Episodio 57: Orphan
Elisabeth se asustó cuando nadie respondió a los tres golpes con los que llamó a la puerta, apresuradamente tendió su marido, ya inconsciente, a Luis y Erik para que lo sujetaran y sacó la llave, con la que abrió atropelladamente para entrar al instante, esperando encontrarse lo peor.
Respiró aliviada cuando encontró a Simon derrengado en el sofá, agarrando el parque móvil, en el que el pequeño René dormía ajeno a todo, con una mano.
Sonrió, imaginando que el agotamiento del muchacho se debía a que había pasado todo el rato practicando la Cross Barrier, Erik por su parte no fue tan benevolente, y apenas vio a su hermano adoptó una expresión severa y lo zarandeó, despertándolo.
- ¡Maldita sea! – exclamó en voz baja - ¡Se te encarga algo tan simple como cuidar de un bebé y te duermes como un gandulazo! ¡Espabila, joder!
El muchacho se despertó con un repullo mientras Luis, más calmado, entraba al salón, cargando con François.
- ¿¡Qué…!? – bostezó con total tranquilidad – Ah… hola Erik…
- ¡Nada de hola! – espetó el mayor, molesto - ¿¡Quieres decirme por qué dormías cuando se te había encomendado una misión!?
- Pues… - se estiró, desperezándose, mientras la puerta del cuarto de los invitados se abría a sus espaldas.
- Porque yo se lo he permitido, Erik – lo interrumpió una voz familiar.
Todos se dieron la vuelta con rapidez, de la habitación donde los hermanos dormían salió una anciana bajita, de cabello lacio y cano y vestida de forma sencilla, pero elegante.
- ¡Doña Loretta! – exclamó sorprendida Elisabeth - ¿Qué hace aquí?
La mujer sonrió con serenidad.
- Sentí el choque de dos auras en Nôtre Dame y vine asegurarme de que todo estaba en orden por aquí… Afortunadamente, Simon cuidaba del niño mientras hacía algunos… ejercicios, le di permiso para descansar apenas no pudo más.
- ¿Stella se ha quedado en la mansión? – preguntó el mayor de los Belmont con curiosidad, recibiendo como respuesta un movimiento afirmativo con la cabeza.
- Sí que ha habido un choque – intervino Luis, dirigiéndose a la Lecarde – y éste ha sido el resultado.
Se acercó a la anciana con su nieto a cuestas, la cara de ésta se entristeció al ver el estado del mismo, e hizo un leve movimiento de muñeca, con lo que el cuerpo se irguió y empezó a levitar a unos centímetros del suelo, con la cabeza colgando hacia delante, mientras lo contemplaba con gesto de preocupación.
- Vaya… – comentó – Sabía que Erzabeth Barthory era muy poderosa… pero no hasta este punto…
- ¿Sabe que ha sido ella? – la interrogó Erik - ¿Cómo?
- Lleva en la ciudad unos días – aclaró, llevándose la mano a la barbilla mientras, con otro gesto, elevaba la testa de su nieto – tanto Stella como yo seríamos capaces de reconocerla, es un pequeño recuerdo que hemos heredado de nuestro padre.
Simon, que ya se había espabilado por completo, irrumpió en la conversación.
- ¿Reconoce un aura porque su padre ya la sintió?
La anciana suspiró.
- Si el poseedor de esa aura ha marcado profundamente a alguien, su recuerdo pasa a lo largo de generaciones, de la misma forma que vosotros, los Belmont, sois capaces de reconocer a Drácula apenas os encontráis frente a él, ya que vuestra sangre reacciona de un modo… especial – elevó la mano y empezó a conducir el cuerpo con ella, como si fuera una marioneta – Elise, querida, voy a necesitar un lugar para curar sus heridas ¿Te importa si os mancho la cama de sangre?
- No, no – aceptó ella – claro que no, Doña Loretta.
- Oh, después de tanto tiempo no seas tan respetuosa conmigo – dijo la anciana antes de desaparecer por la puerta de la habitación de matrimonio, que se cerró a sus espaldas.
- Espero que sea capaz de curarlo – comentó Luis, despojándose de su ajado chaleco de combate – no me gustaría que acabara como mi padre tras combatir con Malaquías…
- Yo estoy tranquila sabiendo que se va a encargar ella – replicó a esto la Kischine, que se sentó donde antes se encontraba Simon, al lado de su bebé – Loretta nos ha curado a Fran y a mí heridas muchísimo peores.
