Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra del gran Masashi Kishimoto.
Capítulo 11: Un día de verano
La mañana transcurría tan monótona como de costumbre. Itachi había prometido entrenar con él antes de embarcarse en una de las tantas misiones que lo mantenían lejos de casa en los últimos días, acababan de promoverlo, pronto formaría parte del selecto escuadrón ANBU y sus padres no podían estar más orgullosos de él.
En esos momentos, Sasuke no podía evitar cuestionarse si en algún punto de su vida, tanto Mikoto como Fugaku, lo contemplarían con el misma euforia con la que vislumbraban a Itachi. Era por esa razón, por la cual se esforzaba y entrenaba a diario, no solo para mejorar en sus técnicas y habilidades, sino también para superar a su hermano mayor.
Ofuscado por sus molestos pensamientos y el aburrimiento, tomó asiento al borde de la cama; un escalofrió recorrió toda su espina dorsal al entrar en contacto con la gelidez de la madera, el día era frio, extrañamente aterido para el comienzo del otoño.
Lejos de molestarse por las trivialidades del clima, resolvió que lo mejor que podría hacer era ir a los campos de entrenamiento por su cuenta, necesitaba mejorar su técnica de lanzamiento, si podía conseguirlo antes de ingresar a la academia no solo le llevaría una enorme ventaja a sus compañeros, también se habría superado a si mismo en un tiempo record.
Diligentemente, recolectó los objetos esenciales para su entrenamiento; en la cangurera resguardó un par de kunais, algunos shurikens y un ungüento, si bien, la mayor parte del tiempo era precavido, prefería ahorrarse un sermón de su madre, la cual no dudaría en reprimirlo por magullar sus manos al punto de vendarlas, se aseguraría de comunicarle a su padre la necesidad de un par de guantes de entrenamiento.
Deambuló por la geografía del cuarto durante un par de minutos, sopesando si debía esperar a Itachi o marcharse.
Su hermano le había hecho una promesa, no obstante, hacia mucho tiempo que se veía obligado a incumplirlas; solo conseguía disculparse colocando dos dedos sobre su frente al tiempo que mascullaba "será la próxima vez". Instintivamente, acarició la zona descubierta, detestaba ese gesto, no lograba comprender lo que significaba, pero lo odiaba. Itachi continuaba tratándolo como un niño pequeño y eso le molestaba.
«Estúpido hermano mayor», dijo para sus adentros, intentando sosegar la furia que el simple recuerdo avivó.
Enfrascado en sus pensamientos, se limpio las palmas de con la tela de la camiseta y se dirigió a la ventana. Quizá debería cambiar de mentor, algún otro miembro de la familia Uchiha estaría dispuesto a ayudarle, aun cuando no fuesen tan magníficos o poderosos como su padre o Itachi. Echó un vistazo al escenario que se alzaba ante sus ojos unos segundos antes de registrarlo; las huestes inmóviles de robles frondosos, con su verdor mitigado por una lechosa neblina del frio, danzaban al compas del viento. Más cerca, el jardín abierto de la finca, que aquel día presentaba un aspecto fresco y salvaje, donde arboles aislados arrojaban breves sombras inhóspitas y la hierba alta la asediaba ya el color opaco del otoño. Mucho más próximo, dentro de los limites de la balaustrada, estaban las camelias y, todavía mas cerca, el pequeño estanque, y de pie junto al puente de madera, estaba su hermano y, justo delante de él, estaba una chica.
Arrugó la nariz al reconocerla. Se trataba de Uchiha Izumi, la molesta chica que seguía a Itachi como una abeja rechoncha en busca de miel. La había visto en un par de ocasiones, las suficientes para generar cierta animadversión hacia ella, consideraba que era odiosa, aunque nunca hizo o dijo algo en especifico para atribuirse su odio. Todo lo contrario, era una niña afable, atenta, siempre tenía una expresión de algarabía plasmada en su rostro. No obstante, a él no le agradaba, tal vez porqué capturaba la atención de su hermano y, despectivamente, suponía un obstáculo para pasar más tiempo a lado de él.
En la postura de Itachi había algo formal, tenia los pies separados y la cabeza inclinada hacia atrás. Estaban conversando. A Sasuke no le hubiera extrañado. Sabia que la dinámica entre los dos consistía en dar largos paseos por la aldea mientras hablaban sobre temas interminables y aburridos. Era perfectamente razonable. Aquella integración suponía la sustancia del idilio cotidiano.
Menos comprensible, sin embargo, era el modo nervioso en que Izumi tiraba del borde de su falda, como diciendo algo que ella no se atrevía a vociferar en voz alta. Ante la intranquilidad de la chica, Itachi acunó su rostro con una mano, acortando la distancia entre los dos. Que extraño poder ejercía Izumi sobre él. Sasuke enarcó las cejas y retrocedió un poco desde la ventana. Pensó que debía cerrar los ojos y ahorrarse la desagradable visión del deshonor de su hermano. Pero fue imposible, pues hubo más sorpresa. Itachi, felizmente, depositó un casto beso sobre sus labios. Solo conseguía vislumbrar la silueta de Izumi, y más allá, el bosque silencioso y las montañas lejanas, azules.
La secuencia era ilógica; la escena del beso, debería haber precedido a la despedida. Tal fue el ultimo pensamiento de Sasuke antes de aceptar que no comprendía nada y que debía limitarse a observar. Cuando Itachi se apartó, tuvo el primer atisbo de la extrañeza del aquí y ahora, de lo que ocurría entre las personas, la gente común que conocía y el poder que unos ejercían sobre otros, y lo sencillo que era no entender nada, absolutamente nada. Itachi colocó ambos dedos sobre ala frente de Izumi, escuchó el rumor de su risa, y al cabo de unos minutos, su hermano se volvió bruscamente y se echó a caminar en dirección a la casa.
Se recostó contra la pared y recorrió con la mirada, sin verla realmente, toda la longitud del cuarto. La impetuosa necesidad de correr hacia Itachi y exigir una explicación, lo embargaba.
—¡Sasuke, el desayuno esta listo!— lo llamó su madre desde la planta baja, obligándole a poner un fin a sus cavilaciones.
Aun con la imagen en su cabeza, descendió los peldaños uno por uno hasta llegar al pasillo. La casa estaba sumida en completo y absoluto silencio, lo cual indicaba que Itachi aun se encontraba afuera. Lejos de detenerse a corroborar su teoría, continuó con su camino hasta llegar a la cocina.
Dejo caer el cuerpo en su asiento preferido. Estaba enfrascado en los sucesos de cinco minutos antes y no había acertado a construir una sola frase.
—Apresúrate, Sasuke, o llegaras tarde a la academia— le reprendió Mikoto al colocar el bowl de arroz y vegetales frente a él.
Por un momento pensó en fruncir el ceño, pero solo atinaba a pensar en lo que había presenciado, estaba sumido en el sobresalto como en la variedad de emociones contradictorias.
Alzó la vista, sobresaltado, al oír el suave carraspeo de una garganta masculina. Era Itachi. se encontraba bajo el umbral de la puerta, y en cuanto sus miradas se cruzaron, Sasuke tuvo la impresión de que su hermano lo sabia absolutamente todo.
—Estoy en casa—anunció con voz neutra, llamando la atención de su madre, quien, al verlo, elevó la comisura de sus labios hasta formar una sonrisa tierna, cálida.
—Bienvenido, Itachi.
Sasuke paseó la mirada por la mesa, con el agravio brillando en sus ojos carbón.
Sin decir una palabra, y tal vez en un suplicante gesto de complicidad, Itachi situó un bento sobre la superficie de madera, ansiando que tal acción pasara desapercibida para el meticuloso escrutinio de su madre.
—¿Cómo estuvo la misión?— quiso saber la hermosa matriarca al tiempo que contemplaba a su primogénito con inusitada curiosidad.
—Atenuante—declaró el azabache sin ánimos de adentrarse en detalles.
Tal como lo esperaba, Itachi reparó en su presencia. Tal vez esperaba que confesara o soltara que había presenciado su encuentro con Izumi. Lo estaba observando atentamente mientras él ganaba tiempo, cogiendo la servilleta, limpió sus labios; no sentía un temor particular. Si tenia que ocurrir, que ocurriese.
