Un cordial saludo a todos:
Espero de corazón que la espera no haya sido muy larga esta vez para quienes siguen esta historia todavía.
Ante ustedes, el capítulo más largo de este trabajo a la fecha, de manera que espero de corazón que lo disfruten con calma. Aunque me ha dejado muy contento, también estoy exhausto. Claro que espero poder actualizar pronto, muy pronto.
Ha sido complejo de dar forma en gran parte debido a la amplitud del escenario y personajes. El plan incial sigue en pie, después de esto quedarían unos cuatro capítulos de gran extensión. Cualquier cambio en los planes, no duden que se los haré saber.
Como siempre, agradezco una vez más a quienes aún siguen esta historia y le brindan su apoyo. Sin ustedes, hace tiempo que habría abandonado este barco. Ustedes son el alma y el corazón de este trabajo, así que el mérito de todo esto les pertenece sólo a ustedes.
La pieza a la que hace referencia el título corresponde a la interpretada por Dungeon East y Whild Peach.
Por supuesto, los elementos de League of Legends pertenecen a Riot Studios.
Y sin otro particular, los invito a la lectura. Bienvenidos todos.
–Mariachi.
–Mayor.
Para Ahri no supone una sorpresa que ambos se conozcan. De algún modo, es gracias al primero que conoce a Wukong. En cierta forma.
Sin embargo, el grado de tensión que parece haber entre ambos sí supone una novedad.
Ha sido todo muy rápido. Ella charlando con Wukong, que ha aprovechado que se encuentra de paso por la ciudad para hacerle una visita y Mariachi ingresando de súbito en la sala con una carpeta en la mano y echando una mirada a la libreta antes de percatarse de quién le hace compañía.
A Wukong también parece descolocarle ver a su antiguo subordinado, pero se las ingenia para componer una sonrisa que Mariachi ni se molesta en corresponder. De hecho, más le llama la atención a la cantante que, aún sin ser parte ya del personal activo, el representante se dirija a Wukong por su rango y con tanta sequedad.
–Lo lamento, señorita –masculla el recién llegado, haciendo un esfuerzo por dirigirle una mirada–. No sabía que estaba ocupada.
–Tranquilo, no molestas.
Y calla. Porque no sabe qué más decir. Porque incluso estando Wukong sentado y Mariachi de pie, el duelo parece desatado. No han movido un músculo, pero Ahri cree que cualquiera daría por sentado que, al menos por parte del representante, aquello dista de ser una sorpresa agradable.
Es Wukong, tras una larga pausa, el que toma la iniciativa.
–Ha pasado mucho tiempo, Mariachi.
–Nunca será suficiente, mayor.
–La última vez que escuché de ti, estabas en rehabilitación.
–Entonces debe actualizar con urgencia su base de datos –da unos pasos al interior de la sala y deposita la carpeta sobre la mesa. Es delgada, no debe contener nada más allá de unos cuantos folios–. Los nuevos productos de la campaña, señorita, cuando pueda écheles una ojeada.
–Seguro, cuando…
–¿Qué se siente trabajar para Ahri, Mariachi?
La cantante, por su parte, tiene que hacer un esfuerzo por no morderse el labio inferior. Quiere ordenarle a Wukong que cierre la boca. Está claro que nada de lo que se diga se podrá entender como un reencuentro deseado ni menos como una puesta al día. De hecho, la sola pregunta rezuma sorna y de refilón se puede ver cómo el representante aprieta los puños.
–Si sigue disgustándole perder, mayor, le sugiero que no fuerce la comparación.
Podría pasar por una broma interna, pero las caras de ambos dicen lo contrario y es eso lo que diluye cualquier atisbo de carcajada en la garganta de Ahri. En cambio, se permite esbozar una sonrisa complacida ante el indirecto halago.
–Si vienes a recuperarlo, Wukong, te aviso que ni siquiera voy a escuchar una oferta.
Curioso.
Que ése sea el primer atisbo de una sonrisa sincera que el representante le dedica desde…
Desde que fuera ese soldado que resultó ser el primero en enterarse de sus planes de retiro tras esa primera etapa artística.
Por mucho que la posibilidad insinuada por la cantante parezca ofender a ambos por partes iguales.
–Si no me necesita para nada más, señorita…
–Antes de que te vayas, Mariachi, cuéntame –ay no. Conoce esa sonrisa. Viniendo de Wukong, no puede augurar nada bueno–. ¿Cómo está tu familia? Tu gente, en particular…
Cambian tantas cosas en el cuerpo cuando la ira nos sobrepasa…
Incluso Wukong parece notarlo, a juzgar por la momentánea perplejidad antes de tensar todos sus músculos.
Puede ser el olor. Puede ser el aire que los rodea. Puede ser un puñado respetable de factores.
Lo cierto es que si ves a un hombre sonreír de esa manera… en principio podrías pensar que todo está bien. Que nada ha pasado. Que las palabras son sólo palabras.
Pero Ahri sabe que no es así. Y no, no necesita centrarse en la explosión fisiológica silenciosa que parece manar de él. Le basta en realidad la mirada. La sola mirada del representante. El soldado. El Mariachi.
Y a duras penas consigue contener un estremecimiento.
Sabe que no importa cuánto tiempo pase, siempre será así. Volverá al mismo lugar con facilidad.
Volverá al cubículo de ese baño. Volverá a sentir la hoja a la altura del cuello. Volverá a sentir el miedo paralizante en medio de la confusión…
Y volverá a presenciar la ráfaga. El huracán de ira fría, muda, casi malévola y cuya cima fue la de ese hombre doblado sobre sí mismo, la sonrisa sangrienta, el cuchillo en una mano, la hoja empapada con su propia sangre, la herida abierta… el gesto desafiante…
La mirada… la misma mirada que ahora le dirige a Wukong… pidiéndole más… no, una razón, sólo una razón para…
Y es todo lo que necesita para comprender que Wukong ha ido demasiado lejos.
–No voy a tolerar provocaciones en mi presencia, Wukong –es la autoridad que destila su voz la que termina de desarmar el ambiente casi bélico, descolocando a los presentes.
–Pero qué dices, Ahri, sólo le pregunto a un viejo amigo…
–Por cómo te ha hablado "mi" representante, casi diría que tratas con un antiguo subordinado, no soy tonta y lo sabes –sabe que ha captado el énfasis específico. Sabe que esas cejas alzadas demuestran que le cuesta recordar cuál es su lugar–. Y si no es mucho pedirte, Wukong, desearía que me esperaras en la segunda sala de reuniones, tengo que hablar en privado de un par de asuntos con mi representante.
Por un segundo, teme que el vastaya se niegue y que sea ésa la razón que Mariachi parece pedir.
Sin embargo, el aludido deja escapar un pesado suspiro antes de ponerse de pie y caminar hacia la salida.
El mayor y el ex soldado se dirigen una mirada glacial en lo que el primero cruza el umbral y se pierde en el pasillo, obligando al representante a cerrar la puerta tras de sí, quedando frente a la líder del grupo que, más que en una silla, parece sentada en un trono austero, pero trono al fin y al cabo.
A la joven vastaya le causa gracia el semblante cohibido del joven, el mismo que parece hacer un esfuerzo consciente por encontrar las palabras.
–Se… señorita, yo… lamento mucho…
–Por mucho afecto que pueda sentir por Wukong… no quita que a veces pueda ser un poco… cretino –ella misma deja escapar un suspiro de cansancio antes de cruzar las piernas y apoyar el mentón en el puño–. Si así es conmigo… no quiero imaginarlo con una pizca de poder.
–Mientras a usted no le cause problemas…
La joven espera que el representante no note lo mucho que le conmueve que, aún en esas circunstancias, demuestre estar más preocupado de su bienestar que de otra cosa. En cambio, se permite una sonrisa un poco complacida.
–Sí, habría sido problemático que le partieras la cara en estas oficinas, así que… te disculpo, Jong Ki –acto seguido, la cantante se pone de pie y camina hacia el avergonzado representante–. Pero… recuerda que estás en deuda conmigo.
–Señorita…
–Hasta entonces… procura seguir vivo, soldado, ¿si?
Cuánto le costará fingir que sólo lo desconcierto, piensa la joven tras guiñar un ojo a su lado y cruzar ella misma el umbral. A veces se pregunta si tanto control de su parte vendrá de nacimiento o es el fruto de un riguroso entrenamiento.
Tal vez es más eficaz con unos que con otros, piensa Ahri mientras enfila por el pasillo. Después de todo, a veces Wukong puede ser tan temperamental…
Y lo cierto es que el representante nunca abandona la postura. Ni siquiera estando solos.
Al menos hoy ha conseguido demostrar que puede tener el control y sabe que difícilmente eso se olvide.
Tal vez sea contraproducente. Lo que menos quiere es que ese antiguo soldado siga llamándola "señorita". Pero bueno, seguirá recordando que está en deuda.
Un paso a la vez, se dice Ahri con una sonrisa. Un momento a la vez.
–La última vez que lo vio…
–Se lo llevó la sombra de la luz de la luna.
–¿Cual es la situación?
–A este paso será difícil distinguir nada al cabo de unos minutos.
–Entonces nuestras proyecciones fueron generosas.
–En el mejor de los casos.
–Bien, te tengo cubierto, pero no sé por cuánto más pueda permanecer así.
–¿Puedes cubrirnos a ambos?
–Tenemos apoyo, pero creo poder llegar.
–Recibido.
Antes de recibir una respuesta, Lucian se adentra en el mar humano enarbolando pancartas y entonando cánticos. Las lejanas luces anaranjadas poco tienen que ver con las luminarias. El olor a humo lo confirma.
Ahora la multitud permanece estática en tanto los cánticos continúan. No sabe si es la congregación más numerosa de las últimas semanas. No es como que se presenten en ellas a menudo, pero desde su ubicación bien puede decir que abarca demasiado y eso debe significar algo.
Aunque con semejante extensión… es difícil adivinar dónde podrían atacar.
Y repasa.
¿En qué extremo del desmadre se hallará Vi? Ella sabrá pasar desapercibida, no lo duda. La Guardia Real estará resguardando las inmediaciones del Palacio Deoksugung. Están lo bastante lejos de la Asamblea Nacional como para considerarla un blanco…
A menos que persigan derechamente desviar la atención…
Lucian comienza a sudar frío a pesar de hallarse rodeado hasta el extremo. ¿Cómo carajos precisar?
Han tenido que pedir refuerzos. Esto dista de ser una operación encubierta al uso y la sensible baja de Mariachi los ha dejado cojos. En realidad, cualquier baja se notará, así que no se justifica darle mayores vueltas.
Así y todo, llamar a quienes tienen poca experiencia en operaciones de sigilo… por mucho que la marea humana amenace con ahogarlos… por mucho que se trate de una popular legión de héroes…
–Me prometieron un gran baile, pero no veo demasiado espacio en esta pista –del canal entrante, llega la comunicación. No es que suene decepcionada, pero en serio, qué saludo tuvo que sacar para identificarse, piensa.
–Tal vez ya están bailando y no sea tu estilo… o puede que tengas razón –acota Lucian, apretando el audífono contra su oreja para sobreponerse al caos–. Pero no acostumbramos a lucirnos.
–No puedo imaginar que alguien se luzca aquí.
–Lo pensamos antes y tuvimos que limpiar el desastre.
–Enterado, Cuchilla Danzante fuera.
La Capitana. La Cuchilla Danzante. ¿A cuántos ha traído? Deben de estar disgregados por ahí. Sólo espera no tener que hacer el distingo. Que los bloques se hallen lo bastante separados unos de otros. Ni siquiera sabe si tendrá libertad de acción. Le basta con no contemplar una cara conocida.
Él estaría en ataque aéreo. Vigilancia superior. Estaría entrecerrando los ojos e identificando las señales.
Le cuesta asumir que esos días se encuentran lejanos. No tanto porque no pueda acostumbrarse a esa posición. Lo que no quiere es recordar qué lugar está tomando.
Podrías volver. Te echo de menos.
Mierda.
Qué mejor momento para aceptarlo.
Y pensar que la última vez que bebieron juntos…
¿Qué hace recordándolo? Tantea su ropa. Desde la chaqueta a los pantalones, pasando por las gruesas correas. Es un milagro que pueda mover los brazos con tanto hijo de vecino rodeándolo. Si llega a necesitar desenfundar…
Resuena a lo lejos. El eco. No alcanza a silenciarlos a todos, pero es un sonido inconfundible.
–No fui la única que lo escuchó, ¿verdad?
Vi invade todos los canales de comunicación con esa pregunta. Resuena el fantasma de varias afirmaciones dubitativas. Y antes de que alguien más pueda mostrarse o no de acuerdo, vuelve a resonar y esta vez, no deja espacio al cuestionamiento.
Porque a ello le sigue la ráfaga.
–¡Cat! –Alcanzan a gritar dos o tres voces a la par de Lucian, el mismo que busca la forma de no ser aplastado por la multitud en pánico.
–¡Nueve en punto, Lucian! ¡Rápido!
Ella misma se encuentra descolocada. El aludido apenas si puede levantar la mirada. El edificio en esa dirección. Cómo es posible…
–¡Vi, a mi posición! ¡Los demás, quédense donde están! ¡Cat, cúbrenos!
La ráfaga continúa. Lucian debe avanzar con el cuerpo doblado sobre sí mismo. La orden suena sencilla en el papel. Reza porque tamaño caos consiga hacerlos pasar desapercibidos. La fuerza policial comienza a actuar. Nadie discrimina a nadie. De a poco, los bandos comenzarán a diluirse.
A Vi le toma unos minutos llegar hasta el costado del edificio donde él se encuentra. Ni ella misma parece creer lo rápido que todo se ha salido de control.
–Sabes… esperaba algo más explosivo –comenta la joven con ironía.
A lo lejos, un eco de mayor potencia.
–Si nos tardamos más, verás cómo cumplen tus fantasías.
Es la entrada trasera. Las escaleras de emergencia. Ni bien cierran tras de sí, pueden escuchar cómo comienza a llenarse el exterior de despavoridos asistentes.
Y tampoco es que les haga mucha gracia tener que echar mano de semejantes escaleras con el tiempo en contra y sabiendo que pasará un largo rato antes de que la cosa insinúe calmarse, pero…
–Piso quince, chicos.
Incluso subiendo de dos en dos tienen la impresión de que tardan la eternidad misma. Apenas si hay luces encendidas y hasta la respiración parece resonar con desmedida potencia…
Hasta que silbidos similares comenzaron a escucharse en el interior de las escaleras, obligándolos a detenerse. A pegarse a las paredes.
–Tiene que ser una broma –masculla Vi, intentando adivinar la procedencia de los tiros.
