Los personajes de Candy Candy no me pertenecen si no a sus propias creadores.
Historia sin fines de lucro
Tal vez, algún día
CAPÍTULO EXTRA
Unos ojitos azules acerados miraban tristemente hacia afuera de su casa.
La niña, de seis años de edad, observaba como la nieve caía cubriendo todo de una sábana blanca, tenía un poco de frío, estaba descalza y en camisón de dormir, pero no quería mover de su lugar en los primeros escalones que daban a la segunda planta del hogar y que quedaban de frente a la puerta de entrada, deseaba, con todo su corazón, que esta se abriera y por ella entrara una de las personas a quién más quería y extrañaba.
- ¿Harriet? - Le llamó su madre, una mujer joven, rubia, de ojos verdes y voz dulce - ¿Qué haces ahí cariño?
- Quiero ver la nieve ¿Lo ves mami? Está nevando.
- Lo veo mi cielo, pero, puedes enfermar si sigues ahí parada y sin zapatos.
- Quisiera que mi papá estaba aquí - Dice la niña al tiempo que deja escapar un suspiro.
Candice Granchester se tensó ante la mención de su esposo, sin embargo, y con un nudo formándose en su garganta se acercó a su hija, se sentó junto a ella y hablo despacio, mirando hacia afuera, tal como Harriet lo hacía.
- Él está trabajando cariño, pero vendrá en unos días, como siempre lo hace - Dice la rubia abrazando sus piernas.
La niña no dijo más, con sus ojitos llenándose de lágrimas se quedó en silencio, adoptando la misma posición de su madre, viendo la nevada, desde la ventanilla de la puerta ...
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Unas tiernas manitas tocaron el rostro masculino del hombre que parecía dormido en el sofá de la sala. Una risita traviesa se dejó escuchar y Terrence Graham sonrió al reconocerla, era su hija, Harriet quien ahora contaba con seis años de edad.
— ¡Buen día papi! — Saludó la pequeña — Tu barba me hace cosquillas — Expuso la niña pasando de nuevo su mano por la mejilla de su padre.
— Y aun así sigues haciéndolo — Dijo el hombre al tiempo que abría los ojos y jalaba el cuerpecito de su hija para recostarla junto a él — ¿Qué haces levantada tan temprano? — Cuestionó el hombre al mirar por sobre la maraña de rizos rojizos el reloj en la pared.
— Harry despertó y escuché a mamá levantarse — Respondió la niña — Creo que está preparando pan para desayunar — Susurró al oído de su padre — ¿Tú qué haces aquí? ¿Por qué no dormiste en tu recámara? — Preguntó curiosa.
— Me quedé dormido leyendo — Se justificó, moviéndose un tanto incómodo.
— ¿Por eso mamá está triste? ¿Por qué la dejaste sola anoche? Creo que también le tiene miedo a los monstruos bajo la cama porque cuando estás trabajando a veces se queda a dormir con Harry y conmigo, a veces llora, creo que te extraña como nosotros ¿Por qué tienes que irte papá?
El castaño tragó saliva, ¿Cómo podría explicarle a Harriet la situación? Cada día se hacía más grande y comenzaba a preguntar cosas que él no sabía cómo responder.
— Siento mucho esta situación Harriet, pero mi trabajo es así — Expuso — Debo estar en Stratford Upon Avon porque ahí está el teatro, ustedes aquí van a la escuela, mamá tiene su trabajo cerca y pues...— Se encogió de hombros — así la prensa no los molesta.
— Porque tú eres un actor famoso ¿Verdad? — inquirió la niña con inocencia.
— Algo así.
— Pero estarás aquí para navidad ¿Verdad?
— No me lo perdería — Afirmó el hombre dando un sonoro beso en la mejilla de Harriet.
— Voy a pedir algo súper especial.
— ¡¿A sí?! ¿Quieres que te ayude?
— No, ya lo puedo hacer solita.
Harriet se bajó del lado de su padre y salió corriendo hacia su madre que en ese momento se asomaba por el pasillo hacia la cocina, Terrence las observó andar al tiempo que dejaba salir un suspiro...
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24 de diciembre 11:20 P.M.
