Tragedia Blanca
Un Mes y Tres semanas desde la Última Muerte (Nueve Muertes)
Contempla este presente inconcebible…
"… ¡Vamos a darle!" Gritó una voz determinada, una voz decidida a cambiar la serie de tragedias que habían ocurrido sin detenerse desde que su orgullo infundado lo llevó a irrespetar a los caballeros del reino y a romper la promesa que le había hecho a la chica que le había robado el corazón.
"¡Al Huma!" Gritó otra voz determinada, dispuesta a dar todo de sí misma para ayudar a ese chico que la liberó de la cárcel que era su derruido corazón.
"¡Sigan a esos dos idiotas…!" Gritó una tercera voz determinada, con la mirada fija en su meta, con su corazón preparado para liderar a la masas, con su firme espíritu encendido con las llamas del recuerdo de aquel joven príncipe que marcó su vida.
Las tres voces gritaron en cadena, convirtiéndose en la mecha que dio ignición al combate que decidiría el futuro de ese mundo. Las tres voces avanzaron determinadas, cada una con su mirada fija en una meta en común. Las tres voces emprendieron el camino a un futuro lleno de tragedias y esperanzas…
Y, aun así, a pesar de la fuerza que cargaban esas tres voces, el viento del destino fue suficiente para desvanecerlas, dejando atrás el silencio de un presente incierto. El presente en que esas tres voces serían escuchadas jamás tendría lugar, ya que un complejo de inferioridad disfrazado de humildad se había encargado de eliminarlo. Ahora, esas voces pertenecerían para siempre a un presente inconcebible, uno que nadie jamás llegaría a contemplar…
"¡Debemos emprender la retirada!" Gritó una voz desesperada, observando con sus ojos carentes de esperanza la terrible escena que estaba tomando lugar frente a él.
"¡No! ¡No nos retiraremos! ¡No podemos permitir que esa maldita bestia permanezca con vida!" Gritó de vuelta otra voz desesperada, observando con sus ojos carentes de razón, como su deseo de años y años era aplastado por el gigantesco cuerpo de la bestia que anhelaba derribar.
"¡Cállate, tú, grandísimo estúpido! ¡¿Acaso no consideras que ya han muerto suficientes?! ¡No podemos seguir luchando!" La primera voz entonces se volteó hacia la segunda, con ira brillando en lo profundo de sus pupilas.
"P-Pero…" La segunda voz tartamudeó, insegura de cómo responder a la primera. Pero entonces con el rabillo del ojo vio como la bestia engullía con su sombra a otra gran parte del pelotón, y una llamarada de ira incineró su sinapsis neuronal. "¡Prefiero morir a dar media vuelta y escapar! ¡Tú mismo lo dijiste, han muerto demasiados de nuestros camaradas! ¡Si nos rendimos y dejamos con vida a esa maldita mabestia, su muertes habrán sido en vano!"
Ambos guerreros, dueños de las dos voces, se miraron con llamas negras en sus miradas. La batalla en medio de la que se encontraban había roído sus mentes y espíritus, y la desesperación carcomía cada vez más su cordura. Y esas dos voces no eran las únicas que se enfrascaban en discusión de esa manera. No, decenas de voces similares se escucharon entre aquellos supervivientes del combate contra la gran mabestia de la niebla, la Ballena Blanca.
El combate había comenzado con decenas de soldados llenos de vigor. Algunos anhelaban consumar la sed de venganza que los había atormentado por años. Otros deseaban alzar sus armas, para que así sus hijos no tuvieran la necesidad de hacerlo. Todos buscaban un futuro mejor, más brillante. Uno en el que aquellos que recorren los caminos, y sus familias, no teman la ominosa presencia de la Ballena Blanca.
Pero sus deseos habían sido frustrados en minutos. Después de descargar todo el arsenal de sus ataques y hechizos más poderosos, la diferencia de poder quedó más que evidente. De todos los presentes en el campo de batalla, solo cuatro individuos eran capaces de hacer frente a la bestia y dañarla en el proceso; y uno de ellos, la misma persona que los comandaba, ya no se encontraban allí, ni siquiera entre sus memorias.
