo por precaución. Algo muy fuerte le decía que ese hombre era peligroso y debía andar con cuidado.
—Ha pasado mucho tiempo —comentó la doctora cuando estuvieron dentro de su oficina—, seis largos meses. ¿Ha pasado algo nuevo en su vida?
La bruja la miró con una ceja levantada. ¿A ella qué rayos le importaba?
—Nada que pueda interesarle —respondió.
La mujer solo sonrió, una vez más forzadamente. No parecía una doctora si alguien la viera sin la bata blanca. Llevaba un vestido ceñido al cuerpo de color amarillo chillón, y zapatos de diseñador que Magnolia no podía decir exactamente de quién.
—¿Alguna pareja estable? —preguntó.
Magnolia arrugó la nariz. Odiaba responder las preguntas tan personales que debía para la consulta.
—No.
—¿Casual?
—No.
—¿Cuándo fue su última relación sexual?
La bruja respiró profundo y exhaló lentamente.
—Hace dos años.
—¿Cuándo fue su última fecha menstrual?
—Hace una semana.
El sonido del lápiz traía a su memoria otras preguntas que no quería recordar, que prefería borrar de su mente. «¿A qué hora comenzaron las contracciones? ¿El sangrado cuándo comenzó? ¿Fue abundante o escaso?».
—¿Ha sentido dolor últimamente?
—No.
—Acuéstese en la camilla y descúbrase el vientre para la ecografía, por favor.
Magnolia se puso de pie, caminó hasta la camilla y se levantó la blusa. Dejó el arma a un costado sin importarle que la doctora la viera.
Jadeó un poco cuando sintió el gel frío tocarle la piel y frunció el ceño. Realmente esperaba que esa fuera la última vez que visitara aquel consultorio, o cualquier otro.
—Todo está bien por aquí —murmuró la mujer mirando la pantalla—. ¿Ves que la pequeña mancha allí ya no está? Creo que finalmente las consecuencias han sanado.
Magnolia no miró, no tenía ningún deseo de hacerlo.
—Podrás volver a embarazarte sin ningún problema. ¡Es una gran noticia!
La bruja arrugó el gesto. ¿Eso le parecía una gran noticia?
—No sucederá —le aclaró la castaña, por más que no tuviera que dar explicaciones.
Se levantó bruscamente de la camilla antes de que la mujer le limpiara el gel. Tomó la toalla de papel ella misma y se sacó los restos con rabia.
—Magnolia, debes rehacer tu vida.
La chica la miró. ¿Por qué la estaba tuteando? Ella había visto varias veces a la mujer pero aquello no le daba ningún derecho a tratarla como a una igual. Mucho menos a querer meterse en su vida o darle consejos.
—Ha pasado mucho tiempo —continuó la doctora—, has llevado luto por dos años. Es hora que te des permiso para conocer a…
—Basta —ordenó Magnolia.
—Querida —insistió la otra sin inmutarse—, eres joven pero los años pasan rápido. Debes conocer gente y formar otra familia.
¡Otra familia! Aquello sonaba repugnante y completamente imposible. Negó con la cabeza, incapaz de contestar por el nudo que se le había formado en la garganta.
—Faustino así lo querría.
—¡No… —murmuró con la boca seca— hablé… de lo que no… sabe!
Le costó mucho formular la oración y sentía que se formaba un ataque de pánico que no podría controlar. Pocas veces se sentía tan desesperada cuando se tocaba el tema. Generalmente no permitía que sucediera pero no podía amenazar a su ginecóloga con una bala por hablar de más.
—Cálmate Magnolia —la tranquilizó la mujer y le pasó un vaso de agua.
La chica bebió lentamente sintiendo como el líquido frío parecía cortarle la garganta y caer dolorosamente por el esófago hasta llegar al estómago. Respiró profundamente y se obligó a calmarse.
—¿No has conocido a nadie últimamente?
Magnolia levantó la cabeza y miró a la doctora, quien entrecerró los ojos y la miraba con suspicacia, casi como si esperara una respuesta afirmativa.
—No.
—¿A nadie?
Pensó en Malfoy y se sintió peor.
—No.
La doctora suspiró.