— ¡Terry! ¡Terry! — Llamaba Eleonor al tiempo que golpeaba la puerta de la habitación.
— ¿Mamá? ¿Qué haces levantada? — Preguntó el castaño tras abrir y ver de pie y en bata a la rubia mujer.
— Escuché un ruido y fui a ver a los niños, no es nada, no es nada — Se apresuró a aclarar al ver como su hijo fruncía el ceño comenzando a preocuparse — Pero creo que el cansancio venció a Candy porque acabo de verla acurrucada en la cama de Harry, ¿Por qué no vas por ella? Pobrecita, no puedo creer que ella cocinó toda la comida.
— Mamá… — Terrence se pasó la mano por los cabellos, no sabía qué hacer, ¿Cómo decirle a su madre que, después de tanto tiempo, él y Candy no habían llegado a un entendimiento total y que cuando él estaba en casa ella dormía en esa habitación y él en la que Eleonor ocupaba esa noche?— Si ya está dormida no creo conveniente levantarla, tú lo has dicho, está cansada por todo lo que hizo para la cena de nochebuena, déjala descansar.
— ¡Pero la cama de Harry es muy pequeña! Sé que ella no es muy alta pero más tarde será incómodo y…
— Mamá… — Interrumpió el hombre — Iré por ella ¿Si?
Eleonor asintió, Terry fue a colocarse la bata y salió dejando la puerta abierta, Eleonor asomó la cabeza y, pudo observar que su hijo no dormía, una lámpara a un lado de la cama se encontraba encendida y un libro reposaba abierto en el buró. La dama caminó junto al joven después de su breve vistazo, con suavidad abrieron la puerta del cuarto de los niños y, efectivamente, Candy estaba hecha un ovillo al pie de la cama de su hijo menor, abrazando una almohada, destapada y en camisón.
El castaño tragó saliva al verla, aunque la luz estaba apagada, el reflejo de la luna que entraba por la ventana bañaba el pequeño cuerpo de Candice, se sintió nervioso pues, aún dormida ella estaba igual de preciosa, los años y la maternidad le habían sentado de maravilla y él… dejó salir un suspiro.
— Candy — La llamó tocando su hombro para despertarla — Candy — Llamó un poco más fuerte.
— ¡Terry! ¡Ya...ya no.…! — Susurró la rubia entre sueños, dejando salir un sollozo, apretando el almohadón, encogiendo sus rodillas aún más.
El hombre quedó de piedra al escucharla, se incorporó cuan alto era, dio un paso hacia atrás y quiso irse, pero…
— ¿Qué pasa? — Inquirió Eleonor — Creo que tiene frío, levántala — Instó.
— Está muy dormida mamá — Respondió tratando de retirarse.
— ¿Y? Puedes llevarla en brazos hasta su recámara — Sugirió la rubia.
Terrence la miró como si le hubiera dicho la mayor grosería que hubiera escuchado en su vida.
Candice se giró hacia su izquierda, con su acción madre e hijo volvieron su atención a ella quien, con su movimiento el camisón se le subió dejando expuestas sus pantorrillas y parte de sus piernas.
— ¡Así se va a enfriar!
— ¡Voy por una manta! — Se apresuró a decir Terry.
Ya había dado dos pasos cuando Eleonor lo sujetó de la bata.
— ¡Lleva a tu mujer a la cama!
...
Se había quedado dormido, la última vez que vio la hora eran casi las tres de la mañana, no recordaba haberse acostado y ahora… ella estaba a sus espaldas, dormida y sujetando su pijama, podía sentir su respiración a través de la tela.
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Después de dejar a Candy en la cama y verificar que Eleonor se fuera a acostar, no le quedó más remedio que quedarse en la habitación, quiso acomodarse en el diván pero su estatura y complexión no se lo permitieron, quiso ir a la habitación de sus hijos y dormir con alguno de ellos pero, ambos dormían a pierna suelta a la mitad de la cama, los acomodó sin que ninguno de los dos se inmutaron, los arropó y quiso bajar a la sala, el sofá era cómodo pero… tampoco logró conciliar el sueño como otras veces, derrotado subió de nuevo a la recámara matrimonial.
