"Nadie nunca te reemplaza y las cosas más triviales se vuelven fundamentales, porque estás llegando a casa.

Sin embargo, todavía dudo de esta buena suerte, porque el cielo de tenerte me parece fantasía.

Pero venís, y es seguro, y venís con tu mirada y por eso tu llegada hace mágico el futuro".


Niña Buena

Parte II

Capítulo 7

Existen creencias que se piensan irrefutables y absolutas, de esas que es absurdo cuestionar. Creencias propias, alimentadas por hechos evidentes, confirmadas repetidamente a lo largo de la vida.

Una de tantas, era la creencia de Severus de que los que se van sufren menos, porque irse implica vivir nuevas experiencias, implica distraerse del pasado con el presente y olvidar lo que se deja atrás.

Él siempre fue de los que se quedaban. Su mismo padre se había ido, quién sabe dónde, dejando a su familia a su suerte. También estaba Lily, que se marchó con otras amistades a disfrutar una vida en la que no había espacio para él... y a quien luego perdió en todo sentido.

Vio irse a mucha gente. Vecinos, familia, compañeros de clase, todos emprendiendo, a su parecer, hermosos caminos de libertad. Ellos se iban, mientras él se quedaba, anhelando marcharse también, fantaseando con destinos imposibles, pensando que todos estaban pasándolo mejor.

Pero, sin importar cuánto se esforzaba por salir de la podredumbre en la que él mismo se había metido, no conseguía avanzar. Simplemente estaba estancado en el punto de partida.

Pensó que sería así por siempre, que moriría en esa estúpida guerra sin poder lograr nada.

Sin embargo, el destino se encargó de desmentir todas y cada una de sus creencias: sobrevivió para gozar de la vida normal que tanto había anhelado; tuvo éxito en sus proyectos; se enamoró de verdad, lo amaron de verdad... y experimentó en carne propia que los que se van no lo pasan tan bien como había pensado.

Uno de los factores que jamás consideró era el hecho de extrañar. En su juventud, si le hubiesen ofrecido marcharse, no habría dudado ni un segundo. Habría hecho las maletas y habría partido a cualquier lugar sin pensarlo dos veces... porque no sentía amor por sus raíces, porque no dejaba nada que realmente le importara.

¿Qué iba a extrañar? ¿Su asquerosa vida como mortífago arrepentido? ¿Su mugrienta casa en la que sólo conoció el abandono? ¿A los amigos que no tenía?

Irse, solamente era ganar.

En cambio (y qué irónica resultaba ser la vida), ahora que finalmente se había ido, tenía algo que echar de menos. O alguien, más bien. La nostalgia no era una emoción a la que estuviese acostumbrado, y había estado mermando, gradual y pacientemente, todas sus armaduras.

Y el libro de ella fue el golpe final. La estocada que lo reconstruyó. Eso era Hermione: alguien que sanaba en vez de herir. La mujer que puso todo en el lugar correcto.

El hogar al cual regresar.


La casa de Snape recibía una vez más a sus colegas y amigos. La parcial seriedad de sus reuniones anteriores fue sustituida por bromas, risas y alegres conversaciones. El ambiente era festivo, mientras celebraban el éxito de su investigación. Brindaron a la salud de cada miembro y, más pronto que tarde, una variedad de botellas provenientes de distintas partes del mundo invadió la mesa del comedor.

Severus, sentado en la cabecera, permanecía en silencio. Sonreía esporádicamente a los chistes, pero no intervenía mucho más. Cualquiera que lo hubiese visto, habría pensado que estaba aburrido o que deseaba encontrarse en otro sitio. Lo segundo era más acertado, pues aunque le agradaba la compañía de esas personas, su mente se hallaba muy lejos de allí.

En determinado momento, se excusó para salir a fumar un cigarrillo al jardín, cortesía innecesaria, dado que él mismo les había permitido a sus invitados fumar adentro si lo deseaban, pero nadie lo cuestionó.

El cielo estrellado se veía con claridad en aquella zona de la ciudad, apartada del centro urbano. Una brisa estival acarició su rostro y meció suavemente su pelo. Extrañaba el agradable y fresco verano londinense, que no se parecía en nada al calor sofocante que hacía durante el día en Nueva York.

Encendió un cigarrillo y aspiró el humo, para luego soltarlo lentamente. Observó las estrellas, perdido en sus pensamientos. Faltaba tan poco para volver a verla. La semana que había transcurrido luego de recibir aquel libro, parecía haber sido la más larga de su existencia, pero por fin había llegado el momento. Mañana la vería, y la ansiedad era un martirio. Sentía el estómago apretado constantemente, las palpitaciones aceleradas, la torpeza del nerviosismo.

Se sonrió. Quién hubiera dicho que él, precisamente él, estaría sintiéndose como un adolescente.

De pronto, el sonido de la puerta abriéndose a sus espaldas lo devolvió a la realidad.

—¿Puedo hacerte compañía?— preguntaba Cassandra, tan sonriente como había estado desde que encontraron la cura.

—Claro— dijo él, volviendo la vista al frente.

La presidenta se paró a su lado y sacó uno de sus cigarrillos alargados. Fumaron en silencio unos instantes, apreciando el ruido de los grillos y la voces amortiguadas que venían de la casa.

—Se siente bien celebrar, para variar, ¿no?— comentó la mujer, mirándolo de soslayo.

—Sí— dijo Severus en voz baja, distraído.

Era una fortuna que Cassandra no fuese el tipo de persona que no sabe mantener la boca cerrada. Normalmente, cuando la gente lograba establecer una clase de "cercanía" con él, creían que tenían el derecho de hablarle sin parar o de hacerle preguntas personales para saciar su morbosa curiosidad.

Recordó a Hermione y su tensión permanente al comienzo de sus encuentros. Cuando bajaba la mirada y apretaba los labios para contener su enraizada costumbre de hacer comentarios.

Volvió a sonreírse con nostalgia y le dio una calada a su cigarrillo. Extrañaba tanto su voz, su risa a veces poco discreta, sus contestaciones agudas y jactanciosas.

Suspiró y giró la cabeza levemente hacia la presidenta.

—Cassandra— pronunció Severus de forma tranquila. Ella se volteó a mirarlo, alzando las cejas.

—Dime.—El pocionista se tomó unos segundos en la elección de palabras.

—Tengo que ir a Londres mañana.— Cassandra arrugó el ceño y lo miró con extrañeza.

—Mañana es sábado, Severus, puedes hacer lo que quieras.

—Sí, pero... si me va bien... me quedaré allá.

Entonces, Cassandra se giró en completa atención a él. Sus ojos usualmente imperturbables, exhibían asombro puro. Era entendible su sorpresa, ya que todos habían asumido que Snape se quedaría indefinidamente. Hasta ahora, él no había expresado ningún deseo de volver a Londres... pero una cosa era lo que mostraba y otra lo que sentía en realidad.

—Ah...

Severus esperó alguna retahíla de razonables argumentos del porqué no podía abandonar sus labores tan repentinamente: como que tenía un contrato que cumplir, un puesto importante que ocupar, un equipo que contaba con él. Sin embargo, Cassandra sólo se quedó callada... y él no supo cómo interpretar su silencio.

—Si hay problemas con el contrato o algo, yo lo solucionaré, no te preocupes por eso— se apresuró a aclarar el pocionista, pero ella lo interrumpió.

—Severus— habló la mujer, mirándolo con una sonrisa en los labios—, después de todo lo que has hecho aquí, yo no soy nadie para impedirte nada.— Cassandra suspiró profundamente y se encogió de hombros —. ¿Qué te puedo decir? Te vamos a extrañar... Has sido un excelente colega... y un gran amigo.— Snape apartó los ojos. No le gustaban ese tipo de demostraciones, porque nunca sabía como responder ni mucho menos cómo reaccionar. Sin embargo, Cassandra no esperaba una retribución a sus palabras y volvió a hablar—. Las puertas de MACUSA siempre estarán abiertas para ti.

—Gracias— dijo él en un murmullo, la miró brevemente y volcó sus ojos al suelo.

Cassandra se terminó su cigarrillo y se volteó de regreso a la casa, pero antes de empezar a andar, se detuvo.