—El sábado organizaremos una cena en casa con mi marido, irán algunos amigos suyos. No estamos relacionados directamente con el… negocio de mi suegro… y no habrá nadie de ese mundo, pero habrán algunos solteros que tal vez te gustaría conocer.
Magnolia negó.
—No puedo.
—Vamos —siguió la mujer—, sé que una persona como tú está muy ocupada pero también eres mujer. Te secarás si no le das un poco de cariño a eso.
La doctora levantó las cejas y señaló hacia la entrepierna de la castaña, quien apretó las piernas en señal de defensa.
Magnolia no contestó. Era completamente imposible imaginarse a otro hombre en su cama que no fuera su esposo, ni siquiera había pensado en Malfoy de esa forma por más que hubiera algo raro en su pecho cuando lo recordaba, e intentaba evitar completamente los flashes de recuerdos donde ella y él tenían menos ropa de la permitida por la moral.
La doctora garabateó tras una tarjeta y se la entregó a la bruja. Le indicó que era su dirección y la esperaba el sábado en su casa para cenar.
—Puedes traer acompañante si lo encuentras antes —sonrió, haciendo que sus ojos se rasgaran aun más.
Magnolia bufó, pero tomó la tarjeta por educación. Hablaron un poco más sobre su situación ginecológica, más bien la mujer habló mientras la bruja oyó; le comentó de la posibilidad de volver a embarazarse y los riesgos que corría tras el aborto que había tenido tres años atrás. Se despidió de ella con un apretón de manos y otra sonrisa falsa.
No volvió a cruzarse con el anciano en la sala de espera y casi corrió hasta la salida. Respiró profundamente cuando sintió el sol en su cara y se apoyó en el Turco para llegar al auto porque sentía que las piernas le fallarían. Habían acordado con la doctora que ella debía volver al menos en un año para una nueva revisión de rutina, y aunque eso la había tranquilizado también sentía que cerraba una etapa que no sabía si estaba preparada para hacerlo.
En el camino, las lágrimas acudieron prontas a sus mejillas cuando recordó todo lo que había pasado. Faustino había estado tan contento cuando supo que tendrían otro hijo, incluso Harry se había mostrado muy feliz con la llegada de un hermanito. El embarazo había sido tan tranquilo que el shock era aún más grande. A los ocho meses, el mismo día que había tenido una revisión de rutina, comenzó a sentir mucho dolor, y solo se necesitaron quince minutos para comenzar a sangrar. Faustino se había vuelto loco, él mismo manejó la camioneta camino al consultorio y ella pensó que si no moría con la pérdida moriría en un accidente de tránsito debido a la velocidad del vehículo. Cuando llegaron a la clínica ella había dado a luz por cesárea de urgencia, pero su pequeño había muerto asfixiado con el cordón umbilical, ella ni siquiera lo pudo ver cuando lo sacaron. Horas después, en una caja blanca de cartón como si fuera un perro de la calle, le entregaron a su pequeño niño, con los rizos de su padre y la piel azul por la falta de aire. Ella pensó que ese día se le había acabado la vida, pero estaba tan equivocada, su verdadera muerte vendría un año después, aquel había sido solo el interludio.
El Turco le pasó un pañuelo haciendo que se despertara de la pesadilla que le suponía recordar lo que había sucedido dos años atrás.
El teléfono celular de Rambo sonó y él se lo puso en la oreja a pesar de que estaba manejando. Magnolia solía llamarle la atención cuando hacía eso, pero esta vez no tenía ganas de abrir la boca.
—Aló —dijo Rambo, un poco más alto de lo necesario—. ¿Qué hubo pues, Cucaracha, mi hijo? —esperó la respuesta por un momento— ¿Un ataque?
Tanto el Turco como Magnolia se enderezaron y se acercaron más al asiento de Rambo, quien aparcó el vehículo a un costado del camino para seguir hablando.
—¿Cómo así? ¿Cómo así que con palitos? Un momentico, mi hijo, ¿Cómo así que con palitos? ¿Y los hirieron con palitos? ¿Pero cómo no pueden hacer chicharrón a gente con palitos?
—¿Qué rayos sucede? —preguntó Magnolia, con el corazón acelerándose de a poco ante la idea de un ataque a la hacienda. El último había sido una verdadera tragedia.
