Capítulo 28

Los siguientes días fueron un martirio para Kagome. Inuyasha no volvió a visitarla después de su último encuentro y ahora estaba saliendo con Naraku, un hombre que nunca se había esperado que fuera, le sorprendiera verlo comportarse como un caballero, nunca insinuando nada, se llegaba a preguntar si realmente era él el líder de los bandidos al que estaba persiguiendo.

No había logrado averiguar nada, el hombre era totalmente trasparente con ella.

En esos días, Koga estaba cortejando a su amiga Kikyo. Sesshomaru se había reconciliado con aquella cantante de ópera con la cual compartían un hijo, todo por el bien del pequeño.

Por sus amigos se sentía feliz, pero ella estaba desdichada.

Lo que más le dolía era saber que su amado esposo estaba de nuevo en las andadas. Se decía que lo veían con una cortesana diferente y que se aburría de ella después de haber tenido una noche de pasión desenfrenada. ¿Verdad o mentira? ¿Creer o no?

Frunció el cejo y arrojó un florero que estaba en una mesita, éste se estampó contra el armario de madera, esparciendo sus rosas rojas y el agua por toda la habitación.

Se arrodilló en el suelo, sus lágrimas salían involuntariamente, derramándose por cada una de sus mejillas.

—Eres un maldito miserable Inuyasha Taisho. Te odio.

No se dejaría humillar por él. No iba a demostrarle que estaba dolida por sus nuevas conquistas.

—Y algún día vendrás a mí, arrastrándote de rodillas y pidiéndome mi amor. Pero te despreciaré.

—¿Qué pasó aquí?

Kagome giró la cabeza y se encontró con Kikyo, con el rostro de preocupación.

Ella se acercó a su amiga.

—Kagome – Kikyo se arrodillo para estar a la altura de su amiga — ¿Estás bien?

—Déjame.

Kagome se puso en pie, contempló el desorden que había causado. Flores rojas esparcidas en el rincón de su habitación, así tenía el corazón, sus fragmentos estaban esparcidos por todo su interior.

—Pero K…

—¿No escuchaste? – Se volteó a verla – Quiero estar sola. Además, no tarda Naraku en venir por Safira, y quiero estar lista para cuando él llegue.

—Si Kagome – asintió la pelinegra – Lo que tú digas.

Y dicho esto, salió de la habitación, dejando sola a Kagome

Minutos más tarde se encontraban paseando a caballeo en el parque. Kagome tenía una expresión seria y pasaba por inadvertidas cada y una las bromas que Naraku decía, lo cierto era que comenzaba a fastidiarse de ese hombre, pero lo que más comenzaba a cansarla era fingir todos los días ser algo que no era.

Para su desconsuelo la tarde pasó lenta, desafortunadamente no logró sacarle información acerca de su fortuna. Era un hombre muy reservado. Sólo esperaba que Derek pudiera hacer algo esa noche, tanto por el bien de ella.

Estaban reunidos en el club de apuestas. Inuyasha y Derek Westmoreland no dejaban de lanzarse retos y apostar entre ellos dos. El ojidorado observaba a su esposa desempeñar el papel de hombre a la perfección.

—Tranquilos caballeros – dijo Naraku – No querrán acabar temprano está noche.

—Alguien tiene que demostrarle al niño como se juega – comentó Inuyasha entre risas.

Era consciente del daño que le estaba causando a su esposa e incluso a él mismo.

—Niño o no Lord Taisho, puedo darle una paliza.

—Muchacho ata esa lengua afilada que tienes.

Inuyasha la amenazó y Kagome pudo leer en sus ojos las mil maneras en las que él podría castigarla por su falta de respeto.

—O de lo contrario te retaré a duelo.

—Señores, no es para tanto – interrumpió Bankotsu – Además, estamos aquí para relajarnos. ¿Cómo te va con Lady Safira? – le preguntó a Naraku.

El hombre observó sus cartas y se llevó una mano a la mandíbula.

—Una mujer muy desabrida, no afloja en nada ni un beso.

Inuyasha esbozó una media sonrisa – Es porque no eres el Lord Inalcanzable.

—Si – asintió el hombre –Eso es verdad. Reconozco que usted tiene carisma para las mujeres. No por algo eres el mayor amante de todo Londres – Naraku suspiró –Lo que si es que estoy pensando romper esa relación con ella. Es una mujer de piedra.

