Capítulo XI - No es lo que Parece
—Denle la bienvenida a su nueva compañera.
Fue una oración sencilla, menos de diez palabras conjugadas en una frase que hizo que el bolígrafo que sostenía resbalara de sus manos como si le hubiese untado un montón de mantequilla antes de escribir, haciendo eco en un salón de clases que por primera vez guardaba un respetuoso silencio.
—¿Intercambio? —cuestionó Junna por lo bajo, dando pequeños golpecitos sobre su barbilla con la goma de su lápiz— ¿a este punto del año escolar?
Ninguna respondió. Sakuragi-sensei les dio la espalda, escribiendo sobre la pizarra un nombre que siempre, al menos a lo que a Futaba se refiere, venía acompañado de malas noticias.
"Tiene que ser una broma" dijo una y otra vez como un mantra, secándose una gota de sudor que resbalaba por su sien. "Debe ser una pesadilla, o una alucinación, o una intoxicación por comerme el último muffin del refrigerador".
Pero cuando dio un suave pinchazo sobre el dorso de su mano, esperando que todo a su alrededor se esfumara como si fuera un mal sueño, confirmó que se encontraba despierta. Despierta, confundida, y ahora adolorida. Ese no era un producto de su estrés reprimido, sino un genuino fallo en la matrix causado por un capo de mucho dinero y aún más tiempo libre.
Y en todo ese tiempo, ese fallo no había dejado de mirarla.
—Ella acaba de ser transferida desde una prestigiosa academia de danza tradicional en Kioto —continuó su profesora— así que háganla sentir como en casa.
—¿De Kioto? —repitió Karen sin intención de disimular su interés— ¿no es de dónde vienes también, Futaba-chan?
Ella, con un grito incómodo atorado en su garganta, se hundió aún más en su silla.
—Ese es otro Kioto…
Karen ladeó la cabeza, dudosa como un cachorro, lo meditó por un instante y luego comenzó a reír.
—No seas bromista, todas sabemos que existe un solo Kioto… ¿Verdad?
La representante, cuyo impecable sentido de la disciplina aumentó ante lo ocurrido con su uniforme una semana atrás, llamó la atención de su distraída compañera en susurros severos. Sin embargo, para una Futaba que aún luchaba por recoger su mandíbula del suelo, aquello no fue más que ruido blanco en medio de una frase que se repetía una y otra vez.
"Debe ser una broma".
No había pronunciado una palabra desde que entró al aula arrastrando una maleta tras de sí, usando un uniforme hecho a la medida que no hacía más que dotarla de cierta astucia burlona, como si estuviera riéndose de sus precarios intentos por llevar una vida normal. Si esa era o no su intención, no había forma de saberlo.
—Preséntate, por favor.
La chica asintió a su profesora, dando un paso al frente. Se veía radiante, con ese cabello castaño cayendo a lo largo de su espalda como una tranquila cascada de agua oscura, sonriendo como si tuviera mil secretos que quizá era mejor que nunca salieran a la luz.
—Mi nombre es Tendo Maya —dijo a toda la clase mientras hacía una reverencia un tanto pronunciada para venir de una chica de preparatoria— espero que podamos llevarnos bien.
No se trataba de un sueño, era la peor de sus pesadillas hecha realidad. Era la mafia recordándole que su poder era infinito.
Futaba se aseguró de cubrir sus manos con sus útiles escolares, tomó su teléfono de debajo de su pupitre y buscó el número que necesitaba entre su lista de contactos. Si los engranajes del crimen iban a girar a su alrededor, lo mínimo que se merecía era una explicación honesta.
Y sabía muy bien a quién pedírsela.
—Gracias, Tendo —Sakuragi-sensei miró a su alrededor, repasando cada rostro que componía una clase que se iba haciendo más pequeña año con año—. Ahora, ¿en dónde te sentarás?
Maldijo el día en que se involucró con esa gente, y el instante en que su atención comenzó a orbitar en torno a Hanayagi Kaoruko igual que la Tierra orbita al Sol.
«Quiero respuestas ahora mismo».
Escribió el mensaje llena de furia, pero en cuanto el aviso de «leído» apareció en la pantalla, Futaba sintió como su expresión se ablandaba considerablemente. Desde lo ocurrido en el aula de danza tradicional, Kaoruko se había esforzado en llevar su relación a un ritmo casual. Su agenda a reventar le impedía verla a menudo, pero solía compensar ese tiempo con largas conversaciones que se extendían hasta bien entrada la noche o hasta que el móvil de alguna de las dos pidiera un descanso.
¿Así es como se sentía estar en una relación?
Sus mejillas se tiñeron de un suave color rojo. Kaoruko era una persona difícil, pero ella tenía un instinto nato para poner alto a buena parte de sus caprichos, creando un balance entre ambas que hacía que cada mensaje le arrancara una sonrisa. Lo cierto es que desde que habían aclarado las cosas, Futaba no había vuelto a sentirse sola.
Aunque…
«¿Respuesta a porqué soy tan maravillosa? Cielos, creí que nunca lo preguntarías».
Su cara volvió a su irritado estado natural. Claro, a veces olvidaba que esa persona era la misma que ordenó secuestrarla en lugar de pedirle una cita como cualquier persona normal. El mismo demonio azul que seguía interviniendo en su vida a límites que tenía -y debía- controlar.
¿Por qué diablos le atraía tanto? Se tragó su dignidad y preparó una respuesta.
«Basta de juegos —tecleó frustrada— tu perro está haciendo de las suyas aquí, me debes una explicación ahora mismo».
Pero pese a que el mensaje fue leído al momento, no obtuvo respuesta.
—¡Oh! —Karen se levantó de su asiento, agitando su brazo en el aire para señalar uno de los muchos lugares vacíos— ¡ahí hay un lugar!
—Gracias, pero no era necesario que te pusieras de pie. —La profesora regresó la atención a su nueva alumna, señalando el mismo lugar al que apuntaba Karen antes de borrar su nombre de la pizarra—. Toma asiento por favor, si tus vecinas resultan demasiado ruidosas podemos arreglar un cambio al final de la clase.
Maya, sin embargo, sonrió.
—Apuesto que no será necesario.