—Dizque un grupo de gente rara con palitos atacando la hacienda —explicó Rambo—, cayó la entrada principal y están dentro ahora buscando a una prisionera según ellos.
—¿Qué carajos? —contestó el Turco sacando su celular y marcando un número.
Magnolia pensó por un momento… Gente con palitos.
—¡Varitas! —exclamó.
—Bueno —siguió Rambo al teléfono—, lo mejor del cuento es que usted sí está vivo y tiene a Don Salazar. Hagamos una cosa papá, mantégalo así al viejo que nosotros acá vemos que decide la señora, ¿Me oyó? Seguimos hablando hermano, que la Virgen lo acompañe pues, mi hijo.
Cortó la llamada y miró a la mujer por el espejo retrovisor.
—A la hacienda, de una —ordenó Magnolia.
El Turco quiso oponerse pero ella no le dio oportunidad. Cargó el arma con todas las municiones que tenía y en la otra mano sujetó su varita, dispuesta a encarar a quien sea que estuviera buscando guerra en su hacienda. Sabía que no era el rubio porque Cucaracha hubiera dicho si se trataba de él, puesto que lo había visto entrar unas cuantas veces con ella.
Cuando llegaron a la hacienda, el portón principal estaba vuelto pedazos y había un enorme agujero dejando la entrada abierta. Ni el Turco ni Rambo quisieron entrar como ella les ordenó pero al final tuvieron que obedecer, pisando el acelerador casi hasta llegar a la casa.
Un grupo de unos veinte magos lanzaban hechizos hacia otros treinta hombres armados. Todos vestían largas túnicas de colores y ella pudo reconocer a todos los Weasley y a Harry Potter entre ellos. La cabeza comenzó a dolerle ante la escena y flashes de una batalla parecida comenzaron a aparecer en su mente.
—Maldición —murmuró tomándose de la cabeza—, no es el momento.
Una lluvia de hechizos cayó sobre el vehículo haciendo que se tambaleara y comenzara a salir fuego del capot.
—¡Afuera! —ordenó Magnolia.
Sus dos escoltas y ella salieron con prisa del automóvil, sabiendo del riesgo que existía de que explotara una vez que comenzaba a incendiarse.
Se alejaron lo máximo posible del auto, siempre con las armas en alto. Rambo fue lanzado atrás debido a un hechizo y fue a parar al borde de la piscina.
Magnolia apuntó el arma a la varita de Harry y disparó, haciendo que esta se partiera y volara de manos del joven. El muchacho se sorprendió ante el acto y la miró sorprendido. La chica lo apuntaba directo a la cabeza, y caminó lentamente hasta él en medio de la lluvia de balas y hechizos.
—Hermione —murmuró el chico, levantando ambas manos ante la amenaza—. ¡Hermione!
Ella frunció el ceño pero no bajó el arma. Sabía quién era él, pero no lo recibiría con los brazos abiertos, no luego de esa llegada. Ni tampoco pondría al descubierto el engaño de Margaret, la novia de Malfoy.
Ante la mención de su nombre los hechizos cesaron, y con ellos las balas. Suponía que a raíz de alguna orden del Turco, pues generalmente sus hombres tiraban a matar aunque el enemigo hubiera presentado la bandera blanca, cortesía de las enseñanzas de Faustino. La piedad era para los cobardes.
—¿Quiénes son ustedes y qué están haciendo aquí? —preguntó fuerte y claro.
Oyó el jadeo ahogado de unos cuántos y el inconfundible sollozo de Molly Weasley a un costado.
—Hermione… —contestó Harry aún con las manos levantadas—, somos tus amigos. Soy Harry, Harry Potter.
Sus mejillas se colorearon como si anunciar su nombre le diera mucha vergüenza y algo dentro de Magnolia se ablandó. Extrañaba a su amigo. Pero no daría el brazo a torcer tan fácil.
—¿A qué se debe todo este show? ¿Por qué han atacado mi hacienda?
Los ojos de Harry se abrieron sorprendidos.
—Deberías bajar esa cosa, jovencita —dijo una voz grave a su costado.
Magnolia no se giró ni bajó el arma.
