POV NARRADOR
-Dale tiempo amigo... necesita recuperarse- fue todo lo que pudo decir Patapez tratando de tranquilizar al perturbado jinete.
Él se limitó a asentir, tomar un poco de aire y alejarse del grupo el cual aún estaba impactado por sucedido, ni siquiera sabiéndolo como algo inevitable pudieron prepararse para este evento.
A mitad de los difíciles mares del archipiélago, una rubia le pedía a su dragona que volara a una velocidad que ni siquiera conocía, no sentía pena, dolor, odio, emoción, alegría... nada, solo no sabía cómo reaccionar.
Ya no tenía hogar, un refugio o un lugar a donde ir... sin dirección siguió volando hasta que las alas de Tormenta no pudieron más.
Aterrizó en una isla solitaria, la noche ya estaba dando sus primeras pistas, cenó algo, hizo una pequeña fogata y se dispuso a acampar ahí.
Con el fuego dándole calor y su dragona acostada a su lado, Astrid solo miraba las llamas bailar por el viento, sus ojos azules estaban perdidos, preferiría mil veces enfrentarse a un ejército de marginados que tener que lidiar con esto.
Su cuerpo no le permitía reaccionar a la bomba de sentimientos que se apoderaban de ella, tragó saliva pero no se permitió expresar una lagrima más, solo dejó a las llamas navegar en su mirada hasta que a mitad de la noche, el sueño la venció.
Cuando la mañana llegó, la costa se había escondido en una niebla particularmente pesada, ni siquiera notó cuando su fogata se había apagado.
Fue un rugido desesperado el que la hizo despertarse de golpe, volteó a ver a su dragona instintivamente, estaba bien pero perturbada por lo que había escuchado, ambas se levantaron rápidamente y comenzaron a volar en dirección al rugido.
-Sosténganlo- gritó un hombre mientras otros dos más amordazaban a una indefensa Pesadilla Monstruosa.
-¿Qué demonios?- murmuró Astrid cuando notó que habían enjaulados otros dos dragones -vamos Tormenta- le pidió para enseguida volar sigilosamente hacia la escena –prepárate nena van a aprender a no tocar un dragón nunca más-
Tormenta asintió y voló directamente hacia dos de ellos, los sostuvo con sus patas y los arrojó sin piedad al mar.
Dio muestras de su perfecto entrenamiento al esquivar las flechas de los arqueros que comenzaron a disparar en el momento en que en Nadder se presentó.
-Es ella- gritó un poderoso vikingo sacando una flecha envenenada con raíz de dragón –se ha vuelto descuidada- murmuró apuntando al nadder
-Tormenta arroja espinas- ordenó Astrid, ella obedeció derribando con ello a 4 de los arqueros, justo después de ese movimiento una herida punzante en la dragona hizo que perdiera el equilibrio. Aunque la rubia se aferraba a tratar de recuperar el control, ambas cayeron al suelo quedando inconscientes.
POV ASTRID
Cuando comencé a abrir mis ojos podía ver todo borroso, me los tallé un poco para poder ver más claro, bien estoy capturada... una vez más... entre los barrotes verdes pude ver a mi dragona en otra celda.
-Me alegra que hayas despertado- me sacó de mis propios pensamientos un hombre sereno de una estatura un tanto baja, pero conservando la complexión de un vikingo, él no estaba en el asalto anterior –lamento los barrotes, mi hermano es poco ortodoxo a la hora de recibir visitas- dijo abriendo la celda y ofreciéndome salir de ahí.
Corrí acercándome a Tormenta, el caminó junto a mí y prestó atención a su rostro, entonces se centró en la cicatriz blanca que tenía, Thor...
Sin saber cómo reaccionar sin delatarla más traté de cubrir su cicatriz, sin éxito en solo dos movimientos dejó a mi dragona inconsciente, y poco a poco, su camuflaje iba desapareció revelando su hermoso color blanco puro.
-Un nadder albino... Hace años que no veía uno tan perfecto- murmuró sin despegar los ojos del dragón
-¿Cómo hiciste eso?- pregunté en una extraña combinación de miedo y curiosidad
-Los puntos nerviosos debajo del cuello del nadder son los que se encargan de regular su camuflaje, si lo interrumpes por un instante se verán forzados a revelarse... dormirlo fue solo para evitar que se enoje, tranquila es solo momentáneo- me respondió sonriendo.
