Capítulo 28

Miami

—¿Por qué diablos no me has dicho que te ibas a operar ya?

—Porque no lo sabía. Ya has escuchado al doctor, me lo acaba de confirmar.

—Pero…Quinn —se quejó—, me dijiste que esto era una simple consulta y no es así. ¿Por qué me has mentido?

Una consulta que terminó confirmando lo que tanto tiempo llevaba esperando, y a la vez, tanto miedo le provocaba; el trasplante de córnea.

Solo una semana más. El lunes siguiente iba a ser el día en el que tenía que ingresar en el hospital, y apenas 24 horas después, iba a ser operada de uno de los ojos.

—No quiero que todo el mundo esté preguntándome constantemente. Me estresa demasiado, y necesito estar tranquila. Además, solo pueden operarme un ojo, y quiero ir con calma. Si hay rechazo será frustrante.

—No pienses en eso, el doctor ha dicho que las probabilidades de recuperar la vista totalmente son altísimas.

—Bueno, pues por eso. Mejor esperar a ver como resulta la primera operación, y luego ya lo digo, ¿ok?

—Está bien, voy a respetar tu decisión, pero te aseguro que Michael se va a molestar mucho cuando se entere, y sepa que no has querido decírselo.

—No, pero a Michael si puedes decírselo —replicó Quinn, logrando la confusión en Dana.

—Pero, si me acabas de decir que…

—Dana, sé que ahora estás más unida a él, y lógicamente querrás decírselo. Es más, yo pensaba decírselo a él. Lo que no quiero es que salga de nuestra casa.

—¿Cómo? ¿A quién te refieres?

—Pues no quiero que lo sepan ni los chicos del hotel, ni María, ni Paul, ni…Rebecca ¿Ok?

—¿Rebecca? —masculló extrañada— Pero si ella vive con nosotros. Ella va a saber que te van a ingresar el día antes, y te va a ver aparecer después de la operación. Quinn, es complicado ocultarle algo así si vive con nosotras.

—Lo sé, y ya buscaré la forma de lograrlo. Pero no quiero que lo sepa, porque ya me ha dado muestras de que es un poco intensa. Se preocupa mucho, y es probable que me agobie si se muestra así conmigo antes de la operación.

—Oh, ok…

—Además, si sale bien la operación, me gustaría, me gustaría verla sin que ella sepa que puedo hacerlo —confesó logrando que la confusión en Dana se hiciera de nuevo latente.

—¿Qué? ¿Pretendes hacerle creer que sigues ciega cuando no sea así?

—No, no —interrumpió—, no es eso. Solo quiero verla como es. No quiero que esté influenciada, ¿entiendes? Si sabe que la puedo ver, probablemente se comporte de otra manera a como lo hace ahora. Y yo quiero verla tal y como realmente es conmigo. Quiero llegar y que me trate como siempre, y una vez que eso suceda, confesarle que puedo verla.

—Eh, Quinn, eso suena mucho a escena de película romántica. Empiezo a pensar que esa chica te gusta más de lo que…

—No seas pesada, ¿ok? Solo es una pequeña sorpresa. Se está portando muy bien conmigo, y me gustaría hacerle esa sorpresa.

—Ok, si así lo deseas, yo no digo nada y prohíbo a Michael que tampoco cuente nada. Eso sí, ya me dirás como vas a hacer para que ella no se entere de que te ingresan en el hospital.

—Ya inventaré algo.

—No quiero perderme esa excusa —masculló divertida—. Oye, deberías invitarme a comer, ¿no crees? Tenemos que celebrar.

—¿Y te tengo que invitar yo? —se quejó permitiendo que Dana se aferrase a su brazo, tras detener el taxi que las iba a llevar de vuelta al apartamento.

—Sería un detalle por tu parte. Con el estomago lleno, se disfruta mucho más las buenas noticias.

—Ok. Ok. Te invito, pero solo porque me has acompañado después de pasar toda la noche trabajando.

—¿Ves? Eso si que es un detalle. Soy una muy buena amiga, ¿verdad?

—Mmm, deja de lanzarte flores sobre ti misma. Vas a parecer una floristería —se quejó divertida al tiempo que se colaban en el taxi.