—Hemos venido a rescatarte —dijo George Weasley acercándose a ella.
La bruja bajó el arma y los miró con rabia.
—¿A rescatarme? ¿Siete años después? ¿A rescatarme de qué? Llegan como si fueran la maldita policía. ¡Destruyen mi propiedad! ¡Hieren a mis hombres! ¿Quién de ustedes responderá por los perjuicios y las bajas!
El silencio se hizo en el jardín.
—Hermione, nosotros…
—Te extrañamos, querida.
La chica suspiró. Miró al señor Weasley y su memoria volvió al recuerdo que había tenido un par de semanas atrás, un abrazo al hombre en alguna Navidad.
—Sabemos que no recuerdas nada —empezó Ron—, no sabes siquiera quiénes somos pero… hemos venido a llevarte a casa.
—Ya estoy en casa —contestó, haciendo que la señora Weasley sollozara con más fuerza.
—Pero Hermione —le dijo Harry, acercándose un poco más a ella y estirando una mano lentamente para tocarla—, nosotros somos tu familia, nos ha costado mucho encontrarte y…
Una aparición justo detrás de Magnolia hizo que todos jadearan y ella volteara rápidamente con el arma en alto nuevamente. Vió frente a ella a Draco Malfoy y sintió que su estómago daba un vuelco.
El rubio miró alrededor y chasqueó la lengua.
—Menos mal te dije que me esperaras, Potter.
El sonido de su voz hizo que el pecho de la chica se oprimiera y algo la instara a lanzarse a sus brazos. Pero también la rabia bullía en sus venas ante su repentina aparición.
—Sí, bueno —dijo Harry tras ella—, no pensamos que…
El sonido de la mano de Magnolia estampándose en la mejilla del rubio interrumpió lo que sea que el castaño diría. El jadeo fue general y se escuchó un leve «rayos» de uno de los presentes.
El rostro del muchacho quedó volteado y no se movió por un par de segundos, luego levantó lentamente el rostro y miró con una sonrisa ladeada a la bruja frente a él.
—Yo también te extrañé Granger.
Ella bufó, queriendo apagar el aleteo incesante que sentía dentro del pecho ante sus palabras, las cuales sabía que eran completamente irónicas.
—¡Tres meses! –gruñó en voz baja solo para que él la oyera.
Lo vió tomar aire y abrir la boca para decir algo pero la cerró nuevamente.
—Dejemos ese asunto para después —murmuró tan bajo como ella y luego levantó la voz—. ¿Por qué no empezamos con las presentaciones y las tristes historias de vida? ¿Tal vez con una taza de café? Si la casa no está destruida igual que el jardín.
Ella apretó los labios pero no dijo nada. Caminó hacia la casa seguida por el Turco e hizo una seña para que la siguieran. Vió algunas caras de dolor de los desconocidos y de los Weasley al pasar a su lado, pero las ignoró. Todavía estaba molesta.
—¿Está segura de…? —empezó el Turco quien todavía tenía el arma en alto.
—Busca a Don Salazar y dile que fue una falsa alarma, un error que luego le explicaré. Cuida que no se haya alterado.
—Señora…
—Haz lo que te digo, Miguel.
El hombre asintió sin más opción. Se retiró a un lado mientras Magnolia conversaba con otra persona de seguridad para que pasara la información de que todo estaba bajo control.
Giró en sus talones y vió a todos los magos en su sala, apretados unos contra otros sin animarse a tomar asiento. Quiso poner los ojos en blanco pero se abstuvo. Les hizo una seña para que se sentaran y algunos lo hicieron, otros se quedaron de pie ante la falta de lugares. Ella observó a Malfoy sentado panchamente en uno de los sillones individuales con ambos brazos extendidos en los reposabrazos y las piernas cruzadas, la viva imagen de la comodidad y el entretenimiento.
—Lamentamos mucho lo del jardín y… —dijo Harry.
—Ajá —respondió Magnolia—. No necesito que nadie me rescate, esta es mi casa y aunque no recuerde gran parte de mi vida, estoy aquí bajo mi voluntad. Les hubiera abierto las puertas igual si tocaban con educación.