Con un canto desgarrador, la Ballena Blanca se había divido en tres después de que uno de sus ojos fuera arrancado de su órbita, destruyendo por completo las pocas esperanzas restantes que mantenían en pie a los guerreros. Al final, con sus esperanzas y la gran mayoría de sus compañeros completamente obliterados, los supervivientes fueron desolados por la dura realidad; el combate había resultado en vano, y era probable que ellos mismos estuvieran cerca de perder sus vidas.
Aquellos movidos por la esperanza de un mundo libre de la amenaza de la Ballena Blanca experimentaron la desesperación de verse incapaces de seguir adelante. Tirando sus armas al suelo, decidieron que solo la retirada podría darles una pequeña posibilidad de supervivencia. Claro, la mayoría perecería en el escape, pero eso no importaba si existía la ínfima posibilidad de volver con sus familias.
Por otro lado, aquellos movidos por la sed de venganza, sintieron como la desesperación y la desesperanza corroían la poca razón que les quedaba. Cegados por la necesidad de presenciar el ensangrentado cadáver de la Ballena Blanca tirado ante ellos, decidieron que lo mejor era seguir adelante, sin importar las consecuencias. Después de todo, habían esperado por años por otra oportunidad de enfrentarse a la ballena, y no estaban dispuestos a sobrevivir para ser atormentados por otra etapa de espera y lamentación.
Y a falta de un comandante, líder o capitán firme, capaz de calmar las aguas con su voz y unir de nuevo a los guerreros, el campo de combate fue inundado por la histeria colectiva, la confusión, el enajenamiento y el furor. Esa era la raíz del conflicto que había llevado a que hermanos en armas olvidaran el combate en medio del que se encontrara y comenzaran a discutir salvajemente entre ellos, hasta el punto en que bajas entre compañeros comenzaron a tener lugar.
Enardecidos, los guerreros más trastornados comenzaron a matarse entre sí, mientras que aquellos que aún mantenían un poco de razón observaban completamente anonadados, inseguros de cómo proceder. Todo esto, mientras las tres bestias, que no eran más que una sola, nadaban entre el océano de niebla que rodeaba por completo la pradera ubicada cerca las Mesetas Hyclara.
Mientras la nula moral de los guerreros encendía la llama del conflicto interno, un segundo grupo de luchadores se encontraba a varios cientos de metros de allí, fuera del rango de cobertura de la niebla de la ballena. Decenas de pares de ojos observaron la densa niebla con el ceño fruncido. La situación se había salido de control tan rápido, que terminaron perdiendo contacto con sus aliados temporales antes de poder siquiera percatarse de ello.
"Capitán…" Murmuró una voz infantil, con tono de preocupación. A diferencia de las voces desesperadas de aquellos que luchaban en medio de la niebla, esta voz carecía de cualquier señal de inestabilidad mental.
"Lo sé." Respondió una voz más firme. "Desde que nos separamos, parece que la situación no ha dejado de empeorar."
"¿No deberíamos regresar con ellos?" Cuestionó la voz infantil.
"No nos pagan lo suficiente para ir a morir…" Murmuró la segunda voz. Quienes hablaban era dos mercenarios, y ambos eran cabecillas del grupo de mercenarios que había acompañado a los guerreros con el objetivo de luchar a su lado contra la Ballena Blanca.
A diferencia de los guerreros, que luchaban por razones personales y patrióticas, los mercenarios solo lo hacían por las ordenes de su empleadora. Exactamente por eso mismo, cuando la situación se salió de control y se volvió claro que si no se retiraban perecerían, los mercenarios actuaron movidos por la razón y abandonaron el combate sin pensárselo dos veces.
"Pero ¿qué sucederá con los guerreros que la señorita Anastasia acordó que apoyaríamos?" Se cuestionó uno de los mercenarios.
"Cierto… ¿No se suponía que hicimos todo esto para pagar por el tratamiento de Hetaro-san?" Preguntó otro de ellos.
"El tratamiento…" Murmuró uno más. "¡El caballero Felix! Él se quedó en medio de la niebla, ¿no es así?" La persona por la que creían que se encontraban allí, luchando contra la Ballena Blanca, seguía en medio de la niebla.
