¡Hola! ¡Feliz Halloween/Samhain/día de muertos y todos los santos!
Hace un mes que no publico porque, como os dije en el capítulo anterior, tenía un tema sensible que quería tratar y necesitaba investigarlo bien antes de publicarlo. Pero la verdad es que no he encontrado las respuestas que necesitaba, así que he decidido cambiar un poco las cosas y no tocar dicho tema.

La parte positiva es que a lo largo de este frustrante camino he seguido escribiendo, y el capítulo siguiente ya está también preparado :)
Este además, tiene un montón de cosas de las que me gusta leer, empezando por las profecías, así que fue muy divertido escribirlo. ¡Espero que os guste!


LA PROFECÍA

Lily entró en el despacho del profesor Kingsley y se sentó en la silla que había frente a la profesora Trenawley. El sol del mediodía llenaba de luz blanca el escritorio sobre el que la profesora había cortado el mazo de cartas. Con un gesto, pidió a Lily que posara sus manos sobre cada montón y tras unos instantes, la profesora los recogió y los barajó de nuevo. La mujer chasqueó la lengua un par de veces, movió los dedos en el aire como si tocara las teclas de un piano invisible y colocó tres cartas delante de Lily. Desveló la primera raspando con sus largas uñas el cartón. Lily se inclinó hacia delante y vio a un joven de piel cobriza con una aureola dorada que simulaba los rayos del sol. El hombre cruzaba la esfera terrestre subido en un carro cuya cabalgadura atravesaba los márgenes. Debajo de la ilustración, una nota en forma de pergamino señalaba en números romanos que era la carta VII.

Lily levantó la vista del dibujo y miró a sus profesores. Kingsley había fruncido los labios y se apretaba el puente de la nariz, mientras que la profesora de Adivinación se frotaba la cara entre suspiros desmoralizadores. ¿Por qué? ¿Qué significaba aquello? Sus ojos se movieron con suspicacia hacia la siguiente carta.

Esta llevaba un XVI a sus pies y sobre el número se elevaba una torre de ocho lados. El fondo de la ilustración mostraba un plano astral donde las estrellas se habían organizado para formar una rosa de los vientos. Trenawley murmuró algo y dio la vuelta a la última carta. En esta, un océano cubría la mayor parte del cuadrángulo y desde el fondo marino se elevaban con una formación triangular cinco espadas de mangos diferentes.

—El carro, la torre y el cinco de espadas —murmuró la profesora de Adivinación —. ¿Sabes lo que significan?

Lily asintió. No se necesitaban grandes conocimientos para ver que la torre de los vientos era un símbolo del cambio, aunque desconocía el porqué de las otras figuras. Acarició el mango de una de las espadas, que le pareció de aluminio. Los otros eran de madera, cristal, un rayo de luz y la última tenía la cabeza de un lobo con las fauces abiertas.

—Algo está pidiendo tu atención —señaló la profesora Trenawley golpeando sobre las espadas —. Tienes ante ti un dilema sobre el que se te harán nuevas revelaciones. Deberás elegir con cuidado tus batallas. —Giró la carta para examinarla y torció el gesto antes de continuar —. Cuídate de las traiciones, una de ellas pondrá en peligro todo por lo que luchas.

Lily arrugó la nariz y se mordió la lengua para no decir que eso era precisamente lo que hacían las traiciones, que por algo recibían tal nombre, pero la profesora de Adivinación suspiró, cogió con ambas manos la carta del carro y se la acercó a los anteojos.

—Oh, por Merlín, esto es… —murmuró.

A su pesar, Lily tragó saliva, se arrimó al borde de la silla y esperó con el corazón en un puño, pero la profesora la ignoró. Se giró entonces hacia Kingsley, que sonreía dándose golpecitos en la barbilla.

—El carro simboliza el viaje, la determinación por avanzar y la impaciencia de la aventura. —Lily sonrió, halagada con dicha representación —. Es el carro que trae la luz al mundo, aunque aquí aparece con Faetón al volante.

—Entonces, ¿significa que la lucha para que las cosas cambien será todo un viaje? —resumió Lily.

