Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
La historia es mía
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Capítulo 10: Mister maní, Q.E.P.D
—¿Esto es lo que quieres? —pregunta de nuevo acariciando sus labios sobre los míos, sus caderas se balancean en una invitación ardiente y sensual.
—Sí… —cierro los ojos y echo mi cabeza hacia atrás, mis manos se aferran a sus fuertes hombros, totalmente rendida al roce constante y perfecto de su enorme miembro sobre mi intimidad.
Con su otra mano acaricia mi espalda, es un abrasador camino hasta llegar a mi cuello, sus largos dedos se entierran por dentro de mi cabello y lo empuña, para dirigir mi rostro hacia al suyo y atacar mi boca con un beso voraz.
«¡Qué hombre caliente y posesivo! —Su codiciosa lengua se enreda con la mía hasta robarme el aliento y su maravilloso sabor, embriaga todos mis sentidos, a tal punto que me siento levitar—. ¡Dios mío! ¡Qué manera de besar!»
Mis caderas ansiosas buscan las suyas y mis manos, viajan desde sus hombros hasta aferrarse en aquel desordenado cabello, que llevo días anhelando tocar. Jalo las sedosas hebras con suavidad y Edward me regala un sexy gruñido, que me lleva hasta las profundidades del mismo infierno, como anticipo de lo que será oír esos pecaminosos gemidos, cuando me esté embistiendo sin piedad.
Suelta mi cabello y su enorme mano recorre el camino de vuelta hasta hacerle compañía a la otra por debajo de mi vestido, de un rápido movimiento me alza, invitándome a que rodee su cintura con mis piernas y comienza a caminar hasta mi habitación, sin despegar nuestros labios.
Al llegar a la puerta, sacar la tarjeta del interior de mi cartera sin bajarme de sus brazos es una maldita odisea, pero ni aunque anuncien la tercera guerra mundial, el fin del mundo, que un meteorito impactará la tierra o cualquier apocalíptica idiotez similar, lo voy a soltar. ¡No, señor!, permaneceré pegada a su cuerpo de infarto, cual boa constrictor Swan. Esta vez, Miembro-Man no se me va a escapar; esta noche contra viento y marea, el chico de Ipanema me va follar.
Lucho con las típicas porquerías que las mujeres echamos dentro de nuestros bolsos —no sé ni para qué, ya que siempre y con mucha suerte, ocupamos la mitad de ellas—, hasta que logro encontrar el jodido plástico. Edward ríe con impaciente diversión, así que lo quita de mis manos, me sostiene con un brazo, abre la puerta, entra con rapidez y la cierra con un pie.
Mi corazón late a mil kilómetros por ahora, amenaza con explotar en cualquier momento, porque ¡demonios! ¡Esto realmente va a pasar!
Aún conmigo en sus brazos, Edward atraviesa a grandes zancadas el pequeño living antesala de mi cuarto y una vez dentro, me lanza con algo de rudeza sobre la cama. Me observa unos segundos en la penumbra, sólo iluminado por la luz de la luna que atraviesa la ventana. Incluso así, con claridad puedo ver sus ojos convertidos en dos calderos de fuego, felinos, hambrientos; me devora con la mirada.
Trepa a la cama, asciende por mi cuerpo con lentitud y yo, apenas y puedo respirar. Con una rodilla separa mis piernas y acomoda su irreal humanidad entre ellas, para amoldar cada centímetro de su enorme anatomía a la mía. Una sonrisa llena de promesas impúdicas se dibuja en sus tentadores labios, quiero preguntarle qué es lo que está tramando, pero pierdo el hilo de mis pensamientos, cuando apresa mi muñeca izquierda y firme la sujeta por sobre mi cabeza. Su posesividad me gusta más de lo que debiese estar permitido y me deleito de ella, cuando su otra mano con la palma abierta, acaricia una de mis piernas hasta deslizarse por debajo de mi vestido.
La suave tela sube hasta revelar mi ropa interior, mientras explora mi piel con fervor. Con la yema de los dedos delinea el contorno de la reveladora prenda hasta rodear mi cintura y apoderarse de una de mis nalgas; la cual masajea acercándome hacia él y roza su longitud por encima de mis húmedas bragas.
