EPÍLOGO
"Santana López."
La mañana siguiente, como todas las buenas mañanas, me desperté en sus brazos, pero a diferencia de las demás, las das estábamos desnudas, y era una sensación muy agradable sentir su piel junto a la mía.
Finalmente había ocurrido, y no había sido tan terrorífico como me había imaginado.
Fue maravilloso y me sentía más unida a Quinn que nunca. Era como si las últimas barreras que pudiesen existir entre nosotras hubiesen desaparecido.
Se despertó dándome un montón de besos y abrazándome tiernamente.
— Buenos días, amor –me saludó feliz.
— Hola, hermosa —le respondí con una gran sonrisa.
— ¿Cómo estás? —me preguntó.
— Muy bien —sonreí.
— Bueno, y, ¿qué te pareció? —me preguntó con cara de traviesa.
— Me pareció que tenemos mucho que recuperar —la besé coqueta.
Sonrió feliz, se estiró bostezando y volvió a acurrucarse a mi lado.
— ¿Qué hora es? —preguntó mirando por la ventana. —Se está tan bien en la cama.
— Sí —asentí mientras ponía mi cabeza en su pecho. — Yo firmo donde sea para casarme contigo en este mismo momento.
— Cuidado con lo que deseas Berry—advirtió con aquella intensa mirada de deseo, acercando su cuerpo al mío.
— Espera un segundo —la interrumpí acordándome del libro que le había escrito, antes de que empezase a besarme en el cuello y no pudiera resistirme. —Ahora soy yo la que tiene un regalo para ti.
— ¿Para mí? —me preguntó sorprendida.
— Sí —asentí sonriendo. —Espera aquí un segundo que te lo traigo.
Me envolví con una de las mantas y fui a buscar el regalo en la habitación donde lo había escondido para que Quinn no lo viera. Volví rápido y puse encima de ella disfrutando del calorcito de las mantas, y de su cuerpo.
— ¿Y cómo es que tengo un regalo?
— Ábrelo y seguro que lo entiendes —le dije nerviosa.
Lo abrió y dentro estaban las hojas con mi cuento y mis dibujos. Un total de 50 páginas formaban la historia que había escrito para ella.
— Falta encuadernarlo —me mordí el labio mientras iba pasando las páginas en silencio. —Bueno, ¿te gusta? –le pregunté cuando vi que no decía nada.
— Nunca nadie antes me había hecho un regalo tan bonito —susurró sin poder ocultar la emoción en su voz. —Son unos dibujos preciosos, Rachel. Tengo muchísimas ganas de empezar a leerlo.
— Está dedicado para ti. No es gran cosa, pero quería que lo tuvieras. Además que me lo hiciste prometer —le recordé cuando me vino a la cabeza su cante imitando a los limpiaparabrisas.
— No sé qué decir… estoy emocionada.
Puso los folios con cuidado en la mesita de al lado y me abrazó con fuerza.
— Muchas gracias, lo encuadernaré en un sitio que hacen unas tapas muy bonitas, y luego haré una copia para que nunca le pase nada.
Me dio otro montón de besos.
— ¿Quieres ver tu último regalo? —me preguntó al cabo de unos minutos.
— Ajam —acepté contenta.
Se giró y puso la mano debajo del colchón sacando un sobre blanco.
— Dentro está tu último regalo.
Lo abrí sin saber que iba a encontrar. Saqué dos folios impresos. Tardé un buen rato en darme cuenta de que lo que tenía enfrente era un vuelo para ir a Irlanda. Me quedé con la boca abierta, sin poder procesar lo que acababa de ver.
— ¿Un viaje a Irlanda contigo? —conseguí decir.
— Sí, para pasar allí las vacaciones de navidad durante dos semanas.
— No me lo puedo creer —chillé justo antes de tirarme encima de ella emocionadísima besándole toda la cara compulsivamente. —¡Nos vamos de viaje a Irlanda!