—Sasuke— lo saludó, hilvanando una sonrisa cansada; las los círculos cerúleos bajo sus ojos le conferían un aspecto enfermizo, frágil.
—Nii-san— replicó sin animosidad, desviando la mirada hacia un punto lejano.
—Lamento arribar tarde, puedo compensar el asunto del entrenamiento acompañándote a la academia— añadió Itachi para enmendarse.
Sin despegar los ojos un instante de su hermano mayor, recitó:
—Conozco el camino, puedo llegar por mi cuenta.
Mikoto alzó la voz, desde el otro extremo de la cocina.
—Sasuke, tu hermano solo esta siendo amable.
La matriarca de los Uchiha no necesitaba recurrir a la preciada técnica ocular que los había hecho famosos para imponer respeto. Cada vez que Mikoto ejercía su autoridad en ausencia de su marido, solo bastaba con elevar un poco el tono de voz para sosegarlos. Sasuke, que en cualquier otra ocasión habría perdonado a su hermano, agachó la cabeza y dijo hacia la mesa:
—Lo lamento.
—Esta bien, mamá— recitó Itachi resignado—. Será en otra ocasión.
El menor de los Uchiha agudizó el oído al escuchar los pasos acompasados de su hermano perderse en el pasillo.
—¿A que se debe ese cambio de actitud tan repentino? La noche anterior no dejabas de hablar sobre el regreso de Itachi— comentó su madre, maquillando las impetuosas ganas de saber la verdad con una modulación casual, como la que utilizaba cuando hablaba de una trivialidad.
Disgustado, contempló las verduras en su plato. Aquella situación solo consiguió avivar la inapetencia en su interior.
—Nii-san no llegó tarde por su misión, sino porque estaba con una chica, Izumi.
—¿Izumi?— la pelinegra arqueó las cejas.
Sasuke se limitó a asentir con un letárgico movimiento de cabeza.
—Bueno, Izumi-chan e Itachi son buenos amigos, eso ya lo sabes— dijo al tiempo que llenaba la tetera.
Secó sus manos con una toalla y tomo asiento frente al pequeño pelinegro.
—Lo se, pero cuando Itachi esta con ella no me presta atención— arrugó la nariz en señal de disgusto. Detestaba esa situación por completo.
—Solamente estas celoso, lo mismo sucedió con Shisui.
—Shisui me agrada, es más divertido que Izumi— masculló entre dientes.
—Sasuke— dijo con el leve ceceo de su voz clara y precisa—. El cariño que les tiene a ambos es diferente, pase lo que pase, ustedes nunca dejaran de ser hermanos.
—¿Acaso ella es novia de Itachi?— quiso saber.
—No lo creo— dijo humildemente Mikoto a los pocos segundos —. Y si así fuera, no habría nada de malo. Algún día tu hermano se convertirá en la cabeza del clan, por ende, deberá casarse con una mujer a la que ame y eventualmente formara una familia, tal como lo hizo tu padre y todos nuestros ancestros, incluso tu lo harás, cuando llegue el momento adecuado— concluyó, mostrándole una sonrisa dulce.
—Eso nunca sucederá— respondió Sasuke con un tono tan categórico, como si fuese capaz de vislumbrar el futuro—. Las chicas son molestas y el romance es aburrido. Solamente me dedicaré a entrenar duro para convertirme en un gran shinobi, tal como papá o Itachi.
—No deberías ser tan exigente y quisquilloso— se quejó Mikoto—. Algún día encontraras una chica que no te parecerá molesta, te enamoraras y deberás ser más cuidadoso con lo que dices.
Con aquellas palabras, la pelinegra dio por finalizada la conversación.
En silencio, Sasuke regresó la atención a su desayuno. Mientras llevaba un bocado de arroz a su boca, se dijo a si mismo que su madre estaba completamente equivocada.
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Alzó la vista hacia el cielo. Había sido un día de verano claro y luminoso, soleado, cálido. La brisa estival soplaba agradable, meciendo las copas de los arboles a su paso.
No había caminos que recorrieran los angostos valles montañeses por los que caminaban. Entre los grandes picos de piedra gris solo había lagos de aguas azules y tranquilas, largos, estrechos y profundos, y extensiones interminables de pinares de un verde vibrante.
Deambulaban por el sendero en absoluto silencio, absortos en sus pensamientos. Desde que el día había iniciado y emprendieron el viaje hacia el país del Fuego, ninguna voz se proyecto entre ellos.
Una pesada aura rondaba alrededor de Sakura. Por un momento atribuyó el hecho a la discusión mantenida la noche anterior, pero le pareció extraño que hubiese aumentado una vez que llegó a estar junto a ella.
Si bien era un inexperto en lo que a las cuestiones del corazón se trataba, sabía que en el matrimonio no todo era miel sobre hojuelas. El altercado había comenzado por un malentendido, poco a poco, lo que inició como una truculenta conversación se transformó en una grotesca trifulca.
—¿Y cuando planeabas decírmelo, Sasuke?— preguntó Sakura, con las manos en las caderas.
—¿Por ahí es por donde quieres empezar?
—¿Cuándo planeabas decírmelo? ¿o esperabas a que yo me percatara por mi cuenta?
—Esta noche, ahora mismo.
—Maravilloso.
—Sakura, no…
—Sasuke, ¿es que no te das cuenta de lo jodido que es esto? No estamos hablando de un tema sin importancia, ahora somos una pareja casada.
Las palabras lo golpearon con tanta fuerza como si volviese a tener ocho años.
—No es lo más apropiado— concedió en voz baja.
—Se que se trata de una misión y que ambos tenemos un compromiso con nuestra aldea, pero soy tu esposa, Sasuke, ¿y si sucede algo malo? ¿Cómo crees que me sentiría yo al respecto?
Se quedó mirando al suelo, el mismo lugar al que miraba de niño cada vez que su padre lo hacia sentarse en el desván para reprocharle que no hubiese estado a la altura de cuales fueran las circunstancias.
Entendía que la molestia de Sakura recayera en el hecho de mantener oculta la misión que Kakashi le había encomendado, sin embargo, no lo hizo por el estatus de la misma sino por la mera razón de protegerla. Aquella encomienda suponía poner fin al cuento de hadas y regresar a la realidad, estaría lejos de ella durante algunas semanas o tal vez algunos meses, el tiempo transcurría diferente en cada misión y el destino era incierto cuando de un Ōtsusuki se trataba.
Mientras andaban, contempló de reojo su perfil; la luz del sol le daba un aspecto de marfil. Tenía el entrecejo fruncido, sus labios estaban tan tensos que formaban una línea recta. Aun así, la encontraba preciosa, tan bella que Sasuke sintió una súbita sacudida en el pecho y no tuvo deseos de iniciar una discusión; no quería resucitar la pelea a causa de la misión y los peligros y los riesgos.
Resignado, de nueva cuenta devolvió la atención al frente. El firmamento se había tornado azul cobalto desde el horizonte hasta el cénit, y hacia el oriente, más allá de las colinas, se divisaba. Un brillo entre dorado pálido y rosa. La noche caería pronto.
Si sus cálculos no fallaban se encontraban cerca de Tanzaku, tal vez a cuatro o cinco kilómetros más. Sin embargo, conforme iban adentrándose en la intimidad del bosque, los gigantescos centinelas de un verde grisáceo se alzaban ya sobre ellos, junto con piceas, abetos y una interminable sucesión de pinos soldados. Al ras del suelo había poca vegetación, y una alfombra de agujas color verde oscuro cubría el terreno.
Si se extraviaban, solo tenían que esperar a que llegara una noche despejada y alzar la vista hacia el cielo para buscar, sin interferencia de las nubes, la constelación de Hokuto Gosei.
—Acamparemos aquí esta noche— dijo por lo bajo.
Sakura hizo lo propio: no respondió. Su rostro permanecía en un mismo plano inexorable. El viento que soplaba agitó suavemente sus cabellos, las hojas de las copas de los arboles susurraban al tiempo que la tenue luz se filtraba a través de las ramas y danzaba sobre su linda faz.
