CAPITULO XXVIII
Las horas se habían vuelto largamente agónicas durante esa fría mañana de diciembre, después de haber recibido una desagradable noticia:
- Mi mayor consejo es que la internen en un hospital de enfermos mentales.
Nadie había respondido al instante, ya que trataban todavía de digerir las palabras de aquel hombre que les observaba con expresión seria y convincente, rodeado del silencio del doctor Pavlov y del doctor Jaffrey, además de dos médicos residentes que habían seguido muy de cerca el caso de Nicole Grandchester. Todos lucían consternados.
El ambiente de la sala de juntas parecía haberse convertido en una enorme burbuja de aire comprimido que parecía haberse cerrado a su alrededor, tratando de asfixiarla. Su oprimido pecho se movía a intervalos irregulares a causa de su intranquila respiración. Las piernas le temblaban como gelatina mientras su mirada no cesaba de pasar distraídamente de los papeles esparcidos a lo largo de la oscura mesa de madera hacia los confundidos rostros de los médicos que no perdían nota de su reacción y de la pequeña herida en su frente.
Durante varios minutos, sintió que las manos ya gélidas se le entumecían y por más que trató de darles calor bajo el abrigo de paño negro que sostenía sobre sus muslos, no pudo calentarlas. No quería llorar en ese minuto. Debía tranquilizarse para que al menos, uno de los dos mostrara un poco el dominio sobre aquella difícil situación.
Su esposo no lo estaba pasando mejor.
Se había levantado de golpe, dando un fuerte puntapié a la base de la mesa mientras se mesaba los cabellos con profunda desesperación. Enfundado en un traje gris claro, su deslucida y triste figura recorría, lívida, la sala de un lado a otro, mientras mascullaba para sí mismo. La desesperación pugnaba por hacer trizas sus nervios y llegó un punto en que la ojiverde y su padre adoptivo temieron que se abalanzara con furia sobre el primer médico que se encontrase cerca de él.
- No podemos aceptar su decisión final.
Albert rompió el estresante e incómodo silencio que se había originado después de haber estado escuchando la larga y monótona explicación médica del director general en la que había terminado recomendando el inevitable confinamiento de una pequeña de diez años en un asilo para dementes.
- Existen tratamientos alternativos y más rígidos que podrían ocasionar algún cambio radical en la personalidad de Nicole...
- ¡Diles que callen, Albert! – imploró en un gemido la deprimida madre, interrumpiendo al hombre.
- Queremos consultar otro médico. Si es posible, en Estados Unidos. Yo me encargaré de su seguro traslado a América. No permitiríamos que se le encerrara sin haber consultado una segunda opinión. Quizá en mi país exista una alternativa menos agresiva.
- De una vez le aseguro que eso no funcionará, señor Andrey – el director agudizó su mirada sobre el poderoso magnate, evitando toparse con la de un furibundo Terry quien a esas alturas, explotó de manera inevitable en un sinnúmero de insultos.
- ¡Tanto tiempo! ¡Tanto dinero! ¡Tantos malditos estudios! ¿Acaso piensa cubrir su ineptitud encerrando a mi hija en un manicomio? ¡Es usted un gran hijo de puta! – vociferó el actor perdiendo el control y sobresaltando a todos en el lugar.
- ¡Por favor, señor Grandchester! Tiene que comprender que hemos hecho lo humanamente posible para poder determinar la enfermedad de su hija pero no hay una sola evidencia que demuestre que vaya mejorando. Por el contrario, ¡continúa empeorando y debemos contenerla antes de que sea demasiado tarde! – el director dio varios pasos atrás, en un intento por poner una prudente distancia del enojado histrión.
- ¡No pondrán ni una mano encima de mi pequeña! ¡Pediré que la saquen en este momento de este maldito hospital! ¡Son unos estúpidos, incompetentes! – le espetó, furioso.
- ¡Terry! – Candy trató de acercarse a él, pero éste la empujó con brusquedad para irse encima del director. Fue contenido por otros dos médicos, entre ellos, el doctor Jaffrey.
Minutos más tardes, todos yacían descorazonados sobre las sillas después de haber tranquilizado un poco al actor cuyo semblante desencajado y deprimido había contribuido en gran parte a la tensión que envolvía el lugar.
El psiquiatra habló en ese momento de aparente calma.
- Señor Grandchester, ¿tiene drogas en su casa? – la pregunta acaparó todas las miradas.
- ¿Insinúa que soy un drogadicto? ¡Por supuesto que no! ¿Qué le hace pensar eso? ¡Ni siquiera fumo! – respondió a la vez ofendido y sorprendido.
- ¿Sabe si su hija ha estado en contacto con ellas en algún momento de su vida?
- ¡No! – esta vez fue Candy quien contestó.
- ¿Drogas alucinógenas? ¿Ha encontrado sustancias sospechosas entre las pertenencias de su hija? ¿Medicamentos controlados que hayan sido tomados sin prescripción? – ambos padres negaron con la cabeza ante los sorpresivos cuestionamientos.
- ¿Problemas con el alcohol?
Candy miró a Terry quien pareció retraerse ante aquella última pregunta, sumiéndose en un profundo e incómodo silencio, mismo que fue respetado por el resto de los asistentes a la reunión. Después, se puso de pie y se alejó de la mesa para acercarse al ventanal del lugar, con la mirada perdida en dolorosos recuerdos del pasado.
Su esposa permaneció callada, sabiendo que correspondía a él aclarar esa situación.
- Hace varios años tuve un fuerte problema de alcoholismo que me tuvo fuera de los escenarios por varios meses, a causa de varias situaciones difíciles en mi vida. En ese entonces, ni siquiera tenía contemplado casarme y mucho menos tener hijos. Por fortuna, pude superarlo y salir adelante.
- ¿Llegó a sufrir de alucinaciones?
