Capítulo XXVIII.
Mujer, madre, diosa
I.
El invierno se instala en el norte de una manera que Izuku nunca había vivido. No hay patios a los que salir porque todo es nieve. Torres y torres de nieve que se acumula y que tienen que luchar por mantener fuera de los pasillos. El castillo del Rey Bárbaro está más lleno que nunca y para Izuku parece una pequeña aldea. Personas que no tienen casas lo suficientemente fuertes como para resistir e invierno —especialmente tras los últimos intentos de invasiones del sur— se refugian en la fortaleza del mismo modo que lo hacen las brujas —que pasan el resto del año montando y desmontando su campamento—. Hay más magos, algunos hechiceros —aunque Katsuki los mira de lejos, con recelo— y un montón de brujas para mantener caliente cada esquina del castillo.
Es este invierno en el que Izuku descubre que nunca antes había experimentado realmente lo que era el frío. Se le cuela en los huesos y no puede moverse. Siente todo entumido y apenas si puede practicar con la espada. Katsuki lo obliga a moverse constantemente, todo el tiempo, para que no se le vuelva la piel azul y se quede inmóvil de frío. También lo cubre con pieles. Le cubre los tobillos, los hombros, los brazos. Debajo de las pieles se adivinan los atuendos de Izuku para el invierno —sureño, por supuesto— que no son suficientes para las nevadas que duran días y días y días completos y lo cubren todo.
Izuku aprende que hay más de cincuenta todos de blanco y que los dialectos bárbaros tienen miles de maneras para nombrarlos. Blanco puro, blanco seda, blanquiazul, blanco hueso, blanco polvo, blanco viejo, blanco malva, blanco. Todos los tonos tienen una palabra y un tono y Katsuki pasa enseñándole días y días las diferencias sutiles entre un tono y otro, observando las sombras y las luces en la nieve. También se entera que, tras las nevadas, cuando la nieve no lo aplasta todo y empieza a derretirse, a veces se puede jugar en ella. A veces, agrega Katsuki, también se puede bajar hasta el bosque, cerca, a buscar el lago y jugar en él. Eso último es peligroso, agrega, pero de todos modos lo hacen, porque no hay demasiadas actividades en invierno.
El príncipe, en cambio, habla del sur. De las bebidas calientes que se preparaban en las todas las cocinas al despuntar el día, de las nevadas que no duraban tanto y de los niños que jugaban en la nieve a parecer sirenas, con alas y pies de pájaro. Katsuki se rie de eso último, porque allí en el norte la nieve es tan gruesa que un juego como ese no tiene demasiado sentido. Lo que hace es llevarlo con Rikido para que Izuku le explique, de memoria, cómo era la comida de invierno en el sur, las bebidas, los caldos y a veces Rikido prepara alguna de las recetas que Izuku conoce.
Los días de invierno pasan y la gente se refugia en pieles. Las brujas se protegen con sus hechizos. El frío cala y la compañía consuela. Casi nadie está solo.
Izuku se refugia muy seguido en la piel de Katsuki y en su capa y en su piel. No siente frío cuando están debajo de sus cobijas, piel contra piel y Katsuki le besa el cuerpo entero e Izuku se lo recorre con las yemas de los dedos.
Ochako y Tsuyu hacen lo suyo y, algunas veces, al llegar muy temprano a sus aposentos, después de haber pasado la noche con Katsuki, encuentra a Mina en la salita, leyendo cualquier cosa, después de haber pasado la noche con Ochako y con Tsuyu. Se sonríen, sabiendo que están bajo el mismo hechizo y a veces Izuku se sienta un rato junto a ella y la escucha leer libros que ya se sabe de memoria.
Con el frío, no hay quien separe a Denki de Eijiro. Izuku incluso ha visto a la princesa Momo demasiado cómoda con Kyoka. Pero la búsqueda de cariño no tiene que ver sólo con el romance. Las familias se apiñan para pasar el invierno juntas y los amigos también. Izuku realmente no está sólo ni un momento durante la primera semana del invierno, cuando él y Katsuki le cuentan a todo el mundo sobre los planes de boda. Ochako sonríe y lo abraza y al oído le dice: «Me alegra que sea algo que tú hagas decidido». Tsuyu lo abraza también y le dice que se alegra. «Tanto, tanto, Izuku». Momo sonríe con amabilidad cuando Izuku lo dice y Kyoka grita una felicitación. Incluso el gato, Hitoshi, le dedica un maullido amable para después transformarse en su forma humana y mascullar una felicitación. Aclara que es sólo para Izuku, porque Katsuki lo irrita de sobre manera. Izuku sonríe al aceptarla.
Por su parte, es Katsuki quien entera a Hanta y a Mina, que lo abrazan a pesar de las negativas de Katsuki a que lo entierren en sus brazos. Por las voces que pegan se enteran también el bardo Hizashi y Shouta Aizawa, que dan sus felicitaciones, cada uno a su manera —mientras que el caballero errante dice un escueto «felicidades, que La Madre esté con ustedes» en un tono monótono y aburrido, el bardo amenaza con cantar una canción entera, la canción de las mariposas; también amenaza con contarles la historia de la doncella y el guerrero e Izuku sonríe, apaciblemente, pensando en que esa historia fue una de las pequeñas piezas que lo unieron al Rey Bárbaro.