Este tipo sabe de dragones mucho más de lo que pensé. Pero su mirada... no era alguien en que pudiera confiar
-¿En dónde estoy?-
-En mi barco- dijo mientras me invitaba a caminar con él, yo accedí y se volteó hacia mí –disculpa mi falta de educación. Mi nombre es Viggo Grimborn- se presentó dándome una reverencia, yo correspondí asintiendo con mi cabeza, no daría mi nombre y el comprendió mi mensaje –debes estar hambrienta-
-Un poco- fingí... necesitaba tiempo para observar todo esto ¿Quién era este tipo? El me guió hasta los aposentos del jefe y le pidió a los dos que nos escoltaban nos dejaran solos... primer error.
-Si perdonas mi atrevimiento, debo decir que eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida- palabras que me hicieron tensar más que alagarme –tranquila, no soy de esa clase, aún creo en el respeto y el derecho de una mujer a decidir- dijo seguro de sí, momentos después me dio la espalda, segundo error, yo tomé un abrecartas que había en un escritorio y lo guarde en mi bota, solo en caso de ser necesario, claro -me has causado grandes pérdidas desde que llegamos aquí-
-¿Disculpa?- pregunté sinceramente sorprendida.
-Hablo de todos mis dragones que has robado... de todas las cacerías que has frustrado... de todo el tiempo que me has hecho perder- me reclamó volviéndose a mi.
-Yo no he hecho nada de eso- reclamé, él por su parte me miró fijamente
-Debo decir que te recordaba más alta, y con otro dragón-
-Hay otro jinete- murmure para mí, sabía que Hipo no podía ser, por lo que él dijo, era mujer, y ni Tilda ni Heather han salido de la isla, no al menos solas. Al parecer no éramos los únicos que montan dragones.
-Vaya, esta ha sido una equivocación muy desafortunada- se disculpó ofreciéndome un tarro de agua, comencé a ver a mi alrededor, tenían mapas con sitios tachados y dibujos que no entendía, entre ellos, un dibujo de un espectro de nieve junto a un abstracto diseño de círculos y una línea. Entonces vi un pequeño aviso... subasta de dragones... discretamente lo guardé para analizarlo después
-Lamento no ser la persona que busca... yo solo, quise salvar a esos chicos que estaban aterrados- dije fingiendo sumisión. Agh como odio tener que hacer eso.
-No soy adepto de tener a una dama en contra de su voluntad en un barco lleno de hombres... pediré que te preparen un bote- me ofreció dirigiéndose a la puerta
-No necesito un barco, con Tormenta es suficiente- le reproché, el soltó una pequeña risa helándome la sangre
-Tu eres libre... tu Tormenta se queda aquí, pagaran fortunas por tener la cabeza de un nadder albino en sus salas-
-No está dentro del trato...-
-¿Cuál trato muchacha?- me retó, yo sonreí de lado esta vez
-El trato de no matarte a cambio de dejarnos ir- me apresure a tomar el abrecartas y tratar de clavárselo, el instantaneamente él sostuvo mi mano evitando que este hiciera contacto con su cuerpo, ágilmente levanté mi rodilla dándole un feroz golpe en el estómago y clavando el artefacto en su brazo.
Cuando estaba en el suelo aproveche para salir corriendo, si iba a salir, tenía que salir ahora... corrí sigilosamente hasta que escuche pasos acercándose y me escondí contra la pared.
-Viggo encargó otras 300 jaulas, está loco si cree que nos va a alcanzar el material- decían entre ellos, cuando note que las voces se hicieron lejanas continúe mi camino hacia las celdas.
Dos guardas vigilaban esa área, y digo vigilaban porque enseguida cayeron inconscientes.
-Nos vamos nena- le dije a Tormenta quien ya estaba despierta, tomé las llaves del cuerpo inconsciente del uno de los vikingos y abrí la jaula cuando escuché pasos apresurados a mi dirección supe que era ahora o nunca -¿Qué te parece si improvisamos una puerta?-
Tormenta entonces hizo volar un trozo de la embarcación al más puro estilo de los Bruts, nota mental, ya no dejarla juntarse con ellos, la embarcación comenzó rápidamente a llenarse de agua, abrí el resto de las celdas y salieron volando los dragones. Montada en Tormenta a punto de salir vi a Viggo llegar deteniéndose frente a mí.
-Creo que te subestime- dijo riendo, mientras, pude notar por el rabillo del ojo a un arquero apuntando hacia tormenta de nuevo
-Grave error- me mofé y ágilmente tomé una de las flechas que había recogido y la clavaba directamente en el brazo del arquero.
Tormenta y yo salimos viendo como el agua se apoderaba del barco.
Tormenta me refunfuño en el aire -¿Qué, acaso solo tú puedes tener buena puntería?- la cuestioné riéndome –vamos a casa nena- le ordené y tomó dirección al único sitio que conocíamos las dos como casa... la orilla del Dragón.