El histrión se quedó en silencio por breves segundos y después, respondió de forma negativa. Se volteó hacia el doctor Pavlov, quien seguía observando un documento, con el rostro confundido. Terry podía haber dado un millón de dólares solamente por adivinar lo qué sucedía en la cabeza de aquel hombre, quien no cesaba de repasar las hojas de la mesa.
- ¿Podría decirme si su hija pudo haber tenido la oportunidad de platicar con algún familiar suyo que pudiera haberle provisto de detalles que acontecieron en su vida pasada?
- No.
- Haga memoria. ¿Algún amigo, conocido o colaborador suyo que tuviese una relación estrecha con Nicole?
- Tampoco. Siempre he mantenido a mi familia al margen de mis actividades artísticas. ¿Por qué preguntó lo del alcoholismo?
- Quería cerciorarme de que no llegó a ser una enfermedad crónica para usted. No hay nada de qué temer. Creo que mis sospechas van cobrando forma.
- ¿A qué se refiere? – Albert le interrumpió. Todos miraban al psiquiatra, con el ansia en los rostros.
- ¿Creen en los temas sobrenaturales, como fantasmas, apariciones o... demonios? – la pregunta no les tomó por sorpresa y el doctor Pavlov encontró la situación bastante significativa.
- A estas alturas de nuestras vidas, no sabría qué responderle. No después de todo lo que hemos visto – respondió Terry, intranquilo.
- ¿Hacia dónde quiere llegar, doctor Pavlov? – el director le miró con expresión grave. No iba a aprobar semejante teoría absurda -. Le recuerdo que una vida depende de nosotros y no podemos siquiera atrevernos a perder el tiempo con temas tan pirados y faltos de seriedad.
- ¿Se consideran religiosos? – el médico le ignoró, dirigiéndose directamente a los familiares.
- Tratamos de ir a misa y de salvaguardar los sacramentos católicos. Desde que estábamos en Chicago solíamos ir a rezar a la iglesia y algunas tardes pasábamos el tiempo leyendo pasajes de la Biblia – la afligida madre de Nicole sintió que su corazón palpitaba con más fuerza al presentir el curso de la conversación.
- Si me lo permiten, creo que es momento de recurrir a un tratamiento alternativo, señores – el psiquiatra habló con determinación y firmeza, desairando la furiosa mirada de su jefe quien intentó llamarle la atención en ese instante.
- ¡Doctor Pavlov, pare por favor! ¡Es una orden!
Al ver que éste no le prestaba atención, optó por salir intempestivamente, dando un fuerte portazo a sus espaldas, ante las azoradas miradas de los demás. El médico siguió con su conversación tranquilamente, como si nada hubiese pasado.
- Tal vez sea tiempo de que consulten a algún líder espiritual. En muchas culturas se cree que al realizar ciertos ritos especiales, se pueden alejar a espíritus perversos o malignos que intentan dañar la integridad física e inclusive la vida de los seres humanos que viven atormentados a causa de su presencia. Por lo general y al marco de estas creencias, se presume que dicha entidad espiritual busca hacerse del alma del atormentado sometiéndole a un sinnúmero de agresiones y situaciones extremas, las cuales van aumentando tanto en frecuencia como en intensidad y si no se actúa de inmediato, las consecuencias podrían ser desastrosas e inclusive, trágicas – puntualizó con voz extremadamente grave. Antes de proseguir, tomó un poco de aire y por un segundo, posó su mirada sobre la rubia cuyo rostro no podía más del dolor que le ocasionaba el oír todo aquello -. Si bien es cierto que, desde el más estricto punto de vista médico, estas situaciones podrían considerarse como casos de histeria colectiva o inclusive, auto provocadas por los mismos afligidos, hay ciertos casos clínicos en los que la medicina tradicional ya no basta por sí misma. Tal vez, una terapia extrema de sugestión podría ayudar a su hija, si es que Nicky cree que efectivamente, el espíritu de una mujer a la que solamente ella puede ver, es la que le inflige todos estos castigos, con el fin de matarla. Confiaríamos en que el poder de la mente sugestionada, aunada a los procedimientos propios de un ritual de tipo religioso pudieran detener los agresivos ataques.
- ¿Cuáles serían las consecuencias? – la temblorosa voz de Terry ensombreció la mirada del médico, quien titubeó un poco antes de responder.
- La mente es tan poderosa, señor Grandchester, que podría inclusive terminar con la vida de uno mismo. Por tal motivo, sería recomendable que un médico estuviese presente durante las sesiones rituales.
- Entonces, ¿nos recomienda llevar a Nicole con un sacerdote?
- Veo que ya han hecho algunas consultas al respecto – infirió el doctor al mismo tiempo en que dirigía una significativa mirada a su colega, el doctor Jaffrey, quien se había mantenido al margen durante todo ese tiempo. – Si tiene confianza en esa persona, intente hablar con ella y explicarle la situación.
- ¿Sería usted capaz de asistir a mi hija durante este... proceso?
El psiquiatra se quedó en silencio, meditando la respuesta que daría al afligido progenitor de Nicole. Ya había anticipado dicha reacción y a pesar de su condición como autoridad médica, se decidió por apoyar al actor aunque de forma indirecta.
- No podría hacerlo personalmente, dados los múltiples compromisos que exigen mi inmediata presencia en los hospitales donde trabajo, sin embargo, podría enviarles a mi suplente, el doctor Larry Seckel quien ha laborado estrechamente conmigo en estos últimos diez años, asistiendo en algunos casos clínicos graves, y éste es uno de ellos que me interesa investigar. Espero comprendan mi postura en ese momento y les puedo garantizar que en caso de ser necesario, permaneceré personalmente al tanto de los hechos si la situación se complica.
Los Grandchester y Albert se observaron de manera fugaz, al notar la reacción del médico. No era para menos. Con toda certeza recibiría una llamada de atención que podría inclusive, acarrearle problemas en el ámbito profesional.
El magnate americano le extendió una tarjeta de presentación con sus datos:
- Si considera que su carrera médica peligra, no dude en llamarme. Con gusto podré ayudarle en lo que sea necesario. Conozco a varios directores de algunos hospitales exclusivos tanto en Europa como en Estados Unidos. Le agradezco lo que ha hecho por mi sobrina hasta ahora.