Tomó su maleta y, entre miradas curiosas, caminó a su lugar. Cuando estuvo a nada de llegar, Maya se inclinó para recoger un bolígrafo del que el resto del mundo se había olvidado, colocándolo con cuidado sobre la mesa aledaña a la suya.
—Creo que esto es suyo, Isurugi-san.
Apartó la vista de su móvil, al fin consciente de lo que estaba ocurriendo a su alrededor mientras forcejeaba por respuestas. Tendo sonrió con amabilidad, colocó sus pertenencias en el asiento de al lado y se sentó con elegancia.
—Así que estamos en la misma clase —le dijo con fingida inocencia, en voz tan alta que todas pudieron escucharla— siempre es un alivio ver un rostro familiar.
Más de una docena de rostros la miraron de inmediato, buscando en su semblante la respuesta a una pregunta que nadie, a excepción de Daiba Nana, se atrevió a preguntar en voz alta.
—¿Se conocen?
"Desearía que no" pensó responder, pero eso traería más preguntas que no tenía ánimos de evadir.
—Las preguntas son para después —dijo su profesora con una media sonrisa ante la peculiaridad de su clase— pero dado a que ese parece ser el caso, seguro que a Isurugi no le molestará compartir su libro de texto con Tendo. Quizá así deje de ver su teléfono en mi clase y preste atención.
—¿Eh…?
Tendo arrastró su mesa junto a la suya sin esperar más indicaciones, lanzándole un discreto guiño mientras abría su cuaderno de apuntes, mostrándole un mensaje con la misma caligrafía que había visto antes en decenas de cartas de amor.
«Diviértanse».
Cínico, elegante y burlón, exactamente igual que Kaoruko.
Sintió ganas de gritar. Ignoró el rostro de Tendo y sus inmensas ganas de romperle la nariz de un puñetazo y, a medida de lo posible, intentó actuar como si tuviera todo bajo control. Lo había dicho una vez e iba a repetirlo cuantas veces fueran necesarias: ninguna pandilla de criminales arruinaría su experiencia en Seisho, jamás.
El paso de los minutos sólo sirvió para aumentar su frustración, observando como su nueva compañera alzaba la mano para responder correctamente cada una de las preguntas que hacía su profesora. La siguiente clase era la de canto, y era cuestión de tiempo para demostrarle al mundo que Tendo Maya era poco más que un fraude.
Pero igual que todos sus planes, su mandíbula cayó por su propio peso, despegándose de su cráneo y atravesando la corteza terrestre hasta perderse en algún lugar del centro de la tierra. Así es, como todo lo demás, su plan había sido un fracaso.
—Excelente, Tendo. Ahora prueba subir la última nota un poco más.
Los dedos de la profesora danzaron sobre el piano mientras Maya acataba la orden a la perfección, con una expresión relajada que parecía tallada en piedra.
—Increíble —dijo sin querer, sobrecogida por la fuerza y la armonía a la que llegaba su voz sin hacer el mínimo esfuerzo, golpeando cada nota con la precisión de una soprano.
—Nunca había escuchado algo como eso, es increíble —coincidió Banana, uniendo sus manos a la altura del pecho.
Junto a ellas, recargada contra la pared con los tobillos cruzados, Saijo Claudine soltó un bufido.
—No es tan buena.
—¿Qué dices? —dijo Futaba— es que casi puedes ver como brilla de verdad, podría usarla como una linterna en un callejón oscuro.
—Eso es ridículo.
Pero pese a sus palabras, una parte de su teléfono se asomaba a través del bolsillo de su blazer, capturando hasta la última nota de esa poderosa voz.
—Solo no te desveles mucho escuchando esa grabación, Kuroko.
—Silencio —murmuró en respuesta, pero aún así tuvo la decencia de ruborizarse.
—Espléndido. —Sakuragi-sensei dio por terminado el ejercicio, despidió a su nueva alumna y llamó a la siguiente chica en la fila. Tendo le dio las gracias, volviendo a su lugar al mismo tiempo que Karen avanzaba hacia el piano a trompicones.
—Tienes buena técnica, Tendo-san.
—Muchas gracias Hoshimi-san, eres muy amable —sonrió, aunque su mirada solo se mantuvo en ella unos instantes antes de volver en busca de su presa—. Espero que mi desempeño haya sido el esperado, Isurugi-san.
—Claro —dijo entre dientes— pero en nuestra próxima clase caerás.
Maya entendió, lo supo en la forma en que la comisura de sus labios se alzó un poco más de la cuenta antes de concentrarse en cómo Karen luchaba por mantener un timbre constante. Futaba le había lanzado un desafío, y ella acababa de aceptarlo con gusto.
¿Y qué si podía cantar? Cientos de miles de personas sobre la tierra podían hacerlo y no por eso estaban capacitados para el ritmo de Seisho. En cuanto llegara la clase de danza moderna el telón caería sobre ese gangster vendido a más.
…O quizá no.
—Increíble —murmuró Mahiru, sentada a su lado abrazando sus rodillas— parecen sacadas de otro mundo.
Y tenía toda la razón. Tendo danzaba con movimientos gráciles, haciendo a Claudine girar entre sus brazos con una delicadeza que poco tenía que ver con su profesión. Era surrealista, el hecho de que la chica que bailaba con su amiga fuese la misma que la drogó, la ató de pies y manos y la lanzó al interior del maletero de un auto blindado.
—No es real —murmuró al aire, sintiendo como sus manos se convertían en puños a sus costados— nadie puede ser así de bueno, ella no puede ser así de buena.
Pero lo era, tanto como Kaoruko bailando con ella en la cima de la Torre de Tokio, y en cuanto la música se detuvo, una buena parte de la clase estalló en ovaciones.
—Fue maravilloso, Saijo-san —Maya tomó las manos de su compañera entre las suyas; sus ojos violetas brillaban con admiración— aguardaré ansiosa nuestro próximo baile.
Pero Claudine no respondió, se soltó de su agarre y le dio la espalda, pasando de largo a Futaba -quien la esperaba con una toalla para secarse el sudor- y saliendo al vestidor para, finalmente, perderse por el pasillo en tres grandes zancadas. Por un segundo fugaz notó un deje de decepción sobre el rostro de Tendo, pero este fue sustituido rápidamente por la misma sonrisa fingida que había llevado toda la tarde.