—Te irá bien con ella.— Snape movió sus ojos hacia la bruja, y sostuvieron una mirada cómplice. Una pequeña sonrisa atravesó el rostro de la presidenta—. Tiene suerte.

Cuando estuvo solo otra vez, Severus se rió de sí mismo, mirando hacia el cielo.

"¿En serio eres tan obvio, Severus Snape?".


La mañana siguiente encontró a Severus empacando algunas pertenencias y mudas de ropa en una pequeña maleta. Él era un hombre, ante todo, realista; no nutriría a la ilusión llevándose todas sus cosas, por si se daba el desafortunado caso de que le fuera mal. Aun así, su aceptablemente buena intuición le decía que no tenía de qué preocuparse. Era Hermione, ella no hacía las cosas porque sí.

Respiró hondo, revisó una vez más su reducido equipaje y emprendió el viaje.

MACUSA fue la primera parada. Desde allí, tomó el primer traslador del día a Londres. Una vez en el Ministerio de Magia Británico, se dirigió sin demora a los ascensores. Era día de descanso para la mayoría de los funcionarios, así que no se cruzó con mucha gente en el camino, y a quienes se topaba, estaban demasiado adormecidos como para fijarse en él. Mejor.

Atravesó el vestíbulo dando grandes zancadas, empujado por las ansias. Todo estaba igual que hacía cuatro años. Luego de que lo incorporaran al equipo investigativo de Cassandra, habían suspendido sus participaciones en las reuniones con el Ministerio Inglés... pero ahora sentía como si el tiempo no hubiese avanzado.

Presuroso, caminó hasta las chimeneas que lo transportarían a alguno de los baños públicos de la superficie. Desde allí, no habría inconveniente en aparecerse.

La siguiente parada fue la fachada de una casa con un jardín de abundante vegetación. Sonrió ligeramente. Su corazón ya latía más rápido, más inquieto. Cruzó el jardín, sujetando con fuerza su maleta, y golpeó suavemente la puerta de entrada.

Un minuto después, abrieron, y Eileen Prince, cubierta con una bata, el pelo negro amarrado en un descuidado rodete y los ojos medio cerrados de sueño, ahogó un grito.

—Hola, mamá— dijo Severus de forma casual. Eileen se quedó tiesa en su sitio, parpadeando rápidamente, hasta que pareció comprender lo que estaba viendo.

—¡Hijo!— Se abalanzó sobre él, abrazándolo por el cuello con tanta vehemencia que casi lo hace perder el equilibrio.

Severus soltó su maleta y le devolvió el abrazo. Mentiría si dijera que no la había extrañado a ella también. Tenían sus diferencias, algún que otro desencuentro, la vida familiar muchas veces fue difícil en el pasado, pero era su madre, y había hecho lo mejor que pudo... y siempre estaba ahí para él, sin importar sus errores, su carácter complicado ni el tiempo que pasaran sin verse.

Eileen permaneció colgada del cuello de su hijo por largos segundos, apretándolo con fuerza, mientras que él sonreía, un poco incómodo, y le frotaba la espalda.

—¡Por los calzones de Merlín, Severus!— exclamó la mujer, separándose para mirarlo y tomándolo del rostro con ambas manos—. ¿Por qué no me dijiste que vendrías?— Él hizo una mueca como respuesta. Los ojos de Eileen lo escrutaron insistentemente—. Te ves bien— comentó, al tiempo que se alejaba un poco y lo observaba de pies a cabeza. Chasqueó la lengua en desaprobación—. Aunque demasiado delgado para mi gusto. ¿Ya comiste? Ven, entra, te prepararé el desayuno.

Severus puso los ojos en blanco, tomó su maleta y la siguió adentro.

—Te vi en el periódico el otro día— comentó Eileen, con el rostro iluminado de alegría, mientras disponía en la mesa del comedor un par de tazas y platos—. Felicidades, mi niño.— Estiró el brazo y le pellizcó cariñosamente la mejilla. Severus gruñó, quitándole la mano de la cara.

—No hagas eso— se quejó, malhumorado, causando una risita en su madre.

—¿Por fin te dieron vacaciones? Entiendo que es un trabajo importante, pero te están explotando, hijo.— Eileen iba y venía de la cocina, llevando café, huevos revueltos y demás.

Severus ayudó a poner la mesa y tomaron asiento. Se sentía bien estar de vuelta.

—En realidad, no...— dijo él, sin mirarla, añadiendo algo de azúcar a su café.

—¿Cómo? ¿Vienes por trabajo? ¿Y esa maleta? ¿Te quedarás unos días?— La veloz sucesión de preguntas lo apabulló. Había olvidado lo insistente que podía ser su madre.

Revolvió el café, manteniendo el misterio. No quería que lo pusiera más nervioso de lo que ya estaba.

—No vine por trabajo, mamá— declaró en voz baja, aún esquivando su mirada.

—¿No? ¿Entonces...?— Eileen se calló abruptamente, cambiando a un gesto de tardía comprensión—. Oh... ¿Es por ella?

Severus suspiró y se atrevió a levantar la mirada. Su madre lo observaba con los ojos brillando esperanzados. Reprimió una sonrisa, al tiempo que asentía lentamente con la cabeza.

—¡Ay, hijo, no sabes cuánto me alegro!— La mano de Eileen se posó sobre la suya con afecto.

Severus alzó apenas la comisura de los labios. No quería cantar victoria aún. ¿Y si había malinterpretado el mensaje de Hermione? ¿Y si ella le había enviado el libro solamente como forma de agradecimiento? Le dolía el sólo hecho de pensarlo. Carraspeó y retiró su mano.

—No te alegres tanto... Todavía no hemos hablado...— Eileen frunció el ceño.

—Pero... por algo estás aquí. Si no estuvieras al menos un poco seguro, no habrías venido.— Snape se removió en su asiento, incómodo—. Severus, por el amor de Merlín, es obvio que la chica está loca por ti, ¿de verdad estás tan ciego?— habló Eileen con dureza, cambiando drásticamente su tono de voz. Golpeó la mesa con su dedo índice—. Ese último libro que escribió...— Severus levantó una mirada sorprendida—. Sí, ése libro... tiene sus sentimientos por todas partes. Cada página, cada párrafo desborda todo el amor que siente por ti. Cualquiera que conozca su historia se daría cuenta.

Severus se congeló en su lugar. Era un idiota. No había encontrado el valor para leer el libro, ni siquiera para hojearlo superficialmente. Se quedaba pegado en la primera página, contemplando la fotografía de Hermione y su letra grabada en el papel. Cada vez que tenía la intención de leerlo, inventaba una excusa para no hacerlo. Simplemente no se sentía capaz.

—¿Por qué te quedas con esa cara?— cuestionó Eileen duramente—. Por favor, no me digas que no lo has leído.

—Eh...— Severus se rascó la barbilla y desvió la mirada.

—Santísimo Merlín— exclamó la mujer, mirando el techo—. Hijo... para ser tan inteligente, a veces eres extraordinariamente bruto.

—¿Cómo supiste que Hermione me envió el libro?— preguntó él, en un intento de cambiar de tema. Eileen esbozó una sonrisa astuta.

—No lo sabía...— Severus entreabrió los labios. ¡Merlín, a veces no soportaba a esa mujer!—. Pero ahora que lo sé, estoy muy disgustada contigo— reprochó, como si estuviese regañando a un niño pequeño.

—No tuve tiempo, ¿de acuerdo?— se defendió él, cruzándose de brazos—. Me llegó apenas la semana pasada y ... ¡ese no es el punto!— Eileen rió divertida por su brusco cambio de humor.

Severus se restregó la cara. Se acercó una tostada con mantequilla y le dio un furioso mordisco, pese a que la conversación le había quitado el apetito.

—¿Y cuándo vas a verla?— preguntó Eileen, poniendo el codo en la mesa y apoyando el mentón en su mano, como una colegiala soñadora.

—Ojalá hoy— respondió Severus secamente. Dejó la tostada a medio comer de regreso en el plato, se acabó el café de un sorbo y se puso de pie—. Si me disculpas...— Su madre asintió, conteniendo con poco éxito una sonrisa burlona.