Justamente, al otro lado de la ciudad, era Rachel quien se adentraba en la floristería que días atrás había visitado, en el cruce de Market Street con Ellis Street.

Aquel lunes amaneció de forma extraña. Ni Quinn ni Dana, ni Michael se encontraban en la casa cuando ella salía de su habitación, y aprovechó esas horas de total soledad para llevar a cabo algunos de los planes que había tenido que ir atrasando. La visita a la floristería era uno de ellos.

—Buenos días —la dependienta, una chica alta de rizos dorados y un par de ojos verdes y felinos, le daba la bienvenida con un reconocible acento inglés.

—Hola, buenos días —le replicó sonriente—. Hace unos días estuve aquí, buscando una flor muy particular, y un compañero suyo, creo, me dijo que iba a intentar traerla para esta semana.

—¿Un compañero? ¿Nick?

—Eh…Pues no sé, no recuerdo su nombre. Era alto, rubio, y muy simpático.

—Nick, definitivamente es él —respondía sonriente—. Dame un minuto, voy a llamarle ¿Ok? Tenemos otra floristería cerca, y está allí.

—Ok…espero —respondía tratando de dejar algo de privacidad a la chica que ya tomaba el teléfono tras el pequeño mostrador.

Rachel mientras lanzaba miradas alrededor suyo, observando las flores que conseguían llenar de color aquel pequeño rincón en mitad de la gran avenida. Sin duda, aquel lugar tenía su encanto.

—Disculpa —espetó la chica tras una breve conversación—. ¿Busca una Cypripedium parviflorum var pubescens? —Rachel se mostró completamente confundida y aquel gesto no pasó desapercibido para la chica, que con una sonrisa volvía a cuestionar— ¿La famosa Yellow Lady?

—Ah…sí, si esa… ¿La tienen?

—Va a tener que ir a la floristería que tenemos en Jones St.

—¿Jones St?

—Sí, está junto al departamento de policía, a unos 5 minutos de aquí.

—Oh, ok. Está bien.

—Allí está Nick, y tiene la flor. Me ha dicho que se la ha reservado.

—Genial. Pues voy para allá ahora mismo. Muchas gracias.

—A ti —se despedía con la misma amabilidad con la que la había recibido.

Rachel no tardó en abandonar el pequeño quiosco y buscar rápidamente la calle en cuestión.

El mapa en su móvil no fallaba y la floristería aparecía ante ella tras unos 7 minutos de trayecto a pie desde Ellis St. Esta vez sí era aquel chico, aquel rubio y alto chico que con una enorme sonrisa la recibía afectuoso en aquel remanso de paz como era la floristería.

—Hola… ¿Me recuerdas?

—Sí, si…Lo recuerdo —Quinn atendía la llamada de Dave justo cuando se adentraba en el apartamento, con Dana a su lado.

—Pues no lo parece, te dije que me llamaras nada más terminar la consulta, y lo has hecho —le recriminaba

—Tranquilo, pequeñin. Estoy entrando en casa, pensaba llamarte ahora, con más calma.

—¿Has ido acompañada?

—Dana, habla —espetó acercando el teléfono a la chica.

—¿Hola?

—Hola, encantado de hablar contigo. ¿Tú eres Dana?

—Si, esa misma.

—Ok. Bien, confírmame, ¿has ido con Quinn a la consulta del oftalmólogo?

—Sí, acabamos de salir.

—¿Contento? —interrumpía Quinn apartando el teléfono de la chica.

—A medias. Estoy contento porque me has hecho caso, pero ni se te ocurra volver a quitar el teléfono cuando estoy hablando con esa chica, ¿me oyes?

—¿Qué?

—Si esa chica es la que yo conocí hace casi un año, no vuelvas a cortar una conversación mía con ella en la vida.

—Tiene novio —masculló rápidamente, y lanzando una mirada hacia Dana, que ya se colaba en su habitación.

—Eso no es lo que me preocupa ahora mismo. Bien, cuéntame, ¿qué te ha dicho ese doctor?

—Me ha dicho que no hagas planes para el lunes que viene —le respondió tomando asiento en el sofá.

—Mmm, eso significa que…

—Que te voy a mandar un billete dónde quiera que estés para que traigas tu culo hasta aquí, y me acompañes en esa operación.

