Día 28. Sacrificio

Número de palabras: 770

Sinopsis: Fue aquella noche de 1967 que Aziraphale tuvo que hacer un sacrificio por amor. Y por primera vez dudó.


— Vas muy rápido para mí, Crowley.

Lo oculta con gran habilidad pero, para Aziraphale, fue un gran suplicio pronunciar aquellas, la negativa que sabía, le rompería el corazón al pelirrojo en mil pedacitos. Con cada palabra dicha, su corazón sufría un poco más. ¡Qué más daría él para poder decir que sí, amar a Crowley y ser felices!

Pero no podía, le era imposible y no tanto por él —ya que en su sentir, él mismo salía sobrando—, sino por él, por Crowley, por su seguridad y porque Aziraphale quería que él viviera, que estuviera vivo y bien. Y sabía que amarse, aceptar sus sentimientos y mandar al carajo las mil y un razones que les prohibían estar juntos sólo constituía un gran peligro que añadiría más dolor al castigo que caería sobre ellos si sus bandos descubrían su "fraternización."

Fue por eso, teniendo el corazón en un puño, puso empeño en alejarlo de él, del peligro, hizo salir de su boca las palabras que más sabía que le dolerían, los puñales más afilados que realizaran su cometido. Se hizo ver como alguien ajeno e indolente al corazón roto del demonio, y se aseguró que Crowley creyera que si él lo rechazaba era por su culpa.

Le sonríe tristemente al demonio, como si aquello pudiera arreglar de alguna forma el desamor que trajo al pelirrojo pero es inútil, la sonrisa angelical de Aziraphale no llegó a sus ojos.

Bajo las fluorescentes luces de neón de la calle Soho, sus ojos azules estaban muy abiertos y relucientes, fascinando al demonio con sus secretos no revelados. El pelirrojo desconocía el peligro al que se enfrentaba.

Y antes de que pudiera cambiar de opinión, antes de que pudiera ceder a la expresión del rostro de Crowley, antes de que pudiera inclinarse ante sus propios deseos egoístas y terribles, Aziraphale hizo una retirada apresurada, marcando aquella escena como el episodio más doloroso en la historia de ambos.

No podía arriesgar la vida de Crowley. No podía arriesgarlo a lo que ambos sufrirían si se descubre la verdad. No podía arriesgarse a traer la ira del cielo y el infierno sobre el único ser a quien Aziraphale amaba con una mezcla de afecto y pasión por igual.

El ángel rubio cruza la calle vacía con apremio en sus pasos. Resiste el deseo de volver con Crowley y decirle la verdad de sus acciones, tiene que hacer eso por él.

Por favor, —suplicó, imploró, oró. — Por favor, mantenlo a salvo. Cualquier otra cosa que quieras, cualquier otra cosa que suceda en tu plan, no me importa, sólo... por favor, protege a Crowley. Sé que es un caído pero es lo mejor que jamás has hecho, deberías saberlo. No puedo dejar que sea lastimado. Por favor, Señor, por favor, déjalo estar a salvo.

Es una ironía que él hable sobre no lastimar a Crowley aunque él mismo lo ha hecho con sus palabras y gestos. Se convence que aquello fue por un bien mayor, un sacrificio que, por muy doloroso que fuera para ambos, fue hecho para salvar a Crowley. El malestar de un corazón roto será más fácil de superar para el demonio que el sufrimiento que le afligirá el castigo que le espera por traicionar a su bando al tomar la decisión de amarlo.

— No es por ti, querido. Es... por mí.

Soledad. Ilusiones rotas. Sueños quebrados. Pedazos de una vida que no fue son lanzados al viento desde el campanario más alto y vuelan libres. Nunca se juntarán. Nunca podrá ser.

De ahora en adelante, así serán todas las noches, antes de dormir, dejaría volar su imaginación, fantaseando con el demonio de dorados ojos y lo que hubieran podido ser si aquella noche sus palabras hubieran sido distintas. Se preguntaba qué hubiera pasado si...

Tal vez todo hubiera cambiado, tal vez su historia hubiera tomado un rumbo diferente al escrito tan diligentemente que marcaba sus destinos. Pero aquí la palabra 'hubiera' sale sobrando, carece de significado, porque el hubiera no existe, y antes de que Aziraphale hubiera sido capaz de decirle la verdad a su demonio, esa terrible amenaza que estaba detrás de ellos, amenazándolos incesantemente hubiera cobrado factura.

Es mejor callarse sus sentimientos, romperse a sí mismo el corazón y morderse los labios para silenciar lo que su corazón quiere decir, todo por el bien de un demonio, aunque este aun no lo comprendan bien sus razones. Después de todo, ¿No hacemos sacrificios por el bien de los que amamos?

Por amor, ¡Ja! Esa fue la primera vez en siglos en que Aziraphale dudó del cielo y sus creencias.

Si tan sólo…