—¿Sientes cómo me tienes, chica loca? —Seductor, ronronea sobre mis labios, friccionando con un movimiento lento y profundo, su enorme y duro miembro en mi intimidad.
«¡Jesús, María y José!», ¡sí, que lo siento! Así como también creo que en cualquier minuto, arderé de una combustión espontánea.
—Sí… —gimo desesperada por sentir más.
Atrapo sus labios en un beso apasionado y mis caderas se alzan suplicando por un contacto más íntimo. Me muero por tocar y probar, pero estoy presa bajo su monumental cuerpo. Mi mano libre no lo puede aguantar más y se aventura a explorar colándose avariciosa por dentro de su camiseta, para al fin poder apreciar con la yema de mis dedos, su piel de dorado terciopelo. Recorro su tonificada y pecaminosa espalda, repasando cada músculo y perfecta curva; hasta unos lunares puedo reconocer bajo mi tacto, que seguro lo hacen ver más atractivo, si es que aquello es posible. Con mis uñas delineo su columna vertebral, desde su nuca hasta su espalda baja, ganándome profundos ronroneos y gruñidos de aprobación que me excitan aún más.
Pero hay algo mucho más interesante por lo que deliro y deseo tener en mis manos, así que continúo mi exploración introduciendo mis dedos por dentro de su pantalón y ropa interior. Clavo mis uñas en una su comestible y firme trasero y rodeo su cadera para ir directo a mi objetivo.
Estoy pletórica, ¡estoy a punto de alcanzarlo…!
—No tan rápido, Isabella —ordena, mi nombre suena tan jodidamente caliente pronunciado por sus labios que un nuevo espasmo, mil veces más placentero, ataca mi intimidad como una súplica silenciosa y deliciosa.
Captura la muñeca de mi mano traviesa, también la lleva por sobre mi cabeza para hacer compañía a la otra y las apresa las dos juntas.
—Así me gusta. Quieta, rendida para mí. Si mal no recuerdo, querías que te follara. Pues cuando follo, mi hermosa acosadora, lo hago duro… Y no tienes permitido hacer nada más que gemir para mí…
«Oh, maldito, Dios.»
Su boca abandona la mía y comienza a trazar un húmedo camino de fuego bajando con lentitud por mi mentón y la piel de mi cuello, hasta llegar al lóbulo de mi oreja, el cual lame y atrapa con los dientes; atenciones que mandan dolorosos espasmos de placer a la parte de mi cuerpo que más lo necesitaba. La mano que tiene aferrada a mi trasero se desliza bajando por mi muslo, luego provocativa se devuelve por su parte interna, hasta a acariciar mi centro por sobre mis bragas.
—Desde la noche en el bar…—ronronea en mí oído con su masculino y educado acento inglés—, estoy loco por hacerte esto. —Desliza mi ropa interior hacia un lado y sus largos dedos, traviesos y exploradores, acariciaran tortuosamente mis pliegues—. Loco por comprobar si tu coño, está tan apretado como imagino, después de tu inservible marido.
«¡Cielos! ¡Con ese educado acento puede hablar sucio! ¡Gracias, Dios mío! ¡He caído en el paraíso de mis mejores y pervertidas alucinaciones!»
Sus prodigiosos dedos que se mueven en un compás sublime y perfecto, poco a poco se adentran en mi intimidad, llevándome a las más negras de las locuras. Estoy completamente segura de que cuando sus dedos sean reemplazados por su ardiente lanza del pecado, no lo resistiré y perderé la cordura.
Incontrolables gemidos e ininteligibles palabras escapan de mis labios mientras Edward, sigue con su ardorosa tarea y su dedo pulgar se une para acariciar mi clítoris en círculos, haciendo sobre él la presión justa y perfecta. La otra mano, que aún sostiene con firmeza mis muñecas, las libera de su prisión para aferrarse, ahora suave, a mí cabello y hacer que lo mire directo a los ojos.
Me observa con esa mirada capaz de derretir los hielos eternos y una sonrisa ladina atraviesa por sus labios. Juro que se me para el corazón y la respiración.
—Mírame —ordena cual amo posesivo de mis novelas—. Quiero ver tu cara de éxtasis, cuando por primera vez sientas lo que es el placer… —dicho esto, introduce un dedo y me embiste con delicadeza.