Los días pasan. El invierno se asienta.
Izuku tiene poco tiempo de pensar en otras cosas que no sea ahogarse en su felicidad. Pero a veces lo embarga un mal presentimiento. Lo llena desde la punta de los pies hasta el cabello. Las brujas tienen razón: algo está empañando su aura. Es por ello que el príncipe se dirige hasta los aposentos en el ala norte no han instalado las brujas su campamento para pasar el invierno. Busca a Nemuri, la jefa del clan. Quizá es momento de hablar con ella.
Ya pasó el solsticio. Ya puede, de nuevo, volver a preocuparse por si los malos presagios lo rodean. Ya puede volcarse de nuevo en acabar con ellos.
No le dice nada a Katsuki.
No quiere preocuparlo con sus propias dudas sin fundamento.
Así que llama él solo a la puerta de los aposentos de las brujas —una gran ala de siete habitaciones conectadas— y espera. Quizá su destino está del otro lado.
Las brujas son diferentes al resto de los bárbaros. Iguales en esencia, pero diferentes. Hablan con el mismo acento del norte, aunque las brujas que se han criado en el grupo no tienen dialecto —como Mina, cuya familia siempre fueron las brujas—.Casi no usan pieles porque no las necesitan: la magia puede mantenerlas calientes y lucir sus vestidos, tan diferentes y tan iguales a los de los bárbaros. La joven que le abre, más alta que él, de ojos curiosos, piel clara y cabello castaño claro —acercándose al color miel, pero sin serlo en realidad— sonríe al verlo.
—¡Príncipe Izuku! —dice, como si lo conociera de toda la vida, aunque él está seguro de que nunca la ha visto. Habla con un acento curioso que Izuku no puede situar. Sus vocales son muy sonoras, agradables.
—¡Camie! —grita la voz de Mina—. ¡No lo azores, que no te conoce!
Izuku sólo atina a sonreír a la chica, que lleva un vestido negro, muy parecido a los que usa Mina: blusa —que le llega a la cintura, casi, aunque deja a la vista su ombligo— y manga hasta la mitad de los antebrazos— separada de la falda —ancha y con volados y un velo que no usa como tal, sino que sólo cuelga de uno de sus hombros. Observa que en la parte visible de sus brazos hay pintura dorada, como Mina pone sobre su piel oscura la pintura rosada.
—Creo que las presentaciones ya no son necesarias, entonces —es lo único que Izuku atina a decir y Mina le sonríe—. Me preguntaba si Nemuri…
—¡Oh, príncipe Izuku! —oye la voz de Nemuri, que se acerca, con un vestido gris con resaltados negros y rojos, muy parecido al que llevaba la primera vez que se presentó ante ellos—. Pasa. Pasa. —Nemuri le sonríe e Izuku se siente un poco más seguro—. Veo que ya conoces a Camie. Es del oeste. Naruhata.
—Del sur —corrige Camie—. Mis padres eran de Shiketsu. Nací allá.
Nemuri se encoge de hombros.
—En realidad, las brujas somos de todos lados y de ninguna parte. —Amplía su sonrisa y señala a Izuku unos cojines en el resto de la habitación. Por lo demás, Izuku observa a un chico rubio de cabello corto con mala cara y una camisa larga, bordada al cuello, sentado en el alféizar de la ventana, que los ignora activamente. Hay algunas otras brujas y brujos en la habitación. Tienen acondicionado un fogón en el centro, donde algo hierve—. Siéntate —le indica, señalando los cojines—. ¿Necesitas algo de las brujas, príncipe Izuku?
Duda. Por un momento. No quiere invitar a las sombras de nuevo a su vida, pero tampoco puede evitarlas. Tomura sigue allá afuera y se aseguró de dejarlo fuera del gobierno del reino —que ya no lo es— en donde abdicó. Se esforzó por crear una segunda oportunidad en la que todos pudieran dejar atrás la guerra que los había asolado tanto tiempo. Si el sur seguía insistiendo que los bárbaros eran malvados y salvajes, no se resolvería nada. Si los bárbaros seguían mirando al sur hacia abajo, tampoco se resolvería nada. Debían estar en igualdad de condiciones para poder negociar. Si Tomura Shigaraki se quedaba en el panorama, eso nunca sería posible.
No recuerda demasiado de su historia. Sólo recuerda verlo, mayor que él varios años —quizá más cercano a la edad de Katsuki, que es varios veranos mayor que él, que apenas cuenta con veintiuno—, de la mano de su padre. Protegido, escondido, siempre demasiado cerca y demasiado lejos de la corte.
—Es sobre la magia de mi aura —dice Izuku—. No sé en realidad si… No sé el término adecuado. Pero dijeron que había una mancha de magia en mí… Algo…, algo así.