Para Lucian tiene mucho sentido en realidad, pero se calla. Bastante tiene con el silbido de las balas que los tienen a raya y encima el eco más potente y profundo del exterior que parece satisfacer las fantasías más locas de Vi…
–Dime que están controlando algo allá –murmura Lucian por el comunicador pegado a sus labios. Del otro lado, se escuchan jadeos y pasos apresurados.
–¿Bromeas? –Es la réplica que recibe por parte de Cat, al tiempo que un tiro de ese lado da a entender que la fiesta se ha encendido.
–Tenemos compañía, Cat, a menos que nos echen una mano, parece complicado seguir subiendo.
–Deja ver qué puedo hacer.
Vi también la escucha y traga saliva. No es que no confíe en ella, pero… la situación tampoco invita al optimismo y qué demonios, la última vez que le dejaron carta blanca para proceder ante lo imprevisto, un pobre desgraciado terminó golpeado por tres balas y perdiendo un pulmón entre costillas fracturadas.
Ahora… él iría por delante.
Y por mucho que diga lo contrario, Vi sabe que no lo dejaría. Pero confirmarlo ahora no le ayuda demasiado. Que sólo la adrenalina del momento le permite mantener la claridad. Porque esa línea inoportuna en su cabeza le ofrece una inesperada cuota de amargura.
–Chicos –trina la voz de Cat desde su ubicación, interrumpiendo el hilo de los pensamientos–. Sosténganse de lo que puedan.
–Qué estás…
Tan pronto como llega la advertencia, el edificio parece azotado por el puñetazo de un gigante. Tal es la violencia del impacto que Vi y Lucian se ven el piso sin poder oponer resistencia, pero al parecer… bueno, lo que quiera que haya sido eso, ha ocasionado que un arma de grueso calibre caiga al vacío desde los pisos más altos.
En lugar de subir ambos, ha llegado la hora de la distribución.
Los tiros de Lucian cubren a Vi, quien sube a toda velocidad preparada para emplear sus puños de hierro. Esperar romper una marca hoy.
El tipo que la recibe en el piso quince apenas si puede apuntar antes de verse despojado del arma y golpeado en toda la cara. La caída desde ese punto va a ser dura.
–¡Despejado! –Pero incluso antes de gritar, Lucian ya le ha seguido los pasos.
Ni siquiera espera a que llegue, se limita a abrir la puerta de una patada.
Y apenas tiene tiempo de cubrirse cuando una bala pasa por el sitio donde ha estado hace unos segundos, cruzando el umbral.
Sonido de recarga. Lucian se adelanta y dispara dos veces. Vi considera desenfundar su arma de una vez antes de tomar cobertura. Pasará un rato antes de que pueda echarle el guante al tipo.
–Se han tomado su tiempo –murmura una voz en el pasillo. Una voz enronquecida y suave a la vez. Casi melosa. Casi complacida–. Suerte para ustedes que la paciencia sea mi virtud.
–Está claro que no nos llevaremos bien –desafía Vi, intentando calmar su respiración desde la pared que funge de cobertura. En paralelo, su compañero ha terminado de cargar.
–Tomará un tiempo, pero tendrán ocasión de apreciar esta gran obra.
–Sabes… no soy ningún crítico especializado, pero creo que has roto una o dos reglas referidas al buen gusto –replica Lucian con su habitual voz calma y profunda–. Vas a necesitar algo más para ganarte el aprecio.
–Tanto mejor, la dificultad sólo confirma la… exclusividad del logro.
Vi no quiere seguir escuchando. Es la primera en saltar, seguida de cerca de los disparos de cobertura. La agilidad innata le permite abrirse paso antes de que pueda escuchar los tiros. Tras una esquina, se asoma la silueta alargada y enmascarada. La máscara más rara que recuerde haber visto. Y eso que su vida parece el congreso de bichos raros.
Una máscara que, a pesar de todo, se le hace familiar.
Una imagen que la hace sonreír.
–Hasta que decidiste aparecer…
Más tiros. Toma cobertura. Recarga. Han girado en la esquina. El cabrón ha abierto una puerta. Se refugia en una de los apartamentos más adelante.
Tiene la idea. Echa una mirada a Lucian. Parece entenderla antes de aceptar la cuenta.
Respira. Se tranquiliza. Puede escuchar al enmascarado manipular su arma en esa habitación. Oficina. Lo que sea.
Debe hacer el cálculo.
Tres.
Dos…
¡Uno!
En lo que Purificador corre por el pasillo, Vi se interna en una oficina específica tras abrir la puerta con una embestida. Porque sí son oficinas al final. Y ni siquiera se detiene a contemplar la decoración. Las paredes parecen delgadas y eso es suficiente.
Descarga el puñetazo metálico. La pared cede con estruendo, dejando el paso a la siguiente oficina. La joven no lo piensa. Atraviesa la siguiente sabiendo que los segundos son cruciales.
Un nuevo puñetazo. La pared cae.
Apenas si tiene chance de pensar en dos cosas.
Una, el tipo es rápido.
Dos, los disparos tardan en doler.
Porque apenas está asimilando el fogonazo que se irradia por todo su cuerpo cuando lanza el golpe que el tipo esquiva.
Va con todo el impulso, de manera que la joven no puede evitar derrumbarse en la pared que la recibe al caer. Va a pararse, pero el dolor es enorme. Cosa rara considerando que la adrenalina está haciendo nata en su sangre.
Apenas consigue ver los tiros de Lucian al entrar. Los intentos de ataque cuerpo a cuerpo que el tipo evade antes de agarrar su brazo y lanzarlo contra la pared contraria, frente a la derrumbada joven… ¿Lo ha herido? Es difícil saberlo con esa máscara, pero esa risa satisfecha tampoco ayuda demasiado.
–Ya lo ven… mi genio florece con la masacre.
Está claro que va a terminar la faena, pero no cuenta con el segundo azote que afecta al edificio, estremeciéndolo con violencia. Están aturdidos, pero luchan por levantarse y al parecer, eso es más de lo que está dispuesto a tolerar el enmascarado, quien parece dedicarles una mirada antes de simplemente saltar.
Saltar por la ventana tras de sí.
Lucian es más rápido esta vez. Intenta seguirlo, pero todo lo que se encuentra en el exterior es el caos y las luces anaranjadas que parecen hablar de una explosión. Ni señales del enmascarado. Ni señales de nada que se le pueda asemejar.
–Ahora resulta que es un maldito mago.
–Ese era…
–Sí, Khada Jhin –voltea a mirarla. Parece esforzarse por sostener su propio hombro. No le gusta su expresión–. Vi…
–Tranquilo, yo…
Antes de que pueda dar un paso más, se derrumba. Lucian apenas consigue llegar hasta ella para sostenerla. Qué humillante, consigue pensar la chica. Tiene las manos en el costado izquierdo del vientre. No quiere ni mirar cuánta sangre ha perdido y la posición tampoco ayuda a mejorar su humor.
–Mierda…
–Tranquila –es evidente que usar ese brazo le acarrea dolor, pero es lo que Lucian hace para restablecer el contacto–. ¡Piso quince! ¡Rápido! ¡Oficial caído! ¡Necesito ayuda ya!
–Lucian… no grites tanto…
–Vas a estar bien, ¿me oyes?
–Eso lo sé, idiota –sonríe burlona, aunque el dolor es más del que puede tolerar sin demostrarlo–. Oye…
–Dime.
–Pobre de ti… que le digas esto a Mariachi, ¿eh?
–No puedes negarlo, esto… también fue estúpido.
–Ya lo sé, pero… no tiene… por qué saberlo…
–¡¿Vi?!
Ah, qué bien. Tiene que elegir este momento para retomar la comunicación. Y tampoco ayuda que Cat suene tan asustada.
–Hola Cat.
–Mira si serás… ¡Qué hiciste ahora, idiota!
–Oye… tranquila, tú mejor que nadie sabes… que no duele tanto…
–Ni se te ocurra cerrar los ojos, ¿me oyes? ¡¿Me oyes Vi?!
–Si sigues… gritando así… no podré oírte.
Algo grita Cat en respuesta, pero Vi no quiere oírla. No así. Es molesto. Es hasta doloroso. Tampoco ayuda que Lucian parezca tan preocupado ni que se sienta, de golpe, tan cansada. A lo lejos, el caos mantiene su curso y la ventana rota le recuerda que se les ha escapado de entre los dedos el muy cabrón.
Y Cat… Cat furiosa… rabiosa… del otro lado de la línea…
Llorosa...
–¡¿Me escuchas, idiota?! ¡Como se te ocurra cerrar los ojos, voy a…!
–Cásate conmigo.
Sabe que Lucian debe hacer un esfuerzo por no soltarla. En otra situación, hasta se reiría de su cara. En cambio, tiene que lidiar con ella y la respiración contenida que le transmite la comunicación.
–Cat –articula la joven, apretando los dientes, temiendo que se haya perdido la señal a través del silencio–. Cásate… conmigo.
Puede escuchar a su compañero tragar saliva. Puede incluso escuchar la absurda trayectoria que parecen seguir sus pensamientos.
–Cat… no te calles… ahora, dime… dime algo.
–Imbécil –ya no suena ni la mitad de fuerte ahora y si debe especular, diría que está sonriendo a regañadientes–. Después de todo esto… ¿Me lo tienes que pedir así?
–Con tal… de que te calles… te daré todo lo que quieras.
–Eres… eres…
–¿Tu futura esposa?
Hay una risa del otro lado que parece mezclarse con un sollozo. Incluso Lucian parece sonreír con incomodidad mientras la sostiene.
–Si me vuelves a hacer esto… te pediré el divorcio, ¿me oíste?
–Tomaré… eso como un sí.
En medio de la tormenta desatada, el helicóptero aterriza.
El soldado, de rodillas, apenas si puede escuchar el sonido de las aspas batir.
Apenas si es consciente de la lluvia que lava la sangre y el lodo que se adhiere a su piel.
En realidad, todo esto está mal.
Hay gritos donde está su mente. Hay gritos más allá de la vegetación que lo rodea. Hay explosiones. Hay más gritos…
Hay un compromiso hecho en la forma de juramento y la imagen de una última mirada… una última sonrisa…
El soldado lo ha prometido. Y lo ha jurado. Y se ha arrastrado más allá de lo imaginable porque sabe que debe cumplir esa última orden. Que sabe quién la ha formulado y debe ir más allá. Porque han creído que puede hacerlo.
Pero ahora, en medio del bucle infinito de su propio juramento, el entorno parece palidecer y poco tiene que ver la lluvia cruel o el helicóptero que ha maniobrado frente a él.
No le importa quiénes puedan ser esos aparecidos. Aunque sabe que luchará con las manos si es preciso. Por mucho que agradezca una bala o una hoja en el pecho… apunten bien, que sea rápido, porque no soportaré tener que esperarlos un minuto más…
No reconoce los uniformes. Asume que ellos tampoco lo reconocen a él. Tal vez nunca se han visto. Tal vez el daño, el lodo y la sangre no se han lavado del todo. No recuerda cuándo ha comenzado ha llover. No tiene otra cosa en la cabeza que el bucle.
El juramento. El compromiso. La promesa. La orden.
El primero en llegar hasta él con cautela parece conducir la misión. Hinca la rodilla frente a él y posa una mano en su hombro con delicadeza.
–Soldado Jo –murmura con suavidad–. ¿Está herido?
El joven lo mira. Desconoce qué perspectiva ofrece su mirada. Su mente vacía, más allá del obsesivo bucle de escabrosos detalles, se halla despojado de todo cuestionamiento. La interrogante le suena distante. La expresión del aparecido no le dice nada.
Pero sí cae en la cuenta del dolor de sus rodillas. Intenta levantarse.
Todo lo que consigue es derrumbarse. Ser sostenido por el aparecido. Por dos que también han bajado del helicóptero con ese propósito. Comprender que ha perdido hasta las fuerzas. Cualquier restrojo semejante a la voluntad.
–Hemos venido por usted, soldado, tranquilo –le informa el primer aparecido, sin apartar la mano de su hombro–. Se acabó, volverá a casa.
Casa. Volver…
Se parece tanto… tanto a una ilusión… un vano consuelo que no se atrevió a abrazar…
No cree ser él quien da los pasos hacia el helicóptero. Siente más bien las manos que lo arrastran. Los brazos que lo sostienen. Y la lluvia que termina de lavar la sangre y el lodo.
No alcanza a llegar cuando tienen que redoblar los esfuerzos al desmayarse.
Abre la puerta despacio. Sólo un poco. Lo necesario para adquirir confianza.
Es tal y como lo imaginaba.
No es que importe, pero… se puede considerar un milagro. Que esos guardianes que tiene le hayan permitido el paso. Asume que un brazo inmovilizado ofrece una imagen lo bastante inofensiva para despejar el camino.
Agradece que haya una silla al lado de la cama. Arrastrarla o intentar moverla con discreción no atraería los resultados esperados.
En parte tiene sus propios motivos. Sabe que tendrá que comunicarse tarde o temprano. En cierta forma, acercarse le recuerda que nada puede ser peor que eso, ni siquiera la perspectiva de tener que llamar.
Las intravenosas lo alimentan, medican e hidratan. Estaba al tanto del diagnóstico, pero esto empeora cualquier perspectiva. Todo sería más llevadero si no lo mirara a los ojos…
Si no lo hubiera despertado. Si no intentara sonreírle.
–Pensabas… ¿Pensabas mirarme dormir?
–Si no te despertabas al tercer bofetón, me habría largado.
–Me… parece justo –desde la almohada, echa una mirada al brazo inmovilizado de Lucian. Parece querer alcanzarlo–. ¿Muñeca? ¿Hombro?
–Clavícula –aclara Lucian, sabiendo que una sonrisa no resistirá demasiado–. Oye…
–Me la fracturé… cuando… cuando era niño –sonríe con cansancio, ajeno a la inocua confidencia que le ha hecho a su colega–. Hasta… sentarse duele.
–No creo que saberlo me sirviera mucho –traga saliva. Más que eso, intenta deshacer ese maldito nudo–. ¿Cómo lo llevas?
–No es… como que pueda… llevar gran cosa –cierra los ojos. Quiere que se calle. Hablar lo cansará más. Pero sabe que no lo escuchará–. Toma… tiempo… estar mejor.
–Debiste decirme –ni siquiera se molesta en disimular que su voz apenas alcanza al hilo necesario para darse a entender. Lo cerca que está de quebrarse–. Debiste decirnos…
–Ni… yo lo sabía –reír parece remecer lo profundo. Trae consigo una tos débil–. Perdí… un pulmón, Lucian, podía… ser… cualquier cosa.