—Malfoy dijo que eras parte de una banda criminal y nosotros pensamos que eras prisionera —le explicó Ron.
—Con que eso dijo Malfoy —murmuró ella viendo al rubio quien se miraba las uñas con una pequeña sonrisa en los labios.
—Pensamos que necesitabas ayuda —murmuró uno de los Weasley.
—¿Necesitar ayuda? ¿Saben cuándo necesité ayuda? ¡Siete años atrás! —exclamó— ¡Cuando desperté en una cama de hospital con…
Se calló. No iba a reclamarle a veinte desconocidos lo que llevaba guardado dentro de ella por tantos años. Toda la inseguridad y la soledad que la atormentaban, preguntándose todas las noches si tenía una familia, amigos o alguien a quien le importaba. En todo caso, si quería reclamarle a alguien, lo haría con Harry y Ron a solas.
—Nosotros te buscamos —dijo Harry con los ojos enrojecidos—, desde el momento en que caíste del dragón al bosque, nosotros hicimos todo para localizarte, con el Ministerio, con los aurores, no descansamos nunca en todos estos años, hasta que contratamos a Malfoy y él pudo llegar hasta ti.
—Te necesitamos de vuelta —murmuró George.
Ella frunció el ceño.
—Han pasado demasiados años, mucha agua ha corrido bajo el puente.
—Nunca es tarde para comenzar de nuevo —dijo Luna sentada la lado de Ron, con una pequeña sonrisa, la misma que había puesto en el jardín de los Weasley.
Magnolia negó.
—Tengo asuntos pendientes aquí —murmuró—, tengo una vida, tengo una…
Familia. Su boca quedó seca y la palabra se atoró a mitad de su garganta. Aquello era lo único que ya no tenía.
—…un trabajo —continuó—, tengo negocios que no puedo abandonar para irme con unos desconocidos a quién sabe dónde a aprender trucos de magia.
—La magia era todo para ti —le dijo un muchacho que debía tener la misma edad de Harry.
—¿Y tú eres…?
—Neville Longbottom —contestó con las mejillas encendidas.
Ella solo frunció el ceño. No conocía a la mitad de los que estaban allí.
—Yo soy Ron Weasley —se presentó el pelirrojo haciendo competencia al rostro de Neville.
—Ya lo sé —contestó Magnolia—, he estado recordando un poco en estos meses.
—¿De verdad? —dijo Harry con los ojos brillantes.
Se acomodó las gafas y la miró con una pequeña sonrisa que hizo que se le encogiera el corazón. Si le había puesto Harry a su hijo había sido por la sensación de calidez que sentía cuando repetía el nombre, aunque no supiera de qué se trataba.
—Sí —contestó—, pero no recuerdo mucho y menos aún a todos los que están aquí.
Harry procedió a presentarlos a todos tal vez con la esperanza de que recordara a alguno, pero ella no pudo por más que lo intentó. Todos los Weasley excepto Ginny habían venido, y se sumó a ellos uno que no había conocido en la Madriguera, Charlie. También estaban Luna y Fleur, Angelina se había quedado con su cuñada. Dennis Creevey y Seamus Finnigan eran aurores, según el moreno. Dean Tomas era amigo de la familia y había sido compañero suyo, mientras que Oliver Wood había querido ayudar, y se le habían sumado Parvati Patil y Cormac McLaggen. El hombre que le había dicho que bajara el arma se llamaba Andrew Kennedy y era el profesor de Defensa contra las Artes Oscuras en Hogwarts.
Luego de las presentaciones, Harry le contó cómo había desaparecido, y ella calló, escuchándolo nuevamente a pesar de que ya había oído la historia en la cena de los Weasley. Esta vez él incluyó nuevos detalles de su búsqueda y contó a cuántos detectives le había pagado grandes cantidades de dinero para hallarla, pero que ninguno había podido salvo Malfoy, y eso muy posiblemente fuera a causa de sus bastos conocimientos en la organización de los mortífagos, ya que él había sido uno.