—Eso, en general, quiere decir que el destino tiene algo esperando para ti —dice Nemuri. Mina se sienta al lado de Izuku y él lo siente agarrar su brazo—. El destino… —suspira—. Ese es un tema complicado. No es fácil leerlo ni asomarse a sus aguas o sus hilos. Puede cambiar en un momento, tan rápido como un gesto es chasqueado. Pero en su caso… quizá significa que todavía tienes un enemigo al que derrotar. Alguien a que te está buscando. No suele haber respuestas claras…
«Shigaraki», piensa Izuku. Se lo guarda porque Nemuri no tiene ni idea de quién es el hechicero y no tiene sentido escarbar en su historia en ese momento.
—Pero a veces la oniria puede ayudar —sugiere Camie, la bruja del cabello cobrizo—; el sueño —explica de más—. Llamar al mundo onírico es difícil, pero hay una mezcla de hierbas, una pócima.
—No es bueno abusar de ella —agrega Mina, con cautela—. Pero podríamos hacerla, Izuku. Una vez.
La pócima tarda unos días. Mientras tanto, Izuku danza entorno a Katsuki. Es cierto que el invierno se soporta mejor con alguien a tu lado. Ochako y Tsuyu no pueden pasear por los jardines, así que lo hacen por los pasillos e Izuku acaba enseñándoles sus tapices favoritos —aunque realmente no conoce la historia detrás de todos—. A veces las deja solas, con Mina, como él desea estar sólo con Katsuki; gasta las horas frías en la biblioteca, entre sus cojines y sus alféizares. Denki acaba llevándole una pequeña cobija de piel de conejo para que se proteja las piernas por si entra aire frío cuando está leyendo. A veces el gato, Hitoshi, aparece también allí. A veces lee, cuando está en forma humana. Izuku divina cuando le gusta algo porque sus orejas se mueven con interés. Una vez comentó que disfruta los libros porque como gato nunca pudo hacerlo.
Y otras veces es sólo un gato de dos colas que se agitan en un ritmo extraño, que sólo entienden los gatos y los felinos, que se acurruca entre las piernas de Izuku y sus cobijas y ronronea. Así, aunque hablan poco, Izuku decide que son amigos.
Otros días los pasa en las cocinas de Rikido, donde están siempre prendidos los fogones y es posible escapar un momento del invierno. Allí la nieve puede volverse solo una ilusión, entre el pan recién hecho que él y Eijiro le roban todo el tiempo, las grandes ollas llenas de caldos, las brujas que conversan y preparan más comida junto a algunas pócima y todas las manos que bajan a ayudar, pues la fortaleza está a rebosar de gente.
Izuku pasa todas las noches con Katsuki, buscando el calor de otro cuerpo. Pero cuando Camie Utshimi —ahora sabe su apellido— lo busca acompañada de Mina, para darle la pócima para provocar que pueda acceder a su mundo onírico, decide que eso es algo que tiene que hacer solo. Así que después de días —casi semanas— de no dormir en su cama, vuelve a ella y se entierra en todas las cobijas en las que es capaz. A su lado siente la ausencia de Katsuki.
Quizá después, tras la boda, se mude. Ahora todavía se mantienen en aposentos separados quizá por la costumbre. Quizá por respeto a la privacidad de cada uno. Quizá porque es cómodo, puesto que Izuku comparte esos cuartos con más personas. O quizá por tradición.
Esa noche Tsuyu le ayuda a quitarse el cinturón cuando él no alcanza los cintos. Ochako sonríe al verlo allí e Izuku no puede evitar tener la certeza de que un día todo eso cambiará. Un día ya no compartirán habitaciones después de años y años de hacerlo. Quizá acaben compartiendo con Mina, que vive con Kyoka en uno de los pisos superiores —aunque ahora Kyoka comparte su habitación con Momo y Mina parece desear dejarles su espacio y tener uno para ella sola —aunque Kyoka y Momo en realidad sean errantes, parte de la partida de caza que va y viene y sólo permanece todo el tiempo en la fortaleza durante el invierno—. Un día todo cambiará y habrá nostalgia, se dice Izuku, antes de dormir. Pero también todo cambiará y será hermoso.
Despierta —no, esa no es la palabra correcta: en realidad está dormido y sueña, aunque se siente despertar—. Despierta en medio del sueño, quizá. Despierta soñando en un mundo que no reconoce. Le recuerda vagamente a los aposentos de su madre cuando él era niño.
Hisashi e Inko Midoriya nunca compartieron cama, más que cuando él buscaba el calor de su cuerpo y ella consentía —aunque dejó de hacerlo relativamente pronto, según Izuku, después de él su madre no pudo tener más hijos y su padre dejó de buscar activamente un heredero mejor que él y dejó que su matrimonio que nunca había despegado se enfriara para siempre—. Debido a que su padre y su madre durmieron siempre separados, Izuku pasó mucho tiempo durmiendo a su lado, especialmente cuando era niño y buscara el calor humano.
Por instinto busca a su madre sentada sobre alguna butaca baja o cojines cerca del alféizar de la ventana. Hay allí una figura, pero no es su madre.