—Es una opción —dijo Kingsley —pero también es posible que con el tiempo, tu forma de leerlas cambie. Guárdalas a buen recaudo y cuando te sientas perdida o sola, deja que sus símbolos te ayuden a recordar de lo que eres capaz: de luchar, de crecer y forjar grandes cambios. —Lily metió las cartas en una funda que le alcanzaba el profesor y se puso en pie —. También te advertirán de los peligros de no aprender de las derrotas, de la soberbia y de ignorar la realidad.

El profesor abrió la puerta y Lily salió al pasillo envuelta en una sensación de euforia. Las cartas, los hados, se habían puesto de su parte. Todo parecía indicar que lo conseguiría, que a pesar de no tener el entrenamiento de Cordelia, a pesar de la traición de Scorpius, iba a mantenerse en Slytherin, iba a cambiar el mundo, a conseguir aquel sueño que le había confiado al Sombrero Seleccionador. ¡Claro! ¡Él lo había visto al momento de conocerla! ¿Cómo podía haber estado tan ciega? Si pensaba en los últimos días, en la actitud de Cordelia, su sueño inquieto y el estrés de su piel… Todo estaba ahí. La muchacha también había visto que Lily iba a ganar, así que había optado por una ventaja de la que carecían los Potter. ¿Le habría pedido a Scorpius que no la ayudara demasiado? ¿Que no le enseñara hechizos que la pusieran en peligro? Conforme su seguridad aumentaba, Lily se sintió más comprensiva. ¡Por supuesto que Scorpius había cedido! ¡Era su prima! ¡Y Richard! Le había enseñado el Salón de Duelos apelando al deseo personal de que fueran amigas… Pero Lily no era una tirana. No, cuando ganara el duelo no se jactaría ante Cordelia, no, le extendería la mano como le había pedido Richard, no trataría de destruirla como se temía Scorpius, no, sería… Sería benevolente con ella, le daría incluso la posibilidad de ser su amiga.

Así, cuando a las siete de la tarde, Lily asomó la cabeza en el aula de Magia Antigua, el deseo de escuchar las explicaciones de Scorpius se había diluido en un mar de calma. No era el caso de Rose. La muchacha apuntaba a Scorpius con la varita y por el gesto contrito de Albus, Lily supo que Scorpius había admitido la acusación.

—¿Qué pretendías? ¡Ni siquiera eres de Slytherin! ¿Qué ganas con que la echen de allí? ¿Es que te burlabas de nosotros? ¿Tampoco ibas a ser su segundo?

—Deja que se explique… —pidió Albus pero Rose no bajó la varita.

Lily caminó hasta ellos esperando sentir compasión de ver a Scorpius acorralado, pero el joven parecía ajeno a la situación. Le recordó a la primera vez que lo había visto, en la tienda de varitas de Ollivanders.

—Yo también quiero saberlo —dijo Lily con un tono más duro que el que pretendía —, confié en ti y me lo merezco.

—Es un asunto confidencial —respondió él —. Estoy en mi derecho a no hablar.

—¡Eres un arrogante!

Lily miró a Albus y supo que su hermano estaba peleando contra la decepción. Desde que había entrado en Hogwarts, había reñido para que en su familia aceptaran que su amigo no era como el resto de los Malfoy, que no era un egoísta y un mentiroso al que solo le importaba ganar. La ácida sospecha de que sus padres tuvieran razón se le debía estar haciendo insoportable.

—¿Es por la maldición del Éridan? —preguntó Lily al fin.

Scorpius abrió los ojos con espanto y dio un paso hacia Lily. Rose se interpuso clavándole la varita en el estómago mientras murmuraba una advertencia.

—No digas nada, Lily. Es él quien tiene que dar explicaciones.

Pero Lily podía ver en el gesto de Scorpius el mismo pavor que se había adueñado de Cordelia días antes. Lo que había ocurrido en aquella clase era de dominio público, así que no perdía nada en contárselo. Les habló de la visita de la profesora Trenawley y de la profecía.

—Dijo que recorrería el Éridan y corrompería al Guardián. Tú sabes lo que significa, ¿verdad? ¿Es que tiene algo que ver con este duelo?