—¡A sus órdenes! Mi capitana —espetó ilusionado, tanto que terminó contagiando la sonrisa a Quinn.

—Así me gusta. ¿Contento?

—Por supuesto. Soy el hombre más feliz ahora mismo. ¡Ah!, y no te preocupes por el billete. No soy una estrella del rock, pero puedo pagarme un pasaje a San Francisco. Tú mejor encárgate de que haya habitación para mí en el Four Seasons. ¿Ok?

—Ok, esta misma tarde te hago una reserva especial.

—Genial. Me encanta tener contactos que trabajen en sitios de lujo, como ese —bromeó—. Por cierto, si quieres que la reserva sea más especial, también puedes decirle a ese bombón que tienes por compañera que me acompañe en la habitación. Sería un detalle por tu parte.

—Dave —le interrumpió recuperando a la seriedad en su tono—, su novio es policía —añadió justo cuando Dana regresaba al salón, y la escuchaba.

—¿En serio? Dime que no es verdad.

—No miento. Solo te aviso.

—Ok. Ok. Mejor voy a verte, te acompaño, y me no me meto en líos. ¿Verdad?

—Exacto.

—Muy bien, pues así será. Y ahora, si no tienes nada mas que decirme, o avisos que dejarme, me temo que voy a tener que colgar la llamada. Tengo a los chicos esperando, y voy a tener que empezar a organizar el viaje.

—Ok…Eh Dave.

—Dime pequeña.

—No te olvides del álbum, ¿ok?

—No me puedo olvidar. Ya fui a recogerlo.

—¿Ya? ¿por qué no me has dicho nada?

—Estuve en St. Mary´s hace unos días y decidí ir. No hubo problema, tu madre se alegró mucho de verme, y me permitió llevarme el álbum.

—Ah…Genial entonces.

—Por cierto, vi algunas fotos y tengo que decirte que cuando estuve en St. Mary´s, volví al lago. No te imaginas la de cosas que recordé.

—¿Volviste? Oh dios, yo quiero volver.

—Sí, volví, y allí estaban Miller con un grupo de chicos del taller. Ya sabes que esta semana es…

—4 de julio…—susurró siendo consciente de la fecha.

—Así es. El viernes.

—Oh dios, es cierto. Cuántos recuerdos —susurró.

—No sabes cuantos. Quinn, aquello está igual. El lago, el campamento, parece que los años no pasan por allí. De hecho, hasta creo que deseé que dos mocosas como erais tú y Rachel me lanzaran globos, solo por volver a disfrutar de unos días allí —espetó divertido.

Rachel.

No pudo evitarlo. Fue escuchar su nombre, y su mente voló directamente a aquel verano. A la guerra de globos que ambas provocaron para molestar a Dave y Mel. El beso que tuvieron que interpretar después de eso, y todo lo que sucedió tras ello. El paseo en kayak, Rachel perdida en el bosque, las galletas, el mirador del pánico.

—Oh dios Dave, quiero volver. Quiero regresar ahí y volver a tener 17 años —balbuceó con nostalgia.

—¿Sabes qué? Te prometo que en cuanto te recuperes por completo, nos vamos al lago, tú y yo…A disfrutar de nuevo. ¿Te parece bien?

—Ya lo has dicho, ahora no hay marcha atrás.

—Perfecto, ahora solo tienes que recuperarte.

—Lo haré sólo por volver a ver aquel lago.

Justo aquel lago, era el mismo que Rachel trataba de explicar a Nick.

—Entonces, ¿viste por primera vez la yellow lady en el lago Hope? —le preguntó el dependiente, completamente sorprendido por la historia que le contaba Rachel.

—Ajam, en Ohio. Está en la reserva natural del parque de St Mary´s.

—Sí, si conozco la zona, aunque nunca he estado allí. Tienes suerte, ésta orquídea es difícil de encontrar —le dijo ofreciéndole la pequeña maceta con delicadeza, mientras Rachel no dejaba de mirarla. De recrearse en la llamativa flor.

—Es hermosa. Es increíble, es perfecta.

—Me alegro que sea lo que buscabas. Sabes que no solo es complicada de encontrar ¿no? Es más complicada de mantener.

—Me temo que soy consciente de ello. Requiere muchos cuidados, ¿verdad?