Es cierto. Pero él mismo debió verlo. No debió invitarlo a beber. Quizás el alcohol empeoró todo… ¡Mierda! El nudo sigue ahí, no importa cuánto trague. O desvía el curso o se verá derrumbado. Esto es más de lo que está dispuesto a tolerar.
–Vi… vi a tu hermana –ha captado su curiosidad. No se hace esperar–. En verdad… se ve muy bien.
–Gracias… a Dios –hay un brillo perdido en lo profundo de tanto padecer que encierra una sola mirada–. Recuperará… todo el cabello… antes… de que yo… pierda el mío.
–Hay formas más sanas de competir y lo sabes –no es gracioso, quiere gruñir además, pero parece que todo le da risa y eso… carajo.
–No… ¿No te amenazó antes de que entraras?
–Se tranquilizó cuando le dije que soy tu amigo.
–Menuda… novedad.
–¿Que se tranquilizara?
–No.
Lucian sabe a qué se refiere. Tiene razón. De hecho, pensarlo parece ridículo. Guarda silencio un rato. No hay demasiado en esa habitación que los pueda distraer. Respira profundo. Ahora mismo, todas las amenazas pierden valor. Ni siquiera le importa si alguien más puede entenderlo.
–Vi le pidió matrimonio a Cat –la perplejidad desarma la expresión cansada del convaleciente–. Así que… más te vale ponerte bien pronto.
–Esas… cosas… toman tiempo –masculla con dificultad y una expresión desconcertada–. Incluso si… lo hacen… no creo que…
–Vendrán –interrumpe Lucian ante la extrañeza del que es su anfitrión–. Quieren… contarte y… también invitarte personalmente.
–Quieres… ¿Quieres que finja que no sé?
–Ni siquiera debía contarte.
–¿Qué amenazaron con hacerte?
Ahora Lucian sí puede sonreír. Él le devuelve el gesto. No sabe qué hace apretando la mano que no está atravesada por agujas. Ni siquiera muestra sorpresa. Asume que algunas cosas serán así de ahora en adelante.
–Debo hacer una llamada, me vendría bien un poco de compañía –confiesa Lucian, azorado, sabiendo que él se burlaría de tener fuerzas.
–No creo que… pueda… protegerte… mucho.
–Me basta tu apoyo moral.
–Con qué… poco… te conformas.
No es estrictamente necesario hacer la llamada ahora, pero sabe que si no se mantiene ocupado…
¿Qué puede ser peor que delatar lo mucho que le afecta verlo así?
Tal vez… hablarle de lo que vio en esa fiesta, podría interesarle saber que…
No. No. Por algo está aquí, ¿no? Porque… las preocupaciones han llegado más allá del límite tolerable. Asumiendo que sólo necesites de preocupaciones para terminar como…
Además… le bastó un momento. Sólo un momento para comprender dónde había estado metido. Y si eso había sido apenas un instante, una rutina formada en paralelo…
–Lucian –sonríe él desde su cama, antes de que pueda siquiera apretar la marcación rápida–. Quieres… ¿Quieres oír un chiste?
¿Qué tanto lo delata su expresión como para que él quiera hacerlo reír? No… ¿Cuándo fue la última vez que alguien intentó en verdad hacerlo reír? Está cerca de decirle que no se esfuerce, que quizá sea en vano… qué podría resultar de esto si verlo así le resulta apenas tolerable y eso, tratándose de alguien con un trabajo como el suyo, resulta cuanto menos absurdo.
Pero… Dios… tampoco él lo está ayudando manteniendo esa cara.
–Te escucho, Mariachi.
Desconoce cuánto le ha tomado reunir el valor para verse tan siquiera recorriendo ese pasillo en dirección a la que, según el aviso, es la oficina más pequeña de la sede.
Y no. No es que alguna de las chicas, en especial Kai'Sa, hayan logrado algo insistiéndole hasta el agotamiento que le debe una disculpa al representante tras atacar directamente la herida que lo mandó al hospital. No es que esos absurdos sermones de la bailarina principal y ni qué decir de la hipócrita líder que bien que hizo lo propio cruzándole la cara de un cachetazo hayan hecho mella de su determinación. No señor.
Es tan simple como que se trata de su propia decisión. Ni más ni menos.
Y sí. Pasado el impacto inicial y… pasado… pasado el torbellino de emociones quue representó verlo y saberlo bien… sí pensó las cosas y sí. Tal vez sí se excedió un poco con él. A la luz de los antecedentes, merecía que calculara una trayectoria diferente del ataque. Una que no supusiera mayor riesgo de aumentar un daño. Tal vez crear uno nuevo, pero sin efectos colaterales más devastadores.
Y no. No es que crea que merezca decirlo en voz alta, pero está cansada de escucharlas, en especial a Kai'Sa. Si esto sirve para acallar todas las voces… tanto mejor.
Aunque debe reconocer que en su cabeza parecía más sencillo. Llegar al piso, recorrer el pasillo, golpear la puerta y abrir. Quedarse en el umbral y ser concisa. Aclarar que no le desea la muerte, pero que eso no significa nada. Tampoco es que… tampoco es que él sea una pérdida mayúscula, pero no quiere cargar con esa responsabilidad de existir. Y no, no le estaría pidiendo disculpas, él no merece que le pida nada. Sólo… estaría… estaría aclarando las cosas, por supuesto.
Y en principio sí. Desde que sale del ascensor, dar los pasos le toma un resto. Eso hasta que escucha el sonido de las cuerdas.
Tampoco se trata de algo elaborado. Más parece un rasgueo al azar. Por momentos da la impresión de que articula algo próximo a una melodía. Eso hasta que se queda estancado en una nota. No, en una cuerda. Ahí está. Una vez. Y otra…
Incluso tiene la impresión de que la acompaña con un tarareo. Que intenta aproximarse al sonido. Una vez. Una cuerda. Una vez. Todas las cuerdas. Una vez. Dos veces.
De pronto, una nota, dos…
–Ya no estás a mi lado, corazón…
Es apenas un instante. De eso no pasa. Pero basta. No es una gran voz. En realidad, casi da la impresión de que apenas si recita la triste línea a la par de la nota prolongada antes de callar. Lo único que puede decirse a su favor es que no desafina. Y eso.
Sabe que está esperando algo más cuando se ve frente a la puerta con la mano a punto de golpear. No habrá perdido nada más allá de unos segundos, pero ha sido un instante de desconexión del que escapa al parpadear.
Ni siquiera se molesta en llamar. Sólo abre.
El cuadro que la recibe no tiene precio.
Ahí está el representante, sentado en el borde del escritorio con la guitarra en el regazo y la mejor expresión de sorpresa que Akali recuerde haberle visto. De manera que sí, resulta inevitable para la joven rapera apoyarse en el umbral y dedicarle al abochornado representante una sonrisa burlona.
–Así que… ¿Tan siquiera sabes usarla?
Ahri diría que luce adorable así de colorado. La rapera, en cambio, considera que se ve patético. Pero si debe ser sincera, no sabe qué disfruta más: Si el hecho de ser responsable de ese estado o de poder contemplarlo en primera fila.
No es que dure demasiado, pero son segundos que atesorará. Porque hay que reconocer que el desgraciado sabe reponerse con rapidez.
–Es… es afinarla, señorita, no creo que necesite saber demasiado.
–Pobre guitarra –suelta la joven, sardónica y sin dejar de sonreír–. Ni siquiera la más destartalada merece semejante castigo.
–Tal vez tenga razón –curvando apenas los labios, el representante ase el instrumento por el mástil y se lo extiende a la joven–. ¿Por qué no me enseña cómo se hace?
Akali debe hacer un esfuerzo por disimular la momentánea perplejidad que le causa la petición del tipo. Ni siquiera luce burlón. En verdad se lo está ofreciendo con toda la confianza del mundo.
–¿Y tenerte como estudiante? Ni loca –consigue decir la joven, más para salir del paso. Para intentar disimular la verdad.
–No creo que tarde más de cinco minutos en enseñarme a afinarla.
–Siendo tú, fácil podría ser una hora o más.
–No es como que me haya enseñado algo antes, así que saberlo…
–Eres tú, Mariachi, ¿qué más se puede esperar de alguien como tú?
–Bastante, considerando que tengo que aguantarla a diario...
A ese cabrón le encanta jugar con fuego. Y en lugar de ignorarlo, se ve incapaz de resistir sus respuestas. Por alguna razón, no puede tolerar que él se quede con la última palabra. Tiene mucho parecido con las batallas de rap. Esa adrenalina que se mezcla con la calma… y ese deseo… el deseo de ganar… por mucho que no sepa con exactitud qué ganaría ahora mismo…
–¿Tienes la más mínima idea de cuántos matarían por estar en tu lugar, Mariachi?
–Así que de esa manera se llenan los índices de suicidios –ahora le sonríe. Cualquier idiota que cruce esa puerta sin saber lo que se ha cocinado pensará que el cabronazo es encantador.
–Eso te gusta, ¿verdad?
–¿Qué cosa, señorita?
–Joderme, joderme con cada cosa… con cada palabra…
–No necesito mover un dedo para lograr tal cosa, señorita, bastante tiene ya siendo usted misma como para que le ponga más peso a la carga que…
No ataja la mano en el trayecto. En cambio, se cubre con el antebrazo y así impide que el puñetazo de la rapera se estrelle en su mejilla. La chica va a contraatacar, pero ahí es cuando el desgraciado se adelanta, consiguiendo agarrar sus brazos con firmeza, manteniendo el frágil equilibrio de la guitarra en su regazo.
Y Akali descubre, impotente y rabiosa, que eso a la par del reducido espacio le impide mayor posibilidad de maniobra.
–Eres… un bastardo de mierda, ¿lo sabías?
–Entre otras cosas, sí.
–Y si lo sabes… ¿Por qué sigues volviendo? –Traga saliva. No entiende por qué la garganta se le ha secado–. Por… ¿Por qué te quedas? ¿Por qué no te largas de una vez?
Es consciente de que ha contenido el aliento cuando lo materializa en un profundo suspiro antes de soltarla. A pesar de su maltrecho estado, se puede decir que es la primera vez que lo ve cansado al cerrar los ojos. Al abrirlos, sin embargo, hay algo diferente. Algo parecido a la nostalgia. Algo parecido a la tristeza pero también…
Hay algo blando en esa mirada.
–¿Me está despidiendo, señorita?
De todas las preguntas o respuestas que imaginó que formularía, aquella es la última que esperaba venir. De hecho, decir que la esperaba sería una equivocación. Ni siquiera ha visto desfilar la interrogante en su cabeza y ahora mismo, debe hacerle frente a algo tan… tan… tan fuera de lugar…
–Qué estás…
–Creo que me escuchó la primera vez –la espera un segundo, tal vez dos, antes de continuar con el mismo semblante de relajada nostalgia–. Y usted misma lo dejó claro varias veces en el pasado, que trabajo para usted, que soy su empleado, ¿no es así? Si tanto le desagrada que esté ocupando el puesto… ¿Qué le impide despedirme?
–No te quieras pasar de…
–No lo hago –ahora es categórico. Sabe que no es una broma y eso la desarma más–. Mi cargo siempre ha estado a su disposición y ya se lo dije antes: Puede hacer lo que quiera, así que… ¿Qué espera? Parece que tiene todos los argumentos, ¿qué se lo impide entonces?
Es ridículo, piensa la rapera. El desgraciado, tras soltarla, no ha movido un solo músculo. Ha cruzado los brazos sobre la guitarra, se ha plantado al borde del escritorio y la mira con tal grado de seriedad que…
Espera que no note su propia respiración. Que no ha mirado la frente del representante… ¿Fue un beso el que depositó ahí cuando él aún no salía del coma? ¿Contará como tal?
Se obliga a volver. No. No está en esa habitación. En ese hospital. Él no está perdido en la inmensidad de la inconsciencia. No está conectado ni sus latidos reflejados en un monitor. No sabe si la escuchó, pero ahora está aquí. Está frente a él y por un segundo, sus manos mantuvieron quietos sus brazos y cualquier intento posterior de ataque.
Y ahora que lo piensa, es lo más cerca que han estado el uno del otro.
¿De dónde saca lo que necesita para mirarlo con tamaña altivez? Cuando por dentro juraría que…
–¿Y darte en el gusto? Sigue soñando –consigue apartarse. No tropezar en esa caja. Algo que conserve de sus años de entrenamiento–. Si tan miserable eres… de mí no esperes ese favor, cabrón.
–Qué le vamos a hacer –suelta el representante, algo risueño–. Y… ¿En qué puedo ayudarla, señorita?
–¿Disculpa?
–No creo que haya venido a verme torturar una guitarra, ¿verdad?
Mierda, es cierto. No se supone que…
Pero… ¿Exactamente a qué carajos ha venido?
Incluso si en verdad pedir disculpas fuera la razón de base, todo esto ha hecho que pierda el sentido. Ni siquiera se puede afirmar que haya algo en ese piso que justifique su sola presencia… más allá de la oficina del cabrón, cierto, pero… darle semejante satisfacción… a él en particular…
–Vine a asegurarme de que no estuvieras muerto en tu escritorio –se decide a decir Akali, sorprendiendo al representante e incomodando a la joven–. Con lo debilucho que eres…
–Lo dice por…
–A ver si ahora… puedes aguantar más de un golpe –Dios, en verdad se siente ridícula. Casi reza por conservar una traza de orgullo–. Y a ver si también le dices a Kai'Sa que me aseguré de ello.
Y le da la espalda. No quiere ver su expresión. No quiere confirmar que la sorpresa muta en otra cosa. Y ya tiene un pie del otro lado del umbral cuando…
–Disculpa aceptada, señorita –y no. No suena burlón. Ni siquiera risueño. Por un momento… por un momento quiere creer que es sincero.
Pero claro. Es el Mariachi. El representante. El mayor cabrón que ha pisado la sede porque… ¿Qué? ¿Acaso necesita razones? Está en su código genético, cualquiera con dos dedos de frente podría vislumbrarlo.
–Baka –masculla la muchacha antes de dar el portazo.
Y espera que no lo note. Su espalda apoyada en la puerta cerrada. Intentando recuperar el aliento. Ni que hubiera hecho una carrera prolongada. Demonios, es ese cubículo sin luz ni aire. Cómo es que ese cabrón puede pasar horas y horas encerrado ahí, encima mezclándose el poco aire con una fragancia a rosas…
Vuelve a escuchar los rasgueos. Nadie diría que sabe demasiado, pero al menos el cabrón no está torturando la guitarra.
Debería marcharse. Despegar la espalda de la puerta y perderse de vista. En cambio, Akali se queda ahí, aprovechando la mala aislación de esa oficina para escuchar una voz cuyo mayor mérito, con suerte, es no desafinar. Una voz que parece entre cantar y recitar acerca de la historia de un amor como no hay otra igual, una que le hizo comprender todo el bien y todo el mal, que le dio luz a su vida, apagándola después.