Izuku se acerca, buscando disipar las sombras para reconocerla.
Flequillo, cabello negro, una sonrisa. Vestido negro, bordado con sencillos hilos grises y oscuros en los bordes. Capa blanca y cinturón rojo. La reconoce al instante.
—Nana Shimura —murmura.
Cae de rodillas ante ella y busca sus pies.
—Madre —dice, tocando sus pies.
Una mano se posa en la cabeza de Izuku.
—Vine a ti como mujer y madre —musita ella—, porque eso soy primero, antes que diosa y figura a venerar.
Izuku quiere preguntarle por qué está allí, frente a él. Sólo baja la cabeza, como un hijo buscando consuelo ante el no saber qué hacer. La mano de Nana Shimura le hace un cariño en el cabello y luego pone su mano en los hombros de Izuku, instándolo a levantarse. Él lo hace, despegando sus manos de los pies de Nana Shimura. Ella señala, a su lado, los cojines.
—Siéntate. —Lo dice como una madre que invita a un hijo a sentarse a su lado. Quizá por eso es la Madre de todos.
Izuku lo hace.
—Es más común en el norte —musita Nana—. La gente cree que el mundo onírico es cosa de los dioses Sin Cara, ¿no? —pregunta al aire, sin esperar respuesta—. Pero yo creía en ellos. Creo en ellos. Son mis padres y me pusieron en el mundo. Gracias a ellos elegí predicar el amor, el cuidado, la paz. Dejar que la gente se congregara alrededor de mí para hablar de amor. —Suspira—. A veces la gente olvida eso, cuando enfrenta al norte y el sur. Una vez el sur también creyó en los dioses viejos, los Sin Cara. Y yo fui una de esas personas. Pero estaba hablando del mundo onírico, ¿no? —Vuelve al tema tras el rodeo. Izuku podría escucharla hablar por siempre; tiene una voz dulce y una sonrisa abierta, apacible, esperanzadora: la clase de sonrisas que iluminan el mundo sólo con aparecer—. El mundo onírico es universal, Izuku Midoriya. ¿O Bakugo? Quizá ya piensas en ti con otro nombre, uno que hayas elegido y que no tenga la carga de una herencia. —Izuku no responde—. Todos pueden acceder a él, aunque algunos necesitan ayuda. Te estuve esperando, príncipe.
Entonces Izuku busca sus ojos, esperando encontrar en ellos algún indicio de la razón por la cual está allí. Pero los ojos de Nana Shimura también sonríen, aunque le parece que más al fondo ocultan dolor y tristeza y eso los hace aparecer más grandes, más complejos, más hondos.
—¿Por qué? —pregunta entonces, incapaz de encontrar la respuesta por sí mismo.
—Hay una marca de magia muy antigua en tu cuerpo —dice Nana Shimura.
Por instinto, Izuku se lleva las manos a los brazos, donde están las cicatrices de Kai Chisaki. Pero Nana Shimura niega con la cabeza.
—Tu pierna, Izuku. Allí donde un hechicero que se hace llamar Tomura Shigaraki dejó la palma de su mano —explica Nana—. «Se hace llamar», digo, aunque no sé si recuerda su nombre en realidad.
—Mi madre dice que cuando ella llegó a la corte él ya estaba allí —dice Izuku—. Escondido entre las sombras.
—Tomura Shigaraki es el último hijo de una estirpe muy vieja, Izuku —le dice Nana—. Vine a ti como mujer, como madre y no como diosa. Vine pidiendo ayuda y no buscando devoción. —Izuku está a punto de preguntar a qué se debe el cambio de tema, pero no hay un espacio entre las palabras de la mujer que permita una interrupción—. Tomura Shigaraki. No es su nombre verdadero. No es el que le puso su madre cuando nació y con el que lloró la primera vez. Nació en una estirpe vieja y quizá condenada. En una estirpe que se agarraba con terquedad y desesperación a la vieja religión, que perdió terreno hace siglos, cuando usaron mi culto para unificar todo el sur. Pero esta estirpe vieja se aferraba a los dioses antiguos porque la diosa, La Madre les había fallado. Sabes que tuve que dejar atrás a mi hijo, para asegurarle la supervivencia, Izuku. —Y él asiente, porque conoce la historia de la madre y de su martirio, de su muerte, de su credo. Cree en ella como nunca ha creído en nada, buscando en sus ojos y en su sonrisa la esperanza en los momentos más oscuros—. Tomura Shigaraki, Príncipe Izuku, es sangre de mi sangre, carne de mi carne. Cuando nació su madre miró al cielo, sonrió, y lo llamó Tenko Shimura.
»Vine como mujer y como madre —repite Nana—. A mi sangre la consume una magia corrupta y antigua. Quizá él no lo sabe, pero pronto estará consumido por ella. No te pido que lo derrotes. Esto no es una guerra. Vine a ti porque eres la paz encarnada y solo un corazón como el tuyo, más corazón de héroe que el de los héroes que resuelven todo conflicto con la espada, puede ofrecer algún tipo de salvación.