—Edward… —es la única miserable palabra que puedo articular y me aferro a su fuerte espalda por dentro de su camiseta, le clavo las uñas y arqueo mi cuerpo, cuando otro dedo acompaña su erótica labor.
La cabeza se desconecta de mi cuerpo, aquello que me está haciendo ni siquiera lo puedo explicar, solo sé que siento una espantosa presión en el vientre bajo a punto de explotar.
—Cálida, húmeda y estrecha… Tal como imaginaba —gruñe contra mis labios.
Sus dedos se deslizan dentro de mí en una cadencia, perfecta y deliciosa. Lento, profundo, suave, tan suave que me está volviendo loca; por lo que sin poderlo evitar, por primera vez en mi vida sexual, comienzo a rogar. Necesito más, mucho más…
—¡Por favor! Más…—suplico mirándolo directo a los ojos, ya que todavía no me permite huir de su hechicera mirada.
—Caliente como el infierno, así te quiero, suplicando por mí, clamando por mí. Después de esta noche no volverás a gritar otro nombre que no sea el mío —sentencia con una seguridad deslumbrante y cesa la deliciosa fricción.
Gimo de frustración al sentir como saca sus dedos de mi interior con lentitud deliberada, pero al ver que se los lleva a la boca y los lame de una forma tan malditamente sucia, me olvido hasta de mi nombre y qué fue lo que provocó mi frustración.
—Gostosa, tão gostosa¹… Devoraré cada centímetro de tu piel Isabella y luego… —acerca sus labios a mi oído, muerde con suavidad el lóbulo, deja escapar el aliento y agrega—: Voy a comerte el coño con mi lengua…
«¡Sí! ¡Por favor!», suplico en un grito silencioso para sus promesas ardientes, mientras él impertérrito, se estira por sobre mi cuerpo, prende la luz de la mesa de noche, luego se pone de rodillas y de sensual movimiento quita su camiseta, que lanza por alguna parte de la habitación.
Clavo mis ojos en su torso marmóreo y perfecto, y lo imagino delineando cada centímetro de mi piel hasta llegar a la parte que más lo necesita, aquella que solo en sueños ha sido adorada por una húmeda lengua. Jadeo y muerdo mi labio inferior con anticipación y espero su próximo movimiento, obediente, como él me ha ordenado.
Edward me contempla unos segundos irradiando lujuria y como si estuviera decidiendo por dónde comenzar a cumplir su lascivo juramento. Una sonrisa maliciosa atraviesa por sus labios, cuando lo veo tomar mí vestido por medio del faldón y sin preverlo lo raja en dos, dejándome expuesta solo en mis pequeñas bragas de un solo tirón.
«¡Qué hombre caliente!», juro que escucho el «bip» de la muerte violenta dentro de mi cabeza, mientras él me despoja con cuidado de la mal lograda tela y la lanza al piso para hacerle compañía a su camiseta. Sus verdes ojos, radioactivos, observan sin contemplación alguna mi cuerpo semidesnudo de los pies a la cabeza.
—Majestosa, esplêndida² —afirma en aquel idioma caliente, sonríe y muerde su labio inferior.
Se inclina nuevamente sobre mí y con ambas manos toma mis pechos, pasando en un circular movimiento sus pulgares por mis erectos pezones —que al sentir el preciado contacto se endurecen aún más—, los amasa gentilmente, para luego comenzar a adorarlos, uno a uno con su boca.
—Tienes los pechos más hermosos y firmes que he visto —ronronea rodeando un pezón con su cálida lengua, lo mordisquea con suavidad y lo deja, para darle atención al otro—. Naturales y pequeños, tal como me gustan…, que llenen justo mis manos, que quepan justo dentro de mi boca…—aprieta despacio la sensible piel y succiona con delicadeza.
Mis manos se apoderan de su felino cabello y mis dedos se enredan en las sedosas hebras, jalándolas despacio con cada doloroso y dulce espasmo que su lengua provoca en mi parte más íntima.
Lentamente comienza a descender hacia el sur, dejando un tatuaje de fuego y húmedos besos por mi piel. Sus manos recorren el contorno de mi cuerpo y pasa su lengua por mi abdomen, donde rodea mi ombligo y luego la introduce en él, dándole una fogosa lamida.
