CAPÍTULO 27
Habían pasado dos meses desde el regreso de Escocia y todo iba de maravillas, todo, salvo que Candy había aprovechado que Albert se encontraba en Londres tratando de vender su propiedad de Lakewood. Le había dicho que quería deshacerse de ella pues ya no tenía un motivo para volver a Estados Unidos. Los días que estaba en la gran ciudad, ella los dedicó a decorar Little Ribston. Candy, en una decisión meditada, había remodelado completamente la enorme vivienda que tenía un precioso jardín posterior que daba a un pequeño lago con barcas. Frente a la casa había un precioso robledal y un sendero que discurría paralelo a un río. Había traído de Battlefield a la cocinera, al mayordomo, dos criadas, y su doncella personal. También tenía dispuesta la contratación de una niñera para cuando naciera el pequeño o pequeña. Y le había puesto mucho cariño en decorar las estancias que ocuparían Dave y Mary cuando la perdonaran. En esos dos meses, no habían querido conocer a Albert, y ella le había pedido tiempo a su esposo. Quedaba poco tiempo para que terminara el curso escolar, y los tendrían muy pronto en la casa, Albert había cedido.
Candy había logrado que Little Ribston rezumara alegría por los cuatro costados. Había empapelado cada pared con bonitos colores y elegantes diseños. La mayoría del mobiliario había sido sustituido por otro menos pesado y más cálido. Cuando Albert viera las libras que habría gastado, seguramente la despellejaría viva.
La única habitación que se había librado de la remodelación, era el despacho que ocupaba él, y que estaba justo al lado de la biblioteca. La puerta se había mantenido cerrada a cal y canto. Además, Candy no deseaba que él sufriese un schock cuando contemplase la remodelación absoluta que había sufrido la bonita propiedad.
Annie no se había pronunciado sobre el lugar donde tendría que vivir Candy, que había decidido mantener cerrada Battlefield hasta que sus hijos acabaran el periodo lectivo, y para eso no faltaba mucho. Le dijo a su cuñada que no perdiera la fe, que era muy joven, y que todavía podía alumbrar un hijo. Annie rompió a llorar, ella llevaba diez años casada, y nunca había quedado encinta. Candy se sintió muy triste porque Annie podría ser una madre maravillosa, y rezó en silencio para que el milagro ocurriera.
Como su embarazo seguía su curso natural, ella se permitía algunos caprichos, sobre todo en vestuario pues ya no le servían sus anteriores vestidos. Pero no se quejaba: el aplomo de Albert compensaba su innata naturaleza activa. Los dos trataban de poner lo mejor de sí mismos en cada faceta de su vida en común, aunque las ideas autoritarias de él chocaban a menudo con las de ella que estaba acostumbrada a tomar sus propias decisiones. Quedarse viuda a los dieciocho años la había marcado mucho.
La campanilla de la puerta sonó, y minutos después el mayordomo anunció la visita de Anthony Andrew, ella lo recibió con una gran sonrisa pues su cuñado se había convertido en un verdadero amigo. De vez en cuando solía echarle en cara que hubiera elegido a su hermano, pero ella le pedía disculpas nuevamente, y él se tranquilizaba. Anthony estaba frente a ella con una botella de champán.
—¡Vamos a brindar por tu ingreso en la familia!
Candy se echó atrás para permitirle el paso. Que él no estuviera enfadado con ella la admiraba, aunque le preocupaba esa tendencia de visitarla en Little Ribston cuando Albert se encontraba ausente.
—Estoy encinta, soy una dama, no debo beber alcohol —le contestó con humor y recordando la resaca que padeció en Escocia por culpa de la hidromiel.
—Un poco de champán no le hará daño al bebé.
Candy lo miró tratando de ver si bromeaba o no. Luego dijo a modo de defensa:
—¿Estás incitándome a pecar? ¿Te traes algo entre manos que ignoro?
Anthony chasqueó la lengua con humor y le dijo casi en un susurro:
—Me traía muchas cosas entre manos sobre ti, pero Albert las desbarató todas y cada una de ellas, y se merece un buen revés por mi parte.
Él parecía resentido, y ella decidió apagar su flema.
—Es el momento de olvidar el pasado, o no podré conservar tu amistad.
A Anthony se le pasaba rápido el enfado, pero es que todavía sentía algo muy profundo por ella.
