Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 11

No puedo darme el lujo de esperar hasta la noche. Luego de que la Madre Superiora me da los artículos que le he pedido – los deja en una bolsa de lona afuera de la habitación de Bella – me voy.

La angustia de Bella es tangible. Amenaza con destrozar mi infeliz corazón en dos, haciendo que sea todavía más difícil dejarla. Pero no tengo opción.

De forma impulsiva y con brusquedad, la jalo hacia mí, encerrándola en mis brazos durante un agonizante momento antes de soltarla. Está llorando incontrolablemente mientras sigue acurrucada en mi pecho, y eso me debilita entre más estoy ahí parado.

—Cuando regrese, te llevaré lejos de aquí —juro una vez más, mi tono se vuelve serio—. ¿Confías en mí?

Asiente, hipando y quitando uno de sus brazos de mi cuerpo para limpiarse fútilmente los ojos.

La acerco a mí para besarle la frente, pero anticipándome, ella se estira hasta que mis labios se posan sobre los de ella. En ese momento, y exactamente como la primera vez, mi voluntad vacila y me acerco mucho a la rendición.

Podría llevármela ahora, a un lugar donde las bestias no puedan encontrarnos; donde pueda eliminarlos uno a uno, intento racionalizar conmigo, mientras mis labios siguen fundidos con la suavidad de los suyos. Pero no puedo. Tengo que atajar esta ofensiva ahora o arriesgarnos tanto a Bella como a mí a caer víctimas de ellos.

Apartándome de ella, arranco una pluma de mis alas y se la ofrezco.

—Ten, guarda esto —susurro, pasando la punta delicadamente por su mejilla.

Ella sonríe un poco, llevándosela a la nariz, y la jalo una vez más a mí por puro impulso.

—Dos semanas, no más —le reitero mi promesa.

—Bien —responde suavemente con voz temblorosa.

Apartándome rápidamente de ella, y sin mirar atrás, estiro la mano para tomar la bolsa de lona antes de saltar por su ventana.

Mi primer destino es Suecia ya que es lo más cercano a ella.

Comprendo que no tendré que luchar contra cada demonio que se reúna contra mí. Sólo tengo que dar a conocer el grave riesgo que corren al demostrar el poder de la espada de Miguel. Después de enviar a varias de las bestias al Infierno, sé que el resto se esparcirán como cucarachas. Aunque tengo toda la intención de eliminar a los cuatro parásitos que han estado matando a Bella durante siglos, y con la misma cantidad de piedad que ellos le han mostrado a ella.

Viajo sobre el agua a través de la altura de la troposfera, pasando el Mar del Norte antes de dirigirme al este sobre Noruega hacia Suecia. La ciudad que Ramuell me indicó está en la parte norte del país sobre un enorme canal.

La gente del lugar sabe que están plagados de bestias; sus mentes están rebosando de conocimiento y una aprehensión silenciosa por su presencia. En la superficie no parece haber nada fuera de lo ordinario con estos "turistas"; aunque sus pensamientos traicionan la aparente calma exterior en lo que a ellos conciernen. Sienten inherentemente el peligro innatural que los intrusos presentan, incluso si son inconscientemente cobardes para decirlo en voz alta.

Aunque, a través de sus mentes, rápidamente puedo señalar la locación exacta de los demonios. Están situados a siete millas del noreste de la ciudad en un denso bosque en la ladera, adyacente a un enorme lago. Me mantengo en el cielo, acercándome a una milla y media del campamento de los demonios antes de rodear el perímetro. Hay cerca de cien caídos, y Zelbukh se mantiene en el centro en ocasiones, como el cobarde que es.

Después de regresar al pueblo, escondo mis alas – ignorando las miradas sin vergüenza de los locales mientras camino entre ellos, usando sólo un par de jeans negros desgastados – antes de adquirir un celular, una cuerda y una habitación de hotel.

La habitación, que no estoy pagando, está vacía y es pequeña, discreta, con una cama individual en un lado y un baño igual de escaso en el otro. Abriendo la bolsa de lona, saco sus contenidos sobre la colcha de la cama – que parece que sus orígenes datan de 1950. Hay docenas de botellitas de 100ml con agua bendita y aceite para ungir, igual que crucifijos. El más grande es de aproximadamente veinte pulgadas de largo, forjado con oro puro de veinticuatro quilates. Está pesado y será una buena arma.

Después de separar el agua bendita del aceite para ungir, agarro el celular que compré y lo saco de su empaque. Me propongo no sonsacarle nada con valor superior a mil dólares de los humanos. Así que, a nombre de Edward Masen, firmé un contrato por un plan de iPhone que no tengo intención de usar.

Hay un truco sencillo para activar estos aparatos que la mayoría de los humanos desconocen. Aunque el tener señal libre para números de emergencia debería alertarlos. Encendiendo el teléfono, abro la configuración y tecleo el código numérico para tener acceso. En cuestión de segundos, está desbloqueado y sin restricciones, dándome uso ilimitado. Luego llamo a Ramuell, marcando los números que me había dado contra su voluntad.