Ella, por su parte, no podía quedarse más tiempo de brazos cruzados. Se escabulló a los casilleros en busca de su teléfono y, cuando se aseguró de que no hubiera ni un alma en el vestidor, marcó un número que se sabía de memoria y esperó.
—Vamos —murmuró sin despegar los dientes, atenta al agudo tono del timbre al otro lado de la línea— contesta de una buena vez.
—Temo que no lo hará.
El móvil casi resbaló de su mano cuando se giró sobresaltada, solo para encontrar a Tendo Maya detrás suyo, tomando de una botella plástica que sacó de su propio casillero. No la había escuchado; ni sus pasos, ni su respiración, ni el particular rechinido que hacían sus zapatillas sobre el suelo encerado. Tendo penetró sus defensas con la precisión de un ladrón.
—¿Cómo…?
—Antes que un asesor, soy un agente de campo —aclaró sin mirarla— el sigilo es parte fundamental de mis operaciones.
—¿Y cómo sabes que no contestará?
Tendo sacó su libreta negra del bolsillo de su sudadera deportiva, pasó algunas páginas y colocó su dedo índice sobre uno de los renglones.
—Sí, aquí está —señaló— tiene un par de reuniones con otros miembros de nuestro grupo programadas para hoy…
—¿Grupo?
—Sí, grupo —repitió con paciencia— y me parece que no tendrá tiempo libre hasta mañana.
Futaba colgó la llamada, buscando en los ojos de Tendo un rastro de esa flaqueza de la que parecía carecer desde el día en que la conoció. Pero como siempre, no encontró ni rastro de la misma.
—¿Qué es lo que planean?
Tendo le obsequió una sonrisa cómplice, la misma que había usado para burlarse de ella. Guardó su botella una vez más y cerró su casillero, regresando su libreta a la seguridad de su bolsillo.
—Temo que este no es el momento ni el lugar para hablar de negocios —respondió con voz suave, casi conciliadora— pero puede que al finalizar las clases cambie de opinión.
—¿Lo prometes?
El vestidor quedó en silencio; muy cerca, al interior del estudio, sus compañeras se preparaban para el siguiente ejercicio. El rostro de Maya se llenó de cortesía fría y distante, y por un momento pudo ver a través de la farsa que llevaba montando toda la mañana.
—Nuestros colegas en la Sicilia de antaño se referían a sí mismos como «hombres de honor» por una razón, Isurugi-san. Le doy mi palabra.
—Eso espero, Tendo.
Fuera cierto o no, el resto de la clase y, a su vez, su hora de receso transcurrieron sin el menor contratiempo. Maya se pegó a ella desde el minuto uno, y tras fracasar rotundamente buscando a Claudine por todos lados, Futaba se conformó con la compañía del trío más desastroso de la escuela.
Karen estuvo más que feliz de recibirlas en su mesa, y no tuvo el menor reparo en invadir la intimidad de la chica nueva con miles de preguntas que Maya esquivó con destreza.
"Es buena" pensó mientras la escuchaba narrar historias sobre viajes, dramas de una familia numerosa y una feliz pero no sobresaliente vida escolar. Las mentiras fluían de sus labios como el agua en la fuente que había a mitad del patio, con la hermosura de una vida ideal que nunca podría ser.
—¿Ocurre algo, Isurugi-san?
Futaba, que había permanecido durante buena parte de la conversación sin decir ni una palabra, negó con la cabeza.
—En absoluto.
Y la charla siguió como si nada, en manos de la extrema inocencia de Karen, la amabilidad de Mahiru, el misterio de Hikari y las mentiras de Maya.
"Kaoruko…"
Observando ensimismada la pantalla de su móvil, y el aviso de una nueva llamada perdida, Futaba se preguntó qué de todo lo que sabía de ella era verdad.
Y para cuando logró apartar esas molestas preguntas de su cabeza su próxima clase ya había comenzado, y la pequeña aula que usaban para ensayar fue inundada por la luz de una estrella lejana, muchos años en el futuro. Ocurrió en un pequeño pueblo dentro de un pequeño país durante su Festival de las Estrellas de Verano.
El frío de la noche llenaba el desierto, pero la música y el baile ayudaban a los cientos de asistentes a entrar en calor. Flora, lejos de la felicidad de su gente, se abrazó a sí misma en busca de calidez y consuelo.
—Claire…
Sus manos rozaron las de su amiga, y sus ojos buscaron en los suyos un atisbo de la persona a la que conoció exactamente un año atrás, brillando como la estrella más hermosa del firmamento. No había nada; el violeta de sus pupilas estaba lleno de incertidumbre y miedo, y el ver esa mezcla de sentimientos en el rostro de alguien que significaba tanto para ella hizo que estuviera a punto de llorar.
—No lo entiendo —dijo Claire en un hilo de voz, con manos tan temblorosas que lo único que las mantenía en su sitio era el agarre de Flora—. Tu voz, tu calidez, sé que nuestra promesa es importante…
La soltó, con lágrimas asomándose por el rabillo de sus ojos como las perlas de un molusco. Flora vio sus dientes castañear, aunque no pudo decir si era por el frío o por el terror que le provocaba la idea de perderse a sí misma.
—¡Pero no puedo recordar!
Su corazón estaba roto, hecho trizas por una tragedia que ninguna de las dos pudo evitar, pero Flora era una mujer testaruda, y nada la haría perder la esperanza de recuperar a quien conoció una vez.
—Aún queda una forma…
Un rayo de esperanza cortó la penumbra en su pecho, iluminando su futuro como hacían las estrellas con el festival. Había una oportunidad: la magia que se alzaba sobre sus cabezas custodiada por seis diosas cautivas.
—Si consigo tomar esa estrella, entonces los recuerdos de Claire…
Sus ojos carmín resplandecieron llenos de determinación mientras alzaba su mano a lo lejos, a la torre de la que hablaban las leyendas de su ciudad. Claire la observó un momento, hipnotizada por su hermoso cabello rubio pálido que danzaba en la oscuridad como cortinas de oro. Tomó su mano y, compartiendo una mirada rápida, alzó la otra hacia su nuevo objetivo.
—¡Iremos juntas —dijeron al unísono— a tomar esa estrella!
Sus manos entrelazadas le dieron a la otra la fuerza que necesitaban para cumplir la promesa que habían hecho un año atrás, y que un trágico accidente había arrebatado de sus manos. Flora era para Claire y Claire para Flora, y ni la más sádica broma del destino cambiaría esa verdad.
