La lluvia había obligado a los clarianos a recoger antes de tiempo la fiesta. Cuando Minho y Mei llegaron al claro la hoguera apagada humeaba.
— Yo… Minho… — Mei quería agradecerle su ayuda, pero no encontraba las palabras.
— No hay de qué. ¿Sabes quién era?
De pie bajo la lluvia, Mei negó con la cabeza.
— Bueno, no le des muchas vueltas y vete a dormir —y Minho se alejó en dirección a la Hacienda. Mei no tardó en correr a las cabañas.
Los chicos ya estaban durmiendo, por lo que pasó entre ellos tratando de no hacer ruido. Una vez calentita dentro del saco, y con ropa seca, pasó revista a los acontecimientos de aquella noche. Primero Newt, tan cerca de ella y cuyo olor la había abrumado. Al recordarlo le empezaron a arder las mejillas. ¿Qué me está pasando? Y luego Minho. El asiático la había salvado… ¿de qué? Si ni siquiera había estado en peligro. A lo mejor alguien había querido darle un susto de muerte y… y… En el fondo, Minho seguía siendo el mismo idiota de siempre que, además, se las había querido dar de salvador. ¿No había hecho lo mismo con Gally? Y ahora el muchacho de cejas arqueadas lo admiraba. A lo mejor esa era la manera que tenía Minho de ganarse el respeto de la gente: poniéndolos en apuros y rescatándolos después. Idiota.
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La mañana siguiente de la fiesta no fue nada especial. Todos se levantaron temprano y cada uno se dirigió a las tareas encomendadas. Alby ordenó al grupo de Gally que se acercaran a la Hacienda: tenía goteras. Por lo que Mei, Franz y los chicos estuvieron hasta el mediodía clavando tablones y haciendo pruebas de agua.
No vio a Newt ni a Minho aquella mañana. Seguramente estarían corriendo por el Laberinto. Aquello era lo mejor, pensó Mei desde lo alto del tejado, así no tendría que pasar vergüenza delante del pelo-paja y se ahorraría la incómoda situación de tener que fingir agradecimiento para con Minho. Hoy va a ser un buen día.
— Eh, pingajo, has vuelto a colocar el clavo mal — Franz le lanzó una piña que había en el tejado y Mei se frotó el lugar donde le había dado.
— Lo siento…
En ese momento Gally subió al tejado.
— Eh, verducho, siempre te distraes o te pierdes los mejores momentos.
Se sentó junto a ella y concedió al equipo cinco minutos de descanso.
— ¿Qué quieres decir?
Gally sonrió enigmático y levantó las cejas.
— Que alguien se lo cuente.
Típico de Gally. Jamás se echaba flores a sí mismo, pero obligaba a los demás a hacerlo. El elegido fue Paul. Le contó como Gally había inventado una danza de invocación a la lluvia que había obligado a todos a dar por terminada la fiesta.
— Y por eso cree que tiene poderes sobrenaturales —la pulla de Paul no pasó desapercibida para Gally, que le dio un empujón tan fuerte que casi lo lanza rodando tejado abajo.
— Lo has contado mal —terció Gally—. No es que tenga poderes, pero hay que saber combinar una bebida explosiva con la danza de la lluvia. Y ninguno lo va a poder hacer jamás.
— Hombre, digo yo que no será tan difícil… —empezó a comentar Mei pero el chico la fulminó con la mirada.
— ¡No me fodas, pingajo! No te veo a ti saltando por encima de ninguna hoguera. ¡Con lo que te asustan los fucos gusanos!
Todos se echaron a reír y Mei puso los ojos en blanco. Los clarianos no olvidaban fácilmente aquellas fucadas y cada vez que Mei intentaba poner de manifiesto su lado masculino sacaban aquel episodio a relucir, para gran regocijo de todos y vergüenza de la chica.
— Venga, ya vale de risas. Todos al trabajo.
Los constructores se levantaron a regañadientes y reanudaron sus tareas. Aunque hicieron otro alto para degustar la comida de Fritanga, se pasaron toda la tarde arreglando pequeños desperfectos que tenía la Hacienda. La chica no comprendía cómo aquella construcción había durado tanto: las bases estaban torcidas y las vigas eran desiguales. Mei estaba tan concentrada en su labor que no vio a los corredores aparecer por el hueco del Laberinto.
Minho, Alby, Newt y Ben se dejaron caer junto a los muros que daban acceso al Claro. Fritanga cruzó el área para traerles agua. Gally también se dirigió hacia allí.
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—Desde que han vuelto del Laberinto no han salido de la Hacienda— dijo Franz dejándose caer en el banco junto a Mei. Estaban sentados esperando la cena, que hoy no cocinaba Fritanga, sino su ayudante Jim.
—Es raro, ¿no? Habrá pasado alguna cosa…— Mei estaba tan cansada que no tenía ganas de aventurar nada. Estaba cansada y solo tenía ganas de acostarse, sin ver a Newt. Tampoco se sentía con fuerzas de enfrentarse a Minho. De hecho, si no hubiese sido por la cena, ya se habría acostado. Aunque la cocina no fuera el punto fuerte del Claro, era mejor eso que pasar hambre.
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En la Hacienda estaban reunidos todos los Guardianes. Alby los había convocado nada más volver del Laberinto y ahora los miraba a todos con seriedad.
—Es como dice Minho: no hay salida. El Laberinto está cerrado.
Gally se rascó la cabeza y Fritanda se cubrió los ojos con las manos. Los Corredores habían pedido a Alby que los acompañara y la teoría de Minho se había confirmado: no había salida y, además, el Laberinto tenía un ciclo. Cada cierto tiempo unas secciones se abrían y otras se cerraban. En definitiva, eran prisioneros en aquel lugar.
—¿Y ahora qué hacemos? — la voz de Winston fue apenas un susurro. —¿Cómo se lo decimos a los demás?
Fue Alby quien planteó la propuesta, a modo de tanteo, buscando la afirmación de los otros:
—No se lo decimos.
Newt le miró intensamente a los ojos.
—¿Estás seguro?
—Completamente— esta vez Alby sonaba muy seguro: —los chicos no pueden perder la esperanza. Es mejor vivir con la ilusión de que un día saldremos que enfrentarnos a la idea de vivir para siempre aquí. ¿Lo veis así también?
Uno a uno los otros Guardianes asintieron. Newt hizo un gesto con la cabeza, tratando de asimilar la situación. Gally tragó con fuerza antes de asentir, y lo hizo con los puños apretados. Winston y Fritanga temblaban y trataban de contener un sollozo que salía de lo más profundo de sus entrañas.
—Entonces seguimos como siempre: cada uno a sus tareas y ni media palabra de esto a nadie.
Poco a poco los Guardianes fueron abandonando la Hacienda para ir a reunirse con los otros y cenar. Minho se retrasó un poco antes de dejar a Alby. Cuando Newt salía por la puerta aún tuvo tiempo de oírle decir:
—Hay algo más, Alby, alguien ha intentado matar a Mei.
