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CAPITULO 14
Ella se encontraba parada en la puerta de su trabajo. No se decidía a salir. Hacía sólo unos minutos brillaba el sol, y ahora de nuevo se largaba a llover.
"Qué coincidencia, igual que mi propia vida", pensó sonriendo tristemente. Para ella, el sol no había salido en muchos días. Hacía dos semanas que vivía en penumbras por culpa de Albert. Lo había llorado un río... Creía que ya no le quedaban lágrimas, pero cada noche se sorprendía, pues siempre había más.
Candida le había dicho que de eso se trataba un duelo, llorar hasta que se acabaran las lágrimas y luego salir adelante, sacudiéndose la tristeza, sonriendo y con la frente en alto.
Duelo. Albert estaba vivito y coleando y ella en pleno duelo. Una vez leyó que en ese proceso de adaptarse a una pérdida había tres etapas: negación, aceptación y finalmente resignación. Se preguntó si era hora de cumplir con la última. Sin dudas ya había pasado por la primera, llamándolo mil veces por teléfono, con la ilusión de que él le devolviese las llamadas. No se le cruzaba por la cabeza que eso podía ser el fin de la historia.
Esperó, en un principio, esperanzada. Justificaba la falta de respuesta de Albert con especulaciones por demás improbables.
Que se le había jodido la BlackBerry. Que tenía demasiado trabajo. Que aún le duraba el enojo. Que le había salido un viaje. Que le tenía miedo a Candida. Que su madre se estaba muriendo.
Pero la realidad le demostraba que todas esas especulaciones se caían por su propio peso. Cayó entonces en un pozo depresivo. No paraba de llorar. Se dio cuenta de que Albert ya no quería verla, pero le era imposible aceptarlo.
Su hermano había sido una tabla de salvación para no seguir cayendo en esa espiral de sufrimiento que la absorbía. Le dio su mano y la ayudó a levantarse, le brindó su cariño, intentó contagiarle alegría, y lo más importante de todo, la escuchó. Y ella experimentó cierto alivio. No había querido hablar con nadie del tema, ni con Candida, ni con su prima, ni siquiera con su amiga Patty. Cuando las veía esforzarse por hacerla sonreír, el nudo en su garganta se hacía más denso, y tenía que hacer grandes esfuerzos por no romper en llanto.
Pero con Tom al lado, había logrado por lo menos asumir que todo había terminado, y que ella tendría que seguir con su vida como fuese.
¿De eso se trataba la resignación? Quizás.
Sin embargo, cada noche en el silencio de su habitación podía escuchar el sonido de su corazón que se aceleraba al recordar los besos de Albert e invariablemente se dormía repitiendo su nombre una y otra vez. Albert...
Oh, el nudo en la garganta estaba de nuevo allí. Sacudió la cabeza, no quería ponerse a sollozar como una tonta en plena calle. Bastante agua caía ya, y ella sin paraguas. Se colocó su morral en la espalda y suspirando, comenzó a caminar.
Maldita lluvia. Maldito tráfico.
"Maldito todo menos Candy. Espero llegar a tiempo porque no soporto más estar lejos de ti... Oh, Princesa. ¿Podrás perdonarme?".
Temía que ella, aun queriéndolo, lo mantuviera alejado por puro orgullo. Eso lo aterraba, porque no podía pasar ni un minuto más sin verla, sin hablarle, ahora que sabía que lo amaba, y que sufría igual que él por no estar juntos.
"Verde, verde, verde ¡ahora, carajo, ponte verde ahora! Oh, ¡cómo la quiero, cómo la echo de menos! Si lograra tener de nuevo esa boca, si ella me perdonara... Dios mío si no la encuentro ahora, me moriré, de veras que lo haré".
Y Dios lo escuchó. No fue necesario morirse, porque llegó a tiempo. Bueno, casi.
A través de la cortina de agua que envolvía su coche, vio cómo Candy salía del portal rápidamente. Y no había un solo lugar para aparcar. Los buses zumbaban a su alrededor y él parado en doble fila.
No había tiempo ni para pensar. Así como estaba descendió del coche dejando la puerta abierta, deteniendo todo el tránsito que venía detrás. La llamó, pero el sonido de las bocinas, ahogó su grito, y ella continuó caminando. Corrió tras ella y estuvo a punto de perderla entre la marea de paraguas. Se desesperó y apartó sin demasiada delicadeza a un robusto adolescente que se interponía en su camino.
Y al fin la alcanzó. La tomó de un brazo, y como aquella vez en la puerta de La Escala, la hizo girar. Pero esta vez no la besó.
El agua caía a baldes, pero igual pudo ver entre sus pestañas mojadas, primero la sorpresa, luego el dolor y finalmente la furia en el hermoso rostro de Candy.
Ella abrió la boca, luego la cerró, y luego la volvió a abrir. Parecía no saber qué decir.
Él dejó sus ojos y se concentró en esa boca indecisa. La visión de su rosada lengua, muy a su pesar lo excitó terriblemente. De cero a cien en dos segundos, como la primera vez que la vio.
—Candy... — murmuró como hipnotizado.
Ella pestañeó confusa.
Por un lado se moría de ganas de abrazarlo, de ofrecerle la boca que el miraba con tanto deseo, de derretirse en sus brazos... Pero por otro tenía ganas de golpearlo.
Lo amaba, lo odiaba por hacerla sufrir, pero lo amaba.
—Lo siento, Princesa — fue todo lo que atinó a decir.