—¡Magnífico!
Sakuragi-sensei se levantó de su silla, y sus aplausos hicieron que el brillante cielo estrellado desapareciera para volver a ser un simple salón de clases.
—Saijo, Tendo, su actuación fue increíble, puedo asegurar que ustedes serán unas excelentes candidatas para ser las caras del Starlight de este año.
Claudine sonrió, alzando su rostro lleno de orgullo, pero cuando quiso volver a su sitio se dio cuenta de que algo atrapaba su mano. Bajó la mirada y descubrió que su palma permanecía unida a la de su Claire.
—¿Lo hice bien, Saijo Claudine?
—No me creo tu personaje —respondió con una mueca de desagrado, soltando su mano en un santiamén— necesitas dejar de creerte tan perfecta y expresarte de un modo más realista.
—¡Oh! No había pensado en eso. —Maya, ignorando la calidad pasivo-agresiva de su observación, se limitó a tomar apuntes en su libreta—. Lo haré mejor la próxima vez.
—Si es que hay próxima vez…
Futaba las observó separarse, siguiendo a Tendo con la mirada hasta que llegó junto a ella con esa estúpida y calculadamente falsa expresión de inocencia.
—¿Qué diablos eres? —preguntó con la boca seca por la impresión— ¿eres una especie de robot, o un monstruo, o un zorro de nueve colas o…?
—Es una buena broma, Isurugi-san —dijo Maya entre risas— pero dígame, ¿acaso un monstruo podría hacer algo así?
No, ningún monstruo podría ser tan bueno. Futaba lo dejó estar, resignada, se hundió en su silla y en cuanto la última campanada del día sonó, tomó a Maya del brazo y se adelantó al resto de sus compañeras.
—¿No quieres subir? —preguntó mientras maniobraba su motocicleta a pie. Apenas habían recorrido un par de calles, pero ya estaba tan cansada como si acabara de finalizar una extenuante sesión de entrenamiento—. Me harías las cosas mucho más fáciles, si te soy honesta.
—Gracias, pero no —respondió, mirando la hora en su teléfono, mismo que tenía un pequeño dije en forma de cisne colgando de uno de sus extremos—. Aún tenemos unos minutos antes de que terminen de amueblar mi habitación, así que no hay prisa.
Futaba alzó una ceja.
—¿Segura que sólo es eso?
—Tampoco creo que a Hanayagi-san le agrade mucho la idea de que me acerque tanto a usted.
—Siempre está detrás de todo, ¿no?
Sacó su móvil y revisó sus mensajes por última vez. Aún era algo temprano, por lo que el sol todavía estaba en lo alto del cielo acompañado de una suave brisa otoñal que meció su cabello y le indicó que pronto necesitaría un suéter para salir a pasear.
—No me ha llamado…
—Nos encontramos en una situación un tanto desfavorable —respondió Maya— así que tiene una agenda bastante ocupada.
—¿Qué no eres su consejera o algo así?
—Efectivamente.
—¿Y no necesitará tu ayuda? —Futaba se permitió esbozar una media sonrisa— lo siento, pero no puedo imaginarla como una mujer de negocios.
Maya se encogió de hombros y miró distraídamente al cielo, como si buscara en él las respuestas que necesitaba.
—Hanayagi-san ha estado al mando de la «familia» desde el momento en que llegamos a Tokio —respondió— así que esto no es nada que ella no pueda manejar.
Futaba sintió como su sonrisa se esfumó, abandonó la aplicación de mensajería y echó un vistazo a la foto que adornaba la pantalla principal de su teléfono.
—En ocasiones —comenzó, recorriendo la imagen con las yemas de los dedos— me pregunto qué tan diferente es la Kaoruko que yo conozco a la verdadera.
—Todos tenemos caras distintas, Isurugi-san, y nosotros decidimos cual le mostramos a cada persona. Hay partes de ella que usted está bien sin conocer, y hay otras que usted conoce y que yo jamás he visto.
—Imagino que lo mismo va contigo.
Maya ladeó la cabeza.
—¿De qué manera?
—Cantas, bailas, haces a la primera algo que a mí me tomó meses perfeccionar.
—Realmente no fue a la primera…
Su mirada cambió, de modo tan sutil que quien no la conociera lo habría pasado por alto. Futaba decidió no presionar, aminoró el ritmo de su caminata y permaneció atenta. Había algo diferente en sus ojos, como un brillo de nostalgia del que no se podía deshacer.
—Hace años, cuando sólo éramos niñas, Hanayagi-san y yo inventábamos historias mientras los adultos se entretenían con sus… Negocios. —Contó, y conforme fue avanzando su mirada se perdió en las nubes—. Hanayagi-san tenía inmunidad a la hora de causar problemas, así que pasábamos el rato corriendo por la mansión, pretendiendo ser alguien más.
—A veces es difícil creer que fueron niñas alguna vez, ustedes dos.
—Lo es incluso para nosotras. La infancia terminó más rápido de lo que debería, y del mismo modo mentir dejó de ser un juego para convertirse en una obligación.
—Suena a que realmente lo extrañas, tu propio escenario. —Futaba sonrió, aunque era un gesto lleno de tristeza—. ¿Nunca te has planteado dejarlo?
—¿Qué cosa?
—A tu «familia». —Se aclaró la garganta y prosiguió—. Eres buena, más que yo, con tus contactos podrías forjarte una carrera como profesional en seguida.
Pero la pequeña sonrisa tambaleante en el rostro de Tendo se esfumó de golpe.
—Dejarlo, ¿eh?
Se detuvieron en un cruce, el mismo en el que sus vehículos se habían encontrado a mitad de una persecución. Tendo miró la luz roja, misma que se reflejó en sus ojos y les dio una nueva tonalidad. Futaba, nerviosa, tragó hondo antes de hablar.
—Lamento si toqué un tema delicado.
—No se preocupe, entiendo su curiosidad, solo me parece que es algo que quizá no logre entender.
—Podrías explicármelo. —Un auto pasó frente a ellas, levantando una suave brisa que le revolvió el cabello—. Quiero hacer lo posible para entender a Kaoruko, y para lograr eso también debo entenderte a ti.