- ¿Cuándo podría llevármela? – preguntó con tono apurado el padre.
- Agilizaré las gestiones correspondientes para que le den el alta hoy mismo. Lo único que me gustaría aclarar es la parte correspondiente a la responsiva médica. Al momento en que usted y su familia salgan del hospital, éste no asume la responsabilidad que conlleve cualquier acto o suceso que se derive de la condición de su hija fuera de aquí. Un representante del área jurídica le explicará más al respecto y les hará firmar los documentos correspondientes.
Esa misma noche, después de finiquitar los pendientes con el hospital y rodeados de una espesa niebla que daba un cierto aire irreal al triste momento que les envolvía, los miembros de la atribulada familia salían rumbo a su hogar, con Nicole en brazos, sedada y envuelta en una gruesa cobija.
La seria mirada no perdió nota de lo que acontecía en la entrada del elegante edificio donde residían en ese momento los Grandchester.
Vio descender del auto al actor con un bulto entre sus brazos, seguido por su mujer de semblante pálido y enfermo, mientras un hombre de cabello rubio corto y porte elegante les hacía señas de que se introdujeran, para posteriormente arrancar de ahí e ir a aparcar el auto.
"Seguramente se trata de Albert Andrey. Sus influencias resultaron ser bastante profundas. Gracias a él no podré acercarme de nuevo a esa familia aunque tenga la presión de seguir con el curso de estas investigaciones. El estúpido de mi superior no se detuvo a pensar ni un instante en eso", se lamentó con rabia Jack Walter, cuya lánguida figura permanecía recostada sobre el respaldo de su vehículo, parcialmente cubierta por las sombras. Aparentaba estar dormitando un poco y no era para menos, después de las largas horas que había pasado frente al lugar, tratando de vigilar los movimientos de la familia.
Habían sucedido tantas cosas a su alrededor después del terrible hallazgo que había involucrado la muerte de Theresa Straub y el descubrimiento de una chiquilla muerta en la propia casa del célebre histrión.
Gracias a las altas influencias de las que gozaba la pareja, los medios nunca se enteraron de semejante noticia.
Jack se encontraba al borde de la neurosis al saberse limitado en el desarrollo de sus investigaciones, por la propia petición del magnate americano, gestionad a través de uno de los mejores despachos jurídicos de Londres.
Su jefe le había amenazado sutilmente de relevarle del cargo si seguía dando problemas a la familia, por lo que debió apegarse a las rígidas órdenes so pena de varias noches de encuartela miento.
No deseaba pasar por una experiencia así por lo que se limitó a continuar con su trabajo, valiéndose de las escasas aportaciones que el reverendo Folsom podría otorgarle.
Aunque en el fondo, tenía la esperanza de que un nuevo personaje involucrado en todo el tétrico embrollo pudiera darle más indicios de lo que sucedía con la adinerada familia.
Dicha persona era Jaya Saltzman, cuya condición precaria le había tenido en el mismo hospital en el que se encontraba Nicole Grandchester.
Dadas las veladas advertencias que le hicieran algunos miembros del personal médico, decidió indagar sobre el estado de salud de la mujer, por medio de una señora que asistía al nosocomio a visitar a su hijo que, casualmente, se encontraba convaleciente en la habitación contigua a la de ella.
Agradeció infinitamente al cielo por aquella pequeña ayuda.
La mujer no había rechazado el apoyo económico que éste le había brindado y no había día en que no le pusiera al tanto de la salud de Jaya.
Su felicidad alcanzó límites insospechados cuando supo que ya había sido dada de alta recientemente por lo que preparó con sumo cuidado el siguiente paso a dar.
- ¡Muévete idiota! – el grito del enfurecido conductor le sacó de sus cavilaciones.
No se había dado cuenta de que se encontraba aparcado cerca de la entrada de un estacionamiento residencial, dificultando con su auto, la entrada al mismo.
Sin caer en provocaciones, esbozó una cínica sonrisa hacia el hombre que le había insultado y arrancó para permitir el paso, siempre cuidando quedar lejos del edificio que vigilaba.
Decidió permanecer en un pequeño parque ubicado a un costado del lugar que le interesaba y volvió a apagar la máquina, esperando ver algo fuera de lo habitual.
"¿Qué le sucede a esa niña?", el bolígrafo que sostenía en la mano comenzó a entrelazarse entre sus dedos, en un involuntario movimiento de ansiedad.
Su intuición de detective le indicaba claramente que todos los eventos recientes se habían suscitado en torno a la figura de esa pequeña a quien no conocía más que por fotos y referencias.
La imagen que sostenía entre sus manos era reciente.
Nicole le observaba con expresión, vestida en su habitual uniforme escolar. La pechera blanca tenía un cintillo rojo entrelazado en los bordes con el logotipo del recinto escolar colocado estratégicamente en una esquina.
Había obtenido algunos datos de su desempeño en el prestigioso colegio, gracias a una de sus secretarias cuyo hijo asistía al mismo.
Supo que era una alumna de comportamiento precoz y retraído, así como de sus variados problemas con algunos profesores, incluyendo la severa directora.
"Problemas de salud que impiden su desarrollo escolar. Internada en un hospital desde entonces. Comentarios sobre su personalidad perturbadora. Foco de burlas infantiles. Solitaria y poco amigable y sin embargo, se ve tan encantadora y sana. Su padecimiento debe ser verdaderamente especial", Jack no cesaba de repasar en su mente, todas y cada una de las características que le habían sido descritas por el vástago de su empleada.
La niebla había aumentando en densidad, dificultándole un poco la vista, pero no quiso aventurarse a realizar un movimiento involuntario que atrajese la atención.
El lento caminar del mismo hombre rubio que había conducido a los Grandchester le distrajo.
Se encontraba justo del lado de la acera en la que se hallaba estacionado por lo que alcanzó a esconderse antes de que éste se percatase de su repentino movimiento.