Al entrar se recargó en la puerta por unos momentos, sintió un hormigueo recorriendo sus brazos al ver a Candy dormida en la cama, la sensación de su cuerpo cálido y liviano lo tenían inquieto, ¿Cuándo fue la última vez que la tuvo tan cerca? ¿Qué le tocó? ¿Qué pudo sentir su aroma? Nunca como hoy se había puesto a pensar en el paso del tiempo.
Se sentó en la orilla de la cama, la contempló como hace mucho no hacía, sin prisa, sin pausa, sin desviar la mirada cuando ella volteaba a su dirección seguramente sintiendo sus ojos recorrerla cuando estaba en casa, dejó salir un nuevo suspiro, se sentía como un adolescente otra vez.
Se asustó cuando Candy se giró, ella movía la cabeza de un lado a otro, parecía inquieta, manoteaba y balbuceaba algo, no entendía bien qué era hasta que…
— ¡Ya no Neil! ¡Déjame! ¡No le hagas daño!
Se puso rígido al escucharla nombrar al difunto, estaba por lanzar un bufido de enojo cuando ella habló de nuevo…
— ¡Terry! ¡No… no te los lleves… ¡son mis niños también! ¡Te quiero! ¡Por favor! ¡Ya no más! ¡Neil! ¡Déjame! ¡No quiero! ¡Lo quiero a él!
Candice comenzó a llorar, seguía moviendo la cabeza de un lado a otro, agitaba las manos, los pies como si quisiera quitarse a alguien de encima.
— ¡Shhh! Tranquila, Candy… Candy — le llamó sujetando sus manos — Él no está, él ya no está — Le susurró tratando de calmarla pues, en su rostro se pintaba la angustia a pesar de estar dormida.
— Él… él te hará daño Terry… no lo puedo permitir… va a matarte… tengo que cuidar de ti, no dejaré que te haga más daño… te quiero… — Un sollozo.
Un nudo se formó en su garganta, ella tenía pesadillas con el que fuera su marido y con él, con lo que pasó cuatro años atrás cuando supo de la existencia de Harriet, se sintió culpable, ella estaba sufriendo, tanto o más que él.
Sin percatarse se fue acercando a Candy.
— Todo está bien ahora, tranquila, duerme — Le dijo muy cerca de su oído.
— Te amo… te extrañamos… nos haces tanta falta…
— Y ustedes a mi Candy — Dijo atreviéndose a darle un beso en los labios.
— ¡Terry! — Le llamó ella suspirando, dejando, al fin, de moverse.
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Entonces él se recostó a su lado para verla dormir tranquila y sin darse cuenta se durmió también.
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Las risas de los niños lo despertaron, quiso moverse y sintió que algo lo apresaba, giró su cabeza a la derecha y unos rizos rubios estaban ahí, muy cerca de él, sujetando su camisa, escuchó pasos, risas y la voz de Eleonor.
La puerta se abrió y él cerró los ojos al tiempo que se tapaba la cabeza.
— ¡Mami, mami despierta! — Fue la voz de Harry — Santa me trajo el trineo.
El niño castaño de cuatro años se subió a la cama para sacudir a su madre.
Candy despertó de repente, se sintió aturdida por la forma brusca de despertar, usualmente apenas escuchaba a su hijo moverse ella despertaba de inmediato, pero…
— ¿Qué hago aquí? — Preguntó dándose cuenta que estaba en la recámara principal.
— ¡Mamá! ¿Podemos salir a jugar con el trineo?
— ¿Harriet? ¿Qué hora es? Debo preparar el desayuno… — Decía la rubia al tiempo que se destapaba y se liberaba del listón que sujetaba su cabello.
— Ya desayunamos mami, la abuela Eleonor nos preparó algo.
— ¿Eleonor? Pero…
— No te preocupes hija, ustedes sigan descansando, ayer trabajaste mucho deja que hoy consienta a mis nietos — Dijo la mujer mayor asomándose por la puerta.
— ¿Y papá? — Habló Harriet — No lo vi abajo, pensé que estaba despierto ¿Ya se fue? — Pregunto triste.