Por un momento creyó haber hablado más de la cuenta. Maya pasó una mano por su cabello, largo, brillante y arreglado en un pulcro moño púrpura, tomó una bocanada de aire y comenzó a contar.
—Caí en manos de los Hanayagi cuando tenía unos cinco, o a lo mucho seis años…
Dudó un momento, mordiéndose el labio inferior, luego continuó su historia.
—Mi familia, quiero decir la verdadera, no tomó muy buenas decisiones a la hora de administrar su dinero, y acabaron pidiendo un préstamo a las personas equivocadas. En ese instante, a plena luz del día, fue cuando lo perdí todo.
Futaba bajó la mirada.
—¿Entonces tus padres están…?
—¿Muertos? —su rostro adquirió un ligero toque de ironía—. No, ellos están bien. En ocasiones los veo en el periódico, y parece que ese dinero les sentó bien.
—¿Son famosos o algo así?
—Digamos que todo lo que vio el día de hoy es algo que llevo en las venas, quizá algún día se los muestre.
La luz cambió a verde y ambas cruzaron la calle sin prisa. Algunas otras chicas iban y venían, conversando entre sí con tono alegre; por un momento Futaba deseó ser como ellas, ignorante de las sombras que se movían a su alrededor.
—A lo que voy con esto, Isurugi-san, es que cuando mis padres me dejaron con esa gente creí que iba a morir. Y quizá fue así hasta cierto punto, cuando la persona más inesperada me dio una nueva oportunidad.
—Kaoruko…
—Hanayagi Kaoruko me tendió su mano cuando más lo necesitaba, y no pretendo soltarla por nada del mundo.
—Harías todo por ella, ¿no es así?
—Por supuesto.
—¿Incluso matar?
La pregunta fue tentativa, formulada para probar terreno incierto en un ambiente que se volvía cada vez más pesado. Pero la respuesta fue tan rápida y contundente que Futaba sintió como se le helaba la sangre. Maya sonrió ampliamente, colocó una mano sobre su hombro y, con un guiño, dijo:
—Lo he hecho cientos de veces, Isurugi-san.
Pasaron los siguientes quince minutos en silencio, recorriendo las últimas calles que las separaban de los dormitorios. Futaba la miraba con el rabillo del ojo cada cierto tiempo, pero mientras más la observaba más le parecía que todo su mundo era tan misterioso como el fondo del mar.
Juntas atravesaron la rudimentaria cerca de madera -pese a todos sus intentos de repararla, la de acero estaba demasiado dañada para salvarla- dejaron la moto en el aparcadero y entraron al edificio.
—Has estado aquí antes, ¿no? —dijo con un suspiro cansado, observando como la consigliere de los Hanayagi se sentaba en el recibidor para quitarse los zapatos con la familiaridad de un inquilino.
—Un par de veces —admitió— aunque es reconfortante hacerlo de día, sin tener que cargar todos esos obsequios hasta su puerta.
—Suena tan raro cuando lo dices de esa manera, como si fueras una especie de mensajera en lugar de una acosadora de primer nivel.
—Solo sigo órdenes, Isurugi-san —Tendo se puso en pie, sacudió su falda y caminó a las escaleras— no he acosado a nadie.
—¿Ni siquiera a Kuroko?
Se detuvo en el primer escalón, inmóvil como una estatua tallada en mármol.
—Eso no tiene nada que ver con nuestros asuntos pendientes, Isurugi-san —dijo sin mirarla, subiendo el tramo que le faltaba para llegar a la segunda planta— vamos, no hay tiempo que perder.
—Claro, ignora el tema…
Futaba la siguió escaleras arriba, aliviada cuando giraron por el pasillo en dirección contraria a la de su propia habitación. Por precaución se aseguró de no externar su alivio; sabía que sólo hacía falta una visita a la directora para que Maya se convirtiera en su nueva compañera de cuarto, y en el hipotético caso de que eso ocurriera, no habría nada que le impidiera sacarse los ojos con sus propias manos.
Aunque Claudine…
La habitación de Tendo resultó estar frente a la de su mejor amiga, y había algo que le decía que tal decisión no había sido accidental.
—Póngase cómoda, por favor. —Maya sacó un juego de llaves de su bolsillo y abrió la puerta para ella—. Iré por un poco de té.
—Claro, disculpa la intromisión —dijo más por costumbre que por cortesía, dando un paso dentro del cuarto antes de que la puerta se cerrara a sus espaldas, dejándola sola con sus pensamientos.
—Que fastidio…
Dejó su bolso en el suelo y, pasando una mano por su despeinado cabello rojo, se dispuso a echar un vistazo.
¿Qué era lo que esperaba?
Quizá un sitio de paredes blancas, vacías y ordenadas al punto en que serías capaz de escuchar tu propio corazón. Pero no, era una habitación tan ordinaria como la suya, con una cama individual, una mesita de noche y un pequeño escritorio rodeado de media decena de cajas sin abrir. Sus colores fríos y sus pequeños adornos en forma de ave colgando de las paredes le daban un toque tranquilo.
—Increíble —dijo en voz alta, tomando la única foto que descansaba en la mesa de noche— así que incluso ella puede tener algo así…
Había dos personas en la fotografía, Maya y Kaoruko, ambas sonriendo a la cámara con los suaves rasgos de la adolescencia. Kaoruko le contó que su familia solía dedicarse a a la danza tradicional, y quizá era esa la razón por la que los kimonos se ceñían a sus cuerpos con elegancia. El de Tendo era color azul, con pequeñas aves blancas alzando el vuelo; el de Kaoruko era de seda negra y brillante, con el emblema de su Clan bordado en hilo de oro.
Así, con esa sonrisa inocente, parecía una persona distinta.
—Eres hermosa —murmuró— pero, ¿qué parte de ti es real?
Alguien tras ella soltó una risita. En todo ese tiempo había permanecido de espaldas a la puerta, por lo que no se percató de la sombra que esperaba oculta en una esquina ni del peculiar olor que impregnaba toda la habitación. Se acercó agazapada, atenta, hasta que sus brazos rodearon a la chica impidiéndole escapar.
—Todo en mí es real, preciosa.
Futaba se sobresaltó, sintiendo como sus hombros se estremecían pese a la calidez del abrigo que la envolvió. Giró sobre sus talones, encarándola, aunque ni siquiera se molestó en forcejear.