Dos veces la canta. Y Akali sólo se marcha cuando se ha asegurado de que no habrá una tercera.
Sólo cuando el silencio vuelve a tu vida, comprendes cuánto lo has extrañado.
No es que la paz del hogar perdido ponga en orden cualquier aproximación de caos que pueda rondar en su cabeza, pero al menos… al menos éste parece lejano en tanto se justifique que mantenga la boca cerrada.
No es que se marchara con gran escándalo en su momento, pero nada la invitaba a suponer que seguiría siendo bienvenida.
Eso hasta que las circunstancias sólo la llevaron a pensar en ese lugar.
Asumir que cualquier sitio o persona pueda parecer inmune al paso del tiempo no deja de tener algo de cliché. Sin embargo, a falta de una mejor manera de definirlo… aunque bien cabía la posibilidad de que sus diluidos recuerdos no contribuyeran a establecer de mejor manera la realidad.
Pero cuestionamientos aparte, el dojo parecía esperarla en cuanto ella completó el recorrido de las interminables escaleras hasta la cima.
Incluso Shen, su maestro, a la entrada, impertérrito y de brazos cruzados, parecía haberla estado esperado ahí desde el comienzo.
Tal grado de quietud e inexpresividad aún la incomodaban. Al punto de no saber, ella siempre tan locuaz, qué carajos decirle para no dar a entender que volvía arrastrándose pidiendo perdón por el actuar del último tiempo.
Si aún creía conocerlo medianamente, no le quedaba de otra más que esperar.
Y eso fue lo que hizo.
De pie frente a él lo que pareció un largo minuto. Dos. Tres… puede que hasta cinco. Pero ahí permaneció. Haciendo acopio de fuerzas para no apartar de él la mirada antes de escucharlo dejar escapar un suspiro corto, sin perder detalle de sus facciones.
–Así que volviste –en el momento, la joven deseó percibir en tales sílabas algo que fluctuara más hacia la molestia que a la neutralidad.
–Sí –y a ella misma le sorprendió ser apenas capaz de pronunciar una solitaria palabra.
–El mundo no ha sido del todo gentil contigo.
–Supongo que… no todo puede ser perfecto.
–Es lo que te llevó a la búsqueda en primer lugar, ¿no es así?
Tampoco es que haya transcurrido tanto hasta ese segundo, pero… de pronto… todo parecía tan… difuso y lejano…
–Qué… ¿Qué debo hacer? –Articuló la joven ante el impertérrito maestro–. Para… poder cruzar esta puerta…
–Contesta a mi pregunta –ay no, otro de los acertijos del anciano. Aún así, se obligó a permanecer impertérrita–. ¿Ha valido la pena? Toda esta aventura… ¿Ha merecido la pena?
Por alguna maldita razón, de todos los posibles recuerdos que podrían haber desfilado por su mente con el único propósito de responder a esa pregunta, el primero en acudir fue la imagen de ella misma sentada sobre la tapa de un inodoro, la puerta abierta frente a ella y la figura imprecisa de un sujeto perplejo antes de sentir esa mano en su hombro.
Señorita… ¿Akali?
Apenas si consigue esbozar una sonrisa triste.
–Incluso decidirlo… es un paso que requiere de reflexión, anciano.
Casi creyó adivinar la curva de los labios a través de la máscara.
–Ésta siempre ha sido tu casa, niña.
Y de esa suerte de bienvenida hará… ¿Cuánto? ¿Cuatro? ¿Cinco días?
El tiempo que haya sido… ¿Quién iba a decir que incluso las muestras más brutales de un olvidado entrenamiento le permitirían despojarse por un momento del enorme peso que la arrastró al antiguo hogar? Lo agradecía. Desde lo más profundo, lo hacía. Incluso en las instalaciones del dojo, el templo o desde la ventana de su habitación…
Dios, en verdad lo hace. Lo agradece. Agradece esa quietud. Y agradece el dolor de los músculos aclimatándose a una distante rutina. Agradece sentir que el mundo, más allá de la entrada, detenido o inexistente, respeta su propia pausa sin deseos de perturbarla.
Para eso están las noches. Los momentos en que despierta. Los momentos en que debe recordarse dónde está.
Pero incluso esos desvelos tienen un sabor diferente.
Incluso la rabia ha mutado en melancolía.
Pero de ese cambio… de eso hace tanto… le parece tanto…
Sigue conservando la maestría necesaria para recordarle que intentar codearse con los novatos carece por completo de sentido. Desenterrar viejos hábitos toma lo suyo. Sin embargo, la memoria de cada músculo parece mejor que la que debería caracterizar a su cerebro. No necesita música en ese entorno. No necesita decir o hacer nada que vaya más allá de la rutina. La disciplina. Su primera cuna.
A tal punto ha llegado que, incluso valiéndose del sigilo, ha sido capaz de percibir a su maestro, Shen, acercarse entre la hierba de los alrededores en tanto ella permanece sobre una roca en posición de loto.
No sabe si es mérito de su agudeza o el maestro así lo ha querido. De cualquier modo, él sabe permanecer. Esperar. Imitar a los árboles. Es ella la que sabe que no puede ignorar por toda la eternidad.
–Ha de ser importante para que decidas buscarme, anciano –el tiempo que haya sido, le ha devuelto buena parte de la antigua confianza.
–Camina conmigo, Akali.
Ni siquiera la espera. No tiene que esforzarse por seguirle el paso. En todos estos días, no ha hecho tal de recorrer por completo las instalaciones. Sin embargo, todo parece… todo parece seguir en su sitio. Es esa familiaridad la que la reconforta. Seguir sintiendo que hay algo del hogar tanto como de ella en el mismo.
Del mismo modo, es ahora que ha aprendido a seguir el ritmo del silencio. No hace preguntas. Sólo camina a dos pasos de distancia. Él sólo avanza. Ella ni siquiera se plantea hacia dónde se dirigen.
–¿Notas algún cambio?
–¿Hablas de los alrededores? Porque todos estos árboles… –ni siquiera altera el paso. Pero ha aprendido rápido lo que él, por años, intentó transmitir a través de la disciplina–. Tanto tiempo lejos… es difícil… puede que imposible recuperar lo que alguna vez fui.
–¿Lo que fuiste?
–Quiero decir… yo… argh –siempre consigue sacarla de balance. La diferencia está en que ahora quiere elegir las palabras correctas–. Ni siquiera sé… si me gusta lo que soy ahora.
–¿Qué tal ahora? ¿Puedes decirme si ha valido la pena?
–Creo que… la realidad… nunca llenará todas las expectativas.
–¿Y el no poder lidiar con esa frustración te ha traído hasta aquí?
–En realidad… es más complicado, anciano.
–Qué pierdes con intentarlo.
Quizá todo, piensa Akali con una pizca de sorna.
Es decir… es Shen de quien está hablando. Con quien está hablando. Cómo le explicas que has corrido de vuelta a casa al maestro al que le diste la espalda hace ya tanto…
Cómo le explicas que, desde el principio, ha sido tu incapacidad de lidiar con el dolor lo que te ha llevado a lo más cerca de la imagen que tienes del vientre materno, por mucho que Shen no tenga nada de madre y sí más de frío profesor…
–De pronto… me sentí perdida –confiesa la joven con lo que intenta que sea algo más que un hilo de voz–. No es que antes no… experimentara el vacío así, pero… en un momento… fue tan grande el… el peso que me aplastó…
–¿Un fracaso?
Quiere responder, pero no puede.
Es ella otra vez tras la puerta de esa habitación… espiando a su compañera haciendo el amor con…
Es ella otra vez. En esa sala de producción, manipulando las consolas a la par de un archivo de la laptop…
Parece tanto tiempo…
No lo es tanto. Entonces se preparaba para viajar a Francia, pero seguía afinando detalles después de haber conversado con Yasuo cuando dos golpes en la puerta la pusieron alerta, sin por ello dejar de teclear…
–Señorita, ¿tiene un momento?
Incluso ahora puede experimentar la pesada bola de nervios tensos que se posó a la altura de su pecho en cuanto escuchó su voz invocando el sueño de la noche anterior. Apenas si pudo mover los dedos para pausar las pistas y dar vuelta la silla. Dado su estado, le sorprendió la facilidad con que afloró la sonrisa.
–Mariachi, qué sorpresa.
Ni siquiera intentó imitar el gesto. Todo cuanto hizo fue adentrarse desde el umbral y apenas echar una mirada curiosa al entorno. La sala de producción. Tampoco es que fuera su primera vez, pero sí que lo visitaba muy de vez en cuando.
–No te esperaba en mis dominios –comentó la rapera, buscando rápido con la mirada–. Si quieres tomar asiento…
–No hace falta, señorita, seré breve.
Incluso habiendo recuperado la palabra que tanto extrañaba… seguía siendo un trato tan seco…
Hizo tan difícil mirarlo a los ojos…
–Entonces… supongo que vienes por…
–Sí –por alguna razón, buscó en sus manos algún papel, alguna carpeta… la maldita libreta que solía llevar consigo. Sólo dio con manos desnudas que pronto se hundieron en los bolsillos–. Sé que me dio hasta el viernes, pero no vi razones para prolongarlo si la decisión ya está tomada.
–Así que tú…
–Se lo agradezco, señorita, pero no puedo aceptar el puesto que me ofrece.
Ni siquiera se planteó albergar una esperanza en realidad y aún así… escucharlo decir…
Tuvo que mirar hacia un costado. Que no notara que estaba tragando saliva y con ella, la horrenda opresión que amenazaba con ahogarla.
–Sabes… porque es una decisión importante… te di todo esos días.
–No me pareció prudente hacerla esperar, mientras más tiempo tenga para encontrar a alguien adecuado…
–No se trata de eso, Mariachi –tuvo que sobreponerse. Luchar. En ese segundo no podía ahogarse su voz–. Yo… no necesito… no necesito a alguien adecuado.
Incluso sin decirlo, las paredes parecían gritarlo.
Incluso él no pudo fingir sordera.
Tuvo que aferrarse a los brazos del asiento. Sabía que si se levantaba… si hacía tal…
El alcance de su estupidez podía ser mayúsculo. Y ella misma sabía que el no importarle sólo era una señal de peligro.
Y ese gesto triste plasmado en su cara…
–Si es lo que le preocupa… quédese tranquila, señorita –pareció tomarle tiempo encontrar las palabras–. Pierda cuidado, yo… no la odio.
–No te creo.
–Es igual, señorita, es su decisión.
–Y si… si según tú no me odias… por qué…
–No tiene relación –dejó escapar el aliento antes de acercarse más al umbral, desde donde la miró–. Dije que no la odio, pero más cercanía… puede resultar perjudicial
–Qué, ¿temes que te mate mientras duermes en París? ¿Es eso? –Ni siquiera se aproximaba a lo que quería saber, pero ese salvaje intento de sorna fue de lo único que pudo echar mano para no derrumbarse frente a él.
–Temo por usted –aquellas palabras la desarmaron. Casi tanto como la sonrisa triste en sus labios–. Es su momento de brillar, señorita, no quiero… no quiero que algo la dañe en ese segundo.
Sólo se supo de pie en cuanto vio que él daba un paso hacia atrás.
¿De dónde había salido el impulso para dejar el asiento? ¿Qué tenía pensado hacer? En serio…
Dios…
¿En serio consideró la ausencia de personas además de ellos dos? ¿En serio pensaba correr hacia él para…?
¿En serio pensaba materializar el sueño de la noche anterior?
Quiso rebatirle. Contraatacar. Hacerle ver que con esa decisión ya le estaba haciendo daño. Porque… porque…
Dios… en serio dolió… dolía tanto...
Tanto que no pudo dar un paso más.
Que apenas si le dio para apoyarse en la mesa cercana a las consolas.
Tanto que no le importó que él pudiera ver las lágrimas asomando en sus ojos.
Tanto que deseó que entendiera que esa sonrisa que le dedicaba era su culpa.
–Si hubiera… decidido antes… y te lo hubiera propuesto… ¿Las cosas habrían sido diferentes, Jojo? –Sabía que las lágrimas habían alcanzado su mentón, pero todo dejó de importarle–. ¿Has pensado que tal vez… todo aún puede ser diferente?
Ni siquiera su partida podía equivaler a una respuesta.
Ni siquiera recordaba haber hecho algo en el escenario parisino. Nada fuera de convertirse en la reina que todos querían ver. Nada que no tuviera el maldito propósito de desaparecer esa línea. Esa maldita línea. Esa respuesta.
Si no hubiera dejado ir a Kai'Sa… si la hubiera retenido en el ascensor…
Si en vez de darle ese puñetazo en la herida, al menos… se hubiera quedado sólo mirándolo vivo… vivo…
Claro que habría sido diferente.
Y lo que menos quiere es tiempo para pensarlo. Para convencerse. Porque no quiere aceptar lo que no puede cambiar. No puede aceptar que no esté sujeto a cambios. No quiere el mundo como es. No quiere que las adversidades la lleven a la paz.
Porque en el mundo como es… él ya no está. Se ha ido. Apenas dejando tras de sí el resumen de toda una historia en unas frías líneas de despedida indirecta.
Sin poder creer que, en un momento dado, sólo Kai'Sa pudiera entender… no… no entendió el dolor… ese dolor era el mismo, uno solo.
Y ahora…
–Alguien… se marchó –termina confesando Akali, logrando al fin que Shen detenga sus pasos, aún dándole la espalda–. Aprovechó que… yo no estaba y… se marchó.
–No siempre podrás despedirte, Akali.
–No… no lo entiendes, anciano –ah, qué bien, no es momento para sentir el derrumbe interno–. Ni siquiera… ni siquiera quería despedirme, yo…
–¿Pensabas impedir que se marchara? ¿Coartar su libertad?
–¡Es diferente! Él… ¡Él no podía marcharse!
–¿Porque así lo decidiste acaso?
–¿Ahora tiene algo de malo no querer que alguien se vaya?
–Las personas se marchan todo el tiempo, abandonan un lugar, buscan su hogar en otras tierras… cruzan fronteras… tú misma lo hiciste, persiguiendo tus metas…
–No es lo mismo –sabe que adivina las lágrimas. Sabe que no necesita mirarla. Sabe que la respiración está más allá de su control–. Si has… si has construido algo… no puedes… tú… no puedes…
–Mira alrededor, Akali –neutro. Frío. Lógico. Siempre ha sido así. No es una sorpresa. Y sin embargo, es lo último que ella necesita de Shen–. Al final, todo cuanto dejamos atrás son obras, nosotros mismos estamos en constante marcha, llegada y partida, otros continúan el legado…
–Anciano…
–El mundo seguirá girando, Akali, no importa cuánto desees detener el curso, ¿por qué tendría que esperarte esta vez?