Contó algunos segundos antes de incorporarse y cuando lo creyó pertinente, alzó la cabeza para percatarse de que la persona había desaparecido, pero no fue así.
Distinguió a Albert Andrey de pie en la esquina, observando fijamente en su dirección.
Gracias a la ausencia de farolas en el punto en el que se encontraba, pudo pasar desapercibido ante él. "Menos mal que he traído el auto particular", pensó para sí.
El poderoso empresario retomó su camino, desapareciendo de su vista y Jack respiró aliviado. Unas ligeras gotas de sudor perlaban su frente, mismas que limpió con su pañuelo.
Permaneció en esa posición por un lapso de aproximadamente cuarenta minutos y después arrancó.
Al pasar por la entrada del edificio, no vio a nadie y se sintió mucho mejor.
Volvió a colocarse en el mismo lugar en el que estaba antes y levantó la mirada hacia los apartamentos, tratando de descubrir cuál pertenecía al actor.
"Desde que dejaron aquella mansión no han vuelto a ocurrir eventos inexplicables, tal como llegaron a describir algunos de sus ex vecinos. Todo esto me da un muy mal presentimiento", la imagen de la sombría construcción contigua le estremeció sin que pudiera comprender su malestar.
- ¿Quién pudo haberte asesinado, Theresa? – musitó para sus adentros al recordar su terrible rostro.
Algo llamó poderosamente su atención:
Una de las habitaciones del tercer piso se iluminó repentinamente, permitiéndole apreciar un poco el interior de la misma. Las cortinas blancas de gasa se agitaron levemente conforme iba cruzando una indefinida silueta de estatura pequeña. Tal vez un niño.
El detective Walter tomó el par de binoculares que siempre llevaba consigo y los enfocó hacia la habitación, sintiendo cierto escalofrío al notar una peculiar situación: la figura parecía flotar en el aire. Lo comprobó al poder distinguir con claridad los pequeños pies de la misma.
Soltó el aparato y se llevó las palmas de las manos a los parpados restregándolos con fuerza, su lógica y razonamiento negando aquella visión.
Cuando volvió la vista hacia el cuarto, no había nada.
Ahora todo se hallaba en penumbras.
- Creo que me retiro. Necesito descansar – arrancó el vehículo y emprendió la huida.
- La Iglesia no podrá apoyarte en este caso, Patrick. Todavía está reciente la molestia a causa de la situación ocurrida en ese hospital de enfermos mentales. Creí que habías aprendido de tu error.
El tono severo con el que Edgard Weary, Obispo de Londres, le habló aquella fría mañana gris, pareció no afectarle en lo absoluto. Su mente viajaba a mil por hora, anticipando los preparativos pendientes para efectuar el antiguo ritual.
- La vida de la niña está en serio peligro. Los ataques siguen aumentando y quieren confinarla a un asilo de dementes. ¡No podemos permitir eso! ¡Es un alma inocente!
La fría mirada gris del anciano hombre evidenció su inamovible decisión. No estaría dispuesto a ceder frente a un hombre cuya credibilidad estaba debilitada a ojos de las autoridades eclesiásticas. No arriesgaría el pellejo por protegerle tampoco, después de que le había desobedecido la primera vez, cuando había llegado con una petición similar y que había costado la vida de una paciente sumamente desequilibrada.
- Creo que no has entendido aún, Patrick. No tienes siquiera poder de decisión en este tipo de casos. Si la chiquilla ya tiene tratamiento médico y ellos consideran que el camino adecuado es su confinamiento, no podemos hacer más. Nuestra institución se ha modernizado en pleno siglo XX. Las prácticas medievales como aquella que usted menciona en este instante, están descontinuadas, por lo que sería un craso error el que volvieses a inmiscuirte en una de ellas. No olvides que tu situación todavía es delicada.
El reverendo Folsom leyó entre líneas y detectó la velada amenaza que podría costarle hasta la expulsión de la organización religiosa. El compungido y lloroso rostro de Candice Grandchester le dio fuerzas para seguir insistiendo.
- Un exorcismo menor. No pido más. En esa maldita casa que ha sido el origen de todo ese mal. Recuerde que ahí se entregaban a prácticas diabólicas y eso ha afectado a terceras personas ajenas a ese mundo. ¡Por favor! – se acercó al escritorio del hombre y se inclinó, con el rostro suplicante.
- ¿Y cómo me garantizas que tu trabajo no te desviaría hacia un exorcismo normal que implicase otra muerte más? Tampoco soy estúpido – le replicó, enojado.
- Usted podría designar al exorcista. Así se cercioraría de que yo no tengo nada que ver en eso. Sólo participaría como asistente.
El Obispo permaneció en silencio durante unos minutos que molestaron a Folsom. Estaba meditando sobre la probable respuesta que le daría sin que éste último se ofendiese. No quería más problemas con el Arzobispado.
- Por las características que me has dado, no hay signos visibles de posesión hasta este momento. ¿Qué te hace creer que un exorcismo podría ayudar a esa niña?
- Los ataques se han ido intensificando y los cambios bruscos de personalidad siguen presentes sin que ella se dé cuenta de eso. Lo preocupante es que actúe como si alguien más manejase su voluntad impidiéndole siquiera recordar los sucesos que se dan a su alrededor. El personal médico que le atendía en el hospital ha salido inclusive, lastimado. La propia Nicole ha sufrido ataques muy agresivos. ¡Su vida corre peligro! – el religioso volvió a enumerar los eventos sobrenaturales, esperando convencer a su superior.
- Te dejaré saber mi respuesta esta semana.
El hombre chistó sin poder evitar dar a conocer su desaprobación ante la respuesta del Obispo Weary. La ansiedad comenzaba a apoderarse de él y necesitaba calmarse, por lo que se despidió rápidamente de su interlocutor y salió de las oficinas.
En la calle, envuelto por la blanca niebla, caminó hasta llegar a la esquina del edificio y dobló hacia la derecha.