Los mercenarios actuaban por dinero, y exactamente por eso mismo no podían dejar una deuda sin saldar. La mayoría había estado de acuerdo en abandonar el campo de batalla con el fin de reagruparse, lo que demostró ser la decisión correcta en vista de que la niebla ahora cubría toda el área. Pero ahora que tenían tiempo para replantearse sus decisiones, muchos de ellos empezaron a mostrar su deseo de no abandonar a la persona que sanó las terribles heridas de uno de sus líderes, Hetaro Pearlbaton.
"Mimi está de acuerdo con ellos, capitán." Añadió la voz infantil. "Sin la ayuda del caballero Felix, mi hermano jamás habría recuperado su brazo y su pie. Mimi sabe que es arriesgado, pero Mimi quiere que al menos intentemos recatarlo a él. Si es posible, Mimi desearía que cumpliéramos con el trato y siguiéramos luchando contra la mabestia; pero Mimi sabe que es demasiado arriesgado. Así que Mimi al menos quiere que lo salvemos a él. De lo contrario, Onii-chan no nos lo perdonaría… Y yo tampoco podría perdonármelo. Después de todo, Felix-san es igual que Subaru Nii-san, no puede defenderse por sí mismo."
"Hmm… Tienes un punto, Mimi." Respondió la voz firme, gruñendo. "Bien sabes que a mí tampoco me agrada esto de retirarnos, pero después de lo ocurrido en Priestella… No me perdonaría si vuelvo a perder a decenas de mis camaradas solo porque dejé que el fragor de la batalla me cegara. Como están las cosas, entrar en esa niebla sería un suicido… Sin la ayuda de Wilhem-san, no creo que podamos-"
"¡Arrrghhhh!" Pero antes de que el capitán de los mercenarios pudiera terminar de hablar, un estridente grito de combate llegó a sus oídos. Por unos segundos, el silencio reinó entre ese grupo conocido como Colmillo de Hierro.
"¿No fue ese Wilhem-sama?" Se cuestionó uno de los mercenarios, ante lo que su capitán mostró una amplia sonrisa, acompañada por una mirada de ardiente determinación.
"¡Ja! ¡Parece que el bastardo logró sobrevivir!" Rió el capitán, mirando fijamente hacia la densa niebla. Aunque no podía ver nada de lo que ocurría en su interior, ese grito ya le había dado una buena imagen. El anciano que, junto al caballero Felix, los había llevado a ese lugar, había sobrevivido a ser engullido por la mabestia, y ahora se encontraba rebanando su gruesa piel llena de filamentos. "¡Supongo que no por nada es conocido como el Demonio de la Espada!"
"Capitán." Llamado por la voz infantil, el capitán se volteó hacia a la niña de pelo naranja que tenía a su lado derecho. "¿Lo haremos?"
"Hmm…" El capitán entonces miró hacia atrás, donde se encontraba un mercenario con un espejo en su mano. El mercenario, percatándose de la mirada de su líder, asintió.
"Julius-sama y los demás ya abandonaron su puesto en la entrada de la carretera. Deberían de llegar en menos de dos minutos." Tras recibir esa respuesta, el capitán miró de nuevo a la niña, que lo observaba con una mirada de determinación que solo podía calificarse como extremadamente tierna.
"¡Una vez se nos una Julius, entraremos allí y le daremos una paliza a esa maldita ballena!"
Un Mes y dos semanas desde la Última Muerte (Nueve Muertes)
"… Wilhelm lleva años estudiando los puntos de aparición de la Ballena Blanca, y ha sido capaz de predecir el lugar y el día en que lo hará." La mirada firme de Crusch Karsten se posó sobre la mirada analítica de Anastasia Hoshin.
"Hmm… Había escuchado respecto a la obsesión de Wilhelm Van Astrea por encontrar a la Ballena Blanca; me alegra saber que ha dado frutos." Con una mirada condescendiente, la empresaria observó al veterano guerrero y mayordomo de la Casa Karsten. No obstante, el espíritu del caballero no fue conmovido por las palabras de la mujer. Él, con completo respeto, bajó su cabeza hacia la candidita de la Selección Real en reverencia; después de todo, aunque su tono no había sido el más amable, sus palabras definitivamente eran de congratulación.