Entonces ella se pone en pie e Izuku no atina a moverse. Tiene que recordarse que el sueño también es realidad. Ocurre en su cabeza, pero, ocurre. Nana Shimura está frente a él y, con cuidado, se pone de rodillas frente a él.
La Diosa, mortal, mujer, madre, se agacha para tocarle los pies y apretarlos.
—La magia corrupta y maldita se extenderá, Izuku. Una paz como la tuya puede detener a mi sangre y ofrecerle salvación, redención. —Su cabeza se apoya en las rodillas de Izuku—. Por favor. Cuando el destino te llame, ve a encontrarlo.
La Madre le suplica e Izuku, incapaz de proferir palabra alguna, derrama una lágrima por ella.
Pone una mano en su hombro.
—Lo haré —asegura y en esas dos simples palabras va escondida una promesa, un juramento.
Tomura Shigaraki todavía está en su camino. No puede esquivarlo. Nana Shimura alza su cabeza y lo mira, con una sonrisa.
La Madre lo mira a los ojos y dice una sola palabra.
—Gracias.
II.
Izuku se revuelve en el sueño y Katsuki no quiere despertarlo. Da vueltas continuamente, desde esa noche en la que le pidió dormir sólo. «Son asuntos míos», había dicho, pero al final acabó agregando: «de momento». La promesa de que después también serían suyos.
Desde aquella noche, Izuku no ha vuelto a dormir a solas. Casi siempre llega a la hora de la cena y se pega a Katsuki.
Le contó, por supuesto, de cuál era el nombre de Tomura Shigaraki. Katsuki no sabe qué pensar sobre el asunto, así que lo aparta de su cabeza. Si por él fuera, el hechicero estaría muerto al día siguiente.
«Resentimiento», dice una voz en su interior, la voz dentro de él que todavía pertenece a Mitsuki Bakugo dándole lecciones. «Eso no es bueno». Casi siente el zape. «Protección, defensa… eso funciona mejor. El resentimiento solo anida oscuridad, Katsuki. Puedes tenerlo, pero no actúes guiado por él». Incluso le costó dejar ir a los presos que liberó. Aunque no fueran valiosos, muchos de ellos se habían unido a los saqueos. Pero los términos que Izuku le propuso —en ese momento, cuando a su nombre se anteponía un «Majestad»— eran justos. Todos sus presos por todos los bárbaros que se pudrían en los calabozos del sur —que tampoco eran totalmente inocentes y que en su defensa a veces se dejaban llevar por el odio y la venganza—. Un comienzo nuevo. Así que intenta comprender la petición de la diosa de Izuku, La Madre, aunque no se le ocurre un modo en el que Tomura Shigaraki pueda llegar a la salvación.
¿Con qué sueña Izuku?, se pregunta. Pero nunca llega a ninguna respuesta.
Observa sus pecas y se contiene para no pasar sus manos por ellas y despertarlo sin querer. Observa los mechones desordenados de su cabello. Lo cortó hace poco. La parte de atrás le llega a los hombros, mucho más largo de lo que tenía cuando llegó. Parece gustarle así y al Rey Bárbaro le gusta también, porque puede enterrar en él sus manos. Izuku sólo mantiene a raya el flequillo, para que no se le metan los cabellos en los ojos o se enreden con sus pestañas.
(Que son sorpresivamente largas cuando las mira con atención).
Katsuki sigue contemplándolo cuando abre los ojos.
—¿…Kacchan?
Él se inclina para darle un beso e Izuku se aferra a él.
—Estabas moviéndote —dice el Rey Bárbaro y le sonríe de lado. El príncipe responde la sonrisa—. ¿Mal sueño?
Pero Izuku lo mira con la confusión pintada en los ojos.
—No lo recuerdo.
Es normal, se dice Katsuki. Después de experimentar el mundo onírico es común que las personas tengan problemas para recordar los sueños de los días posteriores y la experiencia de Deku aún es muy cercana.
El Rey Bárbaro sólo pasa una mano por su cabello y le besa la frente. Izuku tiene una expresión apacible. El mundo está bien.
Poco a poco, la primavera se acerca. Izuku llegó con ella, un ciclo de estaciones entero atrás. Katsuki no puede evitar compararlo con la persona que es ahora, aunque no puede hacerlo sin ver su propio cambio y aceptar que ahora caminan juntos.
Están en la biblioteca e Izuku está escribiendo.
El gato está sentado en el alféizar más alejado de Katsuki en su forma animal; Izuku intentó atraerlo a sus piernas, pero Hitoshi jamás es amable con Katsuki si puede evitarlo. A su lado, lee el caballero errante, Shouta Aizawa. Gracias al bardo del sur ha dejado de pasar todos sus días y sus horas en los calabozos, observando a su prisionero o intentando sacarle algo de información. Ahora lee y gasta tiempo con los niños, a quienes les tiene mucha más paciencia de la que esperaría Katsuki. Se acuclilla para hablar con ellos y, aunque es muy directo, es gentil. Ha enseñado a un par a usar la espada de madera, recordándoles a cada momento que es sólo un instrumento para defenderse y que son responsables de la manera en la que la usan. Katsuki lo ve de lejos y piensa que le hubiera gustado un maestro como él, tan diferente a su madre —y luego se siente culpable, porque su madre fue una maestra excepcional cuando quiso, aunque su relación fue siempre dura y tirante—; Shouta Aizawa es duro, pero paciente a la vez y amable cuando debe serlo. Después de todo lo que sospechó de él, le agrada tenerlo en el norte.