—Tanzaku esta cerca— respondió sin tintes de emoción en su voz.
—Pronto anochecerá— insistió él—. Nos detendremos aquí y continuaremos al amanecer.
—Si lo hacemos nos retrasaremos— dijo volviéndose hacia él—. Pensé que debías arribar a Konohagakure lo antes posible.
—Un día de retraso no le importara a Kakashi.
Ruda y áspera, así fue su respuesta. La pelirosa se detuvo.
Inepto al proceder de esa situación se limitó a guardar silencio y tragar grueso. Una vez más la coyuntura había empeorado sin remedio.
—Sakura…— la llamó, suplicante. Necesitaba hablar con ella, pedirle una disculpa. No podía mancharse sin decirle cuanto la amaba.
—Iré a buscar algunas ramas para la fogata— Sakura aparentó tranquilidad encogiéndose de hombros.
—Sakura, tenemos que hablar.
—Ya lo hicimos— decretó, tan tajante como el filo de una katana.
—No, lo de ayer no fue una charla.
Ella se giró para taladrarlo con sus finos ojos esmeraldas.
—No tienes que preocuparte, Sasuke, regresare a Konoha tan pronto como tu te hayas marchado— reanudó su camino en silencio.
Indispuesto a dejar la coyuntura a medias, empezó a andar detrás de ella, casi pisándole los talones.
—¿A que te refieres con eso? ¿Dónde te quedaras?— quiso saber. El calor ascendió por su cuello a una velocidad alarmante. No fueron esas ultimas palabras las que lograron desarmarlo, sino la forma en como las había recitado.
—Pasare unos cuantos días en Tanzaku, Tsunade-sishō debe encargarse de unos asuntos y como tu te marcharas a una misión dentro de dos días decidí ayudarla— bufó cruzándose de brazos.
Pasando su comentario monumentalmente, el pelinegro frunció aun más el ceño.
—Mierda, Sakura, detente un momento y escucha.
La aludida se volvió hacia él, seria y calculadora. Sin mostrar un ápice de temor, se acercó y lo contempló fijamente. En el fondo de sus pupilas, un liquido negrísimo y espeso dibujaba una extraña espiral.
Intimidado, Sasuke tragó grueso deseando que aquel gesto pasara desapercibido para el meticuloso escrutinio de su esposa.
—¿De qué quieres hablar?— cruzó los brazos a la altura de su pecho. Por su postura defensiva, se dijo a si mismo que debía escoger sus palabras con cuidado, un paso en falso y avivaría la llama del caos.
—Respecto a la misión— dijo con aspereza—, solo me marchare por un par de días.
Ella rodó los ojos.
—Ambos sabemos que no es así, Sasuke.
—Sabes que no puedo negarme.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—¿Entonces que es lo que quieres?— arrugó la frente con fuerza; sus ojos quedaron entrecerrados y sus cejas demasiado juntas.
—Eres bueno observando hasta el ínfimo detalle en cualquier situación, pero esta claro que no puedes contemplar lo que es obvio— consiguió responder al cabo de un segundo o dos.
—¿Qué fue lo que deje pasar por alto?— cuestionó hastiado.
—¿Imaginaste que solo estaría conforme con que te marcharas sin decir nada? ¿Cómo crees que eso se ajustaría con nuestro matrimonio?
Intercambiaron una mirada silenciosa, dura e increíblemente tensa.
El viento que susurraba entre los arboles, con un intenso olor a pinocha les sacudió las capas. Sakura se puso pálida. Se llevó una mano a la boca.
Las señales de alarma se encendieron en su interior, poco a poco la molestia comenzó a diluirse hasta transformarse en preocupación.
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?— estiró la mano para tocarla. En un abrir y cerrar de ojos el semblante de Sakura cambió por completo, haciéndola lucir enferma, frágil.
—No, solo son nauseas— consiguió responder.
Aquella respuesta nada más consiguió hacerlo sentir más inquieto. Sabía que Sakura no repararía en detalles con tal de no alterarlo.
—Quédate aquí, yo iré a buscar la madera— se ofreció.
—No te preocupes, puedo hacerlo yo sola.
Y de esa forma, ella prosiguió la marcha sin más, en silencio.
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Se detuvieron bajo el umbral de las enormes puertas de la ciudad. Por encima de sus cabezas se vislumbraba el cielo rosado y violeta del amanecer.
Sasuke estaba magullado, cansado, hambriento e irritado. Lo invadía una abrumadora sensación de impotencia.
Por razones obvias, no durmió. Paso toda la noche en vela, dando vueltas en el gélido suelo del bosque, reproduciendo en su cabeza la discusión que mantuvo con Sakura y sus repuestas lacónicas.
Debía ser de madrugada cuando se dio por vencido y, en vez de intentar dormir, llegó a la conclusión de lo injusta que podía ser la vida de un Shinobi la mayor parte del tiempo. Acababa de casarse con Sakura no hace más de tres meses; ambos planeaban regresar a Konohagakure lo antes posible para establecerse, adquirirían un pequeño apartamento mientras la construcción de su residencia finalizaba. El espacio bastaría para los dos, la idea de formar una familia aun parecía lejana, al igual que todas las metas que habían establecido con anterioridad.
—Intentaré regresar cuanto antes— prometió en voz baja, asegurándose de que nadie fuese capaz de echar oídos a su conversación.
—No te preocupes— respondió Sakura con una sonrisa triste.
Aquella despedida era similar a la que habían efectuado un par de años atrás, en las puertas de Konohagakure; la pelirosa lucia nerviosa, triste; durante el tiempo que estuvo hablando con Kakashi su mirada permaneció fija en el suelo, lejos de su rostro.
—Perdona por lo de ayer. Me puse nerviosa, no sé por qué…— dijo, sintiéndose arrebolada y estúpida. Llevó un mechón de cabello de su oreja; un ligero rubor coloreaba sus pálidas mejillas, tenia los labios enrojecidos por el constante ataque de sus dientes y dos círculos cerúleos enmarcaban sus hermosos ojos esmeraldas, haciéndola lucir ligeramente enferma.
—No importa— respondió.
Lejos de sentirse molesta con ella, Sasuke sabía al dedillo que ambos estaban aprendiendo a lidiar el uno con el otro. Si bien, se conocían desde pequeños, ninguno vislumbró que en algún punto de sus vidas terminarían convirtiéndose en esposos.
Sakura hizo una mueca con los labios.
—Respecto a la misión, se que ambos tenemos un deber como shinobis y no quiero que lo nuestro interfiera con ese trabajo— su voz sonó suave, contemplativa—. Acuérdate siempre de mi, Sasuke-kun. Eso es lo único que deseo.
Mientras la escuchaba recitar aquellas palabras, Sakura, con los ojos clavados en su rostro, parecía reflexionar sobre lo que acababa de decir. Contempló la oreja que se le asomaba entre el cabello. Atisbó los labios ligeramente fruncidos. Todas y cada una de esas partes estaban cinceladas con unas líneas tan delicadas que jamás hubiesen podido ser trazadas por la mano del hombre, y observándola, se maravilló de como todas ellas habían confluido en aquella kunoichi, la misma que estaba enamorada de él.
De pronto, tuvo una horrible certeza. Por más tiempo que viviera, jamás podría esperar una felicidad mayor que la que sintió durante los meses que recorrió el mundo a lado de ella. Lo único que podía hacer era intentar conservarla para siempre. Le horrorizó la felicidad que sentía.
—Eso no es lo que deseo yo— intervino.
—Sasuke-kun…
—¿Me esperarías a pesar de todo? ¿Podrías esperarme diez, veinte años?— preguntó, temeroso de la posible respuesta.
—Por supuesto que lo haría— recitó; sus hermosos fanales brillaban como dos gemas a causa de las lagrimas.
En un parpadeo, ella aferró las manos al frente de su capa, ocultando el rostro en su basto pecho a la par que se asía a su cuerpo en un intento por retenerlo un par de segundos antes de separarse.
En un acto reflejo, colocó la mano sobre su espalda y la mantuvo aprisionada contra su cuerpo.