—Estrecha cintura, un virginal y precioso ombligo, que hace que te veas tan inocente que me provoca darte la vuelta y follarte por detrás sin compasión.
—¡Por favor! —suplico sin contenerme. Sus maravillosas caricias y sus febriles palabras me están llevando al límite de lo que puedo soportar.
—Aún, no —sentencia—. Esta noche te enseñaré lo que un verdadero hombre debe hacer, para adorar a una preciosa mujer como tú.
Me ha dejado sin palabras, «¡Edward Cullen, soy tuya! ¡Demonios! ¡Hazme lo que me quieras hacer!»
Edward retoma el ardiente trayecto lamiendo mi vientre bajo, se desvía hacia el hueso de mi cadera y comienza a bajar por mi muslo derecho. Sus manos repiten el movimiento al unísono con su boca y se enganchan en mis bragas, para deslizarlas lentamente por mis piernas. Cuando me despoja de ellas, dejándome sólo con mis zapatos de tacón, otra vez me admira por unos segundos, después desnuda mis pies con infinita delicadeza, los besa y reanuda en ascenso el camino de fuego, separando gentilmente mis piernas.
Me siento demasiado expuesta ante él. Jacob jamás hizo esto, ni me miró de esta forma; siento vergüenza y quiero cerrar mis muslos, cosa que Edward, obviamente impide.
—Tranquila —ordena haciendo presión sobre mis rodillas para mantener mis piernas separadas y sus ojos se clavan felinos directamente ahí, lo que me provoca un furioso sonrojo—. Reconstrucción de labios vaginales… —susurra riendo—. Tienes el coño más perfecto y comestible que he visto en mi vida…, y ahora mismo te lo voy a demostrar.
Inspira profundo cuando su nariz se entierra en mi intimidad y su lengua, recorre mis pliegues hasta llegar a mi clítoris, el cual rodea, mordisquea y succiona imposiblemente lento e intenso.
—Nossa, seu cheiro é delicioso. Eu me deleito com seu gosto tão doce para caralho. Você é perfeita³.
«Deliciosa, dulce, perfecta…», son las precarias palabras que entiendo de su ronroneo caliente, porque ni siquiera puedo definir qué está haciendo con su lengua, sólo sé que me hierve la sangre y estoy punto de enloquecer. Gimo sin control, entregada en cuerpo y alma a las abrumadoras sensaciones que me embargan. Su nombre comienza a escapar de mis labios con veneración, cuando dos de sus dedos acompañan su gloriosa y placentera labor.
—Córrete para mí, Isabella. Quiero ver como acabas en mi boca...
Sus sucias palabras son el detonante perfecto para coronar su maestría para brindar un cunnilingus. La imposible tensión que siento en mi vientre bajo explota en mil pedazos, mandándome directo a la gloria, haciendo que mi cuerpo se convulsione una y otra vez en deliciosos espasmos de placer.
«¡Por todos los cielos!», eso ha sido…, magnífico e irreal… ¡Absolutamente irreal! Mi mente está en el cielo y mi cuerpo extasiado. Suspiro intentando recobrar la respiración y tranquilizar el enloquecido palpitar de mi corazón, que no me da tregua cuando en el, súbitamente se aloja un temor…
Aterrada abro los ojos al especular que todo esto que me está sucediendo no es más que uno de mis múltiples y calenturientos sueños, pero mi miedo tan rápido como viene se va, al ver que Edward…, mi chico de Ipanema, me está contemplando absolutamente pagado de sí mismo.
—Respira, preciosa, que aún no he terminado contigo —ordena con aquella sexy voz salida de las mismas profundidades del inferno.
Se levanta de la cama y comienza a quitarse el resto de la ropa con su mirada clavada en la mía. Se despoja con toda paciencia de sus zapatos y calcetines, desliza con tranquilidad sus pantalones por sus hercúleas y delgadas piernas hasta que queda en bóxer, dejando entrever su enorme y erecto miembro, marcado por debajo de la suave tela.
Me relamo los labios del más puro y lujurioso deleite. Al fin, lo que tanto he soñado está aquí, tan solo a un paso; a punto de llevarme hasta el paraíso del pecado, hasta el paraíso del sexo.