—¿Kacchan? —pregunta Izuku, en voz baja, para que nadie más lo oiga—. ¿Estás distraído?
—¿Qué? —pregunta él, regalándole su atención a Izuku.
Lleva una diadema color dorado, sencilla, a forma de tiara. De allí cae un velo que lo protege del aire y en sus hombros descansan pieles que lo protegen del frío.
—Cuando vine, creí que nos casaríamos casi inmediatamente. Pensé mucho en eso, los días en el palanquín se hacían lentos y nadie podía verme. —Izuku traga saliva—. Son tradiciones. En el sur, siempre salí a la calle con el rostro cubierto, aunque fuera por un velo de tul, que difuminaba mi rostro, aunque no lo escondía completamente. Así que los días se hacían largos, especialmente cuando no tenía la compañía de Ochako y Tsuyu. —Traga saliva—. Así que pensé mucho.
Katsuki casi tiene miedo de preguntar.
Sabe qué clase de hombre esperaba Izuku encontrar en el norte. Un hombre cruel, como su padre. Un hombre con la voz dura, con órdenes en os labios. Un hombre que lo lastimaría igual que lo hizo su padre. Katsuki no puede evitar mirar al pasado y sus palabras duras, sus suposiciones, las palabras que le dijo a Izuku, creyendo que podría hacer dicho que no, antes de ver la quemada que Izuku tiene en el pecho, hecha por su propio padre.
Pero pregunta de todos modos.
—¿Qué imaginaste?
Izuku niega con la cabeza.
—Sólo tenía a mi padre para comparar —dice, intentando suavizar lo que Katsuki ya sabe—. Imaginé que nos casaríamos en una ceremonia pequeña, que ignoraría todas las tradiciones del sur y desdeñaría mi culto. Acepté que mi madre no estaría en mi boda; lloró en mis brazos antes de que yo partiera y lloró, en silencio, mientras bordaba los detalles de mi atuendo de bodas. Eso me dolía. Saber que no me vería casarme. —Izuku sonríe de manera apacible—. Ahora no puedo esperar a que me vea vestido como novio, Kacchan.
Katsuki no responde.
En vez de eso, lo abraza. Lo aprieta contra si tan fuerte que Izuku tiene que soltar la carta que le está escribiendo a su madre.
—Oh, Kacchan —murmura—. Lo siento.
—No importa.
Pero no puede evitarlo. Se pregunta qué diría su madre y su padre. Si sonreirían con orgullo al verlo llevar la capa para su futuro esposo en sus manos. Es una tradición. Entregar una capa a la persona amada. Una capa que lo proteja del frío como un abrazo.
—Me alegra —dice y las palabras se le atragantan demás en la garganta. No miente, pero sí siente una envidia que desearía que no estuviera dentro de su cuerpo—. En verdad me alegra, Izuku.
Entonces lo suelta e Izuku vuelve a la carta. Inko Midoriya llegará poco después del equinoccio, por las mismas fechas en las que llegó Izuku, un año antes. Faltan semanas. Estará allí algunas semanas antes de la boda. Quieren hacerla antes del festival del sol, así que en medio de la primavera es una buena fecha. Es la primera vez en décadas que un dirigente —porque Inko Midoriya no es reina en realidad, sino la cabeza de un consejo gobernante— del sur pisa el norte en una visita que también tiene un poco de diplomática. Es historia, aquello que está ocurriendo ante sus ojos.
—Los jardines son hermosos en primavera —agrega Izuku.
—Le gustarán a tu madre.
Izuku asiente, con tranquilidad, mientras escribe algo más.
—Puedo pedirle a Eijiro que se los enseñe. Él se sabe los nombres de algunas flores.
Después de unas semanas, cuando la respuesta de sur regresa —favorable— e Izuku corre para avisar a Lady Ochako y a Lady Tsuyu, todo se vuelve boda. La nieve más fuerte empieza a derretirse y las flores de invierno empiezan a asomarse, tímidas, en los jardines. Todavía no es una época favorable para cazar, así que la fortaleza sigue repleta y la carne salada es la base de muchos de los platillos, pero los jardines se encuentran despejados por primera vez para jugar con la nieve.
Sin embargo, allí a donde va, lo único que Katsuki escucha son temas de boda.
(Tiene sentido, es uno de los novios).