Scorpius se tapó la cara y se dejó caer sobre la tarima del aula. Albus se sentó junto a él, le tomó una mano y le obligó a mirarle. Lily creyó escuchar un por favor y unos instantes después, el joven les pidió que se sentaran frente a él.

—Cuando mi abuelo Eduardus recuperó su patrimonio —dijo Scorpius con voz apagada —, su mujer acudió a un oráculo para saber el destino de sus herederos. Este profetizó que dos mujeres y un hombre de entre sus descendientes recorrerían el Éridan, corromperían al guardián y cambiarían el curso del poder. Mi abuela tuvo dos hijas, así que no podía ser aquella generación. Tras el nacimiento de Druella y de mí las sospechas aumentaron y cuando mi tía Daphne dio a luz a Cordelia, nos dimos cuenta de que éramos la generación escogida.

—¿Qué dijo exactamente el Oráculo? —preguntó Albus.

—Recorrerán el Éridan y en su final, corrompido el Guardián de la Pureza, la Esfera del Poder cambiará su Naturaleza —recitó Scorpius y apoyó la cabeza en el hombro de su amigo —. Una rima preciosa imposible de descifrar.

—¿Los guardianes de la pureza no eran los que tenían varitas de unicornio? —preguntó Lily mirando a Rose.

—Sí, eso es lo poco que tenemos claro. Cordelia y yo tenemos unicornio en nuestros núcleos pero desconozco cuál es el tercer dueño, pues Druella carece de magia.

—¿Por eso no quieres levantar la varita contra tu prima? —preguntó Albus —¿Porque sería como corromperla?

—Sé que suena ilógico, pero no deseo hacer nada que ponga en marcha los augurios hasta no entenderlos. Y atacar a una varita hermana, de mi propia sangre, resultaría peligroso.

Lily escuchó la angustia en la voz del joven y se alegró de que hubiera confiado en ellos. . Con cada palabra, Scorpius parecía deshincharse. Era como si aquel secreto lo hubiera modelado en esa figura de ideas claras y segura de sí misma que siempre mostraba. Ahora, en cambio, le temblaba la barbilla y clavaba los dedos en los nudillos de Albus. Para Lily, la revelación parecía el inicio de una aventura, una como las que contaban los tíos Ron, Bill y George en las reuniones familiares. Miró a Rose, que había fruncido el ceño y tenía los ojos clavados en Scorpius, en un gesto que Lily recordó de su tía Hermione.

—Pues entonces, entréname bien. —Lily se puso en pie y le extendió la mano —. Haz que pueda ganarla yo, sin tener que recurrir a ti. No quiero atacarla, solo sentirme a salvo en mi propia Sala Común, en mi propio dormitorio. —Scorpius levantó la vista hacia ella —. Ayúdame y estaré en deuda contigo.

Tras un momento, Scorpius tomó su mano y se incorporó con una sonrisa nerviosa.

—Te tomo la palabra. —Lily asintió gravemente —. Pero hasta mañana no iremos al Salón del Duelo —añadió ignorando la protesta de Rose —. Solo está permitida tu entrada por ser mi compañera, así que vosotros —se volvió hacia Albus —preocupaos más del partido del sábado.

Practicaron los hechizos que había aprendido hasta ese momento, utilizando los pupitres como pequeños bastiones con los que defenderse. Al día siguiente, cuando quedó con Scorpius le dolían las rodillas de correr y agacharse y saltar y ponerse de cuclillas y rodar por el suelo… Entraron al Salón de Duelo y el jabalí que había presidido la estancia cuando lo visitó con Richard, fue reemplazado por un orgulloso cisne de plumas negras y pico de plata que agitó agresivamente las alas al verla aparecer.

Scorpius abrió primero la matrioska de los pajarillos, los lanzó al aire y le pidió a Lily que los derribara mientras él trataba de desarmarla. Con las agujetas taladrándole los músculos, Lily trató de centrarse en las aves de metal sin apartar la vista del contrincante. Tropezó un par de veces y una tercera cayó de bruces, pero se levantó en cuanto la rodilla tocó el suelo, con la varita firmemente agarrada y el último hechizo que le había enseñado Rose quemándole la garganta.