Dejó la maleta en el cuarto de huéspedes y se tiró en la pequeña cama. Se quedó así un buen rato, mirando el techo, escuchando a su madre lavar los platos, meditando acerca de lo que haría ahora, luchando contra sus nervios... Era como un maldito déjà vu. No le sorprendería verse al espejo y encontrar al adolescente inseguro y retraído que fue alguna vez.

Una risa irónica brotó de su garganta. ¿Por qué demonios se quedaba ahí perdiendo el tiempo?

Se sentó de golpe y sacó pergamino, pluma y tintero de su maleta. Escribió unas cortas líneas, transfiguró la hoja en un avión de papel y lo envió por la ventana con un último movimiento de su varita.

Hermione le había dicho claramente que no quería más visitas sorpresa. Sólo restaba esperar su respuesta.


Era increíble cómo en unas pocas horas sus uñas habían sufrido la furia de su ansiedad y cómo su mundo se había puesto de cabeza de un momento a otro.

Severus había vuelto a Londres... y preguntaba si podían verse esa precisa tarde. El mensaje era claro y al punto, pero ella necesitó leerlo varias veces para asimilarlo... aunque podía haber sido un poco más específico en cuanto a sus intenciones. Hermione no podía evitar pensar, desde el lado más pesimista de su mente, que él quería verla para decirle que se olvidara de todo lo que había pasado, para pedirle que no lo buscara más y pasara la página.

Un nudo se afirmaba a su garganta cada vez que imaginaba ese escenario... pero mientras más reflexionaba, más ridícula le parecía aquella inquietud, y la anticipación de volver a verlo calentaba su pecho.

Envió su confirmación a la cita, que tendría lugar en el mismo parque en el que Severus le había dado la noticia de que tendría que irse... cuatro años atrás

El tiempo es una cosa extraña. Mientras transcurre, parece lento, pero cuando ya pasó, no nos dimos cuenta cuándo ocurrió.

Hermione estaba experimentando una sensación similar. Sentía como si hubiese sido ayer cuando se despidieron por última vez, o cuando asistió a su primer día de clases, o cuando Ginny anunció su embarazo... y ahora estaba por graduarse, tenía un ahijado y faltaban pocas horas para ver a Severus de nuevo.

Entonces, de repente, cayó en cuenta: vería a Severus de nuevo. De verdad. Ese día.

Su estómago se contrajo de nerviosismo, su pulso se aceleró... y sus labios se estiraron lentamente hasta dibujar una sonrisa.

¡Severus estaba en Londres! ¡Y lo iba a ver!

Los latidos de su corazón bailaban al son de una armoniosa melodía de felicidad. Quería gritar, pero se contuvo; sus padres pensarían que tanto estudiar la habría vuelto loca (y no estarían muy errados).

Apagó la pantalla del computador y miró el reloj. Aún faltaban un par de horas... y era entonces en que el tiempo se ralentizaba. Había esperado cuatro años ese momento, y ahora, las horas que tenía por delante parecían una eternidad.

Fue a ducharse para matar el tiempo. Se lavó a conciencia, demorándose lo que más pudo. Luego, desarmó por completo su ropero, buscando algún atuendo apropiado para la ocasión. ¿Debería ir de forma provocativa o más casual? ¿Tal vez un poco formal? No, formal no.

"Maldita sea".

Hermione nunca había sido una muchacha vanidosa. Su guardarropa consistía en prendas sencillas y, principalmente, cómodas. Tenía uno o dos vestidos que se podían considerar atrevidos, pero no mucho más. Miró por la ventana. Si bien era verano, hacía frío por las noches.

Estuvo unos minutos evaluando sus opciones, hasta que al final, se decidió por un conjunto corriente de vaqueros y blusa.

Se vistió, peinó su cabello con toda la paciencia del mundo y se aplicó un poco de perfume. Una vez lista, volvió a mirar el reloj: todavía faltaba mucho. Bien, algo de maquillaje no le vendría mal.


Hermione bajó las escaleras cuando el sol comenzó a descender. Sentía que en cualquier momento se le saldría el corazón del pecho. Las palpitaciones retumbaban en sus oídos, impidiéndole pensar con claridad.

Encontró a sus padres sentados en el salón, tomando el té de la tarde.

—Voy a salir— anunció Hermione con prisa. Ellos se giraron a verla.

—¿Llegarás para cenar?— quiso saber su madre, sonriente. Hermione titubeó un par de segundos.

—Eh... no lo sé... pero mejor no me esperen.

—Bien. Ve con cuidado, cariño, y avísanos si vas a pasar la noche afuera— pidió su padre, mirándola con preocupación.

—Sí.— Hermione les regaló la mejor sonrisa que su nerviosismo pudo ofrecer y dio media vuelta—. ¡Adiós, los quiero!— Se despidió moviendo la mano.

—Disfruta, hija.

—Cuídate.

Los adultos se sumieron en un silencio reflexivo después de que Hermione cerrara la puerta.

—¿Será el mismo de antes?— preguntó él, intrigado. La mujer continuaba con la vista fija en la puerta, sonriendo levemente.

—Tiene toda la pinta, querido.


Severus se terminaba de acomodar el cuello de la camisa frente al espejo del baño. Todo el día lo había perseguido una persistente sensación de incomodidad. Había buscado ayuda en su racionalidad para tranquilizarse, pero no podía. Por su mente desfilaba una procesión de imágenes y escenarios diferentes que podían sucederse. Imaginaba qué pasaría, qué le diría a Hermione cuando la viera, y pese a que se esmeró en planificar un discurso medianamente decente, no consiguió sacar nada en limpio. Todo era un montón de palabras aglomeradas sin orden, cursilerías que de sólo pensarlas se avergonzaba y humillantes balbuceos.

En fin, algo se le ocurriría. Miró su reflejo una última vez y se puso en marcha. Estaba por salir, cuando le llegó la voz de su madre:

—¿Ya te vas?— Eileen lo miraba desde la puerta de la cocina. Severus se giró y asintió. La mujer caminó hacia él, parándose a pocos metros. Mantuvieron una mirada cargada de significado y ella dijo en voz baja: —. Suerte...

—Gracias— murmuró Snape, apartando la mirada.

—Y si se te ocurre regresar aquí esta noche, no te volveré a dirigir la palabra.— Aquello logró que Severus riera con incredulidad.

—Qué desgracia— dijo irónicamente, rodando los ojos. Se miraron de nuevo y sonrieron—. Te veo después.

—Salúdala de mi parte, ¿sí?— Severus hizo un gesto con la cabeza, mientras salía por la puerta— ¡Ve por ella, hijo!

Sonriendo, cruzó el jardín y caminó por el pasaje empedrado hasta un callejón solitario. Sacó su varita, respiró hondo y desapareció.


Dos niños pasaron corriendo delante de ella. El parque estaba a rebosar, había parejas acurrucadas en el pasto, familias haciendo picnics, niños jugando, ancianos alimentando palomas.

Hermione, de pie en el camino de grava, buscaba ansiosamente entre la muchedumbre, pero ningún hombre alto, ninguna cabellera negra resaltaba entre tanta gente.

De pronto, supo a dónde debía ir. Qué tonta de no haberlo adivinado antes. No habían establecido un lugar específico para reunirse, pero era obvio cuál sería.

Comenzó a caminar, sintiendo cómo su cuerpo temblaba. Llegó hasta el sendero que circundaba el parque, bordeado por una fila de olmos tupidos. Se quedó de pie allí, observando el camino, hasta que divisó la banca... aquella en la que Severus le había dicho que tenía que irse.

Y lo vio. Estaba sentado, con la cabeza inclinada hacia abajo y los brazos apoyados en las rodillas. Lucía pensativo y aislado del mundo. Vestía de negro, como de costumbre, aunque menos formal, tan sólo unos vaqueros y una camisa oscura arremangada hasta los codos.

Hermione no supo cuánto tiempo estuvo ahí mirándolo. Era incapaz de moverse, de pensar. Por un lado, quería correr hacia él, y por otro, sólo quedarse así, viéndolo a la distancia.

A menudo, había fantaseado con el reencuentro. Se veía a sí misma corriendo con los brazos abiertos al encuentro de su amado mago; lo veía a él sonriendo, medio avergonzado, y recibiéndola en uno de sus abrazos firmes. Imaginaba un beso eterno, de amor inconmensurable, como si el tiempo no hubiese pasado. Visualizaba una romántica declaración de amor mutuo, de promesas apasionadas.

