Capítulo 28


Vestida con un oscuro traje Armani, Sakura aparcó el coche en su plaza reservada. Con el maletín en una mano y el móvil en la otra, se encaminó hacia la entrada de la oficina.

—Buenos días, señorita Haruno —la saludó el vigilante, cuadrándose al verla.

—Buenos días —respondió ella con una sonrisa mientras subía al ascensor.

El glamuroso edificio de RCH Publicidad, que tanto le gustaba en el pasado, se había convertido de pronto en un lugar cerrado, sin aire y sin sol.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron de nuevo, ante ella apareció el pequeño pasillo que tantas veces había recorrido durante aquellos años. Lo miró y lo notó extraño. ¿Habían cambiado la moqueta?

Según se acercaba a su despacho, se cruzó con un par de empleados, que volvieron la cabeza fingiendo no verla. ¿Siempre habían hecho eso?

Cuando llegó frente a su despacho, Tenten, a quien ya se le notaba bastante el embarazo, se levantó y corrió ante ella para abrirle la puerta. ¿Siempre se la abría?

—Buenos días, Tenten.

—Buenos días, señorita Haruno —saludó la muchacha, que sacó un pequeño cuaderno y comenzó a cantar como los niños de San Ildefonso—. La reunión convocada para las 9.30 ha sido retrasada a las 9.45; el motivo es porque el señor Martínez llegará un poco más tarde. A las 12.00 vendrá a visitarla la señora Clark, responsable de la revista Elle en España.

—Ningún problema, Tenten —indicó ella sentándose en su silla.

Como una autómata, su secretaria salió del despacho y en menos de dos segundos volvió a entrar para dejarle varios documentos sobre la mesa. ¿Qué le sucedía? ¿Por qué estaba tan acelerada? Siguiéndola con la mirada, Sakura vio que salía otra vez y, a los pocos minutos, regresaba con una taza de café.

—Aquí tiene, señorita Haruno. Solo, doble y sin azúcar.

—Tenten, me gustaría hablar contigo. ¿Podrías sentarte un momento?

Al oír eso, el rostro de la chica cambió de color y, tras sentarse, metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón premamá y dejó encima de la mesa un papel.

—¿Qué es eso? —preguntó Sakura.

—Mi carta de despido.

—¿Carta de despido? ¿Por qué?

—Usted me dijo que podía trabajar aquí sólo hasta que regresara de Escocia. ¿No lo recuerda?

Sakura se levantó y, tras cerrar la puerta del despacho, volvió a sentarse, aunque esta vez lo hizo en la silla que estaba junto a la de su secretaria.

—Vamos a ver, Tenten. Me acuerdo perfectamente de lo que te dije, por eso, lo primero que voy a hacer es romper esta absurda carta —anunció sorprendiéndola—. No voy a despedirte, y menos porque estés embarazada.

—Gracias —dijo la chica cerrando los ojos—. Gracias de todo corazón. No sabe usted el favor que me hace.

—Lo segundo que quiero hacer —prosiguió Sakura— es pedirte que me llames por mi nombre. Se acabó eso de «señorita Haruno». A partir de ahora soy Sakura, sólo Sakura. ¿Entendido?

—Sí, señorita Haruno.

—¿Cómo? —preguntó con una sonrisa.

—Oh..., perdón, Sakura.

—Y lo tercero —dijo tomándole las manos—, pedirte disculpas por lo mal que te lo he hecho pasar con mis malos modos y mi mala actitud.

Tenten estaba tan atónita que no acertaba a hablar.

—Oh..., no, no se preocupe, señorita... Sakura.

—Lamentablemente sí tengo que preocuparme —repuso ella, reparando por primera vez en la carita de muñeca de Tenten—. He sido una pésima jefa, y antes de dejar de serlo quiero oír que me perdonas. Por favor.

—Por supuesto que la... que te perdono —confesó la chica.

—Tenten, sólo espero que cuando deje la empresa...

—¿Dejar la empresa? —la interrumpió ella—. ¿Por qué? Eres una publicista excepcional. No creo que a RCH le interese que...

—De eso quería hablarte —señaló Sakura—. Voy a montar mi propia empresa de publicidad y me gustaría saber si tú querrías trabajar conmigo.

Tenten no lo dudó un segundo.

—¡Oh, Dios! Por supuesto que sí.

—De momento, sólo puedo ofrecerte el mismo sueldo que tienes aquí, pero si la empresa marcha bien, prometo aumentártelo. Eso sí, de momento te pido discreción.