—Lo olvidaré, pero que sepas que no le he perdonado todavía que me arrebatara a la mujer más hermosa y extraordinaria de todas, y que se haya casado contigo, y…
Candy lo interrumpió.
—Yo también puse de mi parte, ¿lo has olvidado?, y no está bien que me digas esas cosas —le regañó—. Ahora somos familia.
Anthony iba a protestar, pero prefirió cambiar de tema.
—También vengo a informarle que he decidido quedarme en la cabaña del bosque ahora que él la ha dejado —dijo con una formalidad fingida—. No puedo olvidar que mi padre y mi abuela conspiraran en mi contra.
Candy bajó los ojos al escucharlo.
—¿Piensas quedarte en la casa de invitados permanentemente y abandonar Pembroke House? —preguntó ella.
Anthony sonrió con astucia.
—¡Hasta que mi padre me pida disculpas! —dijo firme.
Candy no daba crédito a sus oídos.
—¿El duque de Letterston debe pedirte disculpas? —Anthony tuvo la decencia de parecer avergonzado—. Tu padre no tuvo la culpa de lo que sucedió entre Albert y yo.
Anthony resopló.
—Conocía que Albert no podría darle la espalda a un reto, y no sabes cuánto me arrepiento de haberos presentado en la fiesta de Pembroke House.
Candy se tensó.
—A veces el destino hace y deshace a su antojo —a ella se le nubló la vista por los recuerdos—. Mis padres, mi esposo, tu hermano…
Anthony se mostró azorado. Que Candy y Albert estuvieran juntos tenía que ver mucho más con el destino que con él.
—Tengo que pedirte una disculpa —dijo tímido.
—A este paso, ya no puedo llevar la cuenta de las disculpas que me debes, lord Andrew —respondió irónica—. Ven, acompáñame al jardín.
Anthony la siguió obediente.
—¿Has decorado Little Ribston sola? —preguntó admirado.
Candy lo invitó a que se sentara en un precioso sillón de piel; ella lo hizo en el balancín.
—¡Te has traído el balancín de Battlefield! —soltó sorprendido.
—Me he traído de Battlefield el servicio pues he cerrado la propiedad hasta que mis hijos salgan del internado y pasemos los veranos allí, pues los conozco desde siempre y les tengo absoluta confianza —hizo una pausa, como si fuera necesario pasar página—. ¿Qué más te trae por Little Ribston? —lo instó mientras comenzaba a devorar unos pastelillos de nueces que había traído el mayordomo junto con una jarra de limonada.
—Debo de ser un libro abierto para ti.
Candy lo comprendía.
—La excusa del champán no ha sido muy buena —respondió crítica.
—Me enfurece y me alegra a partes iguales que Albert te haya conquistado tan fácil. Ella echó la espalda hacia atrás para mirarlo con más detenimiento.
—¿Fácil? —preguntó extrañada—. Intuyo que no me van a gustar tus palabras.
—Déjame antes que te explique cómo es mi hermano para que comprendas mi actitud. Candy negó con la cabeza.
—No quiero que me hables mal de él, te recuerdo que ahora es mi esposo.
Anthony alzó las cejas con sorpresa.
—Esas palabras te honran, Candy —dijo mientras le guiñaba un ojo. Jugaba a ser solemne solo para matizar sus palabras—. Debo, sin embargo, ponerte en antecedentes para que comprendas por qué he actuado así. —Ella permaneció en silencio—. Albert ha sido toda su vida un hombre de ideas claras y expectativas elevadas. Pocas personas han podido estar a su altura. Siempre se ha destacado en todo: ha sido el mejor hijo, el mejor estudiante, el mejor jinete…
Candy lo interrumpió.
—Eso no son defectos, además, como primogénito ha debido de sentir mucha presión por parte de vuestro padre.
Anthony asintió.
—Tiene una personalidad absorbente. Todo a su alrededor queda anulado por su incansable modo de ver la vida y de actuar en ella —Candy se recostó un poco más—. Nunca ha tenido citas de una sola noche; no ha sido desobediente, todo lo contrario. Su docilidad nos sacaba a George y a mí de quicio. Mi padre henchía el pecho lleno de orgullo cada vez que hablaba de su primogénito y heredero —ella se permitió una ligera sonrisa—. Pero mi hermano se enamoró de la mujer menos apropiada… Susana —Candy no habló, pero frunció los labios con desagrado.
—Sigue —lo apremió ella.
—Albert se fue aislando porque mi padre se opuso al romance, y él se empeño y continuó con ella. Cuando todo estalló, yo tenía catorce años.
