Disclaimer: Nada me pertenece, más que mis alocadas fantasías Helsa. D:


6to año.


Algunas cosas nunca cambian


Como era costumbre todos los años, antes de iniciar con un nuevo ciclo escolar, el andén 9 y 3/4 de la estación King's Cross se encontraba abarrotada de gente. Decenas de niños y adolescentes ansiosos por estar en Hogwarts, se apresuraban a atravesar las puertas abiertas del expreso.

Faltaban solo cinco minutos para que el transporte abandonara su punto de partida, cuando una muchacha rubia y delgada atravesó el pilar que resguardaba la puerta encantada del sitio. Elsa resopló por lo bajo y maldijo a su despertador, unos minutos más y se habría quedado fuera del andén. Eso, sin mencionar que el agua caliente se había terminado justo cuando estaba en la ducha, que no había podido encontrar sus jeans favoritos antes de empacar y su pelo era un desastre. Hasta sus padres la habían reñido por ser tan descuidada.

¿Por qué el inicio de las clases nunca podía ser algo sencillo?

—¿A dónde vas con tanta prisa, sangre sucia? ¿Se te pegaron las sábanas?

La joven giró la cabeza bruscamente para mirar por encima de su hombro, y fulminó con sus fanales de zafiro al pelirrojo que le sonreía socarronamente.

Lo que le faltaba.

—Al parecer no soy la única.

—Lindo peinado —Hans ignoró el resplandor amenazante de la pequeña salamandra que lo contemplaba desde la capucha de su abrigo azul, y señaló el moño desordenado que se había hecho con la finalidad de domar un poco su pelo, haciéndola ruborizar.

Justamente él tenía que verla así.

—Deja de molestar, ¿quieres, Westergaard? Ya tuve una mañana de mierda como para que vengas a convertirte en la cereza del pastel.

—Vi a tus padres, extraña pareja. Sabía que algunos muggles podían ser estrafalarios, pero ciertamente no esperaba que ellos entraran en la categoría. Se ven bastante… interesantes.

Elsa se detuvo y entornó los ojos, antes de darse la vuelta para encararlo.

—¿Tienes algún problema con mis padres?

—Solo era un comentario —repuso él, sin dejar de mirarla con esa arrogante y maliciosa sonrisa que odiaba tanto—. Es curioso, no te pareces mucho a ellos, eso por no mencionar su evidente edad. Dime, ¿son tus padres o tus abuelos?

—¡Eso no es de tu incumbencia! ¡Cierra tu estúpida boca antes de que te la congele!

—Tranquilízate Elsa, no hay razón para que armes un numerito justo aquí por ellos. Ya es bastante patético que a tu edad, tengan que acompañarte a la estación.

—¡Por lo menos a mí me acompañaron al andén! En cambio tú, estás solo siempre que tengo la desgracia de toparme contigo fuera del colegio —la albina lo barrió con los ojos—. ¿Dónde están tus hermanos? ¿Abordaron el tren sin esperarte? ¿De qué te sirve tener una familia tan grande si a nadie le importas? Me das lástima, Hans.

—¡Repite eso! —el bermejo borró su sonrisa y sacó su varita, amenazándola.

—Dije que me das lástima. Eres un pobre imbécil al que siempre están dejando de lado y por eso te crees con el derecho a desquitarte con los demás, pero no pienso dejar que me uses como tu juguete antiestrés este año, ¿escuchaste?

—¡Serás mi juguete el tiempo que quiera, Elsa! ¿Crees que tengo miedo de tus estúpidos poderes de fenómeno? Si fueras una bruja de verdad te defenderías sin ellos, sangre sucia.

—¡Y si tú fueras un mago de verdad, te esforzarías por superarme de manera limpia, en lugar de estar acosándome todo el tiempo!

—Ya te lo dije, idiota, acosarte es como un deporte. No eres más que un pasatiempo para mí, Elsa.

—Dios, ese trauma que tienes con tus hermanos si que te ha dejado mal.

—¿Quieres dejar de mencionarlos? ¡Estás más pendiente de sus pasos que yo!

—¿Y qué? ¡Yo no tengo la culpa de como te trata tu horrorosa familia!

—¡Ni yo de que seas una zorra con complejo de santa, que piensa que todos debemos besar el suelo por donde caminas!

—¡¿De que estás hablando?! ¡Yo no pienso eso! ¡Todo es producto de tu enferma imaginación! —Elsa alargó la mano y le pegó en una sien con el índice, antes de que él la apartara con un manotazo— En serio Hans, tienes que superar esta obsesión que tienes conmigo. ¿Cuándo te comportaras como un chico maduro?

—¡En cuanto tu dejes de ser una mujerzuela presuntuosa! —el pelirrojo le dio un empujón— ¿Crees que no me doy cuenta de que esa actitud de falsa humildad es solo una máscara? Te encanta que todos estén halagándote, Elsa, amas ser el centro de atención. Te respetaría un poco más si al menos tuvieras la decencia de admitirlo.

—Lo reitero, en serio me das lástima.