—Soy una tumba, jefa —aseguró Tenten, e hizo que Sakura también lo hiciera. Ambas intuían que aquello iba a funcionar.

Aquella jovencita de apenas veinticinco años acababa de darle toda una lección a su jefa. Lo importante era el futuro, no lo debía olvidar.

Diez minutos después, Sakura llamó a Chōji y a Neji, a quienes también debía una disculpa.

Nada más entrar en su despacho, Chōji comenzó a sudar, nervioso, mientras que Neji, con una sonrisa altiva parecida a la de Sakura meses atrás, la retó con la mirada. No obstante, lo divertido fue ver sus caras cuando ella se levantó de la silla, les pidió perdón por su comportamiento y les hizo la misma propuesta laboral que a Tenten. Ambos aceptaron con los ojos cerrados. Sakura era una jefa dura, pero intuían que su relación ya no volvería a ser lo que fue: la jefa había cambiado.

Cuando los dos hombres salieron de su despacho, Sakura alcanzó a ver que Neji le lanzaba una mirada furtiva a Tenten. «Bien, bien...», pensó complacida. Al parecer, el guaperas de la oficina estaba interesado en su joven secretaria.

A las 9.40, con paso firme y segura de su decisión, Sakura entró en la sala de juntas. Ya estaban todos esperándola. Pocos minutos después, las voces resonaban por toda la planta. Los asociados montaron en cólera cuando los informó de que había vuelto de Escocia sin el contrato.

Sentada con tranquilidad en una de las sillas de cuero negro, Sakura escuchaba cómo los asociados se despachaban en cuanto a quejas y reproches, cuando Tenten entró en la sala de juntas.

—Esto acaba de llegar, viene a tu atención —susurró la muchacha entregándole un sobre marrón.

—Gracias —dijo Sakura.

Mientras los asociados seguían discutiendo sobre qué hacer con el cliente, Sakura abrió el sobre y ahogó un grito al ver que en sus manos tenía el contrato de Eilean Donan: Sasuke lo había firmado.

Con el corazón a mil, se levantó en mitad de la reunión. Ya no quería oír más gritos.

—¿Podrían escucharme un momento? —pidió haciéndolos callar.

—¿Qué narices quieres tú ahora? —gritó uno de los asociados.

Sakura le dirigió una mirada asesina.

—Entregarles mi carta de dimisión —replicó tirándola de malos modos sobre la mesa—. Adiós, señores, espero que les vaya bien.

Y, haciendo caso omiso de las voces, volvió a su despacho. Nerviosa, sacó todos los papeles del sobre en busca de alguna nota de Sasuke, pero no encontró ninguna. Sólo el contrato firmado y nada más.

Cogió el teléfono y marcó el número del móvil de su hermana Temari. Con suerte estaría en Keppoch y, tras un par de timbrazos, Sakura oyó la voz de una niña.

—Lexie, ¿eres tú?

—Sí, soy yo.

—Hola, cariño, soy la tía Saku. —Sonrió al oír la voz de la pequeña.

—Hola, tía Saku. ¿Cuándo vas a venir?

—No lo sé, cariño. ¿Está Tema...?

—Saku, ¡oh, Dios mío! —gritó su hermana quitándole el móvil a la cría—. Saku, ¿de verdad eres tú?

—Sí, pedorra, soy yo. ¿Cómo estás?

—¿Por qué no me has llamado antes?

—Estaba solucionando varios asuntos pendientes —dijo y, tras tomar aire, preguntó—: Temari, ¿cómo está mi highlander?

—Si te dijera que feo y gordo, mentiría —bromeó ella—, pero si te dijera que contento y amable, también. ¡Joder, Saku! ¿Cómo coño quieres que esté?

—Lo quiero y no quiero vivir sin él.

—Pues ya estás moviendo el culo, cogiendo un avión y viniéndote para acá. ¡Ay, Dios mío, qué alegría más grande!

—Pero, escucha, no les digas nada ni a Sasuke ni a tu Chewbacca. Me gustaría darle un poquito de su propia medicina a mi highlander antes de decirle lo mucho que lo quiero. Aunque necesito tu ayuda, la de Ko y la de Karin.

—Mira que eres puñetera, Saku —replicó su hermana con una sonrisa—. ¿Aún quieres liar más las cosas?

—No te preocupes —contestó ella segura de sí misma—. Las voy a liar para siempre.