Se sentía desesperanzado y afligido, al no haber podido interceder ante la Iglesia para tener una respuesta favorable a su petición. Sentía que le estaba fallando a la apesadumbrada familia.
"¿Dónde está nuestra Santa Madre Iglesia cuando nuestros feligreses nos necesitan más que nunca? Estoy seguro que no aceptarán el ritual y el tiempo sigue corriendo para todos, ¡maldita sea!", crispó los puños en una clara señal de frustración. Se calmó al instante al sentir una seria mirada sobre él. Era una mujer de edad avanzada que le veía con el semblante confundido.
Se disculpó y apresuró el camino.
Su mente seguía analizando decenas de soluciones en fracciones de segundo.
"Jaya ya ha salido del hospital y ha recuperado las fuerzas para poder asistirme. Tal vez, si procediéramos a hacer una limpieza espiritual en esa vieja casa abandonada podríamos ganar un poco de tiempo, debilitando a esa mujer...", resolvió para sus adentros, deteniendo el paso abruptamente.
Se volteó rápidamente con el objetivo de parar un taxi.
Durante el trayecto, fue meditando sobre el peligroso paso que estaba a punto de dar.
La espesa niebla se iba colando entre las calles que transitaban al mismo tiempo en que el religioso sentía que un negro abismo se abría ante sus pies. Era como si una inmensa desesperanza se estuviese apoderando lentamente de su ser, invadiéndolo de tristeza y pesar por algo que se esfumaba de entre sus manos.
Alejó el funesto pensamiento de su mente y elevó una plegaria al Todopoderoso para que les protegiera en la difícil labor que llevaría a cabo.
El vehículo se detuvo frente a una casa de un azul desvencijado y después de pagar, permaneció parado frente a la reja, esperando a que le abrieran.
Fue la propia Jaya quien le recibió.
Después de platicar en la cálida sala, al calor de una humeante taza de café y el crepitar de los leños en la chimenea, ambos se observaban en silencio, sin saber qué más decir.
El marido de ésta les observaba con desaprobación y cierta molestia. No era en vano. Había pasado muchos días advirtiendo a su mujer de lo peligroso que era para su salud el inmiscuirse en el escabroso asunto y ahora debían iniciar cuanto antes con el peligroso procedimiento.
- ¡No estoy de acuerdo, Jaya!
La llorosa mujer vio al padre quien asintió levemente.
- No es obligatorio, hija. Tiene razón tu marido y antes que todo está tu salud. No me perdonaría el hecho de que te pasara algo y no podría seguir viviendo en paz. Puedo arreglármelas solo. No te preocupes.
- Pero... padre... yo
- Por favor, Jaya. Atiende a lo que tu sensato esposo dice. No debes poner en riesgo tu vida por alguien a quien ni siquiera conoces.
- Esa mujer se saldrá con la suya, no podemos permitirlo. ¡Quiero ayudar a Nicole! – el grito desesperado de la mujer sobresaltó a los dos hombres.
Las manos del padre se juntaron entre sí con tembloroso movimiento mientras clavaba la vista en el suelo. La pareja pudo observar el semblante de preocupación en su rostro, sin embargo, no pronunciaron palabra alguna.
Para aliviar un poco la tensión, Jaya se dirigió hacia el pequeño bar que se hallaba en su sala y sirvió dos vasos de whisky, para calmar un poco los ánimos de sus acompañantes. Su marido la fulminó con la mirada cuando se hubo acercado a él. Ella decidió voltear para otro lado.
- Gracias, hija.
El padre llevó a sus resecos labios el fuerte líquido y lo bebió de golpe, sintiendo como quemaba su garganta conforme iba pasando. Después de unos minutos, el ambiente se había distendido, haciendo más llevadero el penoso momento.
- ¿Cuándo empezamos?
- Podría ser mañana mismo.
- Pero la Iglesia debe enviar su aprobación... – interrumpió el marido.
- Tendremos que prescindir de eso por ahora. Es necesario ganar tiempo antes de que el mal siga expandiéndose. Iré a la sacristía por el material que considere necesario e iniciaré los preparativos para ayudar a Jaya a limpiar esa casa.
- Creo que tengo algunos de los elementos que necesitaré para tal acto. Mañana temprano podría ir a una tienda a proveerme del resto. Sería buena idea empezar por la noche, justo cuando el mundo espiritual se hace más tangible.
- Tenemos que ser muy fuertes, Jaya. El mal se presenta bajo las formas más inverosímiles y no dudes en que quiera tentarnos para obligarnos a hacer lo que él desee. No le demos pauta a eso. Debemos mantenernos unidos.
- Veo que no habrá poder alguno que te haga desistir de lo que piensas hacer. En ese caso, creo que mi presencia aquí no es necesaria – su esposo cerró la puerta de golpe.
La mujer quiso impedirle que se fuera pero no alcanzó a detenerle. El reverendo Folsom le pidió se tranquilizara para poder hablar con él en otro momento. Todo se estaba dando de forma repentina y algunos necesitaban asimilarlo.
Esa misma tarde, en otro punto de la ciudad, sucedía un encuentro muy peculiar.
Anne y Nicholas habían decidido salir a jugar al parque más cercano, dejando a sus padres al cuidado de Nicole, quien había pasado gran parte del día con el ánimo irritable y decaído.
- ¡Déjenme en paz, estúpidos! – gritó a Albert y Terry cuando habían intentado llevarle el desayuno.
- ¡Nicky! ¡Compórtate! ¡Debes de comer! ¡Estás perdiendo peso y te vas a enfermar más de lo que ya estás! – le dijo su padre, en tono enfadado. Habían decidido dejar a Candy al margen por un momento, con el fin de evitar un fuerte enfrentamiento entre ambas.
- Princesita... por favor, trata de tomar un poco de tu desayuno. Si te restableces pronto podríamos salir a muchísimos lugares que te encantarían – el rubio se sentó a su lado sonriéndole de la forma más cariñosamente posible, en un intento por aligerar el cargado ambiente que les rodeaba.