Denki se vuelca en la organización, junto con Mina. Habla todo el tiempo de eso y pregunta por las tradiciones del sur, que Izuku explica con alegría y sin dejarse ni un solo detalle. Eijiro intenta seguirle el paso, pero como puede volver a volar, cuando se abruma con ritos y tradiciones, sale a volar. Usualmente lo hace con Katsuki a cuestas, que también acaba ahogado entre todos los preparativos. El viento aún no es favorable para que suban al nido, así que sólo van cerca. Al bosque, a los terrenos aledaños. Eijiro hace bolas de nieve que le lanza a Katsuki y el Rey Bárbaro le devuelve. Con el dragón es mucho más sencillo, nunca hablan de la boda, lejos de las maneras en las que Eijiro le expresa que le alegra que se vaya a casar. Pero no hay preparativos, flores o atuendos. Esos temas Eijiro los mantiene alejados, aunque le da el gusto a Denki de opinar sobre colores, arreglos, pero no se entromete más de lo necesario.
Para Katsuki también es un respiro cuando, por las tardes vuelve y aterriza en el mirador tras un día tranquilo. Así puede afrontar el protocolo necesario para recibir a una pequeña comitiva del sur y las ceremonias. Hará lo justo, porque no planea cambiar nada del norte. En el norte cualquier hombre está a la altura del Rey y el Rey a la altura de cualquier hombre. Ser Rey Bárbaro significa mirar hacia afuera para proteger a un pueblo. Y cuidar el adentro, asegurarse de que haya comida y mediar entre las aldeas.
Muy poco del verdadero trabajo de un Rey tiene que ver con la espada, descubre Katsuki ahora que la guerra no pesa sobre él como una amenaza.
Algunas cosas tienen que ver con disputas estúpidas entre aldeas que llevan hasta él sólo para no matarse a golpes. Y él, hastiado, sólo obliga a que la gente hable, aunque tenga que gritarles. Otra parte consiste en que, como es un Rey Bárbaro a punto de casarse, medio castillo está deseoso de participar de alguna manera en los preparativos. Quién hilará, con cuidado, la capa de Izuku. Cómo serán las ceremonias, cuando tienen que convivir dos ritos diferentes. Cómo será todo.
Es agotador.
Así, al final del día, entierra sus uñas en la piel de Izuku y la recorre con los labios. Muerde y besa sus muslos y deja marcas en su piel que Izuku corresponde dejando sus dientes marcados en su cuello.
Poco a poco, la primavera se acerca. Pronto, Izuku Midoriya será Izuku Bakugo.
Seguirá sin pertenecerle, porque no lo hará nunca, pero sus manos estarán entrelazadas para toda la eternidad.
Izuku duerme a su lado y se revuelve en sueños. Katsuki lo abraza, cuando despierta por el movimiento y espera que los sueños se calmen y mejoren. Hasta que una noche despierta de improviso, con los ojos muy abiertos y lágrimas asomándose por los ojos. Esa vez, mira Katsuki si recuerda el sueño.
—¡Kacchan! —exclama.
El Rey Bárbaro cree que ha soñado con su padre. Es lo primero que se le ocurre. La imagen de Hisashi Midoriya. Pero Izuku lo saca de su error.
—Era Tomura —murmura—. Cuando me prometió tu cabeza.
Katsuki no sabe a lo que se refiere, pero lo abraza, porque es el único consuelo que conoce. Para eso son mucho mejores Denki y Eijiro, que comprenden el leguaje del consuelo mucho mejor que él. Supone que también son mejores Lady Ochako y Lady Tsuyu, pero es él a quien Izuku se aferra. Es de noche y no hay nadie más.
—Lo había olvidado. En el palacio de mi padre. Me prometió tu cabeza. Me amenazó. —Las lágrimas caen, una a una. Katsuki está acostumbrado a ellas, pero hay ocasiones en las que aún no sabe como actuar—. Lo había olvidado y hay una marca de su mano en mis piernas…
—Ey, ey, ey. —Katsuki lo interrumpe, impidiendo que siga, antes de que las lágrimas los inunden y se los traguen—. Detente. Espera. Izuku.
—Kacchan…
Y suena tan lastimero y desesperado que Katsuki quiere acabar en ese momento con todas las lágrimas, para siempre.
Sólo hay una cosa que se le ocurre, porque Eijiro la mencionó un par de veces, sin querer. La primera noche habían descubierto a Izuku camino a la cocina.
Katsuki se pone en pie, a pesar de que los brazos de Izuku intentan mantenerlo cerca de él. Busca su capa y la chaqueta de Izuku, junto al cinturón. Cuando se los enseña, el príncipe entiende a lo que se refiere y permite que Katsuki le ayude a ponerse la chaqueta y a anudarse el cinturón.
—Vamos, príncipe —le dice—. Las lágrimas no valen la pena —espeta, pero lo hace demasiado brusco y se maldice a sí mismo por sus palabras. Izuku simplemente es diferente a él. Katsuki se esconde para llorar allí donde el príncipe lo hace abiertamente.
—¿A dónde vamos?
—Hay pan recién hecho en las cocinas —explica Katsuki.
E Izuku se deja llevar.
