Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.

Advertencia: El capítulo toca un tema delicado. A pesar de que se hizo una investigación para desarrollar el capítulo, admito que no soy psicóloga, psiquiatra, ni mucho menos tengo experiencia en el tema, salvo la literatura y películas ficticias. Fue escrito con el debido cuidado y respeto.


"Tengo miedo, porque sé que no puedo luchar para siempre"

Canciones sugeridas:

Ludovico Einaudi - Elegy for the Arctic

Vadim Kiselev - Alone In the Dark

Vadim Kiselev - After Dark

Beethoven - Moonlight Sonata

Lucas King - Dark Piano-Liar


Estaba sentado en su escritorio, el cual como en la ocasión anterior, había muchos papeles y libros por doquier. El aspecto de él era similar; cabello despeinado y ropa sucia.

Edward volteo a verme. Su aspecto era raro.

Loco.

Desesperado.

Pero más allá de su mirada salvaje, el arma que sostenía apuntando a su cabeza captaba más mi atención.

Mi corazón palpito asustado.

Jadeé.

—Por favor, no — rogué.

—¿Qué es lo que haces aquí? ¡Largo de aquí! — me ordenó sin bajar su mano.

Con su mano desocupada golpeo su escritorio enojado.

—¡Vete y cierra la maldita puerta!

Mi cuerpo actuaba sin pensar racionalmente. Me adentré a la habitación y cerré la puerta.

—¡Detente! — ordené.

¿Qué me pasaba? Esta no era yo.

—Tus padres y tu hermana se encuentran abajo — dije aparentando una seguridad que no tenía, —por favor detente.

Él no respondió, pero su respiración salía en jadeos por su boca.

—Baja el arma — musite con voz ronca, — por favor.

Nuestras miradas estaban fijas, ninguno parpadeaba.

—Tú no sabes nada — murmuro con coraje sin bajar el arma.

El fuego crepito en la chimenea. Se escuchaban los murmullos de las voces de los señores y Alice en la planta baja. E incluso alcance a oír la porcelana siendo colocada en el comedor.

Mas que segundos parecía una eternidad.

"¿Qué hago?" pensaba en mi interior.

—S-solo no lo hagas — tartamudeé.

—Abandona la jodida habitación y deja de inmiscuirte en los asuntos que no te importan — gruño.

—Baja el arma — volví a rogar.

—No lo voy a volver a decir, lárgate.

Impulsada por el miedo y una adrenalina que no sabía que tenía, dije:

—No.

Su cara mostró incredulidad y furia.

—¿Cómo te atreves a desobedecerme? — regaño — Te ordeno que te vayas.

—No — volví a responder.

En mi interior explotaba algo, no sabía qué era.

—Bien, quédate — se burlo mientras se colocaba de pie, — no me importa el público.

Negué con mi cabeza.

—No, por favor, no lo hagas — suplique desesperada.

Él soltó una dolorosa carcajada.

Probablemente tenía él razón, lo más inteligente sería salir de la habitación y no decir nada a nadie. Él era solo un hombre más. Pero entonces, ¿porqué reaccionaba de esta manera? Mis manos estaban heladas, sentía que el corazón lo tenía en mi cabeza y que mis pulmones no podían tomar suficiente aire.

Su postura era salvaje, todo su cuerpo estaba tenso. Todo él gritaba seguridad en realizar lo que amenazaba por hacer.

—Eres una idiota — me susurró, — déjame solo.

Negué con mi cabeza.

—Testaruda.

—No lo hagas, por favor — susurré dando un paso más.

—No te atrevas a acercarte más — gruñó.

Jadeando y temblando ambos nos manteníamos pendientes del movimiento del otro.

—Déjame solo — suplico ahora él.

Y en cuestión de segundos pude ver más allá de la locura y de la desesperación. Pude ver más allá de este hombre salvaje.

Vi a un hombre triste y asustado.

En mi garganta empezó a crecer un nudo.

—Edward — pronuncié por primera vez su nombre, — baja el arma, todo estará bien — añadí sin tener conciencia de lo que estaba diciendo.

Él gruño y cerro fuertemente sus ojos mientras aflojaba el agarre en la pistola.

—No, no lo estará — se quejo desolado.

—Habla conmigo dime en qué te puedo ayudar.

¿Tenía idea a que me refería? No, ninguna.

—Todo esta mal, yo estoy mal — susurraba sin abrir sus ojos, — ya no puedo más — confesó.

Mi corazón dolió y reparé que algo distinto empezaba a crecer en mi interior.

—Solo baja el arma — le pedí, —y te prometo que todo será mejor.

—¿Cómo puedes decir eso? — respondió abriendo tristes sus ojos — No sabes nada de mí.

—Puede que no sepa mucho de ti — musite dando otro paso más, — pero sé que eres una buena persona.

—No, no lo soy.

—Lo eres — dije acercándome mas al escritorio, — t-tú me cuidaste, me salvaste de la picadura de araña, ¿no recuerdas?

—Gran cosa — gruñó con una mirada vacía.

—Para mi lo es — susurré —por favor, no te hagas esto.

Él sostuvo mi mirada.