Magnolia no pudo evitar mirar al rubio con los ojos muy abiertos ante aquella revelación. En la cena de los Weasley, ellos habían explicado un poco la guerra a grandes rasgos a una Margaret aparentemente ignorante de la situación de Inglaterra en esos años, pero jamás se le hubiera ocurrido relacionar la palabra «mortífago» con Malfoy. Ahora que Harry lo decía, era imposible no traer a su memoria aquel recuerdo suyo en la casa de La Hilandera con Malfoy vistiendo una máscara plateada.
—Yo no me iré con ustedes —explicó Magnolia después—. Me gustaría recordar para conocer mi pasado, pero tengo una vida aquí ahora y no la voy a abandonar.
Las reacciones fueron diversas y hasta se armó una pequeña discusión de la cual no participó. Lo único que quería era que todos despejaran su sala para que ella se quedara a solas con Malfoy y pudiera mirarlo a los ojos para volver a recordar lo que él insistía en que eran ilusiones insertadas en su mente; o tal vez para darle otra bofetada. Ambas opciones sonaban bien para ella.
—¿Podríamos hablar a solas? —preguntó Harry.
Ella negó.
—Es tarde, todos estamos un poco alterados aún. ¿Podrías volver mañana? Tú y Ron.
Ambos muchachos asintieron solemnes y ella les regaló una pequeña sonrisa que ellos devolvieron con algo de tristeza. Ella podía comprender lo que sentían pero las cosas no eran tan fáciles como llegar, exigir y que ella los acompañara sin siquiera hacer las maletas.
La señora Weasley se despidió de ella con un abrazo que correspondió a pesar de la molestia y también el señor Weasley lo hizo. Sus ex mejores amigos en cambio apretaron los puños para no abalanzarse sobre ella y abrazarla, y aunque a ella le pareció lo correcto, también ansiaba que lo hicieran.
Cuando todos los magos excepto Malfoy finalmente se fueron, la tarde había caído y los hombres ya estaban en el jardín arreglando el desastre. Ella esperó unos minutos en silencio para ordenar sus ideas y finalmente encarar al rubio.
—Te fuiste durante tres meses —le reclamó.
—Al parecer sabes contar, Granger —se burló él.
Magnolia quiso golpearlo de nuevo. No le diría por nada del mundo todo lo que ella había pasado durante esas semanas dónde no supo nada de él.
—¿Por qué regresaste? —preguntó— ¿Quisiste hacer de camarlengo de Harry y Ron?
Él negó.
—Supuse que destruirían tu hacienda en un valiente y estúpido acto gryffindor excusado en un rescate heroico, pero no estoy aquí por eso.
—¿Entonces?
Draco suspiró y se pasó las manos por el pelo.
—Creo que no eres la única a quien le han borrado la memoria.
Había dicho aquello tan claro y alto que ella pensó que lo había ensayado unas cuantas veces frente al espejo.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
—He estado averiguando —le explicó—. Lo único que sustentaba tus recuerdos de nosotros juntos era una carta de Pansy Parkinson que encontré en tu bolso extensible donde hablaba de que «Draco» estaba bien y no te preocuparas —Se pasó nuevamente las manos por el pelo—. Nosotros ni siquiera éramos amigos, Granger. Nos odiábamos.
—Yo no te odiaba —se apresuró a aclarar ella.
Malfoy la miró.
—¿Qué? ¿Recuerdas más cosas? ¿Cómo lo sabes?
Ella se mordió el labio.
—He recordado más cosas estos meses, no mucho pero… sé que no te odiaba.
Eso hizo que él guardara silencio un momento como si sopesara la revelación o como si fuera demasiado grande para digerir.
—¿Qué averiguaste? —lo apremió ella.
—Por la carta, Pansy parecía saber algo al respecto, por lo que fui a visitarla a la cárcel pero no me dejaron verla.
—¿Está en la cárcel? —preguntó ella con un jadeo.
—Acusada de mortífago —le explicó—. No dejan que otro mortífago la visite, y fue realmente imposible encontrar a alguien de confianza que lo hiciera por mí.
—¿Mortífago? —preguntó ella— ¿Por qué no estás tú también encarcelado entonces?
Él inhaló profundamente antes de contestar.
—Es una larga historia que te contaré luego.
Ella asintió.