Y así me pasé un buen rato, dando botes en la cama de la emoción y la felicidad. Quinn estaba muy divertida con mi reacción, y me miraba con su preciosa sonrisa. No me podía creer que fuese a pasar dos semanas con Quinn en Irlanda.
— Ven aquí —susurró con su sensual voz cuando ya llevaba por lo menos diez minutos descontrolada de la felicidad.
Me tomó por el brazo tiernamente, me tumbó en la cama, me tomó por las muñecas ejerciendo un poco de presión y se puso encima de mí. Aquella presión en las muñecas me hizo recordar el encuentro en el lavabo, lo cual me hizo excitarme todavía más.
Empezó a besarme haciéndome perder el control, deseándole con más ganas que nunca. Pero cuando ya estábamos a punto de volverlo a hacer, unos ruidos repetitivos que provenían de la ventana nos hicieron perder la concentración. Alguien estaba llamando.
Nos giramos sorprendidas y pudimos ver cuatro cabezas asomadas por la ventana, dos hombres, una mujer y una pequeña, que al vernos, se escondieron con cara de confusión, como si no esperasen vernos allí, o de aquél modo. El hombre y una de las mujeres deberían tener por lo menos cuarenta años, el otro hombre de la edad e Quinn y la pequeña por lo menos 8 años.
— Mierda —exclamó Quinn levantándose de un golpe y poniéndose la ropa, con la cara completamente descompuesta.
— ¿Quiénes son? —pregunté un poco asustada mientras me envolvía en la sabana e iba hacia la habitación donde tenía mi ropa, recogiendo por el camino mi ropa interior que estaba esparcida por el suelo.
Quinn se había quedado blanca y estaba muy nerviosa. Yo acabé de ponerme la ropa y salí del cuarto.
— Mierda, mierda, mierda —iba repitiendo mientras se vestía.
— Quinn, ¿qué está pasando? —le pregunté intentando que me hiciera caso, pero corría de un lado a otro como una gallina sin cabeza.
La detuve de un brazo para que me prestara atención.
— Quinn —le repetí calmadamente. — ¿Quiénes son esas personas?
Quinn me miró casi con expresión de terror.
— Son mis padres.
La sangre se me heló. Los padres de Quinn acababan de llegar y nos habían descubierto en la cama. No me imaginaba mejor manera de conocer a mis suegros.
— ¿Y qué hacen aquí tus padres? —le pregunté completamente desconcertada.
— No tengo ni idea. Supongo que de sorpresa —explicó exasperada mientras se frotaba la cabeza nerviosa.
Otros golpes volvieron a distraernos, esta vez procediendo de la puerta.
— Quinn, ábrenos, por favor —ordenó la voz de su madre al otro lado de la puerta, con un acento inglés muy marcado.
Quinn parecía a punto de estallar. Nunca la había visto de aquel modo. Había alguien más y no sabía quién era. No se parecía a ella para ser su familiar. De repente me vino como un flash.
— ¿Quién el otro hombre? —le pregunté asustada.
— Es Biff —me contestó completamente destruida.
Me mareé del dolor que me acababa de dar en el corazón. ¿Qué hacía Biff allí? Me tuve que sentar.
— Rachel, ¿estás bien? —me preguntó asustada cuando me vio sentarme.
— Estoy un poco mareada.
— Rachel, no sé lo que hacen aquí —explicó estresada. — Escúchame por favor. Esto seguro que es alguna invención de mi madre. No hagas caso de lo que digan. Los echaré de aquí y no volverán a molestarnos jamás. Te lo prometo, Rachel.
El tono de Quinn era honesto, pero me costaba mucho concentrarme en sus palabras, el dolor lo invadía todo. Conseguí reunir las últimas fuerzas que me quedaban y me levanté antes de que Quinn abriera la puerta.
— Hola hija —saludó su madre con cara de pocos amigos.
— ¿Qué hacen aquí? ¿Y qué hace él aquí? —preguntó Quinn con rabia sin ni siquiera saludar.
— Venimos a visitarte Quinnie—contestó la madre.