–¡Porque lo quiero!
Juraría que ha escuchado un par de pájaros echar vuelo, espantados acaso por las ondas de su propio grito.
Quiere creer que Shen no ha volteado. Que no la mira por primera vez desde que empezaron a caminar. Que no tiene frente a sí el patético espectáculo que está ofreciendo…
Que no ha vuelto a casa… para reconocer…
–¿Cómo dices?
–Yo… lo… lo quiero.
–¿Qué es lo que quieres?
Bueno, ¿qué más da?
Toda su vida ha sido eso. Correr y superar cualquier límite. Y creer que los mismos no aplicarán jamás a ella. Ir. Siempre ir. Más y más y más allá. Pero…
Pero… ya qué.
Por primera vez… está cansada.
Lleva mucho tiempo cansada. Sólo que ahora…
Ahora no puede soportarlo más.
–Lo quiero… a él –Shen sólo la mira. Espera. No hará preguntas. Pero tampoco la dejará ir en silencio. Tanto mejor, no cree ser capaz de dar un paso más–. Sólo… lo quiero a él, anciano.
–¿Desde cuándo?
Comprende hasta dónde ha llegado cuando, al sonreír entre lágrimas, tiene a su maestro sólo a un par de pasos de distancia.
–Cómo… ¿Cómo puedo saberlo?
–Akali…
–Quizá… desde el principio… quizá… desde que me dijo que hiciera lo que quisiera y yo… tal vez sólo tomé… la estúpida decisión de quererlo y… combatirla –agotada, apoya una mano en la rodilla y se dobla sobre sí misma, secando con el puño y brusquedad sus lágrimas–. Quizá… fue desde… que sentí miedo por primera vez… en tanto tiempo a… a…
–¿A qué?
–A… perderlo –entre el sollozo que amenaza con salir, Akali deja escapar una risa estrangulada–. Per… perdóname, anciano, esto… esto es tan… tan…
No puede continuar.
No si siente la mano del maestro sobre su hombro. No si siente esos dedos en su mentón, obligándola a levantar la cabeza con gentileza.
No si, por primera vez desde que tiene memoria, puede ver el semblante pétreo del guerrero suavizado por una emoción tan ajena a él…
–No te disculpes por sentir.
–An… anciano…
–Niña tonta –no es una ilusión. Puede adivinar la sonrisa detrás de la máscara–. ¿Cuánto tiempo llevas aguantando esa absurda pelea?
Sería más sencillo si no la viera así…
Si esa mano no intentara secar las lágrimas que está renovando…
–No es un error sentir, Akali, el error es creer que estás por encima de eso –el peso de las manos sobre sus hombros la ayuda a adquirir una mejor postura–. Sentir… también forma parte de lo que eres y si tan desesperada has estado por encontrar tu libertad… debes pasar por aceptar esa parte de ti.
–Pero… ¿Por qué? –ante las cejas alzadas del maestro, la chica debe continuar–: Por… ¿Por qué esto debe dolerme también?
Es el turno del maestro para dejar escapar un suspiro. Y si no lo conociera… casi diría que el mismo parece sobrecargado de nostalgia.
–Me hice la misma pregunta el día en que te dejé marchar –más que una afirmación, tiene el cariz de una confesión, lo que descoloca por completo a la muchacha–. No es algo que deseara hacer… después de haber tenido la fortuna de verte crecer todos estos años… de verte pasar por tantas cosas… ¿Cómo dejarte marchar sabiendo que allá también sufrirás?
–Shen…
–Pero… incluso a pesar de la distancia… de las decisiones… incluso de los desacuerdos… tuve que recordar el tipo de persona que siempre has sido –cualquier gesto viniendo de él parecía nacer de lo profundo de la melancolía–. Tal vez… vivir sea un acto de desafío en sí mismo, Akali, pero… verte crecer también ha significado para mí… confiar en ti, sin importar lo que decidas.
–Yo…
–Dolerá, niña, siempre habrá un momento en que duela, pero… así como hay cosas que no puedes cambiar y debes aceptarlas con serenidad… recuerda que también las hay que sí puedes cambiar y para eso necesitas valor… y sabiduría, para distinguir entre ambas
–Shen… –no saca nada con intentar tragar el nudo, apenas si atina a mirarlo con los ojos llorosos–. Pero… tengo… tanto miedo….
–¿Y acaso existe otra fuente para el valor?
La pregunta sin respuesta consigue que baje la cabeza, dejando escapar una risita mezclada con un sollozo. Antes de sentir cómo el maestro palmea su brazo con afecto antes de dejarla atrás en su caminata.
Akali sabe que tendrá mucho que contar. Sabe que no podrá seguir callando. Pero también le está ofreciendo espacio. Como siempre, todo está en sus manos. Todo queda sujeto a su decisión.
Pero ahora no es el momento.
Haga lo que quiera, señorita.
Ahora la muchacha sólo puede dejarse sobre la primera roca que encuentra. Y en lugar de adoptar la postura de loto, todo lo que puede hacer es respirar y sentir cómo los recuerdos tienen una forma diferente, aún a través de la pena. Aún a través de las lágrimas.
Aún con el miedo. Aún con ese dolor fruto de la ausencia.
Es una parte de ella. Es lo que desea.
Jojo… te quiero.
–Papá…
No quiere entrar. No quiere verlo así. No otra vez.
No quiere tener que tolerar esa mirada.
No quiere quedarse. No así.
Porque él necesita fuerza. Necesita valor.
Y él está fallando por segunda vez.
¿Cómo? ¿Cómo puede ser?
Está a punto de retroceder. Sabe que podría hacerlo. Que ella sí tendrá la fuerza.
Hasta que lo ve tender su mano.
Hacia él.
Sólo hacia él.
Está a punto de caer cuando él ya ha cruzado la distancia y lo sostiene.
Devuelve la mano al regazo, pero él lo sostiene. Aún tiene fuerzas para…
–Papá…
Es cuando lo llama por segunda vez que lo mira a los ojos.
Que se siente morir.
–Pa… papá –no le sale la voz entre la nube de medicamentos. De dolor. De las lágrimas que no puede secar–. Perdóname… por favor…
A veces la recuerda. A su esposa llamando a Dios.
¿Cuánto hace desde que lo llamara él?
¿Cuánto hace desde que la ira apagó cualquier atisbo de súplica?
¿Cuándo se convenció de que llamarlo carecía de sentido?
Pero ella… su esposa...
Lo ha llamado tantas veces en el último tiempo…
Ha oído su nombre junto a la cama de su hija.
Pero ahora… ahora que su hijo… su hijo también…
Dios… por favor...
–Joel… escúchame, hijo, ¿sí? –No sabe de dónde saca la fortaleza para sostener al hijo caído en su propio llanto. Ahora se maldice por reprocharle las lágrimas de la infancia–. De todas las cosas… de todas las cosas por las que has peleado… el perdón jamás será una de ellas, ¿me oyes?
–Papá…
–Eres mi hijo, Joel –con cuidado, le seca las lágrimas y procura tragarse las propias–. Y hasta el día hoy… aún me pregunto… cómo algo tan bueno… cómo algo tan bueno… pudo salir de mí también.
Llora en silencio. Dios… necesita que lo crea. Que lo sienta. Si tan sólo pudiera… pudiera hacer algo más que sólo apretar su mano… que no dejarlo solo… que aguantar su propio dolor e ignorarlo.
–Se acabó, hijo, ¿me oyes? No necesitas demostrar nada más, no… no necesitas seguir peleando por nada ni nadie, ni siquiera por nosotros, ¿bien? Es tiempo de que descanses, Joel, ya cuidaste de nosotros lo suficiente, es tiempo… de que las cosas sean como deben ser.
Aunque sea tarde. Aunque lo haya dejado partir a esas guerras…
Aunque haya regresado… aunque le hayan regresado a su hijo mutilado en su alma…
¿Por qué no pudo simplemente desear que creciera nada más?
Habría… ¿Habría sido diferente? ¿Lo tendría de pie a su lado y no en una camilla en este estado?
–Papá –consigue articular el muchacho, sobresaltándolo sin querer.
–Dime, hijo.
–Podemos… ¿Podemos volver a casa?
Cuándo…
¿Cuándo fue la última vez que le pidiera algo?
Sabe que le haría daño si lo abrazara. Su estado no lo permite.
Sí puede despejar su frente del cabello. Sí puede sonreírle.
Sí puede jurar que no volverá a soltar. No más. No lo dejará ir. No esta vez.
–Por supuesto, Joel –musita el padre, palmeando su mejilla con suavidad–. Tú… concéntrate en descansar, porque apenas lo permitan… nos iremos a casa.
–Dame un segundo, cariño, ahora te alcanzo.
A cierta distancia puede oír los pasos del recién llegado. Calcula cuánto tardaría antes de avanzar. Puede sentirlo. Está molesto. En un día libre, lo último que quiere es hacer nada relacionado con el trabajo. Como cualquier ser cabal, sus horas de ocio parecen sagradas.
Evelynn sonríe para sí. Tardaría demasiado. Podría tentar un poco más la suerte si cabe, pero está fresco lo ocurrido en el pequeño restaurante. Se iría sin más.
De todos modos, sabe que puede dar vuelta la situación.
En cuanto asoma por la escalera, puede verlo concentrado en un librero. Ahí tiene, la carpeta en sus manos. La libreta debe estar en un bolsillo. Antes de echar una mirada a los arreglos florales al costado del mueble.
–¿Puedes identificarlas, cariño?
–Con suerte sé qué es una rosa y qué no lo es, señorita.
–¿Te gustaría beber algo?
–En realidad prefiero que vayamos al…
Se queda con la palabra en la boca. La reacción inicial esperada. Evelynn la disfruta con una sonrisa.
Es decir… ¿Cuántos matarían por tener ocasión de verla sólo con una toalla cubriendo tamaña perfección? ¿Cuántos tan siquiera fantasean hasta el punto del dolor con la sola imagen suya con el cabello húmedo sujeto en un rodete?
Ahora Jojo tiene la magnificencia de ese cuadro antes sus ojos y juraría que debe hacer un esfuerzo desproporcionado para mantener la carpeta entre sus manos. Y así como ha perdido el color de su rostro, lo ha recuperado de golpe y con creces.
–Se… señorita, qué… qué…
–Llegaste justo en medio de mi baño de espuma y como te aprecio tanto, no quise hacerte esperar.
Sabe que no puede quitar los ojos de encima. No tiene idea cuál es la versión oficial. De ser cualquiera, claro que lo haría esperar, pero sabía que esto pasaría. Que él llegaría puntual a la hora por ella exigida. Que su cabeza no alcanzaría a unir esos hilos. Que se quedaría tan perdido y al mismo tiempo tan… tan…
La diva saborea el momento. Ni siquiera ha hecho uso de su influencia. Sólo ha bastado su imagen, esa imagen, para noquearlo con contudencia.
–¿Qué pasa, cariño? ¿Es la primera vez que ves a una mujer con toalla? –Puede leer la respuesta en su cabeza, ya tiene preparada la réplica para…
–Oh no, es sólo que… –casi lo ve sonreír con cierta incomodidad, algo que no figuraba en sus cálculos–. Es usted, señorita, esto… no parece acorde a usted.
–Ay cariño, qué poco me conoces –el intento de mantener el tipo casi le provoca ternura, pero mantiene la mirada afilada–. En mi casa, en realidad… prefiero andar desnuda.
–¿Qué? –Pareciera que acabaran de darle un puñetazo en las costillas. Cosita…
–Es un pecado cubrir algo tan perfecto, ¿no te parece?
Lo tiene. Casi escucha la saliva que traga y la tensión de los músculos asiendo la carpeta. Juraría que se ahogará con su propia respiración. Ay, si supiera de cuántas formas se puede devolver la vida…
–Lamento no poder confirmarlo, señorita, hace mucho que no he ido a misa..
Y aún quiere seguir peleando… es casi admirable.
Va a dar unos pasos antes de escucharlo a él dejar escapar un pesado suspiro.
–Veo que no le falta nada aquí –observa el representante, echando una mirada vacía alrededor–. ¿Tiene cigarros?
Vaya, vaya, piensa la diabólica diva con cierto placer. Quién diría que el pequeño representante se tendría guardado ese lado suyo… y que sería la primera en contemplarlo.
–En ese cajón, tesoro, sírvete tú mismo.
No lo espera mientras ella camina con parsimonia hacia el sillón. Desde allí lo ve dirigirse hacia el mueble señalado y sólo voltea cuando tiene la cajetilla y el encendedor entre las manos.
Ahora es cuando aplica su influencia. No demasiada. Apenas lo necesario para doblegar su voluntad. Y una mirada. Eso es. No podrá resistir lo que vendrá después. Pero tampoco quiere que se convierta en un salvaje. No aún. Sólo parpadea, cruzada de piernas, antes de adoptar una postura más relajada.
–¿Por qué no te sientas? Ponte cómodo, Mariachi.
Es casi automático. Hay poca voluntad en sus movimientos. Maravilloso. Tal vez se permita aplicar un poco más de influencia. Eso es. Se sienta frente a ella con la carpeta en el regazo y sin soltar los cigarros.
–¿Tuviste muchas dificultades para llegar?
–Es un… entorno llamativo –responde el representante. Puede sentirlo. La boca seca. El aire hecho polvo en su tráquea. Debe estar cerca de la súplica–. La verdad… sus indicaciones fueron muy claras.
–Cuánto me alegro –sabe que una risa suya puede remecer hasta la última fibra de cualquier ser–. No me habría gustado que me hicieras esperar.
Por supuesto que es incapaz quitarle los ojos de encima. ¿Quién podría tan siquiera lograr semejante hazaña?
Podría dejarlo ser. Podría dejarlo marchar. Ir directo al grano, pero… en verdad lo quiere así.
Sentir que tiene ese control sobre cada una de sus decisiones es tan…
¿Qué podría pedirle primero? Hay tantas… tantas posibilidades y apenas están comenzando…
¿Sería ridículo pedirle que cante? Al menos una vez antes de…
Sí, piensa la diva complacida, ¿por qué no? Ya tuvo chance de escucharlo una vez, sin quererlo claro, pero tuvo esa oportunidad y tampoco es que fuera algo destacable, pero… sigue ahí, en su cabeza, y tanta importancia tiene que ha sido lo primero que ha desfilado por su mente, eso antes que cualquier otra cosa…
Pero por supuesto que lo quiere todo. Con menos no se conformará.
Nadie podría imaginar, tras esa fachada calculadora, el germen de una personalidad impaciente.
En realidad, tanta impaciencia para ella misma es una sorpresa.