—¿Dónde estás? —exijo saber antes de que el demonio tenga oportunidad de hablar.

—En el convento —responde.

—¿Dónde está tu grupo?

—Están asegurando la frontera de la ciudad.

—¿Ha cambiado la situación?

—No.

Cuelgo la llamada y espero.

No puedo liberar mis alas para elevarme al cielo o alertaré a los demonios de mi proximidad. No tengo otra opción más que viajar a pie. Hago mi movida al amanecer, pero antes de irme, cubro todo mi cuerpo de cabeza a pies con varias capas de aceite para ungir; incluyendo mi cabello. Actuará como una barrera, quemando a cualquier demonio que me toque. Luego le pongo el tapón al lavamanos del baño, llenándolo con agua bendita para sumergir la cuerda por varios minutos. Después la enrollo en mi hombro, agarro el crucifijo enganchándolo en mis jeans para luego irme.

Hay cerca de una docena de bestias patrullando alrededor de una milla del campamento. Serán los primeros en detectarme. Mi primer objetivo es derrotarlos a todos ellos y de forma rápida antes de que alerten a Zelbukh y al resto de los demonios.

Sin verme en la necesidad de liberar mis alas, derroto a cada demonio menos a uno; Ammon. Ammon es la bestia que planeo usar. Es una criatura particularmente vil cuyo fetiche es profanar a los humanos desdichados, tanto masculinos como femeninos, que engaña para vender sus almas. Los viola hasta llevarlos a la muerte antes de comerse su carne. Es su obsesión, y cada uno de sus pensamientos está monopolizado con sus repugnantes deseos incluso mientras lo persigo.

El demonio es más bestia de lo que alguna vez fue un ángel caído. De hecho, es tan cruel y sádico que incluso entre los otros demonios, que se consideran civilizados, es considerado repugnante.

La bestia es un cobarde. Cuando está plenamente consciente de mí, y después de que el último de los demonios en guardia queda reducido a cenizas – me aseguré de que él fuera testigo – se da la vuelta y huye en dirección al campamento, chillando como cerdo. Su pánico lo vuelve torpe y tonto, y después de llevarlo lejos del ejército de demonios, lo ato sin esfuerzo; aunque no sin antes jugar primero con él.

Le permito que me vea, que vea la espada que sabe que terminará con su miserable existencia, antes de darle espacio para correr. Luego, permitiéndole creer que ha escapado de mí en varias ocasiones, caigo ante él de las ramas de los abetos desde donde lo he estado siguiendo, bloqueando su ruta de escape y haciéndolo correr en dirección contraria.

Sigo con este juego del gato y el ratón hasta que la bestia patética se deja caer al suelo en derrota, gritando con terror. Me acerco lentamente a él, intimidándolo deliberadamente, cuando las proyecciones de la mente del demonio me detienen de inmediato y luego me congelan en donde estoy, rígido y furioso. Me está mostrando sus más profundos deseos respecto a Bella, y la bestia, en más de una ocasión, la ha visto en vivo.

A pesar del asco que siento por él, entiendo su proceso de pensamiento; está resignado a su destino, y espera provocarme para otorgarle una muerte rápida.

Está muy equivocado.

Agarrando el frasco de agua bendita de mi bolsillo, baño a la bestia con eso; sonriendo para mí cuando empieza a gritar inmediatamente en el crepúsculo de la agonía. Tiembla violentamente, su piel rompe de inmediato mientras se aparta abiertamente de mí.

—Por favor, ¡por favor! —grita lastimosamente, alzando los brazos a la defensiva.

Agarrando al demonio por su largo y sucio cabello oscuro, lo estrello contra un tosco fragmento roto de un pino antes de acercar mi cara a centímetros de la suya hasta que su fatídico aliento llena mi nariz.

—Para cuando termine contigo, Ammon, me estarás rogando que te mate —le prometo en un furioso susurro.

Se ríe, escupiendo en mi cara tras el grueso sonido congestionado de su risa.

—Es demasiado tarde, Dashiel. Pronto la puta será nuestra.

Lo acercó a mí jalándolo del cuello de su sucia camiseta de algodón, luchando por contener el estruendoso rugido creciendo en mi garganta. Lo logro a medias ya que los ojos de la bestia inmediatamente se agrandan con alarma. Soltándolo, le permito caer al piso antes de liberar el crucifijo y empujarlo contra su frente. Comienza a convulsionarse conforme el putrefacto aroma de su carne quemada contamina el aire.

—Por favor, ¡hazme enojar más, canalla! —hablo lentamente, usando el crudo lenguaje de este siglo incluso mientras mi voz tiembla con rabia.

Ha dicho mi nombre, anunciándoles mi locación a los demonios cercanos. Nunca iba a poder avanzar hacia el campamento sin ser detectado, así que libero mis alas preparándome. Luego empujando al demonio sobre su estómago, ato sus pies y manos con la soga, antes de ponerlo una vez más de espaldas. Con piernas y brazos detrás de él, está tirando en una posición incómoda mientras se retuerce, gritando contra la soga que quema su piel.

