Invaluable
-14-
«Naruto»
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Una ráfaga de sonido resonó en los oídos cuando la pregunta de Hinata explotó en mi cabeza. La sacudí para despejar el caos; de seguro de que no la escuché bien. Tuve que haberla escuchado mal.
—Lo siento, ¿qué? —dije lentamente.
De ninguna manera me preguntó lo que pensé que acababa de preguntar.
Pero sus ojos grises imploraron.
—Solo una vez —contestó con voz suave, casi incierta—. Eso es todo lo que pido. Y después nunca te molestaré con eso de nuevo.
Mis labios se separaron.
—Solo una... —empecé a repetir antes de que me diera cuenta; maldición, de verdad acababa de pedirme que la follara.
Mierda.
Mi sistema automáticamente se puso en alerta máxima, mi polla se agitó buscando atención, mi frecuencia cardíaca se aceleró a toda marcha. Las yemas de los dedos me hormigueaban, ansiando tocar, y se me hizo agua la boca, necesitando saborear. Tragué el impulso de montarla en ese mismo momento.
—Tú... esto no es... Cielos, Hinata. Simplemente olvidaré que has dicho eso, ¿vale? Todo está bien. Sin daño, sin falta. Solo tendremos que... pretenderemos que no ocurrió.
Agarrando los platos vacíos pero sucios, los metí sin cuidado a la cesta, sin preocuparme el tipo de desorden que provocaba dentro de la cesta de picnic favorita de Konan.
Hinata no dijo nada durante todo el tiempo que me apresuré a guardar todo, y me di una patada mentalmente en las pelotas porque quizás la herí por mi reacción. Pero, joder, no era como si pudiera tener sexo con ella, no importaba lo mucho que deseaba hacerlo.
No me atreví a mirarla hasta que limpié todo y estábamos listos para irnos, y cuando lo hice, tenía la vista gacha, con el cabello cubriendo su expresión.
—Vamos —murmuré, tocando su hombro—, volvamos a la camioneta. — Pero, maldición, tocarla se sintió eléctrico. Era toda una mujer suave y cálida. Quería empujarla de nuevo sobre la manta y simplemente comenzar a desnudarla.
Alzó la mirada, sus ojos llenos de dolor. Maldije en voz baja. El ácido llenó mi estómago.
—Escúchame. —Acuné su rostro entre las manos y presioné la frente contra la suya—. Estás molesta debido a lo que te hizo ese imbécil. Lo entiendo. Y es perfectamente comprensible. Pero...
—No. —Se alejó de mí y me miró.
Mi mirada escaneó la suya, pero solo terminó apartándola.
—Solo vámonos —dijo, con voz cansada y derrotada.
Suspiré, pero la ayudé a subir a mi espalda. Sus curvas se presionaron en mi columna, dificultándome aún más caminar debido a la erección llenando el espacio en mis pantalones.
No hablamos en el camino de regreso a la camioneta. La dejé durante unos minutos para recuperar la manta y la cesta, pero aún se encontraba en silencio cuando subí detrás del volante y encendí el motor.
Acabábamos de abandonar el campus, tomando el camino que se dirigía a su casa cuando dijo—: Vale, bien. Sí, odio lo que hizo Utakata; me hizo sentir estúpida, pequeña y totalmente indeseable. Pero eso no me impide el querer experimentar la vida. En todo caso, mi desastre con él solo me demostró lo mucho que necesito a alguien en el que confíe sin reservas para encaminarme a través de ello. No lo haría cualquier chico. Y tú eres la única persona en quien confío lo suficiente para pedírselo.
—Maldición —dije entre dientes, apretando las manos en el volante.
—Si la idea de la penetración te molesta, entonces podemos apegarnos estrictamente a lo oral —agregó.
Y joder, simplemente escucharla decir penetración y oral me puso tan duro que ni siquiera era divertido.
—Hinata, no. Solo... para. No sabes lo que pides.
Frunció el ceño.
—Te pido que tengas sexo conmigo. Una vez.