"Estoy al tanto, así como tu misma también has de estarlo, de que el Gremio de Mercaderes sería el primero en verse beneficiado por la erradicación de la Ballena Blanca. Así que no puedes negar que este trato te conviene, Anastasia." Señaló la ama del caballero. Crusch Karsten era una mujer de porte firme, vestida siempre por ropajes que podrían considerarse masculinos. Aun así, su belleza no se veía arruinada en lo más mínimo. Sus afilados ojos dorados y largo cabello de tono verde oscuro eran sus rasgos más sobresalientes.
"Lo dices como si hubiera tenido la intención de rechazar tu ofrecimiento, Crusch-san. Después de lo que hiciste por mi subordinado, jamás podría haber hecho tal cosa." Respondió Anastasia, con una sonrisa apenada adornando su fino rostro.
Esas palabras bien podrían haber resultado vacías y falsas viniendo de una mujer como Anastasia Hoshin, pero Crusch sabía que ese no era el caso; o de lo contario su Protección Divina, que le permitía detectar si alguien le mentía, se habría activado. Sonriéndole de vuelta a Anastasia, Crusch estiró su mano hacia su costado, ante lo que el demi-humano de apariencia femenina que se encontraba de pie a su derecha le entregó un pergamino enrollado.
"Aparecerá aquí, en una semana." Dijo la duquesa de apariencia varonil, después de haber desenrollado el pergamino y haberlo colocado sobre la mesa que dividía a ambas facciones. Se trataba de un mapa, y justo donde Crusch había colocado su dedo, se podía leer "Mesetas Hyclara". "Wilhelm ha perfeccionado su técnica para calcular dónde y cuándo aparecerá la ballena, y la última vez que ésta lo hizo fue en la Planicie Lyfaus, cerca del Árbol Flugel. Lastimosamente, un pequeño error de cálculo en el tiempo nos hizo perder la oportunidad de enfrentarla."
"Sí, lo recuerdo. En ese entonces el precio del hierro y las armas subió muchísimo; ha sido una de las fluctuaciones en el mercado más grandes que he visto en bastante tiempo. Es una lástima que todo eso terminara en nada." Comentó Anastasia, encogiéndose de hombros.
"Yo no diría que terminó en nada, ya que gracias a eso Wilhelm pudo perfeccionar su técnica. Por eso estamos tan convencidos de que esta vez no ocurrirá el mismo error; confío en él." Los lazos de familiaridad y lealtad que existían entre Crusch Karsten y sus dos subordinados eran muy fuertes, eso estaba más que claro.
Con curiosidad, Anastasia observó los rostros de las tres personas opuestas a ella. Los tres podían considerarse sus rivales, incluso enemigos. Era inevitable que terminaran enfrentándose en un par de años, pero ese era un buen momento para formar una alianza formal que asegurara una competencia sana y justa cuando llegara el momento de la Selección Real. Tener a Crusch Karsten de aliada, su más fuerte rival y aquella que se postraba como favorita entre las cinco candidatas, podía resultar extremadamente positivo para ella si jugaba bien sus cartas.
"¡Bien!" Exclamó la pequeña mercante juntando las palmas de sus manos. "En ese caso, deberíamos contactar con Russell Fellow. Estoy segura de que el Gremio de Mercaderes estará más que complacido de ayudarnos con los materiales necesarios para llevar a cabo la cacería. Yo pondré a parte del Colmillo de Hierro a tu disposición y a mi caballero. Espero que les des un buen uso. Aunque estoy al tanto de que eres una excelente líder y estratega, así que sé que no hace falta que lo diga… Después de todo, no será la primera vez que te enfrentes a una de las Tres Grandes Mabestias."
