I
Skippy trataba de hacer que el caballo le mostrara el verdadero camino cada vez que él se salía del sendero porque estaba programado para eso, pero daba indicios de no querer hacerlo.
—Sinceramente hay un pequeño problema —lo dijo con algo de dificultad.
—Skips, necesitamos salir… —se podía sentir en su voz que no estaban para estar con malas noticias.
El sonido se sentía más y más fuerte. Esa máquina fue enviada por el alcaide, estaba en mantenimiento, pero lo principal era demostrarle al presidente que no era un tonto en el cargo.
En medio de tanto ruido ensordecedor por parte de esa cosa que los buscaba, Benny pudo escuchar el sonido del agua. Se deducía que por allí debía haber un río.
Ignorando el dolor de su pierna, se sentó al lado de su amigo en pocos segundos y tomó las riendas de ese caballo.
—¿Saben nadar? —preguntó de manera inesperada.
Lucy entendió en ese momento a lo que se refería.
—No te preocupes, solo hazlo, suspiro… —estaba despreocupada.
Sin meditarlo tanto, se metió por unos arbustos y árboles, fue difícil avanzar más rápido por ese desvío, sin embargo, haciendo caso a su prodigioso sentido auditivo, logró ver que estaban a pocos metros de un descenso hacia el río.
—No se separen de nadie —advirtió Lucy.
—A la cuenta de tres, ¡tres! —fue lo último que dijo.
Hizo que el caballo fuera cuesta abajo, antes de que cayeran al agua, la carreta y el caballo Mecha se habían destrozado.
En un momento dado la máquina pasó por allí, y sin coordinar, se zambulleron para no ser avistados. Maggie tuvo que tomar con fuerza a Lindsey para que no saliera a la superficie.
Ahora el problema fue la corriente que aumentaba porque estaba cuesta abajo y se podía ver algunas pequeñas cascadas. Todos se estaban separando, hasta parecía que se podían ahogar.
—Nos vemos en el pueblo más cercano —dijo Paula a los demás que se sostenía de una rama junto a Lucy.
Y la corriente se llevó a los demás río abajo, solo les quedaba no ser tan golpeados por las rocas que estaban en esa parte del río.
II
—El alcaide de Rikers nos ha dicho que mandó un equipo de búsqueda para encontrar al tal Benny y a Maggie —le comunicó al presidente.
—Muy bien, ya sabemos para qué bando juega ese alcaide —le respondió a su asistente.
El presidente se dirigió hacia el alcaide de allí, necesitaba saber algo muy importante.
—¿Por qué fue condenada Lindsey Sweetwater? —fue directo.
—Por el asesinato a una chica de nombre Clare Y. —respondió de manera inmediata.
El presidente no dijo nada, no era necesario ser alguien muy listo para saber que ellos mantuvieron e hicieron alboroto por una chica clave en esto. También para quien jugaban los que fueron a sacarla.
—Nos vamos —miró al alcaide—. Usted mande a publicar en estos momentos las recompensas —dio media vuelta y subió al dirigible.
El alcaide se notaba frustrado, demasiado porque comenzó a patear todo lo que estaba delante de él.
—¡Veinte! ¡No, treinta grandes por esas siete escorias! ¡Vivos o muertos! —estaba muy enojado.
—Pero señor, necesitamos que Lindsey est… —fue interrumpido.
—¡Esa maldita ramera debe estar del lado de ellos! —de un momento para otro se calmó—. No tiene nada que perder, la rescataron, las putas como ella saben devolver los favores —se notaba muy impaciente—. Ese maldito bebedor de té nos hará problemas —se fue con dirección a su despacho.
Los hombres que quedaron vivos, estaban recogiendo los cadáveres y apilándolos sobre unas carretas, nadie debía saber sobre esta masacre y fallo en el sistema de prisiones americano.
—Muy bien ya oyeron, manden un aviso a todas las comisarías —les dejó de tarea aquello a sus compañeros.
III
Era una mañana algo soleada, Skippy estaba al lado de Lindsey recuperándose de lo pasado el día de ayer en la noche.
—Eres joven como yo —le dijo Lindsey.
—Sí… también soy un criminal, señorita —añadió.
Ella solo emitió una risita burlona, no podía creer que se había topado con un chico con actitud bonachona y educada.
—Nunca podré ser una señorita —expresó tratando de no acabar con una risa.
Skippy no entendió lo que dijo Lindsey, por ahora sus pensamientos estaban en seguirle el paso a Maggie que se fue en busca del pueblo más cercano, todos debían estar allí.
IV
—Si seguimos este paso, lograremos llegar antes del mediodía, sé que seguir el río nos llevará a estar cerca de ese pueblo —le decía Paula a Lucy que estaba un poco fatigada.
—Entendido, suspiro… —solo dijo eso.
Ambas pasaron la noche cerca a unos arbustos de la orilla del río, no querían movilizarse porque la máquina podría estar reconociendo todo ese sitio.
El día empezaba y eso sería otro dolor de cabeza porque los buscarían por todo lugar cercano a esa prisión.
—Hace mucho que nos hemos visto —Paula se notaba que quería entablar una conversación.