El padre estaba fuera del porche con cara de circunstancia. Parecía avergonzado.
— Hola Quinn —la saludó Biff acercándose un poco más a nosotras con una forzada sonrisa que felizmente hubiese golpeado.
Biff me miró, y si las miradas pudiesen matar, aquel hubiese sido mi fin. El padre se acercó un poco más pero aun mantuvo las distancias.
— Supongo que esto es tu diversión —indicó su madre señalándome con desprecio.
— Se llama Rachel, y es mi novia, y como se te ocurra meterte en medio de esta relación será lo último que hagas.
Quinn estaba furiosa. Apretaba los puños con fuerza intentando contenerse.
— Quiero que se vayan ahora mismo. Aquí no tienen nada que hacer, y menos aún él – musitó Quinn refiriéndose a Biff.
Quinn fue a cerrar la puerta pero su madre lo impidió. A mí me parecía estar viviendo una situación surrealista.
— Quinn —volvió a decir su madre,— Creo que Biff y tú tienen que hablar. Sabemos que lo quieres y que esto es sólo un bache. ¿De verdad me dices que prefieres a eso? — me señaló despectiva— Sí es una niña Quinn.
Creí que Quinn iba a estallar.
— ¡Te he dicho que no hables así de Rachel! —chilló amenazante acercándose aun más a su madre.
Su padre se acercó y se puso delante de Quinn para intentar retenerla. Tenía una expresión de abatimiento que me dio mucha pena.
— Quinn —dijo su padre suavemente intentando calmarla, —Tranquila. Ahora nos iremos.
— Tú, pobre infeliz, me podrías haber avisado —le reprochó con rabia a su padre.
Su padre bajó la mirada al suelo como si fuese un perro abatido.
— No nos iremos hasta que Biff y tú hablen —ordenó su madre tajante.
Aquello se estaba poniendo feo, y yo no quería seguir oyendo como me hablaban de aquél modo. Tomé mi chaqueta y me dispuse a salir. Acaricié a Quinn a un lado mientras su padre intentaba hablar con su madre, intentando hacerla entrar en razón.
— Quinn, yo me voy a ir.
— No te vayas, Rachel, por favor, ahora se irán, te lo prometo —prometió con las dos manos, suplicando.
— No puedo. Esto lo tienen que resolver ustedes. Es demasiado doloroso.
La presencia de Biff me estaba poniendo muy nerviosa, así que me acerqué a la puerta decidida a salir.
— Biff, dile a Quinn lo que le tienes que decir y luego nos iremos, pero hazlo antes d que ella se vaya —le ordenó la madre de Quinn con un tono de maldad que no me gustaba nada.
Biff miró a la madre y luego a Quinn y luego a la pequeña que se había mantenido callada a su lado. Su padre frunció el entrecejo como si no tuviese ni idea de lo que estaban tramando.
— No sé cómo decir esto… —dijo Biff un poco nervioso, aunque a mí me pareció que era todo un cuento chino.
— Dilo, cariño… Quinn es lo que tanto a esperado —la animó la madre con su maléfica sonrisa de bruja.
— Recuperé a Beth para ti —anunció mientras señalaba a la pequeña de ojos avellana
—Quiero que nos casemos.
Si alguien me hubiese arrancado el corazón en aquel momento hubiese sido menos doloroso. Me volví a marear, pero conseguí salir como pude de la casa, intentando controlar las piernas que me flaqueaban. Tenía ganas de vomitar y no podía respirar.
Pude ver como Quinn se quedó en shock, diciendo una y otra vez que eso no podía ser, que estaban mintiendo.
Cuando estuve a una distancia de ellos, las arcadas se hacían cada vez más fuertes y acabé vomitando al lado de un árbol. Empecé a llorar, y tambaleándome, seguí mi camino sin rumbo, para alejarme de allí. Biff había recuperado a Beth para ella y así casarse y ser la familia perfecta que debió haber sido. ¿Cómo podía haber sido tan idiota de creerme todas sus mentiras? Todo estaba distorsionado a mi alrededor, no conseguía oír con claridad.