Ante lo dicho por Anastasia, Crusch hizo una mueca que fue prácticamente imperceptible; después de todo, el recuerdo del día que lidió con el Gran Conejo seguía fresco en su memoria. Ese fue el día que su existencia como noble fue completamente expuesta ante el ojo público, y lo ocurrido entonces la llevó a obtener la posición más alta dentro de la Casa Karsten, de manos de su propio padre. Sin embargo, no todo lo que se decía de ese día era cierto, y su espíritu no era tan firme como muchos creían…
Después de varios días de preparación, los guerreros reunidos por Crusch Karsten, los mercenarios del Colmillo de Hierro, los caballeros reales Felix Argyle y Julius Juukulius, el mayordomo Wilhem Van Astrea y la mismísima Crusch Karsten, partieron hacia las Mesetas Hyclara con el objetivo de vencer a la Gran Mabestia conocida como la Ballena Blanca. Lo que ignoraban todos ellos, era que el velo de la tragedia caería sobre sus presentes, por no contar con la presencia un débil chico capaz de servir como cebo. La mariposa ya había batido sus frágiles alas; el destino ya estaba sellado.
El grupo de mercenarios había sido dividido en dos antes del combate, a uno se le había asignado la tarea de vigilar que nadie ingresase a la zona donde se desenvolvería el combate. Y éste grupo estaría liderado por el Julius Juukulius, el orgulloso caballero de la candidata a la Selección Real, Anastasia Hoshin. La otra mitad del grupo, bajo el mando de Ricardo Welkin, serviría de soporte para los guerreros comandados por otra de las candidatas a la Selección Real, Crusch Karsten...
Julius había experimentado una noche tranquila, sin que ningún tipo de incidente llegará a desenvolverse. Según los cálculos de Wilhelm Van Astrea, antes apellidado Trias, la Ballena Blanca haría su aparición en un área ubicada entre las Mesetas Hyclara y la ciudad llamada Flanders, también conocida como la Capital de los Dragones de Tierra.
El trabajo del Caballero Amable y los mercenarios que lo acompañaban era vigilar la carretera que conectaba Flanders con las Mesetas Hyclara. Y además de un par de mercaderes que tenían como objetivo ir a las mesetas para vender varios cargamentos de semillas y herramientas de agricultura, Julius no había visto a nadie más durante toda la noche. Por eso, cuando el sonido del galope de un liger llegó a sus oídos, el caballero comprendió que la tranquilidad de la noche estaba por desmoronarse.
"¡Julius-sama!" El demi-humano que venía montado sobre el liger saltó al suelo y se acercó a él apresuradamente, con visibles señales de agotamiento en su rostro.
Julius por un momento se vio tentado a corregirlo. "Soy Juli", es lo que quería decirle. Después de todo, su colaboración con el Colmillo de Hierro era algo extraoficial; sobre todo considerando que en ese momento debía de estar haciéndose cargo de varios asuntos en la capital. Y aunque lo hacía por su señora, no tenía la intención de manchar su impecable récord como el Caballero entre caballeros; por eso había decido usar otro nombre, uno que se acoplara a su personaje de "líder mercenario".
Sin embargo, el aura de tensión y desesperación que envolvía al mercenario bastó para que descartara la idea y en su lugar le apresurara a entregar su reporte. Después de todo, si él y su grupo no contaban con un metia para mantenerse en contacto con el grupo de Ricardo, se debía a que tenían pocos y estos habían sido distribuidos solo entre aquellos que participarían en la batalla, como medida en caso de separarse.
Su grupo nunca había sido considerado para unirse a la batalla contra la ballena; así que la presencia de un enviado en esa situación no podía augurar nada bueno. "¿Ocurrió algo?"
"Julius-sama…" Repitió el mercenario, esforzándose por recuperar el aliento. "El capitán me indicó que le dijera que necesita que usted y la mitad de las fuerzas a cargo de vigilar la carretera se unan al combate. El capitán presume que gran parte de los guerreros bajo el mando de Felix-sama y Wilhelm-sama ya han sido asesinados y…"
"Lo entiendo." Dijo Julius, con su semblante perfectamente firme, impidiéndole seguir con su reporte. Sin embargo, dentro de él ardía el deseo de luchar; su mejor amigo se encontraba en peligro, y él no podía quedarse de brazos cruzados. "Explícame los detalles en el camino, partiremos de inmediato."
"Subaru… ¡Subaru!"
"¿Ah?"
"Pareces más distraído de lo habitual. ¿Pasa algo?"