Su madre solía decirle que a cada persona se le asignaba una fracción de alacridad al nacer; si la porción de dicha que correspondía a cada uno estaba fijada de antemano, en aquellos instantes quizá estuviera agotando la parte que a él le correspondía para su existencia entera. Y si algún día, el destino decidía arrebatarle a la pelirosa entonces solo le quedaría un tiempo tan largo como la vida entera.
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Estaba magullado, cansado, hambriento e irritado. Tenía que llegar a Konohagakure en un tiempo record. El Rokudaime había convocado una reunión de consejo urgente, al parecer el problema que tenían entre manos era más grande de lo que esperaban por lo que su presencia se requería en lugar para ultimar los detalles de la misión.
Diligentemente saltó de una rama a otra sin trastabillar, se propuso a si mismo recorrer todo el camino que le fuese posible mientras los rayos del sol acariciaran la tierra.
Sin embargo, a medida que se alejaba de Tanzaku, la sensación de opresión estrujaba su pecho. Era extraño. Aquel sendero, cuando lo recorría solo, le parecía largo y aburrido, pero cuando iba con Sakura, charlando, deseaba seguir andando eternamente.
La pelirosa ocupaba una buena parte de sus pensamientos. Recordaba el olor de su cabello, la calidez de su cuerpo… y la expresión de su rostro mientras contenía las lagrimas y recitaba una trémula despedida.
«No debiste abandonarla» insistió una voz dentro de su cabeza. Se preguntaba si ella se habría sentido así de desgarrada cuando lo vislumbró marcharse por primera ocasión.
El pelinegro soltó un suspiro tratando de calmar la opresión entre sus costillas con respiraciones profundas.
Necesitaba concentrarse. Los próximos días serían un tormento lejos de Sakura, mas no podía darse por vencido. Zanjaría ese asunto de una vez por todas para volver a lado de la pelirosa.
El cielo pálido de colores desleídos asomaba, de tanto en tanto, a través de los arboles. La luz caía con desmayo sobre suelo cubierto de hojas secas, una alfombra verde y castaña.
Continuó desplazándose entre las ramas, tan sigiloso como una sombra. La cabeza le dolía y los estragos de los desvelos comenzaban a manifestarse. Sentía un agujero en su interior, era como un hueco, un vacío allí donde tenia el corazón.
Sacudió la cabeza. Estaba alcanzando sus propios limites. Necesitaba descansar un rato antes de proseguir con la marcha.
El sol acariciaba con premura la cumbre de las colinas en la lejanía, bañando el cielo con cientos de matices rojos y naranjas. El viento olía a verano, arrastraba consigo el aroma de la tierra mezclado con la fragancia de los arboles. El azabache tomó una enorme bocanada de aire, sintiendo un escozor urente en el pecho.
El temblor de sus piernas fue señal suficiente para detenerse; como le fue posible, descendió del árbol; una pequeña nube de polvo se alzó al clavar los pies en la tierra.
Tomó asiento bajo la sombra fresca de un árbol, pensativo. La brisa estival acarició su faz, revolviéndole el cabello a su paso.
Un montón de preguntas lo recibirían a su llegada a la aldea. Debería enfrentar el escrutinio silencioso de Kakashi y el tedioso interrogatorio de Naruto respecto a su viaje y, por supuesto, Sakura. No mencionaría ni una palabra sobre su matrimonio, tanto él como la pelirosa habían acordado que comunicarían la noticia a su tiempo.
Era una noticia compleja de asimilar. En ocasiones, al despertar en la mañana, lo primero que vislumbraba era la figura de Sakura recostada a su lado. Se decía a si mismo que una vida solitaria se hacia larga y tediosa. Sin embargo, cuando se comparte con la persona amada, en un santiamén se arriba a la bifurcación donde uno se dice adiós. Había pasado tanto tiempo delegado en las sombras, acosado por sus miedos, cegado por la venganza; la pelirosa era como un rayo de luz entre la oscuridad, aquel vestigio que lo había salvado en más de una ocasión.
A su mente llegó el recuerdo de la ultima vez que estuvieron juntos. Con los nervios a flor de piel, Sasuke sentía cómo el deseo le arrebataba. Alerta como si estuviera en una batalla, saboreó ese placer febril que precedía al instante del combate.
Deslizó la puerta y entró en la habitación. Sakura sonreía. Estaba sentada sobre la estera con una mano apoyada en el suelo. Sus ojos resplandecían con un destello insólito, provocador. Era tan bella que el Uchiha se sentía intimidado.
—Te amo— dijo él por primera vez en su vida. Se lo había dicho en otras ocasiones, sin embargo, Sakura era la única mujer con la que compartía ese lazo tan especial, tan inquebrantable como la promesa que los unía de por vida.
En aquel combate, Sasuke terminó derrotado. Al tumbarse sobre ella, vio en su mirada la admiración, el afecto y la espera feliz que él mismo sentía cuando estaba con ella.
Ofuscado, restregó una mano contra su rostro y lanzó una maldición. Si continuaba pensando de esa manera terminaría por perderse a si mismo.
Se alejó de sus pensamientos un instante y trató en vano regresar la atención a cualquier punto del paisaje. Nuevamente, ahogó otro perjurio y formó un puño con las manos.
Sus cavilaciones se vieron interrumpidas ante la nube de humo que apareció frente a él. Entornó los ojos, encontrándose con la apariencia intimidante de su invocación: Aoda.
—Sasuke-sama— saludó con habitual respeto.
—Aoda— su voz sonó ronca cuando habló—¿Qué es lo que sucede?
—Recibí un mensaje de Katsuyu— no sonaba preocupado, pero le gustaba puntualizar las cosas.
El pelinegro se puso de pie.
—¿Fue a petición de Sakura?
—No fue Sakura-sama quien me envió, si no su maestra.
El pelinegro quedó pasmado, no, más bien atónito, pero no lo mostró.
—¿Qué fue lo que dijo? — se prohibió sonar tenso o preocupado. El hecho de que Tsunade quisiera comunicarse con él encendió las señales de alarma.
—Solicita que regrese de inmediato a Tanzaku, Sasuke-sama, se negó a desvelar más información, pero dijo que era de vital importancia.
—Mierda— susurró. Su respiración se descontroló. Llevó una mano hasta el pecho como si así pudiera evitar el asenso del nudo en su garganta—. Gracias, Aoda.
La serpiente cerró los ojos y sin responder, desapareció.
Con cierto pesar, atisbó el sendero que lo llevaría a la aldea de regreso. Se le cortó la respiración como si el aire se le hubiese solidificado en los pulmones. Mientras boqueaba, el pánico de pensar que Sakura se encontraba en peligro enturbió sus procesos mentales, reduciendo su capacidad neuronal a niveles realmente decepcionantes.
—¡Mierda!— espeto en un alarido atenuando por el fuerte palpitar de su angustiado corazón.
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Una punzada de pánico atravesó las sienes de Sasuke. Sus piernas habían adquirido la resistencia del algodón a causa uso indiscriminado de chakra; en contraste con su esposa, el control que poseía era limitado, sobre todo cuando recurría a las técnicas que el rinnegan le proporcionaba.
Cediendo a tropel a las inclemencias de su cuerpo magullado, cayó de rodillas en el suelo. Con una maniobra desesperada consiguió ponerse de pie y mantener el equilibrio. Hizo un esfuerzo sobrehumano para controlar sus emociones, y por fin echó andar.
Según las indicaciones de su fiel sirviente, Aoda, la residencia de la Hokage se ubicaba en la periferia de Tanzaku. No le tomaría mucho tiempo encontrarla, puesto que, tal como lo imaginaba, la nieta del fundador de Konohagakure llevaba una vida llena de lujos; la casa era descrita como una mansión discreta, lo suficientemente llamativa para cautivar a los transeúntes.
Su corazón latía desbocado, golpeaba dentro de su pecho a un ritmo desenfrenado, apunto de estallar.
El sol brillaba débilmente entre las nubes y en el aire flotaba el olor de la hierba humedad que empezaba a calentarse. Ahí hacia mucho calor, y había mucho ruido. Las voces de los personas se elevaban a su alrededor en un tono suave que para él era demasiado fuerte.