—¡¿Kaoruko?!
Hanayagi Kaoruko, con una media sonrisa sobre el rostro, apretó su agarre.
—Sorpresa.
—¡¿Cómo…?!
—Lo creas o no, yo ayudé a traer todas estas cosas desde la mansión —dijo a la vez que descansaba todo su peso sobre sus hombros— y estoy exhausta.
—Eres muy perezosa, ¿no?
—Tú también lo serías si estuvieras en mi lugar.
Hundió su rostro en su cuello, repartiendo pequeños besos en cuanta piel quedaba a su alcance. Futaba reprimió un gritito, pero en cuanto los besos fueron reemplazados por una respiración pausada, se alejó de golpe y tomó su rostro entre sus manos.
—¡No te quedes dormida sobre mí!
Kaoruko hizo un puchero.
—Que cruel —respondió inflando las mejillas—. Aunque si estuviera sobre ti lo menos que haría es dormir.
—¿Hasta cuando tendrás decencia?
—Soy la persona más decente que vas a conocer en tu vida.
Gruñó. Quería decirle un montón de cosas y preguntarle muchas más, pero el hecho de tenerla tan cerca y con su rostro entre sus manos sirvió como un bálsamo para sus emociones. Debajo del sombrero sus ojos marrones brillaban con gentileza, tan feliz de verla como lo estaba ella desde el fondo de su corazón.
¿Cómo podía atraparla de forma que no le quedaban ganas de escapar?
Al final se resignó, tomó la iniciativa y por primera vez decidió ser quien comenzara el contacto. Fue apenas un roce, un breve beso de solo unos segundos que llenó su pecho de calidez.
—Estamos impacientes, ¿eh?
—Cállate.
Cuando profundizó el beso, sus labios no tenían rastro de brillo labial, ni de sabor a fresa o a menta, ni de aquella inocencia que encontró en la foto. Era tabaco puro, tan fuerte que le ardió en la garganta e hizo que estuviera obligada a tomar aire.
—Kaoruko…
Se sintió bien, mucho más de lo que podía admitir. Sus manos viajaron de su espalda a su cadera, acariciándola por encima del uniforme. Futaba recorrió su rostro con las yemas de sus dedos, de piel tan suave como la seda de un kimono.
—Me encantaría seguir con esto —le dijo Kaoruko al separarse de ella, lamiéndose los labios con una sonrisa orgullosa— pero tenemos algo de que hablar.
—Oh, claro…
Hizo lo posible para ocultar su decepción. Kaoruko se alejó de ella para sentarse al borde de la cama, cruzando las piernas con un nuevo cigarrillo entre sus labios.
—¿No vamos a esperar a Tendo?
—No —respondió, encendiendo su cigarro con una cerilla— ordené que nos dejara a solas un momento.
—¿Por qué?
—Porque imagino que tienes un montón de preguntas acerca del… Asunto… Que tenemos entre manos.
Poca era la luz que se filtraba a través de las cortinas cerradas, pero fue la suficiente para contornear su silueta, añadiéndole un ligero toque amenazador. Futaba trató de recuperarse lo más rápido que pudo, se irguió frente a ella y asintió.
—Supongo que a estas alturas intuirás que Tendo-han vivirá aquí por un tiempo.
Futaba frunció el ceño.
—¿Por cuánto?
—Hasta que lo considere oportuno —dijo encogiéndose de hombros— puede ser un día, unas semanas o hasta tu graduación.
—¿G-Graduación?
—Así es, cuando vengas a vivir conmigo.
—Ignoraré que estás dando por hecho que viviré contigo en algún momento y me concentraré en lo que de verdad importa.
—¿Y eso es…?
—Tendo no puede quedarse.
—Claro que puede.
—Alguien la descubrirá tarde o temprano, y no podrás impedir un escándalo por más poder que tengas sobre la directora.
—Eso no ocurrirá.
—¿Cómo estás tan segura?
Sonrió, llevó una mano al bolsillo interior de su abrigo y extrajo un enorme montón de papeles que extendió en su dirección. Futaba dudó un momento, luego los tomó y los revisó uno a uno. El primero, encima de todo, era la ficha estudiantil de Maya, auténtica y con el sello de Souda-sensei.
—Registro de nacimiento, historial médico, antecedentes escolares. —Kaoruko cruzó los brazos sobre el pecho; el humo de su cigarrillo comenzaba a llenar la habitación, y Futaba no pudo evitar preguntarse cómo ocultarían ese particular aroma antes del pase de lista—. Para la sociedad, ella es una chica de diecisiete años como cualquier otra, y me he encargado de levantar un muro de desinformación que recibirá a quien desee indagar sobre el tema.
—¿Cómo conseguiste esto? —preguntó, revisando cada sello gubernamental— y además, ¿quién diablos es Ito Ayasa?
—Hay gente en el gobierno que me debe favores, así que me encargué de cobrarlos con los intereses pertinentes —esbozó una media sonrisa—. En cuanto a lo otro… Soy una figura pública, Futaba-han, por lo que mi nombre real solo debe aparecer en mis negocios legales. Ito-han se encarga de todo lo demás.
—Seudónimos…
—Brillante deducción, Detective Isurugi.
—No tienes derecho a burlarte —dijo en respuesta, devolviéndole los papeles— al fin de cuentas estás usando el verdadero nombre de Tendo.
—No es como si existieran registros de ella antes de esto, así que no hay de que preocuparse.
Aquello capturó su atención, haciendo que la pequeña conversación que mantuvo con Maya regresara a su mente clara y fresca. Hizo una nota mental para indagar sobre eso después y la arrojó al fondo de su cabeza.
—¿Eso quiere decir…?
—…Que soy la tutora legal de Tendo-han, y por lo tanto soy la única que puede dar marcha atrás a esa decisión.
Dio una calada larga, profunda y con aire adulto que le recordó a esa primera cena que pasaron juntas, cuando la cabeza le dolía y el efecto del somnífero hacía que su percepción del tiempo fuera incierta. Por un segundo le dio la impresión de que no estaba hablando con la Kaoruko que conocía y quería a su lado, sino con la reina del crimen que la analizaba con ojos fríos y calculadores bajo su sombrero de ala ancha.