Scorpius había bajado la mano. No la atacaría mientras estuviera en el suelo, pero tampoco la ayudaría a levantarse. Eran las normas no escritas que estaba aprendiendo esos días. Lily movió el brazo en diagonal y los pajarillos se detuvieron en el aire. Scorpius lanzó de nuevo el Expelliarmus pero Lily se agachó y consiguió golpear a los objetivos, que se guardaron en la matrioska según los alcanzaba.

—Aprovéchate de todos los hechizos que conozcas —dijo Scorpius sacando del armario un juego de cinco soldaditos de plomo —. Pero no olvides que el duelo es algo más que pelear con magia —. Colocó las cuatro figuras en cada esquina de la sala y con su varita dibujó una runa sobre la espalda del quinto juguete —. Acudirá mucha gente y les oirás azuzarte. No debes caer en sus provocaciones.

Las figuritas aumentaron hasta alcanzar el tamaño de una persona y entre ellos se levantó una muralla de sombras que susurraban insultos, silbidos y palabras soeces. Los cuatro soldados tenían los rígidos brazos levantados, pero en lugar de sujetar una escopeta la apuntaban con unas varas irregulares y mal talladas.

—Podrán atacarte mientras tú y yo peleamos —dijo Scorpius entrando en el reducido espacio que les dejaban los soldaditos —. Con tu nivel, no puedes destruirlos, pero si les cierras la boca, tendrás unos segundos de paz.

El hechizo del que hablaba Scorpius era Palalingua y lo practicaron, junto con los demás, hasta bien entrada la noche. Cuando Scorpius hizo un alto, Lily se dejó caer en uno de los divanes que había al fondo y pensó que nunca más se levantaría. Era consciente de la gran mejora que había alcanzado en los últimos dos días. Quizás si hubiera retado a duelo a sus compañeras tiempo atrás ya habría conseguido su respeto.

"Pero tú no estás entre los Sagrados Veintiocho", se recordó.

Se incorporó para ver cómo Scorpius rebuscaba entre los estantes acristalados del aparador y sacaba dos frascos de cristal, pequeños y de sinuosas formas.

—Tómate esto ahora y el otro antes del duelo. —Lily lo miró con recelo —. No son pócimas peligrosas ni están prohibidas. Se las he preparado mil veces a Albus cuando llegan los exámenes. Te ayudarán a dormir mejor y a no estar nerviosa mañana. ¡Pero qué haces? ¡Cuando dije ahora no quería decir en este momento! ¡Me refería a antes de irse a la cama!

Lily se había agachado para dejar el frasco junto a la pata del diván pero al oír sus quejas giró la cabeza hacia él. El rápido movimiento se mezcló con los efectos de la poción, mareándola. Se agarró la cabeza con las manos y se dejó caer sobre el diván. Le pesaban los párpados y cuando conseguía mantenerlos arriba, su vista se llenaba de una niebla que difuminaba el mobiliario del Salón de Duelos.

—Eso ha sido una temeridad —le regañó Scorpius —, aunque no es probable que alguien quiera usar la sala esta noche. Duerme ahora, vendré mañana a primera hora.

—Scorpius —le llamó ella con la lengua pastosa —¿qué es el Éridan?

—Es el camino que recorrió Faetón cuando guió el carro de su padre sobre la tierra. Su padre era el dios del Sol, pero cuando su hijo tomó las riendas no pudo impedir que el joven sucumbiera bajo el poder abrasador del fuego, que se estrellara y muriera llevándose consigo cuántas almas encontró en su viaje.

Lily no estaba segura de haber escuchado las últimas palabras de Scorpius. A pesar de la poción, varias ráfagas de imágenes se le aparecieron mostrándola a ella subida en un carro de ruedas de fuego, chocando contra una torre que se derrumbaba y cayendo al vacío en una oscuridad densa y calmada de la que se despertó sobresaltada para encontrarse cara a cara con Cordelia.

—Potter —masculló la muchacha, lívida, y se giró hacia Richard —¿Eres tú el responsable?

—Cuando entramos había un cisne negro —respondió éste y giró el rostro.

Lily miró hacia el espacio que había sobre el altar pero no encontró ningún animal en él. En su lugar, girando sobre sí misma, había una espiral de tonos anaranjados, rojos y amarillos que parecía quemarse como un fénix preso de una eterna resurrección.