—Requiere mimos, como todas las plantas —bromeó—. Ésta concretamente, hay que regarla por la mañana, no le gusta dormir mojada, y necesita luz.

—¿Luz?

—Sí, necesitan luz natural. ¿No tienes un lugar dónde ponerla?

—Sí, pero es un regalo y no puedo exponerla hasta que la vaya a entregar, pensaba que en mi habitación podría estar.

—¿Cuándo piensas regalarla?

—El viernes.

—Podemos hacer una cosa, déjala aquí, que en el invernadero está en perfectas condiciones, y el viernes vienes a por ella.

—¿Sí? ¿No le importa?

—En absoluto. Estaré encantado de cuidarla hasta que llegue el día.

—Pues no sabes cuanto te lo agradezco. Es muy importante para mí.

—Imagino que lo será. Es una flor lo suficientemente especial, como para intuir que es un regalo importante. Eso sí, voy a necesitar tus datos para poder dejarla aquí, ¿ok?

—Sí claro, perfecto.

Aún faltaban cuatro días para aquel viernes. Aquel especial y emotivo día que llevaba rondando por su mente desde hacia varias semanas, y el cual no iba a desaprovechar bajo ningún concepto, ya estuviesen Michael, Dana o la propia Quinn en el interior del apartamento. A pesar de la tristeza que la había inundado aquella noche, a pesar de saber que Quinn no iba a darle esa oportunidad a Rachel, ella sentía que debía hacer lo que había planeado, aunque fuese a modo de despedida.

—Ok, ¿qué diablos te pasa? —Era Quinn quien confusa, cuestionaba a Michael tras su llegada al apartamento, y sentir como sin siquiera saludarla, se aferraba a ella y le regalaba un abrazo que a punto estuvo de lograr que dejase caer el vaso de agua que bebía en aquel instante.

—En un abrazo, Quinn —murmuró estrujándola con delicadeza entre sus brazos.

—Sí, ya sé que es un abrazo, pero si sigues apretando, vas a conseguir que vomite la comida…

—Joder, qué falta de tacto tienes, rubia —se quejó el chico deshaciendo el abrazo, no sin antes regalarle un par de besos en la cabeza.

—¿Se puede saber qué diablos te pasa? ¿Por qué estás tan cariñoso y contento?

—Estamos de celebración, ¿no? —le dijo colocándose a su lado.

—¿Cómo?

—Te vas a operar. No es necesario que disimules, ya lo sé.

—Oh dios…Dana, ¿ya se lo has dicho? Si acabamos de llegar…

—Lo siento Quinn —se excusó la chica a su lado—. Me has dado vía libre y le he escrito. Creo que él merece saberlo.

—Por eso estabas tan callada mientras preparabas la comida, ¿no?

—Lo siento…

—Hey, deja de lamentarte —interrumpía Michael acercándose a Dana, y dejándole un beso que Quinn llegó a intuir—. Soy yo el que debería estar molesto. ¿No me lo ibas a decir?

—¿Os habéis besado? —preguntó Quinn divertida, ignorando la reprimenda del chico.

—Quinn, no empieces —se quejó Dana.

—No, no digo nada. Es solo que me dais envidia. Yo también quiero besos.

—Te acabo de dar uno, y casi me muerdes…

—Pero no en la cabeza. Hablo de besos, besos… De los de…

—Ok, no hay problema, si quieres besos, yo te los doy —interrumpió de nuevo Michael, que, en ese instante, no dudó en dejarle multitud de besos repartidos por toda la cara y parte de la cabeza.

—Hey…hey… Para —trató de detenerlo—. Ya te he dicho que eso no es lo que quiero. Con eso no me tiemblan las piernas.

—Vale, déjame que te lo dé en los labios, vas a saber lo que es que te tiemblen las piernas.

—Hey…para —espetó Dana rápidamente interrumpiéndolos a ambos—. Nada de besos en los labios. ¿Ok?

—Quinn, lo siento, pero…si te lo doy, ésta celosa se va a enfadar.

—No soy celosa, pero tampoco imbécil —se quejó la chica—. Y vosotros dos os habéis acostado, así que no me hagáis sentirme mal.

—Puff, Mike, será mejor que ni me mires. No quiero perder a la única amiga que me queda en la ciudad.