Cerré los ojos y gemí.
—No. Me pides que destruya nuestra amistad.
Con una irritada carcajada, soltó—: ¿Cómo destruiría nuestra amistad? No te pido que salgamos. Ni siquiera te pido que no duermas con otras personas, porque solo quiero una vez, una experiencia para marcar mi lista de deseos. Y después podemos seguir adelante como si nunca hubiera sucedido.
Como si nunca hubiera sucedido, ¿eh? Seguro. Simplemente follar a la chica de mis sueños, la persona que amo por encima de todas las demás, y luego continuar y olvidarme de ello.
Lo más jodido del mundo.
—Bueno, ¡disculpa —dije entre los dientes presionados—, si no tengo ganas de actuar como tu jodido caballo semental de alquiler! —Giré en su calle—. No puedes pedir prestada mi polla durante unas horas para ninguna otra razón aparte de querer saber cómo se siente dentro de ti. Soy tu maldito mejor amigo en la tierra. No creo que merezca ser utilizado de esa manera.
Aspirando, Hinata se abrazó a sí misma.
—Yo... yo... sabes que no lo decía en ese sentido. —Pero me encontraba demasiado enojado para responder, así que se estremeció al sacar la bocanada que acababa de inhalar y se giró a mirar por la ventana.
Probablemente debí disculparme, pero... ¿qué demonios? Había estado loco por esta chica la mitad de mi vida, ¿y solo quería follarme una vez por curiosidad? Al carajo. ¿Por qué no terminaba de arrancarme el corazón y escupirle mientras tanto?
En plena ebullición, rechiné los dientes cuando llegamos a la acera frente a su casa. Apagué el motor, me quedé ahí sentado, sin moverme, sin hablar, aún sin estar listo para terminar esto hasta que me asegurara que se hallaba bien. No importaba lo mucho que me lastimó, no quería que se fuera esta noche sintiéndose mal. El único propósito de esta excursión fue aumentar su confianza, no mellarla un poco más.
—Un simple no hubiera bastado —dijo en voz baja—. No tenías que hacerme sentir como una mierda por hacer una simple pregunta.
Maldición. Sabía que la herí.
—No fue mi intención hacerte sentir...
—¡Bueno, lo hiciste! Me hiciste sentir como si ni siquiera tuviera el derecho a experimentar un poco de placer físico.
—Eso no es cierto —gruñí—. Tú...
—Me besaste porque quería saber cómo se sentía —despotricó—. Me llevaste a una cita porque quería experimentar una.
Con una risa áspera, me pasé la mano por el cabello.
—Una cita y un beso son muy diferentes a follar. No puedes quedar embarazada por un beso. No hay riesgo de enfermedades de transmisión sexual por una cita. Tienes que desnudarte y prepararte cuando tienes sexo. Así que créeme, sin ninguna duda besar no es tan íntimo ni vinculante como lo sería poner mi pene dentro de ti y hacerte venir.
Abriendo la puerta, murmuró—: Sin duda, no tienes ningún problema en meterte con cualquier otra mujer en el planeta.
Su comentario sarcástico me molestó. La había deseado desde que tenía dieciséis años. Me enamoré completamente y daría mi alma por algo profundo y significativo, pero ella era la única que ni siquiera se fijó en mí en un ámbito sentimental. La única razón por la que incluso me metí con otras mujeres fue porque no podía tenerla. Ah, pero ahora, todos estos años después, ¿pensó que simplemente podría tronar los dedos y al instante caería de espaldas, con la polla al aire, jadeando para que se suba en ella, solo porque quería deshacerse de su jodida virginidad? Ni siquiera me quería a mí específicamente; solo quería una polla fiel en la que pudiera confiar.
Bueno, que se vaya... a la misma mierda.
Cerré la puerta de un portazo al salir de la camioneta y saqué la silla de ruedas con un poco más de rudeza de la cama de mi camioneta de lo que probablemente debería.