Pero verlo ahí sentado en la inmensidad del parque, simplemente verlo sin que él se percatara, resultó desproporcionadamente mejor que cualquiera de sus imaginaciones, porque esto era real, y ni la más elaborada fantasía se compara a la inmaculada belleza de un anhelo hecho realidad. Verlo significaba que sus sentimientos habían trascendido las barreras del tiempo y la separación, que su amor era incondicional.

Verlo ahí, aguardando por ella, era el acto de amor más grande que pudo haberle dedicado.

Su corazón se conmovió de la más enorme felicidad. Utilizó un árbol como escondite, recargando la espalda en el tronco, mientras intentaba recuperar el control perdido. Había llegado el momento, en unos segundos más, podría abrazarlo de nuevo, sentirlo, oír su voz.

Cerró los ojos, aspirando todo el aire que pudo. Sacó un espejo de mano de su cartera y se inspeccionó rápidamente: tenía unas ojeras imposibles de disimular, debido a sus arduas horas de estudio; su cabello quizás estaba demasiado largo; y los últimos años, había ganado un par de kilos que, a decir verdad, le hacían falta. ¿Qué pensaría él cuando la viera? ¿Habría cambiado mucho? ¿Seguiría pareciéndole atractiva?

No obtendría ninguna respuesta si se quedaba escondida como una niña inmadura. Guardó el espejo, se peinó el pelo con los dedos y, dando una fuerte respiración, reanudó el camino hacia él.


Severus estaba haciendo todo lo posible por controlar sus emociones. Estar sentado sin hacer nada parecía lo más difícil que hubiera tenido que hacer. Lo cual era absurdo, desde luego.

Aun así, su pierna derecha no dejaba de moverse de manera involuntaria, y su corazón latía desbocado.

Se maldijo por olvidar sus cigarrillos. Tal vez podría ir a comprar una cajetilla mientras esperaba a Hermione.

¿Y por qué no llegaba? Ya era la hora, y ella no se caracterizaba por ser impuntual...

—Hola.

Esa voz acalló sus pensamientos y paralizó su cuerpo. Por un instante, sólo atinó a quedarse quieto, con la mirada clavada en el piso.

Alzó la cabeza con lentitud, casi como si temiera que aquello fuese producto de su imaginación. Pero no. Era ella, mirándolo a los ojos, sonriendo tímidamente.

Los ruidos se apagaron, el mundo se disolvió y el tiempo se detuvo.

Severus se puso de pie, sin dejar de mirar sus ojos marrones iluminados por el sol. Era hermosa. Era lo más hermoso que existía.

Hermione se perdió en el oscuro intenso de su mirada. Detrás de esa presunta seriedad, podía ver cada uno de sus sentimientos. Para ella, esos ojos no contenían secretos.

Pero la costumbre la empujó a hablar, a decir cualquier cosa para romper el hielo.

—Felicidades por...— Él no dejó que terminara su frase forzada. En un paso, cortó la distancia y la abrazó por los hombros, estrechándola fuertemente contra su pecho.

Y entonces, Hermione pudo respirar aliviada. La vida regresó a sus cuerpos, el rompecabezas se completó.

Severus apretó el abrazo, mientras reposaba la mejilla en su cabeza, inhalando su dulce aroma. Sonrió cuando los brazos de ella envolvieron su cintura. La escuchó respirar entrecortadamente y acarició su cabello para confortarla.

Una felicidad plena estalló en su pecho, llenándolo de una emoción desconocida, y comprendió que ésa debía ser la sensación de volver al hogar amado. Sólo ahí, sólo así se sentía en paz.

Hermione realmente no había querido llorar, pero ¿cómo evitarlo? La emoción era demasiado grande como para contenerla. Los brazos de él eran su lugar seguro, su refugio; entre ellos, nada podía dañarla; entre ellos, solamente era feliz.

Lo apretó más, queriendo sentir todo de él. El calor que tanta falta le había hecho, la sensación de estar en el sitio correcto. Porque esto era lo correcto, este amor sincero, profundo y real.

Sintió los labios de Severus dejar un suave beso en su frente y volvió a sonreír. Había tantas cosas que deseaba decirle, tanto que agradecerle... como estar ahí nada más, sosteniéndola después de tanto tiempo, ofreciéndole su hermoso amor sin pedir nada a cambio.

Si Severus hubiese podido elegir un momento para hacerlo eterno, habría sido ése. Porque la vida nunca le había parecido más bella. El calor se expandía por todo su cuerpo, sus pulmones se llenaban de un aire renovado. Esto... era vivir.

Los minutos pasaban. El sol empezaba a esconderse tras las arboledas, dibujando sus sombras alargadas, unidas en un abrazo interminable.

Suspiraron a la vez, relajando sus músculos. Severus estaba embriagado por el perfume de ella, pero por más que le hubiese encantado quedarse así por el resto de su vida, necesitaban hablar. Deslizó las manos por sus hombros y a lo largo de sus brazos, mientras que Hermione soltaba poco a poco el agarre en su cintura.

Se alejaron unos cuantos centímetros y sus ojos se encontraron, rendidos, devotos.

Él separó los labios para hablar, pero ella se le adelantó:

—¿Vas a quedarte?— la pregunta fue formulada con tanta ilusión que Severus no pudo evitar que una sonrisa curvara sus labios.

—Si tú quieres— dijo el mago en voz baja, acariciando delicadamente un mechón de pelo de rizado.

Esta vez, le tocó a Hermione sonreír. Dios, su voz... Había olvidado lo que aquella voz le producía, cómo la estremecía hasta lo más hondo de su ser. Apretó los labios y cerró los ojos ante la tierna caricia que él dejó en su mejilla.

Hasta que una cuota de sensatez pasó por su mente. Alzó una mirada preocupada.

—Pero... ¿y tu trabajo?— Severus la miró de forma condescendiente, sonriendo de lado.

—Hice todo lo que tenía que hacer.

—¿Seguro?— cuestionó Hermione, indecisa—. Porque no es necesario que regreses sólo por mí, ya lo sabes...

—Hermione...

—De hecho, había pensado en irme contigo después de graduarme...

—Hermione— llamó él, comenzando a reírse por otro de sus típicos arranques de verborrea nerviosa.

—En serio, sólo me falta terminar la tesis y...

—¡Granger!— Severus le puso un dedo en los labios para callarla. Hermione lo miró sorprendida, como si acabara de darse cuenta de lo mucho que estaba hablando—. Cállate y escúchame... porque lo que voy a decir ahora es asquerosamente cursi, y no pienso repetirlo, ¿entendido?— Todavía con el dedo de él sobre su boca, Hermione asintió. Él retiró su mano, se irguió y respiró profundamente—. No dejo nada pendiente en América, todo lo que quería hacer, ya lo hice...— Movió sus ojos hacia un costado un breve segundo y luego los regresó a los de ella—. Aprendí muchas cosas y conocí a muchas personas. Mi vida allá era... agradable... pero me di cuenta de algo...— La mirada interrogante de Hermione lo animó a continuar—. Me di cuenta, Hermione... de que tú eres el sueño de mi vida.— Tragó saliva, sin dejar de mirarla a los ojos, acariciando su rostro con infinita dulzura—. Tú eres el sueño que quiero vivir... porque, aunque te sorprenda... creo que sigo enamorado de ti.

Hermione, sin poder aguantarse más, lo tomó del cuello de su camisa, tiró hacia ella y le estampó un beso en los labios. No era lo que había tenido en mente cuando imaginó su primer beso luego de todos esos años. Aquel no era un beso sobradamente romántico, sino arrebatado y súbito, pero le supo a gloria.

—También te amo— susurró Hermione contra su boca—. Te amo mucho, mucho, mucho— dijo, besándolo repetidamente. Sentía que jamás se cansaría de besarlo.

Lo sintió reír, al tiempo que la abrazaba por la cintura y la levantaba del suelo. Ella rió también, sujetándose de su cuello para no caer. Pero Severus no la soltaría, ni ella a él.

La gente que pasaba a su alrededor, contagiada de su felicidad, sonreía al verlos.