La blonda le dio la espalda, dispuesta a partir, cuando lo escuchó pronunciar un encantamiento.

—¡Expelliarmus!

Rápidamente, Elsa alzó una mano y creo un escudo de hielo que hizo rebotar el hechizo.

—¡¿Estás enfermo o qué?!

—¿Asustada, sangre sucia? Apenas estoy empezando.

—Atacar por la espalda a alguien, eso es tan típico de ti —la chica hizo aparecer una bola de nieve en su mano y la arrojó al rostro de su compañero, quien para su mala suerte, la esquivó a tiempo.

—Lanzas como juegas al Quidditch, igual que una perdedora.

De un instante a otro, el andén se convirtió en escenario de un improvisado duelo de magia, que no se detuvo sino hasta que escucharon el estridente sonido del Expreso de Hogwarts a pocos metros de distancia, cerrando sus puertas y abandonando la estación.

—¡NO!

—¡ESPEREN!

Elsa tomó su equipaje y corrió directamente hacia el transporte, seguida por el Slytherin. Mas era demasiado tarde. Ambos se quedaron mirando como el tren se perdía en la distancia.

Un pánico espantoso se apoderó de la chica. ¿Es que nada podía ir peor ese día?

—¡Mierda! —Hans masculló por lo bajo, tan pálido como ella— No puede ser… ¡no puede ser, maldita sea! ¡Tenías que estropearlo todo, Sorensen!

—¿Yo? ¡Fuiste tú quien se interpuso en mi camino! ¡Estaba a punto de abordar hasta que decidiste aparecer y arruinarme el día como siempre!

—¡Púdrete, zorra!

—¡Imbécil!

Sentado sobre su hombro, Bruni se enfadó y emitió un fuego que encendió todo su lomo en llamas. A la vez, desde el transportador sobre el equipaje del pelirrojo, Sitron siseó y maulló con furia.

Elsa se pasó las manos por el pelo y trató de respirar profundamente.

—Muy bien, calma, ¡calma! ¡Piensa! Debe haber una solución perfectamente lógica para alcanzar el expreso.

—¿Qué solución? ¡Se fue! ¿Cómo crees que vamos a alcanzarlo?

—No sé… ¿volando en las escobas?

—¿Con todo este equipaje? ¡Es un viaje de horas hasta el colegio! Además creo que hará mal tiempo hoy.

La rubia bufó, tratando desesperadamente de hallar una solución. El pesimismo de su compañero no era de gran ayuda.

De pronto, por el rabillo de un ojo divisó la rechoncha figura de un hombre que andaba apresuradamente por el andén. Elsa entornó los ojos al verlo.

—¿No es ese el empleado de Naveen?

—¿Laurence? Sí, es él —contestó Hans, arqueando una ceja—, juro que cada vez que lo veo está más gordo.

—¿Qué hace aquí? ¿Vino a dejarlo en el andén o algo?

—Ese es su trabajo, se encarga de traerlo y recogerlo en la estación porque sus padres siempre están ocupados. ¿Por qué tanto interés?

—¡Eso es! Podemos pedirle que nos lleve hasta el colegio —el rostro de la jovencita se iluminó—, su auto es mágico, ¿no?

—¿En serio pretendes que lleguemos hasta allá con ese tipo?

—¿Tienes una idea mejor?

El pelirrojo sopló y acto seguido, los dos se apresuraron a alcanzar al sujeto, quien reaccionó sobresaltado al sentir como el bermejo le tocaba el hombro.

—¡Señor Hans! ¿Qué está haciendo aquí? ¿No debería estar a bordo del expreso? Señorita —Elsa esbozó una sonrisa nerviosa cuando el hombre inclinó la cabeza en su dirección.

—Perdimos el tren, Laurence.

—Tuvimos un pequeño inconveniente antes de abordar —explicó la blonda.

—Vaya, ¡eso es terrible! Cuanto lo lamento.

—No lo lamentes, llévanos hasta el colegio —el muchacho colocó su equipaje frente a sí con ademán desdeñoso, para que el otro lo tomara—, pon nuestras cosas en el maletero y vámonos. No hay tiempo que perder.

—Mis disculpas, señor Hans, pero me temo que no puedo hacer eso —dijo Laurence con nerviosismo.

Hans rodó los ojos.

—Oye, a Naveen no le importará, ¿sí? De hecho, dudó que se sintiera satisfecho de ver como te atreves a desairar a uno de sus mejores amigos. No querrás que se entere ¿no?

—Oh sí, ya lo creo, ese maldito renacuajo malcriado y racista… —Laurence se puso a mascullar por lo bajo de un instante a otro, olvidándose momentáneamente de ellos—. ¡Lo lamento de verdad! —exclamó, como si recién volviera a percatarse de su presencia—, en serio quisiera ayudarlos, señor, pero creo que no va a poder ser.

—No te lo estoy preguntando, gordo. ¡Abre la puerta ahora mismo!

—No tienes que ser tan odioso —murmuró Elsa al colorado, mirándolo con el ceño fruncido—. Por favor señor, de verdad necesitamos su ayuda. No sabemos que más hacer.