— Yo… no sé… yo… yo estaba…
— Estoy aquí — Expuso el castaño al tiempo que bajaba la colcha beige y asomaba la cabeza.
— ¡Papá! — Exclamaron ambos niños.
Los pequeños se le fueron encima a Terry mientras que Candy más roja que una fresa se cubrió hasta el cuello con la cobija abriendo los ojos cuan grandes eran al ver a su lado a su esposo...
— ¡Terry!
Estaba escondida en la cocina, sentía las mejillas arder, ¿Cómo era posible que hubiera dormido de esa manera? Siempre que él estaba en casa ella se quedaba despierta, escuchando sus pasos en la habitación contigua hasta altas horas de la madrugada, pero, la noche anterior…
— ¡Auch! — Se quejó al cortarse el dedo.
Con rapidez se lavó la herida, buscó entre sus cajones uno de los cuatro botiquines que tenía dispersos por toda la casa, estaba sacando el alcohol cuando Eleonor entró y la vio.
— Candy ¿Vendrá Richard a…? ¿Qué te pasó? — Preguntó la dama acercándose a ella al verla maniobrar para abrir un frasco y el hilillo de sangre corriendo por su dedo medio.
— No es nada, me corté, pero no es nada grave — Dijo Candice minimizando el asunto.
— ¡Ay Candy! Andas muy nerviosa desde temprano.
El frasco casi se cae de sus manos ante el comentario de Eleonor.
— Estoy… estoy bien…
— ¿Será que vas a enfermar? — Decía la rubia tocando la frente de su nuera — Estás muy roja.
— ¡No! Estoy bien, debe ser el calor de la cocina — Se apresuró a contestar mientras se limpiaba el corte de su dedo.
— Por eso le dije a mi hijo que te llevara a su habitación, estabas toda destapada en la orilla de la cama de Harry ¿Le estabas contando un cuento y te quedaste dormida? Si no fuera porque escuché algo te hubieras quedado ahí toda la noche.
¡Crash! El alcohol cayó al piso.
— Terry me llevó ¡¿A dónde?!
— A la cama querida ¿A dónde más? Mira nada más, deja te ayudo a recoger, te digo que andas muy nerviosa.
Candy no respondió, se quedó apoyada de la mesa con los ojos cerrados mientras su suegra se movía por doquier.
Terry la había pasado de un cuarto a otro y ella no se enteró, por eso cuando despertó él estaba ahí, con ella, en la misma cama, durmiendo juntos, se llevó la mano sana al pecho, como queriendo contener los latidos acelerados de su corazón, cerró los ojos para aguantar las lágrimas, no quería ilusionarse pensando que tal vez él, al fin, la había perdonado por su falta.
Eleonor la observó bien, su nuera estaba con un ligero temblor en las manos, colorada hasta la raíz del cabello desde que se levantó; sonrió discreta, ¡Esos dos! ¿La creían tonta? Su hijo era un gran actor, el mejor que hubiera conocido, pero, esa farsa mal actuada que llevaba de matrimonio era más clara que el agua y si ella no hacía algo en algún momento ese dique que estaba levantado bien alto entre su hijo y su nuera tarde que temprano se reventaría y arrasaría con todo a su paso, y los más afectados serían sus nietos, era hora de darles un empujón a esos dos necios.
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— Papi — Llamó Harriet — ¿Crees que, si le pides algo a Santa, con todo tu corazón se cumpla? — Preguntó la niña.
— Por supuesto que sí preciosa — Afirmó el hombre al tiempo que levantaba a su hija para ponerla en sus piernas — ¿Acaso no te llegó un trineo para deslizarse en la nieve como tú querías?
— Si, pero…
— ¿Pero?
— Hay algo más que pedí y hasta ahora no lo he visto.
— ¿Y qué fue?
— No te lo puedo decir.
— ¿A no? ¿Y por qué?
— No sé — Dijo la niña encogiéndose de hombros.
— Bueno, si Santa no te lo trae a lo mejor y yo puedo hacer algo.
— No estoy segura.
— Dime y te prometo hacer lo posible.
La niña se acercó al oído de su padre para susurrarle algo.