"No… Es solo que…"
Subaru liberó un profundo suspiró y miró a Leith directamente a la cara. En ese momento, Subaru se encontraba en el lugar donde el camino que se encontraba siguiendo había comenzado; la casa de Leith Hendar, su compañero, y el lugar donde se encontraba el taller en el que ambos comenzaron a reinventar los objetos de sus recuerdos.
Ambos, Leith y él, habían acordado reunirse ese día para tratar varios asuntos relacionados con el diseño de las reinvenciones. Además, Leith estaba interesado en conocer el perfil de los diseñadores que había conocido en la sede principal de la Empresa Hoshin. Sin embargo, desde que había despertado ese día, no había dejado de sentirse incómodo, lo que le había impedido concentrarse en lo que ocurría frente a sus ojos.
"¿Qué…?" Preguntó Leith, ante el nuevo silencio de su compañero.
"No… no es nada… Olvídalo." Descartando el asunto, Subaru miró hacia la puerta que daba al taller.
Él se había acostumbrado a trabajar todas las noches en sus diseños, incluso durante los largos viajes que llevó a cabo junto a Anastasia y su facción; esa era su forma de distraerse, distraerse de los pensamientos que se arremolinan constantemente en su cabeza. Su obsesión por hacerlo había hecho que su dibujo mejorara considerablemente, aunque el arte nunca había sido lo suyo; gracias a eso, ahora podía dibujar los detalles de los diseños con mucha mayor precisión.
"Desde que volviste te noto muy diferente…" Comentó Leith, levantándose de la silla en la que se encontraba sentado y posteriormente saliendo de la habitación. Subaru no añadió nada respecto al tema, y se limitó a mirar la puerta de madera que lo separaba del lugar en donde había nacido su proyecto, la Operación Reinvención. "Toma, tal vez esto te ayude a calmarte." Entonces fue eyectado de sus pensamientos por el regreso de Leith.
El artesano llevaba dos tazas, una en cada mano, y vapor sobresalía de ambas. Estirando una de sus manos en su dirección, Leith le indicó que tomara la taza; lo que Subaru hizo sin decir palabra alguna. En silencio, llevó la taza a su boca y sorbió un pequeño trago del contenido; era té. En sus diecisiete, casi dieciocho años de vida, Subaru nunca había sido capaz de comprender por qué la gente disfrutaba tanto de ese brebaje de hojas. Y no es que le disgustara, simplemente no encontraba nada grandioso en su sabor, y por lo tanto era incapaz de diferenciar un té de calidad de uno barato. Aun así, por un momento, al sentir la calidez del líquido bajando por su garganta, calentando así su desgastado espíritu, logró comprenderlo parcialmente.
"Gracias…" Murmuró, una vez terminó de beber el contenido de la taza, con su mirada fija en su superficie de porcelana.
"De nada." Respondió Leith, para entonces sorber un trago de su propio té. "… ¿Cómo se encuentra el niño...?
"¿Hetaro?" Preguntó Subaru, levantando la mirada.
"¡Sí! ¡Hetaro! Pensar que algo tan terrible le pasó a un niño…" No era muy extraño que su compañero realizara esa clase de pregunta. Después de todo, Leith y Otto no eran ignorantes a lo ocurrido en Priestella y en Kyo.
De lo primero se enteraron por parte de Subaru, cuando, por medio de las cartas, les mencionó, sin explayarse en los detalles, lo ocurrido y les pidió que estuvieran atentos a cualquier señal de peligro. Subaru creía, y aún lo hacía, que el cliente detrás del primer ataque, y posiblemente detrás del segundo, era una persona que buscaba vengarse por la firma del contrato que unía a la recientemente fundada Asociación de Reinvención con la Empresa Hoshin.
Así que informar a Otto y Leith al respecto, y advertirles que podían ser atacados, era necesario. Sin embargo, ellos no se enteraron del segundo ataque de su parte. Con el poco tiempo transcurrido entre el ataque de la Oni y el aviso de Anastasia sobre su regreso a Lugunica, Subaru no había tenido tiempo de hacerlo. Y, aun así, Otto había escuchado al respecto gracias a uno de sus contactos.