Candy se mantuvo en silencio. ¿Qué era lo que él "sentía"? ¿Haberle roto el corazón? ¿Haber matado sus ilusiones sin una sola explicación? ¿Haberle encendido el fuego y luego echarle un balde de agua helada? "Princesa mis narices", pensó ofuscada. Y como ya había tenido suficiente agua en esos días, sobre todo saliendo de sus ojos, de un tirón se soltó y echó a correr. No cogería una nueva gripe por ese cabrón.
Se desconocía. No sabía de dónde había salido tanta ira, pero allí estaba. La niña mala que vivía en su corazón le dijo que lo hiciera sufrir.
Pero él no se rindió. Echó a andar tras ella y la alcanzó en dos zancadas. Esta vez se aseguró de que no huyera levantándola en vilo hasta la altura de sus ojos, bien pegada a su cuerpo y apretándole los brazos doblados sobre sus senos, para que no se pudiese mover.
—Suéltame —siseó ella, en un tono tan frío que la sorprendió.
—No hasta que me escuches.
Estaban dando un bonito espectáculo.
Dos señoras con floridos paraguas se detuvieron en la acera a observar. Otra que llevaba un gran paquete entre los brazos, rápidamente se puso a resguardo en un alero para tener una primera fila como espectadora, pero sin empaparse.
Y el chico que Albert había apartado de su camino, se quitó los audífonos y dio un silbido. Cualquier día le tocaría a él una mujer así...
—No quiero escucharte, bájame ahora.
—No lo haré.
El chico consideró oportuno intervenir, quizás ganaría algún punto con ella.
—Ehh... la señorita ha dicho que la sueltes.
Pero la mirada que le echó Albert fue suficiente para que volviera a ponerse los audífonos y saliera corriendo como si lo persiguieran los lobos. Mientras se retiraba le pareció que ese gigante que sostenía a la chica en brazos, le había mostrado los afilados dientes. Pobre Caperucita.
—Basta, Albert.
—Sólo mírame.
Ella lo hizo y lo que vio la hizo temblar.
En la mirada de Albert había amor. El agua se escurría por sus cabellos y por su rostro. Entrecerraba los ojos, molesto por tanta lluvia. Pero continuaba habiendo amor en su mirada.
Ella se miró en sus ojos. Se vio pequeña, empapada, asustada. Y rompió en llanto.
—Oh mi vida, ya no llores —susurró él conmovido.
Pero ella estaba histérica. Todo el dolor acumulado hizo eclosión.
—Te odio, te odio, te odio —sollozó, revolviéndose en sus brazos.
Deseaba golpearle el pecho, pero él la tenía inmovilizada.
Albert no se amedrentó. La sostuvo firmemente y le dijo:
—No, no me odias. Sé que no me odias, Candy. Tú me amas.
Y ella dejó de luchar.
El aflojó su forzado abrazo, y la depositó en tierra firme. Luego la tomó de la nuca y la acercó a su cuerpo.
Candy lloraba contra el cuello de Albert, y él la acunaba, y le acariciaba el cabello.
—Ya pasó, mi amor, ya pasó todo.
Ella lo miró, con los ojos llenos de lágrimas.
Pero aún había una furia increíble latiendo dentro de ella. Sentía fuego en su estómago y muchas ganas de darle una bofetada.
Mientras más pensaba, más sentía renacer su ira.
"Maldito hijo de puta, ¿ahora quieres que te perdone con un simple ya pasó todo? ¿Me llevaste al infierno y ahora de golpe quieres mostrarme el cielo? Tonto, tonto. ¿No ves que en mi alma aún está lloviendo?"
—¡No! No pasó todo, Albert. Todo sigue aquí —y se tocó el pecho—. Me has hecho mucho daño.
—Lo sé. Lo siento, Candy.
—Y una mierda. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué me dejaste sin decirme el motivo? ¿Por qué?
—No sé cómo explicártelo. Sentí que no tenía derecho, que estaba abusando de ti. He debido resistir a tus... provocaciones.
—Carajo, Albert. ¿Eres estúpido? ¿Quién te ha pedido que resistas nada? ¿Sólo porque no me gustó que me follaras con la mano en la puerta de mi casa tenías que dejarme así?
Él se quedó de una pieza. Sintió cómo crecía su excitación al escuchar la palabra follar en esa dulce boca. Metió las manos en sus bolsillos, y disimuladamente acomodó todo lo que tenía, porque esa erección ya lo estaba lastimando.
Ella continuaba, furiosa.
—¿Pero quién te has creído? ¡No eres mi padre para cuidarme! Además... ¡Ni siquiera soy virgen! — mintió a los gritos. El despecho hablaba por ella.
La dama del paraguas con flores se hizo la señal de la cruz y miró hacia otro lado.
Albert se la quedó observando, sorprendido. No lo esperaba. No esperaba algo así, pero descubrió en ese instante que le importaba una mierda.
Él no quería su himen, él la quería a ella. Y así se lo dijo.
—No me importa. Te quiero como sea. Yo te amo Candy, y virgen o no, tengo que comportarme como un hombre, y no como un animal. Siento haberte tratado de esa forma, de verdad lo siento.
Pero ella estaba concentrada en sólo en parte de la frase "Yo te amo Candy...".
La cabeza le daba vueltas, las piernas se le aflojaron, y una vez más, como tantas veces lo había hecho, tuvo que aferrarse a él para no caer.
Cuando levantó el rostro el beso fue inevitable. Se besaron una y otra vez, en un torbellino de pasión que parecía nunca acabar. Se besaban, se mordían, se chupaban, impacientes, calientes, totalmente desquiciados.
En la cambiante Montevideo comenzaba a brillar el sol, mientras Candy y Albert, abstraídos del mundo, se besaban salvajemente, sobre la empapada acera.
Y bajo el arco iris que empezaba a asomar entre las nubes, las bocinas continuaban sonando...
CONTINUARA