- Sí, es una suerte que esté ella – articuló Erik mientras se sentaba en uno de los sillones – Se la considera la mejor curandera de la hermandad, no en vano – sonrió con nostalgia – se dice que fue ella una de los hechiceros que entrenaron a nuestra madre.
Las miradas se volvieron hacia él, especialmente la de su hermano Simon.
- ¿Ella fue uno de los maestros de mamá? – preguntó, ansioso de información.
- Según me comentaron algunos hace tiempo en la hermandad, sí – su sonrisa se acrecentó – hasta donde yo recuerdo, mamá era gran hechicera ysanadora.
El silencio se hizo mientras el pelirrojo agachaba levemente la cabeza, aún sonriendo.
- Tú casi no la recuerdas, Simon, pero yo… reconozco que aún la echo de menos.
Una pesada tristeza se apoderó de los presentes con aquellas palabras, Elisabeth desvió la mirada a la habitación donde Loretta Lecarde habría empezado ya seguramente a curar al muchacho.
- Hablando de padres… ¿Qué ha sido de los padres de François? ¿Por qué aún no los hemos visto?
La cuestión lanzada al aire por Luis provocó un ensombrecimiento del gesto de la Kischine, que le lanzó una mirada amarga.
- Fran no tiene padres, era un bebé cuando murieron, – contestó con sequedad – es huérfano.
Ninguno de los tres muchachos reprimió un gesto de sorpresa, el Fernández lo compadeció.
- Mu… ¿Murieron? – Simon tragó saliva - ¿Cómo?
- En una misión, según me contó – contestó ella – está orgulloso de ellos y siempre dice que le gustaría estar a su altura, los considera héroes… pero no sabe lo que es el calor del seno materno – tomó aire, parecía habérsele hecho un nudo en la garganta – yo al menos pude conocer a los míos antes de perderlos…
- Pero ha tenido a sus abuelas ¿no? – Intervino Erik – es decir… ha conocido una familia…
Elisabeth profirió una pequeña risa sarcástica.
- Stella y Loretta son muy buenas personas, pero ellas mismas me confesaron que nunca intentaron darle calor familiar… son más sus maestras y amigas que padre y madre. Supongo que por eso no sabe actuar antes según qué situaciones… aunque como padre y marido – dibujó una sonrisa franca en su rostro – es realmente una joya.
- Ante según que… ¿Situaciones?
Las palabras de la mujer desconcertaron al pelirrojo y a Luis, aunque Simon parecía saber de qué hablaba, figurándose que se trataba de aquella llamada; probablemente, Elise aún no habría hablado con él.
- Loretta está aquí ¿Vas a hablar con ella? – sugirió.
Ella giró la cabeza hacia él, nerviosa, y asintió.
- ¿Hablar sobre qué? – cuestionó el mayor de los Belmont.
Elisabeth suspiró de nuevo.
- Una llamada que Loretta hizo… anoche, cuando estabais en la mansión. Desde entonces François está raro… esquivo… y no quiere contarme nada.
Luis torció el gesto, recordando su noviazgo con Esther, aquella era la actitud solía tener con ella cuando le ocultaba algo.
- Y como él no te dice nada, hablarás con su abuela ¿no? – dedujo.
La mujer se limitó a asentir con la cabeza.
El menor la miró, era evidente que estaba muy nerviosa, casi asustada; probablemente su cabeza sería ahora todo un torbellino de emociones, al que se había sumado la preocupación, tanto por el estado físico como anímico, de su cónyuge.
- ¿Os parece si nos cambiamos y nos ponemos más cómodos? – sugirió a su hermano y su cuñado, imaginando que tal vez Elisabeth necesitaría estar sola – vais que dais asco, y yo necesito enfundarme el pijama, pero ya.
Luis asintió, Erik por su parte se miró brazos y torso, habiéndose olvidado ya de su batalla contra aquellos hombres lobo, que le había costado otro traje más…
- Totalmente de acuerdo – aceptó mientras empezaba a desabrochar los restos de su camisa.
El pelirrojo se levantó y se dirigió junto a los otros dos a la habitación de invitados, el hermano menor miró a la mujer una vez más, que le agradeció el gesto con una sonrisa, y entró el último, cerrando la puerta tras de sí, contemplando cómo ella cedía a la presión de las emociones con una solitaria lágrima.