La gemela había respondido con sonidos semejantes a gruñidos mientras su mirada se posaba sobre un punto perdido en su cama.
Desde el quicio de la puerta, él y su prima observaban a la niña sumirse en tan lamentable estado.
Nicholas había ido corriendo a buscar a su madre para abrazarla y decirle lo mucho que le amaba, a pesar de la situación de su hermana, pero la vio llorando desconsoladamente sobre su almohada y aquello le desanimó.
- Vamos a caminar un poco, Nick.
El oasis de paz que representaba en todo aquel estresante período su adorada Anne le hizo recobrar al instante su habitual sonrisa. El mundo de los adultos a veces solía ser tan duro e incomprensible para él, que prefería abstraerse en sus pensamientos, en la compañía de su prima, con quien podía platicar y jugar para evadirse un poco del triste momento que reinaba en su hogar.
Llevaban una pelota entre las manos para poder ejercitarse aunque fuese un poco, a pesar del gélido y mordaz viento frío que les envolvía. El niño pensó por un leve instante, que aquel clima no se compararía en nada al que predominaba al interior de su casa, con todos los problemas que acarreaba su hermana.
- ¡Toma, An!
En un gesto sorpresivo, Nicholas dio un puntapié a la pelota para que su prima reaccionara a tiempo y así iniciar el juego.
Se habían internado entre los árboles del gran parque que se encontraba a varias calles del condominio en el que vivían. Un coro de voces y gritos infantiles les acompañó en todo momento. Había varias familias paseando en ese mismo instante junto a sus retoños. Todo un ambiente familiar les recibió.
- ¡No tan fuerte!
La chica corrió rápidamente en dirección hacia el objeto, con las mejillas ya coloradas a causa del esfuerzo. Las risas de su primo le arrancaron una propia y por primera vez, en mucho tiempo, sintió que un poco de paz se instalaba en su alma.
- ¡Eres muy lenta, An! ¡Una tortuga iría más rápidamente! – gritó el niño, aguantando una sincera carcajada.
- ¡Ya verás que te equivocas!
Tomó la pelota y regresó corriendo hacia donde se hallaba Nick. Al acercarse a él, se dejó caer sobre sus rodillas, tratando de recuperar el aliento. Sus miradas se encontraron y una risita cómplice surgió de sus labios:
- ¡Pequeño bribón! ¡Ahora me toca a mí!
Anisha se abalanzó sobre el chico, haciéndole infinidad de cosquillas mientras sus labios esbozaban un mohín malvado. Ambos rodaron por el suelo, sintiendo al instante su frío contacto.
Estuvieron retozando por varios minutos hasta que al final permanecieron quietos, escuchando sus agitadas respiraciones al unísono.
- Creo que no me había divertido así en mucho tiempo, An.
La muchacha se sentó para verle de frente y le sonrió con amoroso fervor.
- No debes permitir que los problemas ajenos te afecten. Verás que todo se soluciona muy pronto. Apoyemos a tus padres comprendiendo su situación y ayudando en lo que sea posible. Tal vez no podremos acercarnos a tu hermana, pero podríamos apoyar con labores sencillas del hogar. Nunca dejes de sonreír, Nick. Nuestra alegría aún está viva y debemos compartirla con mis tíos. Ellos también nos necesitan, sobre todo, tu mamá.
- Todo el tiempo está encerrada, llorando. Me duele mucho verla así. Ya no se me ocurre qué otra cosa podría hacer con tal de verla sonreír aunque fuese por un breve instante. Quisiera que volteara a verme y abrazarme, pero eso no puede ser. Ni siquiera hemos hablado de la celebración de Navidad que ya viene pronto.
- Tienes razón, mi vida. No hemos podido siquiera pensar en poner un árbol con todo esto que ha sucedido. ¡Ya sé, se me ocurre algo! – la mirada brillante de la joven hizo olvidar la pena al gemelo, por unos minutos -. ¿Y si vamos a ver una tienda con artículos navideños? Podríamos ayudar a todos con esa tarea. Ya que no tendrán tiempo para arreglar la casa, nosotros podríamos hacerlo. ¡Venga vamos!
Ambos se incorporaron y con la sonrisa en los labios se dirigieron hacia la salida del parque, con el propósito de tomar un taxi e ir al centro de la ciudad. Anisha contaba con un poco de dinero mismo que ahorraba de los giros bancarios que sus padres le enviaban, así como de la mesada que le daban los Grandchester.
Llegaron frente a una fastuosa tienda de artículos de decoración y se introdujeron en ella.
Nicholas observaba con singular alegría los diversos motivos navideños que cubrían los extensos rincones del lugar y un fastuoso pino natural ricamente adornado llamó poderosamente su atención. Se hallaba en un jardín privado que pertenecía al local.
Los dos se acercaron al vidrio que les separaba del árbol y le observaron juntos, en silencio.
- ¡Me gustaría ver un árbol así en casa! ¡Se vería fantástico y podrían caber todos los juguetes que pienso pedirle a Papa Noel!
- ¿Crees que te los deje todos? Veamos... dudo que te hayas portado tan bien como para merecerlos.
- ¡An! ¡Claro que sí! Además, no son tantos como parece, aunque el más importante dudo que me lo traiga – dijo en tono melancólico.
- ¿De qué hablas?
- Mi mayor deseo es que mi familia vuelva a ser la de antes. Eso vale más que todos los juguetes que haya pedido desde siempre.
Su prima permaneció callada sin atinar a responderle. Una voz lejana les interrumpió:
- ¿Desean ver algo en particular, señorita? – era una vendedora de la tienda.
- En realidad sí, me gustaría ver algunos artículos – se volteó al niño y le habló – espera aquí un momento, Nick. No tardo – éste asintió tristemente.
Cuando se quedó solo, volvió su vista hacia el pino y se perdió en sus pensamientos. A su alrededor, la gente se iba arremolinando para admirar de cerca el decorado navideño. Nicholas se perdió entre los murmullos y conversaciones que le rodeaban.