Terry abrió mucho los ojos cuando su hija reveló su pedido ¿Cómo rayos iban a cumplir con semejante cosa?
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Harriet y Harry reían sin parar, llevaban una hora deslizándose en el trineo, Richard, Duque de Grandchester, estaba ahí con ellos, jugando como un niño más, aprovechando cada momento con sus nietos como no lo hizo con su hijo.
Eleonor los miraba a distancia, sentada junto a Candy, en una banca del porche, con una taza de chocolate caliente, bien abrigadas y en silencio, demasiado para su gusto.
— ¿Qué tal tu dedo? — Inquirió la rubia señalando el pequeño lienzo en la mano de su nuera.
— Está bien, fue apenas un corte en la yema, suele sangrar mucho pero no es nada del otro mundo — Señaló la rubia restando importancia para después dar un trago a su bebida — Gracias por el regalo — Agradeció después de un momento — Los niños están muy felices con el trineo, ni que se diga de la mascota — Dijo Candy haciendo un gesto hacia su hija que, con mucho cuidado acomodaba un gatito en su regazo.
— Eso fue cosa del Duque, me pidió el favor que dijera fui yo porque sabía que Terry no se negaría a recibir al animalito.
— Ha cambiado mucho en estos años — Comentó la joven madre — Desde que llegamos ha estado muy al pendiente de nosotros, no interfiere, pero no hay semana que no venga a ver a los niños.
— A mí también me gustaría estar más cerca de ellos, apenas termine la venta de la casa en Nueva York dejaré América, ya estoy buscando alguna casa cercana, quiero pasar el resto de mis días viendo crecer a estos niños y los que vengan.
Candice se atragantó con el chocolate y comenzó a toser ante la sugerencia de Eleonor.
— ¡Candy! ¿Estás bien? — Preguntó la mujer dando palmadas en la espalda de su hija política.
— Estoy… — Un poco más de tos — Estoy bien, solo… me atragante…
— Pensé que para este tiempo ya tendría al menos otro nieto, sé que eres una mujer diferente, que trabajas y tienes otra forma de pensar, pero…
— Eleonor… no… yo no creo…
— Llevan más de una hora ahí afuera — Dijo una voz grave, la de Terrence Grandchester que salía de la casa — Si se enfrían pueden enfermar — Expuso mirando hacia el frente.
El castaño llevaba un rato observando el juego infantil, se había perdido del mundo escuchando las risas de Harry, su hijo menor, sonreía con ternura al ver la forma en que Harriet cuidaba del minino amarillo, sin duda siguiendo el ejemplo de su madre en su manera de cuidar de ellos, sin embargo, no pudo evitar desviar su atención ante lo dicho por Eleonor acerca de la herida de su esposa.
Horas antes, mientras comía un emparedado de pavo que su esposa le llevó, se dio cuenta del dedo lastimado, quiso preguntar, pero no se atrevió, desde la mañana que se despertaron trataba de evitar a Candy, lo mismo que ella estaba haciendo con él.
Se sentía todavía ofuscado, recordar cómo ella estaba aferrada a él mientras dormía tranquila, sentir su aliento caliente a través de la tela de su camisa, el rubor que la cubrió cuando se dio cuenta que estaban en la misma cama… él quisiera… él quería … él… y entonces escucho a Eleonor mencionar más hijos y la tos de Candy, no podía dejarla sola para que lidiara con su madre acerca de eso.
— Creo que tienes razón hijo, iré a decirles que ya entren, mientras tanto siéntate un rato aquí con Candy, o ¿Quieres chocolate? Voy a preparar…
— No madre, gracias, ve a decirles que ya fue suficiente por hoy.
La rubia asintió, dejó su taza en la mesilla que tenía al frente para luego levantarse e ir hacia donde estaban sus nietos.
Al verse sola con Terry, Candy se puso de pie, dejó su taza, se ajustó el chal tejido y dio unos pasos hacia el frente, intentando huir de él y su inquietante presencia.
— Escuché lo que mi madre te dijo — Expuso el castaño sujetando su brazo para impedir que se fuera.
Candice bajó la cabeza, desvío la mirada quedándose muy quieta, sintiendo como el calor de la mano de su esposo penetraba por entre la tela de su ropa, cerró los ojos intentando controlar sus nervios.