—Quinn, no soy la única amiga que te queda en la ciudad. ¿Qué pasa con Rebecca? —bromeó recuperando el tono de humor.

—Rebecca no es mi amiga.

—¿Ah no? —cuestionó Michael sentándose junto a ellas.

—No, y hablando de ella —se dirigió al chico—, no sé si la celosa de mi amiga te lo ha dicho, pero te prohíbo que le cuentes nada de mi operación. ¿De acuerdo?

—Sí, ya me ha avisado de que debo mantener la boca cerrada, y es una pena, porque estoy seguro de que se va a poner muy contenta.

—Por eso mismo. No quiero que se lleve toda la semana preguntándome como estoy, si estoy nerviosa y esas cosas, porque me voy a terminar agobiando. Por ahora solo lo sabéis tú, Dana y Dave.

—¿Dave? —refunfuñó.

—Sí, y va a venir el domingo para acompañarme al hospital.

—¿Va a venir?

—Sí, y te recuerdo que es como mi hermano. Así que te vas a comportar con él.

—Que él se comporte conmigo. Es un imbécil.

—Michael, nada de peleas con Dave, ¿entendido? —intervino Dana.

—Por mi parte así será, espero que él siga pensando lo mismo.

—¿Aún sigues así con ese chico?

—Es un imbécil. La primera vez que vino se dedicó a reírse de mí, y a comerle la cabeza a Quinn para que me dejara.

—No, eso no es así, él jamás me dijo que te dejase.

—Pero te hablaba mal de mí —se quejó molesto.

—¿Crees que yo le hice caso? Vamos Mike, es Dave y su sentido del humor es extraño, pero yo lo conozco, y sé cuándo habla en serio o solo trata de hacerse el gracioso. Y te aseguro que contigo, no estaba siendo serio.

—Me da igual. No me cae bien, y yo solo quiero que ni me mire, porque no creo que pueda contenerme si me mira con esa cara de payaso.

—Pues si empiezas ya así, me voy a enfadar —replicó Quinn—. Necesito tranquilidad, y no quiero pasar estos días con vosotros dos discutiendo por todo como dos estúpidos.

—Oh no, tranquila. No te voy a molestar demasiado. Yo pienso regresar completamente relajado. Así que vas a tener que lidiar tú con ese payaso.

—¿Qué dices? —cuestionó Dana— ¿No piensas estar aquí con nosotras?

—Oh, cierto, que no te lo he dicho —espetaba al tiempo que buscaba algo en uno de los bolsillos de sus pantalones—. Toma, ve preparando la maleta.

—¿Qué es esto? —cuestionaba tomando un pequeño papel.

—Nos vamos el miércoles a Miami. Así que ve preparando el bikini.

—¿Miami?

—¿Miami? —repitió Quinn igual de confusa.

—Sí, te dije que iba a hacerte el mejor regalo de cumpleaños, y aquí está. Cuatro días en Miami a gastos pagados. Nos vamos a tomar el sol.

—Oh dios. ¿En serio? Es genial.

—Hey, hey, esperad…—intervino Quinn tras notar la efusividad en Dana— ¿Y qué pasa conmigo? ¿Me vais a dejar sola?

—Quinn…

—No, Michael —lo detuvo—. Ok, yo entiendo que ahora mismo estáis en el momento culmen de vuestra relación, y que todo es bonito, y queréis estar a solas todo el tiempo para hacer vuestras cosas… Pero es una semana importante para mí. Ya sé que os he pedido que no me agobiéis, pero de ahí a dejarme sola…

—Quinn, no seas dramática. No vas a estar sola —masculló el chico.

—¿Ah no? Dave no viene hasta el domingo…

—Está Rebecca.

—Rebecca —susurró siendo consciente en ese instante de la situación, y un breve silencio los inundó.

—Tiene razón, Michael —intervino Dana—. Te vas a quedar a solas con Rebecca. Eso suena divertido, ¿no crees?

—No digas estupideces.

—¿Qué? ¿Qué pasa con Rebecca? —cuestionó Michael.

—Nada, que me alegro mucho de que os vayáis de viaje… —respondió tratando de contener la sonrisa traviesa que ya empezaba a vislumbrarse en su rostro, y que la dejó en evidencia frente a sus dos amigos.