—No me quedó más opción que ir a su casa —siguió contando—. La señora Parkinson fue difícil de convencer cuando le dije que necesitaba revisar las cosas de Pansy para una investigación que la involucraba. Estuve insistiendo diariamente por semanas hasta que finalmente accedió.
Magnolia sentía que le picaban los dedos por tocar al rubio y apretó las manos en puños para poder controlar la sensación.
—Encontré un par de cartas tuyas —le dijo, metiendo la mano en el saco y quitando unos pergaminos enrollados que le pasó.
La bruja aprovechó para rozarle los dedos cuando los tomó y aunque se sintió sucia por faltarle el respeto a la memoria de su esposo, no pudo evitar morderse el interior de la mejilla para no sonreír ante el contacto.
Desenrolló uno de los pergaminos y leyó.
Pansy:
¿Has sabido algo de Theo? No ha respondido mis cartas y estoy preocupada, lo último que supe fue que estaba en México. ¿Cómo está Draco? No le he escrito por seguridad pero estoy buscando la manera de verlo si en algún momento nos acercamos a Wiltshire, dile por favor que lo extraño. También te extraño a ti, no sabes la falta que me haces.
Hermione.
Miró su caligrafía pulcra y ordenada, tal cual como seguía siendo la suya. Recorrió las líneas con los dedos intentando traer a su mente el momento exacto en el que había sucedido y el contexto. Abrió el siguiente pergamino.
Pansy:
No puedo decirte dónde estoy, tampoco cuándo voy a volver. Te prometo que estoy cuidándome, aunque he sentido náuseas a diario últimamente, la comida de por aquí no puede catalogarse como comestible precisamente. Hace tres semanas que no veo a Draco y creo que moriré de angustia. ¿Podrías decirle por mí que lo extraño mucho? También a ti.
Hermione.
Miró al rubio al terminar de leer y este también la miraba con el ceño fruncido. Ella no comentó nada acerca de las cartas esperando que fuera él quien dijera algo.
—Fueron más indicios de que tus recuerdos no eran meras ilusiones, no podías extrañarme y mandarme mensajes de ese tipo por Pansy si no existía algo entre nosotros.
—Algo romántico —aclaró ella.
Él se quedó momentáneamente sin palabras.
—Sí —contestó luego y carraspeó—. Pero antes de que te encontrara, había hablado con Theodore Nott. ¿Aún no lo recuerdas?
—No —murmuró—, es el de las cartas y el anillo de compromiso.
Draco asintió.
—Él me dijo que tenían una relación, aunque luego, cuando leí sus cartas no comprendí muy bien si decía la verdad o no. Dijo que tú insististe en que él saliera del país y no quisiste acompañarlo, pero luego en la carta se contradice diciendo que no fueras a buscarlo y tú rechazaste su petición de matrimonio.
—Porque acepté la tuya —murmuró ella.
—¿Qué?
Magnolia levantó los hombros.
—¿No es obvio? —le mostró el anillo de los Malfoy en su dedo.
—No te lo has quitado.
—No creas que no lo he intentado, simplemente no sale.
Él volvió a quedarse en silencio, metido en sus propios pensamientos. Ella se impacientó luego de un par de minutos.
—¿Le preguntaste a este tal Nott cuál es la verdad?
—Está fuera del país por trabajo—le contó—, y no quise hacerlo por carta. Sigue insistiendo en saber de ti y solo le he dicho que no he logrado hallarte.
La bruja apretó los labios.
—No recuerdo a ese Nott, pero no creo que sea de confianza. Si ha mentido una vez puede hacerlo dos veces. Con quien debemos hablar es con Pansy.
—Ya te he dicho que es imposible —dijo él en tono aburrido.
—Es imposible para ti, no para mí.
Draco levantó mucho las cejas y luego sonrió. Ella asintió con una pequeña sonrisa también.
—He ido a San Mungo —murmuró él después de unos segundos.
—¿A dónde?
—El hospital mágico —le explicó—. Los medimagos me han examinado y han dicho que el trabajo es casi imposible de ver. Si existe es muy sutil.
—¿Que te hayan borrado la memoria?