—No puedes hacer esto…
—Mírame —dijo con severidad—. A partir de este momento Tendo será tu sombra. Te vigilará día y noche tanto en la escuela como fuera de ella. Si necesitas ir a algún lugar tendrás que informarle primero, y de ella dependerá establecer las directrices para tu seguridad.
Futaba gruñó.
—¡No puedes obligarme a aceptar eso!
—Ya lo hice.
—¡Y no estoy de acuerdo con ello!
—Perfecto, porque no pedí tu opinión —le respondió de modo tajante, inclinándose hacia adelante para mirarla mejor—. Mi decisión está tomada, así que aprende a vivir con ello.
—Kaoruko… —Sus manos temblaron con impotencia—. ¡Déjate de juegos!
La tomó del abrigo, obligándola a ponerse en pie para quedar a su altura, luchando para no apartar la mirada de esos ojos tan ajenos a todo lo que conocía. El cigarrillo se deslizó de sus labios, cayendo al suelo y muriendo bajo el peso de su tacón.
—¿Qué quieres? —preguntó Kaoruko con una voz carente de emociones. Futaba, con las manos temblorosas, se acercó un poco más.
—Lo hablamos la última vez, que íbamos a tomar las cosas con calma, que iríamos por este camino juntas.
—Y lo haremos —confirmó— pero no me importa sacrificar tu confianza si eso me ayuda a mantenerte a salvo.
—¿De qué? —la soltó, tomando su rostro entre sus manos nuevamente; esta vez Kaoruko no reaccionó—. ¿Cómo sé que puedo confiar en ti?
—Porque necesito que lo hagas.
Kaoruko se sentó, posó sus manos sobre su cintura y la atrajo para sentarla en su regazo. Aunque su semblante no mostrara emociones, a Futaba le pareció que su tacto era suplicante.
—¿Por qué? —su pulgar paseó por sus pómulos, altos y suaves— me prometiste que no correría riesgos mientras estuviera a tu lado.
—Y no lo harás —respondió convencida— siempre y cuando hagas lo que te digo, no tendrás que preocuparte de nada más.
—Habla conmigo, Kaoruko —acarició su cabello con cariño, maravillada de cómo sus mechones azules se deslizaban entre sus dedos como la seda. Kaoruko se dejó hacer. — Dime a qué es a lo que le tienes tanto miedo.
—No tengo miedo.
—No necesitas mentirme a mí.
Se miraron un momento, debatiendo con sus ojos lo que habían fracasado en poner en palabras. Al final Kaoruko suspiró y hundió su rostro en su pecho, cerrando los ojos y relajando su cuerpo.
—¿Qué has hecho conmigo, niña?
Futaba dejó escapar una pequeña sonrisa, le quitó el sombrero y acarició su cabello libremente.
—Eso quisiera saberlo yo —dijo, y sentir la pequeña sonrisa de la chica entre sus brazos la llenó de paz— ahora dime, ¿qué es lo que escondes?
—No puedo —respondió— al menos no aquí, primero tengo que asegurarme de que sea seguro.
—¿Seguro?
—Libre de micrófonos o cámaras. Revisé todo por mi cuenta, pero me reservo mis sospechas hasta que Tendo-han revise el cuarto por sí misma.
—Lo dices como si en verdad estuviera en peligro.
El agarre sobre su cintura ganó fuerza.
—No lo estás —dijo en un murmullo casi inaudible— no si puedo evitarlo.
Su respiración golpeaba su pecho como si deseara transmitirle un poco de su propia inquietud. Futaba recargó su barbilla sobre la cima de su cabeza, permitiéndose ser ella quien la cubriera.
—Necesitas relajarte.
—Que la reina de la paranoia me diga que necesito relajarme es mala señal —soltó un bufido rápido e informal, anunciando que la chica a la que conocía estaba de vuelta.
"Mi Kaoruko", pensó con una risita que no fue recibida con muy buenos ojos.
—¿De qué te ríes?
—De qué eres demasiado orgullosa para admitir que incluso tú necesitas que te cuiden de vez en cuando.
—Y que lo digas, acabo de entregarte a mi mano derecha y ahora tuve que organizar a mis fuerzas yo sola.
—No lo entiendo, ¿por qué llegas a ese extremo por mí?
Kaoruko se alejó un poco, lo suficiente para mirarla a los ojos y obsequiarle una sonrisa arrogante.
—Por qué me encantas, Futaba-han.
La miró fijamente a los ojos, mismos que trataban de decirle todos esos secretos que por alguna razón no podía expresar en voz alta. El sol se reflejaba en sus pupilas dilatadas, pintando su iris del color del oro fundido.
—¿Sigues con eso?
—¿Acaso no piensas lo mismo?
No respondió, al menos no con palabras. Acercó su rostro al suyo y besó sus labios, suaves y rojos, y en esa ocasión estaba más que preparada para recibir su sabor. Kaoruko no tardó en corresponder.
Ese beso fue más largo que los demás, intenso y profundo, lo suficiente para hacerla perder el aliento. Su lengua tocó suavemente la suya, y esa vez ella estaba lista para recibirla. Entonces, cuando una de las manos de Kaoruko descendió por su cuerpo, escuchó el flash.
—¡¿Qué?!
Maya, que balanceaba una bandeja con dos tazas humeantes en una mano y su móvil en la otra, sonrió en respuesta. Futaba trató de soltarse, pero Kaoruko la sostuvo con fuerza y en menos de un segundo sintió su móvil vibrando dentro de su bolsillo.
—Lo lamento —se disculpó Tendo, pese a que en su rostro no había ni un mínimo rastro de arrepentimiento— no pude evitar capturar un momento tan conmovedor.
—¡¿P-Pero cuándo volviste?!
—Hace unos cinco minutos, pero parecían muy entretenidas en sus asuntos, así que no quise interrumpir.
—Justo como esperaba de mi querida consejera —sacó su móvil del interior de su abrigo y revisó la fotografía a detalle—. ¿No te parece buena, linda?
—N-No —perdió el habla— eso… ¡Dame eso ahora mismo!
Trató de alcanzar el teléfono, pero el capo alzó su mano para mantenerse fuera de su alcance. Sentada en su regazo, con la mano de su chica aferrada a su cintura, recordó el motivo exacto por el que odiaba ser tan pequeña.
—¡Borra eso!
—Pero es una buena foto.
—¡Que la borres!