—Ok, ¿me estoy perdiendo algo?

—No, cariño, no te pierdes nada. Solo que tienes razón, Rebecca cuidará muy bien de nuestras Quinny —soltó Dana.

—¡Dana! —recriminó.

—Que alguien me cuente que pasa con Rebecca —masculló Michael desconcertado por la conversación entre las dos—. Quinn, no será que se ha lanzado, ¿no? —añadió justo cuando Dana rompía a reír, y Quinn dejaba caer el tenedor, y se llevaba las manos a la cara— Oh dios, no me lo puedo creer. ¿Es verdad?

—Me queréis dejar en paz —murmuró Quinn amenazante.

—No me jodas, Quinn. ¿Has salido del armario?

—Basta Michael, basta o me marcho a mi habitación.

—Va…va, déjala Mike. Ella sabrá lo que hace.

—Ok, te dejo, pero porque me caes bien.

—Imbéciles.

—Por cierto, ¿dónde está Rebecca?

—Ni idea, no la he visto en toda la mañana —respondió Dana—. ¿Tú sabes dónde está, Quinn?

—¡No! —exclamó provocando la sonrisa cómplice entre la pareja.

—Ok, ok…Tranquila, solo estaba preguntando.

—Supongo que estará con sus cosas. Siempre trae cosas entre manos.

Y no se equivocaba. Rachel regresaba al apartamento con una enorme sonrisa plantada en su rostro, con la emoción de saber que iba a hacer un regalo tan especial, y que sabía que iba a terminar gustando.

La mañana había salido perfecta. Y ni siquiera aquella extraña niebla que invadía la ciudad le molestaba durante su paseo.

Aquellas calles eran el marco perfecto. Sentía que poco a poco iba enamorándose de la ciudad, y las palabras de Britt cada vez que hablaba de cómo Quinn se había adaptado a la perfección a aquella urbe resonaban en su mente.

Era la ciudad perfecta para alguien como Quinn. El arte inundaba cada rincón, la amabilidad de las personas, la libertad que se respiraba en el aire... Solo Nueva York podría llegar a lograr esos sentimientos en la morena. De hecho, incluso había algo que no existía en la ciudad de los rascacielos, y que definitivamente, le había enamorado de San Francisco.

El Brooklyn Café.

Rachel se detuvo justo en la puerta del local, y no pudo resistir la tentación de entrar. Una caja de las deliciosas galletas veganas sería el culmen del perfecto día, y más aún si era la sonrisa de María quien la recibía.

—Buenos días…O, mejor dicho, buenas tardes —lanzaba una mirada hacia un enorme reloj que colgaba detrás de la barra.

—Buenos tardes —replicó María haciendo exactamente lo que Rachel esperaba que hiciera al verla entrar en su cafetería; sonreír—. Veo que estas de muy buen humor —añadió acercándose a ella—. ¿Buenas noticias?

—No. Simplemente, es un buen día —respondía divertida—. Me he levantado tranquila, he salido a arreglar unos asuntos, me han dado una alegría, y para rematar la mañana, vengo y estás aquí sonriendo. Es perfecto, ¿no crees?

—Sin duda, es perfecto —respondía sin apartar la mirada—y dime, ¿hay algo mas que pueda hacer por ti ademas de sonreírte?

—Mmm, sí. Si me vendes una de esas cajas de galletas veganas, ya sería lo máximo de mi dia.

—¿Galletas?

—Ajam… Empiezo a ser adicta a ellas.

—Ok. Entonces voy a tener que tener una buena reserva de ellas, ¿no?

—No estaría mal, la verdad. Si por mi fuera me las llevaba todas. Pero no quiero resultar abusadora.

— Bueno, yo te agradezco que no quieras llevártelas todas, así yo también puedo disfrutarlas. Pero, al fin y al cabo, están aquí para venderlas.

—Seré buena y te dejaré algunas —le sonrió, y María le devolvió la misma sonrisa, acompañada de una mirada que ya no iba a apartarse de sus ojos en ningún momento.

—Perfecto, entonces —le dijo apoyándose en la barra, para quedar más cerca de ella—. ¿Y bien? ¿Cuántas galletas vas a querer, Rachel?