—Lo sé… tuve que irme de nuestro pueblo por diversos problemas… —su voz transmitía la sensación de no querer hablar.
La rubia dejó que mejor guarde aire para seguir caminando.
V
Maggie se encontró con Haiku caminando por la entrada del pueblo, pero no se hablaron. La chica de pecas se dirigió en dirección a la cantina para poder beber algo y seducir a alguien para conseguir dinero.
Unos tipos en caballo la miraron con sospecha antes de que entrara a la cantina, dejaron atados a sus caballos y se fueron nuevamente a la comisaría porque necesitaban confirmar algo.
Entró y se llevó la mirada de algunos, otros estaban concentrados bebiendo. Comenzó fingiendo timidez, uno de esos hombres se le acercó, pero fue impedido porque uno que entraba vio a Maggie y se aproximó a ella con dos hombres en compañía.
—¿Qué hace una bella mujer en este lugar? —preguntó de salvaje y seductora, tomándola de su cintura y atrayéndola.
—No lo sé… quizás busco una… aventura —enfatizó la última palabra.
En ese instante los acompañantes del hombre le apuntaron con sus pistolas, pero ella le había quitado la suya al hombre cuando la atrajo hacia él. Ellos no podían hacer nada mientras ella estuviera apuntando al mentón de este.
—Eres una… —el cañón dentro de su boca le impidió hablar.
—No te conviene, cariño —no dejaba de mostrarse amenazante.
Nadie entendía porque repentinamente sucedía eso. Empezaron a escucharse muchos gritos de la parte exterior de la cantina. Maggie sabía que escapar de los de la prisión no podía ser tan fácil. Pero alguien intercedió en su lugar.
—¡Caballeros, caballeros! Por favor, no es necesario usar la fuerza con la dama —se notaba un tono amigable.
Se dieron cuenta que un tipo con poncho y un sombrero que le cubría parte de su rostro era el que alegaba eso.
—La conozco y no creo que quieran lidiar con ella, es una histérica de primera —Maggie no tomó con gracia lo dicho—. De veras, no creo que quieran tratar con esa fiera —solo se podía notar su sonrisa.
Las personas que llegaron eran otros compañeros de los tipos, se notaba que llevaban algo importante en sus manos.
Maggie comenzó a dudar de poder salir de ese embrollo, matar al hombre no podía ser una opción con los tipos que eran el apoyo de los tres primeros.
Las personas se fueron de allí, el cantinero se escondió en la parte trasera. Solo quedaron los hombres y Maggie.
—¿Te consideras con suerte, mujer? —le preguntó con altanería uno de los entrantes.
—Yo quisiera contestar por ella —expresó el hombre del poncho.
—¡¿Quién demonios eres?! —preguntó uno de los primeros que entró.
—Soy alguien a quien ustedes conocieron hace mucho… pero dudo que me recuerden —fue lo último que oyeron del tipo.
Antes de que los otros se dieran cuenta, disparó por debajo de la mesa con su mano izquierda oculta por el poncho. Los cuatro cayeron sin vida.
Las personas de afuera se asustaron, pero el sheriff ya estaba en camino.
Maggie cayó de espaldas con el hombre sobre ella, pero le destrozó los sesos apenas tocó el piso de maderas.
Tomó con fuerza a Maggie de su mano e hizo que lo siguiera por la parte trasera de la cantina. Saltaron la cerca trasera y se metieron a una tienda. Se sentaron sobre el piso al cerrar la puerta.
—Por lo menos nos dio tiempo de escondernos —suspiró de alivio.
—Tarado, no te atrevas a hablar así de mí —se notaba enojada. Lo miró con detenimiento—. ¿Qué haces vestido así?
—Es por prevención —la miró con sorpresa—, ya puedes quitarte los restos de seso y sangre —le señaló su rostro y cabello.
—Debemos encontrar a los demás —pensaba en Lindsey y los demás.
—En verdad son una carga —se notaba molesto—, ve al sótano —le señaló la entrada—, allí está Haiku, espera que yo venga con el tipo que nos ayudó —se notaba impaciente.
—¿Cómo se llama? —preguntó con curiosidad.
VI
—Ponte este poncho y sombrero —miró a las chicas—, ustedes colóquense esos velos.
—Entendido —respondió Skips.
Un hombre regordete, de una estatura baja, de cabello gris, que bordeaba los sesenta años, los ayudaba a pasar inadvertidos en ese pueblo.
—Flips… nuestros rostros… —señaló Lindsey a unos carteles. que estaban pegados en diversas paredes.
—Niña, hablaremos todo cuando estemos seguros —le dijo eso y después saludó a algunos conocidos.
Se notó mucho movimiento cerca de una cantina, pero lo que los puso ansiosos y nerviosos fue ver al sheriff mandando a buscar a una mujer con la descripción de Maggie y a un tipo con poncho.
—Tienen suerte de que los haya encontrado juntos —agregó Flips sin dejar de caminar sin mirar hacia adelante.
Las personas relataban cosas tanto verosímiles como lo contrario.
El punto era que no solo allí estaban esos avisos de recompensas. En varios condados ya se les quería vivos o muertos...