- Es un lindo árbol, ¿no crees?
La cantarina voz de una mujer le sacó de su ensimismamiento. El gemelo volteó a verla y un ligero escalofrío recorrió su espalda. Por una fracción de segundo, creyó reconocer a la cruel mujer que había visto maltratar a Carrie entre sueños pero el cargado maquillaje y el oscuro cabello le hicieron desistir de la fugaz idea.
- Muy bonito – respondió a secas.
- ¿Vienes solo?
- No. Vengo con mi prima.
- Vaya. Un jovencito tan apuesto como tú no debería andar solo por estos lugares.
Además de la inquietante presencia de aquella desconocida, el perspicaz comentario le incomodó en demasía.
- No entiendo lo qué quiere decirme, señora. Si me disculpa... – fue interrumpido.
- No te vayas. Me gustaría pedirte tu opinión. ¿Podrías acompañarme? Quisiera mostrarte algo – la mujer levantó su mano, enfundada en un elegante guante, hacia una silla con un enorme paquete. Nicholas dudó por un instante, pero al ver que no saldrían de la tienda, se quedó más tranquilo.
- Tomando en cuanto que no será por mucho tiempo, está bien.
Se dirigieron hacia aquella parte, el niño midiendo su distancia de la desconocida.
- Tengo un hijo que tiene más o menos tu edad y no sabía que regalarle. ¿Crees que este juguete llamaría su atención? – el hijo de los Grandchester vio una caja en la que resaltaba la fotografía de un auto de colección para armar. Abrió los ojos, sorprendido. El artículo formaba parte de su lista de peticiones a Papá Noel.
- No lo dudo. Es un hermoso auto. Ya lo quisiera yo para mí – le respondió con sinceridad.
- ¡Grandioso! ¡Por fin he encontrado lo que tanto busca! Mi pequeño estará muy feliz de tener un juguete así. Te agradezco muchísimo la ayuda.
- No tiene nada que agradecer, señora. Verá que a su hijo le encantará su regalo.
La mujer asintió y con voz melosa le hizo una pregunta.
- ¿Serías tan amable de acompañarme al auto para llevarlo? Tengo otras bolsas que llevar y no quisiera que me lo robaran. Anda, di que sí. No está muy lejos de aquí.
Nicholas tuvo un ligero cosquilleo en el estómago similar al que había llegado a sentir cuando algo peligroso le acechaba, pero fue tanta la insistencia de la mujer que no le quedó de otra más que aceptar. Lanzó una fugaz mirada en busca de Anisha, quien seguía hablando con la misma vendedora. En su mano había varias bolsas. Probablemente la chica ya estaba comprando algunos de los adornos. "No tardaré mucho y si intenta hacerme algo, gritaré lo más que pueda. Al fin que hay mucha gente cerca", pensó con cierto alivio aunque del todo reticente.
Salieron a la fría calle y el hijo de Terry guardó una prudente distancia de la femenina figura cuyo vestido negro envuelto en el elegante abrigo, de alguna forma, le recordó a su mamá. El ruido de los tacones se ahogó entre las constantes pisadas de la gente que iba y venía de todos lados.
Llegaron hasta la esquina y doblaron a la derecha. Justo ahí a un costado de la ahora solitaria acera, se hallaba un elegante vehículo y el niño observó a la desconocida abrir las puertas e introducir las primeras bolsas. Después, ésta volteó hacia él y le pidió la caja que llevaba.
- Eres un amor, pequeño. No sabes cuánto te agradezco la ayuda.
- Le repito que no es nada, señora. Ahora, si me disculpa, debo retirarme.
Se giró sobre sí mismo y regresó a la tienda sin voltear a ver a la mujer quien permaneció de pie, observándole con cierta expresión burlona en el rostro.
- ¿Nicholas? ¿Dónde te metiste? ¡Me tenías preocupada!
Anisha estaba ya fuera de la tienda buscándolo con la desesperación en el rostro. Cuando le vio, le había tomado bruscamente por los hombros llamándole la atención. El gemelo sólo atinó a balbucear unas palabras:
- Salí a tomar un poco de aire. Había mucha gente dentro y tú no parecías terminar pronto.
El niño se sorprendió al oírse decir eso. Desde luego que quería contarle a su prima sobre el encuentro con esa mujer pero algo se lo había impedido. Las palabras salieron de otra manera y mejor optó por callarse.
- ¡No me vuelvas a hacer esto!
Anisha lo arropó entre sus brazos y lo estrechó con tal fuerza que el gemido del pequeño le hizo recapacitar de su arrebato.
- Vámonos a la casa. Tus padres estarán preocupados y yo ya no me siento a gusto aquí en la calle. Ayúdame con estas bolsas. Compré algo que quizá traiga un poco de alivio a la situación en casa – le guiñó un ojo en complicidad, en un intento por aligerar su actitud. El niño le sonrió, volviendo a ser el mismo.
- Regresemos entonces.
Los gritos e insultos de su hija llegaron nuevamente hasta su recámara.
Los ruidos de cubiertos y platos cayendo al suelo fueron el marco sonoro de su depresión y frustración al saberse impotente de no poder auxiliarla. No después del recibimiento dado cuando había corrido en su búsqueda a primera hora de la mañana: la gemela se había abalanzado sobre ella en un intento por golpearla, mientras le gritaba improperios e insultos.
Albert y Terry habían podido detenerla antes de que ocurriese aquello, logrando maniatarla cual enferma mental para que no se lastimase.
El rechazo constante de Nicole dolía y mucho. Su rostro se hallaba lleno de moretones y pequeñas heridas hechas por sus uñas carentes del debido cuidado. Su raquítico cuerpo daba la impresión de que terminaría por derrumbarse cual muñeca de trapo, dado el poco alimento que consumía. La niña se iba consumiendo lentamente.