—Sí —contestó—. Dicen que no hay rastros de recuerdos borrados, que tal vez los recuerdos fueron extraídos, ya que hay lagunas inexplicables y sin salida. Generalmente los recuerdos borrados quedan almacenados igualmente en la mente, tras varios compartimentos que los expertos en el área suelen desbloquear de a poco, pero en mi caso no hay compartimentos que desbloquear, simplemente no hay recuerdos que recuperar.
Magnolia suspiró. Aquello era bastante triste.
—Nunca recordarás.
Él negó.
—No al menos que hallemos mis recuerdos, lo cual es poco posible realmente.
—¿Qué quieres decir con «hallar tus recuerdos»?
Draco se removió un poco en su asiento ante la mirada fija que la bruja le daba.
—Los recuerdos son finas líneas plateadas de magia que no pueden ser destruidas, deben almacenarse de alguna manera para poder soltarlas de la varita, deben estar guardadas en algún sitio. Aunque por supuesto, alguien pudo simplemente tirar los frascos al mar y….
—Si encontramos a quien te borró los recuerdos encontraremos los frascos de líneas plateadas.
Él frunció el ceño.
—Sí, la idea es esa pero…
—¿No eres detective? —cuestionó ella– ¿No quieres saber qué sucedió realmente? ¿No quieres recuperar la parte de tu vida que te borraron?
Él no dijo nada, pero luego asintió en silencio. Ella a su vez asintió satisfecha.
—Debemos ir a ver a Pansy —decidió la castaña poniéndose de pie.
Draco miró la hora en su reloj.
—Es medianoche en Inglaterra —dijo—. Deberás ir mañana, o esta madrugada aquí.
Magnolia volvió a sentarse con un dejo de decepción y suspiró. Cuando ninguno dijo nada más, él se sacudió la tela de los pantalones e hizo algo de esfuerzo en las rodillas para levantarse del asiento. Ella entendió que él se iría y una fea sensación se apoderó de su estómago.
—¿Quieres quedarte a cenar? —escupió más rápido de lo que podía pensar, se quiso morder la lengua o ahorcar con sus propias manos si fuera posible.
Él parpadeó en su dirección y volvió a apoyar el peso en el asiento haciendo que ella respirara más aliviada.
—Sí, me gustaría.
Ella hizo un asentimiento con la cabeza que escondió la sonrisa de maniática que internamente tenía. Pero no pudo ocultar el sonrojo que calentó su cara y en el que él se fijó, haciendo que Magnolia enrojeciera aún más.
—¿Me contarás por qué no estás en la cárcel? —preguntó.
Él la miró intensamente a los ojos y ella pudo sentir que él podía leerle la mente de tan fijamente que la observaba. Parpadeó un par de veces y él no retiró la mirada. Luego el mago carraspeó, como si se hubiera dado cuenta que se había perdido en sus ojos.
Comenzó a contar la historia y ella puso total atención, concentrándose y perdiéndose en el tono de su voz, ese que le susurraba al oído en sueños y la llamaba por su nombre real en momentos íntimos.
¿La qué?
Flashes de recuerdos nuevos aparecieron, ella y él en la cama, las sábanas arrugadas, sus dedos crispados en la espalda desnuda de él mientras el rubio estaba entre sus piernas, llenándola y susurrándole palabras de amor al oído entremezcladas con frases morbosas y su nombre. Hermione.
—¿Granger? —preguntó él luego de un rato de haber estado hablando.
—Te estoy escuchando —dijo ella en un hilo de voz.
Él frunció el ceño pero continuó hablando.
Hermione suspiró. Que Dios se apiadará de ella y Draco Malfoy nunca supiera los pensamientos subidos de tono que tenía mientras él le hablaba de su juicio frente al Wizengamot.
Subido! Les gustó? Les gusta hacia dónde se dirige la historia?
En el capítulo pasado les mencioné que quienes acertaran con sus teorías recibirían una escena Dramione referente a cuando Hermione y Draco se entendían 7 años atrás. Lamentablemente ninguno acertó! Si bien algunas personas se acercaron.
Por ello decidí REGALARLES esa escena íntima Dramione a todos aquellos quienes dejen su review, MÁS UN FANART ORIGINAL ALUSIVO A LA ESCENA EN CUESTION! A todos ustedes los contactaré en la semana.
Muchas gracias,
Con cariño, Ann.