Kagome se tensó, si eso llegaba a pasar, si Naraku dejaba a Safira todos sus planes de atraparlo se irían por la borda y sólo dependería de Derek Westmoreland.

—Te la sedó de nuevo Inuyasha.

—No – él negó – Tengo otras perspectivas más altas.

En eso, una mujer delgada, con un vestido rojo de lino se acercó a ellos. Ara alta, cuerpo esbelto, ojos negros, cabello azabache y un listón amarillo en el cabello.

— ¿Qué desea tomar milord? – preguntó la joven a Inuyasha.

— ¿Cómo te llamas encanto? – sus ojos dorados no dejaban de ver los ojos negros de la joven.

—Er…Eri milord – respondió la joven con algo de timidez.

— ¿Qué me ofreces, encantadora Eri?— preguntó él seductoramente, reparando en el escote prolongado de la joven.

—Lo que le apetezca tomar.

—Y si deseo tomar té… tomarte.

La mujer se ruborizó ante el comentario de aquel hombre, bajó alzó la vista y se encontró con la mirada de los otros tres.

Kagome explotaba en furia, nunca había visto a su marido desplegar tanta seducción en una sola mujer. Ardía de rabia, porque esas palabras no estaban destinadas a ella, sino a la mujer del listón amarillo.

La joven se acercó a él y le susurró algo al oído, haciendo que el hombre se echara a reír y poco después la joven se fue con una sonrisa de oreja a oreja.

—Me sorprende tu despliegue de sensualidad y seducción – comentó Naraku.

—Es así como se debe seducir a una mujer mi estimado amigo – respondió en tono alegre.

— ¿Y si la mujer no quiere ser seducida, Lord Taisho? – preguntó Kagome, en su disfraz de hombre.

—Toda mujer desea ser seducida hijo. Desean tener un hombre entre sus piernas que las hagan temblar de pasión.

—No todo en la vida es copular. También esta enamorar a una mujer.

—Aun te falta mucho por aprender niño. Pero si, te aseguro que una vez que una dama te abre sus dulces muslos es ahí donde se desata la pasión.

— ¿Es por eso que no se ha enamorado?

—El amor es para los débiles que no tienen corazón.

—Entonces por sus palabras, debo decir que usted no tiene corazón.

Bankotsu y Naraku contemplaban a los dos hombres que habían liberado una batalla verbal, ninguno de los dos era capaz de pronunciar ni una sola palabra.

—No – él negó – No lo tuve y nunca lo tendré.

—Por eso no se ha casado aún.

—…

—Muchacho no sigas.

Antes de que Inuyasha pudiera responder esa pregunta, Naraku se le adelantó.

—Mira que puede retarte a duelo.

—Tranquilo Naraku. Si hay que darle una lección de vida a este niño ten por seguro que así será – miró fijamente a Kagome – Mira niño. El amor te hace débil, hay algunos que les llega de golpe. Pero existimos aquellos que cuando el amor nos llega, no nos damos cuenta y hacemos estupidez y media, haciendo que la mujer que acababa de entrar en nuestras vidas y que con la que vas a ser feliz por siempre, se aleje de uno. Yo soy uno de ellos, ese que hace estupidez y media y veme – se llevó las manos al pecho – Mis errores han alejado a mi esposa — Se levantó de la silla y apuró su vaso de whisky.

Lo vio desaparecer de su vista, sabía con exactitud que esas palabras se las había dicho a ella, pues no podía reparar en sus ojos. En esos ojos dorados sólo había dolor y un sentimiento que no podía descifrar bien.

Tenía que salir de esto esta misma noche, averiguar lo que hacía Naraku y así ser libre de ser Kagome y con esto solucionar los problemas entre ese hombre y ella.

Pero estaba entre impedir que su marido se acostara con esa mujer o descubrir al hombre que tenía en frente y que se reía como estúpido.

Después de tomar una decisión, apuró su copa y se levantó de la mesa.

—A mí también discúlpenme caballeros. Iré en busca de una dulce compañía.

Kagome aprovechó una pelea que había entre varios hombres, algunos caballeros se hicieron a un lado, otros simplemente los rodearon en círculo para contemplar la pelea. Naraku se levantó de la silla para ir a impedir que destruyeran una parte de su negocio.