Es difícil que él pueda percibirlo. Está demasiado ocupado doblegándose a su voluntad.
Qué carajos. Es imposible que él note lo que pasa por su cabeza. La manera en que la ansia la devora. Lo mucho que se deleita ante la sola perspectiva de concretar la cacería.
Y puede que sea el cúmulo de emociones el que descontrole en buena medida su propia influencia. Alcanza a ponerle atajo.
No hace falta ir tan lejos. Lo quiere consciente. Quiere que sepa lo que hace. Que desate lo más profundo y que haga lo que, sabe, está deseando desde lo más profundo.
Lo sabe porque…
Cielos. ¿Cuánto hace de la última vez que ha deseado tanto algo?
No, piensa ella de inmediato. Algo no. No es precisa esa palabra tratándose de todo esto.
¿Habría sido más sencillo de no haberlo oído cantar? O de… no ser él, maldita sea.
Tampoco es como que le tomara demasiado tomar la decisión.
Marcar su nombre. Es tan simple y a la vez…
¿Desde cuándo ha tenido que darle tantas vueltas a algo así?
–Tiene… un hogar encantador, señorita –comenta el representante con notoria dificultad. Evelynn, ante el comentario y la actitud del joven, sonríe con cierta dosis de malevolencia.
–Uno de mis tantos hogares, cariño, aunque debes saber que no has visto más que una parte.
–¿Ah sí?
–Lo mejor de estas paredes… oh, podría robarte el aliento tan rápido…
Lo ve sonreír. Una sonrisa amplia. Como nunca la ha visto siendo él. Tal vez sea la falta de público… tal vez la expectativa también bulle en su sangre… debe saberlo y debe sentirlo tanto como ella…
Ve sus dedos tanteando la cajetilla… el encendedor sobre la carpeta en su regazo…
–¿Se puede aquí encender aquí, señorita? –La pregunta del representante le arranca una discreta risa antes de llevarse un par de dedos al borde de la toalla, tan cerca de su cuello alargado.
–Por favor, cariño, si no fuera así… no te habría dicho dónde encontrarlos en primer lugar.
Lo tiene decidido. Lo piensa mientras lo ve sacar un cigarro de la cajetilla y llevárselo a los labios. El solo gesto también eleva su deseo un poco más. Tiene dificultades para accionar el encendedor, pero ni bien lo hace, la llama ilumina el extremo del tabaco un largo rato.
Escapan volutas de humo. Él parece aspirar con fuerza para asegurar la primera bocanada. Para encenderlo con el aire un poco más.
No le dará tiempo para consumirlo entero. Ni siquiera la mitad. El ansia se hace presente en la demonia y si en algo no miente, es en lo mucho que odia esperar.
–Sabes cariño, me sorprendes –la mira de reojo, aún con el cigarro en los labios. Le sonríe con descaro y seguridad–. No sabía que fumaras.
–Y no lo hago, señorita.
Antes de que pueda asimilar la respuesta, lo siente.
Es extraño. La potencia que parece manar del sonido. Después de todo, no es que sea muy grande.
Pero ahí está. Y la imagen se aclara en cuanto parpadea.
Mariachi ha vuelto a perder el color. De hecho, su expresión se tensa en un grito que lucha por contener. No deja de mirarla, pero el reflejo del deseo que ha despertado ella ha desaparecido. Todo lo que hay en lo profundo es la forma más concentrada de desafío.
Todo mientras hunde el pitillo encendido en el centro de la palma izquierda abierta de par en par.
–Qué… qué estás…
Calla. Mariachi sigue presionando la brasa hasta que parece seguro de haberla apagado contra su piel. Mana un ligero olor a carne chamuscada y él parece mareado de pronto ante la súbita y horrible oleada de dolor que él mismo se acaba de inducir.
–Cree… ¿Cree que no puedo distinguir su influencia, señorita?
Por supuesto. Lo sabe. Su verdadero poder. Esa capacidad…
Se va a levantar, pero él se le adelanta. Con un gesto violento, lanza la carpeta sobre el sillón que él mismo acaba de abandonar. Sabe que podría liberar su poder al máximo, pero la herida sigue fresca y el padecimiento parece ser horrible, porque los ojos del representante alcanzan a humedecerse, pero no ha perdido una pizca de la súbita dureza.
De hecho, es tal el impacto que Evelynn no atina a moverse. De hecho, las palabras se le atoran en la garganta.
–Nunca… nunca vuelva a hacer eso, ¿me oyó? Nunca más… se atreva a hacer algo así.
–¿O qué? –De algún lugar vuelve la confianza. La necesaria para adoptar una postura aún más relajada y provocadora. Para soltar en parte la toalla–. ¿Vas a quemarte la otra mano para escapar de mí?
–Cada maldito dedo si hace falta –no. No es sólo la rabia y Evelynn lo sabe. El desgraciado va muy en serio–. De todos modos, ésta será la última vez que estemos cerca.
–Eso no te salvará, cariño, lo que quiero… lo obtengo.
–Se lo dije una vez y se lo repito: Soy el representante, no el juguete de turno.
–¿Por qué ese empeño en escapar, Mariachi? ¿Has pensado que tal vez te convenga lo que te quiero ofrecer?
–Si solo piensa en lo que quiere… dudo que algo así me pueda interesar.
Ni siquiera espera la réplica. Para cuando parpadea, puede escuchar el portazo que confirma su escape.
Debería sentirse… furiosa, sí. Como nunca en la vida. Después de todo, toda lógica acaba de ser aplastada y lo imposible ha tenido lugar frente a su propia nariz. La posibilidad inexistente se ha materializado. La negativa, ni más ni menos.
Y así y todo, cuanto alcanza a sentir es…
Una forma de euforia tan… tan grande…
Por descabellado que parezca, no se siente rabiosa. Ni tan siquiera decepcionada.
Está encantada.
De alguna manera, el representante ha satisfecho sus expectativas. Y con creces.
El maldito es un kamikaze, piensa la diva con una extraña fascinación.
Pero en algo acaba de equivocarse: Está muy lejos de ser un juguete de turno.
De un juguete te cansas. ¿Pero quién podría cansarse de alguien así?
Una vez en sus manos… no cree que sea capaz de soltarlo.
–Pensé que encontrarías mejores formas de matar el tiempo.
En vez de presumir del filo de su lengua, la diva sólo le dedica una sonrisa irónica antes de entrar.
Ha pasado bastante desde la última vez que pusiera los pies en la majestuosa casa de su líder. Porque sí. Contrario a lo que pueda concebirse en los amarillistas medios, lo cierto es que Evelynn respeta el liderazgo de Ahri. En realidad, respeta todo lo que su figura representa y ya puestos a hablar con franqueza, no cree que haga daño reconocer que puede cruzar fronteras laborales con la cantante y hablar perfectamente de amistad.
Después de todo, de algo tiene que servir que pensara en ti antes que en alguien más para dar comienzo a lo que parecía una locura. Una locura que las ha puesto en la cima de lo más impresionante.
–Me sentía sola, cariño –reconoce al fin la diva, logrando levantar las cejas de su anfitriona.
–Y no podías…
–Hay clases de soledad que se resienten a los… métodos tradicionales.
A juzgar por esa leve curva en los labios de la vastaya, la entiende sin mayor esfuerzo. Así que ni siquiera hace falta que lo ofrezca, Evelynn ya se ha puesto cómoda.
Siempre ha amado esos sillones.
–¿No has tenido problemas en llegar?
–Tranquila, conozco caminos despejados.
Aunque eso no la habría salvado de no haber pisado a fondo el acelerador. Las protestas han crecido y después del último tiroteo…
–Taric habló de mover nuestra base de operaciones –comenta Ahri, casi leyéndole el pensamiento.
–Pues ahora mismo suena muy tentador –replica Evelynn, permitiéndose estirar las piernas frente a su amiga.
–¿Tienes alguna sugerencia?
–En un comienzo pensé en Hong Kong, pero…
–Tampoco es como que la situación sea mejor que aquí.
–América o Asia.
–De Asia estás pensando en…
–China o Singapur.
–La primera alternativa suena interesante; y América…
–Ya sabes, Estados Unidos o México.
–Vaya, ¿México? –No es que a Ahri no le agrade el país, pero tratándose de Evelynn… bueno, la posibilidad resulta curiosa por decir lo menos–. ¿Alguna razón en particular?
Tiene que contemplar a la diabólica diva apoyar el codo en uno de los brazos del sillón y el mentón en ese puño. Tiene que verla echar una mirada a la enorme ventana más cercana antes de esbozar una sonrisa casi melancólica. Tiene que perder, ante sus ojos, ese aire de arrogancia y convertirse casi en una chiquilla triste. Incluso así, Evelynn se toma su tiempo en responder.
–Te sorprendería, cariño –y antes de que la líder pueda inquirir, la diva continúa perdida en su ensoñación–. El Paseo de la Reforma… la Catedral Metropolitana… las trajineras en Xochimilco…
–Eve… ¿Desde cuándo tú…?
–Y Plaza Garibaldi… y sus mariachis…
Al perderse la última sílaba, Ahri termina de comprender.
Y si se levanta a buscar algo para beber, incluso sin preguntarle a Eve, es porque necesita mantenerse ocupada. Poner en orden sus propios pensamientos antes de tan siquiera plantearse volver por ese derrotero. Porque no hay una escapatoria.
Porque la jodida verdad es que no sabría hacía dónde llevar las cosas.
Sabe que la diva disfruta especialmente el néctar de frutos rojos, pero ahora apenas si le acepta el vaso antes de permitirse un discreto sorbo y permanecer con él entre las manos.
–Por muy bonito que sea… no creo que a Riot le parezca una buena idea –comenta Ahri, más para romper su propio silencio. Más para demostrarse que es capaz de hablar.
–Sí, ¿verdad? –Ni siquiera parece convencida. O concentrada al menos. En cambio, la diva sigue mirando a la ventana mientras el vaso aún espera viajar hasta sus labios–. Crees… ¿Crees que decidió volver allá?
–Tal vez nunca vivió allá –medita Ahri, decidiendo que permitirse un sorbo de néctar de naranja será mejor más adelante–. Tal vez su madre lo llevó sólo de visita.
–¿Cómo sabes que su madre…?
–Él me lo dijo –Ahri, ante el desconcierto de Evelynn, se limita a sonreír con sencillez y encogerse de hombros–. Hace mucho que me lo dijo, en realidad.
Cuando aún era soldado, contiene Ahri de decir. El único dato que se permitió soltar. Una forma de explicar otros detalles. Bien podría haberse tratado de una deducción sin más, pero Ahri no siente ánimos de mentir.
Es la primera vez que lo mencionan. La primera en casi tres semanas. La primera desde que les comunicaran en la agencia.
Sin tener la decencia de dar la cara… o de haber contestado alguna de las llamadas o mensajes que ahora recuerda Ahri haberle enviado durante esa bendita fiesta, mientras estaba…
Dios… ¿Qué le habría dicho de haber contestado? Quizás alguna tontería. ¿Se habría arrepentido?
–¿Qué crees que esté haciendo? –Es la pregunta que lleva rondando en su cabeza y es el incentivo para Evelynn. El asomo de una sonrisa arrogante curva sus labios.
–Te puedo asegurar que ninguna oportunidad puede superar la que ha tenido con nosotras.
–Tal vez nunca se trató de algo mejor.
Y Evelynn cree entenderlo. Pero aún así, aceptar que todo se ha reducido a una puñalada y tres disparos…
Y esas constantes pesadas jugarretas…
Y cuántas bofetadas habrá recibido…
Y las rabietas, por supuesto. Qué saca ahora con intentar negarlas si siempre estuvieron ahí…
–Parecía que nos aguantaba bien –comentó la diva, intentando sonar segura tras ese hilo de voz.
–Ese tonto… ¿Puedes creer que una vez prefirió los fideos instantáneos antes que ir a comer conmigo? –Ahri ni siquiera se detiene a contemplar la expresión de su compañera antes de soltar una risita–. "Me gusta comer callado, señorita", grandísimo bruto, ni que hablara tanto.
–Bueno, no te sientas la única, no sé si no le gustaba beber de verdad o todo se reducía a que temía estar cerca de mí –la expresión de la líder ante el comentario de la diva mezcla diversión y duda–. Imagina una noche libre con él encerrado en esa cosa que él llamaba oficina y yo ofreciéndole ir a un fantástico club a beber una copa, ¿y sabes lo que me dijo? "Gracias señorita, pero prefiero mis maneras para relajarme".
–¿Y se quedó ahí?
–Escuchando boleros.
Es inevitable. La sola idea desata la risa de la líder y contagia a la demonia. Tiene que incluso dejar el vaso en la mesita de centro para poder concebir que quedarse en ese espacio reducido escuchando boleros pueda considerarse una forma apropiada de relajo, sobre todo a esas horas.
Claro que la risa nunca ha durado demasiado en Evelynn y esta no es la excepción. De hecho, se podría decir que esta vez que es breve en extremo. La melancolía, de hecho, no tarda en regresar. Como si nunca se hubiera ido en realidad.
–Quiero odiarlo –termina confesando la demonia, para sorpresa de la líder–. Ni siquiera deberíamos estar hablando de él, pero… cuando quiero pensar en sus tonterías para detestarlo… incluso me… me…
Su voz se pierde. Reconsidera y recupera el vaso. El sorbo es más largo esta vez.
–Si crees que es una estupidez, cariño, puedes…
Calla. Porque ver a la líder… a esa amiga suya intentando sonreír mientras esconde una lágrima es algo tan… tan…
No se atreve a mover un dedo. Si tan poco le importa ahora mostrarse así… qué otra cosa podría significar sino…
–Yo lo odio –confiesa Ahri con voz débil, sabiendo que el jugo no aflojará la presión de su garganta–. Te puedo dar muchas razones, pero… si debo quedarme con una… sería porque me hace extrañarlo sin saberlo y… no puedo odiarlo más de lo que ya lo extraño…
–Ahri…
–Pero… quizá lo hicimos todo mal desde el principio, ¿no? –Es admirable que, a pesar de todo, siga intentando sonreír–. Tampoco… es como que le diéramos todas las razones… para quedarse, ¿o sí?
–Quizá no… no le habría parecido una buena idea desaparecer así si… si no…
Es ridículo, piensa Evelynn escondiendo los ojos tras su mano.
Ha hecho llorar a tantos… suplicar… casi arrastrarse, reducidos al estado primario de patetismo por una sola mirada suya.
Y ahí está ahora. Apenas capaz de lidiar con la ausencia de un cretino que prefirió quemarse la mano antes de escabullirse con ella.
El primer cretino en el que pensó en su borrachera de la fiesta para enviarle mensajes… para llamarlo…
Conque… así se siente una llamada perdida, ¿eh?