Una sonrisa suficiente aparece en sus labios cuando lentamente comienza a bajar su bóxer, para liberar su gloriosa, enorme y dura erección. Tan malditamente excelsa, que al igual que el primer día que lo vi, estoy a punto de caer de rodillas y comenzar a recitar alabanzas al cielo, después de ver ante mis ojos semejante perfección.
Sube a la cama de un movimiento felino y de nuevo separa mis piernas para colocarse de rodillas frente a mí.
—¿Quieres hacerlo por mí? —ofrece extendiéndome un envoltorio plateado.
Estoy tan ensimismada contemplando su irreal polla —babeándome literalmente—, que no tengo jodida idea de dónde lo ha sacado.
¿Qué si quiero hacerlo? ¡Claro que quiero hacerlo! Desde que tengo uso de razón muero por tener un enorme pene entre mis manos.
—Sí —acepto con mi corazón palpitando desbocado.
Me siento en la cama y cojo el preservativo con mis manos temblorosas. Con cuidado rasgo el envoltorio y agarro su longitud con una de mis manos, la masajeo suavemente y Edward suelta un sexy gruñido. Es magnífica, pesada, suave y dura como el hierro. Apoyo el preservativo en la húmeda cabeza y con algo de urgencia lo deslizo enfundando su dureza, dejándola lista para que me posea.
Edward suelta una pequeña risa y avanza hacia adelante en un seductor movimiento, haciendo que me recueste en la cama, y con delicadeza amolda su formidable humanidad sobre la mía.
—No seas impaciente, Isabella. Primero te tomaré lento y suave, no quiero hacerte daño, además así, yo también disfrutaré de tu estrecha calidez. Una vez que te hayas acostumbrado al tamaño, te follaré duro, tal como tú lo deseas y como yo también lo deseo.
«¡Madre! ¡Santa!»
Sus labios atrapan mí boca en un suave beso, su lengua juega una danza adictiva y sensual al tiempo que frota su cuerpo con el mío, para que su enorme miembro roce deliciosamente mi clítoris. ¡Qué sensación más placentera y maravillosa! Tanto, que me está haciendo desfallecer. Lo necesito, lo necesito a él.
Mis manos, que están firmemente aferradas a la sedosa piel de su espalda, viajan licenciosas hasta su trasero, donde clavo mis uñas atrayéndolo hacia a mí, incitándolo a que me penetre de una vez. Edward sonríe sobre mis labios, pasa una mano por detrás de mi rodilla derecha, abre aún más mis piernas y por fin, siento la punta de su polla acariciar mi entrada.
Lentamente comienza a arremeter contra mí, cada vez un poco más adentro.
—Mierda, Isabella. Estás tan apretada, tan exquisitamente húmeda —gruñe en mis labios, su masculino rostro es de absoluto éxtasis.
Lloriqueo su nombre en respuesta intentando expresar lo que siento, pero me es imposible, porque miles de sensaciones me embargan en este mismo momento. La gloriosa sensación de sentir su piel sobre mi piel, el escaso vello que cubre su pecho y que acaricia mi torso, su mirada conectada con la mía; el pequeño dolor que siento, que no es nada comparado con el placer que este maravilloso hombre me brinda.
Edward, poco a poco se va abriendo paso en mi interior, hasta que lo siento por completo. Y al sentirme por primera vez en mi vida completa y no vacía, quiero más de esta alucinante pasión, así que rodeo a mi chico de Ipanema con mis piernas y clavo mis talones en sus nalgas, exigiéndole silenciosamente que me monte duro, mientras mis manos se enredan en su cabello.
Pero Edward no aumenta el ritmo, sigue con sus embestidas cadenciosas y profundas; entra y sale por completo llevándome al límite de mis sentidos. Sexys gruñidos y gemidos escapan de sus labios, en perfecta sincronización con cada arremetida; jadeos en portugués que son la canción más caliente y erótica que jamás he escuchado en mí vida.
—Menina maluca⁴… Me estás matando…
—Edward, por favor…
—¿Sí? —pregunta apoyándose en ambas manos, para mirarme directo a los ojos. Su ceño está fruncido de placer y sus labios húmedos y entreabiertos—. Te ves hermosa, suplicando por mí —arremete más duro—. ¿Esto es lo que quieres? —Y vuelve a embestir con dureza y profundidad.