—Entiendo su dilema, señorita, pero no tengo permiso de los señores para conducir este vehículo fuera de los límites de la ciudad. Además, debo llevarlo al taller, últimamente ha estado sufriendo algunos desperfectos. Ahora si me disculpan, tengo que comprar el periódico.

—Maldito gordinflón —masculló Hans, mirando como se alejaba impunemente—. Es obvio que está mintiendo.

—¿Cómo lo sabes?

—Es demasiado flojo como para hacerle un favor a nadie si no le ofreces algo a cambio —en ese instante, el muchacho miró hacia el interior del coche y enarcó ambas cejas, como si se percatara de algo—. Tendremos que robar el auto.

—¡¿Qué?! —la albina lo miró alarmada.

—¿Sabes conducir?

—Sí, sí sé conducir pero no voy a robar un auto, Hans. Ni que fuera el papanatas de Fitzherbert —le espetó ella, arrugando la nariz de esa forma adorable que la caracterizaba cada vez que estaba molesta—, además, solo he manejado vehículos muggles.

—Esto es casi lo mismo.

—¿Y cómo crees que vamos a hacerlo arrancar, genio? Necesitaríamos las llaves.

El mago señaló el tablero del coche y Elsa miró por la ventana, percatándose de algo que colgaba a un lado del volante. Las benditas llaves se habían quedado dentro. Ese Laurence sí que era despistado.

—Diablos.

—Más te vale que no tengamos un accidente a bordo de esta cosa.

—¿Disculpa? ¿Cómo piensas que vamos a entrar? ¡La cerradura debe ser a prueba de magia!

—Pero no a prueba de ganzúas, en dos minutos la abro. Eugene me enseñó.

—¿Para qué pregunté? Ustedes sí que son de lo peor —Elsa se cruzó de brazos—. No pienso robar un auto Hans, soy demasiado joven para terminar en Azkaban por culpa de tus impulsos de vandalismo. Tiene que haber otra forma de llegar al colegio.

—¿Tienes una idea mejor?

En vano, la bruja intentó pensar en algo. El reloj del andén resonó por toda la estación y tuvo que darse por vencida, liberando un suspiro resignado.

Hans sonrió de lado e hizo aparecer una ganzúa, que luego introdujo por la cerradura del auto. La puerta del conductor se abrió en un santiamén y él se apresuró a quitar los seguros que resguardaban el resto.

—¡Rápido! Echame una mano.

Preocupada, Elsa le ayudó a colocar los baúles en el maletero, mirando a su alrededor. Laurence podía volver en cualquier minuto y de ser así estarían en graves problemas.

El pelirrojo cerró el portaequipajes y la urgió a entrar en el vehículo. Él ocupó el asiento del acompañante, tras dejar a su gato en el asiento trasero y espero a que ella hiciera lo mismo. La chica se sentó y puso las manos en el volante, inquieta.

—¿Y bien?

—¿Qué?

—¡Arranca de una buena vez! ¿Sabes conducir o no?

—¡No me grites, mentecato! —Elsa suspiró profundamente y giró la llave a un lado del volante, sintiendo como el coche se elevaba ligeramente— ¡Woah! ¡Por todos los cielos! —sujetó el volante con fuerza, confundida—, ¿y-y ahora qué?

—¡Conduce! Solo conduce —Laurence volvía con un periódico bajo el brazo y se quedó anonadado al verlos dentro del coche—, ¡rápido! ¡Vámonos de aquí!

—¡Oigan! ¡Salgan de ahí, mocosos! ¡Maldita sea!

Asustada, la rubia aceleró y sin saber exactamente como, logró arrancar el auto en el aire, dejando atrás el andén 9 y 3/4, y los gritos de ese pobre e histérico hombrecillo.

—¡Ay, por Dios! ¡¿Qué hice?! —gimoteó, asustada, mientras Bruni caminaba nervioso sobre su brazo— ¡No puedo creerlo! ¡Soy una delincuente juvenil!

—¡Fíjate por dónde vas!

Elsa gritó y viró a tiempo para evitar estrellarse contra un edificio.

—¡¿Hacia dónde voy?!

—¡Allí abajo! Solo sigue las vías del expreso —le indicó Hans, señalando los rieles—, cálmate, tranquila. ¡Mírame! ¡Mírame bien! Todo estará bien, solo tienes que relajarte —la chica se volvió hacia él, tensa y preocupada—, afloja el volante… eso es. Ahora sigue. En menos de lo que imaginas estaremos aterrizando en los jardines de Hogwarts.

—No puedo creer que esté haciendo esto —dijo ella, ignorando la sonrisa malévola de su acompañante.

—Ay, sangre sucia, algún día dejarás de ser tan preocupona e inocente —el muchacho sonrió con mayor amplitud y se recostó contra el respaldo—. Algo me dice que este será un viaje tranquilo.

Elsa lo fulminó con la mirada.