–Voy a encontrarlo –sentencia Ahri, sobresaltando ligeramente a la demonia, quien la mira con perplejidad–. Y tendrá que oírme, lo quiera o no.
–¿Estás…?
–A mí… a mí no me hará esto dos veces sin que me las pague –se permite incluso esbozar una pequeña sonrisa satisfecha que Evelynn no recuerda haber visto demasiado–. Él no tiene idea de quién soy.
Sí, piensa Evelynn.
Porque lo piensa, pero no lo dice en voz alta.
Él tampoco tiene la más mínima idea de quién soy.
Pero no sabe si podría decirle algo así a Ahri.
No, tal vez sea mejor que no lo sepa. Aunque sea muy probable que adivine sus intenciones.
Por mucho que parezca, en realidad, la máxima estupidez… qué demonios, qué importancia podría tener eso ahora que lo que menos tiene es algo que perder al parecer…
Porque en parte, ella misma también lo odia. Porque por nadie más ha pensado jamás en hacer tamañas tonterías. Pero más le vale hacerse responsable.
Y es que la próxima vez, piensa Evelynn… la próxima vez de nada le servirá quemarse la mano.
El ritmo de hoy es urbano. Hará un tiempo que lo ha dejado olvidado. Retomarlo requiere de un calentamiento muy exigente.
Así que se ha empeñado a fondo y ya está sudando cuando deja correr la música y encadena los primeros pasos de la coreografía que tiene pensada. Por supuesto que es la primera versión y a medida que contempla su propio reflejo, sabe que le falta mucho por pulir.
Alcanzar la fluidez, dejar de lado la rigidez inicial… más que divertido, resulta maravilloso. El sentir cómo su cuerpo se termina de acoplar a las notas y crea su propio lenguaje.
Y a medida que avanza, la concentración se solidifica al punto que no sabe cuándo él ha aparecido, permaneciendo apoyado en el umbral.
No se detiene. Por mucho que le causa una inexplicable vergüenza que la vea en ese proceso. Tiene un grado de absurdo descomunal si tienes en consideración que el mismo día de la declaración no hallaron nada mejor que….
Sabe que está sonriendo a pesar de la abstracción. Que el calor de su cara poco y nada tiene que ver con la intensidad de la actividad física. Y que él no moverá un solo músculo hasta que llegue al final de la pieza.
La misma, de hecho, se le antoja inusualmente larga. De manera que, cuando deja de sonar, no puede evitar sentirse un poco desorientada, por mucho que haya alcanzado la posición deseada.
Se toma unos segundos para recuperar el aliento antes de enderezarse y echar una mirada al representante. El mismo que no se ha movido del umbral.
–¿Y?
–¿Y? –A Jojo parece causarle gracia y sorpresa su cuestionamiento.
–Esperaba un aplauso de tu parte.
–Eso parecía una… versión inicial, ¿no es así? –Duda que lo haya notado, más bien está adivinado y hoy ha tenido la suerte de acertar–. Creí que… pensarías que no sé nada y… que adularte así sería meter la pata.
–Vaya, ¿ese concepto tienes de mí? –Le dedica una sonrisa amenazante a la que él responde con una risita.
–Ya me han dicho suficientes veces lo poco que sé de todo por aquí.
–Eso le dicen a mi representante –la bailarina acorta la distancia, ya sólo los separa metro y medio–. Yo quiero saber qué dice mi novio.
Al muy tonto aún parece costarle trabajo sobreponerse. De hecho, no puede disimular el leve enrojecimiento. Es gracioso en más de un sentido, pero Kai'Sa intenta contener la risa. En verdad quiere escuchar lo que tenga que decir, lo que parece costarle trabajo articular.
–¿Tienes novio? ¿Cómo es ese estúpido?
–Veo que estamos de acuerdo en algo.
–¿Y qué crees que diga tu representante? ¿Crees que le gustará saberlo?
–No lo sé, tal vez diga que es un problema, pero… él mismo ya es mi problema.
Puede sentir su nerviosismo cuando acorta la distancia y se apega a él agarrando su corbata. Es tan divertido… no importa cuántas veces lo haga, siempre le toma lo suyo encontrar las palabras para poder… para intentar explicar la situación misma. Como si hiciera falta algo más…
–Kai… no… ¿No deberíamos ser…?
–¿Discretos? –Suelta una suave risa antes de acercar los labios a su oreja–. ¿Se te olvida dónde me pediste ser tu novia?
–Una oficina es un poco diferente de…
–Además… aún no te he escuchado.
–¿Qué cosa?
–¿Qué dice mi novio sobre lo que vio?
Lo escucha suspirar antes de deslizar con timidez un brazo alrededor de su cintura. Casi adivina el movimiento de la saliva entre la lengua y el paladar. ¿Solía pensar antes tantas estupideces juntas?
–Soy el público menos objetivo –de los labios de Jojo, aquello más se aproxima a una confesión–. Si te digo que más perfección no te puede caber… ¿Me creerías?
Si ya le ha costado decir cualquier cosa así, Kai'Sa sabe que ese beso lo aturdirá por el resto del día. Aunque no dure demasiado. Aunque deba tirar de él para que termine de entrar en la sala de ensayos antes de cerrar tras ambos.
–¿Qué te dice eso? –Le suelta la bailarina, sin soltarlo.
–Que tal vez… ¿Te lo pienses?
Sonriendo lo suelta y vuelve al equipo de música. Más que nada quiere darle espacio para ponerse cómodo. Acaba de reparar en la guitarra que le cuelga del hombro. Eso explica que haya usado con ella sólo un brazo.
–¿Y eso?
–La traje para cambiarle las cuerdas –el hombro del representante parece agradecer que decida dejarla apoyada en una pared–. Si no la tocas regularmente… bueno, se estropea.
–Así que… ¿Sabes tocarla? –Sabe, por su expresión aturdida, que cree haber hablado demasiado.
–No tanto, te diría –masculla con timidez–. Además… he perdido la práctica, hace mucho que no…
–Muéstrame –acto seguido, Kai'Sa se sienta en el piso de piernas cruzadas, sin dejar de mirarlo–. Me viste bailar, creo que es lo justo, ¿no?
Ahí va otro suspiro antes de decidirse a abrir el estuche y sacar el instrumento. Parece tener años de uso, pero en verdad luce bien cuidada. Mientras gira un poco las clavijas y arranca un par de sonidos de las cuerdas, se sienta frente a ella a un metro más o menos, como temiendo lo que pueda provocar con eso.
–Y… ¿Qué quieres escuchar?
–No lo sé… lo que te parezca más sencillo.
Eso parece bastar. Porque una vez ha terminado de afinar, se decide a arrancar las primeras notas.
Y tampoco es que sea la gran cosa. Sabe que no desafina. Conoce esa canción. Una de tantas en español que le gusta.
Y él, más que cantarla, parece recitarla por momentos mientras intenta no perder el hilo de las notas, como si le costara trabajo cantar y tocar a la vez.
Pero lo que le llega no es una hipotética habilidad. Todo él habla de dificultad.
Es sólo que…
Tiene algo. El hecho de que le pida que viva con ese loco perdido que la quiere. El que le esté confesando que si le falta su presencia, se perdería buscándola… que cerraría su vida, ese libro blanco que es su vida…
Porque estaría perdido sin ella… que no lo deje solo, que se quede en su casa porque… sin ella le falta todo… que sin ella no queda nada…
Quedarse cada noche… soñarlo en la luna…
Besarlo poco a poco, no sea que muera…
Más que terminar, parece que su voz se apaga en una súplica.
Y tiene que abrir los ojos. Así de alta ha sido la dificultad.
Él mismo parece no poder creer lo que acaba de hacer.
–Lo siento –murmura con voz enronquecida. Una voz que no está del todo acostumbrada a cantar–. Hace… hace mucho que no…
No lo deja continuar. Con dos movimientos que parecen uno, lo obliga a callar. Porque antes de que pueda procesar el hecho de haberle quitado la guitarra y dejarla a un lado, debe asimilar que ella se ha sentado a horcajadas sobre su regazo.
Y lo abraza. Sólo lo abraza. Y lo aprieta. Porque no quiere que la vea así. No quiere que note cuánto le ha afectado. Porque siente que la ha visto llorar demasiadas veces.
No, carajo, no es ninguna llorona, es sólo que…
Todo esto es… es tan grande…
–¿Kai?
Sabe que su respiración puede delatarla, pero lo ignora. Sólo se aferra a él con la fuerza que le queda después de un ensayo tan intenso. Sólo cierra los ojos e intenta convecerse de la realidad a través del tacto… del olfato…
–Estás… ¿Estás bien?
Si se llega a reír, lo que lleva conteniendo terminará de delatarla. Pero… el muy cabrón lo está haciendo tan difícil…
Él sólo atina a devolverle el abrazo. Es mejor así. A veces es tan torpe… cómo es que no puede tan siquiera imaginar…
Pero ahora mismo es mejor así. Que mantenga cerrada la boca. Que no le pida poner en palabras lo que a ella misma parece abrumarla.
La ha llevado tan lejos de la Tierra… tan lejos… tan alto y tan rápido…
Y calla. Porque teme que suelte su mano si se lo dice. Teme que la deje caer porque si a ella misma la abruma esa súbita certeza…
Cabrón… tú no me dejes sola.
Sin ti… sin ti me falta todo.
De Kai'Sa siempre ha admirado muchas cosas, para qué detenerse en una en específico.
Sin embargo, si tienes la oportunidad de contemplar el alcance de su flexibilidad, ¿para qué protestar?
No es que Sivir se encuentre en un pésimo estado físico. Muy por el contrario, se sabe la envidia de medio mundo, pero incluso ella, con todo su entrenamiento, no llega a los límites que alcanza su amiga en lo que parece ser un calentamiento de rutina previo a una rutina de baila extenuante.
Es decir… ¿Cuántos años de práctica necesitas para poder levantar su pierna por sobre tu jodida cabeza, mantenerla apoyada en una pared y permanecer ahí por largo rato como si nada pasara?
No importa cuántas veces lo vea. No es inmune a la impresionante estampa.
Aunque… todo iría un poco mejor si no fuera porque de buenas a primeras… siempre y cuando seas capaz de pasar por encima de la impresionante imagen… por supuesto que Kai'Sa luce cansada.
Muy cansada en realidad.
–¿Puedes bajar al reino de los mortales y recordar que tienes una amiga?
El burlón comentario hace que la bailarina resople y abandone la posición. Se estira un poco antes de caminar hacia la recién llegada.
–Ya te oí, pensé que podrías esperar un poco.
–Lo haría si no tuviera la absoluta certeza de que has estado haciendo esto las últimas… tres horas como mínimo.
–Necesitaba despejarme –masculla en respuesta Kai'Sa, arrancándole una sonrisa triunfante a Sivir.
–Pues si lo que quieres es terminar en cama despejándote… vas por buen camino –echa una mirada al lugar antes de soltar un silbido–. Así que… ¿Este es tu refugio?
–Cuando el trabajo me lo permite.
–¿Viniendo a trabajar más?
–Sabes que esto es mucho más que trabajo para mí, Sivir.
–Hasta lo que más amas puede ser un tormento si no te mides –debe estar en un extremo de la realidad bastante descontrolado como para permitirse soltar semejante perla de sabiduría o al menos eso es lo que le dice a Sivir la mirada perpleja de la bailarina–. Tampoco vengo a ofrecerte demasiadas alternativas, mi niña, así que decide: O me tienes aquí quebrando tu sagrada concentración o me acompañas y te enseño que lo que es despejarse de verdad.
Aunque resopla y se cruza de brazos, Kai'Sa consigue esbozar una sonrisa.
–Tendrás que esperarme, no puedo salir así.
–No pensarás que eso me espantará, ¿verdad?
Tampoco es que a Sivir le moleste sentarse en el piso de la vacía sala de ensayos de esa pequeña academia de baile mientras espera asumiendo que Kai'Sa se estará dando una ducha rápida antes de cambiar la ropa de deporte por algo casual. Podría quedarse dormida y eso no sería un problema, qué mejor que dejar correr el tiempo con libertad y llegar al punto al abrir los ojos.
Por mucho que… pueda parecer que se tarda tanto…
No quiere ir tras ella y sacarla de las duchas, pero… lleva experimentando el mismo sentir desde que acordaran reunirse hoy…
–¿Entonces? ¿Nos vamos?
Su voz la sobresalta. Ahí está, justo con la ropa casual que imaginó. Y aunque no ha debido de entrar en los camerinos, Sivir no puede sacudirse de encima la sensación de que algo no marcha bien con la bailarina.
No es que Kai'Sa sea la bailarina más habladora del planeta, pero… hay silencios y silencios, piensa. Y a veces dices más de lo que imaginas manteniendo la boca cerrada. Tiene su gracia. Al final evadir cuesta más de lo que imaginas. Y a veces tu esfuerzo te delata.
No es que estés rogando por ayuda de un modo consciente. Es que no puedes evitarlo.
A veces ese algo es más grande que tú. No más fuerte necesariamente. Pero sí lo bastante gritón como para derivar en la imposibilidad de hacer oídos sordos.
Y aunque todo aquello no diste demasiado de un día normal junto a Kai'Sa, Sivir sabe que hay algo. Un elefante en la habitación, un fantasma, una piedra en el zapato o una espina clavada. Le puede dar tantos nombres dependiendo del grado de molestia que pueda causar…
Pero ni aún con eso en mente se puede explicar que termine llevándola a Jungri Sports Park y su colorida vegetación acorde a la fresca estación.
Donde tiene la impresión de que la bailarina está desprovista de los colores de la realidad.
Como un borrón. Una mancha.
Con las manos aferrando el café que ha comprado en el camino. Apenas soplando el vapor que mana del vaso.
–No te veía desde la fiesta –comenta Kai'Sa, poniendo fin al silencioso paseo.
–He estado ocupada –la típica excusa, se reprocha Sivir. Tampoco es que haya otra, la verdad, pero es lo que es. Y pretender resumirlo no parece apropiado–. Me gusta aprovechar cada vez que paso por la ciudad.
–¿No te cansa viajar tanto?
–Mira quién lo dice.
–Por eso te lo pregunto.
–Bueno… siempre intento detenerme un poco más y no dudo que… ya sabes, que llegue un día en que pueda pisar el freno más tiempo sin que tenga que mirar el reloj.
–¿Eso es lo que en verdad quieres?
–Creo que todos queremos descansar en el fondo –Sivir se permite un sorbo de su propio café–. Que podamos tomar esa decisión y no que no nos quede de otra.
–Entonces… ¿Te sentirías tranquila descansando?