Subaru pensó que ambos se mostrarían molestos por ello cuando se reunieron, pero contrario a ello, lo trataron con la delicadeza que él hubiera esperado por parte de Mimi o Anastasia cuando sufría un ataque de pánico; y no le gustaba. Sentía que lo estaban viendo por encima del hombro, sentía que lo estaban menospreciando. Después de todo lo ocurrido en Priestella y luego en Kyo, Subaru había desarrollado una enorme aversión a su propia debilidad, y por eso no soportaba que la gente lo tratara como si fuera de cristal.
No obstante, Subaru, precisamente para no provocar preocupación en sus compañeros, dejó el sentimiento de lado y se esforzó por demostrarles que no había cambiado; y aun así había fallado completamente. Su débil espíritu seguía siendo el mismo, y por más que se esforzara, parecía que eso no cambiaría. Las cicatrices dejadas atrás por ambos ataques habían sido muy profundas, por lo que ocultarlas del todo no le era posible.
La primera hora transcurrida tras el inicio de la reunión transcurrió sin mayor problema. Se pusieron al día y hablaron respecto a los avances realizados por cada uno respecto a la Operación Reinvención y sobre lo que aún necesitaban hacer antes del inicio de éste. Leith ya había contratado a dos artesanos y tres herreros que eran los suficientemente hábiles según su criterio; tenía planeado reunirse con dos artesanos más en la semana por venir.
Y Otto ya había formado parte de varias reuniones en las que se habían vendido derechos de comercialización a distintos mercaderes del continente; además, en dos días partiría al sur de Lugunica para reunirse con los administradores de un importante mercado del país. Fue entonces que llegó el turno de Subaru para hablar, y su insistencia por ocultar sus brazos llamó la atención de sus compañeros.
A partir de ello, ambos comenzaron a volverse más conscientes de los sutiles, y no tan sutiles, cambios inducidos por sus terribles experiencias. Por eso, para desviar la atención de sí mismo, Subaru relató a sus compañeros sobre lo ocurrido durante el tiempo en que estuvieron separados, revelando algunos de los detalles que había omitido en sus cartas. Y fue así como se le escapó mencionar lo ocurrido con Hetaro. Ese era un tema delicado, y tenía sentido no andar divulgándolo. Pero él, en su egoísmo, había terminado haciéndolo.
Al final se vio en la necesidad de hablarles de la reunión entre los dos hermanos que había tenido lugar ese mismo día. Una reunión cargada de silencios pesados, entre dos pequeños que usualmente tenían una relación de hermandad extremadamente fuerte. Después de la reunión entre hermanos, Subaru agradeció a Tivey, a lo que él respondió de igual medida: "No hace falta, Onii-san. De no ser por ti, ni la señorita, ni mis hermanos, ni yo, seguiríamos con vida. Arriesgar mi vida era lo único que podía hacer en el momento, y no me arrepiento de haberlo hecho…"
Esas palabras seguían allí, aferradas a su mente. Arriesgar la vida, y esforzarse por conservarla… Eso es lo que Subaru deseaba para sí. Quería poder luchar contra las adversidades como ese niño, que había sacrificado dos de sus extremidades, y ahora se esforzaba por recuperar la movilidad que perdió haciéndolo, para así tener la oportunidad de seguir luchando junto a sus hermanos. Subaru quería sacrificarse a sí mismo, para que nadie más tuviera que hacerlo en su lugar, y sobrevivir para sí poder regresar con aquellos por lo que se sacrificaría al final del día.
"Tiene quince, así que niño no sería la forma correcta de llamarlo." Respondió Subaru finalmente, apáticamente. "Y ya se los había dicho a Otto y a ti; se encuentra mejor. Todavía tiene problemas para caminar sin perder el equilibrio y le cuesta usar su brazo izquierdo. Y no es como si eso hubiera cambiado en una semana…"
Leith, percatándose de que Subaru no estaba de humor para conversar sobre el tema, no preguntó nada más al respecto. De todas formas, esa pregunta solo había sido una forma de buscar cómo abordar el tema del que en verdad quería hablar. Después de otro minuto de silencio, Leith decidió que seguir postergándolo no serviría de nada.