—¡Con más cuidado! —gritó, ganándose una fría mirada de mi parte mientras le abría la silla, luego di un paso atrás, dejándola hacer el resto.
No pude ver mientras se bajaba. Y tan solo rechiné los dientes y tensé la mandíbula cuando espetó—: No me sigas esta vez.
Parado ahí, tenso e hirviendo, permanecí junto a la camioneta hasta que se encontraba a salvo dentro de la casa con la puerta del frente cerrada. Entonces golpeé el puño al lado de mi trabajo de pintura y murmuré—: Hijo... de puta.
Deslizándome hacia el suelo, me agarré la cabeza mientras trataba de no explotar. La chica que quería por encima de todos los demás por fin me deseaba, y, sin embargo, no era correcto. Nada era correcto.
Nunca podría follar a Hinata. Me sentía demasiado atemorizado de perderla. De hecho, si no la necesitara tanto en mi vida, me habría ido en la camioneta y conducido a casa o ido a Shinobi's a emborracharme. Pero sí la necesitaba, y aunque no quería hablar con ella en particular en este momento, no perdería nuestra amistad por algo que le negué a fin de mantener nuestra amistad en el primer lugar.
Dios, tenía dolor de cabeza.
—Hijo de puta —gruñí, golpeando el neumático de la camioneta antes de ponerme de pie. Pasando el camino de entrada, me dirigí al costado de la casa. Su luz estaba encendida y las cortinas abiertas. La chica loca nunca las cerraba. Vi movimiento en el interior, sombras cambiando a lo largo de la pared, así que golpeteé en su ventana y metí las manos en los bolsillos.
Cuando su rostro apareció, solamente la miré, petulante.
Sus hombros subieron drásticamente cuando suspiró. Luego apenas y abrió un poco la ventana, lo suficiente para hablar, pero no para que pudiera entrar.
Lo que me mataba.
Me mataba.
—Espero que sepas que arruinaste una cita completamente increíble. —Mi voz se quebró—. Me estaba divirtiendo, maldición.
Las lágrimas llenaron sus ojos y su barbilla comenzó a temblar.
—Lo siento, ¿de acuerdo? —Bajó el rostro y se abrazó a sí misma, haciéndome querer disculparme de inmediato. Mi pecho se comprimió con dolor—. Lo... lo siento. Nunca debí preguntar. Fue estúpido, imprudente, egoísta y... y... todo lo que tenías que hacer era decir que no.
—Dije que no —murmuré, la cabeza en conflicto con la necesidad de hacerla sentir mejor y aun así queriendo estar enfadado con ella.
—Pues... bien. Sí, lo hiciste. ¿Qué haces aquí, entonces?
Suspiré y me froté la cara.
—Porque estás llorando.
Un gruñido amortiguado tipo risa salió de su boca.
—No empecé a llorar hasta que me seguiste y golpeaste la ventana, maldición.
—Llorarías si te seguía o no —dije, arqueando una ceja, desafiante.
Alzó la barbilla desafiante, y las lágrimas en sus ojos brillaron intensamente. —No puedes asegurar eso.
—Sí, puedo. —Me acerqué más a la ventana y aferré el marco, odiando el tener que pararme aquí afuera para decir todo esto—. Te herí, y me heriste. La jodida razón por la que pensé que el sexo era una mala idea fue porque estaba seguro de que dañaría nuestra amistad. Así que no me iré de aquí esta noche hasta que sepa que estamos bien. Ahora déjame entrar.
—Estamos bien —gruñó en un tono que me dijo que solo trataba de conseguir que me fuera.
No lo hice. Gimiendo, dejé que mi cabeza rodara hacia atrás para poder mirar las estrellas que comenzaban a aparecer. La última vez que miré al cielo, el sol se ponía, con Hinata a mi lado, y me sentí más contento de lo que me sentía... tal vez desde siempre.
Era una locura cómo todo podía cambiar en solo unos pocos y terribles minutos.
—Hinata —casi gemí.
Refunfuñando en derrota, extendió la mano y abrió la ventana.