Loretta Lecarde tardó aún cerca de una hora en salir; lo hizo con una expresión que mezclaba alivio y cansancio, y dirigió una sonrisa tranquilizadora a la mujer, que descansó por un momento sabiendo que aquello significaba que, seguramente, François saldría por su propio pie dentro de un par de horas; aun así, no fue capaz de reprimirse.
- ¿Qué tal está? – preguntó impaciente - ¿Ha ido bien?
La anciana se sentó a su lado, sonriente, y colocó su delgada mano sobre la de la muchacha.
- Ha ido muy bien, François es fuerte, querida, pero aún así necesita reposo… Ahora mismo duerme, no despertará hasta dentro de unas tres horas.
Elisabeth sonrió ampliamente y se echó hacia atrás, hundiéndose en el esponjoso respaldo, profiriendo una leve risa nerviosa.
- Por un momento… - tragó saliva – por un momento pensé que algo iba a salir mal… me preocupé…
- Es normal – respondió la anciana – pero… no son sus heridas lo único que te preocupa ¿verdad?
La sonrisa de la joven se desvaneció, y miró a Loretta de reojo.
- Usted puede meterse en la mente de cualquiera – le espetó – puede saber perfectamente qué me pasa.
En su voz había una pequeña nota de resentimiento.
- Cierto – reconoció la Lecarde – pero creía que ya habíamos pasado la fase de la timidez y el respeto exagerado, querida… sólo leo la mente de mi interlocutor si éste tiene secretos para mí, y… - clavó su penetrante mirada en los ojos de la muchacha, que no se inmutó – tú no los tienes, de hecho, sé que estás deseando exponerme los motivos de tu desazón.
Elisabeth guardó silencio, de repente no se sentía con el valor suficiente para enfrentarse a ella y preguntarle por aquella conversación.
¿Y si era algo… muy grave y muy personal, como sugirió Simon?
Loretta colocó una mano tranquilizadora sobre su hombro, y le sonrió con ternura.
- Despeja las dudas y sincérate – le dijo con una voz casi maternal – por favor.
La joven suspiró, de las dos hermanas, Loretta Lecarde era quien le suscitaba más confianza, con ella era con la que siempre podía hablar.
- Necesito… - articuló al fin – necesito saber… de qué habló anoche con François.
El rostro de Loretta cambió, no obstante, no se levantó ni hizo ningún intento de huir de la conversación.
- Vaya… Esto no me lo esperaba – admitió - ¿Acaso le ha afectado de alguna forma…?
Elise asintió.
- Está muy… raro – explicó – Me evita… y las dos veces que le he sacado el tema directamente se ha marchado a otra habitación, parece como… avergonzado.
La anciana frunció los labios.
- No me imaginaba que le afectaría tanto, lo reconozco… aunque sabía que lo que le conté le impactaría de alguna manera…
La Kischine la interrogó con la mirada, no le servían en absoluto aquellas palabras, decidió ser directa.
- Doña Loretta… necesito que me diga qué le contó a su nieto anoche.
Loretta se inclinó hacia delante, y suspiró.
- Dime, Elisabeth… ¿Te ha hablado Fran alguna vez de sus padres?
No era lo que esperaba ¿Había hablado a su nieto sobre sus padres? ¿De qué podía haberse tratado?
Sorprendida, articuló un discreto "Sí" en respuesta.
- Supongo que te habrá contado que… están muertos ¿no?
La joven asintió con la cabeza, cada vez entendía menos.
- En una misión, en los Cárpatos.
De nuevo, asentimiento, y todavía más confusión.
- Mentiras, mentiras ¡Todo mentiras!
Para asombro de Elisabeth, Loretta negó violentamente con la cabeza y se levantó, en su rostro se reflejaba una mezcla de rabia y tristeza.
- Doña Loretta ¿Qué quiere decir con eso? – preguntó la joven, confusa.
La anciana cruzó las manos en su espalda y se dio la vuelta, mirando a los ojos a la joven Kischine.
- Elisabeth, ya que tú has sido sincera conmigo, yo lo seré contigo, igual que lo fui anoche con François… - calló durante unos eternos segundos, hasta que decidió continuar – No sé muy bien por donde empezar, así que… creo que será mejor remontarme hasta cinco años antes del nacimiento de François…
La chica, que hasta ahora había permanecido hundida en el respaldo, se inclinó hacia delante, dispuesta a escuchar a su interlocutora.