El trayecto hacia Hogwarts parecía eterno. Tras haberse sumido en un silencio profundo por lo menos durante la última hora, Hans se decidió por intentar encender la radio. Craso error. Un sonido de estática inundó el carro al instante haciendo interferencia con la señal de varias estaciones.

Elsa sintió como Bruni se ocultaba al instante en su bolsillo, incómodo. Desde el asiento trasero, Sitron se quejó y ella le lanzó una mirada fulminante al pelirrojo.

—¿Quieres parar de una vez? No funciona.

—Solo estoy probando, ¿sí? —el mago se volvió a verla con fastidio.

—Laurence dijo que el coche estaba teniendo desperfectos. Me sorprende que no nos hallamos estrellado contra el suelo —Elsa respiró profundamente, intentando relajarse—, espero que no suceda de verdad.

—Con esa actitud, no precisamos de mala suerte. Eres el alma de las fiestas, Sorensen.

—Como sea Hans, solo cállate, ¿quieres? Ya es bastante malo estar varada aquí contigo y encima tener que ser tu chófer. Vas a deberme una muy grande en cuanto estemos en el colegio.

—No te voy a deber nada, cretina. Yo fui quien tuvo la idea de tomar el auto, sino fuera por eso aún seguiríamos en el andén.

—Y si no fuera por tus estúpidos comentarios, iría a bordo del expreso con mis amigas y serías tú quien probablemente se hubiera quedado en el andén, ya que ni siquiera sabes conducir —Elsa resopló molesta—. Dios, juro que debo haber hecho algo realmente malo en otra vida para tener que soportarte.

—Sí, ya somos dos —repuso él enfadado, optando por mirar hacia la ventana.

Una vez más, el silencio se apoderó del interior del carro. Esta vez, el muchacho se encargó de quebrarlo de forma repentina, sobresaltando a Elsa.

—Tus padres parecen buenas personas.

—¿Eh? —la joven hechicera lo miró anonadada.

—Me escuchaste perfectamente —Hans rodó los ojos.

—Estuviste espiándonos, ¿no? —replicó ella entrecerrando los ojos.

—Relájate, ¿sí? Simplemente llegué al andén y vi como te despedías de ellos —dijo él, muy a su pesar rememorando la escena.

La forma cariñosa en la que su madre le acomodaba el abrigo y el pelo, y como su padre se inclinaba para besarla en la frente, antes de que los tres se fundieran en un rápido abrazo. Esos muggles no vivían de manera opulenta como su familia, eso se notaba a leguas, pero estaban llenos de amor incondicional hacia su hija.

Y eso lo había hecho sentir furioso.

—Sí, son buenas personas —dijo la rubia, con la vista fija en el parabrisas—. Ya los echo de menos.

—Pero sí creí que eran tus abuelos.

Elsa volteó a verlo mosqueada.

—¿Qué? Es bastante obvio —insistió él, encogiéndose de hombros—, no negarás que llama bastante la atención.

—¿Y?

—Eso es raro.

—No más que tener una docena de hermanos, ¿qué clase de familia hace eso hoy en día?

—Es fácil tener tantos hijos como mi padre, cuando se es un sujeto frívolo y egoísta sin más interés que el de hacer dinero y gastarlo. Las mujeres llegan solas, ya se ha casado y separado cuatro veces. Y yo no me referiría a nosotros como una familia —musitó Hans con amargura.

La blonda relajó su semblante.

—¿Tan malo es?

Él la miró con una ceja arqueada y casi al instante se arrepintió de haber preguntado. Había sido testigo en años anteriores de lo mal que lo trataban sus hermanos. Indagar estaba de más.

—Por eso llegaste solo al andén.

—Eso me da lo mismo, hace mucho que dejé de esperar nada de papá o de mis hermanos.

—No lo entiendo, Hans.

—¿Qué?

—Parece que realmente les odias y no es que pueda culparte. Pero aún así no haces más que comportarte como ellos.

—¿Disculpa? —resopló él con enfado.

—Sabes que es la verdad, cuando no estás metiéndote conmigo, parece que siempre tienes que estar hablando a espaldas de alguien o encontrar un pretexto para burlarte de otros. Sabes que hacer eso no compensará lo horrible que pueda ser tu familia.

—Tú no lo entiendes, jamás entenderías lo que es vivir con ellos. Con mi padre presionándome y todos esos imbéciles alardeando. Estoy solo.

—No lo estás, tienes a tus amigos. Y Ariel también te quiere, aunque siempre se queje de ti. Seguro que su familia también lo hace. Y eso sin mencionar a Anna, que está obsesionada contigo —Elsa puso los ojos en blanco—, deberías hacer algo más que darle esperanzas, está loca por ti.

—El problema es que yo no estoy loco por ella.

—No, tú solo te amas a ti mismo. Me preguntó que pensaría tu madre de todo lo que acabas de decirme.

—Está muerta.

La joven se quedó lívida ante la fría contestación del Slytherin. Ahora sí había metido la pata.

—Murió cuando yo nací.

—No lo sabía…

—Da igual, nunca la conocí. Es mejor así, supongo.