Avistó la morada. La casa se encontraba en una colina, elevada sobre el suelo mediante postes a manera de palustres para conjurar la humedad, con techos de vigas entrecruzadas, recubiertas de madera. Consistía en una pluralidad de construcciones rectangulares independientes comunicadas entre si mediante corredores cubiertos o senderos de arena. El muro de piedra encalada, delimitaba el perímetro del conjunto.
Tan rápido como sus trémulas piernas se lo permitieron, Sasuke atravesó las calles desconocidas de la ciudad. Las puertas de la residencia estaban abiertas, pero un par de ANBUS cerraban el paso.
—Estoy aquí para ver a la antigua Hokage— anunció; su voz sonó sumamente estoica, pese al miedo inimaginable que lo gobernaba.
—Uchiha Sasuke— lo reconoció uno de los shinobis.
Ambos le abrieron paso; en el interior había un jardín con un lago artificial, un conjunto de rocas artísticamente dispuestas, una isla con pinos y dos colinas en miniatura surcadas por dos arroyuelos que un puente de un solo arco permitía cruzar.
Cuando arribó al edificio principal, Tsunade se encontraba de pie bajo el umbral de la puerta, ligeramente recargada contra la pared. La expresión de su rostro, a pesar de la juventud antinatural que decoraba sus garbosas facciones, era mortalmente seria: tenia los labios contraídos en una fina línea, tan tensa como una cuerda y la mirada ambarina, advirtió el pelinegro con turbación, apagada.
—Por fin llegas— murmuro Tsunade; la voz cansada, adusta.
—¿Dónde ésta?— le pregunto en una voz tan baja como se lo permitía el ardiente furor que empezaba a inflamarse en su pecho.
—En la habitación de huéspedes. Esta dormida.
Sasuke trago grueso. Era la segunda o tercera ocasión en la que cruzaba palabra con la antigua Hokage; para el momento en el que él había abandonado la cárcel, la godaime había cedido sus funciones a Kakashi. Le parecía una mujer distante, pero su percepción cambio cuando Sakura comenzó a revelar fragmentos de cómo funcionaba su relación. Ahora tenia una imagen mas o menos clara. Con la fuerza descomunal, el carácter inflexible y el entrecejo fruncido, Tsunade Senju parecía realmente temible, tal como sus enemigos lo indicaban.
—¿Vas a quedarte de pie ahí todo el día?— capturó su atención nuevamente.
El Uchiha hizo un ruido sordo con la nariz, parecido a un bufido sarcástico. Sin lugar a dudas, la nieta de Hashirama estaba lejos de ser una anfitriona afable. Aun así, pese a la acerba actitud, la ignoró.
Durante un minuto, o quizás dos, imperó una trágica e incomoda afonía. Por primera vez, la rubia reparó en el aspecto desaliñado del azabache. Con esa capa desteñida y las bolsas bajo sus ojos, estaba, determino Tsunade tras un rápido escrutinio, derruido. La mujer achicó los ojos con amonestación hasta convertirlos en un par de suspicaces rendijas.
—Estoy sorprendida, arribaste en tiempo record— su expresión era de indiferente curiosidad—.Esperaba tu llegada durante el transcurso de la noche o tal vez en la mañana.
El pelinegro se aseguró de imponer distancia entre los dos, probablemente rumiando el hecho de que, si existía la posibilidad, Tsunade pudiese atacarlo.
—Gracias al rinnegan estoy aquí.
—Ya veo— terminó por decir con una media sonrisa.
Lejos de prestarle atención, la rubia decidió continuar con sus actividades como si él no estuviera presente; tomó asiento en el sofá de mimbre y vertió una generosa cantidad de sake en una taza de cerámica.
La arruga en su entrecejo se hizo más pronunciada, era un milagro que tanto él, Naruto y Sakura, se hubiesen convertido en seres meramente decentes, considerando que sus mentores no eran nada más y nada menos que un grupo de seres viciosos, perverso, un tanto psicópatas y ruines.
—Supongo que quieres saber que es lo que ocurre con Sakura, ¿no es así? — los ojos avellana continuaron presionándolo con una silenciosa pero indiscutible insistencia. Sin constricciones, bebió de golpe el licor; tan rápido como el liquido descendió por su garganta, sirvió dos tragos más—. Anda, toma uno, te ayudara a relajarte.
—No bebo— se excusó, sin expresión.
Tsunade se encogió de hombros. Lejos de insistir, bebió ambos tragos por su cuenta. Tenía las mejillas sonrosadas, el alcohol comenzaba hacer de las suyas.
—Es un desequilibrio en sus canales de chakra, algo sumamente extraño si consideramos el excelente control que tiene del mismo— le explicó, dejando al descubierto el basto conocimiento que le había valido convertirse en la ninja medico más respetada y afamada del mundo.
—¿Qué lo esta causando?— quiso saber.
Sostuvo la mirada ambarina de la rubia, sin rechistar. Estaba bastante cansado e irritado para comenzar una pelea, ahora mismo solo le quedaba confiar en ella, por más imposible que eso fuera para él.
—Aun no puedo precisarlo con exactitud— resopló—. Probablemente sea la extenuación, el estrés, estamos hablando de un amplio espectro de factores.
—¿Cuánto tiempo le tomará normalizarse?
La rubia contempló el techo, como si estuviese intentando recordar un dato trascendental para la conversación.
—Probablemente unos meses— espetó—.No es algo en lo que pueda intervenir, debe retomar su curso de forma natural.
Al escuchar esas palabras, una ola de desesperación lo golpeó dejándolo algo aturdido; la enredadera alrededor de su corazón presionó con fuerza. Lo que necesitaba era estar a lado de Sakura.
Tsunade le envió una mirada lacónica. Expulsó un pequeño respiró. Bebió otro trago y, recitó:
—Se que ambos están juntos.
Eso era mucho más atrevido de lo que él había anticipado.
La palabra juntos arrastraba consigo otro significado; Iniciaron el viaje juntos, como dos compañeros de equipo que intentaban resolver sus diferencias, afrontar sus sentimientos…sanar. Con el paso del tiempo, la relación trascendió en distintos planos y, cuando se unió a ella en su noche de bodas, en cuerpo y alma, supo que juntos poseía una connotación distinta.
—No pongas esa cara, Uchiha. En definitiva, no soy una jovencita que va a sonrojarse o escandalizarse por ese hecho, ni ustedes son dos niños pequeños— esbozó una sonrisa extrañamente cálida—.Además, Sakura me lo dijo.
—Si— contestó con la intención de dejar la respuesta colgando en el aire como si estuviese a la espera de un calificativo negativo que lo suprimiera. Tenía la esperanza de que no percibiera en su voz un tono hostil, evasivo y aparentemente fatigado.
—Tranquilo, muchacho, no voy a castrarte— rió—, Sakura jamás me lo perdonaría.
Aun cuando sabía que la rubia estaba bromeando, Sasuke no pudo evitar sentir pánico.
—Eres demasiado listo como para no saber lo especial y lo extraño que es lo que comparten— de nueva cuenta, la Hokage sirvió dos tragos de sake—.No fue una sorpresa para mi saber que, después de todo, los dos decidieran empezar una relación…sentimental.
A regañadientes, se aproximó a la mesa y alcanzó la taza; el escozor del sake no ayudó a deshacer el nudo atravesado en su garganta.
»Definitivamente no soy la persona con la que quieras hablar de esto y espero que no me tengas en cuenta que lo hayamos hecho. Se que Sakura es una mujer fuerte, decidida, demasiado obstinada en ocasiones, pero eso le sirve para cuidarse a si misma. Aun así, como su mentora, siento que tengo la responsabilidad de decirte que, si en algún momento por tu mente cruza la idea de lastimarla nuevamente, no dudare en asesinarte.
—Jamás me atrevería hacerlo— declaró al cabo de unos segundos.
Tsunade sonrió, complacida.
—Bien— dijo mientras abandonaba la comodidad de su asiento para ponerse de pie—. No te retendré un momento más.