—¡Cállate, parasito! —gruño, pisándole el pecho y obligándolo a pegarse al piso a pesar de la posición en la que está.

Ambos hombros se dislocan, pero antes de que pueda reaccionar, meto la mano a sus pantalones y le arranco la ropa interior. Luego, mojando la mísera tela en agua bendita, se la meto a la boca, amordazándolo para acallarlo, y luego me limpio la mano en los jeans con disgusto.

Luego, agachándome para alzar al canalla del piso, me detengo y hago una confesión con toda la intención sobre sus llantos ahogados.

—¿La anatomía humana que tanto te gusta usar…? —menciono, alzando una ceja para hacer énfasis directo—. Me aseguraré de enviarte al Infierno sin eso.

Echándome a la bestia sobre el hombro por la soga que hay entre sus manos y pies, y con la espada de Miguel ardiendo en mi mano, avanzo con tranquilidad calculada hacia el campamento.

Me están esperando, pero incluso cuando me rodean, sus mentes limitadas están llenas de pánico.

—¡Mátenlo! —escucho a un demonio gritar desesperadamente entre el caos, pero ninguno es lo suficiente valiente para acercarse a menos de dos metros de mí.

De todas formas los disperso, echándoles agua bendita mientras avanzo entre la multitud. Inmediatamente caen unos sobre otros con pánico ciego mientras gritan y se arrancan la piel que les quema, mientras aquellos que no se vieron afectados, y que son lo suficiente estúpidos para acercarse a mí, sienten el golpe del crucifijo que llevo en la mano izquierda. Varios me agarran las alas, intentando jalarme hacia atrás, pero dándome la vuelta, y dejando caer pesadamente a Ammon hacia el piso, alzo la espada y los reduzco ágilmente a cenizas.

La sorpresa y la incredulidad los desbordan inmediatamente, y mientras continúo avanzando premeditadamente, se dispersan a mi alrededor a grandes distancias; dándome más espacio.

Cargando el cuerpo latente de Ammon hacia la parte más alta del pequeño claro donde están reunidos, libero a la bestia; lo jalo hasta ponerlo de pie ante mí sujetándolo de la nuca.

—¡SI LAS BESTIAS QUIEREN MATARME, AQUÍ ESTOY! —grito para ser oído entre la multitud de ellos—. PERO SEPAN ESTO. YO MATÉ A EZEKEEL, ¡PORQUE YO LLEVO LA ESPADA DE MIGUEL! —La uso para señalar a las masas antes de separar las piernas de Ammon con una patada.

Mientras sus mentes zumban con emociones erráticas y contradictorias – el rango va desde furia, hasta miedo, a su evidente hambre por matarme y enterrar sus dientes en mi piel – al parecer no son capaces de moverse. Sus ojos se mantienen pegados a la espada que muevo meticulosamente entre las piernas de Ammon. El demonio ruge lastimosamente mientras la espesa sangre negra de los malditos de su especie sale de su nariz, provocándole golpes periódicos de ahogamiento.

—SI ESTE ES EL DESTINO QUE QUIEREN, ¡ADELANTE, VENGAN A MÍ! —Alzo la espada y la luz azul de la cuchilla se desliza fácilmente a través del demonio desde su entrepierna hasta su estómago. Explota en espasmos antes de caer de rodillas y hacia enfrente. Empujo la espada con fuerza a través de su pecho y luego su cabeza, donde destrozo a la bestia en dos mitades iguales que inmediatamente explotan en una densa ceniza.

Las cenizas dañinas del demonio me ennegrecen, cegándome momentáneamente. Pero no necesito ver para saber que varias de las bestias, enloquecidas por la audacia de mis acciones, se echan hacia enfrente. Cuatro, cinco… siete de ellos son enviados a su desgracia antes de que estén a un brazo de distancia de mí cuando el pánico cae en el campamento. Sus alas salen de ellos cuando, uno por uno, toman el cielo para escapar. Los dejo ir, por ahora; mi concentración está en una y sólo una de las bestias.

Zelbukh.

Varios de los demonios se han puesto en su contra, y mientras él lucha por quitárselos de encima, queda momentáneamente distraído de mi avance hacia él. Avanzo pasos medidos y deliberados hacia él. No tengo intención de apresurar este momento, pero al mismo tiempo no le dejo espacio para prepararse. Me ve en el último segundo, y cuando los demonios se esparcen y huyen de mi presencia como las alimañas que son, yo ya lo tengo agarrado. Es fuerte y fácilmente podría contra mí si le diera la oportunidad.

No se la doy.

Abre la boca para protestar o rogar – no me importa – cuando sin vacilar, encajo la espada por su garganta, girándola para arrancarle la cabeza.

En menos de un minuto el campamento queda abandonado. Me quedo parado en medio de todo, sucio con el lodo negro de los restos de las bestias mientras comprendo que nunca antes he estado más lejos de la gracia que en este momento.

Pero que Dios me ayude, lo disfruto, porque por Bella haría casi cualquier cosa.


Yo no sé ustedes, pero a mí me encanta este ángel vengador. Esperemos que pueda regresar pronto con Bella.

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