—En verdad lo lamento.

—Papá no, lo cual no es de extrañar. No es como que alguna vez se haya enamorado de ninguna de sus esposas, aunque esa no es excusa para que no paré de recordármelo cada que puede, dice que es irónico, si lo piensas bien. Ya sabes, por lo de mis hermanos. Yo soy el último. El trece de la mala suerte —apuntó con ironía.

—Vamos, eso no es así.

—No te atrevas a sentir lástima por mí, Sorensen, no te estoy haciendo confidencias para tratar de justificarme o algo. Carajo, ni siquiera sé porque te estoy contando esto. ¿Sabes qué? Cállate y sigue conduciendo, ya debemos estar por llegar.

La muchacha se mordió el labio, avergonzada. Se sentía pésima por haber tocado el tema. Miró de reojo el perfil del mago, severo y silencioso, y no pudo evitar ser presa del remordimiento.

—Soy adoptada.

—¿Qué? –se volvió hacia ella bruscamente.

La albina suspiró.

—Mis padres me adoptaron, por eso se ven de más edad. Nunca pudieron tener hijos, aunque lo intentaron por largo tiempo. Ya llevaban un tiempo viviendo en Inglaterra, cuando hicieron un viaje hasta Oslo; es donde yo nací. Ellos también son de ahí —explicó—. La cosa es que, querían adoptar a un niño noruego y me encontraron a mí, tenía solo unos días de nacida y había sido dejada en el orfanato. Era el mes de diciembre. Cuando mi madre me vio, supo que tenía que llevarme a casa con ellos. Así que al regresar a Inglaterra, ya era parte de su familia.

Elsa volteó hacia él brevemente.

—¿Sorprendido?

—La verdad es que sí. Me sorprende aún más que tú estés al tanto, no debe ser… eh… sencillo.

—Sí lo es, lo he sabido desde que era pequeña. Papá y mamá dicen que no debo avergonzarme por no tener su misma sangre, la familia no se trata de eso. Ellos me eligieron y yo siempre les estaré agradecida.

—¿Nunca te has preguntado que es de tus verdaderos padres?

—No creo que tenga mucho sentido hacerlo a estas alturas.

—¿Eres idiota? ¡Claro que lo tiene! —exclamó el joven— Solo mírate Elsa, eres una de las brujas más habilidosas de nuestra generación, por mucho que odie admitirlo, y encima tienes esos poderes monstruosos, ¿no crees que tus padres biológicos podrían tener algo que ver con eso? ¿Cómo es posible que no te interese averiguarlo? ¡Podrían incluso ser magos de sangre pura!

Hans volvió a sentirse molesto al mencionar dicha posibilidad. No podía ser que ni siquiera le interesara; esa chiquilla sí que lo exasperaba.

—¿Acabas de halagarme? Y yo que pensaba que este viaje no iba a ser interesante —dijo ella esbozando una sonrisa burlona.

—No pienso volver a repetir eso. Y no te desvíes del tema, sabes que tengo razón.

—Tal vez. Pero como dije, no es importante a estas alturas. A veces es mejor disfrutar del presente que indagar en el pasado, no me gustaría enterarme de algo desagradable. No creo que esté lista para eso. Además eso de la sangre siempre me ha parecido una estupidez.

—Una estupidez, ¡por favor! —Hans se dejó caer contra el respaldo, mosqueado—. Vaya vida la nuestra, sangre sucia. Tú adoptada y yo marginado. Si que tenemos mala suerte, ¿eh?

—No lo considero así.

—¿No?

—En mi caso, fui adoptada por una familia amorosa que me ha dado una buena vida. No sé como era el orfelinato en el que estaba, pero no creo que hubiera sido fácil crecer en un lugar así, sobre todo teniendo mis… eh… habilidades. Pasé muchos momentos difíciles cuando era pequeña, tratando de contener este poder. Por lo menos mis padres fueron comprensivos, no sé que habría hecho si no hubiesen estado ahí para apoyarme. Así que no, no me considero desafortunada. No del todo, quiero decir.

—Ya —Hans frunció el ceño.

A veces esa costumbre suya de ver el lado bueno de las cosas, podía resultar especialmente fastidiosa.


Comenzaba a oscurecer; el viaje resultó más largo de lo previsto, sus estómagos pedían a gritos algo de alimento. La chica estaba cansada de conducir. A lo lejos, la silueta familiar del castillo de Hogwarts se recortaba contra el ocaso. Elsa sintió que su corazón saltaba de alegría.

—¡Llegamos!

—¿Ves? Te dije que estaríamos bien. Ahora solo procura aterrizar con cuidado.

—Oh oh —Elsa palideció de pronto y miró hacia sus pies.

—¿Qué?

—No puedo desacelerar… ¡esto no tiene frenos!

—¡¿Qué?! ¡Claro que sí!

—¡Los frenos no están funcionando bien!

El bermejo se puso tan pálido como ella.

—¡FRENA, FRENA! ¡TIENES QUE FRENAR!

—¡ESO INTENTO!