—Lárgate —gritó Cordelia y Lily dio un respingo —. No puedes estar en este Salón mientras este yo aquí. —Lily se levantó y se acercó a la puerta pero Cordelia no había terminado —. Esta tarde volverás al lugar donde perteneces. Ahora, fuera.

Lily salió al pasillo y tardó unos minutos en saber por dónde caminaba. Estaba temblando. Recordaba el grito de Cordelia, tan furiosa como si la hubiera poseído un demonio.

"Es por los hados… Tranquila. Su miedo es tu fortaleza, así que tranquilízate", se repitió Lily apretando los puños.

Levantó la vista y se fijó en los cuadros que tenía a su alrededor. Reconocía esa zona: debía estar cerca de las Salas de Estudio. Asomó la cabeza a una de ellas y se sorprendió al ver a Hugo solo.

—¿No estás con Matilda? —preguntó sentándose frente a él.

El chico estaba absorto en sus tareas. Había extendido varios libros y tratados de Herbología y sobre un pergamino copiaba con su caligrafía afilada y nerviosa varios enlaces químicos que Lily no entendía. Esta se apoyó sobre sus codos y giró uno de los libros para poder leerlo mejor.

—¿Trajiste un libro de texto muggle? —susurró sorprendida.

Hugo chasqueó la lengua y le quitó el libro de las manos.

—No. Probablemente esté viendo el partido de Ravenclaw contra Gryffindor. Y sobre esto. —Volvió a abrir el libro y buscó la página que había examinado Lily —. Pienso aprovechar lo que estudian los muggles para destacar aquí. Al profesor Longbottom le pareció buena idea, así que mi madre me ha comprado los libros de ciencias de la Escuela Secundaria a la que van Elliot y Louis.

—Pero eso es muchísimo trabajo…

—No, si sabes organizarte y no meterte en líos. Ahora, por favor, déjame estudiar.

Lily lo dejó hacer y salió al jardín. Sentada en uno de los bancos de piedra, podía ver a los jugadores volar sobre los aros del campo. No tenía ánimos para ir, no cuando esa misma tarde se enfrentaría a otra multitud para darles un espectáculo. ¿Saldría bien el duelo ? ¿Conseguiría ganar? A pesar de las cartas de la profesora Trenawley, no las tenía todas consigo. Metió la mano en el bolsillo de su túnica para tocarlas y sus dedos agarraron el cuello del otro frasco que le había dado Scorpius. ¿Cuándo era mejor que se lo tomara? ¿Por qué no había sido más claro Scorpius? Resopló y se frotó las manos contra las piernas para darse calor. ¿Dónde se había metido aquel chico? Si Cordelia no hubiera entrado en el Salón, podría no haberse despertado nunca y entonces, el duelo… ¿Es que Scorpius se había olvidado por completo de ella?

Lily suspiró. Necesitaba dejar de pensar, distraerse con algo. Repitió varios hechizos mientras rezaba porque el partido llegara a su fin. Sabía que tenía que bajar a desayunar, pero los nervios la habían cerrado el estómago y pensar en comida le daba náuseas. Cuando ya casi no sentía los dedos, entumecidos del frío, empezó a ver el desfile de túnicas negras y bandera azules y rojas, que surgía del campo de Quidditch. Se apartó del camino y dio un rodeo hasta las gradas procurando que nadie reparara en su presencia.

Cuando encontró a Rose y a Albus, se rebulló bajo la capucha de la túnica y se pegó a ellos. Rose la saludó con efusividad y por su alegría, Lily supo que Gryffindor había ganado el partido. Caminaron hacia el castillo con disimulo, aunque de vez en cuando, Lily se daba la vuelta o se ponía de puntillas para ver por encima de sus cabezas.

—Si estás buscando a Scorpius, no está aquí —le dijo Albus con tono derrotado —. Esta mañana Neville les llamó a él, a James y a Matilda para cumplir el castigo de navidad.

Lily quiso decir que en realidad estaba buscando a su prima, que quería hablar con ella para que la animara antes del duelo, pero la implicación de que Scorpius tampoco estuviera allí la desequilibró. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Quién la secundaría si perdía?

—Iré yo contigo —le dijo Rose. —No te preocupes.