Una sirvienta asignada para su cuidado apenas y había podido cambiar su sucia bata por un pijama más cómodo y caliente, dadas las bajas temperaturas de los últimos días, sobre todo las que predominaban en su cuarto, por más que su padre verificase una y otra vez que la calefacción funcionaba sin ningún problema.
Su intuición le indicaba a gritos que las cosas iban de mal en peor.
- ¡No quiero comer!
- ¡Inténtalo, cariño! ¡Te vas a enfermar!
- ¡He dicho que no!
- Sólo un poco, por favor, Nicky.
- ¡Váyanse todos al diablo! ¡Déjenme sola!
La acongojada madre escuchaba a lo lejos el triste diálogo entre padre e hija.
Sin estar presente, podía percatarse de la desesperación que asomaba a la voz de su esposo. Albert tomaba el relevo por partes, hablándole con mucha paciencia, pero aparentemente, tampoco había dado resultados.
- ¡Dios mío, por favor, haz que termine todo esto! ¡Todavía hasta hace poco había vuelto a ser la misma de siempre! – susurró en un desfalleciente gemido mientras estrujaba el húmedo pañuelo entre sus manos y elevaba plegarias y oraciones al cielo, esperando que alguna situación milagrosa transformase los bruscos cambios de personalidad de su pequeña.
Un par de horas después, fue en busca de su otro hijo y Anisha, pero una empleada le había confirmado que ambos habían salido, precisamente para evitar la penosa situación.
A la rubia le partió el alma saber que su primogénito sufría por igual todo aquello. "Quizá deba regresar a Chicago. Al menos Annie y Heather podrían brindarle la tranquilidad y paz que yo no puedo pero... ¿cómo decirles?... ¿cómo explicarles lo qué le sucede a Nicky?... no soportaría las preguntas...", reflexionó durante largo rato sobre la manera en que podría alejar al gemelo de todo aquello, hasta que la puerta de su habitación se abrió, dejando pasar la triste figura del actor.
Acongojado y cabizbajo, se acercó hasta la silla más cercana, dejándose caer con actitud derrotada.
- ¿No quiso comer?
Él negó en un gesto mientras se llevaba las manos a la cabeza, mesando con desesperación sus castaños cabellos.
Candy quiso acercarse pero su propia desolación se lo impidió, por lo que permaneció observándole con las lágrimas que seguían escurriendo sin cesar sobre sus mejillas.
- Albert se ha encargado de ponerle el suero.
Las frases no hicieron reaccionar a la rubia, quien tenía la mirada perdida en un punto perdido de la habitación.
- Desde que abrió los ojos se la ha pasado gritando. Me cuesta creer que ahora... esté amarrada como una lunática. ¡Mi pobre pequeña! – su voz se quebró en un doloroso sollozo.
- Tenemos que ir con el padre Folsom.
Terry no le respondió. Su mirada seguía clavada en el piso, perdido en lejanos pensamientos. Ella creyó conveniente acercarse y abrazarlo. Lo necesitaba tanto.
- Vayamos a buscarlo. ¡Yo también quiero que todo este infierno pase pronto! – le acurrucó en su regazo y le dio un cariñoso beso en la cabeza. Él se aferró a su cintura.
- ¿Crees realmente que eso dé resultado? – preguntó desanimado.
- No debemos perder las esperanzas. El poder de la fe es tan inmenso que si lo creemos de corazón, así será. No debemos abandonarla, ahora más que nunca.
- ¡Nunca en mi vida había odiado tanto a alguien como a Susana! ¡Ella es la culpable de todo esto!
- No pienses eso, mi amor. No le hagamos las cosas más fáciles. La lucha la debemos dar unidos y así le demostraremos que somos más fuertes que ella. La maldad nunca termina venciendo al bien. ¡Todo esto se arreglará de la mejor manera, no pierdas las esperanzas!
- ¡Candy! Te amo tanto porque... a pesar de esta oscuridad que nos envuelve, siempre sigues tan optimista y sin albergar odio alguno en tu pecho. ¡Eres tan buena!
- No debemos desgastarnos en sentimientos tan negros. La vida de nuestra hija está de por medio y debemos luchar con confianza y fe en Dios. Él no permitiría que un alma tan pura sea destruida de la forma más ruin. Susana siempre vivió en un error y no tardará en darse cuenta hasta dónde le están conduciendo sus acciones negativas. Ella también fue víctima y no dudo un momento en que a pesar de estar muerta, siga sufriendo por todo lo que padeció en vida, sobre todo, por la situación de su hija. Confío en que al final lo comprenderá. No caigamos en su juego. Nuestro amor será nuestra mejor arma. No le demos más elementos al seguirnos martirizando. Vayamos a la Iglesia.
- Le pediré a Albert que cuide a Nicky mientras estamos fuera.
Con el semblante sereno, el histrión salió rápidamente en busca del magnate americano, quien asintió sin pensarlo dos veces.
Se dirigieron de inmediato hacia el sagrado recinto, teniendo la oportunidad de encontrar a la hermana Josephine, quien ni tarda ni perezosa les llevó hasta la oficina del religioso.
Éste se hallaba sumido en un sinfín de pensamientos, mientras colocaba en una caja de cartón de tamaño mediano algunos objetos.
La puerta se abrió lentamente y la pareja entró con cierto sigilo, observándole de espaldas.
- Padre... – el actor iba a hablar pero se calló al instante.
- Los estaba esperando – se volteó para ver los contrariados rostros.
- Mi hija empeora... padre – dijo Candy en un sollozo.
- Lo sé, Candice. Hay algo que debo decirles: la Iglesia todavía no ha dado su aprobación final para ayudar a Nicky – dijo con derrota.
- Eso significa que... – el abatido progenitor de Nicole se dejó caer sobre el sillón más cercano.
- No esperaremos a la confirmación católica. Empezaré por mi cuenta – el par de ojos le atravesó con incredulidad.
- ¿Qué quiere decir?
- Tenemos que hablar.
Fuera, en la calle, los primeros copos de nieve hacían acto de aparición, manifestando de lleno la llegada de un gélido y crudo invierno.