Cuando los pies de Hermione volvieron a tocar tierra firme, se miraron, sonrientes, y compartieron otro largo beso. Nada podía ser más perfecto. Habían crecido, cumplido metas, vivido nuevas experiencias, y su amor siguió intacto. Ahora, la vida los recompensaba con una nueva oportunidad. ¿Qué podía ser mejor?

—Ay... necesito sentarme— dijo Hermione, casi sin aire y con las mejillas rojas.

Severus rió suavemente. La tomó de la mano y tomaron asiento en aquella banca que tanta historia tenía. Estiró el brazo por detrás de la espalda de Hermione, mientras ella se recostaba en su hombro.

—No puedo creer que esto sea cierto— murmuró Hermione. Dejaba lentas caricias en el pecho del hombre, creyendo que en cualquier momento despertaría y todo sería sólo un sueño.

Y como para confirmar que aquello sí era real, Severus apoyó la mejilla en su frente y la abrazó con firmeza.

—No iré a ninguna parte— aseguró el—... no sin ti.— Hermione lo rodeó con sus brazos, acurrucándose en su pecho. Se quedaron en esa posición unos minutos, hasta que Severus recordó algo que ella había dicho y se hizo hacia atrás para verla a los ojos—. ¿Qué es eso que dijiste de una tesis y de que te vas a graduar?

—Ah, sí...— Hermione se enderezó, pasándose una mano por el pelo—. Es que ahora soy universitaria— dijo, sonriendo. Él alzó una ceja—. Estoy estudiando Literatura... ya sabes, para perfeccionarme. Acabo de terminar mi último año y sólo me falta entregar la tesis para titularme.

—¿Y te gusta?

—Me encanta.— Severus sonrió ligeramente y se inclinó para darle un beso en la frente—. Y... ¿te llegó mi libro?— preguntó luego, como quien no quiere la cosa. Él asintió con la cabeza—. ¿Lo leíste?— El tono de Hermione se tornó receloso, mientras veía a Severus desviar la mirada, inquieto.

—Aún no lo termino...

—Severus, no me mientas... ¿Lo has empezado al menos?— Hermione lo observaba atentamente.

—Por supuesto que sí.

—¡Doblemente mentiroso!— lo acusó, divertida, picándolo con un dedo en el estómago. Rieron un poco, ella molestándolo y él tratando sin mucho esfuerzo de apartarle las manos.

—Está bien, está bien... Pero es que no he tenido tiempo— replicó el mago. Hermione lo miró con los ojos entrecerrados.

—Qué mala excusa, Severus Snape.— Fingió estar profundamente dolida y se volteó en el asiento, dándole la espalda. Al momento, sintió los brazos de él rodeando su cintura y sus labios en su cuello. Un pálpito de calor bajó por su cuerpo.

—Lo leeré— susurró Severus con la voz grave—. Te lo prometo.— Hermione giró la cabeza y le robó un rápido beso.

—De acuerdo.— Se movió hasta quedar de cara a él—. Cuéntame cómo fue que encontraste esa cura.— Snape esbozó una media sonrisa, al tiempo que se ponía cómodo para relatarle todas sus andanzas en MACUSA.


A medida que caía la noche, el parque se fue vaciando de gente. Las farolas se encendieron y las estrellas se asomaron. Severus y Hermione eran casi los únicos que quedaban allí, todavía en su banca, conversando, ajenos al mundo que los rodeaba. No era sencillo resumir cuatro años en tan sólo unas horas.

Se pusieron al corriente de todo cuanto había acontecido últimamente. Severus permaneció impávido cuando ella le comentó que Harry y Ginny habían tenido un bebé, pero no pudo contener una mueca de fastidio al enterarse de su nombre. ¿Potter no podía haber sido un poco más imaginativo?

Hermione, por otro lado, se mostró fascinada cuando él contó por qué la presidenta de MACUSA había solicitado su ayuda, cómo eran los laboratorios allá y la cantidad de renombradas personas que había conocido. Su corazón se hinchaba de orgullo con cada palabra de Severus. Lo notaba tan realizado y contento con lo que había conseguido que supo que todo el dolor por la separación había valido la pena.

—Así que ahora me tomaré unas largas vacaciones— concluyó él, estirando las piernas.

—Y bien merecidas— convino ella, sin poder dejar de sonreír al verlo. Notó lo helado que estaba el aire de repente, y se frotó sus brazos desnudos.

—¿Tienes frío?— preguntó Severus. No esperó respuesta y la acercó a él. Hermione cerró los ojos, respirando su maravilloso perfume—. Deberíamos ir a otro lugar...

—¿A dónde?— dijo la bruja distraídamente. Ahora mismo estaba perfectamente bien allí.

—Pues... había pensado en tu departamento...

—¿Mi...?— Hermione abrió los ojos de golpe y levantó la cabeza—. Ah... me temo que no podrá ser...— Snape frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Es que.. se me olvidó decirte... Estoy viviendo con mis padres— explicó, un tanto abochornada—. Me mudé con ellos cuando empecé la universidad... para facilitarme las cosas. ¿Tú dónde te estás quedando?

—Bueno, yo...— Severus suspiró, pareciendo tan avergonzado como ella—. Sonará patético viniendo de un hombre de mi edad... pero también me estoy quedando con mi madre.— Hermione soltó una risa.

—Parecemos adolescentes.— Severus asintió con resignación. Se produjo una pausa, mientras pensaban en sus opciones. Después de unos momentos, se miraron a la vez, ambos con una expresión de estar a punto de cometer una travesura—. ¿Qué tal si...?

—Me leíste el pensamiento, Granger.


Todo estaba igual: el bar de la recepción, la atmósfera reservada gracias a la tenue iluminación, los estrechos pasillos, el gastado papel tapiz y el piso de madera oscura.

Fue como retroceder en el tiempo, como si los años no hubiesen pasado. Y, también, era completamente diferente, porque cuando Severus introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta, lo primero que hizo fue abrazarla con fuerza y besarla profundamente en los labios, mientras entraban en la habitación.

La cama, los sillones y el espejo en el techo estaban en las mismas condiciones.

La primera vez que Hermione estuvo ahí, se sintió completamente fuera de lugar y la decoración le había parecido de muy mal gusto. Pero ahora, con tantos recuerdos invadiendo su mente, lo veía con otros ojos, con cariño. Dejó caer su cartera para abrazarlo por el cuello y profundizar el beso.

Avanzaron a tientas, sin dejar de besarse, tocándose con ansias por encima de la ropa. Sólo se detuvieron cuando chocaron con un mueble ubicado junto a la pared. Cortaron el beso y se miraron, jadeando.

—Tengo que advertirte... que ha pasado tanto tiempo que creo que recuperé mi virginidad— dijo Hermione, entre broma y seriedad.

—Y yo corro el riesgo de romperme la cadera.

Hermione rió suavemente.

—Está bien... seré cuidadosa.— Severus la tomó de las piernas y la sentó en el mueble.

—Eres muy considerada— dijo él de forma sarcástica, justo antes de abalanzarse sobre la mujer en un beso hambriento.

No podía creer que volvía a estar ahí con ella. Su creencia de no ser digno del amor de alguien también se había desplomado. Había llegado a creer que aquella fantasía vivida con Hermione había sido un episodio pasajero en su vida, que no existía forma alguna de que un sujeto como él mereciera tanta felicidad. Creyó que el destino volvería a burlarse cruelmente de él, arrebatándole a la única mujer que había amado de verdad. Sin embargo, no fue así. Fue simplemente una prueba más... una prueba que pasó con éxito pero no sin dificultad.

Los suaves labios de ella y su abrazo firme eran la mejor recompensa. Siguió besándola insaciablemente, mientras sus manos exploraban el territorio bajo su blusa: sus caderas, su cintura y su espalda ardían junto con él. Se atrevió un poco más y subió hasta su busto. Sabía que era ilógico, pero sentía como si fuese la primera vez que la tocaba. Estaba inquieto y ansioso, temía hacer algo mal. No obstante, los tenues gemidos de la mujer le sugerían que iba bien. Todavía recordaba cómo se hacía esto.

Abandonó su boca y recorrió el camino hasta su cuello, dejando el rastro de sus besos.