— Ella no sabe de nuestro trato y…
— Mi madre se trae algo entre manos, lleva meses preguntando cosas y yo… hoy más que nunca veo a los niños y me doy cuenta del paso del tiempo, Harriet acaba de cumplir seis años y es demasiado inteligente y perspicaz, no dudo que Harry sea igual.
— Harriet comprende muchas cosas a su edad, pareciera que no, pero… — Alegó Candice intentando soltarse para poner un poco de distancia, pero Terry no la dejó.
— ¿Sabes lo que me ha dicho hace rato? ¿Lo que le pidió a San Nicolás? — Preguntó él.
— No, no quiso decirme y no he encontrado la carta, esta vez la guardó muy bien — Respondió ella mirándolo a los ojos por primera vez en mucho tiempo.
— Me ha dicho que... pidió que yo dejé de ser actor para que pueda estar siempre en casa y no solo dos días a la semana, pidió que los monstruos bajo la cama que no te dejan dormir y te hacen llorar se vayan porque solo cuando estoy aquí ellos no vienen — Una pausa y un suspiro de pena — No sabía que tenías pesadillas — Expuso cabizbajo al tiempo que aflojaba su agarre, bajando la mano hasta tomar la de Candy — Anoche cuando mi madre me dijo que fuera por ti, después de llevarte a la cama me fui de la habitación, no pude acomodarme en ningún sitio, regrese a la recámara y estabas intranquila, lo mencionaste a él y… a mí… lo de… lo de… yo… he sido duro contigo — Pasó saliva tratando de aclarar su voz pues se le formó un nudo en la garganta — Sin importar las habladurías, tu salud, viniste… dejaste todo por lo que te sacrificaste y yo… te deje aquí, sola, embarazada… Harry… no lo quise porque pensé… yo creí… — Su mirada azul reflejaba dolor, las lagunas verdes de Candy incertidumbre — Te culpé de todo, volví a arremeter contra ti cuando me confesaste que él también era mío, sigo desconfiando, sigo dolido, sigo... Mis hijos… nuestros hijos están pagando, soy un padre ausente, como lo fue el mío — Se llevó la mano de Candy al pecho — Quiero intentarlo, dejar todo atrás por el bien de ellos, pero...
— ¡No sigas! — Suplicó la rubia dejando salir un sollozo ocultando de nuevo su rostro — Hice muchas cosas y no me arrepiento, no voy a arrepentirme nunca y si debo pagar por ello lo acepto, pero no quiero que los niños paguen también, ellos no tienen culpa de nada…
— Yo estoy…
— Déjame terminar — Pidió limpiando las lágrimas que no podía seguir conteniendo — Si tú estás dispuesto a olvidar, a que sigamos adelante por ellos — Dijo la rubia haciendo una señal con la cabeza hacia sus hijos — Yo lo acepto, pero, piénsalo bien, no te dejes influenciar por lo que Harriet te ha dicho, no quiero que después te arrepientas y sea peor.
— ¿Entonces…? — La Pregunta quedó en el aire.
— Si quieres hacer un nuevo trato porque así lo sientes lo aceptare, por el bien de los niños.
Terrence asintió, dio un beso en la mano de Candy que aún sostenía y con ese acto una nueva tregua quedó implícita, un acuerdo tácito entre ellos, una esperanza de tal vez, algún día poder resolver aquello que los separaba, un paso ya estaba dado ...
A cierta distancia cuatro pares de ojos observaron la escena, dos de ellos de unos infantes que, alegres miraron la tímida de su madre, los otros dos adultos se miraron comprendiendo que ahí había pasado algo, algo bueno para sus hijos y sus nietos…
Una mujer no se rinde por nada y menos si sus hijos son el motivo de su lucha (frases de la web)
Lamento mucho mi ausencia, he tenido el tiempo muy limitado, sin embargo, les dejo este capítulo a petición de una muy bella amiga.
Espero que les guste, es solo un adelanto.
¡FELIZ AÑO NUEVO! Sigan cuidándose, un abrazo muy fuerte.
PRIMAVERA