Escuché como unos pasos se acercaban corriendo detrás de mí.
— Rachel, por favor, espera —me suplicó Quinn con la voz más triste que jamás le había oído.
Me giré hacia ella con los ojos llenos de lágrimas. Estaba furiosa.
— ¿Qué quieres Quinn? ¿Quieres seguir humillándome? —le chillé descontrolada. —Si quieres puedo ser la mala y alejarte de Beth —le grité mientras me giraba y le pegaba con fuerza a un tronco de un árbol que estaba justo a mi lado —¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué has decidido arruinarme la vida de esta manera? No tenías derecho a hacerme esto… Porque no te obligaré a alejarte de tu pequeña de nuevo.
— Rachel, escúchame un momento —me cortó con lágrimas en los ojos. —No es posible que sea Beth, y si lo es no me casaré con él. No lo amo. Rachel créeme por favor, no lo amo.
Quinn se puso a llorar mirándome con impotencia.
— Yo jamás te haría daño Rachel. No sé qué demonios hacen aquí. Mi madre es la peor persona del mundo… todo esto es una invención suya y de Biff para hacerme creer que es Beth y obligarme a casarme con él.
Escuchaba lo que me decía pero no conseguía procesarlo del todo. Era como si la rabia que sentía me ralentizara el celebro.
— Rachel, yo sólo te quiero a ti. Por favor, no te vayas, no me dejes —me suplicó llorando desconsoladamente.
Intentó acercarse a mí para abrazarme pero instintivamente me aparté. Quinn se quedó parada, abatida.
— Necesito estar sola para pensar —le dije cortante— Y tú averiguar si es Beth o no.
Necesitaba procesar y pensar con calma todo lo que había pasado.
— Te juro Rachel que no quiero casarme con él.
— Por favor, quiero irme. No me pidas que me quede aquí. Ya no se qué es verdad y que no lo es y necesito pensar tranquilamente—le imploré.
— Lo siento mucho —consiguió decir antes de volver a romper en llanto.
Me giré y seguir mi camino sin mirar atrás, dejándola allí plantada mientras lloraba
desconsolada.
Me quedé la mañana en la cama. El teléfono sonó varias veces y recibió varias
notificaciones de mensajes, pero no lo observé. Estaba agotada de lo traumático que había resultado el evento, y completamente confundida y torturada por las diferentes versiones de los hechos. La madre me odiaba con todas sus fuerzas y por la manera a la que se dirigió a mí, quedó claro que no significaba más que una mierda para ella. La mirada malvada de Biff me recordó a la de la madre de Quinn. Entendía por qué me dijo que cuando la vio por primera vez le recordó a su madre.
Cuando cayó la noche, me vi por fin con fuerzas de tomar el teléfono. Había tres llamadas perdidas y dos mensajes de Quinn. El primero lo había enviado a las dos horas de haberme ido. El otro hacía una hora que lo había enviado.
"Cuando tú puedas, por favor, dime si estás bien. Quiero que sepas que yo jamás quería que esto ocurriera. Pienso en ti constantemente…" —decía el primero.
"He podido hablar con mi madre, Ella no era Beth… Ella no era mi pequeña. No he hablado con Biff, pero sólo me ha bastado una mirada para darme cuenta de ella no es Beth. Mi padre está muy triste por la situación. Sé que debes estar destrozada, así que ya no te molesto más, pero quiero que sepas que estoy aquí para cuando me necesites.
Se han ido a un hotel. No quería tenerlos aquí. Mi padre se quedó toda la tarde conmigo y he podido hablar con él y contarle sobre ti y quedó muy sorprendido. Sólo pensé que te interesaría saberlo, por lo menos para aclarar un poco las cosas. Ya te dejo tranquila. Te echo mucho de menos."
Sus palabras me aliviaban un poco. Saber que por lo menos unos de sus padres no me odiaba me hacía sentir mejor.