Hermione enredó los dedos en su cabello negro. Apenas podía pensar. Sólo sentía cómo el placer se apoderaba de su cuerpo, cómo la quemaba por dentro. Sus piernas lo rodearon por la cintura, atrayéndolo hacia ella, y cuando notó su evidente excitación presionando su entrepierna, dejó escapar un audible suspiro.

Severus estaba intentando controlarse, pero cada acción de ella le arrebataba la cordura. La sujetó de la cadera, enterrándole los dedos, y le mordió el cuello. Fue entonces que las intrépidas manos de Hermione se escabulleron hasta su cinturón y lo soltaron con urgencia.

Él respiró entre sus dientes apretados. Reunió la suficiente autoridad sobre su propio cuerpo y se alejó unos pocos centímetros.

—¿Quieres ir despacio o prefieres...?

—Oh, Dios, no, ya no puedo esperar ni un segundo más— respondió atropelladamente Hermione, antes de que él pudiese formular la pregunta.

—Gracias al cielo— susurró la voz ronca del pocionista. Un instante después, tomó la blusa de Hermione y la abrió de un tirón, desperdigando los botones por el suelo.

Hermione sonrió e hizo lo mismo con la camisa de él. Era como si una bestia fuera de control se hubiese adueñado de ella. No recordaba cuándo había sido la última vez que se sintió así... pero supuso que fue con él.

En tanto, Severus le había quitado el sostén y ahora masajeaba uno de sus pechos, mientras su boca jugaba con el otro. Notaba cómo su pezón se endurecía bajo su lengua, incrementado su propia excitación a niveles olvidados. Cómo amaba hacerla disfrutar; cada uno de sus gemidos en respuesta a sus estímulos eran el paraíso. Ella era su paraíso personal.

—Oh... Dios, sí...— balbuceaba Hermione, retorciéndose.

Severus sonrió, complacido. Volvió a besar su cuello y permitió que su mano derecha bajara y se deslizara debajo del inconveniente pantalón de ella. El húmedo calor que encontró allí logró hacerlo gruñir y cerrar los ojos. Ella estaba igual de lista que él... pero no quería ir tan rápido. La terminó de desvestir con algo de torpeza, y las yemas de sus dedos acariciaron con delicadeza el exterior de su ardiente intimidad. Apoyó la otra mano en el mueble para conservar el equilibrio, y observó la deliciosa expresión en el rostro de su hechicera.

Se dedicó a eso un buen rato. Hermione, con la cabeza inclinada hacia atrás, le arañaba la espalda y mecía su cadera, buscando el mayor placer. Cuando él introdujo lentamente uno de sus dedos, ella se estremeció de pies a cabeza. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido más que un grito ahogado. Un segundo después, la golpeó un repentino y fuerte orgasmo que sacudió su cuerpo entero. Arqueó la espalda, gimiendo con un hilo de voz.

Severus se quedó quieto, sonriendo de forma presuntuosa.

—Eso fue rápido— dijo él, en una emulación a la misma frase que había dicho la primera vez que estuvieron ahí.

Hermione hizo un esfuerzo por reconectar sus neuronas y abrió los ojos. Severus la miraba con sus oscuros ojos brillando, sonriendo como ella tanto amaba. Se mordió el labio cuando él volvió a mover su dedo, pero lo agarró de la muñeca, impidiéndole continuar.

Lo empujó suavemente y se bajó del mueble de un salto. Luego, poniendo ambas manos en su torso desnudo, lo hizo girar y lo estampó contra la pared. Se apretó a él, presionando con todo su cuerpo, y le devoró los labios. El leve gruñido del hombre se elevó entre sus bocas en el momento en que Hermione liberó su erección y la cubrió con la palma de su mano.

Hermione le mordió el labio inferior, sonriendo ante su mínima queja. Lo soltó y lo lamió, para después empezar a descender por su barbilla, cuello y hombros. Sus labios lo llenaron de atenciones en su camino hacia abajo, saboreando cada rincón de su piel. Al llegar a su vientre, desabrochó el botón del pantalón y lo bajó junto a su ropa interior.

Para ese entonces, la respiración de Severus se había vuelto agitada, sus mejillas estaban rojas y el sudor comenzaba a hacer acto de presencia. Y cuando Hermione se arrodilló frente a él y se despejó el cabello de la cara, creyó que tanto placer terminaría por matarlo incluso antes de que ella consiguiera hacer lo que pretendía.

—No... No es necesario— aseguró él, con el último gramo de caballerosidad que poseía, acariciándole el rostro con los pulgares.

—Para mí, sí— repuso ella gravemente. Tomó el miembro rígido entre sus manos y dio una lenta lamida en la punta.

Severus siseó, apretó los párpados y se apoyó en la pared. Si no se corrió en ese preciso instante, fue porque el continuo uso de Oclumancia los últimos años se lo permitió. De no haber contado con aquel control sobre su mente, habría sucumbido ante esa exquisita tortura.

Colocó las manos en el cabello de la mujer, con la única intención de apartarlo de su rostro. Ahora su boca rodeaba toda su extensión, succionando y produciendo unos sonidos tan increíblemente obscenos que dejarían en vergüenza a cualquier película para adultos. Una de sus pequeñas manos se unió al trabajo, y las rodillas de Severus estuvieron a punto de ceder bajo su peso.

Ella elevó la mirada, y lo que vio la llenó de orgullo y satisfacción. Esa expresión de absoluto placer en el rostro de su mago valía más que todos los tesoros descubiertos y por descubrir. Prosiguió concentradamente en su tarea, cuidando hasta el más mínimo detalle para brindarle el mayor disfrute. Era una suerte que Severus hubiera superado la etapa de atragantarla, como aquella primera vez.

Lo notaba endurecerse más y más conforme pasaban los minutos, escuchaba sus jadeos mezclados con gemidos graves y su cadera había comenzado a moverse de forma inconsciente. Hermione imprimió más fuerza y velocidad. Ya estaba cerca...

Pero, de pronto, Severus le puso las manos en los hombros y la alejó abruptamente de él.

—Suficiente— sentenció, con la voz entrecortada.

De una patada, el hombre arrojó lejos sus pantalones y, ante la mirada desconcertada de Hermione, la levantó del suelo. Intercambió las posiciones: ahora ella estaba contra la pared, con sus piernas rodeándolo por la cintura, mientras él la cargaba.

El roce íntimo logró robarles a ambos un suspiro, pero se quedaron quietos, mirándose a los ojos con el gesto serio de expectación, de deseo.

—Te amo, Severus— pronunció ella, pese a que ni siquiera esas dos palabras expresaban con exactitud lo que sentía por él.

Lo amaba con todas sus fuerzas, lo amaba más allá del tiempo, de sus diferencias y sus defectos. Lo amaba íntegramente, por lo que representaba en su presente y por lo que significó para su pasado. Lo amaba, porque pensar en el futuro era una actividad que se embellecía cuando se veía con él.

—Y yo a ti, mi niña hermosa— correspondió él, depositando un corto beso en sus labios—. Mi niña buena...— Hermione no pudo reprimir una risa traviesa.

—Ahora no estoy de ánimos para ser muy buena...

—Sí... ya lo noté.— Rieron juntos, y Hermione lo abrazó por el cuello, acercándolo para compartir un nuevo beso, esta vez más impetuoso.

Manteniendo el contacto con sus labios, Severus se apretó al cuerpo de ella y fue dejando que se deslizara por la pared, mientras él se alzaba apenas en puntas de pie. Gracias a la humedad que la empapaba, no requirió casi ningún esfuerzo extra introducirse poco a poco en ella. Aun así, procuró hacerlo lentamente, para poder sentir y disfrutar la experiencia al completo.

Soltaron aire al unísono cuando se unieron totalmente. Esto era cien veces mejor de lo que recordaban. Durante unos segundos, ninguno se movió, permanecieron con los ojos cerrados, las bocas rozándose, compartiendo el aliento. Hasta que ella flexionó las piernas, pidiéndole silenciosamente que continuara... y él obedeció. Ubicó el rostro en el hueco de su cuello y respiró profundamente, al tiempo que salía de ella y entraba otra vez.