Sasuke se sintió momentáneamente aliviado. Por un segundo imaginó que toda la montaña rusa de emociones terminaría por destruirlo.
Siguió a Tsunade por el amplio pasillo, con la mirada fija al frente, por encima del hombro de la sannin.
—Lo que tiene Sakura…— comenzó hablar, reprimiéndose a si mismo por sonar tan vulnerable y poco resuelto— ¿es grave?
Escuchó a la mujer reír, quizá porque su cuestionamiento era sumamente estúpido e ingenuo. Arrugó el entrecejo ligeramente molesto.
—Depende del punto donde se le contemple— respondió con un tono tan calmado como si estuviese hablando de cualquier otra trivialidad—.Solo espera a que ella te lo diga ¿sí? Dale un poco de tiempo.
El pelinegro tragó grueso, ¿a que se refería esa perversa mujer con esperar?, el nudo en su garganta se hizo más estrecho, impidiéndole respirar; los latidos en su cabeza le hacían sudar.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando Tsunade corrió el shōji del cuarto de invitados; el corazón le golpeó las costillas al ver a la pelirosa sentada en la enorme cama, con la mirada fija en sus manos entrelazadas. La serenidad que imperaba en su semblante le confería una belleza sobrenatural.
—Sakura— la llamó Tsunade para atraer su atención.
La pelirosa se limitó a mirarlo fijamente con triste e interrogante ansiedad. Lo contemplaba con tal parsimonia que pensó que la misma intensidad de su mirada le iba a llenar los ojos de lagrimas, pero permanecieron abrasados de angustia, sin llegar a humedecerse.
—Estas aquí— la voz fina llegó hasta los oídos de Sasuke.
—Se que dijiste que no debía llamarlo, pero me pareció importante hacerlo— le explicó Tsunade tan apacible como le fuera posible.
—En ese caso deberíamos regresar a la aldea— gimió Sakura, sintiéndose desfallecer por el violento y desigual latido de su corazón, que, bajo el exceso de agitación, golpeaba de forma visible y audible.
—Por supuesto que no— se negó la mujer—.Los dos necesitan descansar. Pueden disponer de esta habitación si lo desean.
Inmediatamente, el pelinegro se convirtió en un simple espectador. Él parpadeó una vez, excluido por ambas mujeres de la conversación.
—Se lo agradezco, Tsunade-shishō —recitó una vez se le calmó aquel aproximó, continuó dulcemente—, pero no quiero abusar de su amabilidad, ya hizo mucho por mi el día de hoy.
—Tonterías niña, no hay nada que agradecer— sonrió Tsunade.
Era poco probable que por la mente de las personas cruzara la idea de que ambas mujeres compartían un lazo sanguíneo. A simple vista, sus facciones eran diferentes, pero había algo sumamente parecido en la forma en la que ambas interactuaban, más allá del sello que lucían orgullosas en su frente, era como vislumbrar a una madre preocupándose por su hija.
—Nos alojaremos en una de las posadas de la ciudad— intervino el azabache, atrayendo dos pares de miradas inquisitivas.
—En ese caso, iré a verlos por la mañana— dijo la rubia, resignada.
La pelirosa se irguió con dignidad, alzando la quijada y cuadrando los hombros. Alcanzó sus pertenencias, las cuales reposaban sobre una silla acolchonada cerca de la puerta.
Antes de retirarse, la voz de la mujer los alcanzó:
—Sasuke— el aludido detuvo el andar automáticamente—.Cuida bien de Sakura— solicitó. Sonaba como si estuviera delegándole una enorme responsabilidad, algo parecido a un voto de confianza.
Él se limitó asentir.
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Subió la escalera levantando pesadamente los pies de un escalón a otro, sujetándose de la barandilla. Sentía como si hubiese estado de pie durante varios días corriendo todo el tiempo; le dolía el pecho y los músculos se le acalambraban como si le faltara azúcar.
Le gustaría descansar, dormir, pero estaba demasiado fatigado y al mismo tiempo tan excitado que no podría cerrar los ojos. Sakura aguardaba por él dentro de la habitación. Ninguno de los dos había recitado palabra alguna en el trayecto de la residencia de Tsunade a la discreta posada, la pelirosa se encontraba tan abstraída en sus pensamientos que ni siquiera le mostró un ápice de atención. Conjeturó que, tal vez, continuaba molesta por todo el asunto de la misión, sin embargo, era imposible.
Frenó el paso a escasos centímetros de la puerta. El lugar estaba desolado, como lo deseaba encontrar. Antes de ingresar, recargó su cuerpo contra la pared y cerró los parpados con fuerza; el dolor instalado en sus sienes palpitaba al ritmo de su corazón. Se sentía frustrado al no adivinar lo qué aquejaba a la pelirosa, ella se rehusaba a decírselo y, por lo tanto, debía mostrarse paciente y comprensivo, aun cuando ninguno de esos puntos era su fuerte.
Ahogó una maldición y restregó una mano contra su cara. Si humedecía el borde de un vaso y pasaba el dedo alrededor de aquel, producía un sonido. Así es como se sentía: como ese sonido. Hecho añicos. Quería estar con alguien.
Caminó hasta la puerta y llamó. Con los nervios a flor de piel, deslizó la mampara y entró en la habitación. Sakura se encontraba sentada cerca de la ventana, en su regazo tenía un pergamino extendido que se movía de vez en cuando un vientecillo casi imperceptible. Vestía un yukata azul claro; su cabello más largo y espeso, caía sobre sus hombros; el fulgor de sus ojos había sido sustituido por una dulzura soñadora y melancólica, resplandecían con un destello insólito, provocador. Era tan hermosa que Sasuke se sentía intimidado.
—¿Cómo te encuentras?— preguntó con voz ronca, disponiendo el pergamino en el suelo.
El pelinegro cerró la puerta tras él.
—Cansado— confesó en un suspiro mientras se despojaba de la capa—.Pero eso no importa. Aoda me notificó lo que sucedió.
Sakura no contestó. Consternado, se acercó y se arrodillo junto a ella.
—Sakura… ¿Qué demonios? ¿Te encuentras bien?— alargó la mano para tocarle la frente.
La pelirosa la tomó y dejo escapar un sonido peculiar, una especie de una risita triste. Apretó los labios contra la piel del Uchiha y negó con la cabeza.
—¿Qué es? ¿Qué te pasa?
—Tengo algo que decirte— contestó ella. Su voz temblaba. Cuando él intentó cubrir su rostro con la mano, se quitó de un tirón el yukata que la rodeaba.
Inmediatamente lo invadió la conciencia de su presencia, la forma de su cuerpo bajo su camisa cuando ella se enderezó.
—¿Decirme qué?
Ella volvió a emitir aquel extraño sonido. A la luz de la luna, notó que estaba temblando.
—Tienes frio— hizo un movimiento para atraerla hacia su cuerpo. Sakura se volvió de pronto y posó las manos en sus hombros, mientras seguía moviendo la cabeza en forma de negación y cedía en silencio a su abrazo.
—Sakura, ¿Qué pasa?— quiso saber. La acunó y trató de transmitir calor a aquel cuerpo suave y tembloroso mientras acariciaba su espalda y su cabellera. Sintió sobre su hombro cubierto la mejilla de ella, humedad y fría.
—Sakura…— masculló lleno de dolor y la estrechó con fuerza contra sí—.Estas llorando.
Los dedos de ella se aferraron a sus omoplatos; lo apretó como estuviese a punto de desaparecer. Él la estrechó en un prolongado abrazo, la rodeó y acarició su cabello al tiempo que ella lloraba en silencio y sus lagrimas caían sobre el hombro de su esposo.
—Todo saldrá bien— dijo inconscientemente para calmarla—.No voy a dejarte sola.
Sakura apretó el puño y le dio un golpecito en el brazo.
—Eres un idiota, Sasuke— dijo entre susurros.
El aludido se quedó desconcertado. Pensó que añadiría algo más, ya que humedeció los labios y fijó sus ojos esmeraldas en la garganta del pelinegro. El rastro plateado de las lagrimas refulgió sobre la piel de sus mejillas.
—No creo que sea buena idea hacer esto ahora— susurró bastante serio.