"Me alegra saber que estás mejor. Todavía necesito un poco de tiempo para reponerme. Si quieres puedo pasarme mañana por la tarde para hablar las cosas con más calma" –le contesté.
"Sip, cuando tú quieras. No sabes lo mucho que siento todo lo que ha ocurrido. Hasta mañana".
Ya no estaba acostumbrada a dormir sin Quinn, y eso me hizo estar más segura todavía de que no quería estar sin ella. Me desperté un poco más tranquila y pude analizar la situación con más calma. Iría a ver a Quinn por la tarde y volveríamos a retomar nuestra vida, sin pensar en el pasado.
Agradecí la huelga que había convocada ese día, porque no me habría visto con fuerzas para ir al instituto. Unos golpes en la puerta de entrada me sorprendieron cuando acababa de desayunar. Al abrir la puerta esperé encontrarme a Quinn, pero en vez de Quinn me encontré con Santana López. Estaba sola y con una mirada distinta a la que había visto en ella.
— Hola, Rachel.
— Hola Santana ¿Qué haces aquí? ¿Es por qué no hubo clases y pensaste que sería ahora divertirte y burlarte de mí en mi propia casa?–le pregunté irritada.
— No –contestó.
Parecía un poco nerviosa y abochornada, como si no supiese qué decir.
— ¿Va todo bien? –pregunté amablemente la ver su sinceridad.
— Sí, todo va bien. Me gustaría hablar contigo un momento si no te importa —me pidió educadamente.
— Claro, pasa —le contesté invitándole a entrar. —La casa ha estado cerrada unos días, por eso está tan fría. Podemos ir a la cocina que es donde se está mejor.
— Muchas gracias.
— ¿Quieres una taza de té?
— Sí, por favor. Solo sin azúcar, gracias. Y por favor, no seas tan dura conmigo —me pidió amablemente.
Preparé dos tazas y me senté a su lado, en la mesa de la cocina. Respiró hondo y comenzó a hablar.
— Rachel, siento muchísimo lo que ha pasado todo este tiempo... Y por cómo te he tratado en el instituto pero si tú supieras… Debería haberlo parado de algún modo, pero hace tiempo que dejé de ser valiente y de enfrentarme a las demás personas volviéndome dura.
Parecía que no sabía bien como disculparse. Quedaba claro por sus gestos y su mirada que estaba arrepentida, y profundamente deprimida.
— Ayer fui a buscar a Quinn por la tarde para que me ayudara con la tarea que nos había dejado, y me lo contó todo, todo lo que siente por ti… Y no te preocupes, no diré nada… Quiero que sepas que jamás había oído a alguien hablar de ese modo de alguien, y que, por primera vez, se le vea que está enamorado como yo una vez lo estuve. Yo nunca me equivoco con las primeras impresiones, y sé que eres muy buena chica y que tú también la quieres, lo he notado durante todo este tiempo en la escuela y quiero que sepas que estoy muy contenta de que estén juntas como yo nunca pude estarlo con quien yo amé— La emotividad de sus palabras hacía que de vez en cuando se le quebraba la voz.
— Cuando Quinn me habló de lo mucho que lucharía po ti me hizo recodar que yo no fui tan valiente y perdí a mi amor… Por eso no la dejes ir Rachel… Lucha por ella…. Ella me contó que durante su relación con Biff no era feliz. Nunca lo fue y nunca lo hubiese sido. Quinn siempre ha estado sometido bajo el control de su madre. Cuando decidió vivir sola, fue la más feliz del mundo. —Miró un momento por la ventana, con la mirada perdida, y luego siguió hablando.— Rachel, no castigues a Quinn por esto. Ella no tiene la culpa de haber tenido una madre como la que tuvo, la misma madre que yo tuve–y volvió a beber de su té. — Hace unos años atrás me enamoré de una chica que también era mi profesora. Las dos nos queríamos con locura, pero por circunstancias de la vida me tuve que ir a otro pueblo que quedaba muy lejos porque mi madre enfermó, y antes yo no era como ahora que ahora soy… una persona que aparenta ser fuerte.