–Es probable que no, pero… no puedes negar que tiene cierto encanto poder… retomar la rutina cuando tú quieras –la bailarina asiente con aire ausente. Sabe que no tiene demasiadas chances y la delicadeza no es que no sea su fuerte. Es que retrasa las cosas sin necesidad. Alguna ventaja debe tener una amistad duradera–. ¿Cómo está tu padre?
–Disfrutando de esa paz, ¿qué te parece? Te envía sus saludos.
–Encantador –sonríe para sí. Calcula el riesgo y cuenta hasta cuatro. Cuando ha alcanzado el límite, toma el riesgo–. ¿Y tu novio cómo está?
Es automático. Por mucho que Kai'Sa eche mano de todo su autocontrol. Que poco no es.
Pero quién podría controlar la palidez propia. En cambio, sí podría no mirarla como si acabara de soltar una barbaridad equivalente a… a cualquier cosa, que nunca ha sido buena con las analogías y no es el momento para empezar a practicar.
El caso es que podría haber ganado algo de tiempo de no haber torcido el cuello con tal brusquedad, mirándola sin atreverse a parpadear y con la boca entreabierta. Cielos, a veces la chica es tan fácil de leer…
–De… de qué estás…
–Me escuchaste la primera vez, Kai, creo que no hace falta que te lo repita.
–Pero… pero… cómo… cómo tú…
–¿Cómo lo sé? –Sivir echa la cabeza atrás, soltando una risita breve y burlona–. No creo que quieras saber eso.
–Sivir, en serio, cómo tú…
Sabe que la bailarina no espera ese suspiro suyo ni menos que saque el móvil. Ni siquiera es que tenga que buscar demasiado. El vídeo es de las últimas cosas guardadas y casi salta como una suerte de bienvenida.
Así que Kai'Sa no tarda en verse grabada, sentada en el piso, en el fondo de un baño amplio, aturdida y furiosa mirando un móvil mientras de fondo se puede escuchar el escándalo amortiguado.
‒Eh… Kai…
Es la voz de Sivir al tiempo que la toma se acerca. Incluso parece bajar. Como si la portadora de la cámara, su amiga por supuesto, creyera necesario acuclillarse para hablarle a la altura.
‒Kai, oye…
‒No me contesta ‒escucha que masculla su versión filmada y ebria.
‒¿Disculpa?
‒Le he… mandado mensajes… y… le he llamado y… no me contesta.
‒Bueno… es muy tarde, Kai, seguro que estará durmiendo.
‒Me… me tiene que contestar… es… es importante…
Puede verse cambiando de estrategia en la grabación. Ahora marca el número y espera con el móvil pegado a la oreja. Después de un rato, corta y mira con rabia el aparato.
‒Kai… entiende que… esa persona…
‒¡Es un idiota!
Un movimiento brusco de cámara. Parece que Sivir ha esquivado algo. Kai'Sa, ebria como está en la filmación para su bochorno, ha encontrado las fuerzas para lanzar el aparato. Puede escucharse el estruendo que causa el mismo al hacerse añicos contra la pared.
‒Kai…
‒Se… no… ¡Soy su maldita novia! ¡No puede ignorarme así!
Unos segundos de silencio. Asume que la Sivir del vídeo intenta sacudirse la perplejidad.
‒Querida… ¿No crees que exageras?
‒Sólo… ha hecho el amor conmigo ‒a pesar de la niebla de aturdimiento alcoholizado, la bailarina del vídeo compone una sonrisa arrogante que lo queda para nada‒. Le quité su castidad… jodido monje… es sólo mío, ¿me oyes?
‒Kai…
‒Yo… te quiero mucho, Sivir, pero… si le llegas a poner un solo dedo encima…
‒Lo entiendo, tranquila, ni siquiera…
‒Lo marqué… es sólo mío, nadie… nadie puede verlo ni nada…
‒Pero… estará cansado, Kai…
‒¡No puede cansarse de mí!
‒Ya fue suficiente, corta esto.
Es Kai'Sa del presente. En el parque y con el café. Ha enrojecido hasta la raíz del cabello y Sivir aún no entiende de dónde saca las fuerzas para no largarse a reír.
‒Después de eso me pediste el móvil ‒comenta Sivir, cortando la filmación y retomando la marcha‒. ¿Cómo es que te sabes su número de memoria? Asumiendo que hayas marcado correctamente, pero el caso es que tampoco contestó y te pusiste a llorar, tuve que arrastrarte para salir de ahí…
‒¿Cómo que no recuerdo todo eso?
‒Querida, todos superamos nuestros límites esa noche, dudo que hayas visto la mitad de lo que tuve ocasión de ver a la mañana siguiente… es decir, Dios mío, espero que tu compañera haya contratado a un ejército para limpiar el desastre que quedó, de otro modo…
La voz de Sivir se va apagando a medida que contempla cómo el enrojecimiento de la bailarina se apaga, al igual que su mirada. Para que la vergüenza se le haya diluido de ese modo…
‒El caso es… que terminé enterándome de tu sucio secreto, pero tranquila, no te cobraré sentimiento siempre que sepas compensarme poniéndome al día ‒porque debe haber una gran historia, piensa Sivir, pero se contiene. No quiere sonar curiosa en extremo‒. En realidad me gustaría saber…
‒Terminamos.
Dios, eso ha sido tan rotundo que a Sivir no le extrañaría que un puñetazo en la mandíbula pueda aturdirla casi lo mismo.
Busca asomo de humor en el rostro de su amiga. Nada. Ni una maldita pizca. Es cierto. Pero tanta aflicción…
‒Cómo… cómo es…
‒Terminamos, Sivir, ¿contenta? ‒El sorbo siguiente debe de estar hirviendo, pero Kai'Sa ni se inmuta ante la temperatura‒. Y mientras menos hablemos de este tema…
‒Ése es el problema, Kai, no has hablado nunca nada de eso.
‒¿Y? Ya te dije que…
‒Si fue más o menos cuando te grabé… no es que haya pasado tanto ‒Sivir busca la mirada de su amiga. La mirada apagada de la bailarina‒. Y… aún te duele, ¿verdad?
‒Sivir… por favor…
‒Ese idiota te hizo daño, ¿no es así?
‒Sivir, basta, esto…
‒Al menos dime quién es, lo encontraré y le partiré la cara.
‒No harás nada, no debí decirte para empezar…
‒Kai'Sa, ese cabrón te hizo daño.
‒No es cierto.
‒Estás mintiendo ‒y es tan grande la certeza de Sivir que sólo puede sentir la rabia crecer desde lo más profundo‒. El muy cabrón te lastimó y lo voy a hacer pagar…
‒Él no hizo nada, Sivir.
‒Te creería si no parecieras tan destrozada ahora mismo.
‒No es así…
‒¡Cómo que no! ¡Te conozco, Kai! ¡Y sólo estarías así si ese hijo de…!
‒¡Fui yo!
Bien. Lo ha conseguido.
Tampoco es que buscara un grito así de lastimero por parte de la bailarina. Menos que las lágrimas brotaran sin más. Pero es lo que ha obtenido. Bravo.
Y más allá de la sorpresa, Sivir no puede evitar sentirse más miserable de lo que nunca se ha sentido. Por mucho que ahora sólo quede una pregunta en su cabeza:
‒¿De qué estás…?
‒Él… él se fue, Sivir ‒articula Kai'Sa con voz trémula, secándose la cara con la manga de la sudadera‒. Yo… fui yo quien lo dejó… la que no quiso escuchar razones… la que… la que dijo todas esas cosas horribles y… y la que al final… quiso volver cuando… cuando ya era tarde…
‒Kai…
‒Pero… estaba tan… tan enojada con él ‒más que ser una buena razón, la bailarina, en su pena, parece intentar explicarse algo‒. Y ahora… ahora sólo tengo que conformarme con que… Dios, esto… esto es…
‒Niña… ‒pero qué más añadir ahora si todo lo que queda es el reflejo de la impotencia que intenta sonreír.
‒Perdona, Sivir ‒articula Kai'Sa con una pobre imitación de su voz‒. Estoy… estoy dando un espectáculo y…
‒Tan tonta que puedes ser ‒consigue decir al final la aludida, poniendo la mano libre sobre el hombro de su amiga‒. ¿Para qué otra cosa voy a estar?
‒Yo…
‒¿Crees que me voy a ir tan tranquila contigo así? ‒La bailarina no se percata del momento en que Sivir la lleva a una banca desocupada donde toman asiento‒. No me vas a salir con que es una historia larga porque sabes que tengo tiempo.
‒Pero…
‒Y te juro que no respondo si me dices que no quieres molestarme ‒detrás de la dureza, hay una pizca de ternura en la sonrisa de la mujer‒. De qué me serviría estar a tu lado si no puedes confiar ahora mismo… en un momento así.
Tal vez sea que sus palabras tienen sentido.
Tal vez sea que Kai'Sa ya no da más.
Tal vez sea que sí es el momento. Pero cómo saberlo.
De lo único que es consciente la bailarina es que bien podría ser media o una hora. El caso es que no se deja nada.
Por primera vez en mucho tiempo, aunque sea entre lágrimas y con dificultad, está soltando todo. Desde el principio.
Por mucho que el génesis mismo parezca confuso. Por mucho que no parezca haber un límite aparente. El caso es que deja ir toda la historia. Cómo llegó siendo un cabrón. Cómo tuvieron ese enfrentamiento en un día particularmente malo para ella…
En realidad, lo grande y lo pequeño. Incluso lo minúsculo constituye un mundo. Desde la primera… la segunda…
Desde las miradas, las palabras… sus palabras. Las formas. Ninguna historia es sencilla en realidad. A lo mucho puedes aspirar a resumirla e incluso ello no garantiza concisión.
De hecho, al terminar Kai'Sa siente que sólo ha hablado así con su padre y entre esa ocasión y la actual, bien podría equivaler a toda una vida de palabras.
Y al terminar, apenas si puede tomar aire. No sabe cuánto le toma a Sivir reflexionar lo que dirá. De hecho, en todo este tiempo no ha hecho más que escucharla con concentración entre sorbo y sorbo. Para cuando ha acabado su gran café, de hecho, bien podría ser un resto frío el que aguardara en lo profundo del vaso.
‒No te diré lo tonta que has sido si eso es lo que piensas ‒suelta con una extraña mezcla de amabilidad y sorna. Sólo Sivir podría hacer algo así‒. Asumo que… para esa tarea ya has tenido suficiente contigo misma todo este tiempo.
‒¿Gracias? ‒Aunque aún se perciben las secuelas del llanto en su voz, algo de risa se filtra en las sílabas, haciendo que su amiga sonría.
‒Aunque… no me lo estás dejando muy fácil, mi niña ‒ahora hay más de burla que de amabilidad en esa sonrisa‒. Tal vez él sea un… ¿Un tarado supremo fue lo que dijiste? Pero si tú… tú de entre todas las personas que conozco… tú te quedas ahí llorando por algo tan simple como que él se fue… cielos, o yo te conozco menos de los que pensaba o eres una deshonra para ti misma.
‒De qué estás…
‒Kai'Sa, por favor, ¿cuántas veces le has dado la vuelta al mundo? ¿Una? ¿Dos? ¿Tres veces? Y antes de cumplir los dieciocho.
‒Pero… Sivir, eso fue diferente, entonces…
‒Sí, sí, el trabajo de tu padre, me sé la historia de memoria.
‒Además… una o dos vueltas… es decir, sabes que nunca me detuve mucho en ningún sitio y… y… ahora ni siquiera sé…
Ahora es un golpe que no le hace daño, pero sí tiene la contundencia necesaria para callarla. Más si la palmada está dirigida a la nuca y no tiene tiempo para quejarse.
‒Por el amor de… ¿Cuándo te has detenido porque no sabes algo?
‒Es… es que…
‒¿Quieres que te golpee más fuerte?
‒No, no, es… es sólo que…
‒Toda tu vida… ¡Toda tu jodida vida ha sido eso, por Dios! ¡Adaptarte! ¡Aprender!
‒Pero… esto es…
‒Esto es… esto es, por lo que me has dicho, una de las cosas más importantes que te ha pasado en la vida… ¿Y en serio piensas que no saber dónde está es una excusa válida para no hacer algo al respecto?
Kai'Sa guarda silencio. En parte porque teme un nuevo golpe. En parte porque… cielos, no recuerda haber visto a Sivir tan enojada antes y sobre todo, porque sus palabras equivalen a una suerte de puño de hierro estrellándose contra lo más profundo de su ser.
‒Ahora no hay un padre que te arrastre, ahora tú haces tu vida, llevas haciéndolo desde hace tanto… ¿Y en serio ahora serás tú la que se cree los obstáculos? ‒Debe haber terminado el café, de otro modo no se explica la bailarina que su amiga sostenga sus hombros con tal fuerza‒. Cosas como ésta… cosas así no se repiten en la vida, Kai, puede haber un puñado de razones válidas para que le des la espalda, pero… todas esas tonterías no alcanzan.
‒Sivir…
‒Así que… si la mitad de lo que sientes por él es verdad…
‒¡Claro que…!
‒¡Entonces haz algo! ¡Sólo puedes llorar si lo has perdido todo! ¡Pero llorar sin haberlo intentado es de cobardes! ¿Es eso lo que eres, Kai? ¿Es eso?
Carajo.
En verdad… en verdad es una llorona.
No quiere que su amiga la vea así, pero la bailarina se está quedando sin alternativas. Al menos Sivir es comprensiva en ese detalle y le extiende un pañuelo de papel.
Dios… dicho así es tan… es tan simple y tonto a la vez…
‒Debo… debo verme patética.
‒Puedo acostumbrarme, mi niña ‒ahora ambas ríen ante la réplica y Sivir pierde la dureza inicial de su semblante‒. Entonces…
‒No se va a escapar ‒suelta Kai'Sa con voz llorosa, pero decidida‒. Aunque… aunque me tarde… no me voy a detener.
‒Ésa es mi chica ‒clama Sivir con orgullo y afecto‒. Así que…
‒Me… ¿Me acompañas, Sivir? Hay… hay algo que necesito comprar.
Aunque aún le cuesta lo suyo, la bailarina parece haber recuperado el brío en parte gracias a la decisión. En verdad lo agradece. No sabe de dónde ha sacado todo ese sermón. Llegado un punto, se aterró de no ser capaz de encontrar las palabras adecuadas.
Pero… no sólo fue el deseo de verla levantarse. De verla feliz.
Es decir… ¿Quién no querría vivir una historia así?
Tal vez su momento sea después, pero en el fondo… todo lo que ha hecho Sivir ha sido pensar qué haría estando ella en el lugar de Kai'Sa.
Tal vez habría llorado un poquito menos, piensa Sivir con un poco de suficiencia.
Aunque claro, espero no tener que comprobarlo. Kai'Sa me lo cobraría.