Sakura cerró los ojos con fuerza y, poco a poco, con decisión, empezó a tirar de él hacia el futon.
Fue en ese instante en el que Sasuke se rindió. Quería fundirse con ella en un todo, proporcionarle refugio, solaz y protección. Anhelaba ahogarse en su cuerpo. La meció en silencio; comenzó a desnudarla absorto en la afonía, le besó el hombro desnudo y el cuello.
—¿Qué era lo que querías decirme?— murmuró junto a su oreja.
Los labios de Sakura se movieron, lo notó en la piel, pero no escuchó sus palabras, bien porque fueron demasiado suaves para su oído, bien porque no las pronuncio en voz alta.
—Yo también te amo— le susurró.
La kunoichi echó la cabeza hacia atrás con aquel sonido doliente, mitad risa mitad llanto.
—Eres molesto— dijo con voz suave y trémula.
Sasuke la besó en la sien.
—Sakura— murmuró a la par que recorría su mejilla tersa con los labios—. Dime que era lo que querías decirme.
Sakura levanto la vista hacia él.
—No lo sé— susurró.
Automáticamente, Sasuke comenzó a desnudarse. Bajo la luz de la luna, la pelirosa vislumbró su cuerpo; las marcas nacaradas de las cicatrices trazaban patrones irregulares sobre la piel ligeramente bronceada. El miedo y la desesperación hicieron que sus ojos se anegaran de nuevo, pero pensó que era suficientemente bello para derramar lagrimas por él.
El Uchiha besó sus parpados y la humedad se desbordo por debajo de las pestañas.
—Sasuke-kun— dijo como si le doliese.
La atrajo hacia sí. Quería estar dentro de ella, como prueba de algo. El roce de aquella piel contra la suya lo hizo estremecer. El peso del hombre la hundió en el futon, su excitación era palpable y respondía a cualquier roce. Sakura separó los muslos para que él la tomase como ya había hecho antes, con impetuoso empuje, pero, en lugar de eso, lamió su pezón, arrancando de su garganta un agudo suspiro.
Sakura respondía ávida y ansiosamente a las caricias que le proporcionaba; acarició sus senos, al tiempo que descendía la mano y recorría el interior de su muslo con la suavidad de la seda para después enredarse en los rizos de vello.
Sasuke se hizo a un lado y apretó contra ella, a la vez que la obligaba con dulzura a darse vuelta hacia el otro lado. Con el pecho pegado a la espalda de la joven y la dureza de su miembro contra sus glúteos, se inclinó mordisqueando la piel de la axila para, a continuación, tras tirar de él, llevarse el seno a la boca y succionarlo. Fundieron sus cuerpos, la apretó con fuerza e introdujo el muslo entre los de ella para convertir su cuerpo en un lecho erótico. Introdujo dos dedos en lo mas profundo del cuerpo de ella.
La sensación fue exquisita; la penetró intensamente mientras tiraba delicadamente de su pezón. Sakura se recostó y se dejo llevar, perdida en aquella sensación de estar rodeada de él, moviéndose al ritmo que marcaba. Se oía a si misma; de algún lugar en lo más profundo de su ser le llegaban pequeños gemidos de intenso placer.
—Te amo— susurró con fuerza—. Te amo, Sasuke-kun.
Le pegó un pequeño mordisco en el cuello. Sakura podía sentir el calor de su aliento en la piel.
Lejos de contenerse, la pelirosa se volvió hacia él, enroscó las piernas alrededor de su cuerpo y lo atrajo hacia si con urgencia. Sasuke se movió con un sonido ronco y masculino; notó los dedos nimios de Sakura enredarse en su cabello, lo agarró con el puño y tiró de él para besarlo en la boca.
Su cuerpo dentro de ella parecía pesado, profundo y poderoso. Sasuke la embestía sin prisa, inmovilizándola con un movimiento estudiado y doloroso cada vez que ella se hundía; utilizaba su cuerpo para darle placer.
Echó la cabeza hacia atrás, su respiración se hizo entrecortada. Volvió a besarla en el cuello expuesto, succionó la piel sensible, presionándola contra el futon con todo su peso.
Sakura lo recibió y correspondió en igual medida; la pasión estalló sobre ella y su cuerpo se estremeció con sus impetuosas sacudidas, en oleadas sucesivas.
Tendido en el futon con Sakura, trazaba patrones inconscientemente con la punta de los dedos sobre su vientre plano. Se decía a si mismo que podría pasar horas enteras vislumbrando el cuerpo desnudo de su esposa, tal vez porque intentaba memorizarlo; cada marca, cada cicatriz, la curva de su cintura, la redondez de sus senos.
La escuchó reír cuando acarició un punto sensible, cerca de la cadera, ahí donde una alforza coronaba la cresta iliaca.
—Estos días me sentí tan abrumada que, cuando mencionaste lo de la misión, no supe como reaccionar— se encogió de hombros; un sonrojo coloreaba sus mejillas—.El solo pensar que te marcharías y quizá nunca volverías me aterró.
Sasuke arrugó el entrecejo.
—Por supuesto que no lo haría, mucho menos ahora que eres mi esposa— los ojos negros como el alquitrán brillaban como dos estrellas en el firmamento—. Además, tenemos planes.
—Lo se y en verdad lo lamento— masculló, acurrucándose en su pecho.
El silencio imperó en la habitación. La luna todavía brillaba pálida y proyectaba sobras sobre las paredes y el techo.
Al cabo de unos minutos, vio a Sakura con total claridad; pensó que estaba dormida, su pecho subía y bajaba suavemente al respirar. Sin moverse, la contempló. Era un sentimiento crudo y extraño el de aquel amor terrible, aquella sensación temblorosa de ser dueño de una porción de felicidad. Le provocaba temor, pero no podía renunciar a ella.
—Hablé con Tsunade— espetó: el cuerpo de la pelirosa se tensó bajo la yema de sus dedos—.No dijo nada malo, solo mencionó algunos detalles respecto a tu condición.
La Kunoichi se giró ligeramente para contemplarlo.
—Sakura— la llamó suplicante—. Dime qué es lo que ocurre.
En un dos por tres, la bruma de dicha que los envolvía se desvaneció. La ninja medico se apartó, no sin antes dedicarle una sonrisa triste a manera de disculpa.
–No es nada malo, te aseguro que estoy bien— intentó tranquilizarlo.
Antes de que pudiera responder, acalló todas sus dudas y disipó las inquietudes con un tierno y suave beso.
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Adormilado, palpó el lugar vació junto a él. Al comprender lo que significaba aquello, abrió los ojos con prontitud, pero volvió a cerrarlos, cuando la fastidiosa luz de al amanecer, proveniente de la ventana abierta, lo encandiló.
—¿Sakura?— voceó; la voz ronca—. ¿Estas ahí?
Al no recibir respuesta, el Uchiha se levantó del futon. Inspeccionó la habitación en una rápida ojeada sin prestar atención al aroma de la pelirosa que imperaba en cada recoveco del cuarto ni al relajante sonido del trino de los pájaros al exterior. Lo único que le importaba era que la pelirosa no estaba ahí. Todavía adormilado, comenzó a vestirse.
No sabía precisar en que punto de la noche se quedó dormido, pero debía ser entrada la madrugada, aun sentía el cuerpo magullado y cierta tensión en el cuello que, ni siquiera el pasional encuentro fue capaz de disipar.
Apesumbrado, consiguió ponerse de pie. La creciente ansiedad se esfumó de golpe al vislumbrar a la pelirosa por la puerta de cristal; se encontraba en el balcón, con la cabeza apoyada en la palma de su mano, mitad suspirando, mitad bostezando, absorta en una especie de ensimismamiento melancólico, todavía llevaba el yukata de la noche anterior, era tan ligero que en contraste con la claridad del día era posible apreciar las curvas de su cuerpo.
—Buenos días— la saludó con voz ronca, tratando de no traslucir su preocupación.
Ella volvió el rostro hacia él; una ligera sonrisa estiraba sus mejillas sonrojadas por el sol. La palidez de su faz, cuya expresión ojerosa se había desvanecido con la mejoría, y aquel aire peculiar inherente a su belleza, hacia más intento el interés que su persona despertaba en él.