Volvió a tomar un sorbo de su té con manos temblorosas. A mí se me empañaron los ojos al relacionar que aquella historia era la que me había contado Brittany. Aquella chica de la historia era ella, ni más ni menos, Santana López. La chica que siempre me había molestado y lastimado, aunque ahora tenía una razón de ser.
— Cuando regresé a Lima y conseguí verla, ya me habían obligado a casarme con alguien más al darse cuenta que me había enamorado de una mujer, pensaron que así cambiaría mi forma de ver la vida… era un castigo para mí. Intenté explicarles a mis papás que a quien amaba era a ella, pero se negaron y me dieron dos opciones o casarme o alejarme de ella para siempre. Perdí el amor de mi vida por ser una cobarde y no enfrentarme a ellos, ni siquiera cuando acabé la casa que construí para las dos. Seguramente no te interese nada de lo que te acabo de contar, y sé que las historias no tienen nada que ver, pero sé que hubiéramos sido felices si hubiera sido tan valiente como ahora lo es Quinn, por eso te pido que le des otra oportunidad y que dejen el pasado atrás… Hazlo por mí… por no tener el valor y haber luchado por Britanny—Se secó las lágrimas con un pañuelo de tela que tenía en el bolsillo de la chaqueta de las porristas.
Yo quería decirle que era Brittany, y que ella se arrepintió de no haber insistido, pero el hecho de que ella ya no estaba, y la magnitud de la tragedia de aquella historia de amor, me decían que no debía hacerlo. El colgante de Brittany que tenía bajo mi jersey parecía pesar más que nunca.
— Seguro que ella también se arrepintió —conseguí decir con la voz quebrada.
— ¿Qué?
— La chica de tu historia, seguro que ella también se arrepintió.
Las lágrimas me caían por las mejillas al recordar a Brittany. Me veía incapaz de
contarle la verdad. Tal vez de aquél modo fuese menos doloroso para ella. Santana me miró un poco sorprendida por mi reacción, pero no hizo preguntas.
— Gracias —dijo mientras se entristecía su mirada— Y perdóname de nuevo…
Prometo no molestarte más Rachel.
Entonces se levantó, se despidió de mí y se fue. Santana López no era tan mala como todos creían que era. Solo estaba muy herida por cómo había pasado su vida.
Llamé a la puerta de la casa de Quinn un poco nerviosa, pero con muchas ganas de volverla a ver. No tardó ni diez segundos en abrir.
— Gracias por venir —me saludó haciéndome pasar contento por volverme a ver.
— Lo siento mucho por haberme ido —le dije arrepentida. —Debería haberme quedado a tu lado y no haber sido tan egoísta.
— La culpa fue mía, le tendría que haber parado los pies a mi madre hace mucho
tiempo. Si yo hubiese estado en tu lugar, no sé cómo habría reaccionado.
Me tomó con suavidad y me abrazó. Sentirla de nuevo tan cerca de mí me reconfortaba.
— No quiero que nos volvamos a separa—susurré agarrándome aún con más fuerza a ella.
— Nada nos separará, Rachel. Te lo prometo.
Entonces me miró, sonrió y me besó .
— Entonces esto quiere decir que lo del viaje sigue en pie, ¿no? —cuestionó con cara de traviesa.
Le sonreí.
— Por supuesto —y la volví a besar.
— ¿Entonces? Tengo que decir algo más… Quiero vivir mi presente ya, no quiero perderte de nuevo… ¿Quieres casarte conmigo?
Y fue en aquél momento que comprendí que la vida depararía muchos momentos malos, pero que eso ocurriría tanto si estaba con Quinn o sin ella, y que los momentos buenos con ella eran tan buenos que merecía la pena correr el riesgo de pasar algunos malos.
Lucharía con todas mis fuerzas para que nada ni nadie pudiera destruir la maravillosa relación que tenía con Quinn Fabray.