Pero Lily no podía evitar hacerlo. El día había empezado mal y solo iría a peor. Se sentía débil, quizás por saltarse el desayuno, pero no podía comer. Fueron a una de las aulas donde habían entrenado los días anteriores y repitió los hechizos. Le salían bien, pero se sentía lenta, torpe, con la cabeza llena de ideas que le hacían la zancadilla. Cuando llegó la hora, los tres bajaron a las mazmorras, donde dos muchachos guardaban la entrada. Uno de ellos tenía la cara demacrada y el pelo recogido, mientras que en el rostro de su compañero unas pardas ojeras resaltaban el claro color de sus ojos. Ambos proyectaban un halo de seguridad y gravedad que infundió un gran respeto en Lily. Lo que iba a pasar a continuación no era un juego de niños. Se jugaba su estancia allí, su aceptación; si los ricos tenían una presentación en sociedad, esa debía ser la suya. Cogió la mano de Rose y apretándola con fuerza, caminó hacia la puerta.

—Quienes no sean de Slytherin, no podrán entrar aquí —dijo el chico de la coleta y antes de que Rose pudiera quejarse, el compañero empujó a Lily a través de la pared.

Contrariada por no haber podido despedirse siquiera, siguió al joven al centro de la Sala Común, donde se levantaba una columna muy similar a la que llevaba a su dormitorio. Hizo un gesto con la varita y la columna se deslizó en espiral hacia el fondo de la tierra, convirtiéndose en una escalera de caracol. Descendieron en un silencio reverencial y se adentraron en el túnel de piedra que serpenteaba entre las rocas que sustentaban el castillo. A su paso, las antorchas iluminaban los corredores de piedra, los portones de madera y las ventanas que mostraban la maravillosa ciudad de los seres del agua. Aquí y allá, se cruzaban con alumnos de Slytherin que, al verlos, se detenían y les saludaban bajando la cabeza. Lily respondía con el mismo gesto, tratando de aparentar tranquilidad.

Nunca se imaginó que las mazmorras fueran tan amplias. Parecían un castillo dentro de otro; una ciudad subterránea, protegida de cuánto ocurriera al otro lado del lago, al otro lado del muro de piedra, al otro lado del mundo. Aquella bajada se sentía también como un regreso al pasado, pues los detalles que decoraban los corredores databan de épocas cada vez más lejanas. Cuando se detuvieron, lo hicieron ante una puerta de columnas dóricas coronada con un friso en el que se movían, esculpidos en el mármol y cargados de colores vivos, varios símbolos celtas. Lily distinguió una espiral, un cisne y un jabalí, pero también había un triskel, un caballo y un salmón.

Tragó saliva, consciente de que ninguno de aquellos símbolos la protegía a ella. Estaba sola. Dio un paso hacia delante, pero su acompañante le puso una mano en el hombro y le señaló una cabina que había a la derecha.

—Solo puedes entrar con la varita. Tendrás que dejar la túnica y todo cuanto lleves encima ahí. Yo lo guardaré.

Lily no se atrevió a preguntar si a Cordelia le aplicaban las mismas normas. Arrastró los pies hasta el locutorio y corrió la cortina. Se quitó la túnica y revolvió en los bolsillos de su falda sacando un puñado de migas y trozos de carboncillo. Escuchó, nerviosa, las voces que se escapaban desde el otro lado. Le temblaban las manos y el vértigo trepaba serpenteándole alrededor de las rodillas y carcomiéndole el estómago que, vacío, parecía plegarse sobre sí mismo. Se abrazó a su túnica, metió la nariz entre los pliegues y se golpeó contra algo duro. Histérica, revolvió la tela y sacó el frasquillo que le había entregado Scorpius. Lo miró estupefacta al darse cuenta de que se había olvidado de él y sin dudarlo, destapó el corcho y lo bebió de un trago. Su amigo no estaba allí para darle más instrucciones, así que solo quedaba confiar en él, confiar como había hecho el propio Scorpius días antes contándoles su secreto.

"Confiar", pensó mientras apartaba la cortina y entraba en el Salón de Duelos de Slytherin, "en que esta es mi Casa y conseguiré cuanto quiero".