—Buenos días— le devolvió una mirada intensa.
—¿Por qué no me despertaste?— preguntó en una modulación suave, la cual utilizaba solo cuando estaba con ella.
La pelirosa se encogió de hombros y llevó un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Quería que descansaras— masculló; la mirada fija en el bello jardín que se alzaba frente a ellos—.Regresaras a Konohagakure pronto, así que…— dejo la frase incompleta.
Sasuke negó con la cabeza.
—Enviare un mensaje a Kakashi explicándole la situación— espetó.
Ambos recayeron en un prolongado, mas no incomodo silencio.
Por el rabillo del ojo la vislumbró morder con inclemencia su labio inferior, solía hacerlo cuando algo la agobiaba.
—Sakura…— pasó los dedos por la piel desnuda de su antebrazo, capturando su atención. Ella lo miró con aquella pestañas que convertían sus ojos verdes en dorados, tan casta y sensual a la vez, haciendo que la sangre ardiera en su interior. Al cabo de un leve escrutinio, dedujo que la pelirosa estaba acongojada, podía notarlo en su semblante—. ¿Qué es lo que sucede?
—Recuerdas que ayer en la noche, antes de que tu y yo… ya sabes— balbuceó, nerviosa. Hablar de esos temas todavía le resultaba complejo—. Mencione que tenia algo que decirte.
—Así es, pero no lo hiciste.
Sakura esbozó otra sonrisa melancólica. Aquella mañana, gracias a su triste y poético estado de animo, estaba especialmente bella.
—No debes alarmarte— hizo un mohín con las manos—. Solo que, ayer descubrí algo.
—¿Qué cosa?— la escrutó, y la forma en la que lo hizo, consiguió, para desgracia de la kunoichi, ruborizarla.
—Sasuke, yo…— las palabras le salían con dificultad. Miró al suelo, tratando de organizar las ideas—.Estoy embarazada.
El hombre la miró con los ojos bien abiertos a causa de la conmoción, haciendo desaparecer cualquier atisbo de tranquilidad. Embarazada. Por supuesto. Su frente se pobló de arrugas y de repente, ya no fue capaz de tragar nada que no fuera el nudo en su garganta. La pelirosa notó su mirada desorbitada y aunque quiso hablarle, se contuvo de hacerlo.
Lo que estaba provocando el desbalance en sus canales de Chakra era el embarazo. ¿Pero como era posible?, ambos habían sido lo suficientemente cuidadosos, o eso creía.
—Sorprendente ¿no lo crees?— rió nerviosa.
Pasados unos cortos minutos, Sasuke pareció recuperar su estabilidad mental. Preguntar "cómo" seria estúpido de su parte; sabía lo que se requería para engendrar una vida. Tras la noche de bodas los encuentros entre ellos se hicieron más frecuentes, luego de descubrir los placeres de la carne ambos se encontraron deseando que llegara el momento para volver a entregarse. No le sorprendería que después de unas semanas muy activos las consecuencias de sus actos derivaran en un embarazo.
—¿Cuándo?— cuestionó aturdido. Era una pregunta estúpida, pero no sabia que más decir en esas circunstancias.
—Si mis cálculos son correctos, sucedió hace cuatro semanas. Mi cuerpo necesitaba descansar un poco, así que durante esos días fui descuidada y bueno, ya sabes, nosotros dos… lo que sucedió después de la boda, en el bosque.
Sasuke lo recordaba a la perfección.
»Me percaté de la situación hace una semana— continuó, sonaba tan apacible como sus nervios se lo permitían—. Noté un cambio en mi flujo de chakra, pensé que se debía a la falta de entrenamiento, así que lo dejé pasar. Se tornó más grave hace dos días, la idea cruzó por mi mente, necesitaba corroborarlo, había leído que durante el embarazo muchas kunoichis experimentaban una reacción de incompatibilidad, los síntomas se ajustaban al cuadro.
Sasuke permaneció en absoluto silencio. Las palabras de Sakura sonaban seguras. A medida que la pelirosa explicaba el cómo se percató del embarazo, la imagen de un niño de cabello azabache cobró forma ante sus ojos, su respiración se descontroló.
Cuando abandonó la aldea, poco después de la guerra, se dijo a si mismo que para expiar sus pecados tenia que sufrir. Tenía que encontrar nuevas formas de castigarse y sufrir sin hacer sufrir a nadie más. Tenía que hacer penitencia. Si algo le proporcionaba demasiado placer, entonces renunciaba. Por eso había renunciado a la idea de estar con Sakura. Abandonó ese sueño de formar una familia.
Sin embargo, la vida había encontrado la manera de compensar ese dolor. Aun cuando no se sentía merecedor de tal gratitud, Sasuke era incapaz de expresar la alegría que experimentaba al estar con Sakura, saber que dentro de unos meses le darían la bienvenida a otra persona y, nuevamente, tendría una familia, su familia.
—Sasuke— aclamó Sakura moviendo una mano frente a sus ojos para asegurarse que el azabache se encontraba con ella—.Por favor, di algo, lo que sea.
Inerme a dominarse a si mismo, rompió la afonía con el rumor de su rusa, tornándose ruidosa y libre. Jamás había reído de esa manera antes, y por primera vez encontró un eco de esa misma alegría dentro de ella.
—¿Sasuke-kun?
Cuando elevó la mirada lo primero que vislumbró fue a la pelirosa envuelta en llanto, abrumado, se cuestionó a si mismo que andaba mal.
—Sakura, ¿Qué sucede?— cuestionó, preocupado.
La pelirosa negó con la cabeza al mismo tiempo que disipaba sus lagrimas con el dorso de su mano.
—Es la primera vez que escucho tu risa— dijo con la voz entrecortada por el llanto—.Pensé que estarías molesto.
—¿Molesto? Por supuesto que no, Sakura— instintivamente rodeó su cintura y la atrajo hacia él; en un acto reflejo, la pelirosa recostó la cabeza contra su pecho.
—¿En verdad no lo estas?— quiso saber.
Sasuke dejó escapar un suspiro.
—Jamás podría estar molesto contigo, Sakura— murmuro contra su pelo; olía a primavera, hierba fresca y flores—.Esta bien, todo estará bien.
Sakura se apartó ligeramente para elevar la mirada y contemplarlo. Cuando sus ojos se cruzaron con los de él, Sasuke sintió un estremecimiento que lo recorrió desde la garganta hasta el vientre; no podía ni tragar saliva.
Intentó poner en orden sus emociones, pro u mechón de cabello rosado cayó sobre la mejilla de Sakura y acabó por completo con su sentido común. El Uchiha se lo apartó. Ella no puso ninguna resistencia cuando, a continuación, le acaricio la piel y la besó con dulzura.
—Ha sido la mejor noticia que he recibido en mi vida— contestó él.
Sakura sonrió en lo que apenas fue una leve mueca burlona de sus labios.
—Soy un desastre ¿no es así?— rió. Pese a sus ojos hinchados y la nariz enrojecida por el llanto, ante la mirada de Sasuke la kunoichi era el paisaje más hermoso que había vislumbrado jamás—.Las hormonas son crueles conmigo.
—Eres una molestia— declaró, depositando un beso sobre su frente.
Continuara
N/A: Después de varios sin actualizar he regresado con un nuevo capitulo :3
Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Lo cierto es que esta es la penúltima entrega (si, un poco rápido) pero tal como lo había mencionado desde el inicio la historia es corta, no les voy a negar que intenté alargarla, mas me fue imposible encontrar la forma adecuada de desarrollar mis ideas.
Agradezco infinitivamente su paciencia y el apoyo que me muestran, creo que no soy merecedora de ninguna de esas dos cosas y espero que el capítulo compense esa larga espera 3
Sin nada más que agregar, solo me queda decirles que se cuiden mucho, si bien es tiempo de festejar, protéjanse a ustedes y a los que los rodean. Espero de todo corazón que se encuentren bien, les mando un fuerte abrazo donde quiera que estén.
¡Saludos! ¡Nos leemos pronto!