Piso el pedal de frenado a fondo y entonces el auto se precipitó hacia suelo firme, arrancándoles un grito de terror. Frente a ellos, el Sauce Boxeador parecía haber advertido su presencia y se envaró igual que un gato.

Elsa se tensó y cerró los ojos, en espera del impacto. El auto se estrelló contra una de las ramas del árbol, provocándole una inmensa sacudida y entonces, fue despedido en dirección contraria hacia los bosques que rodeaban el castillo, haciendo gritar a sus ocupantes. Aferrada al volante, la joven sintió como el vehículo se balanceaba estrepitosamente, antes de volver a quedar suspendido en el aire.

—¡¿Estás bien?! ¿Elsa? ¡Elsa! —las manos del pelirrojo la zarandearon ligeramente, al ver que se había quedado estática.

Abrió los ojos. Estaban vivos. Vivos y atascados en la copa de un gran árbol, manteniendo un precario equilibrio. Casi al instante el vértigo la invadió. Sitron no dejaba de maullar con desesperación desde el asiento trasero. Una capa de escarcha se extendió a lo largo del volante y el tablero del auto.

—Mierda.

—Tranquila, suelta el volante —Hans le hizo despegar las manos con cuidado, temeroso de que hiciera el más mínimo movimiento en falso—, ya está.

—¡¿Cómo demonios terminamos aquí?!

—Ya no importa, tenemos que encontrar la manera de bajar de aquí sin rompernos los huesos —el bermejo resopló y se pasó una mano por los cabellos—. Maldita sea, Naveen nos va a matar.

—¡A la mierda con Naveen! ¡¿Estamos varados a diez metros del suelo y lo único que te importa es como va a reaccionar tu amiguito?! ¡Maldición, Westergaard! —chilló la blonda. La temperatura dentro del coche bajó drásticamente— Sabía que este día se iba a ir al carajo desde que te vi en el andén.

—No exageres, ¿sí? Podría ser peor —Hans rodó los ojos y se frotó los antebrazos—, al menos estamos ilesos.

—Sí, hasta que esto se estrelle contra el piso.

—¡Solo cálmate! —exclamó él— Y sobre todo, trata de no congelar el maldito auto. Ya me estoy helando aquí adentro.

Elsa respiró profundamente y murmuró unas palabras por lo bajo, tratando de tranquilizarse. La escarcha se desvaneció lentamente.

A su lado, el mago cogió su varita y se volvió brevemente para tranquilizar a su gato. Acto seguido murmuró un hechizo de alumbramiento para echar un vistazo afuera. Estaba empezando a oscurecer. El colegio se encontraba a buena distancia de ellos, no era probable que nadie se hubiese dado cuenta de su llegada. No sabía si esa era bueno o malo.

—¿Pero qué carajos?

Hans se sobresaltó y desvió la mirada hacia abajo. Una joven de piel pálida y cabello corto y oscuro contemplaba el auto entre los árboles con asombro.

—¿Cassandra? —el joven reconoció con alivio a su compañera de Slytherin y emitió un suspiro— ¡Gracias a Dios! ¡Oye! ¡Oye!

—¿Qué hacen allá arriba, idiotas? —inquirió la chica con voz monótona.

—¿Eso importa? ¡Ve y busca ayuda! ¡No tengo idea de que hacer para bajar de aquí!

—¿Por qué?

—¡Por qué el maldito coche se caerá en cualquier momento!

—No, digo ¿por qué no tienes idea? ¿No eras el mago más talentoso de Slytherin? Usen sus escobas para salir de allí y ya.

—¡Están en el maletero! ¡Y estamos atorados!

—Entonces solo haz levitar el coche.

—Yo… es que nunca lo he hecho con un objeto tan grande…

—Que lo haga Sorensen.

—¡Está en shock!

—Vaya, eso es una pena.

—Mierda, esto es ridículo —Hans masculló entre dientes, intentando mantener la compostura—. ¡¿Quieres ir de una maldita vez a buscar a alguien?! ¡Ve y trae a Garfio! O mejor a la profesora Yelena, hey, ¿a dónde vas? ¿Irás a buscarla? ¡Vuelve! Irás a buscarla, ¿no? ¿No? ¡Maldita sea!

El bermejo observó como su compañera se marchaba de ahí, impávida y sin aparentes intenciones de ayudarlos.

—No creo que regrese —el muchacho resopló y se volvió a ver Elsa, a cuyo alrededor estaban formándose unas pequeñas virutas de nieve. La nevisca se arremolinaba sin parar alrededor de su pelo, delatando su estrés—, ¡eso es! ¡Nieve! ¿Puedes crear una rampa de hielo o algo que nos ayude a salir de aquí?

—¡¿Qué?! —la bruja lo miró con espanto.

—O un banco de nieve que amortigüé nuestra caída. Mejor las dos cosas.

—N-no… no sé…

—¡Vamos, Elsa! ¡Haz algo! Al fin puedes usar tus estúpidos poderes para algo útil y solo estás ahí, ¡temblando como una niña!