—¡Sí! ¡Fóllame, Edward! ¡Fóllame sin compasión! ¡Ya no lo aguanto, me estás volviendo loca!
Una llama centellea en sus ojos y aquella sonrisa ladina y peligrosa se instala en su varonil rostro. Me toma de las piernas, descansa mis tobillos en sus hombros y yergue su torso en todo su esplendor; posesivo atrapa mis caderas con sus grandes manos y comienza a embestirme sin misericordia.
Llevo mis manos hacia atrás y me afirmo del respaldo de la cama para aguantar cada abrasador roce de sus maestras y certeras arremetidas.
Admirar cómo Edward me folla es la imagen del dios de sexo hecha realidad. Todos sus músculos en tensión, una capa de sudor perla su dorada piel, pequeñas gotas resbalan por su torso y su frente, su ceño fruncido en el más puro goce y su cabello mil veces más salvaje.
Juntos vamos cayendo en un abismo sin retorno, donde solo somos Edward y yo, nuestros jadeos de placer y el sonido de la unión de nuestros cuerpos. Gimo su nombre una y otra vez, mientras un remolino de nuevas e inaguantables sensaciones, amenazaba con devastarme para luego llevarme al paraíso.
—Córrete para mí —ordena con su respiración pesada y errática—. Quiero ver otra vez, como acabas para mí. En mí… —gruñe adquiriendo una velocidad imposible.
Simplemente no lo puedo sostener más y exploto gritando su nombre con adoración, clímax que él acompaña en un par de embestidas más, articulando «Isabella» en un ronco, caliente y varonil gemido.
El enceguecedor orgasmo que Edward me regala, arrasa con lo poco que me queda de cordura; me quemo en las llamas de infierno, para inmediatamente después ir al cielo. Sublime, simplemente sublime. Tanto así, que juro que siento mi alma abandonar mi cuerpo por unos segundos, para luego volver a mí y dejarme al borde de la inconsciencia, desmadejada sobre la cama.
Manteniendo la unión de nuestros cuerpos, Edward baja mis piernas con delicadeza y recuesta gentilmente su cuerpo sobre el mío. Me besa con suavidad, casi de forma amorosa, acaricia mi mejilla y la acuna. Con su otra mano quita los mechones de cabello que han caído sobre mi rostro y los pone detrás de mi oreja. Sus ojos verdes me contemplan con una mirada brillante que no sé cómo descifrar.
No puedo más que admirarlo, como si frente a mí tuviera a una divinidad, ¡y vamos qué es verdad! Desde esta noche, Edward Cullen es mi dios del sexo. ¡Madre santa! ¡Qué manera de follar!
«Mister Maní, descansa en paz», pienso, sonriendo como una tonta.
—Y eso… fue solo el comienzo, mi hermosa acosadora. Solo. El. Comienzo. —ronronea sonriendo sobre mis labios y de nuevo nos comenzamos a besar.
Nota del autor:
1.Gostosa, tão gostosa: Deliciosa, tan deliciosa.
2.Majestosa, Esplêndida: Majestuosa, espléndida.
3. Nossa, seu cheiro é delicioso. Eu me deleito com seu gosto tão doce para caralho. Você é perfeita³: ¡Dios! Tu fragancia es deliciosa, yo me delito con tu sabor tan malditamente dulce. Eres perfecta.
4. Menina maluca: Chica loca.
Primero que todo, este capítulo está dedicado con todo mi cariño para Damaris.
¡Bueno, llegó el momento que todas esperaban! ¿Alguna perdió la cabeza junto con Bella? ¡Al menos yo, sí!
Qué decir, mil perdones, por la demora, lo sé, el fic está escrito y solo edito, pero qué puedo decir, parece que cuando quiero salir de algo, me meto en otra cosa peor… El año 2020 me ha tocado duro, muy duro! Más de lo que imaginé, un cambio de vida impresionante… en fin… Aquí estoy y demore lo demore, terminaré de editar y subir el chico de Ipanema!
Sobre todo, LE GUSTE A QUIEN LE GUSTE y al bulling gratuito.
Merce, como siempre "Tu saltas yo salto", ILY por tu ayuda con el portugués.
Mil gracias como siempre por el cariño y la fidelidad!
Nos vemos en el próximo.
Las quiere
SOL