En el camino, le cuenta todo lo que sabe sobre Tomura Shigaraki, todo lo que antes había omitido. La escena del equinoccio. Katsuki hierve de furia, pero descubre, a través de las palabras de Izuku, que el príncipe no lo odia. Le teme, por supuesto, su miedo no se oculta con facilidad, pero no lo odia.
Katsuki quiere destrozarle la cara sólo porque sigue siendo una sombra que se alza alta, entre los dos.
Pero en vez de eso sólo frunce el ceño y se traga todos sus gritos para llevarlo de la mano a la cocina y destapar el canasto del pan de Rikido y cortar un pedazo con sus propias manos por la mitad, para ofrecerle una.
Cortar el pan. Un rito tan antiguo como sencillo.
Izuku lo toma y se sienta en la mesa de la cocina, donde la gente se reúne a cortar, amasar, salar. Muerde un pedazo y ahoga en el bocado sus lágrimas.
—Creo que estuve soñando con él todo este tiempo —dice—; después de mi encuentro con Nana Shimura. Tenemos un asunto pendiente.
—No pienses en eso ahora —replica Katsuki—. Lo que tenga que llegar, llegará. A su tiempo. Eso decía mi madre —añade, porque mientras más crece más sabia y desesperada le parece Mitsuki Bakugo—. Supongo que tiene sentido. El hechicero no está aquí. —Bufa—. Pero tú y yo estamos, Izuku. No quiero que las pesadillas te reclamen.
Y el príncipe niega con la cabeza.
Le da otro bocado al pan y lo come, poco a poco, saboréandolo.
—Rikido es un excelente cocinero —dice, mirando a la mesa. El cambio de tema resulta abrupto, incluso para Katsuki. Hay un silencio y luego Izuku cuenta los días con los dedos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Alza los dedos y unos ojos con las manchas de unas lágrimas de desesperación del sueño, con un rastro de kohl verde que los enmarca, le devuelven la mirada—. ¿Crees que a mi madre le guste su pan?
Katsuki asiente.
No tiene ni idea de qué le gusta o no a Inko Midoriya. Es probable que pueda odiar el norte. Quién sabe. Pero para Izuku asiente.
Sí, está seguro.
Izuku extiende una mano hacia Katsuki, que se termina su pedazo de pan —quizá no el bocado más inteligente a esas horas de la noche— al otro lado de la mesa y busca la suya.
—Gracias, Kacchan.
El Rey Bárbaro asiente.
—Hablaremos de Shigaraki después —dice, con cuidado—. El amor y la magia pueden con todas las tempestades, ¿no?
Izuku asiente. Con dudas, pero lo hace.
—Hasta ahora, no nos han fallado. —Hay una pausa—. No quiero pensar que todavía nos buscarán los tiempos difíciles. Pero…
Sus palabras mueren en sus labios. Da otro bocado.
Lo que tenga que llegar, llegará.
La mañana siguiente, Izuku lo espera en uno de los jardines más limpios, donde la capa de nieve ya no es tan gruesa y se puede caminar. El príncipe tiene su espada en las manos. Katsuki sonríe de lado, adivinando el reto.
—Hace tiempo que no practicamos —le recuerda Izuku, señalándole la suya—. Y creo que me vendría bien.
Katsuki lo examina con la mirada. No sabe si quiere prepararse para el futuro o simplemente necesita golpear algo. Quizá las dos.
—¿Seguro? Te superaré —le recuerda—, como siempre.
—¡La última vez lo hice yo! —se queja Izuku y desenvaina la espada. Se pone en guardia. Katsuki se ríe, aceptando el reto y desenvaina la suya.
No querría casarse con nadie más.
Sólo él puede seguirle el paso a Izuku y sólo Izuku puede seguirle el paso.
Notas de este capítulo:
1) Volvimos al mundo onírico, esta vez el de Izuku, que imagina cosas que tienen que ver con su madre en este caso, cuando se encuentra con Nana Shimura. El arco de Shigaraki será el último de la historia, tras una boda. Jé. Me interesaba mucho retratar que Nana no es sólo una Diosa siempre buena y benevolente, sino que fue una persona que caminó por el mundo. No tiene que ver con los dioses Sin Cara, misteriosos, que Katsuki cuestiona. No. Ella fue una persona antes de ser erigida divinidad. Un poco —aunque no exacto— como muchos profetas de este mundo, especialmente uno… quién sabe… en quién… estaré… pensando. Cofcof Jesús cofcof.
2) Muy importante el simbolismo de que primero Izuku se arrodilla ante ella y luego ella lo hace ante él. Suplicándole.
3) De Katsuki, las escenas son más cotidianas, pero procurando mostrar lo que se acerca. Los siguientes dos capítulos son moviditos en cuestión de fluff, porque tendremos la presencia de, por fin, otra vez, Inko Midoriya. Y el esperado crossover de ella y Katsuki (lo espero sólo yo, seguro, que las escenas con madres me rompen). Vuelvo a mencionar el partir el pan y algunos ritos. Quería meter el final del cuento de Orokku (o una de las últimas partes aquí), pero me quedaba ya muy largo, así que será hasta el capítulo que sigue.
Andrea Poulain