—¿Cuántos tenía Albert? —acababa de darse cuenta que ignoraba la edad exacta de su esposo.
—Albert tenía veinticinco —Candy lo miró con sorpresa pues le pareció muy joven para estar tan seguro de querer casarse con Susana—. Yo fui la causa de que mi madre muriera —Candy se enterneció—. Mi madre quedó muy delicada tras el parto de Albert y George, y después el de Pauna, nadie esperaba que concibiera de nuevo, y once años después, se quedó embarazada de mí, salvo que no pudo resistir este nuevo parto.
—¡Anthony! —exclamó Candy que estaba de verdad emocionada por todo lo que le revelaba—. Sigue, por favor.
—Fue muy duro para él descubrir que Susana ansiaba ser duquesa, y que no estaba dispuesta a esperar a la muerte de mi padre —Anthony quiso hacer un inciso—. Ya conoces que Susana estaba encinta, y que mi padre se opuso todavía más, sobre todo porque ese primer nieto no podía ser el heredero —ella conocía la ley muy bien—. Cuando Albert descubrió que Susana se había tomado una poción para interrumpir el embarazo, casi se vuelve loco. La discusión entre mi padre y él fue monumental. Temblaron los cimientos de Pembroke House.
—¿Qué hizo Albert? —preguntó ella.
—La primera semana estuvo borracho día y noche, la segunda, mi padre y él casi llegan a las manos. La tercera, Albert embarco a Estados Unidos.
—¿Y no volvió a Pembroke House?
—Un año después, y se encontró que Susana se había casado con mi padre.
Candy meditó en las palabras de Anthony. La mujer era en verdad detestable. ¿Cómo podía haberse deshecho del hijo de Albert? ¿Cómo pudo casarse un año después con el padre? Sus actos eran tanto censurables como aborrecibles.
Permanecieron en silencio unos instantes.
—¿Cómo sigue la historia? —preguntó con seriedad.
—Albert se aisló de la familia, dejó de tratar a todos y regresó a Estados Unidos. Se encerró en sí mismo de una forma que nos preocupaba de verdad. Tanto mi padre como mi abuela trataron de llegar hasta él, pero no lo permitió. De todos modos, tengo que admitir que los métodos de papá y de la abuela nunca fueron los mejores: son muy rígidos y severos. Nunca le brindaron demasiada comprensión. Albert, sin embargo, siguió alejándose de nosotros y de todo.
El corazón de Candy se llenó de amor por su esposo.
—¿Y George y tú no os pronunciasteis al respecto? ¿No le pedisteis cuentas a vuestro padre por casarse con la amante de Albert? —se interesó ella—. Fuisteis tan culpables como ella de su marcha.
—Yo era el único que mantenía contacto con mi hermano mayor. Le escribía cada semana, y él solo me respondía a mí. El año pasado me decidí a visitarlo, pero antes de hacerlo, él me dijo que vendría a Inglaterra unas semanas porque quería hacer unas compras para su granja. Yo estaba emocionado de verdad. Te había conocido a ti, mi hermano mayor regresaba…
—Y nos presentaste en Pembroke House.
—¡No! —la corrigió—. Cometí la estupidez de presentaros —continuó sin apartar la mirada de ella—. Pero mi padre estaba encantado.
—¿Tu padre estaba encantado? ¿Por qué? —preguntó sorprendida.
—Mi hermano te quería a ti, y le pidió ayuda para convencerme de que le dejara el camino libre.
Candy podía entenderlo. Al padre, después de quince años, se le presentaba la ocasión de recuperar a su primogénito, y alcanzó el cielo con esa oportunidad.
Candy soltó un suspiro.
—Y el duque de Letterston decidió hacer de Cupido —dijo casi con despecho.
Anthony no lo negó.
—El plan de mi padre dio resultado: apoyar a Albert y enfrentarnos el uno al otro —Candy lo miró con intensidad. Odiaba ser manipulada—. Sabía que yo no era rival para Albert, y tú eras el trofeo que lograría que Albert se quedara definitivamente en Inglaterra.
—¿Y si me hubiese enamorado de ti? —Anthony sonrió al escuchar su crítica.
—Era lo que más anhelaba, pero entonces mandaste ese maldito mensaje, y lo recibió él.
—Esa variación de circunstancia, sí fue culpa tuya, pues yo envié el mensaje a Pembroke House, y tu hermano no residía allí.