—¡Hey, jódete! —la rubia lo fulminó con sus fanales celestes, ruborizándose con violencia.

—¡No puedes quedarte ahí paralizada, Elsa! Tienes que actuar. Esta cosa se va a caer en cualquier momento.

La chica bufó y miró por la ventana. Era una larga distancia hasta el suelo. Si no lo hacía bien, estaban jodidos.

—Puedes hacerlo —escuchó decir al pelirrojo a sus espaldas—. Solo concéntrate.

La muchacha se recargó contra el respaldo y volvió a cerrar los ojos.

—Bien. Aquí voy.

Intentó concentrarse, como le había enseñado la profesora Yelena. Una nevada se materializó sobre los árboles y comenzó a acumularse a sus pies. Hans se asomó por su ventana y retrocedió asustado, al notar como una estalactita de hielo surgía de la nada en su dirección.

—¡Oye!

—¡Lo siento!

El auto se desprendió limpiamente de entre las ramas y cayó con un golpe seco sobre la nieve, provocando una avalancha que se desmoronó a toda velocidad. La bruja gritó y volvió a aferrar el volante. Una capa de hielo sólido cubrió el césped. El carro aterrizó sobre ella, girando sin dirección alguna y acercándose peligrosamente al lago.

—¡Elsa!

La adolescente alzó una mano e hizo aparecer una muralla de hielo que los detuvo limpiamente, a escasos centímetros de caer en el agua. Ambos se miraron, asustados. El sonido de sus respiraciones agitadas inundaba el interior del vehículo.

—Lo hice —Elsa miró el muro de hielo y luego sus manos, sintiendo crecer una extraña emoción en su pecho.

—Sí.

—¡Realmente lo hice! ¡Nos salvé!

—Así parece.

La albina dejó escapar una risita de júbilo, inundada aún por la adrenalina. Hans no pudo evitar esbozar una media sonrisa, contagiado por su repentina felicidad. Se sentía bien estar a salvo, después de todo.

—Vaya, vaya, miren quien llegó. Tenían que ser ustedes —la maliciosa voz de la profesora Gothel hizo que ambos palidecieran. Elsa dejó de reír abruptamente—, pero que desastre. Sin duda alguna, al director le encantará lidiar con esto.

La cínica mujer se encontraba a un lado del coche, con los brazos cruzados y su perpetua expresión de condescendencia. Tras ella, Cassandra asomó la cabeza y le dirigió una sonrisa malvada a Hans.

—Salgan los dos. Ahora.

Obedecieron al instante.

Elsa se aseguró de que su pequeña salamandra trepara a su hombro y Hans sacó a su gato en brazos; el pobre animal era una maraña de nervios.

—Vaya par que son, una vez más, la plaga de Hogwarts decide hacer muestra de su exuberante originalidad. ¿Se puede saber por qué no llegaron a bordo de los carruajes, como el resto de los estudiantes?

—Nosotros perdimos el expreso, profesora. No sabíamos que más hacer —respondió Elsa.

—Entrar en el colegio a bordo de un vehículo mágico sin licencia alguna y provocar un estropicio en los jardines, desde luego que no, señorita Sorensen.

La chica se mordió el labio inferior, avergonzada.

—¿Y usted, Westergaard? ¿No tiene nada que decir?

—¿Qué quiere que le diga, profesora? Eso no impedirá que nos castigue.

—Está usted en lo correcto. Ravenclaw y Slytherin tienen 500 puntos menos —afirmó la maestra, ensanchando una sonrisa pérfida—, comenzamos el año con el pie derecho, ¿eh? Quizá esta vez tenga algo de suerte y terminen expulsándolos de una vez por todas.

Elsa tragó saliva.

—Ya, lárguense. Voy a hablar con sus tutores después de la cena, esto no se termina aquí.

No demoraron ni un segundo en acatar la orden. La amargada mujer observó como ambos se escabullían hacia el castillo, "igual que dos ratas asustadas", pensó. Eso la hizo reír para sus adentros, hasta que su mirada índigo se topó con la muchacha restante.

—¿Sigues aquí, Cassandra? ¿No tienes algo más que hacer que meter las narices en donde no te importa, niña? Anda, fuera de mi vista tú también.

La aludida miró a Gothel con seriedad y se dio la vuelta para ir tras sus compañeros. Gothel por su parte, contempló el carro una vez y revoloteó los ojos, suspirando.

—¡Pero que día!


—Bueno, esta sí que es una sorpresa. Admito que, de entre todas las posibilidades en las que imaginé que podría darse este reencuentro, esta es la que menos me esperaba —Yelena dejó de mirar por el ventanal de su despacho y se dio la vuelta, encarando a la persona sentada frente a su escritorio—. Estoy sorprendida.

—¿Esperabas que hiciera una aparición más dramática?

—Algo así. Nunca te gustó apegarte a las reglas —la anciana mujer esbozó una sonrisa y ocupó su asiento—, aún recuerdo tu paso por estas aulas. Eras la jovencita más inquieta que había visto.