Esa era la oportunidad que había esperado para desaparecer entre unas cortinas y llegar a un pasillo, con paredes en color rojo y antorchas encendidas y tres puertas, dos a los lados y una al fondo.

Tragó saliva, seguramente la oficina de ese hombre estaba en alguna de esas puertas.

El ojidorado llamó a la puerta y se escuchó un sensual "adelante" y entró a la habitación. Ahí estaba, parada en frente de él, con su vestido rojo de lino.

—Creí que no iba a venir milord.

Inuyasha cerró la puerta y apoyo la espalda en ella, cruzándose de brazos y recorriendo con la mirada a la mujer que tenía en frente de él.

— ¿Y por qué no?

Eri comenzó a desatar los listones de su vestido rojo de lino pero Inuyasha se lo impidió.

—Será mejor que no lo hagas. — dijo él, sentándose en la cama.

—Pero creí que…

—Creíste mal mujer – Inuyasha volteó a verla – Era sólo para darle una lección a alguien.

Eri hizo una mueca con los labios y se acercó a él.

—Pero puedo complacerlo milord – le susurró al oído.

—No – él negó con la cabeza – Sólo alguien puede hacerlo.

— ¿Ah, sí? ¿Quién, milord?

Inuyasha se encogió de hombros – Mi esposa – miró a otra parte de la habitación – Cree que soy un maldito infeliz – esbozó una media sonrisa – Y tiene razón. Un maldito que sólo le ha hecho daño, o mejor dicho, entre ambos nos hemos hecho daño.

La joven bostezó al escuchar el discurso de Inuyasha y éste la alcanzó a ver.

—Si tanto te aburro, puedes retirarte. Pero aquí, no va a pasar nada entre los dos.

De mala gana la joven asintió y salió desilusionada de la habitación, ya que ella esperaba estar en los brazos de Inuyasha.

La primera era una bodega donde guardaban licor, la segunda curiosamente está cerrada con llave. Sólo quedaba la del fondo, se detuvo por un momento, probablemente alguien estaba en esa oficina o tal vez no.

Así que con mucho cuidado, abrió lentamente la puerta y entró en aquella oscura habitación. Estaba en penumbras y avanzaba a paso lento, de no haber sido por sus reflejos habría tropezado con una mesita de noche.

Llegó hasta el escritorio, encendió una lámpara de gas y comenzó a rebuscar entre sus documentos algo que pudiera poner en evidencia a ese hombre. Pero a medida que buscaba y repasaba los papeles no había nada que lo pudiera poner en evidencia.

—Maldición.

Sólo cuentas y más cuentas por cobrar de sus clientes morosos ¿Era todo lo que ese hombre guardaba ahí? Existiría una caja fuerte dónde guardaba las cosas más importantes.

Recorrió con la mirada todo el despacho, una réplica de la Mona Lisa estaba en frente de ella, seguramente detrás de ese cuadro estaba la caja fuerte.

Pero cuando estaba a punto de ir hacía ella, escuchó voces que provenían desde afuera, su corazón latió con fuera y su primer instinto fue apagar la lámpara de gas y ocultarse detrás de una cortina.

—Si Naraku se entera que lo estás estafando. Te matara.

Kagome frunció el cejo ¿Estafando a Naraku? ¿Quién?

—Eres su hombre de confianza – prosiguió el hombre – Nunca lo creerá de ti Renkotsu.

—Mukotsu deja de ser tan cobarde. Si estamos utilizando el dinero de Naraku es para financiar nuestro trabajo de contrabando. ¿Acaso crees que con sólo ser salteadores de caminos vamos a conseguir tanto dinero? ¡Por supuesto que no! Aparte, él nunca se dará cuenta.

Kagome abrió los ojos de par en par, había dado con el líder de la banda de salteadores de caminos. Pero no era Naraku como ella se lo esperaba, sino el segundo al mando y que además lo estaba estafando.

Renkotsu buscó unos papeles en el escritorio de Naraku, fue ahí cuando reparó en la lámpara de gas, salía humo del mechero y además estaba caliente.

Se hizo una seña a su amigo que cerrara la boca y comenzara a buscar al polizón que se había metido como un ladrón en la oficina.