Esto de verdad estaba pasando, se repetía Severus, para terminar de asimilarlo. Estaba haciendo el amor con la mujer de su vida, la había recuperado... y ahora nada ni nadie la apartaría de su lado. En adelante, lo único que anhelaba era tenerla, compartir cada día con ella y entregarle lo mejor de sí mismo. Porque sólo Hermione lo motivaba a sacar su mejor versión, a ser un hombre digno de ella.

Sus movimientos de cadera aceleraron. La sostenía con firmeza, empujando dentro de ella a un ritmo constante, logrando robarle gemidos cada vez más altos. La espalda de Hermione chocaba con la pared, su cabello estaba revuelto, y su gesto, reducido a una mueca de placer.

Severus se concentró en mantener la cadencia de su propia respiración. Con gusto, habría cedido al capricho de su pasión, tomándola de un modo salvaje... pero Hermione no se merecía eso, y él, cuando se trataba de ella, podía convertirse en un caballero ejemplar.

—¡Oh, mierda!— exclamó la bruja, frente a una acometida especialmente profunda. Enfocó las pupilas de su amante, dilatadas y oscuras, viéndola con devoción, y se arrojó a sus labios.

Lo besó hasta quedarse sin aliento, hasta que le dolieron los labios, pero siguió, ahora por toda su cara húmeda de transpiración. Si no hubiese sido por el férreo agarre de él, Hermione habría terminado en el suelo hacía tiempo. Sentía como si sus piernas fuesen de gelatina. Sin embargo, no se quedaría inerte, permitiendo que él hiciera todo el trabajo. Buscó un punto de apoyo en la pared detrás de ella y empezó a mover también su cadera, hasta que halló un ángulo perfecto.

—Santo Merlín...— murmuró Severus. El redescubrimiento de aquel magnífico placer lo aturdió por un segundo, pero después, enardeció todas sus sensaciones al máximo. Retomó el movimiento, embistiendo intensamente sin llegar a ser agresivo—. Me encantas, mujer... Eres una maravilla...

Hermione, cautivada por esas palabras, se aferró a los hombros de él. Hubiera querido contestar con una declaración similar, pero con suerte podía hilar dos palabras juntas en su mente. Temía caer desmayada en cualquier momento; las placenteras sensaciones crecían dentro suyo como una burbuja a punto de reventar.

—Severus...— logró articular, no supo cómo—... cama... ahora...— Hermione era completamente consciente de que estaba hablando como una troglodita, pero fue lo mejor que pudo conseguir.

Afortunadamente, Severus entendió de buenas a primeras. La llevó en brazos y la acostó en el colchón, asegurándose de que su cabeza descansara en la almohada.

—No... Tú abajo...— farfulló Hermione. Colocó las manos en el pecho del hombre y lo empujó para que se tumbara. Una vez en esa posición, se montó en sus caderas, aprisionándolo entre sus piernas—. Eso... eres mío.— Se hizo hacia adelante y lo besó ávidamente. Severus la abrazó, dejándose querer.

—Todo tuyo, Granger...— Elevó su cadera, urgido por volver a sentirla.

Hermione se mordió el labio y rió por lo bajo. Había una cosa que siempre quiso hacer con él, pero que, por cuestiones de la vida, nunca hizo... hasta ahora. Confiaba en que sus habilidades con la magia no verbal y sin varita no se hubieran marchitado demasiado debido el desuso. Entrelazó sus dedos con los de él y bajó hasta el lóbulo de su oreja, donde lamió y mordisqueó delicadamente. Poco a poco, y procurando que Severus no lo notara, fue subiendo las manos de los dos hasta la cabecera.

"¡Incarcerous!", vociferó Hermione en su mente. Al instante, unas gruesas cuerdas se enroscaron en las muñecas de Snape y lo ataron a las maderas de la cama.

—¿Qué...?— habló él, pero un dedo de Hermione se posó sobre sus labios.

—Sshh... Obscuro— murmuró, y una venda cubrió los ojos del mago, que se sacudió, intentando liberarse.

Hermione ya no podía resistirlo más. Alzó la cadera, se acomodó sobre él y lo deslizó en su interior, bajando pausadamente.

—Oh...— El gemido de Severus salió estrangulado. Se moría por tocarla, necesitaba verla, pero toda capacidad de utilizar su magia se había desvanecido. Esa mujer lo estaba desquiciando.

Ella se movió con lentitud, frotándose deliciosamente en el vientre de su hombre. Irguió la espalda y lo sintió más hondo que nunca. También necesitaba que la tocara, quería sentir sus grandes manos recorriéndola... pero verlo así, retorciéndose debajo de ella, desesperado por desatar sus amarres, resultaba incomparablemente excitante. Si bien a Severus no le disgustaba cederle el control, siempre conservaba una pequeña dosis de dominación inherente a él. Ahora, no obstante, estaba absolutamente sometido... y no había forma en este mundo en que Hermione se doblegara con facilidad.

—Hermione... quítame esto...— dijo él en tono autoritario, tirando con todas sus fuerzas las cuerdas que amarraban sus muñecas.

—No... Aún no— replicó Hermione, sin dejar de moverse. Se inclinó hacia adelante y atacó su cuello desprotegido.

—Oh, carajo...— Todo lo que Severus podía hacer en esas condiciones era seguirle el ritmo, tratar de soltarse de esas cuerdas infernales y rogar por no acabar antes de tiempo.

Pero ¡¿cómo demonios iba a lograrlo si ella le hacía esas cosas y lo provocaba de ese modo?! La sentía chupando su cuello tan insistentemente que comenzó a doler. Eso iba a dejar una buena marca. Los pechos de la mujer se presionaban en él, mientras que su boca y caderas hacían milagros.

—Hermione, por favor...— Severus no era de los que rogaba en la intimidad (ni en ninguna otra situación), y ahí estaba, suplicando como un pobre diablo.

—De acuerdo— accedió ella cuando vio su creación grabada en el cuello del hombre. Deshizo el conjuro... pero sólo a medias: liberó su mano derecha, que fue raudamente a su cintura y tiró hacia él, al mismo tiempo que alzaba su cadera—. Tócame— demandó, y enseguida, los dedos de él se desplazaron hasta su punto más sensible y comenzaron a masajearla aplicando la presión exacta.

Hermione exhaló y cerró los ojos. A pesar del tiempo, sus cuerpos todavía recordaban cómo complacerse, y ella comenzó a moverse como sabía que a él le gustaba. Pronto, pudo oírse el sonido de sus cuerpos al chocarse. Ambos gemían y jadeaban, ensimismados en las sensaciones, entregados enteramente el uno al otro.

La mujer llevó una mano a su propio pecho, mientras veía aproximarse nuevamente su clímax. Terminó con un breve y agudo quejido, temblando sobre él, pero la mano de Severus volvió a su cintura, urgiéndola para continuar.

—Sigue... no pares...— pidió él casi con desesperación. Hermione contuvo una risa divertida.

—Olvidaste la palabra mágica.— Severus gruñó, exasperado.

—Por favor...

—Ahora sí nos entendemos.

Pese a que la perspectiva de seguir jugando con él era sumamente tentadora, ganó su lado compasivo. Lanzó otro hechizo no verbal y Severus se vio libre de sus ataduras. Sus ojos negros la miraron, exhibiendo una pasión abrasadora, y a continuación, la hizo girar en la cama, la puso de cara al colchón y se posicionó encima de ella, a su espalda.

—Me parece que alguien se buscó un castigo... ¿o me equivoco... señorita Granger?— Con un próximo empuje, entró en ella.

Su apelativo, pronunciado con aquella voz grave y sedosa, envió una descarga de placer hasta su centro. Pero cuando lo sintió introducirse en una firme estocada, estuvo segura de que había tocado el cielo. A partir de ese momento, lo único que salió de sus labios fueron gemidos en voz alta y palabras malsonantes.

Él se colocó de rodillas en la cama y levantó la cadera de ella. La vista era simplemente espléndida: su redondeado trasero, sus pechos balanceándose al son de sus embestidas, su cabello enredado, la ligera inclinación de su cabeza para mirarlo.

Se hundió en ella enérgicamente, una y otra vez, negándose al impulso de cerrar los ojos. Llevó las manos a sus glúteos, los apretó con fuerza y, sin poder contenerse, le dio una nalgada que resonó en la habitación.

—Oh, Dios— soltó ella, estrujando las sábanas.