—Estoy cansado de sufrir — admitió y desde mi posición pude ver cómo una lagrima resbalaba de su mejilla.

En ese momento pude identificar qué era lo que crecía en mi. Coraje. No por él sino por las personas que le hayan hecho lo que sea para que terminara así.

Aclaré mi garganta y dije:

—He aprendido que el sufrimiento es necesario.

Edward me observo incrédulo.

—¿Qué es lo que dices? El sufrimiento es para masoquistas.

—Y para valientes — respondí acercándome otro paso — probablemente no para todos, pero el sufrimiento puede llegar a ser tu mejor amigo.

—Ahora me dirás mierda poética — me retó.

Yo solo me encogí de hombros.

—Debes de aceptar tus miedos, tristezas, tu soledad y todo lo demás — me acerque más a él, — después de un tiempo el sufrimiento pasará y volverás a ser el joven que eres apreciando todas las bendiciones que tienes.

Él se quedo mudo.

—El sufrimiento es necesario hasta que recuerdas que es innecesario — me acerque más, — solo no olvides quién eres.

Su postura cambio. Era ahora mas visible lo desolado que estaba.

Mis ojos se llenaron de lagrimas, pero me obligue a no derramar ni una sola.

—Piensa en tus padres, piensa en Alice — añadí dando otro paso más cerca.

—En ellos pienso — contesto más triste aún, — en lo mejor que estarán sin mí.

—Claro que no — jadeé, — sea lo que sea que estés enfrentando tu familia te ayudará — añadí, — y Meryl, piensa en lo triste que la harás. Piensa en el futuro que te hace falta vivir.

Su cara mostraba el duelo que tenía con él mismo.

—No esta bien por lo que estas pasando — dije levantando mis manos casi llegando a donde se encontraba, —y no sé a qué se deba, pero esta no es la solución — termine por decir mientras tragaba saliva.

—Lo es — gruño volviendo a ajustar su agarre en el arma, — no sabes por lo que he tenido que pasar — añadió desesperado.

—Entonces dime — suplique del mismo modo.

Su mirada suplicaba ayuda por el pasado que sus hombros cargaban.

—¿Por qué? ¿Por qué te importa? — cuestiono incrédulo — ¿Por qué le diría a un simple peón lo que me pasa? ¿Quieres dinero, buscas quedar bien con tus dueños?

Era tan orgulloso y testarudo.

Sin pestañear contesté:

—No sé.

Él parpadeo rápidamente.

—¿Qué? ¿Es acaso una broma?

—No — respondí.

—¿Entonces?

—No sé — repetí sintiendo mi corazón en la garganta.

Pasaron segundos en los que ni él ni yo dijimos nada hasta que él volvió a hablar:

—Nadie me puede ayudar — susurró tan desolado, —nadie ha podido.

Y una vez más, como si alguien más me controlara dije:

—Yo sí podré.

Sin más terminé de dar los pasos que me faltaban para llegar a él y extendí la mano.

—Dame el arma Edward— le pedí suavemente, — todo estará bien.

No sé cual era mi expresión, pero él me miraba asombrado. Jamás me había sentido así. Sentía que debía de luchar su batalla la cual, era él mismo.

—¿Lo estará? — preguntó inseguro.

Sus ojos brillaban por las lagrimas.

Yo misma tome el arma de su mano. Él no puso resistencia.

—Lo estará — prometí sintiendo el peso de la pistola.

Ambos jadeábamos sorprendidos de lo que acababa de pasar.

Su mirada salvaje reflejaba incredulidad, temor y suplica. Y yo me sentía asustada, no por tener una pistola en mis manos sino por la valentía con la que actué.

Esos ojos verdes tan bellos y tristes.

Algo pudo ver en los míos porque parpadeo relajando su cara.

—Lo estará — repitió.

Y de pronto, se escucharon pasos.

—¡Edward, la comida ya ha sido servida! — gritó Alice.

—Cariño no hace falta que me dejes sordo — se escucho al comandante decir.

Asustados, Edward y yo ocultamos el arma en uno de los cajones del escritorio.

Toc, toc se escuchó que golpeaban la puerta.

Rápidamente me aleje de Edward y tome un libro que estaba tirado en el suelo. Le di la espalda a la puerta la cual estaba siendo abierta.

—Se lo agradezco mucho, señor-joven-Cullen — dije apresurada.

"¿Qué es lo que acabo de decir?" me pregunté.

—¿Qué esta pasando aquí? — preguntó el comandante mientras se adentraba a la habitación.

Edward aclaró su garganta.

—Hola padre — saludo sin rastro del hombre que acababa de ver momentos atrás.

—Hijo debes de poner un poco mas de orden a esta habitación — respondió el comandante a la vez que le daba un abrazo al joven.

Las palmas de sus manos chocaron la espalda de cada uno mientras se saludaban.

—¿Qué es lo que tienes ahí? — me cuestiono Alice mientras apuntaba al libro que sostenía en mis manos.

—Oh — musité sintiéndome atrapada, — e-el joven Cullen me ha prestado este libro.

Mi cuerpo entero temblaba de nervios al contrario de Edward.

—Que bien hijo — lo felicito el señor Cullen.