- Richard Lecarde, mi sobrino, único hijo de mi hermana Stella, fue enviado a una misión con una nueva compañera, tenía un nombre curioso, se llamaba Sapphire… Zafiro… era una joven poderosa y eficiente… a Stella y a mí nos gustó mucho, por eso nos alegramos cuando se enamoraron el uno del otro y formaron pareja sentimental… ¡Eran perfectos! Richard era un muchacho muy guapo, y ella era toda una mozuela… de una belleza un tanto peculiar.
Daba vueltas por todo el salón mientras hablaba, sumergida en sus recuerdos, Elise la miraba y escuchaba, concentrada en su interlocutora.
- Se casaron a los tres años de noviazgo… eran muy felices, y nosotras también… incluso la jovencita Rose Morris, que se había enamorado de él en secreto, los felicitó. Eran la pareja perfecta, y no tardaron mucho en empezar a buscar un hijo…
La joven tragó saliva, por el momento aquello no era en absoluto predecible, y tampoco había oído rumor alguno por el que pudiera guiarse.
A decir verdad, no sabía nada de los Lecarde.
- Sapphire tenía dificultades para concebir – prosiguió – sus óvulos no eran de buena calidad, según los ginecólogos. No se rindieron… quedó embarazada tras muchos intentos, un año después de casarse…
Entonces se detuvo un momento, unas lágrimas cristalinas afloraron de sus ojos, y su rostro se tornó sombrío, su voz se transformó, ahogada por la pena.
- Entonces todo empeoró ¡Todo! Richard estaba muy feliz por el embarazo, pero Sapphire empezó a distanciarse de él. Lo evitaba… ¡Como si lo temiera! A Stella y a mí nos costó mucho que se sincerase, que nos lo contara… Richard no tenía por qué enterarse…
De repente sollozó, Elise se levantó para asistirla, pero la anciana le pidió que se detuviera con un gesto.
- Nos dijo… nos dijo que… no se fiaba de Richard… que temía que le quitara al bebé… su expresión había cambiado… no se parecía en absoluto a la Sapphire con la que mi sobrino se casó… parecía consumida por la oscuridad… por el odio y el miedo…
La mujer alucinaba, todo aquello le resultaba increíble ¿Era aquello verdad? ¿La madre de François temía a su marido? ¿Por qué?
De repente se acordó de todos los cuidados – en muchas ocasiones, exagerados – que su marido le proporcionó durante el tiempo que estuvo embarazada de René, y de la felicidad que François irradiaba, que cada día era mayor y que aún no había dejado de sentir.
¿Y Sapphire rechazaba aquello? ¿Por qué?
No podía resistirlo, debía preguntar.
- ¿Pero por qué? – Interrumpió a la anciana, desconcertada - ¿Es que su sobrino la maltrataba o algo por el estilo?
- No - respondió rápidamente girando la cabeza a un lado y otro – En absoluto… Nosotras también lo pensamos, los llevamos separadamente a psicólogos ¡Hasta nos metimos en la mente de Richard, por si mentía! Pero no… todo era una paranoia de ella. Finalmente decidimos que debían separarse hasta que al bebé le quedara poco para nacer, y Richard se moría de dolor porque no sabía por qué, pero aguantó… y esperó… a los ocho meses los reunimos… y François nació en un parto prematuro, una semana después… y todo empeoró… la paranoia de Sapphire se volvió incontenible ¡E insoportable! ¡Se apoderó del niño y expulsó por completo a Richard de su vida! Él era un extraño en aquella casa, y nos pidió que dejáramos de intentar ayudar… nos dijo que ya no podíamos hacer nada… se rindió… nunca debimos permitirlo.
Lentamente, temblorosa, se sentó en el sillón más cercano a la posición de Elisabeth.
Con el cuerpo invadido por la ira y la voz tomada por la pena, pronunció una única frase más, mientras apretaba sus puños con tal fuerza que traspasó la piel de las palmas con sus propias uñas, manchando su vestido de sangre.
- Nunca lo olvidaré – articuló – Nunca olvidaré la noche en la que se llevaron a nuestro pequeño Richard.