"Ehmm... Subaru." Habiendo recuperado la atención de su colega, Leith resolvió abordar el tema que tanto Otto, cómo él, evitaron durante su reunión cinco días atrás. "Quería preguntarte… ¿Cómo te sientes?"
"¿De qué hablas?" Preguntó de vuelta Subaru, frunciendo el ceño. Leith lo estaba mirando de esa forma que tanto odiaba, como si le tuviera pena.
"Hablo de… lo que ocurrió durante esos dos ataques. Hablo de cómo te encuentras en este momento, después de esos dos ataques. Tu vida se vio amenazada en dos ocasiones, y todo en un periodo de apenas un par de meses. Además, tuviste que… hacer cosas que puede que lamentes, para poder sobrevivir."
"Mira, sé lo que estás tratando de hacer, pero no hace falta que-"
"Subaru, no te estoy juzgando." Afirmó Leith, impidiéndole a Subaru descartar el tema. "Entiendo que lo hiciste para seguir viviendo, y para que otros también pudieran hacerlo. Yo… yo te respeto, Subaru. No creo que yo hubiera sido capaz de pasar por todo lo que pasaste…Y es por eso por lo que quiero ofrecerte mi oído, mi apoyo… Tal vez no puedas, o quieras, hablar sobre eso de inmediato, y lo entiendo si es el caso, pero quiero que sepas que no tienes que lidiar con esa carga sol-"
"¡No hace falta!" Exclamó Subaru, levantándose de la silla de golpe. "Ya te lo dije, estoy bien. Es como dices. Hice lo que tenía que hacer, nada más; la vida sigue."
"Subaru…" La mirada de pena de Leith se profundizó, haciendo que Subaru comenzara a moler sus dientes por la molestia que eso le causaba. "¿Acaso has notado las ojeras que llevas? Es evidente que llevas días, semanas, incluso meses sin dormir bien. Recuerdo que antes padecías de pesadillas, y que no me decías por qué. ¿Acaso han empeorado por lo sucedido?" Subaru no respondió, su penetrante mirada no se separó de la mirada compasiva de Leith. "Y eso no es todo, también está…" La mirada de Leith se trasladó a los brazos cubiertos de Subaru, y eso fue lo que colmó la paciencia del pelinegro.
"Gracias por recibirme, Leith. Todavía tenemos mucho de hablar con respecto a la Operación Reinvención, así que me gustaría que nos volviéramos a reunir apenas vuelvas a tener libre la agenda. Ojalá junto a Otto." Y con esas palabras, Subaru salió de la casa en la que habitó por varios meses y le hizo una señal al mercenario que había estado manteniendo guardia en la entrada.
Sin voltear hacia atrás, Subaru comenzó su camino de regreso a la mansión de Anastasia. Subaru no se encontraba realmente enojado con Leith, lo estaba consigo mismo, por ser incapaz de tan siquiera ocultar su debilidad. Después de todo, Subaru era consciente de la bondad de Leith, la persona que lo ayudó a cimentar su sueño. Con un gruñido, Subaru observó la Luna que brillaba sobre la silueta del castillo.
"Mierda, no dejo de sentir que algo malo va a pasar… Es justo como cuando me atacó Elsa y la Oni…" Abrazándose a sí mismo para disipar el escalofrío que recorrió su espalda, Subaru se enfocó en mirar al frente. Anastasia no le había hablado mucho sobre lo que transcurrió durante su reunión con la Duquesa Karsten, sin embargo, si le había contado sobre la cacería de la Ballena Blanca, y la participación del Colmillo de Hierro y Julius en ella; y si todo había salido de acuerdo con lo planeado, en ese momento la peligrosa cacería estaba teniendo lugar. "Espero que Julius, Ricardo y Mimi estén bien."
Como con muchas cosas de ese mundo, Subaru era ignorante de la magnitud de la Ballena Blanca, pero gracias a los relatos que había escuchado, podía haberse una idea. Así que, con un aura ominosa envolviéndolo, Subaru siguió adelante mientras tomaba suavemente uno de sus brazos marcados por sus pecados.