Edward se aclaró la garganta.

—Pensé que la señorita Isabella le vendría bien despejarse un poco—respondió sin saber qué más decir.

—Y justamente de eso estábamos hablando en la sala, ¿no es así? — dijo el comandante —Isabella es amante de la literatura, tu hermana nos comento a tú madre y a mí que se conocieron en la librería del señor Banner.

Edward y Alice compartieron una mirada.

Nerviosa, tragué saliva.

—Cierto padre — confirmo con seguridad Edward mientras asentía con su cabeza, — es por esa razón que no dude en ofrecer uno de mis libros.

—Te felicito hijo, siempre es bueno compartir y más si es literatura — agregó el señor Carlisle, —¿qué libro le has prestado? ¿Es un clásico? Tienes gustos muy variantes, hijo.

"¿Eh? ¿C-cual libro me presto?" pensé inquieta.

—Hum — murmuramos Edward y yo al mismo tiempo.

—Oh nunca he entendido la narración de Jane Austen — musitó Alice al tomar el libro de mis manos — sin embargo, es uno de los más populares hoy en día. El otro día en la fiesta de té que ofrecieron los señores Tanner, Bree no paraba de hablar de la autora.

"¿Jane Austen?" pensé.

Volteé a ver el titulo del libro y era uno de mis favoritos. Orgullo y prejuicio. Aún recuerdo lo feliz que estaba cuando mamá y papá me lo regalaron la navidad pasada.

—La autora es aceptable — dijo Edward nada emocionado.

—Me parece demasiado dramática — se defendió Alice mientras se encogía de hombros.

—Ha hablado una experta — se burló Edward.

—No me puedes culpar, sus personajes son tan insoportables y tan aburridos — se quejó Alice, — ¿dónde quedó la fantasía de los cuentos de hadas?

—Eso es lo que distingue a Austen — musité soñadora mientras tomaba una vez más el libro, — sus personajes extraordinariamente humanos, tan tercos y comunes — terminé por decir con una sonrisa.

La habitación quedó en silencio. El comandante y sus hijos me observaban asombrados.

—Disculpé mi atrevimiento, señorita — dije rápidamente.

"Contrólate" me reprendí internamente.

El señor Carlisle soltó una carcajada.

—Cada vez me caes mejor, señorita Isabella — me dijo con una sonrisa, —ahora vamos a comer que mi querida esposa estaba por tener su quinta convulsión espontánea.

El comandante emprendió su camino a la salida, sin embargo Alice se quedo en su lugar. No dijo nada solo nos entrecerró sus ojos a Edward y a mí.

Sospechaba que más tarde me preguntaría porque nunca le llevé el borrador de la carta.

—Padre, espere yo bajo con usted — dijo apresurada.

Mientras se escuchaba al comandante y su hija salir de la habitación, Edward y yo nos volvimos a quedar en silencio. Sin saber qué decir y sin ahora poder sostener la mirada del joven, dejé el libro en el escritorio y me volteé para salir de la habitación.

Cuando estaba por llegar a la puerta, escuché a Edward decir:

—Detente.

Lo hice, insegura.

Al parecer, ahora cambiábamos de posiciones.

Pude oír sus pasos acercándose a mi.

—Toma — dijo.

Volteé, pero jamás esperé estar tan cerca de él.

Claramente era mucho más alto que mi padre. Mi cabeza le llegaba a su fuerte mandíbula, la cual seguía siendo opacada por esa barba.

"¿Fuerte mandíbula?" me regañé.

—No tengo ni la más remota idea de lo que acaba de suceder — musitó sin apartar la vista, — y ni mucho menos sé porqué tu, dentro de todas las personas, fuiste la que me tuvo que ver así — añadió mientras sacudía su cabeza incrédulo, — pero si dices una sola palabra me desharé de ti, no me importa qué plan están armando tu y mi hermana, al fin de cuentas, peones van y vienen — terminó por decir.

Colocó en mis manos el libro y sin más, salió de la habitación.

Jadeé una vez más.

—¿Qué ha pasado? — susurré en el cuarto vacío.

Recargué mi cuerpo a la pared más cercana. Cansancio, eso sentía.

—No me sueltes — hice una plegaria con los ojos cerrados.

A pesar de lo que acababa de presenciar, me di cuenta de la valentía y la inteligencia con la que había actuado, papá y mamá estarían orgullosos. Sin embargo, mi estomago volvió a doler por nervios, estrés y ansiedad al recordar las palabras que dije.

"—Yo sí podré." Le había prometido a Edward.

A mi corta edad ya había tenido que pasar por mucho. Que me separaran de mis padres, que me humillaran, lastimaran física y emocionalmente. Entonces, ¿por qué sentía que a partir de ahora algo más grande se me venía encima?

—Sí podré — me dije.

Pero la verdad era que no lo sabía.


"Hasta este momento, ni yo misma me conocía."

― Jane Austen


Nunca estas solo, aún cuando más te sientas así, no lo estas. Como dije, no soy experta pero siempre tendré mis DM abiertos, tengan la confianza de compartir conmigo lo que quieran.

Con amor, Krom

xoxo