Kaoruko se dejó caer de espaldas en la cama, y ella la siguió ingenuamente en un intento por recuperar su dignidad. Se sentó a horcajadas sobre ella, estirando su brazo hasta rozar el móvil con la punta de sus dedos.
—¡Dame eso!
—Pídelo con educación.
—¡Jamás!
Entonces ocurrió de nuevo, un flash.
—Espero hayas capturado un buen ángulo, Tendo-han.
—Por supuesto, Hanayagi-san.
El rostro de Futaba estalló en una amplia gama de colores rojizos cuando Kaoruko le mostró la nueva fotografía.
—Esta es buena, ¿no crees?
Desde ese ángulo ni siquiera se apreciaba su pequeña contienda por el móvil, sólo se la veía a ella, inconfundible con su cabello rojo, sobre el regazo de otra chica en una actitud muy sugerente.
—Eso…
—Puedes considerarlo una garantía —le dijo Kaoruko incorporándose a medias—. Tú no dices nada sobre nosotras y yo no comparto esta foto entre todos tus conocidos.
Por un instante, Futaba perdió el habla.
—¿Me… Me estás chantajeando?
—Solo hago negocios, cariño, los mismos que hago para vivir. —Le dio un pequeño beso en los labios y regresó su móvil a la seguridad de su abrigo. Tendo, por su parte, no dudó en tomar otra fotografía—. Ahora, por más que ame tenerte encima de esta manera, temo que Tendo-han y yo tenemos un par de asuntos que tratar.
—¿Eh?
—Lo lamento, Isurugi-san —respondió la consigliere— pero solo preparé dos tazas de té.
Poco a poco fue siendo consciente de lo ocurrido, y no tardó ni un segundo en ponerse en pie. Kaoruko la imitó, se acercó a ella y pasó una mano por su espalda baja.
—Bueno, es hora de dejar a las adultas terminar sus asuntos.
—¡Pero no me aclaraste nada! —dijo al sentir que era empujada hacia la puerta.
—Ya te citaré para discutir la situación, en unos días o quizá en una semana —abrió la puerta y la empujó por el umbral— por ahora solo concéntrate en terminar todos tus deberes.
—¡No me trates como si fueras mi madre!
—Cómo si fuera tu esposa, más bien.
—¡Menos!
Se giró, pero cuando estuvo a punto de reclamarle a gritos escuchó la puerta principal del edificio abrirse, indicando que sus compañeras por fin habían regresado. Kaoruko sonrió, llevando su dedo índice a sus labios en señal de silencio.
—Nos veremos pronto —dijo sin emitir un sonido, cerrando la puerta en su cara.
Futaba se quedó inmóvil, escuchando a la recién llegada -sea quien fuere- buscando algo en la cocina. Se acercó a la puerta de puntitas y, con cuidado de no hacer ruido, pegó el oído a la madera.
—¿Cuánto tiempo tenemos, Tendo-han?
—Un par de horas antes del pase de lista.
Escuchó el tintineo de las tazas, luego como una de las dos se dejaba caer sobre el colchón con un resoplido.
—Perfecto, para entonces ya estaré a una milla de aquí —se interrumpió, quizá para beber, y continuó—. Así que dime, amiga mía, ¿has tenido oportunidad de escuchar eso que Yumeoji-han consiguió?
—Por supuesto —Maya rebuscó en lo que parecía ser un cajón— transcribí todas las conversaciones, pero temo que casi todo estaba en clave.
—¿Crees que nuestro huésped nos pueda decir algo sobre eso?
—No —respondió Maya— su lenguaje es demasiado complejo para ser manejado por un simple asociado. Lo más probable es que sea algo usado entre su «familia».
—Es cuestión de tiempo para que nuestra red atrape a un pez gordo. Solo hay que esperar.
—¿Cuándo piensa comenzar con el interrogatorio?
—El viernes —respondió Kaoruko con la misma voz fría y distante que había usado con ella minutos atrás— y pienso hacerlo personalmente.
Tras eso Futaba prefirió no escuchar más. Se dio la vuelta y, con más preguntas que respuestas, echó su bolsa al hombro y regresó a paso lento a su habitación, no sin antes escuchar una sola frase que se quedaría dando vueltas en su cabeza por la siguiente media hora.
—Quiero que esté cansado y débil, quiero que me diga todo lo que sabe.
Pensativa, Futaba sacó su teléfono de su bolsillo, revisó las fotografías y, tras borrar la última, se centró en la primera de todas, esa en la que aparecían con sus labios unidos. Esa era la Kaoruko que conocía, la que sólo se mostraba ante ella y que, a su lado, parecía llena de paz.
Así, con la poca iluminación del cuarto de Maya, ambas brillaban de la misma forma.
—¿Futaba?
Ignoró el llamado sin querer, entrando a su habitación sin percatarse de que una de sus compañeras siguió sus pasos desde lo alto de la escalera, agotada tras una extendida y frustrante sesión de práctica.
—¿Por qué tanta prisa? —murmuró Saijo Claudine, estirando sus hombros con dificultad.
No era usual para ella precipitarse de esa manera, al punto en que sentía las piernas débiles por debajo de las rodillas, pero era algo que no podía evitar.
—Esa desagradable mujer —murmuró por lo bajo, sintiendo esas horas de frustración continua volviendo a ella con la fuerza de un tsunami.
Lo supo desde que la vio por primera vez, cuando cruzaron miradas en la cafetería. Esa chica nueva era malas noticias, tenía algo que le daba tan mala espina como ese extraño aroma flotando en el aire.
Se detuvo. Conocía ese olor, lo había encontrado impregnado en una de sus compañeras un puñado de veces.
Tabaco.
Siguió el aroma, débil si no sabías dónde buscar, y el rastro la llevó a la habitación delante de la suya, aquella que había estado desocupada desde su primer año.
El nombre junto a la puerta era muy claro: Tendo Maya.
Entrecerró los ojos con cautela, excavando entre todas las posibilidades hasta que solo quedó una.
—¿Acaso…?
Claudine superó la impresión inicial y, más decidida que nunca, se encerró en su habitación. Si la perfecta Tendo Maya era la misteriosa admiradora secreta que su amiga llevaba semanas ocultando, ella se encargaría de descubrirlo.
Al día siguiente todo saldría a la luz.