—De verdad que quería casarme contigo.
Candy lo miró de forma tierna. Anthony podría tener a la mujer que quisiera, y que lo querría como en verdad se merecía.
Anthony sonrió ante la ironía.
—Albert reaccionó como un toro salvaje. Tomó las riendas de inmediato para satisfacción de mi padre y de mi abuela.
—¿Y qué te hace pensar que yo puedo aguantar ese talante controlador y posesivo que tiene tu hermano? —su cuñado sonrió abiertamente ante la pregunta.
—No puedes —contestó serio—. Y no sabes cuánto me alegro.
Ella contuvo una exclamación al escucharlo.
—¡Vaya! Muchas gracias por ese interés genuino.
Anthony resopló.
—Su interés hacia ti ha quedado claramente demostrado. Haría cualquier cosa para no perderte, incluso dejar de lado esa manía controladora —hizo una pausa y siguió con su relato—. ¿Recuerdas la fiesta en tu honor en Pembroke House? —ella asintió pues aquel fue el momento en el que supo que no había seducido a Anthony sino a Albert—. De haber podido, Albert me habría arrancado la cabeza y la habría insertado en la punta de una lanza. Mi padre no cabía en sí de gozo al contemplar su falta de control.
Candy se sentía mortificada.
—¡Todos conspirasteis contra mí! —concluyó.
Anthony inclinó la cabeza en señal de sumisión.
—Yo no, pero admito que fui el detonante, por eso, la disculpa que vengo a ofrecerte. Ella mantuvo un silencio incómodo. Luego comenzó a hablar:
—Desde que conozco a tu hermano, ha controlado todos y cada uno de mis pasos —Candy entrecerró los ojos—. Cada fiesta a la que asistía, allí estaba él, observando, mirando… me ponía muy nerviosa.
—Mi hermano está de nuevo en Inglaterra gracias a ti —Candy se quedó pensativa y en silencio—. El ducado tiene de nuevo a su heredero, y quizás en tu vientre se está gestando el próximo duque de Letterston.
—¡Ufff! ¡Cuánta responsabilidad!
—Pero lady escándalo puede con esto y…
No pudo terminar la frase ante la mirada que ella le dedicó.
—De lady escándalo solo queda el nombre.
Candy giró el rostro hacia otro lado.
—Ahora que estás casada con mi hermano, y que el duque de Letterston es tu suegro y abuelo del futuro heredero, nadie volverá a llamarte así —remarcó Anthony—. Por si te preocupa esa circunstancia.
No, no la preocupaba. Que las mujeres pensaran así de ella le había concedido cierta ventaja pues no tenía que comportarse delante de ellas como una hipócrita. Candy no soportaba a algunas matronas que controlaban la vida y futuro de las nobles debutantes y de las recién casadas a las que martirizaban con normas, reglas, y todo tipo de control, pero ella se había librado de toda esa falsedad e hipocresía gracias al Príncipe de Gales que le había hecho un regalo maravilloso con un simple comentario: libertad. Al principio la enfureció que la llamaran así, pero después entendió la ventaja que le otorgaba, independencia para actuar como quisiera.
—Se han dicho muchas mentiras sobre mí —dijo ella en voz baja—. Pero ahora las veo como una bendición.
Anthony alzó las cejas con burla al oírla.
—¿Lady Andrew rindiéndose? —se río—. Ahora tienes el poder para vengarte de todas y cada una de ellas, mejor, puedes enviarles al dragón Albert.
Candy entrecerró los ojos ante sus palabras bromistas.
—Me lo estoy pensando —contestó evasiva. Anthony la miró con una sonrisa, pero no le respondió—. Nunca me he dejado dirigir por ese tipo de opiniones —reveló—. Ya lo sabes. Anthony rió con ganas.
—Eso fue lo que más me atrajo de ti.
—Y el motivo para que tu hermano decidiera protegerte de una embaucadora como yo —respondió ella con humor.
Anthony le preguntó serio:
—¿Creíste en algún momento que podrías manejar a mi hermano como manejas a esas matronas deslenguadas? —Candy amagó con tirarle una taza a la cabeza y fingió estar ofendida, pero siguió bebiendo sin contestarle—. Es de dominio público la fuerte atracción sexual que sentís el uno por el otro —ella lo miró escandalizada—. Cada vez que estoy cerca de vosotros dos tengo miedo de sufrir quemaduras de primer grado —dijo Anthony, pero no con un tono de broma.