Severus sonrió de lado y repitió un par de veces la acción, hasta que la piel de su bruja quedó enrojecida. La frotó para aliviar cualquier dolor. Se acercó a su oído y murmuró:

—Te extrañé tanto, mi amor...

Hermione quiso responder, pero, dado su estado, fue incapaz, por lo que solamente ladeó la cabeza y lo besó. El mago respondió con vehemencia. Sus lenguas se encontraron y jugaron dentro de sus bocas, sin que él detuviera sus empujes.

La cabecera de la cama topaba repetidamente en la pared, y los resortes del colchón rechinaban con cada embiste. Él cortó el beso, y su mano derecha atrapó uno de los pechos de la mujer, mientras que la izquierda la sostenía del abdomen.

"Maldición, es perfecta". Cada mínimo gemido de ella era música para sus oídos. Su sólido autocontrol estaba perdiendo la batalla contra las inmensas descargas de placer que electrificaban su cuerpo. Tenía que aguantar... sólo un poco más...

... pero todo ser humano tiene un límite.

Severus había demostrado ser extremadamente resistente en todos los aspectos de su vida. Podía soportar torturas inhumanas, cantidades absurdas de estrés, noches de insomnio y agotamiento físico y mental hasta niveles nunca antes vistos... pero esto había sobrepasado el umbral de su resistencia.

Trató, realmente trató de contenerse. Sin embargo, en el instante en que escuchó el agudo grito de ella, sumado a la manera en que su estrechez lo oprimió, no le quedó más remedio que rendirse. Pegó el pecho a la espalda de Hermione y, empujando con fuerza, se abandonó al placer. Un gemido incontenible trepó por su garganta, mientras rodeaba el cuerpo de su mujer con un brazo y la estrechaba en un apretado abrazo.

Se quedaron inmóviles, respirando agitadamente. Sus cuerpos enteros temblaban, sus músculos quemaban.

Severus dejó un par de besos en el espacio entre sus omóplatos, aún abrazándola. Salió de ella lentamente y, ante el conocimiento de que sus rodillas no podrían seguir sosteniéndolo, se dejó caer en un lado de la cama. Hermione se acostó junto a él y apoyó la cabeza en su hombro.

—Ay, ya no puedo más...— se quejó ella, contemplando sus reflejos en el techo.

—Mañana no podré moverme...— musitó Severus. Sus miradas se cruzaron en el espejo y rieron, cansados.

—Estamos en pésima condición.— Hermione giró la cabeza para mirar sus ojos reales y le acarició la mejilla dulcemente.

—Ya la recuperaremos— aseguró él, al tiempo que levantaba el brazo y la recibía sobre su pecho. Lanzó un largo suspiro, más satisfecho y feliz de lo que había estado en años.

Se tomaron unos minutos para regular sus respiraciones.

—Severus— llamó de pronto la castaña en voz baja. El susodicho emitió un ruido con la garganta para dar a entender que, pese a que había cerrado los ojos, la estaba escuchando. Hermione se arrimó al cuerpo de él—... sí quiero— pronunció luego de un momento de silencio.

El pocionista frunció el ceño ligeramente y abrió los ojos. La miró, sin comprender.

—¿Qué cosa?

—Vivir juntos— explicó Hermione, sonriendo soñadoramente—. Quiero pasar el resto de mi vida contigo, casarme contigo.— Se alzó hasta que estuvieron a la misma altura y acunó la cara de Severus entre sus manos—. Quiero que viajemos juntos y que tengamos muchos hijos y hacerte feliz todos los días— declaró, mientras repartía besos por todo su rostro—. No quiero separarme nunca más de ti.

Severus la observaba, serio, con los labios entreabiertos.

—¿Qué dices?— preguntó Hermione.

—Yo... ¿Hablas en serio?— Ella asintió con la cabeza, y su expresión alegre e ilusionada entibió el corazón de Snape—. Es un alivio...— Severus esbozó una sonrisa que tocó sus ojos—... porque yo quiero exactamente lo mismo.

Se fundieron en un profundo beso, abrazándose con fuerza. Cuando se separaron, los dos sonreían. Los ojos de Hermione estaban húmedos de emoción, y él enjugó con el dorso de la mano una escurridiza lágrima que corrió por su mejilla.

Severus se prometió que, de ahora en adelante, sólo permitiría que Hermione llorara de felicidad. Iba a darlo todo para protegerla.

—¿De verdad?— quiso saber ella, una expresión pícara cruzó su rostro—. Porque si aceptas, ya no te podrás deshacer de mí.— Severus rió suavemente.

—Es un precio que estoy dispuesto a pagar.— Hermione le dio un pequeño beso en la punta de la nariz y volvió a acostarse como antes.

Severus también se recostó de lado y los tapó a ambos con las mantas. Se miraron largamente, compartiendo el silencio.

—¿Tú...?— comenzó a preguntar Hermione, un tanto dubitativa—. ¿En serio te gustaría tener hijos?— Él bajó la mirada antes de contestar.

—Desde que estoy contigo... sí.— Elevó los ojos y encontró los de ella brillando con enorme dicha.

—¿Cuántos te gustaría tener?

Hermione no quería parecer muy insistente con el tema, pero nunca lo habían conversado, era demasiado pronto en aquel momento. Ahora, sin embargo, sus sentimientos habían madurado y las circunstancias eran distintas.

—No lo sé... Supongo que dos estaría bien... para que crezcan acompañados. ¿Y tú?

—Dos... o tres.

—¿Tres?— espetó Severus—. Tampoco exageres, Granger.— Hermione le propinó un leve empujón en el pecho.

—Siempre quise tener hermanos. Es muy solitario ser hijo único, ¿no crees?

—Sí, puede ser...— respondió el indeterminadamente.

A temprana edad, una vez que tuvo el razonamiento suficiente para entender que tanto su situación familiar como económica no soportarían otra boca que alimentar, Severus aprendió que no valía la pena cuestionar su soledad, que tenía que darla por sentado y ya. Asumió, no sin cierta dolorosa resignación, que siempre iba a estar solo. Aun así, eso no impedía que su mente de niño fantaseara con la idea de tener un hermano con quien jugar, o compartir secretos, o pelearse, o hacer todas las cosas que los hermanos hacían. Pero, una vez más, la vida no fue generosa con él, y tuvo que crecer solo en un hogar disfuncional.

Era por eso que había decidido, años atrás, que jamás tendría hijos. No iba a acarrearle sus traumas de infancia a un niño inocente.

Hasta que Hermione regresó a su vida, convertida en mujer... en una mujer hermosa que lo amaba y que le enseñó que todo es posible. Lo quería todo con ella, incluso formar la familia que nunca tuvo.

—Pero ya habrá tiempo para pensar en eso— dijo Severus. Estiró los brazos y se acercó a ella, mientras la atraía a su propio pecho desde la nuca. Apoyó la mejilla en su cabeza, aspiró su perfume y agregó: —. Por ahora, no me apetece compartirte con nadie.

Hermione sonrió, sintiéndose protegida y amada, una gloriosa sensación que inflamaba su corazón. Bostezando, se acomodó entre los brazos de su mago hasta encontrar la posición perfecta. Severus, en tanto, acariciaba con cariño su pelo desastroso y enmarañado y depositaba un beso duradero en su frente.

La habitación que una vez fue testigo del despertar de sus sentimientos, ahora los refugiaba en sus sueños hechos realidad.


¡Feliz Navidad atrasada!

Despedimos el año con esta actualización. Iba a ser el final, pero no quería extender más el capítulo, porque aún me quedan un par de cosas que quiero contar y ponerlo todo en un solo capítulo era demasiado.

Aquí tienen el esperado reencuentro, con dosis de dulzura que las dejarán al borde del coma diabético. He de confesar que esta escena +18 fue la que más me ha costado escribir en mi vida xD No sé por qué, pero me daba pudor y me salía la risa nerviosa mientras la escribía jasjad Cosas de la vida... Igual logré sacarla, y espero que les guste.

¡Gracias por seguir conmigo hasta acá!

Le daremos la bienvenida al 2021 (no confiemos mucho en él) con el verdadero último capítulo de esta historia.

Disfruten las fiestas, si beben, no conduzcan y cuídense del bicho ese.

Un beso y mis mejores deseos.

Vrunetti.