—Además – prosiguió él, cargando su pistola – Cuando sea rico pienso dejar Londres e irme a Paris. Amigo mío he encontrado lo que buscaba, es hora de irnos.

Mukotsu cerró la puerta y ambos permanecieron en el interior del despacho, esperando a que saliera en pequeño polizón.

Kagome al no escuchar más voces salió de su escondite, el despacho estaba en la plena oscuridad, no había nadie a su alrededor. Tenía que buscar a Koga, decirle que Naraku no era el líder sino Renkotsu.

Antes de salir por la puerta un hombre gordo y feo se interpuso en su camino.

—Vaya pero si es el duque Westmoreland o debo decir Safira ¿O prefiere que la llame Lady Taisho?

Kagome se quedó muda al saber que él la había descubierto y vio como él se acercaba a ella.

—Así es Lady Taisho, no tiene caso seguir fingiendo. Un hombre sería demasiado estúpido si no se diera cuenta y gracias a dios no soy tan imbécil como para caer en esos juegos.

Como no tenía caso seguir fingiendo, Kagome se quitó la peluca y su cabelló le cayó en cascada.

—Renkotsu esta mujer nos ha descubierto – dijo alarmado aquel hombre —Debemos deshacernos de ella.

—No – él negó – Tengo planes mucho mejor para ella. Su esposo es un hombre rico ¿Cuánto crees que nos pague por el rescate de su esposa?

Ante esa pregunta, Mukotsu esbozó una sonrisa de satisfacción.

—No te pagará nada maldito— dijo desafiante.

—Vaya – rio Renkotsu con fuerza – Es usted desafiante señora. Si su esposo no está dispuesto a pagar su rescate, sé de alguien que lo hará gustosamente. Alguien que la deseara fuera de su camino.

Kagome arqueó una ceja ¿Quién deseaba verla muerta?

—La viuda Rushforth – asintió al ver la expresión de pánico en la mujer – Sí, con tal de tener el camino libre con ese Lord Inalcanzable.

—Por mí que se lo quede – respondió la joven. Con la respiración exaltada.

—Ay – aquel hombre hizo una mueca – Si él se queda con ella ¿Quién nos pagara su rescate?

El hombre esbozó una sonrisa, mostrándole una mordaza y una cuerda.

La amordazaron y le ataron los brazos. Por ultimo colocaron un saco negro sobre su cabeza para que no viera la guarida de los hombres. Tuvieron que sacarla por la parte de atrás para que nadie los viera.

El ojidorado salió de la habitación y regresó con Naraku y Bankotsu. Cuando el hombre estaba por felicitarlo por su encuentro con Eri, él simplemente dijo que entre ellos dos no había pasado nada. En cambio, preguntó por Derek y se sorprendió al escuchar que había ido en busca de una compañía.

Idiota – se dijo así mismo – No hubieras actuado por impulso.

Si alguien la descubría la joven estaba perdida.

Así que la esperó impaciente, para ver si aparecía por las escaleras. Pero ni rastros de ella, poco a poco los clientes comenzaban a dejar el club hasta quedarse solo con Naraku.

Algo andaba mal, lo sabía y se lo decía su corazón.

—El duque Westmoreland ha tardado – comentó.

—Seguramente se ha encontrado con una mujer – respondió Naraku sin dejar de observar su juego — ¿Desde cuándo tan preocupado por lo que haga ese chico? Después de la molestia que te causo. Será mejor que lo tengas apartado un poco de ti.

Si, estaba preocupado y maldito sea él por haberse ido y perderle de vista. Su loca esposa seguramente se había metido en problemas y eso lo presentía, su interior se lo decía.

Alguien llegó hacia él y le entregó una nota, él frunció el cejo, pero seguramente había sido ella quien se la habría mandado.

Abrió la pequeña nota y en cada palabra se le iba el alma a los pies.

"Lord Taisho, disculpe las molestias. Pero, tenemos a su esposa, o mejor dicho al duque Westmoreland ¿O tal vez conozca a Lady Safira? Pero en todas es la misma. Sabe cómo arreglarlo. 2,000 monedas de oro por la vida de su amada esposa y no es negociable.

No dé parte a las autoridades o lo primero que recibirá de su esposa será un dedo."