Candy tosió al atragantarse cuando escuchó sus palabras.
—¡Por Dios que me estás avergonzando!
—Nunca vi a mi hermano…
Candy lo interrumpió con una mano.
—No, no me lo digas. Sé un buen cuñado, y sigue manteniéndome en la ignorancia. Anthony se terminó su refresco.
—¿Estoy perdonado?
No le contestó de inmediato, se tomó su tiempo para pensarlo.
—¡No! —dijo en voz alta.
Anthony juntó las manos en un gesto de súplica.
—¡Haré lo que me pidas! —ahora sí le devolvió la sonrisa.
—Está bien, tú organizarás la comida familiar en mi nombre, esa que me ha pedido tu hermano que prepare. Buscarás el momento, los amigos, y todo lo que ello conlleva, solo así te perdonaré —Anthony asintió de inmediato.
Se levantó solemne y dio un paso hacia ella.
—¿Lo sellamos con un abrazo de hermanos?
El hombre había abierto los brazos de par en par y Candy se levantó para aceptarlos. Sujetó la cintura de su cuñado y cerró los ojos un instante, otro después escuchó un carraspeó.
—¿Qué demonios estáis haciendo?
¡Era Albert! ¿Cuándo había regresado? Ninguno de los dos lo había oído llegar, Candy volvió sus ojos hacia él sorprendida.
—Estábamos haciendo las paces —contestó franca.
––¿Abrazándoos? —su voz sonaba incrédula.
—No es lo que imaginas ––Anthony trató de calmar la tensión que se palpaba en la estancia.
—¡No te haces ni una idea de lo que imagino cuando os veo juntos! —la luz se había encendido en la mente de Candy.
—Creíste que… —no pudo terminar ante la incredulidad que sentía.
—¿Qué puedo creer cuando veo a mi mujer abrazar a otro hombre?
—Tu hermano ha venido a ofrecerme una disculpa, y yo la he aceptado.
Anthony y ella podían ver la duda brillar en sus pupilas.
—¿Pensáis que podéis manipularme?
Candy y Anthony se miraron al unísono un segundo antes de estallar en carcajadas. Albert los miró ofendido.
—¡Y encima os reís en mis narices! —ninguno de los dos fue capaz de parar de reír. Albert avanzó con mirada peligrosa hacia su hermano, pero Candy se interpuso entre los dos, se volvió un momento hacia su cuñado, y le instó con un gesto a que cooperase.
—Yo hablaré con tu hermano —él, entendió—. Dale saludos a mi suegro, y recuerda el trato que tenemos.
Albert avanzó otro paso y la mano de Candy se posó en su pecho para detenerlo.
—¿Qué trato? —Anthony ya salía por la puerta.
—Estaba hablando de la familia —él se pasó la mano por el pelo revuelto, Candy, cuando vio el gesto, comprobó lo cansado que se veía—. Has regresado muy rápido.
—Parece que no lo suficiente —le espetó, y Candy suspiró ideando cómo tranquilizarlo.
—Me alegro de que estés de vuelta.
Albert pasó la mano por la nuca de ella y la atrajo hacia su boca. Candy no se esperaba el beso ávido que le dio, pero terminó tan rápido como había comenzado. La cogió por los hombros y la fue llevando hacia el sofá. La tumbó sobre los mullidos cojines y atrapó de nuevo su boca con hambre voraz.
—Deja al menos que… —no la dejó terminar.
—¡No! —la cortó de inmediato—. Estoy ansioso por comprobar cuánta alegría demuestras ante mi regreso —le dijo en tono de broma.
Se había calmado. Los celos lo fulminaban, pero sabía que no pasaba nada entre Anthony y Candy. Su hermano podía ser muchas cosas, pero no un traidor. Y Candy… Candy lo amaba. Albert aprisionó la boca de ella sin darle opción a que le respondiera. Desató con dedos diestros los lazos de su corpiño. Candy no era capaz de pensar cuando la boca de él se movía sobre la de ella y ejercía una infinita persuasión. Sin embargo, fue capaz de introducirle la mano por la bragueta para acariciar su miembro pulsante.
—¡La casa está llena de sirvientes! —trató de explicarle.
—Al primero que asome la cabeza —le dijo—, se la cortaré.
Albert siguió buscándola con besos para alzarse con el triunfo.
...
Mañana veremos el drama con los hijos de Candy, casi estamos terminando. Besos!