Pasé por encima para entrar y cerré el pestillo detrás de mí, luego me giré hacia ella, que se hallaba apoyada contra la cabecera de la cama y se abrazaba las rodillas contra el pecho.
Un buen metro y medio de espacio nos separaba, pero se sentían como kilómetros. Desde el momento en que la sostuve tras la muerte de su madre, tuvimos una amistad muy física, siempre abrazos, toques, cariños.
No tocarla simplemente se sentía... mal.
Se agarró las rodillas y se estremeció, luciendo pequeña. Demasiado pequeña.
—Esto es extraño.
Resoplé en acuerdo y me froté el rostro. Luego dejé caer las manos y solté un suspiro. No podía soportar este jodido espacio entre nosotros.
—Mira, entiendo por completo tu necesidad de probarte que no eres deficiente de alguna manera, lo que no eres. ¿Sabes eso, cierto? —Cuando dio un medio encogimiento de hombros y no encontró mi mirada, gruñí—: Hinata. No hay nada malo contigo.
—Entonces, ¿por qué otra razón me dirías que no? —preguntó en un susurro ronco. Levantó el rostro y sus ojos grises parecían atormentados—. Solo dilo ya. No puedes levantarlo por mí, ¿verdad?
Parpadeé, sin esperar para nada eso.
—¿Qué?
—No hay problema —murmuró como si tratara de tranquilizarme—. Lo entiendo. Si simplemente no te atraigo, puedes decírmelo. No puedes evitar lo que tu cuerpo quiere y no. Pero, por favor, no hieras mis sentimientos, porque necesito saber si ese es el caso.
Una risa escapó de mis labios.
—¿En serio piensas que ese es mi problema? —Agarré mi costado porque, joder, eso tenía que ser lo más divertido y a la vez lo más triste que jamás había escuchado.
Mi diversión provocó que frunciera el ceño.
—Bueno, no sé, Naruto. ¿No es así?
Poniéndome serio, sacudí la cabeza.
—Cristo. Me vuelves loco. ¿Esto luce como una jodida polla flácida para ti?
Miró hacia el bulto en mis pantalones cuando lo acuné en mi mano para mostrarle lo duro que estaba, y sus ojos se ensancharon.
—Oh. —Sonaba sin aliento y sorprendida. Luego su mirada se llenó de esperanza cuando alzo la vista—. ¿Quieres decir, que yo... puedo excitar a un hombre?
Un hombre, no a mí específicamente. Ninguna de sus fantasías sexuales tenía algo que ver conmigo. Solo quería un pene dispuesto, y aparentemente duro, para trabajar.
Bueno, yo quería que me desease a mí.
—Sí, puedes —dije con desprecio; agarré una almohada que había junto a ella y la utilicé para cubrir mi regazo—. Felicitaciones.
Sus ojos se suavizaron a algo casi comprensivo cuando me vio empezar a ruborizarme. Sí, estaba condenadamente ruborizado. Cállense.
Pero luego la perplejidad se hizo presente en su frente.
—Realmente no soy el problema —murmuró como si comprendiera algo.
Cerré los ojos, contento de que al menos dejó de pensar que tenía algo malo. —No. No eres el problema en absoluto. —A mi cuerpo le encantaría sumergirse en ella, justo en ese segundo, en realidad.
Hinata esnifó.
—Bueno... tú no puedes ser el problema. Eres perfecto. Y has hecho esto antes, así que...
—Sí, gracias —dije cortante, interrumpiéndola de forma brusca—. Has dejado perfectamente claro que piensas que soy un mujeriego y follo a cualquier mujer que se me antoje. Entiendo.
Retrocediendo a causa del desprecio en mi voz que obviamente la sorprendió, al instante comenzó a sacudir la cabeza.
—No. Eso no es lo que quise decir, Naruto. Sabes que no pienso... —Pero sus palabras se desvanecieron e inclinó la cabeza hacia un lado mientras me estudiaba con atención.