—Ya no soy más una jovencita, Yelena. Me pareció que si iba a regresar, tendría que asumir un papel más… discreto. Un escándalo a estas alturas no favorecerá a nadie.

—No, ciertamente no lo hará —la profesora suspiró profundamente—. Entonces, ¿has puesto tus asuntos en orden?

—Estoy lista para incorporarme de inmediato al colegio.

—Pareces nerviosa.

—Lo estoy.

—Mejor disimula, no querrás que te delaten los nervios. Esos chicos son un auténtico torbellino, en especial los de sexto.

—Muchas gracias por darme esta oportunidad, Yelena. Significa mucho para mí.

—Admito que aún tengo mis dudas sobre este plan, ¿pero cómo iba a negarme? Después de tantos años —Yelena abrió uno de los cajones de su escritorio—, ¿quieres saber de ella, verdad?, estás ansiosa por preguntarme.

—Ella está bien, ¿verdad? —la anciana contempló el anhelo en los ojos de su huésped y extrajo una fotografía del cajón.

—Está perfectamente, querida y dentro de poco podrás comprobarlo por ti misma —le entregó la imagen—. Es una chica muy talentosa, algo insegura y emocional, pero era de esperarse debido a lo particular de sus habilidades. Debo decir que estoy impresionada y orgullosa de su progreso, aunque todavía le falta mucho por aprender. Necesita confianza y mucha disciplina. Algún día se convertirá en una poderosa hechicera. Tal vez la más poderosa que se haya visto en años.

Yelena contempló como la mirada frente a sí se anegaba en lágrimas. La mano de su invitada se deslizó sobre un punto de la fotografía con suma delicadeza.

—Ha crecido tanto, es más hermosa de lo que imaginé.

—Y posee un carácter noble y valiente. Ha tenido a quien heredar.

Su invitada la miró, sobresaltada.

—¿Crees que alguien sospeche?

—No, su actual identidad y el lugar del que proviene no han dejado lugar alguno para sospechas. Por otra parte, tú misma has cambiado bastante. Debiste pasar por momentos muy difíciles.

—Sí —el semblante de la recién llegada se ensombreció—, así fue… pero no estoy aquí para hablar de mi pasado Yelena, sino para enfocarme en el futuro —repuso la recién llegada, recobrando la compostura tras una pausa breve—. Eso es lo único que me interesa.

—Me alegro, porque tenemos un gran trabajo por delante. Y no me refiero tan solo a lo personal. Espero que de verdad te hayas actualizado con respecto a todo lo que implica lidiar contra la magia negra, porque el curso de este año será intensivo. Ya sabes como es la cosa, en este lugar enseñan únicamente los mejores.

—¿Alguna vez he dado muestras de lo contrario?

—No, siempre fuiste una alumna ejemplar en la materia. Algo obstinada para mi gusto, pero ejemplar al fin y al cabo —Yelena volvió a dibujar una sonrisa y se inclinó hacia adelante, extendiendo su mano derecha—. Dicho todo, supongo que a partir de aquí lo demás es un mero formalismo. Bienvenida al colegio, Iduna.

La elegante mujer de cabellos castaños correspondió a su gesto, estrechándole la mano. La otra, aún oprimía contra su corazón aquella mágica fotografía, en la que una muchachita de largos cabellos platinados posaba junto al resto de los integrantes de la casa de Ravenclaw.

—Es un placer estar de vuelta.


Nota de autor:

¡¿Qué está pasandaaaaaa?!

Así es babies, doña Iduna hace su aparición triunfal en esta historia, creo que ahora pueden ver más o menos por donde van a ir los tiros, ¿no? Bueno si no es así, paciencia, este es un ovillo que se va a ir desenrollando poco a poco.

Otros que hicieron su aparición por aquí fueron Laurence (pobre hombre xD), y la amiguita Cassandra; para quienes no la conozcan, se trata de un personaje de la serie de Enredados y (ALERTA DE SPOILER)...

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... es hija de Gothel.

En lo personal no he visto la serie completa, pero ella me gusta y me pareció bien invitarla a jugar. :3

Pasando a lo bueno, mis pequeños como siempre haciendo lo que mejor saben: causar desmadre. Quien los viera, volando en auto mágico y todo. Lo importante aquí es que nos enteramos de algunas cosas de su infancia, especialmente en lo que a copito de nieve respecta. Sé que están haciéndose muchas preguntas, ¿quién es Elsa realmente y de dónde viene? ¿Cómo es que terminó viviendo en un hogar muggle? ¿Cuál es el papel de Agnarr e Iduna? Pero calma porque como dije, iremos poco a poco. :v

genesis: Así es amigui, y todavía nos quedan bastantes sorpresas por descubrir con el buen Agnarr.

Guest: Oh, that you can bet on, baby. I think that with this chapter it was already clear who Agnarr was referring to, but there are still quite a few mysteries to be solved. Let's say that in the future, Anna and Elsa will have to be more tolerant of each other. xD

Que pasen un weekend muy sabroso, creo que ya va siendo hora de sacar los adornos y las historias helsosas de Navidad, ¿eh? 7u7