Le fruncí el ceño en respuesta, encorvando los hombros sobre mi cuerpo de manera protectora mientras mantenía la almohada firmemente en su lugar encima de mi estúpida y adolorida erección.
De pronto, sus labios se abrieron con una inhalación brusca.
—Hay algo que no me estás contando.
Bufando mi negación, empecé a negar con la cabeza. Pero mi mente se cerró a lo único que no podía contarle a nadie, y mierda, tragué saliva. Aquel tema no debería tener nada que ver con esto, pero, ¿y sí tenía que ver? Había afectado mi vida sexual, impidiéndome dejar que las mujeres me tocaran ahí, nunca. Me dejaba sintiéndome sucio, demasiado sucio como para poner tanta suciedad en el interior de Hinata alguna vez. Eso aún me daba pesadillas a veces por la noche.
Carajo, ¿y si Daisy arruinó cualquier oportunidad que pude haber tenido de estar con la mujer que amaba?
Hinata sacudió la cabeza como si no lo creyera, pero sus ojos seguían creciendo mientras me miraba a la cara. Sabía que le daba todo indicio con mi pálida expresión culpable.
—Pero me cuentas todo —murmuró con voz suave, confusa y herida.
Bajé el rostro, avergonzado.
—Naruto —susurró, sonando tan preocupada, que tuve que cerrar los ojos con fuerza. Escuché el crujido de la sábana cuando se acercó más. Cálidos dedos tocaron mi brazo—. Sabes que puedes contarme cualquier cosa.
Negué, todavía incapaz de mirarla.
—No puedo... contarte esto.
—Vale —dijo firmemente como si comprendiera, aunque sabía que no entendía nada—. Está bien. No tienes que hablar de nada. No tenemos que hacer nada. Dejaré de molestar.
La miré, sintiéndome todavía como una mierda por no darle lo único que sabía que más deseaba.
—Lo siento. Sabes que haría cualquier cosa por ti. Pero... no puedo hacer esto.
Con un movimiento de cabeza, repitió—: Bien. Está bien.
Pero no se sentía bien. Aún había medio metro entre nosotros.
—¿Podemos acurrucarnos? —pregunté, solo para hacer una mueca—. Cielos, hablo como una maldita chica.
Hinata se rió.
—¡Oye! Ya que soy parte de esa especie superior de chicas que estás insultando, diría que eso no es tan malo, pero sí... sí, podemos simplemente acurrucarnos.
—Gracias.
Debí lucir tan vulnerable como me sentía, pues tomó mi mano y me guió a su cama, a las almohadas. Cada uno se quitó los zapatos y luego nos metimos bajo las sábanas juntos, ambos aún completamente vestidos.
La abracé y enterré el rostro en su cabello. Acarició mi cabeza en silencio durante un minuto antes de murmurar—: Si estás desfigurado, ya sabes, ahí abajo, no me molestaría. Es decir, diablos, probablemente ni siquiera sepa la diferencia ya que nunca he visto uno.
Me reí, bastante seguro de que esa era su intención todo el tiempo: aligerar el estado de ánimo.
—Cállate, listilla. No estoy desfigurado.
—Ah. —Juro que en realidad sonaba decepcionada por eso—. Pues, como sea. Solo digo que no habría importado.
—Duérmete —dije contra su cabello.
—Mandón —resopló en respuesta mientras su cuerpo se instalaba más cómodamente contra el mío.
Cuando se quedó inmóvil un minuto más tarde, supe que dormía.
Me relajé un poco y luego la abracé aún más cerca. Pero el sueño no vino a mí tan rápido. Primero que todo, aún me sentía tentado a darle exactamente lo que quería, y mi pene no dejaba de palpitar. Pero, lo más importante, me hallaba preocupado. Ahora sabía que tenía algún tipo de secreto. ¿Y si de alguna manera conseguía que se lo dijera? ¿Y si se enteraba de lo que había hecho?
No sabía muy bien de que podría sobrevivir si eso ocurriera.
Continuará...
